Posted in

La mujer regresó a casa inesperadamente temprano después de una cita con el médico y vio el coche de su mejor amiga aparcado en la entrada; una amiga con la que había perdido el contacto durante años.

La mujer regresó a casa inesperadamente temprano después de una cita con el médico y vio el coche de su mejor amiga aparcado en la entrada; una amiga con la que había perdido el contacto durante años.

Mariana Rivas se quedó inmóvil frente al edificio donde vivía, con una carpeta médica apretada contra el pecho y una sensación helada bajándole por la espalda.

Del otro lado de la calle, bajo la sombra de una jacaranda vieja, estaba estacionado un coche gris claro. No era un auto lujoso ni llamativo. En Guadalajara había cientos iguales. Pero Mariana no miraba el color ni la marca.

Miraba las placas.

Terminaban en 136.

Trece de junio.

La fecha de cumpleaños de Camila.

Mariana sintió que el aire se le atoraba en la garganta. Camila Solís, su amiga de la infancia, su hermana de vida durante tantos años, la mujer que un día desapareció sin despedirse bien, estaba ahí. Frente a su casa.

Y no podía estar ahí por casualidad.

Mariana no debía haber regresado tan temprano. Esa mañana había ido al hospital para recibir su tratamiento. Tenía una enfermedad rara, de esas que los médicos explican con voz suave porque saben que ninguna palabra puede quitar el miedo. Pero olvidó unos documentos indispensables y en recepción le pidieron volver otro día.

Por eso estaba ahí.

Por eso había visto el coche.

Diego, su esposo, se había quedado en casa. Él insistió en acompañarla al hospital, pero Mariana le pidió que trabajara. Últimamente pasaba noches enteras frente a la computadora, diseñando campañas para una empresa que exigía más de lo humano.

“Pobre Diego”, pensó ella muchas veces. “Yo me estoy apagando y él se está consumiendo conmigo”.

Pero al ver el coche de Camila, otro pensamiento, más oscuro y doloroso, le atravesó el pecho.

¿Y si Diego se había cansado?

¿Y si Camila había vuelto a buscar lo que siempre quiso?

Subió las escaleras despacio. Cada peldaño parecía pesarle en las piernas. Al llegar a la puerta, escuchó voces dentro. La voz grave de Diego. La voz de Camila, más baja, quebrada, como si hubiera estado llorando.

Mariana abrió.

Diego y Camila estaban en la cocina. Sobre la mesa había un mapa viejo, amarillento, doblado en cuatro partes. Mariana lo reconoció de inmediato, aunque habían pasado casi quince años.

Era el mapa de las piedras.

Diego se levantó de golpe.

—Mariana…

Camila se puso pálida.

—No queríamos que te enteraras así.

Mariana miró el mapa, luego a ellos dos.

—¿Qué haces aquí, Camila?

La pregunta salió fría, pero por dentro Mariana temblaba.

Camila bajó los ojos. Ya no era aquella muchacha orgullosa que caminaba como si el mundo le perteneciera. Seguía siendo hermosa, sí, pero había cansancio en su rostro. Había culpa.

—Vine por ti —dijo.

Mariana soltó una risa amarga.

—Qué curioso. Durante años no viniste por mí.

Diego dio un paso hacia ella.

—Escúchala, por favor.

Mariana quiso gritar. Quiso preguntar si se estaban viendo a escondidas. Quiso lanzar la carpeta médica sobre la mesa y decirles que no tenía fuerzas para otra traición. Pero el mapa la detuvo.

Aquel mapa pertenecía a otra época. A una época en la que los cinco eran inseparables.

Mariana, Diego, Camila, Rodrigo y Tomás.

Se conocieron en la secundaria. Diego llegó nuevo al salón: alto, delgado, despeinado, con una libreta llena de dibujos y unos ojos grises que parecían guardar historias. Mariana se enamoró en silencio. Camila también.

Ninguna lo confesó. No hacía falta. Las dos se conocían desde niñas. Bastaba una mirada para entenderlo todo.

Durante años fingieron que no pasaba nada. Diego primero salió con una muchacha popular de la escuela, luego se separó de ella, y poco a poco se formó aquel grupo de cinco amigos que parecía invencible. Se reunían en parques, estudiaban juntos, soñaban con el futuro, prometían no separarse nunca.

El verano después de graduarse de la prepa, Diego propuso una aventura.

—Mi abuelo conocía a un señor de la sierra de Tapalpa —les dijo una tarde en una cafetería—. Él hablaba de unas piedras antiguas escondidas en el monte. Según la leyenda, quien logra llegar hasta ellas puede pedir un deseo. Pero no todos las encuentran.

Tomás se rió.

—Eso suena a cuento de borrachos, pero me gusta.

Rodrigo, el más prudente, preguntó si era peligroso.

Camila respondió antes que nadie:

—Lo peligroso sería quedarnos con la duda.

Mariana aceptó porque ya sabía qué pediría: que Diego la amara.

El viaje comenzó como una película. Se internaron en el bosque con mochilas enormes, comida enlatada, casas de campaña prestadas y una confianza absurda en el mapa que Diego llevaba en el bolsillo.

Al principio todo fue risa. Camila tomaba fotos. Tomás hacía bromas. Rodrigo se quejaba del peso de la mochila. Diego caminaba al frente como explorador. Mariana lo seguía, sintiendo que cada paso la acercaba a su deseo.

Pero el bosque pronto les recordó que no era un juego.

Primero, al cruzar un río, Rodrigo perdió el equilibrio y la corriente lo arrastró. Gritó apenas antes de hundirse. Diego y Tomás se lanzaron detrás de él. Camila y Mariana quedaron paralizadas en medio del agua helada, viendo cómo sus amigos desaparecían entre espuma y piedras.

Cuando por fin los tres aparecieron en la otra orilla, empapados y temblando, se abrazaron como si hubieran regresado de la muerte.

Esa noche acamparon en un claro. Nadie quiso admitir el miedo. Encendieron una fogata, comieron frijoles fríos con tortillas y hablaron de lo que pedirían al llegar a las piedras.

Tomás pidió ser rico.

Rodrigo pidió una vida tranquila.

Camila dijo, medio en broma, que pediría no envejecer nunca.

Mariana no dijo nada.

Diego la miró.

—¿Y tú?

Ella sonrió con nervios.

—Todavía lo estoy pensando.

Pero en realidad lo tenía claro.

De madrugada, un ruido brutal rompió la paz. Algo rasgó una tienda. Tomás gritó:

—¡Un animal! ¡Corran!

En la oscuridad todo fue caos. Ramas quebradas, gritos, respiraciones agitadas. Mariana corrió sin saber hacia dónde. Sintió detrás de ella unos pasos pesados, rápidos. Pensó que iba a morir.

De pronto, entre los árboles, vio una sombra. No era un monstruo enorme, pero sí un animal salvaje, asustado y peligroso. Mariana quedó paralizada. No pudo moverse. Ni siquiera pudo rezar.

El animal pasó junto a ella y siguió corriendo monte adentro.

Mariana quedó sola.

Pasó horas perdida, con las manos arañadas y la ropa rota. Llamó a sus amigos hasta quedarse ronca. Al amanecer, casi sin fuerzas, encontró de nuevo el campamento.

Camila estaba sentada junto a las cenizas de la fogata, llorando.

Al verla, corrió hacia ella y la abrazó.

—¡Pensé que te habías muerto! —sollozó—. ¡Pensé que no volverías!

Luego llegaron Diego, Tomás y Rodrigo. Diego abrazó a Mariana con una desesperación que ella nunca olvidó.

—Si te pasaba algo, jamás me lo habría perdonado —le dijo.

No llegaron a las piedras. Tomás se había herido una pierna buscando a Mariana y todos decidieron volver. Prometieron regresar al año siguiente.

Nunca volvieron.

Dos días después, Diego invitó a Mariana a caminar por el centro. Bajo las luces amarillas de una plaza, le confesó que la amaba desde hacía años. Que cuando creyó perderla en el bosque entendió que no podía seguir callado.

Mariana lloró de felicidad.

Su deseo se había cumplido sin tocar las piedras.

Pero Camila se rompió por dentro.

Intentó alegrarse por ellos. No pudo. Una tarde confesó también su amor por Diego. Él la rechazó con respeto, pero aquello fue suficiente para destruir la amistad. Camila se fue a Monterrey, luego a Ciudad de México, y se volvió una empresaria exitosa. Mariana y Diego se casaron. Rodrigo emigró a Canadá. Tomás se perdió en malas decisiones y terminó preso por fraude.

La vida separó lo que la juventud creyó eterno.

Ahora, tantos años después, Camila estaba en la cocina de Mariana con aquel mapa sobre la mesa.

—Te vi en el hospital hace un mes —confesó Camila—. No me acerqué porque me dio vergüenza. Pregunté por ti a una conocida. Supe que estabas enferma. Entonces busqué a Diego.

Mariana apretó los labios.

—¿Para qué?

Camila levantó la mirada, con los ojos llenos de lágrimas.

—Para cumplir la promesa. Para volver a las piedras. Para pedir por ti.

Mariana sintió que el enojo se le deshacía lentamente.

Diego tomó su mano.

—No te lo dije porque sabía que ibas a negarte. Pero ya hablé con Rodrigo. Viene de Canadá. Y Tomás sale libre en dos semanas. Quiere venir también.

—¿Tomás? —susurró Mariana.

—Está cambiando —dijo Diego—. Dice que no merece nada, pero que quiere pedir perdón.

Mariana miró a Camila.

—¿Y tú qué vas a pedir?

Camila sonrió triste.

—Nada para mí. Ya pedí demasiadas cosas equivocadas.

El viaje se hizo tres semanas después. Mariana estaba débil, pero decidida. Diego caminaba a su lado. Camila cargaba comida y medicinas. Rodrigo llegó con barba, arrugas nuevas y el mismo corazón noble. Tomás apareció flaco, humilde, con una cicatriz en la ceja y una vergüenza que no podía ocultar.

—Si el monte me acepta después de todo lo que hice, prometo no volver a fallar —dijo.

Esta vez no eran muchachos imprudentes. Llevaban guía, equipo, radios, botiquín y respeto.

El camino fue duro. Mariana tuvo que detenerse varias veces. En una subida, casi se desmayó. Camila la sostuvo antes de que cayera.

—Perdóname —susurró Camila mientras la ayudaba a respirar—. Perdóname por haberme ido, por haberte envidiado, por no estar cuando enfermaste.

Mariana, agotada, le apretó la mano.

—Yo también te extrañé.

Camila rompió en llanto.

Al atardecer llegaron.

Las piedras estaban ahí.

Cinco enormes figuras oscuras, levantadas entre niebla y pinos, como si hubieran esperado todos esos años.

Nadie habló. Ni Tomás hizo bromas. Ni Rodrigo buscó explicaciones. Diego abrazó a Mariana por la cintura. Camila tomó su mano.

Entonces los cinco cerraron los ojos.

Mariana no pidió vivir para siempre. Pidió tiempo. Tiempo para amar, para perdonar, para ver otro amanecer con Diego, para recuperar a sus amigos.

Los demás pidieron lo mismo.

Que Mariana sanara.

El viento sopló entre los árboles. Nada más.

Pero al volver a la ciudad, algo cambió.

Los tratamientos empezaron a funcionar mejor. Los análisis sorprendieron a los médicos. La enfermedad no desapareció de golpe, pero se detuvo. Luego retrocedió. El especialista, mirando los resultados, dijo:

—No puedo prometer nada, pero esto es una respuesta extraordinaria.

Diego lloró en el estacionamiento del hospital.

Meses después llegó otro milagro: Mariana quedó embarazada.

No fue fácil. Hubo miedo, reposo, médicos, noches sin dormir. Pero una mañana de abril nacieron dos bebés: Valeria y Mateo.

Camila fue la madrina de Valeria. Rodrigo, el padrino de Mateo. Tomás consiguió trabajo honrado en un taller y llegó al hospital con dos cunas de madera hechas por él mismo.

Mariana miró a todos reunidos alrededor de sus hijos y entendió que algunas promesas tardan años en cumplirse, pero no mueren si alguien se atreve a volver por ellas.

Diego le besó la frente.

—¿Crees que fueron las piedras?

Mariana miró a Camila, que sostenía a la bebé con una ternura inmensa. Miró a Rodrigo riendo. Miró a Tomás limpiándose las lágrimas con la manga.

Luego sonrió.

—No sé si fueron las piedras —dijo—. Pero sí sé que ese día nos escuchamos nosotros. Y a veces, eso también hace milagros.