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El cochero bajó 2 baúles reforzados con hierro. Pesaban demasiado para llevar vestidos.

La mañana en que Tomás Arriaga pensó en matar a su mejor toro, descubrió que la esposa que había pedido por carta no era una mujer sumisa, sino una fugitiva con una pistola cargada y una ciencia prohibida en las manos.

El invierno de 1883 había caído sobre la Sierra Madre Occidental como una sentencia.

En el rancho El Espinazo, cerca de los caminos helados que bajaban hacia Durango, el viento se metía entre los troncos de la casa y hacía gemir las vigas como si adentro vivieran almas atrapadas.

Tomás, un hombre enorme, curtido por el sol, la nieve y demasiadas pérdidas, miraba desde el corredor el potrero bajo.

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Allí, sobre la escarcha, yacían 3 reses muertas.

Los peones le decían “la fiebre de sangre”.

Los vecinos murmuraban que era una maldición.

Los animales adelgazaban en días, dejaban de rumiar, se les apagaban los ojos y luego caían como costales vacíos.

En sus cueros aparecían garrapatas duras, hinchadas, tercas como piedras vivas.

Tomás había levantado El Espinazo con 10 años de trabajo brutal.

Había espantado lobos, bandidos y hambre.

Pero no podía dispararle a una enfermedad invisible.

Y mientras su ganado moría, don Evaristo Robles, el ganadero más temido de la región, esperaba como zopilote.

Ya había comprado 4 ranchos arruinados por casi nada.

Sus hombres habían ido 3 veces a ofrecerle monedas por la tierra de Tomás.

La última vez, Tomás les disparó al aire con su Winchester.

Pero el orgullo no pagaba al banco.

6 meses antes, borracho de soledad y cansancio, Tomás había contestado un anuncio de esposas por correspondencia en un periódico de Guadalajara.

Pidió una mujer fuerte, práctica, capaz de soportar frío, polvo y silencio. No pidió belleza. No pidió amor. Solo compañía para no hundirse solo.

Cuando el carruaje llegó al paradero de Tepehuanes, Tomás esperaba bajo el ala de su sombrero ancho, con su caballo gigante, Azabache, y una mula para el equipaje. La puerta se abrió y bajó Isabel Duarte.

No parecía una mujer desesperada por casarse. Vestía un traje oscuro de lana, sencillo pero firme, y llevaba el cabello castaño recogido con severidad.

Sus ojos verdes recorrieron el pueblo, los hombres curiosos, los charcos helados y las montañas con una calma que incomodaba.

No lloró. No tembló. Evaluó todo como quien entra a una sala de operaciones.

El cochero bajó 2 baúles reforzados con hierro. Pesaban demasiado para llevar vestidos.

—Señor Arriaga, supongo —dijo ella.

—Señorita Duarte —respondió Tomás, quitándose el sombrero.

—Ya no señorita, si sus cartas eran serias.

Tomás tragó saliva. Aquella mujer tenía más filo que muchas navajas.

—Trae mucho equipaje para una vida sencilla.

—Una vida sencilla rara vez es una vida fácil.

Durante el camino al rancho, Tomás sintió que la mentira le quemaba el pecho. Ella iba sentada detrás de él, sujetándose apenas a su cintura. Olía a jabón fuerte, lavanda y algo medicinal.

—Tengo que decirle la verdad antes de que lleguemos —dijo Tomás sin mirarla—. Mis cartas hablaban de un rancho duro, pero vivo. Ahora se está muriendo.

Debo dinero. Robles quiere mi tierra. No le estoy ofreciendo futuro, Isabel. Le estoy ofreciendo mirar una ruina desde la primera fila.