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Iban a vender a sus 7 hijos en la plaza, hasta que un cazador gritó: “Me caso con ella” y cambió su destino para siempre

Iban a repartir a sus 7 hijos como si fueran costales de maíz frente a toda la plaza de San Bartolo.

Elena Robles estaba de rodillas sobre la tierra húmeda, con el rebozo negro pegado al rostro por las lágrimas y el polvo. Tenía 31 años, un bebé dormido contra el pecho y 6 niños aferrados a su falda remendada.

Hacía apenas 18 días, su esposo Julián había muerto aplastado por una carreta en el camino de la sierra, dejando una deuda de 400 pesos con la tienda de raya de don Severo Alcántara, el hombre más rico y más temido del pueblo.

El alcalde Ignacio Mena subió a un cajón de madera frente al portal municipal. A su lado, don Severo sonreía con un puro apagado entre los dedos, mirando a Elena como quien ya había comprado una silla, una mula o una casa vieja.

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—Por orden del consejo —anunció el alcalde—, la viuda Elena Robles y sus hijos quedarán sujetos a contratos de trabajo hasta cubrir la deuda del difunto Julián Robles.

Tomás, de 14 años, apretó los puños. Marisol, de 12, abrazaba a Rosita, que apenas tenía 5 y temblaba sin entender por qué la gente miraba tanto.

Mateo, de 10, mantenía la vista clavada en sus zapatos rotos, mientras los gemelos Diego y Luis escondían la cara contra la espalda de su madre. El pequeño Nicolás respiraba con dificultad en brazos de Elena.

—No, por favor —suplicó ella—. Yo trabajaré. Lavaré ropa, moleré maíz, limpiaré corrales, lo que quieran. Pero no me quiten a mis hijos.

Don Severo dio un paso al frente.

—No sea necia, Elena. Usted sola no puede alimentar 7 bocas. Yo puedo darle techo en la parte de atrás de mi tienda. Los muchachos grandes irán a las haciendas. Las niñas servirán en casas decentes.

—Son mis hijos —gritó ella, con una voz rota que hizo callar incluso a los borrachos del portal—. No son animales.

El alcalde golpeó el cajón con su bastón.

—Empezaremos por Tomás Robles, 14 años. Buen brazo para el campo. ¿Quién ofrece 50 pesos?

El silencio fue breve. Un hacendado levantó la mano. Elena sintió que el mundo se abría bajo sus rodillas.

Entonces, desde la sombra de la herrería, apareció un hombre enorme, cubierto con un sarape de lana oscura y una chaqueta de piel curtida. Tenía una cicatriz blanca cruzándole la mejilla izquierda y una barba espesa que le endurecía todavía más el rostro.

Nadie lo había visto llegar, salvo los perros, que se apartaron gimiendo.

Era Mateo Rivas, cazador de la Sierra Madre, un hombre que bajaba al pueblo solo 2 veces al año para cambiar pieles, sal, café y pólvora. Decían que había sobrevivido a un oso negro, a bandidos y a 3 inviernos perdido entre barrancas.

Sus botas pesadas golpearon la madera del portal. La multitud se abrió sin que él pidiera permiso.

—Baje ese bastón, alcalde —dijo con voz grave.

Ignacio Mena palideció.

—Esto es un procedimiento legal.

—Pregunté cuánto deben.