Mateo Salazar siempre decía que su taxi era el lugar más tranquilo de toda la Ciudad de México.
Lo decía con orgullo, aunque el asiento trasero tuviera una mancha de café imposible de quitar, aunque el radio hiciera ruido cada vez que pasaba por Reforma y aunque su madre lo llamara diez veces al día para recordarle que ya era hora de casarse.
Aquella noche, mientras esperaba pasajeros cerca de una avenida poco transitada, contestó el teléfono con resignación.
—Mamá, no puedo hablar ahora.
—¿Otra vez con excusas? —respondió doña Carmen—. Mañana tienes una cita con la hija de los Valderrama, y esta vez no vas a faltar.
Mateo miró por el retrovisor y vio algo que parecía sacado de una película.
Una mujer con el rostro parcialmente cubierto saltó sobre el cofre de un auto, esquivó a tres hombres armados con cuchillos y, aunque parecía débil, todavía se movía con una precisión increíble.
—Mamá, créeme, ahora mismo estoy viendo una escena de artes marciales en vivo.
—¡No me salgas con tonterías! —gritó ella—. Si mañana no vas a esa cita, tu padre y yo iremos a buscarte.
Mateo suspiró.
—Está bien, voy a ir.
Colgó justo cuando uno de los atacantes golpeó la puerta del taxi.
—¡Fuera de aquí!
Mateo bajó lentamente, mirando su carro recién lavado.
—Oigan, con todo respeto, si van a filmar una película de acción, háganlo dos metros más allá. Este taxi lo limpié en la mañana.
Los hombres se rieron.
La mujer, tambaleándose, intentó mantenerse de pie.
Uno de ellos dijo:
—Está bajo los efectos del polvo debilitante. Ya no puede pelear.
Mateo sonrió con cansancio.
—Qué mala educación tienen.
El primero intentó atacarlo.
Mateo apenas se movió.
Un golpe seco, una patada corta, un giro de muñeca, y en menos de un minuto los cuatro hombres estaban en el suelo, quejándose como si hubieran conocido al diablo.
La mujer lo miró con sorpresa.
—¿Quién eres?
—Un taxista que cobra extra cuando ensucian la tapicería.
Ella dio un paso, perdió el equilibrio y cayó sobre él.
Mateo alcanzó a sostenerla antes de que se golpeara.
—¿La llevo al hospital?
—No… —murmuró ella, antes de desmayarse.
Mateo la llevó a un pequeño departamento que usaba cuando quería dormir lejos de las preguntas de su madre.
Al amanecer, la mujer despertó sobresaltada.
Se llamaba Camila Rivera.
Era hermosa, peligrosa y tenía la mala costumbre de atacar antes de preguntar.
Al ver a Mateo cerca, tomó una lámpara y casi se la estrelló en la cabeza.
—¡No te acerques!
—Tranquila, ninja de boutique. Anoche te salvé.
Camila miró alrededor, confundida.
Luego lanzó unos billetes sobre la mesa.
—Toma. Considera esto pago por las molestias. No vuelvas a buscarme.
Mateo levantó los billetes y frunció el ceño.
—¿Eso es todo? Anoche cargué contigo, manejé media ciudad, te cuidé y encima casi me rompes mi lámpara. La tarifa nocturna está peor que Uber en hora pico.
Camila lo miró con desprecio.
—No te hagas ilusiones. Ni siquiera eres mi tipo.
—Qué alivio. Yo prefiero mujeres que no intenten matarme antes del desayuno.
Ella iba a responder cuando recibió una llamada.
—Prima, ya voy. No te preocupes, te acompaño a tu cita.
Mateo también recibió otra llamada.
—Sí, mamá. Ya voy a conocer a la famosa hija de los Valderrama.
Ninguno imaginaba que estaban a punto de reencontrarse.
Horas después, Mateo llegó al café donde lo esperaba Valeria Valderrama, heredera de uno de los laboratorios más importantes de México.
Valeria era elegante, seria y tenía esa mirada de alguien que había aprendido a no confiar en nadie.
—Señor Salazar —dijo ella—, gracias por venir. Seré directa. No somos compatibles.
Mateo se sentó frente a ella.
—Qué rápido. Ni siquiera me dejó presumir mi taxi.
—Mi familia y la suya hicieron un compromiso cuando éramos niños. Pero eso fue cosa de nuestros abuelos. Yo dirijo un proyecto llamado Agua de Vida, un tratamiento experimental contra ciertos tipos de cáncer. Mi mundo está lleno de responsabilidades, contratos y amenazas. Usted es taxista. No tenemos nada en común.
Mateo sonrió.
—¿Y si soy un genio oculto?
Valeria lo miró de arriba abajo.
—Entonces se oculta demasiado bien.
Él se inclinó un poco.
—Usted tampoco es tan impresionante. Tiene dinero, carácter y una mirada que asusta, pero se le nota que nunca ha comido tacos a las tres de la mañana en una banqueta. Eso le resta humanidad.
Valeria abrió los ojos, indignada.
—¿Sabe quién soy?
—Una mujer que cree que por tener un apellido puede dictar sentencia antes de conocer a alguien.
Valeria se levantó.
—Le doy un mes. Si en un mes demuestra ser un hombre digno de caminar a mi lado, reconsideraré el compromiso. Si no, desaparecerá de mi vida.
Mateo tomó su café.
—No necesito un mes. Con un día basta.
En ese momento entró Camila.
Al verlo, se quedó helada.
—¿Tú?
Mateo también parpadeó.
—¿Tú eres la prima?
Valeria miró a uno y luego al otro.
—¿Se conocen?
Camila se apresuró.
—No exactamente.
Mateo sonrió con malicia.
—Digamos que anoche fue una ruta complicada.
—¡Cállate! —dijo Camila, roja de vergüenza.
Antes de que Valeria pudiera pedir explicaciones, apareció Santiago Montero, heredero de una familia poderosa y arrogante.
Entró como si el café le perteneciera.
—Valeria, ya basta de jugar. Tu familia no puede proteger el Agua de Vida. Cásate conmigo y los Montero te darán respaldo.
Mateo levantó la mano.
—Perdón, aquí el futuro esposo en evaluación todavía respira.
Santiago lo miró como si acabara de ver una cucaracha.
—¿Este es tu prometido? Te doy cinco millones para que desaparezcas.
Mateo tomó la tarjeta, la examinó y luego se la devolvió.
—¿Cinco millones por la futura señora de mi casa? Ni en remate de fin de temporada.
Santiago perdió la paciencia y ordenó a sus guardaespaldas atacarlo.
Mateo los derribó sin levantarse del todo de la silla.
Camila lo miró con sospecha.
Valeria, por primera vez, dudó.
Aquel hombre no era un simple taxista.
Esa noche, Valeria aceptó que Mateo se quedara como escolta temporal en su casa.
No porque confiara en él, decía ella, sino porque los enemigos se estaban acercando.
El Agua de Vida se había convertido en el descubrimiento médico más codiciado del país.
Podía modificar procesos celulares, frenar tumores agresivos y abrir una nueva era en la medicina.
Pero también podía ser usada por organizaciones criminales para controlar información genética, vender tratamientos al mejor postor o chantajear gobiernos.
La familia Montero no actuaba sola.
Detrás estaba la Sociedad Dragón Negro, una red internacional que quería la fórmula a cualquier precio.
Esa misma noche enviaron a “El Lobo”, el asesino más temido de la capital.
Valeria y Camila fueron interceptadas en la calle.
Camila intentó pelear, pero aún estaba débil por el veneno de la noche anterior.
Mateo llegó a tiempo.
—¿Otra vez ustedes ensuciando la ciudad?
El Lobo se burló.
—Dicen que eres bueno.
—Dicen muchas cosas. También dicen que el tráfico mejora en diciembre, y mira.
La pelea duró poco.
Mateo desarmó al Lobo, golpeó a sus hombres y dejó a todos amarrados como piñatas antes de interrogarlos.
Al final, uno confesó:
—Nos mandó la Reina del Sur. La conocen como Mireya.
Mateo fue a buscarla solo.
Mireya era la dueña de medio mundo subterráneo de la ciudad.
Cuando lo vio entrar a su club sin permiso, sonrió.
—Nadie entra aquí y sale entero.
Mateo se acercó a la barra.
—Entonces hoy será histórico.
Los hombres de Mireya cayeron uno tras otro.
Ella peleó con elegancia, pero Mateo la venció sin humillarla más de lo necesario, aunque sí le dibujó una pequeña tortuga en la mejilla con plumón negro.
—Para que recuerdes que correr hacia el mal no te hace rápida, solo te hace ridícula.
Mireya, en vez de odiarlo, se arrodilló.
—Mariscal…
Mateo se quedó serio.
—No uses ese nombre.
Años atrás, Mateo no había sido taxista.
Había sido el Mariscal del Norte, el soldado más joven en dirigir operaciones secretas contra redes extranjeras.
Fue traicionado, dado por muerto y obligado a desaparecer.
Volvió como un hombre común, no por cobardía, sino para encontrar quién había vendido secretos de México.
Ahora el Dragón Negro le estaba dando las respuestas.
Mireya, que una vez sirvió bajo su mando, decidió ayudarlo.
Mientras tanto, Valeria descubría que Mateo no era el payaso irresponsable que aparentaba.
Lo veía bromear para esconder heridas.
Lo veía dormir poco, vigilar puertas, revisar cámaras, estudiar enemigos.
Y lo peor para ella era que, sin darse cuenta, empezaba a sentirse segura cuando él estaba cerca.
Camila también lo miraba distinto.
Entre ellos había una tensión extraña desde la noche del taxi, una mezcla de culpa, orgullo y algo que ninguno quería nombrar.
Una madrugada, Valeria escuchó ruidos en la habitación de Mateo y casi descubre a Camila escondida allí después de una discusión.
Mateo improvisó una explicación absurda sobre “ensayar monólogos cómicos”.
Valeria no le creyó del todo.
Pero no dijo nada.
Había problemas más grandes.
Días después, en la sede del Grupo Valderrama, Santiago Montero apareció con una delegación japonesa encabezada por Akari Chidori, enviada del Dragón Negro.
Akari ofreció comprar la patente del Agua de Vida.
Valeria se negó.
—No se vende la esperanza de millones de personas.
Akari sonrió.
—Entonces les enseñaremos lo que cuesta decir no.
Esa misma tarde, proveedores cancelaron contratos, inversionistas retiraron apoyo y las acciones de la empresa cayeron de forma brutal.
El padre de Valeria se desplomó por la presión.
La empresa estaba al borde del colapso.
Mateo escuchó todo en silencio.
—Entonces hay que cortar la cabeza de la serpiente.
Fue a buscar a Santiago Montero.
El joven intentó amenazarlo, pero terminó rogando por su vida.
Su padre, Ernesto Montero, también intentó negociar, luego envenenarlo y finalmente huir.
Mateo lo obligó a cancelar el bloqueo contra Valderrama.
Al día siguiente, Ernesto apareció muerto tras caer de su oficina.
Todos creyeron que Mateo lo había matado.
Pero la verdad era más oscura.
Akari había eliminado a los Montero porque ya no le servían.
Después envió a Mateo un reloj ensangrentado de Santiago como advertencia.
Valeria se estremeció.
—No vayas. Es una trampa.
Mateo la miró con una ternura que ella no esperaba.
—Si no voy, vendrán por ti.
Akari lo recibió en una mansión privada.
Intentó seducirlo, ofrecerle poder, dinero y una alianza.
Mateo la rechazó.
—No negocio con quienes venden la vida humana como mercancía.
Akari dejó caer la máscara.
—Entonces tus mujeres morirán.
En una pantalla aparecieron Valeria y Camila atadas en una bodega.
Valeria respiró hondo.
—Mateo, no entregues la fórmula.
Camila, furiosa, gritó:
—¡Si no estuviera herida, ya les habría roto la cara a todos!
Akari exigió dos cosas: la patente del Agua de Vida y la obediencia de Mateo.
Él fingió aceptar.
Cuando llegó a la bodega, Akari lo obligó a elegir a cuál salvar primero.
—Una vive. La otra muere.
Camila lloró.
—Salva a Valeria.
Valeria negó con la cabeza.
—Salva a Camila. Ella vino por mí.
Mateo bajó la mirada.
—Elijo no jugar tu juego.
En ese momento, helicópteros iluminaron el lugar.
Mireya y fuerzas especiales irrumpieron.
Los hombres del Dragón Negro fueron reducidos en segundos.
Akari intentó escapar, pero Mateo la detuvo.
—Te dije que no me gustaban las amenazas.
Ella fue arrestada junto con toda su red.
Días después, el gobierno mexicano inició una operación nacional contra el Dragón Negro.
Valeria tomó una decisión inesperada.
Donó la fórmula y la patente del Agua de Vida al Estado mexicano para que el tratamiento fuera protegido y desarrollado como patrimonio nacional.
—No quiero ser dueña de la esperanza —dijo en conferencia—. Quiero que llegue a quien la necesite.
Mateo la miró con orgullo.
Camila también.
Por fin todo parecía terminar.
Pero quedaba una verdad pendiente.
Valeria reunió a Mateo y Camila en la sala.
—Ahora hablemos de ustedes dos.
Camila se puso pálida.
Mateo intentó sonreír.
—¿De nosotros? No hay nada.
Valeria cruzó los brazos.
—No soy tonta. Se miran raro, se esconden, discuten como esposos viejos y cada vez que menciono aquella noche, los dos se quedan mudos.
Camila bajó la cabeza.
—No sabía que él era tu prometido.
Mateo levantó una mano.
—Y yo no sabía que ella era tu prima.
Valeria lo miró fijamente.
—Tú dijiste que querías conquistarme.
—Y lo sigo intentando.
Camila resopló.
—¿Y conmigo qué? ¿Vas a fingir que no pasó nada?
Mateo miró a las dos mujeres y tragó saliva.
—¿Existe una respuesta que no termine con golpes?
Valeria sonrió por primera vez sin frialdad.
—Sí. La verdad.
Camila se acercó.
—Y responsabilidad.
Mateo retrocedió un paso.
—Extraño cuando solo me perseguían asesinos internacionales.
Valeria y Camila lo miraron al mismo tiempo.
—No te hagas la víctima.
Él levantó las manos.
—Está bien. Me rindo.
Afuera, la ciudad seguía encendida.
El peligro no había desaparecido del mundo, pero algo había cambiado.
Valeria ya no estaba sola cargando el futuro.
Camila ya no huía de su pasado.
Y Mateo, el hombre que se escondía detrás de un volante y bromas absurdas, entendió que a veces proteger a alguien no significa pelear contra todos.
A veces significa quedarse.
Decir la verdad.
Y aceptar que incluso los guerreros más temidos pueden terminar vencidos por algo tan simple y tan poderoso como el amor.