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Bromeé diciendo: “A este paso, nunca te casarás”… Y ella respondió: “¿Y si eres tú?”.

Bromeé diciendo: “A este paso, nunca te casarás”… Y ella respondió: “¿Y si eres tú?”.

A sus 34 años, Mateo Salgado vivía solo en un pequeño rancho a las afueras de San Miguel el Alto, Jalisco. Había heredado una casa de adobe, un establo antiguo, 12 vacas y varias hectáreas donde cultivaba maíz y alfalfa.

Su padre había muerto 4 años atrás. Desde entonces, Mateo se había acostumbrado a trabajar desde antes del amanecer y a cenar acompañado únicamente por el ruido de una radio vieja.

Decía que le gustaba la tranquilidad.

En realidad, había aprendido a soportarla.

Una mañana de junio reparaba la cerca que separaba su terreno del rancho vecino cuando vio aparecer a una gallina color canela. El animal pasó tranquilamente por debajo del alambre, picoteó el suelo y se quedó observándolo como si Mateo fuera el intruso.

—Otra vez tú —murmuró—. Esta semana ya cruzaste 3 veces. La próxima te voy a cobrar renta.

—Canela no está invadiendo tu terreno. Está revisando si colocaste bien la cerca.

Mateo levantó la mirada.

Al otro lado estaba Valeria Carranza, la dueña del rancho vecino. Llevaba una camisa de cuadros, pantalones manchados de tierra y el cabello negro recogido de cualquier manera. Había heredado la propiedad después de la muerte de su padre y la mantenía vendiendo huevos, hortalizas, quesos y conservas en el mercado de los domingos.

—Tu gallina está parada en mi propiedad —dijo Mateo.

Valeria inclinó la cabeza.

—Tal vez tu propiedad está del lado equivocado de mi gallina.

Mateo intentó conservar la seriedad, pero terminó sonriendo.

Valeria cruzó por la abertura, tomó a Canela entre los brazos y regresó a su terreno.

—Podrías aprender algo de ella.

—¿A destruir cercas?

—A no tenerle tanto miedo a cruzarlas.

Mateo permaneció inmóvil, con el rollo de alambre entre las manos, observándola alejarse.

Hasta aquella mañana, Valeria había sido solamente la vecina. Se conocían desde niños, pero nunca habían sido cercanos. Sus familias se ayudaban durante las sequías, compartían herramientas y se avisaban cuando algún animal escapaba.

Sin embargo, durante los días siguientes, Mateo comenzó a buscar pretextos para acercarse a ella.

Primero le devolvió unas pinzas que había olvidado junto a la cerca. Después fue a preguntarle a qué hora comenzaba el mercado, aunque el horario estaba escrito en un enorme letrero junto al camino. Otro día la encontró colocando estacas para proteger sus plantas de tomate antes de una tormenta.

Mateo apareció con madera, mecate y herramientas.

—No te pedí ayuda —dijo Valeria.

—No vine a ayudarte. Vine a impedir que tus tomates vuelen hasta mi terreno y luego me acuses de robo.

Valeria le entregó un vaso de agua de jamaica.

—Qué considerado eres cuando finges que no te importa nadie.

Una semana después, una vaca de Mateo rompió una puerta y entró en el huerto de Valeria. Cuando él llegó, el animal había devorado media hilera de calabazas.

Valeria permanecía en medio del desastre con las manos en la cintura.

—Tu vaca acaba de comerse 2 semanas de mi trabajo.

Mateo contempló al animal, que continuaba masticando.

—Eso demuestra que tus calabazas son buenas.

—¿Esa es tu disculpa?

—Es un cumplido. La disculpa viene después.

Mateo pagó por los daños, reparó la puerta y volvió a sembrar toda la hilera. Aquella noche, Valeria apareció en su casa con una canasta.

—Te traje las calabazas que sobrevivieron.

—¿Le estás regalando comida al dueño de la vaca que destruyó tu huerto?

—No quiero que pienses que ella tiene mejor gusto que tú.

Valeria se quedó a tomar café. Luego regresó la noche siguiente para ayudarle a ordenar las cuentas del rancho. Después comenzaron a cenar juntos 2 o 3 veces por semana.

Sin darse cuenta, Mateo empezó a esperar el sonido de sus pasos en el corredor.

También notó algunas cosas extrañas.

Valeria recibía llamadas que terminaba en cuanto él se acercaba. En ocasiones encontraba sobres oficiales sobre su mesa y los escondía debajo de una libreta. Había días en los que sonreía, pero sus ojos parecían cansados.

—¿Tienes algún problema? —preguntó Mateo una tarde.

—Nada que no pueda resolver.

—Puedo ayudarte.

—No necesito que me rescates.

Mateo no insistió. Le dolió que Valeria no confiara en él, pero no se atrevió a decirlo.

En octubre se celebró la fiesta de la cosecha en el salón comunitario. Mateo no pensaba asistir, hasta que su amigo Rogelio prácticamente lo obligó.

Encontró a Valeria cerca de la mesa de los buñuelos. Vestía un sencillo vestido azul y las botas que usaba para trabajar.

Mateo se quedó mirándola.

—Si sigues observándola así, vas a desgastarle el vestido —bromeó Rogelio.

—No estoy observándola.

—Claro. Solamente llevas 5 minutos sin parpadear.

Valeria descubrió a Mateo y se acercó.

—No pensé que vendrías.

—Mis vacas dijeron que necesito socializar.

—Por primera vez estoy de acuerdo con ellas.

Mientras conversaban, apareció Esteban Montalvo, un empresario que llevaba varios meses comprando tierras en la región. Vestía demasiado elegante para una fiesta rural y sonreía como un hombre acostumbrado a conseguir lo que deseaba.

—Valeria, ¿bailas conmigo?

Ella no respondió inmediatamente. Miró a Mateo, esperando algo.

Él sintió un nudo en el pecho. Quería extender la mano y pedirle que bailara con él. Sin embargo, tuvo miedo de equivocarse y perder la amistad que habían construido.

Así que hizo lo peor que podía hacer.

—Ve con él —dijo, fingiendo indiferencia—. Si sigues rechazando oportunidades, nunca vas a casarte.

La sonrisa de Valeria desapareció.

Se acercó hasta quedar frente a Mateo.

—Yo bailaría —susurró—, pero solo si tú me lo pidieras.

Después rechazó educadamente a Esteban y abandonó el salón.

Mateo pasó la noche caminando por el camino de regreso, repitiendo aquellas palabras.

Solo si tú me lo pidieras.

Por primera vez comprendió que llevaba meses enamorado de Valeria y que ella había estado esperando a que dejara de esconderse detrás de sus cercas.

A la mañana siguiente, Mateo colocó en su camioneta un poste nuevo, herramientas y un rollo de alambre. Pensaba reparar una esquina del terreno de Valeria y, cuando terminara, invitarla formalmente a cenar.

Pero al llegar encontró 2 camionetas, varios trabajadores y un hombre pegando un aviso rojo en la puerta de la casa.

Valeria discutía con Esteban Montalvo.

—Tienes 72 horas para abandonar la propiedad —declaró él—. Después, el rancho pertenecerá legalmente a mi empresa.

Mateo sintió que el suelo se movía bajo sus botas.

—¿De qué está hablando?

Valeria bajó la mirada.

Esteban sonrió.

—Su padre dejó una deuda. Ella utilizó el rancho como garantía y no pudo pagarla. Agrodesarrollos Montalvo adquirió el crédito.

—Eso es mentira —dijo Mateo.

—Pregúntale a ella.

Valeria permaneció en silencio.

Y aquel silencio fue la única respuesta que Mateo necesitó.

Cuando Esteban se marchó, Mateo siguió a Valeria hasta el corredor.

—¿Desde cuándo sabes esto?

—Desde hace 6 meses.

—¿Por qué no me dijiste nada?

—Porque era mi problema.

—Estuve aquí casi todos los días. Reparé puertas, cargué cajas, arreglé la bomba y cené contigo. Me dejaste creer que todo estaba bien.

—No quería que sintieras lástima por mí.

—No es lástima.

Valeria se volvió hacia él con los ojos húmedos.

—¿Entonces qué es, Mateo? Ayer me mandaste a bailar con otro hombre como si yo no significara nada para ti.

Él abrió la boca, pero no encontró las palabras.

—Eso pensé —dijo ella—. Vuelve a tu rancho. Necesito empacar.

Mateo regresó a casa sintiéndose como un cobarde.

Aquella noche comenzó una tormenta. El viento golpeó las ventanas y el arroyo que dividía las propiedades creció rápidamente.

Poco después de la medianoche, alguien arañó la puerta.

Mateo abrió y encontró a Canela, la gallina de Valeria, empapada y cubierta de lodo. El animal cacareó, corrió unos metros y regresó. Lo repitió varias veces.

—¿Qué haces aquí?

Entonces Mateo miró hacia el rancho vecino.

Las luces estaban apagadas, pero detrás de los árboles distinguió un resplandor anaranjado.

El invernadero estaba incendiándose.

Mateo cruzó el campo bajo la lluvia. Encontró una parte del techo derrumbada y a Valeria atrapada debajo de una viga. Había regresado para rescatar una caja con semillas que había pertenecido a su padre.

—¡Te dije que te fueras! —gritó ella al verlo.

—Y yo nunca he sido bueno siguiendo instrucciones.

Mateo levantó la viga con todas sus fuerzas y logró sacarla segundos antes de que el resto del techo cediera. La cargó hasta el exterior mientras Valeria se aferraba a su cuello.

—Pensé que iba a morir aquí —sollozó ella.

—No mientras yo pueda llegar hasta ti.

Valeria apoyó la frente contra su pecho.

—Tenía miedo de decírtelo porque perder el rancho ya era insoportable. Pero perderte después de que supieras la verdad habría sido peor.

Mateo le sostuvo el rostro.

—No vas a perderme. Y tampoco voy a permitir que te quiten esto sin luchar.

Al amanecer, mientras revisaban los daños, descubrieron que la corriente había arrancado uno de los postes más antiguos de la cerca. Debajo había quedado expuesta una pequeña caja metálica.

Mateo la abrió.

En el interior encontraron fotografías de sus padres, un documento notarial y una carta fechada 27 años atrás.

Los padres de Mateo y Valeria habían comprado juntos el terreno donde nacía el manantial que abastecía ambos ranchos. El documento establecía que ninguna de las propiedades podía hipotecarse ni venderse sin la autorización de las 2 familias.

También había recibos que demostraban que la deuda del padre de Valeria había sido pagada completamente antes de morir.

La última hoja era una carta escrita por el padre de Mateo:

“Movimos la cerca después de la inundación, pero el manantial sigue siendo de ambas familias. Guardo aquí los documentos porque nadie busca la verdad debajo de aquello que cree que solo sirve para dividir. Quizá algún día nuestros hijos entiendan que esta cerca nunca fue construida para separarlos.”

Mateo terminó de leer con la voz entrecortada.

Valeria miró la vieja cerca y después a Canela, que picoteaba tranquilamente cerca del hoyo.

—Mi gallina tenía razón —dijo—. Tu cerca estaba en el lugar equivocado.

Mateo soltó una risa que terminó convirtiéndose en llanto.

Aquella misma mañana llevaron los documentos al Registro Público. Un notario confirmó que eran auténticos. La venta quedó suspendida y se inició una investigación contra Agrodesarrollos Montalvo.

Esteban había utilizado una copia alterada del título de propiedad y había ocultado los comprobantes de pago para apoderarse del terreno. Su verdadero interés no era el rancho de Valeria, sino el manantial que corría debajo de las 2 propiedades.

Cuando comprendió que podía perderlo todo, intentó ofrecerles dinero.

—Pongan una cifra —dijo—. Nadie rechaza una buena cantidad.

Valeria observó los campos donde había crecido.

—Usted cree que todo tiene precio porque nunca ha amado nada.

Mateo se colocó a su lado.

—Tiene 10 minutos para salir de nuestras tierras.

Esteban terminó enfrentando cargos por falsificación y fraude. Otros campesinos de la región revisaron sus contratos y descubrieron irregularidades similares. Gracias a los documentos encontrados bajo la cerca, varias familias recuperaron propiedades que creían perdidas.

Valeria conservó su rancho.

Sin embargo, el invernadero había quedado destruido y la cosecha de invierno parecía perdida. Mateo vendió 3 vacas para comprar materiales, pero no fue suficiente.

Entonces sucedió algo que ninguno esperaba.

Una mañana llegaron camionetas desde diferentes ranchos. Hombres y mujeres de la comunidad aparecieron con madera, herramientas, láminas, semillas y comida. Incluso algunos ancianos que apenas podían trabajar se sentaron a preparar café y tortillas para los demás.

—Tu padre ayudó a medio pueblo sin pedir nada —explicó Rogelio—. Ahora nos toca devolverlo.

En 4 días levantaron un nuevo invernadero.

Cuando todos se marcharon, Mateo y Valeria se quedaron junto a la cerca reparada. El sol desaparecía detrás de los cerros y Canela caminaba entre ambos ranchos como si fuera la dueña de todo.

—He estado pensando en lo que dijiste durante la fiesta —comenzó Mateo.

—Has tardado bastante.

—Ya sabes que soy lento.

—Demasiado.

Mateo respiró profundamente.

—No quiero seguir inventando excusas para venir a verte. No quiero hablarte solamente de vacas, gallinas o cercas. Quiero invitarte a cenar. Quiero caminar contigo al mercado los domingos. Quiero que, cuando tengas miedo, me lo digas. Y quiero poder decirte cuando yo también lo tenga.

Valeria lo miró en silencio.

—¿Eso es todo?

Mateo se puso nervioso.

—También quiero bailar contigo.

—¿Ahora?

—Ahora.

—No hay música.

Mateo sacó el teléfono, encontró una canción de mariachi y lo dejó sobre un poste.

Después extendió la mano.

—Valeria Carranza, ¿quieres bailar conmigo?

Ella sonrió, pero no tomó su mano inmediatamente.

—¿Porque no quieres que baile con Esteban?

—Porque no quiero seguir viendo tu luz desde el otro lado del campo. Quiero estar donde estás tú.

Valeria tomó su mano.

Bailaron sobre la tierra húmeda, con las botas llenas de lodo y una gallina caminando alrededor de sus pies.

Un año después se casaron bajo un enorme mezquite. No hubo un salón elegante. Los vecinos colocaron mesas largas entre los 2 ranchos, llevaron mole, carnitas, arroz, tequila y pasteles hechos en casa.

Antes de la ceremonia, Mateo retiró una parte de la vieja cerca y construyó un camino ancho entre las 2 viviendas.

Conservaron algunos tramos para evitar que las vacas entraran al huerto, pero dejaron la abertura principal sin puerta.

—Hay límites que todavía son necesarios —dijo Valeria—. Especialmente cuando tus vacas tienen hambre.

—Nuestras vacas.

—No exageres. Apenas estamos casados.

Meses más tarde transformaron ambos ranchos en una cooperativa. Valeria amplió la producción de conservas y Mateo comenzó a distribuirlas en varios municipios. También protegieron legalmente el manantial para que ninguna empresa pudiera apropiarse de él.

La casa de Mateo dejó de estar en silencio.

Ahora olía a café, pan recién horneado y tierra mojada. Había cuentas sobre la mesa, botas junto a la puerta y discusiones sobre quién había dejado abierto el gallinero.

Una tarde de diciembre, mientras observaban el atardecer desde el corredor, Valeria apoyó la cabeza sobre el hombro de Mateo.

Canela cruzó nuevamente el espacio donde antes había estado la cerca.

—Deberíamos cobrarle renta —dijo Mateo.

—No puedes. Ella fue quien nos presentó.

—También destruyó una cerca, descubrió documentos y me obligó a correr bajo una tormenta.

—Entonces deberíamos convertirla en socia.

Mateo tomó la mano de Valeria.

Durante años había pensado que las cercas servían para mantener cada cosa en su lugar. Valeria le enseñó que algunas personas construían límites porque temían perder lo poco que tenían.

Pero también le enseñó que no todo lo que cruzaba una frontera llegaba para causar problemas.

En ocasiones, aquello que se atrevía a cruzarla era precisamente lo que venía a salvarte.