“Me voy, y no esperes que vuelva”, me dijo mi esposo antes de llevarse el dinero de la casa y dejarme embarazada, con una niña de 6 años y un rancho lleno de deudas. Meses después, cuando ya había jurado no abrirle la puerta a ningún hombre, apareció un desconocido con las botas rotas y una bebé casi sin fuerzas. Le abrí porque la pequeña necesitaba leche. Desde ese momento, tuve que decidir si podía confiarle un lugar en mi casa sin volver a poner en riesgo a mis hijas y lo poco que aún nos pertenecía.
“Me voy, Dolores. Y no esperes que vuelva.” Rodrigo dijo eso mientras metía en una talega el dinero que quedaba…