—¡En esta casa comen primero los que aportan! —escuché decir a mi hermano mientras mi madre, de 79 años, esperaba de pie con la comida en las manos. Yo había viajado para sorprender a mis padres, pero desde la ventana vi una carpeta azul y lo oí hablar de llevarlos al notario para poner la casa a su nombre. En ese instante entendí que mi visita ya no era una reunión familiar. Mis padres aún no sabían qué estaban a punto de firmar.
—¡En esta casa comen primero los que aportan! Tú y mi papá pueden esperar en la cocina. Escuché a Sergio…