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Ella aceptó al humilde hombre de la montaña como su esposo… pero él la llevó a vivir a su mansión.

—¿Una trampa? —repitió Inés, con la manta apretada contra el pecho—. ¿Me compró un pasaje, me llevó al altar y me trajo hasta esta montaña solo para usarme como carnada?

Elías no respondió de inmediato.

El fuego tronaba dentro de la chimenea. Afuera, la ventisca golpeaba los vidrios como si alguien quisiera entrar a la fuerza.

—No la compré —dijo él al fin—. Le ofrecí una salida. Usted aceptó.

Inés se puso de pie demasiado rápido.

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El mareo le dobló las rodillas, pero se obligó a mantenerse firme. No iba a desmayarse delante de aquel hombre. No iba a darle ese triunfo.

—Me ofreció protección.

—Y la tendrá.

—Me ofreció respeto.

Elías bajó la mirada un segundo.

Ese silencio fue peor que una confesión.

Inés sintió que todo dentro de ella volvía a romperse. Primero Ramiro. Luego los acreedores. Ahora este desconocido que la había convertido en esposa para alcanzar a otro hombre.

—Quiero irme —dijo.

Elías giró apenas hacia la ventana.

La nieve caía tan espesa que ya no se distinguía el patio ni los árboles. Solo un muro blanco, furioso, interminable.

—No puede.

—No le estoy pidiendo permiso.

—Entonces se lo digo como advertencia. Si sale ahora, no llega viva ni al primer pino.

Inés tragó saliva.

No era una amenaza.

Era la verdad.

Y eso la humilló más.

La ama de llaves entró con ropa seca, una bandeja de caldo caliente y los ojos llenos de preguntas que no se atrevía a hacer.

—Señora Montenegro —murmuró—, el baño está listo.

Inés se estremeció al escuchar ese apellido.

Montenegro.

El apellido de un hombre que la había salvado de la nieve para encerrarla en un secreto.

—No soy señora de nadie —dijo con voz baja.

Elías no se movió.

Pero algo duro pasó por su rostro.

—Ante Dios y ante la ley, sí lo es.

Inés levantó la mano y le arrojó la carta al pecho.

—Entonces ante Dios y ante la ley, acaba de casarse con una mujer que lo desprecia.

La ama de llaves contuvo el aliento.

Elías recogió la carta del suelo.

La dobló con una calma insoportable.

—Descanse esta noche —dijo—. Mañana hablaremos.

—No. Hablaremos ahora.

—Mañana.

Su tono no admitía réplica.

Elías salió de la habitación y cerró la puerta.

No con llave.

Eso fue lo que más la confundió.

Inés quedó sola con la anciana.

La mujer se acercó despacio, como si tratara con una herida abierta.

—Me llamo Teresa —dijo—. Llevo veinte años sirviendo esta casa. No tenga miedo de mí.

Inés soltó una risa amarga.

—En esta casa, eso parece una petición imposible.

Teresa dejó la ropa sobre una silla.

—El señor Montenegro es muchas cosas. Pero no es un hombre cruel.

—Me casó con una mentira.

—A veces las mentiras son la forma torpe que tienen algunos hombres de acercarse a la verdad.

Inés la miró con rabia.

—No me diga que lo defienda.

Teresa bajó la vista.

—No lo defiendo. Solo le digo que esta casa también tiene fantasmas.