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Tenía 18 años y se había convertido en una mujer solitaria en las montañas, pero sus hijos gemelos la querían incluso antes de que él la quisiera a ella.

Tenía 18 años y se había convertido en una mujer solitaria en las montañas, pero sus hijos gemelos la querían incluso antes de que él la quisiera a ella.

En el invierno de 1883, el pueblo minero de Santa Brígida, perdido entre las montañas de Chihuahua, olía a mezcal barato, lodo helado y promesas rotas. Allí vivía Lucía Arriaga, una muchacha de diecinueve años que ya había aprendido que la pobreza podía tener dientes.

Su padre, Evaristo Arriaga, había sido buscador de plata, pero la mina le había robado la espalda, el alcohol le había robado la vergüenza y las deudas le habían robado el alma. Aquella noche, la arrastró hasta la cantina de Don Melchor con una mano temblorosa y los ojos hundidos.

—Te debo quinientos pesos, Evaristo —dijo Rómulo Beltrán, el prestamista más temido del pueblo—. No tienes mula, no tienes tierra, no tienes plata. ¿Qué vas a darme?

Evaristo no miró a su hija. Solo levantó un dedo cobarde y la señaló.

Lucía sintió que el mundo se abría bajo sus pies.

—Sabe cocinar, remendar ropa y trabajar como burra —murmuró su padre—. Llévesela. Con eso queda saldada la deuda.

Los hombres de la cantina rieron. Lucía quiso correr, pero dos matones le cerraron la puerta. Rómulo la miró de arriba abajo como si fuera una res en el mercado.

—Flaca, pero joven —dijo—. Algo se podrá sacar.

Entonces, desde la esquina más oscura, una voz profunda cortó la cantina.

—La deuda queda pagada.

Todos voltearon.

Un hombre enorme salió de las sombras. Vestía sarape grueso, botas embarradas y un sombrero negro cubierto de nieve. Una cicatriz le cruzaba el rostro desde la ceja hasta la mejilla. Era Mateo Robles, conocido como “El Lobo de la Sierra”, un trampero que bajaba al pueblo solo dos veces al año para vender pieles.

Mateo arrojó una bolsa de cuero sobre la mesa. Sonó pesada.

—Quinientos pesos en oro —dijo—. La muchacha viene conmigo.

Rómulo sonrió, codicioso. Evaristo suspiró aliviado, como si acabara de vender un costal de maíz y no a su propia hija.

Lucía miró a Mateo con terror. Él no le sonrió. Solo abrió la puerta de la cantina y dijo:

—Toma tu rebozo. Subimos antes de que cierre el paso.

El viaje fue un infierno blanco. Durante horas, Lucía cabalgó detrás de aquel gigante silencioso, mientras el viento le mordía la cara y la sierra parecía tragarse el mundo. Pensó que iba hacia su tumba.

Al caer la noche, llegaron a una cabaña de troncos escondida entre pinos. Mateo abrió la puerta.

—Entra. No toques las armas.

La cabaña estaba fría, sucia y oscura. Había platos sin lavar, ceniza en el piso y un silencio pesado como duelo. Mateo encendió el fuego, tomó su rifle y habló sin mirarla.

—Te traje por una razón. Tengo que salir a revisar trampas. Hay dos niños aquí. La última mujer que contraté los golpeó y huyó.

Lucía parpadeó.

—¿Niños?

Mateo no respondió. Salió y cerró por fuera.

Lucía quedó atrapada.