Arrojó a su compañera embarazada a la nieve, y entonces el rey alfa encontró lo que le había quedado para morir.

Parte 3

El sello se agrietó bajo el pulgar del duque Cavendish.

En el silencio que siguió, Genevieve pudo oír el siseo del brasero más cercano.

Cedric apenas echó un vistazo al pergamino. Sus ojos permanecieron fijos en su vientre.

—Mi heredero —dijo, como si esas palabras pudieran deshacer la noche invernal.

Los dedos de Genevieve se apretaron contra su vestido.

En otro tiempo, ella habría dado cualquier cosa por oírle llamar a su hijo suyo.

Ahora recordaba cómo habían sonado las puertas al cerrarse.

“Usted sabía de la existencia de este niño cuando me envió lejos.”

“Estaba bajo presión.”

“Estabas de pie junto al fuego.”

Un murmullo recorrió el pasillo.

El rostro de Cedric se ensombreció.

“No entiendes lo que requiere el liderazgo.”

—No —dijo—. No lo hice. Pensé que significaba proteger a las personas que confiaban en ti.

Dio un paso hacia ella.

Alistair bajó del estrado.

No tocó a Cedric. No hizo falta.

La fuerza de su autoridad recorrió la habitación, haciendo que el alfa más joven cayera de rodillas.

—Permanecerás allí —dijo el rey.

Luego miró hacia Genevieve.

La pregunta que se reflejaba en sus ojos era la misma que él le había hecho esa mañana.

¿Desea continuar?

Ella asintió.

Por eso había venido.

No porque Alistair necesitara exhibirla ante sus enemigos, sino porque ella se negaba a que la versión de su vida que contaba Cedric fuera la única que se escuchara.

El duque Cavendish desenrolló el pergamino.

“Durante las Primeras Guerras Licántropas, los hijos supervivientes de las reinas originales fueron escondidos entre los rastreadores de los valles del sur. Les cambiaron los nombres. Sus registros fueron repartidos entre guardianes de confianza.”

Cedric negó con la cabeza.

“Viejas historias.”

—Archivos de nacimiento —corrigió el duque—. Registros matrimoniales. Juramentos con el sello real.

Tomó un segundo documento.

“Cada generación ha sido tenida en cuenta.”

Genevieve había visto los documentos tres noches antes.

Se había sentado junto a Alistair en su biblioteca mientras el duque colocaba el nombre de su madre debajo del de su abuela, y luego trazaba el linaje hacia atrás a través de los siglos.

Mujeres de las que nunca había oído hablar.

Mujeres que habían huido de fortalezas en llamas, que cruzaron pasos de montaña con niños envueltos bajo sus mantos y que enseñaron a sus hijas a sobrevivir sin revelar quiénes eran.

La modesta casa de campo de su padre había albergado el último linaje real.

Durante años, Genevieve pensó que lo único que su madre le había dejado era una manta de lana y la costumbre de cantar mientras trabajaba.

Ahora comprendía cuánto silencio había guardado su familia.

Duke Cavendish se enfrentó al tribunal.

“Genevieve Miller es la última descendiente viva de las reinas licántropas originales.”

La mano de Beatriz se deslizó del broche enjoyado que llevaba en el cuello.

Lord Richard inclinó la cabeza.

Alrededor del salón, los nobles comenzaron a arrodillarse.

El primer impulso de Genevieve fue retroceder.

Recordaba estar de pie en otra sala, rodeada de gente que la había visto sufrir sin moverse.

Estas personas hicieron una reverencia porque habían aprendido algo nuevo sobre su linaje.

Alistair se había arrodillado en la nieve antes de saber su nombre.

Ella se volvió hacia él.

Su expresión no denotaba sorpresa. Solo la misma atención constante que le había prestado cuando ella estaba demasiado débil para sostener una taza.

Cedric presenció el intercambio.

La comprensión se reflejó fugazmente en su rostro, seguida del pánico.

“Genevieve, escúchame.”

Ella miró hacia atrás.

“Cometí un error.”

“Hiciste varios.”

“Podemos arreglar esto.” Luchó contra el peso que lo mantenía de rodillas. “Nuestro vínculo era sagrado. Sabes lo que teníamos.”

Por un instante, volvió a ver al hombre que estaba debajo de los muros.

Aquel que le calentaba los dedos entre las manos.

Aquel a quien ella había amado.

El dolor la invadió, silencioso y familiar.

Ya no lo confundía con anhelo.

“Lo que teníamos dependía de que nadie nos viera”, dijo. “No lo entendí hasta que tuviste que elegirme a plena luz del día”.

Cedric abrió la boca.

No salió nada.

Entonces su mirada volvió a posarse en el niño.

“El bebé sigue siendo mío.”

Alistair apretó la mandíbula, pero Genevieve habló primero.

“El bebé es un niño, Cedric. No es algo que puedas presentar ante un trono.”

“Yo soy el padre.”

—Sí —dijo, dejando que la verdad se interpusiera entre ellos—. Y lo sabías cuando ordenaste a los guardias que me arrastraran.

Esta vez no hubo respuesta.

Solo silencio.

Entonces Genevieve se apartó el cabello del cuello.

La marca de apareamiento del rey brillaba sobre su piel.

Beatriz emitió un pequeño sonido de asombro.

Cedric se quedó mirando.

“No.”

Genevieve recordó la noche en que lo había elegido.

Había nevado más allá de las ventanas de la biblioteca. Alistair le había contado lo que su lobo había reconocido bajo las raíces del roble, y luego esperó sin acercarse a ella.

—¿Lo sabías desde el principio? —preguntó ella.

“Sí.”

¿Por qué no me lo dijiste?

“Necesitabas sanar. No quería que la gratitud respondiera a una pregunta que solo el amor debería responder.”

Ella había llorado entonces.

No porque tuviera miedo.

Porque finalmente comprendió lo diferente que se sentía al tener tiempo.

Más tarde, cuando le tomó la mano, lo hizo sin profecía, sin juicio previo, sin mandato alguno entre ellos.

Ahora Alistair estaba de pie junto a ella ante el reino reunido.

“Genevieve es mi alma gemela”, dijo. “Mi reina”.

La mirada de Cedric volvió a posarse en su estómago.

Alistair continuó.

“La magia ancestral de Winterborn respondió a su sangre cuando la traje a través de sus puertas. Ayudó a mantener a la niña con vida después de que rompieras su vínculo.”

Thomas dio un paso al frente.

“Lo presencié. Madre e hijo están muy bien.”

“El niño será criado como si fuera mío”, dijo Alistair. “Y reconocido como mi heredero”.

Por primera vez, Cedric pareció comprender la magnitud de lo que había perdido.

No se trataba simplemente de la mujer que esperaba encontrar esperándolo.

Un niño que crecería sin necesitarlo.

Un futuro al que ya no podía acceder simplemente exigiendo un lugar.

Beatriz se apartó de él.

—Me dijiste que estaba mintiendo sobre el embarazo —dijo ella.

Cedric se volvió contra ella.

“Ya sabías lo suficiente.”

Un rubor subió a sus mejillas.

—Sí —respondió tras un instante—. Sabía lo suficiente como para hacer preguntas. Pero decidí no hacerlo.

Genevieve la miró.

No había ningún placer en ver a la bella mujer bajar la mirada.

Solo un reconocimiento cansado de que la cobardía podía vestir de seda con la misma facilidad que una armadura.

El duque Cavendish presentó el acta del destierro de Genevieve. Lord Richard confirmó las palabras pronunciadas en el banquete del solsticio. El testimonio continuó hasta que Cedric no pudo escudarse ni en malentendidos ni en negaciones.

Entonces Alistair dictó sentencia.

“Cedric Bolton, por el intento de asesinato de una mujer bajo tu protección y del niño que llevaba en su vientre, y por tus ofensas contra la línea real, quedas despojado de tu título.”

Cedric se inclinó hacia adelante.

“Su Majestad—”

“Ironcrest pasará a estar bajo la protección de la corona.”

En ese momento, Genevieve tocó el brazo de Alistair.

Se giró inmediatamente.

—Los pueblos —dijo—. Necesitan comida ahora. Antes de que las carreteras empeoren.

Su expresión se suavizó.

“Los vagones de grano están listos.”

“¿Y las rutas comerciales?”

“Reabierto bajo supervisión real. Cavendish supervisará el socorro.”

Al otro lado del pasillo, Richard hizo una profunda reverencia.

Genevieve pensó en la casita de Marta. En los niños de las calles de abajo. En las familias que no tenían voz ni voto en los tratos de Cedric.

Respiraba con más facilidad.

Alistair volvió a enfrentarse a Cedric.

“Estás desterrado. Si te encuentran dentro de mis fronteras al amanecer, serás perseguido y ejecutado.”

La misma frase.

Genevieve sintió que la recorría como un escalofrío que recordaba.

Los guardias se acercaron.

Cedric se giró hacia ella mientras lo levantaban.

“Dile que pare. Genevieve, por favor. Me amabas.”

Miró al hombre con el que una vez había confundido con su casa.

“Hice.”

Él esperó.

Ella ya no tenía nada más que darle.

Las puertas se cerraron tras sus gritos.

Durante un largo instante, Genevieve no pudo moverse.

Entonces Alistair le ofreció la mano.

Esperó hasta que ella lo tomó.


Esa noche no durmió bien.

La victoria no había borrado el bosque. Poco antes del amanecer, se despertó con un jadeo y buscó la manta que ya la cubría.

Alistair se removió a su lado.

“¿Genevieve?”

“Oí las puertas.”

Se incorporó.

Más allá de las ventanas, el viento soplaba a lo largo de las almenas.

Se llevó la mano al pecho, avergonzada por las lágrimas.

“Se acabó. Sé que se acabó.”

“Lo sé.”

Él abrió los brazos y ella se acurrucó en ellos.

Durante un rato, ninguno de los dos habló.

Entonces susurró: “¿Me habrías retenido aquí si el duque no hubiera encontrado nada?”

Alistair se echó hacia atrás lo suficiente como para verle la cara.

“¿Y si tus padres hubieran sido rastreadores, y sus padres también, y nunca hubiera habido un apellido real en tu familia?”

Ella asintió.

“Te traje a casa antes de abrir un solo disco.”

Le temblaban los labios.

Le secó una lágrima de la mejilla.

“La Corona le dice al tribunal a qué tribunal perteneces. Nunca decidió eso por mí.”

Afuera, la nieve golpeaba suavemente contra el cristal.

Por primera vez desde el cónclave, Genevieve se permitió descansar.


La primavera llegó lentamente a Winterborn.

Primero, el agua goteaba de las almenas. Luego, la tierra oscura junto a las murallas. Después, brotes verdes en los jardines protegidos.

El grano llegó a Ironcrest. Los caminos del mercado volvieron a llenarse. Marta llegó a la ciudadela con su vieja bolsa de cuero, insistiendo en que los sanadores reales aún necesitaban a alguien sensato que los vigilara.

Genevieve se rió tanto que lloró.

Como reina, comenzó con algo que comprendía.

Un lugar al que ir.

Por decreto real, cualquiera que fuera excluido de una manada podía buscar refugio mientras se resolvía su caso. Ningún señor dejaría a una mujer embarazada, a un niño o a un viajero herido sin protección más allá de una puerta cerrada.

Genevieve leyó cada palabra antes de firmar.

Meses después, comenzó el trabajo de parto durante una tormenta de verano.

Alistair, que se había enfrentado a ejércitos sin inmutarse, permanecía de pie junto a su cama, con aspecto dispuesto a negociar con los cielos.

—Deja de asustar a Thomas —consiguió decir entre contracciones.

“No he dicho nada.”

“Me estás mirando fijamente.”

Marta resopló.

Por un breve y precioso instante, Genevieve rió.

Entonces el dolor la invadió de nuevo, y la mano de Alistair permaneció en la suya con cada respiración.

Al amanecer, su hijo lloró.

Un sonido pequeño pero intenso llenó la cámara.

Genevieve lo estrechó contra su pecho y bajó la mirada hacia el rostro que había llevado consigo a través de la nieve sin haberlo visto jamás.

—Hola —susurró.

Eso fue todo lo que pudo decir.

Alistair se arrodilló junto a la cama.

Cuando ella le puso al bebé en los brazos, el rey se quedó inmóvil.

“Es tan pequeño.”

—No se quedará así —dijo Marta.

Pero Alistair apenas la oyó.

El bebé enroscó una mano alrededor de su dedo.

Una lágrima resbaló por la mejilla marcada por las cicatrices del rey.

Genevieve lo vio inclinar la cabeza sobre su hijo, tal como lo había hecho sobre ella bajo el roble.

Solo que esta vez, ella escuchó lo que él dijo.

“Estoy aquí.”

Dos palabras sencillas.

Las decía junto a la cuna. En los primeros pasos. Durante las fiebres y los sueños aterradores.

Y lo decía en serio cada vez.

Años después, cuando su hijo preguntó cómo se habían conocido sus padres, Genevieve le contó la historia de un bosque invernal y un rey que se detuvo al oír a alguien que necesitaba ayuda.

—¿Tenías miedo? —preguntó el niño.

“Muy.”

“¿Ya eras reina?”

Ella miró a Alistair al otro lado de la habitación.

Luego besó la frente de su hijo.

“Yo ya era alguien que merecía ser salvado.”

Y en el hogar que habían construido juntos, nadie jamás le permitió creer lo contrario.🌙

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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