“Ayúdeme a parir… y tendrá a quién llamar nieto”, le rogó la joven a la anciana
“Ayúdeme a parir… y tendrá a quién llamar nieto”, le rogó la joven a la anciana

El sol se estaba poniendo detrás de los cerros cuando Serafina Villalobos oyó un grito que no era de animal ni de viento, sino de mujer, y salió de su casa con el bastón de mezquite en la mano espantando a las gallinas del patio.
En mitad del camino vio a una muchacha derrumbada descalza con vestido manchado de lodo hasta el pecho y vientre a punto de reventar, y a su lado un niño de rodillas abrazando un bulto de tela, más atrás un burro flaco cargado con petate y trastes esperaba con cabeza baja.
Válgame Dios murmuró Serafina y echó a andar tan rápido como se lo permitían las piernas viejas.
La muchacha volvió a gritar un grito largo que le salió desde muy adentro: no puedo señora, se me viene, no tengo a nadie.
Aguánteme ya voy le dijo Serafina dejándose caer de rodillas sin importarle huesos, le puso mano en frente ardiente y con otra le tomó mano crispada sobre vientre, ya no está usted sola aquí estoy yo.
¿Cómo se llama? preguntó, Candelaria dijo con hilo de voz, me llamo Candelaria.
Bonito nombre dijo Serafina apartándole cabello de cara, óigame bien Candelaria yo he ayudado a nacer becerros, borregos y a más de un cristiano, usted va a estar bien.
Era mentira y las dos lo sabían, porque Serafina había visto ese color de cera en otra mujer hace 20 años en otra cama que no había podido olvidar.
El niño del bulto se acercó gateando sin soltar tela y preguntó con voz quebrada: ¿se va a morir mi mamá?
No mi hijo dijo Serafina mirándolo fijo para que creyera, tu mamá no se va a morir pero necesito que seas muy valiente, ¿cómo te llamas? Marcelino.
Marcelino escúchame, ¿ves aquella casa de macetas de geranios? Esa es mi casa, vas a correr allá, entras por puerta que dejé abierta y en cocina junto al fogón hay olla grande, la llenas de agua del tinaco y me la traes y agarras trapos limpios que están doblados en baúl de sala debajo del rebozo negro.
Marcelino repitió agua y trapos de debajo del rebozo negro y salió corriendo levantando polvo.
Candelaria se dobló otra vez con quejido hondo: perdóneme que llegue así a molestarla, yo iba de paso iba para pueblo de San Andrés a buscar trabajo, no tengo donde caerme muerta.
Cállese esa boca le apretó mano Serafina, aquí no molesta nadie, Dios la trajo a mi puerta y por algo será, no gaste aire en pedir perdón guárdelo que lo va a necesitar.
Llegó Marcelino tambaleándose con olla de agua que derramaba a cada paso y con trapos apretados contra pecho: aquí está traje agua traje trapos.
Muy bien mi valiente dijo Serafina acomodando trapo bajo caderas de madre, ahora te vas a poner junto a cabeza de tu mamá y le vas a agarrar mano fuerte y le vas a decir al oído que la quieres y que aquí estás.
El niño se arrodilló junto a madre y le tomó mano con dos suyas: aquí estoy mamá, no te vayas, yo te quiero mucho.
Sol terminó de meterse, luz se puso roja y luego morada, y Serafina se persignó mirando cielo que se oscurecía y murmuró oración corta no a Dios en general sino a alguien que había perdido: ayúdame tú hija desde donde estés, ayúdame a que esta sí se salve.
Noche cayó y llegó frío que baja de cerros, Serafina supo que no podían quedarse en pleno camino, suelo estaba helado y criatura no podía nacer en tierra como animal.
No podemos hacer esto aquí dijo tomándole cara entre manos, la voy a llevar a mi casa a mi cama donde haya techo y lumbre, necesito que camine conmigo son unos cuantos pasos.
No puedo levantarme señora no me responden piernas, sí puede va a poder porque no tiene otra, Marcelino ven ayúdame, entre dos la levantamos.
Fue lucha, muchacha pesaba y con cada contracción se doblaba, había que esperar a que pasara ola de dolor para avanzar un paso, Serafina con huesos viejos apretaba dientes y jalaba y niño empujaba desde otro lado.
Tardaron eternidad en cubrir distancia que en otro día ella habría caminado en suspiro, paso a paso quejido a quejido llegaron al escalón de piedra cruzaron umbral y Serafina condujo a Candelaria hasta propia cama de latón donde ella dormía sola desde hacía tantos años y la recostó.
Encendió quinqué y habitación se llenó de luz amarilla temblorosa, echó leña al fogón, puso a calentar más agua y sacó todo lo que tenía de trapos y sábanas viejas.
Marcelino dijo sin dejar de trabajar tú vas a ser mi ayudante, tú no le sueltas mano a tu mamá y cada vez que ella apriete tú aprietas más fuerte.
Candelaria gritó otra vez y esta vez grito fue distinto más grave más urgente, ya viene dijo anciana colocándose a pies de cama, ya viene niño Candelaria ahora sí la necesito entera, cuando yo diga que puje usted puja con toda alma.
Lo que siguió fue batalla como las que solo dan mujeres en silencio y a oscuras sin más testigos que vieja, niño y luz de quinqué, Candelaria pujaba hasta quedarse sin aire, se le hinchaban venas del cuello se mordía labios hasta sacarse sangre y Serafina guiaba con voz firme: puje puje ya casi ya viene no se me rinda ahora.
Hubo momento en que cosa se puso mal, muchacha se quedó lívida se le fueron fuerzas cabeza cayó de lado y dejó de pujar.
Candelaria no se me vaya alzó voz Serafina como látigo, abra ojos su hijo está por nacer no se me duerma ahora.
Estoy muy cansada murmuró muchacha con ojos en blanco déjeme descansar tantito, nada de descansar, aquí a Serafina se le quebró algo por dentro porque mismas palabras mismo momento ya lo había vivido 20 años atrás y aquella vez había perdido, aquella vez muerte le había ganado partida y le había arrancado a propia hija de entre manos.
Óigame bien Candelaria usted no se me va a rendir, ese niño la necesita y este otro que le tiene mano la necesita más, no se atreva a dejarlos huérfanos, puje por sus hijos aunque no le queden fuerzas saque de donde no hay.
Del amor tal vez que es única fuerza que puede más que muerte Candelaria abrió ojos apretó dientes se agarró de mano de hijo y de sábana y pujó con alarido que se oyó hasta corral.
Entonces en penumbra amarilla entre manos viejas y expertas de Serafina se deslizó a este mundo criatura pequeña y amoratada que por segundo eterno no hizo ningún ruido.
Serafina con corazón detenido tomó niño le limpió carita lo puso boca abajo sobre antebrazo y dio palmaditas en espalda rezando entre dientes: llora criatura por Dios santo llora respira.
Hasta que de pronto boquita del recién nacido se abrió y de ella brotó llanto agudo tembloroso furioso, llanto más hermoso que se puede oír sobre tierra, llanto de niño que ha decidido vivir.
Es varón dijo Serafina y voz se le rompió y lágrimas que no había derramado en 20 años le rodaron por mejillas surcadas, es niño Candelaria y está vivo y sano.
Marcelino se echó a reír y a llorar al mismo tiempo, Candelaria deshecha empapada con última gota de fuerza extendió brazos temblorosos: démelo déjeme verlo.
Serafina envolvió recién nacido en trapo tibio y limpio y lo puso sobre pecho de madre, y cuando Candelaria sintió peso caliente de hijo sobre corazón se le escapó sollozo que ya no era de dolor sino de alegría tan honda que dolía igual: hola mi rey hola mi vida sí llegaste.
Serafina apartada un paso mirando escena a luz del quinqué se llevó mano a boca para no soltar llanto, porque llevaba 20 años sin que en esa casa naciera nada sin que en esa cama de latón hubiera más que frío de solo cuerpo, y esa noche sin buscarlo vida le había vuelto a poner cuna en casa.
Esa noche nadie durmió, anciana no se apartó de cama, limpió sudor a Candelaria, acomodó almohadas, puso niño al pecho y enseñó con paciencia de abuela cómo prenderlo para que mamara, después calentó atole de masa con canela y piloncillo y a cucharadas se lo fue dando a muchacha.
Marcelino se había quedado dormido hecho ovillo a pies de cama con ropa todavía llena de polvo del camino agarrado a cobija.
Es muy bueno mi Marcelino dijo Candelaria con ojos húmedos, desde que faltó su papá se volvió hombre de casa sin que nadie se lo pidiera.
¿Y su papá mi hija? preguntó Serafina despacio, ¿qué le pasó al papá de estos niños?
Candelaria miró techo largo rato, cuando habló lo hizo con voz plana sin llanto de penas que ya se lloraron todas: se llamaba Fidencio, era hombre más trabajador que usted haya conocido, no sabía leer no tenía tierra pero tenía dos manos que no paraban y corazón que no le cabía en pecho, nos casamos muy jóvenes rentábamos pedacito de tierra del patrón y él aparte sembraba y ganaba centavos arriando carretas de piedra.
Un día de aguas camino estaba resbaloso, carreta iba muy cargada, frenos no aguantaron en bajada, burro se espantó y carreta se volteó con él debajo.
A mí me lo trajeron ya de tarde unos hombres en tabla, yo estaba lavando ropa en arroyo cuando los vi venir y antes de que dijeran nada ya lo sabía, yo con 5 meses de embarazo viuda de noche a mañana y sin centavo para enterrarlo.
Lo enterramos y yo pensé que con trabajo iba a salir adelante pero a dos meses patrón mandó decir que necesitaba tierra que como Fidencio ya no estaba y yo era mujer sola pues que entregara parcela, así sin más nos echó a calle a viuda embarazada y niño de 7 años.
Yo no tenía a dónde ir Serafina esa es verdad, no tengo familia, mamá murió cuando yo nací igualito que casi me pasa a mí anoche y papá se fue y nunca volví a saber de él, me criaron tíos pero nunca me quisieron, en cuanto pude me casé con Fidencio para irme de esa casa.
Ahora que él faltó ¿a quién iba yo a acudir? Preferí agarrar burro echar en él poco que tengo tomar a Marcelino de mano y caminar hacia San Andrés porque dijeron que allá señora buscaba quien lavara y planchara, ese era todo mi plan y ni a eso llegué porque me agarró parto en pleno camino frente a su casa.
Serafina no dijo nada por momento, se levantó fue hasta ventana y se quedó mirando amanecer, cuando por fin habló no volteó a verla, habló de cara al campo como quien confiesa algo que cuesta.
No fue camino Candelaria no fue casualidad la que trajo a mi puerta, yo no creo en casualidades, creo que hay quien mueve hilos de allá arriba y que anoche alguien la trajo a usted justamente a mi puerta y no a otra porque de todas casas de este camino mía era única donde alguien iba a salir a rescatarla.
Porque yo también estuve una vez donde está usted ahora Candelaria, yo también supe lo que es quedarse sola en mundo, y porque hace 20 años en esta misma casa en esa misma cama yo perdí lo único que tenía, pero esa historia se la cuento al rato, ahora usted tiene que dormir y este angelito no tiene nombre todavía.
Candelaria bajó mirada hacia hijo dormido y luego subió hacia anciana: ya sé cómo se va a llamar Serafina, lo decidí anoche mientras usted me sostenía, se va a llamar Fidencio como su papá que no alcanzó a conocer para que nombre no se pierda.
Fidencio dijo Serafina bienvenido a esta casa, aquí naciste y aquí mientras yo viva no te va a faltar techo, y sin decirlo directamente acababa de tomar decisión más grande de últimos 20 años.
Pasaron días y casa de Serafina que había sido durante tantos años casa muda se fue llenando de ruidos de vida, llanto de recién nacido a medianoche, pasos apurados de Marcelino, voz de Candelaria todavía débil pero cada día más firme canturreando canciones de cuna.
Serafina se descubría sonriendo por cualquier cosa y a veces cuando estaba sola en cocina se le salían lágrimas sin motivo porque corazón después de tantos años de sequía no sabía manejar tanta agua de golpe.
Candelaria se levantó de cama al cuarto día contra voluntad de Serafina: no señora ya me siento bien y no voy a estar acostada como reina mientras usted que me lleva 40 años se parte el lomo atendiéndonos, deme algo que hacer déjeme ganarme pan.
Se puso a trabajar, barría lavaba remendaba daba de comer a gallinas ordeñaba vaca vieja que Serafina apenas podía atender, Marcelino por su parte se pegó como sombra al burro y a quehaceres del corral y resultó que niño tenía maña natural para animales que se le acercaban mansitos.
Ese niño tiene don de campo decía Serafina a Candelaria, mire, vaca no se dejaba ordeñar de nadie más que de mí y ya se le arrima a él como si fueran compadres.
Una tarde cuando sol caía y bebé Fidencio dormía en cajón forrado de cobijas que hacía veces de cuna dos mujeres se sentaron en corredor en dos mecedoras a desgranar maíz, y Serafina sin que nadie pidiera empezó por fin a soltar lo que llevaba 20 años guardado.
Yo me casé con buen hombre hace muchos años Anastasio se llamaba, trabajador callado, compramos este ranchito con puros sacrificios piedra por piedra y aquí íbamos a envejecer juntos, Dios no nos mandó hijos pronto y ya cuando pensaba que me iba a quedar seca para siempre a los treinta y tantos quedé en cinta, ¿no sabe alegría de esta casa? Anastasio fabricó cuna a criatura con propias manos la lijó hasta dejarla como seda, yo tejí ropita todo embarazo, le pusimos nombre desde antes, si era mujer se iba a llamar Amparo.
Y fue mujer Amparo, cosa más linda que estos ojos han visto, pero yo me alivié mal Candelaria, en aquel tiempo y en rancho tan retirado no había doctor, me atendió partera del pueblo buena mujer pero se complicó, yo perdí mucha sangre estuve entre vida y muerte muchos días pero me salvé, la que no se salvó fue mi Amparo, mi niña vivió tres días nada más, tres días la tuve en brazos tres días la olí y besé y canté y al tercero se me apagó como se apaga velita aquí en esa misma cama donde usted parió a Fidencio.
Candelaria se llevó manos a boca, ojos se le llenaron de lágrimas.
Anastasio nunca fue mismo después de eso, se le metió tristeza en huesos y ya no se le salió, aguantó unos años por mí pero se fue apagando igual que niña despacito y una mañana no despertó, y ahí me quedé yo sola con cuna vacía que Anastasio había hecho con manos y que no fui capaz de quemar ni regalar y que llevo 20 años guardada en tapanco cubierta con sábana juntando polvo, 20 años viviendo sola en esta casa hablándoles a gallinas para no volverme loca.
Candelaria se levantó de mecedora se hincó junto a anciana y tomó dos manos: ya no está usted sola Serafina óigame bien ya no está sola mientras yo tenga vida usted no vuelve a estar sola.
Por eso le dije que no fue casualidad mi hija, ¿no se da cuenta? Hace 20 años muerte se me llevó a hija y nieto en esa cama y me quedé con manos vacías y corazón vacío, y hace unos días en esa misma cama Dios me mandó a otra muchacha sola del mismo modo a punto de morirse en parto pero esta vez me dio oportunidad de salvarla, esta vez sí llegué a tiempo.
A mí no me trajo vida a usted para que se cure y se vaya a San Andrés a lavar ropa ajena, a mí me la trajo para devolverme lo que muerte me quitó.
Y por eso le voy a decir una cosa: esta casa es grande para mí sola y siempre lo ha sido, este rancho necesita gente joven que lo trabaje que le devuelva vida, yo estoy vieja y cansada y no me queda nadie y usted no tiene a dónde ir y tiene dos hijos que criar, así que pregunto de frente con corazón en mano ¿por qué no se queda Candelaria? Quédense los tres no como arrimados no como sirvientes, quédense como lo que vida quiso que fuéramos: una familia, yo les doy techo y tierra y ustedes me dan lo único que ya no tenía: a quién querer y quién me quiera antes de morirme.
Candelaria no pudo contestar inmediato, se le hizo nudo en garganta tan grande que palabras no cabían, apretó manos de anciana contra su cara contra lágrimas y cuando por fin pudo hablar apenas salió susurro: Serafina yo llegué a puerta pidiéndole que me ayudara a traer hijo al mundo diciéndole que no tenía a nadie y usted no solo me ayudó a parir usted me está dando familia.
No se trata de merecer mi hija, amor no se merece se regala, y yo tengo 20 años de amor guardado sin a quien dárselo, déjeme dárselo a usted y a sus niños, ándele dígame que sí.
En ese momento entró Marcelino corriendo desde corral todo entusiasmado: mamá doña Serafina la vaca ya me deja ordeñarla solito y burro ya me hace caso.
Dos mujeres rieron entre lágrimas, Serafina extendió brazos hacia niño: ven acá mi ayudante, ¿tú qué dirías si nos quedáramos a vivir todos aquí juntos en este rancho tú tu mamá tu hermanito y yo para siempre?
Marcelino abrió mucho ojos miró a mamá miró a anciana y sonrisa no le cabía en cara: ¿de verdad ya no vamos a caminar más? ¿Ya tenemos casa? Ya tienen casa mi hijo dijo Serafina esta y ya no caminan más aquí se quedan.
Niño soltó grito de alegría y se echó encima a anciana abrazándola del cuello con toda fuerza, y Serafina lo apretó contra pecho y cerró ojos y por encima de cabeza del niño buscó ojos de Candelaria y dos sin decirse nada se lo dijeron todo, en cajón forrado de cobijas pequeño Fidencio empezó a removerse y llorar reclamando lugar en abrazo.
Pasaron meses y rancho que había estado muerto por dentro reverdeció como reverdece campo después de primeras lluvias, donde antes había corrales vacíos ahora cacareaban más gallinas porque Candelaria supo sacar pollos de pocos huevos que había, milpa que Serafina llevaba años sin sembrar por no poder con azadón volvió a dar elotes gracias a manos jóvenes de muchacha y ayuda incansable de Marcelino.
Pequeño Fidencio que había llegado amoratado y en silencio era ya bebé gordo risueño de cachetes colorados que se reía a carcajadas cada vez que Serafina le hacía caras, y anciana se pasaba horas muertas cargándolo meciéndolo hablándole cosas sin sentido que solo dicen abuelas porque eso era ya Serafina para aquellos niños: abuela.
No hubo que ponerse de acuerdo, un día Marcelino sin pensarlo la llamó abuela al pedirle permiso para algo, y a Serafina se le cayó olla que estaba lavando y se tuvo que ir a corral a llorar a solas no de tristeza sino de dicha tan grande que pesaba en pecho, desde entonces fue abuela Serafina y ella respondía a ese nombre como si lo hubiera esperado toda vida.
Pero felicidad en este mundo rara vez se queda mucho tiempo sin que alguien venga a querer arrebatarla, una mañana cuando rancho apenas despertaba y Candelaria tendía ropa en patio se oyó por camino trote de caballo, no era común que llegara gente, aquel rancho estaba retirado.
Candelaria se enderezó se secó manos en delantal y vio venir hombre montado de sombrero fino y botas lustradas de esos que se nota de lejos que vienen de pueblo y no de rancho, hombre se detuvo frente a casa se bajó sin pedir permiso y clavó en Candelaria mirada dura como quien examina animal que se metió a su corral.
¿Y usted quién es? preguntó hombre sin saludar, buenos días respondió Candelaria con respeto pero firme ¿a quién busca? Busco a Serafina Villalobos es mi tía, y le repito pregunta ¿usted quién es y qué hace en su casa?
En ese momento salió Serafina al corredor apoyada en bastón y al ver hombre se quedó tiesa, tardó en reconocerlo porque hacía muchísimo que no lo veía pero cuando reconoció cara se endureció: Remigio dijo y en solo nombre había 20 años de ausencia.
Vaya vaya sobrino que nunca vino, que no se apareció ni cuando enterré a tu tío Anastasio ni cuando estuve enferma ni una sola Navidad en 20 años ¿a qué debo milagro de tu visita?
Tía no me reciba así dijo forzando sonrisa que no llegaba a ojos, usted sabe cómo es vida trabajo distancias.
Ahórrate discurso dijo Serafina bajando a patio despacio, 20 años Remigio y justo ahora de repente te acuerdas que tienes tía ¿qué fue lo que te trajo? Porque no fue cariño eso aseguro.
Hombre miró de reojo a Candelaria y luego a tía: es que me llegaron rumores tía, en pueblo se dice que usted metió a vivir a desconocida en su casa mujer con dos escuincles que nadie sabe de dónde salió y como comprenderá a mí me preocupa, usted es anciana vive sola es vulnerable cualquiera podría aprovecharse y quedarse con lo que es suyo.
Ah vaya te preocupas por mí, Serafina soltó risa seca sin gota de humor, qué conmovedor no te preocupaste en 20 años pero ahora que hay mujer joven en casa de golpe te salió lo sobrino cariñoso, no me tomes por tonta.
Esta muchacha que ves aquí está desconocida como tú le dices llegó a mi puerta hace unos meses pariendo en suelo del camino a punto de morirse sin nadie, y yo le abrí puerta y ella y sus hijos me han dado más en estos meses que toda mi familia de sangre en toda vida, así que si viniste a protegerme de ella llegas 20 años tarde y a casa equivocada.
Remigio apretó mandíbula, máscara de sobrino preocupado se empezó a caer y asomó lo que de verdad lo había traído: tía entienda yo soy único pariente vivo único, cuando usted falte esta tierra esta casa todo lo que usted y mi tío juntaron me corresponde a mí por sangre es ley y es justo y no voy a permitir que arrimada cualquiera se quede con lo que es de familia.
Se hizo silencio helado, Candelaria sintió sangre írsele a pies no por insulto sino por miedo repentino de que aquel hombre pudiera arrancarle lo único bueno que vida le había dado, pero antes de que pudiera decir nada Serafina dio paso al frente y aunque era anciana pequeña apoyada en bastón en ese momento pareció crecer tres palmos.
Óyeme bien Remigio y que te quede grabado, voz era baja pero cortaba como cuchillo, esta tierra es mía mía y de tu tío Anastasio que en paz descanse y que trabajó hasta reventarse manos mientras tú andabas en pueblo dándote buena vida, mientras yo esté viva en esta casa mando yo y decido yo, y esta muchacha y estos niños se quedan porque yo así lo quiero, y día que me muera lo que sea de esta tierra lo decido yo no tú no ley no sangre yo.
Déjame decirte cosa sobrino, sangre no hace familia, familia la hace quien te da de comer cuando tienes hambre quien te limpia cuando estás enfermo quien te agarra mano cuando te estás muriendo, y en 20 años tú no me has dado ni vaso de agua así que no me vengas a hablar de lo que te corresponde por sangre, sangre sin cariño no vale nada.
Remigio se puso rojo de coraje se caló sombrero de golpe: ya veremos tía ya lo veremos, usted está vieja y sola y viejita sola es fácil de confundir pero yo tengo derechos y hay leyes y abogados, esto no se queda así, montó caballo de salto jaló riendas con rabia y antes de irse lanzó a Candelaria última mirada cargada de veneno: y usted arrimada disfrute mientras pueda porque yo me voy a encargar de que regrese al camino de donde salió.
Espoleó caballo y se fue levantando polvo dejando en patio silencio pesado.
Candelaria tenía manos temblorosas, Serafina se acercó y puso mano en hombro: no le haga caso mi hija es puro ladrido, perro que ladra no muerde.
Pero Serafina ¿y si tiene razón? ¿y si ley está de su lado? Yo no quiero causarle problemas, Candelaria Serafina tomó de barbilla y obligó a mirarla a ojos: escúcheme bien ese hombre no es mi familia, mi familia son usted, me oyó nadie ni ley ni sangre me va a quitar eso.
Pero esa noche cuando todos dormían Serafina no pudo pegar ojo, se quedó mirando techo en oscuridad y por primera vez en muchos meses volvió a sentir frío del miedo porque cosa era lo que ella dijera con boca llena de coraje y otra muy distinta ley de hombres que muchas veces no tiene corazón.
Ella sabía que Remigio con dinero y abogados podía hacerle mucho daño a lo que más quería, así que a luz de vela esa misma madrugada tomó decisión, sacó de cajón papel y lápiz mordido y aunque temblaba pulso se puso a hacer cuentas de cómo blindar antes de morirse futuro de nueva familia, no iba a dejar que muerte la agarrara desprevenida por segunda vez.
Al día siguiente Serafina no contó a nadie lo que había estado pensando, se guardó plan para sí misma, pero por dentro empezó a moverse, pidió a Marcelino que próxima vez que fuera a pueblo por mandado le llevara recado a don Nicanor viejo escribano que había sido amigo de difunto Anastasio único hombre de leyes en quien confiaba, y esperó.
Mientras Remigio no se quedó de brazos cruzados, empezó a hacer trabajo sucio en pueblo, iba de casa en casa de tienda en tienda esparciendo veneno con voz melosa: que su pobre tía Serafina se estaba volviendo senil que ya no razonaba bien que zorra recogida del camino la tenía embrujada para quedarse con tierras.
Gente que es buena pero también floja para pensar empezó a repetir chisme y chisme fue creciendo como bola de nieve, hasta que un domingo cuando Candelaria fue a misa al pueblo con niño en brazos sintió sobre ella peso de miradas y cuchicheos: mírala esa es la que se metió a casa de doña Serafina, dicen que la tiene dominada a pobre viejita.
Candelaria salió de iglesia con cara ardiendo y ojos llenos de lágrimas que no dejó caer hasta llegar a rancho, ahí sí ya sola con Serafina se soltó a llorar: todos me miran como si fuera ladrona Serafina, toda vida he sido pobre huérfana despreciada pero nunca me habían llamado ladrona, yo no vine a robarle nada.
Yo ya sé mi hija ya sé, Serafina la abrazó, y precisamente porque yo lo sé chisme del pueblo me tiene sin cuidado, gente habla porque no tiene nada mejor que hacer, pero usted y yo sabemos verdad y verdad tarde o temprano sale a flote como aceite en agua.
Sin embargo Remigio no se conformó con chismes, una tarde volvió a rancho y esta vez no venía solo, lo acompañaba hombre trajeado con portafolio de cuero que resultó ser abogado del pueblo grande, Serafina recibió en corredor sentada en mecedora con bastón cruzado sobre piernas sin ofrecerles asiento.
Tía empezó Remigio con voz de miel envenenada vine con licenciado para arreglar cosas por buenas, nadie quiere problemas, licenciado le va a explicar, abogado aclaró garganta y sacó papeles: señora Villalobos dada su avanzada edad y estado de salud lo más sensato sería que usted cediera propiedad de estas tierras a su sobrino aquí presente su legítimo heredero a cambio de que él se comprometa a mantenerla con todas comodidades por resto de días, usted ya no tendría que preocuparse por nada.
Ajá Serafina miró sin pestañar, ¿y muchacha y niños que viven conmigo?
Remigio y abogado cruzaron mirada, bueno tía dijo Remigio eso es parte del arreglo, naturalmente esas personas tendrían que irse, yo no puedo hacerme cargo de tierra donde vive gente ajena a familia, ellos tendrían que buscar acomodo en otra parte.
Serafina se quedó callada momento largo se mecía despacio con mirada perdida en campo y por instante Remigio creyó que había convencido, sonrió anticipando victoria, pero entonces Serafina habló muy despacio muy claro: déjeme ver si entendí bien licenciado, ustedes proponen que yo les regale mi tierra tierra que mi marido y yo levantamos con propias manos a cambio de que me mantengan hasta que muera y como condición tengo que echar de mi casa a tres personas que me han cuidado me han querido y me han devuelto ganas de vivir ¿es correcto?
Es arreglo muy generoso señora dijo abogado, generoso Serafina asintió pensativa, ¿sabe qué licenciado? Yo soy vieja de rancho no sé leer más que a tropezones nunca fui a escuela pero de números y gente sé bastante, yo entiendo que este hombre que es mi sobrino que no vino a verme en 20 años que no me dio ni buenas tardes cuando enterré a mi marido ahora quiere que yo le firme mi tierra en vida para asegurarse de que le toque y para conseguirlo no le importa dejar en calle a viuda y a dos criaturas, eso es lo que yo entiendo.
Y déjeme decirle otra cosa, mientras estas piernas me sostengan y cabeza me funcione yo no le firmo a este hombre ni lista del mandado ¿me oyó bien? Ni lista del mandado.
Remigio perdió compostura: tía no se terca esa gente la tiene engañada ¿no se da cuenta que la están usando? En cuanto usted se muera esa mujer va a agarrar todo y se va a largar, sangre de su sangre soy yo no esos arrimados.
Entonces pasó algo que nadie esperaba, Candelaria que había estado escuchando todo desde puerta de cocina con corazón en puño salió al corredor traía a pequeño Fidencio dormido en rebozo, se paró frente a Remigio frente a abogado frente a Serafina y aunque temblaba voz habló con dignidad que dejó a todos mudos.
Señor Remigio tiene usted razón en una cosa, yo soy arrimada soy pobre viuda que su tía recogió del camino por pura bondad cuando no tenía a nadie ni nada, eso es cierto y no me da vergüenza decirlo, pero se equivoca en lo demás y mucho, yo no quiero su tierra, no la quiero óigame bien no la quiero.
Si lo que le preocupa es herencia quédese tranquilo porque aquí delante de Dios y de este licenciado que trajo yo renuncio a todo, a todo, día que doña Serafina falte y ojalá sea dentro de muchos años esta tierra puede ser toda suya señor Remigio hasta última piedra, yo no quiero solo palmo, me voy con mis hijos por donde llegué con mi burro y petate sin llevarme nada.
Se hizo silencio absoluto, hasta Serafina se quedó sin habla, porque yo no me quedé aquí por tierra siguió Candelaria y ahora lágrimas le corrían libres, yo me quedé por ella por esta anciana que me salvó vida cuando me estaba muriendo en suelo, por esta mujer que le dio nombre a mi hijo y abuela a mis dos niños, yo me quedé porque la quiero señor porque en estos meses ella ha sido para mí madre que nunca tuve, y yo no le pongo precio a eso, ni usted ni ningún abogado ni toda tierra del mundo valen lo que vale poder cuidar a doña Serafina hasta último día de su vida, esa es mi única herencia esa y esa no me la puede quitar usted con ningún papel.
Remigio abrió boca pero no salió nada, abogado bajó mirada incómodo y empezó a guardar papeles en portafolio porque hasta él hombre de leyes acostumbrado a trampas se había quedado tocado por lo que acababa de oír, y Serafina lloraba en silencio en mecedora con mano en pecho mirando a muchacha que acababa de renunciar a todo por amor a ella, y en ese momento viendo codicia en cara de sobrino de sangre y nobleza en cara de hija del alma anciana entendió con claridad exactamente lo que tenía que hacer.
Váyanse dijo Serafina levantándose de mecedora con bastón, los dos salgan de mi tierra y tú Remigio no vuelvas hasta que aprendas lo que esta muchacha pobre acaba de enseñarte de gratis que en esta vida lo único que uno se lleva es amor que dio y amor que le dieron, lo demás todo se queda aquí se lo comen gusanos y no vale nada.
Tres días después de que Remigio y abogado se fueran con manos vacías Serafina se levantó antes del amanecer se puso mejor vestido negro de domingos que guardaba para ocasiones graves, se peinó trenzas con esmero y dijo a Candelaria que iban a ir a pueblo las dos con niños.
¿A misa abuela? preguntó Marcelino, no mi hijo a algo más importante que misa, vamos a arreglar asunto de una vez y para siempre.
Enjalmó burro para niño y llegaron a pueblo a media mañana, pero Serafina no enfiló hacia iglesia ni mercado sino hacia casa vieja de portón azul en calle empedrada donde letrero descolorido decía escribano, ahí vivía don Nicanor anciano todavía más viejo que ella encorvado de lentes gruesos y manos manchadas de tinta que había sido compadre y amigo de difunto Anastasio y único hombre de leyes en muchas leguas en quien Serafina confiaba.
Serafina Villalobos exclamó viejo escribano al verla entrar y sonrisa le partió cara arrugada, vaya milagro ¿a qué se debe que mujer más terca de estos rumbos venga a visitar a pobre viejo?
Vengo a que me hagas papel Nicanor, papel bien hecho bien amarrado que no lo pueda deshacer ni diablo con todos sus abogados, y vengo con testigos señaló a Candelaria y niños, ella es Candelaria mi hija y estos son mis nietos Marcelino y Fidencio.
Don Nicanor levantó cejas por encima de lentes, sabía perfectamente que Serafina no tenía hijos ni nietos de sangre, había ido a entierro de pequeña Amparo 20 años atrás, pero era hombre sabio y entendió al vuelo que había hijos que sangre no da y que corazón sí, no preguntó nada solo sonrió: su hija y sus nietos muy bien pásense.
¿Y qué clase de papel necesita comadre? Un testamento Nicanor, quiero hacer testamento y quiero que quede escrito con todas letras y sellos que día que yo muera rancho casa tierra animales y hasta última cuchara que hay en cocina todo todito pasa a ser de Candelaria y de mis dos nietos de nadie más, que ningún pariente ni cercano ni lejano ni de sangre ni de nombre pueda quitarles ni piedra, quiero que esto quede tan firme que nadie lo pueda tumbar.
Candelaria que había estado callada se sobresaltó: Serafina no por favor yo dije a su sobrino y se lo digo a usted también yo no quiero tierra no me quedé por eso no haga esto deje que herencia sea de su familia no quiero que por mi culpa.
Candelaria Serafina miró con dulzura infinita pero también con firmeza que no admitía réplica: cállese y escúcheme que soy vieja y no me gusta repetir cosas, precisamente porque usted no quiere tierra es que se la voy a dejar a usted ¿no entiende mi hija? Si usted la quisiera si fuera ambiciosa como Remigio yo se la negaría, pero usted renunció a todo delante de abogado con tal de poder cuidarme, usted me demostró que lo que le importa soy yo y no lo mío, y a esa clase de gente mi hija a esa clase es a única que uno le puede confiar lo que trabajó toda vida.
Pero su sobrino, mi sobrino es sangre sí pero sangre ya le dije no vale nada sin cariño, Remigio no me quiere a mí quiere lo mío y yo no voy a premiar codicia voy a premiar amor y punto.
Viejo escribano mojó pluma en tintero y con letra temblorosa pero clara fue poniendo por escrito voluntad de Serafina, y cuando terminó leyó todo en voz alta palabra por palabra, Serafina escuchó asintiendo y al final estampó firma con mano firme firma torcida de mujer que apenas aprendió a escribir nombre pero firma al fin, y don Nicanor puso sellos y dos vecinos que pasaban firmaron como testigos.
Ya está comadre dijo escribano guardando copia en archivo y entregándole otra a Serafina, esto es ley esto no lo tumba nadie, original queda aquí a buen resguardo y usted guarda esta copia ya puede estar tranquila.
Serafina tomó papel lo dobló con cuidado y por primera vez en mucho tiempo respiró hondo como quien se quita peso enorme de encima: gracias Nicanor ahora sí me puedo morir en paz cuando me toque, ya sé que mi familia va a estar segura.
De regreso a rancho en carreta Candelaria iba callada con niño dormido en rebozo mirando camino, Serafina observó de reojo: ¿qué tiene mi hija? La veo apagada debería estar contenta, es que no sé cómo decirle Serafina me da miedo, ¿miedo de qué? Miedo de que gente tenga razón de que digan que sí que me aproveché que la embruqué para quedarme con todo porque ahora con ese papel van a decir que yo la manipulé y no es verdad.
Serafina detuvo carreta momento jaló riendas y volteó a mirarla de frente: Candelaria óigame una cosa y ya no me la repita nunca, yo estoy vieja pero no estoy loca ni senil por más que ande diciendo Remigio, yo hice testamento con cabeza fría y corazón limpio y lo hice porque me dio gana porque es mi tierra y hago con ella lo que se me antoje, nadie me embrujó, única brujería que usted me hizo fue quererme y de esa brujería no me pienso curar.
Candelaria estiró mano y apretó de anciana y así tomadas de mano madre e hija del alma siguieron camino de regreso a casa mientras sol de tarde les alargaba sombras sobre tierra, y esa noche cuando todos dormían Serafina sacó del tapanco cuna que Anastasio había fabricado con manos hacía 20 años que había guardado cubierta con sábana juntando polvo, la bajó con cuidado la limpió le sacudió telarañas y a mañana siguiente Candelaria encontró en sala lustrada y hermosa esperando.
Serafina esta cuna es cuna de mi Amparo dijo anciana con ojos húmedos pero serenos, la hizo Anastasio para nuestra hija y llevaba 20 años vacía guardada como tumba, pero ya no más, ponga ahí a Fidencio a dormir mi hija, es hora de que esta cuna vuelva a servir para lo que se hizo para arrullar a niño vivo, ya lloró bastante ahora toca reír, y esa tarde por primera vez en dos décadas cuna que Anastasio había tallado con amor volvió a mecerse con niño gordo y risueño dentro.
Y así como se van ríos hacia mar sin que uno los vea moverse se fueron yendo años uno tras otro callados mansos llenos de trabajo y vida, rancho de Serafina que un día fue casa más triste del camino se volvió más alegre.
Remigio no volvió a aparecer, cuando supo de testamento por boca de don Nicanor montó en cólera amenazó con juicios y abogados pero pronto entendió que testamento hecho en regla con testigos y sellos no había abogado que lo tumbara y que meterse en pleito era gastar en balde, se resignó y desapareció.
De vez en cuando llegaba rumor de que andaba mal de dinero de que había perdido esto o aquello y Serafina lejos de alegrarse nada más movía cabeza y decía pobre Remigio tuvo familia y la cambió por unos terrenos y al final se quedó sin lo uno y sin otro.
Los niños crecieron, pequeño Fidencio aquel bebé amoratado que había nacido en silencio y que costó tanto hacer llorar se convirtió en chamaco flaco y espabilado de risa fácil que correteaba por todo rancho detrás de gallinas y que era adoración de abuela Serafina, anciana lo consentía sin medida le guardaba mejores bocados le contaba cuentos junto al fogón y decía que ese niño le había devuelto 20 años de vida.
Marcelino aquel niño valiente que primera noche había cargado agua y trapos se hizo hombre, moretón alto serio trabajador como había sido su padre Fidencio pero con don para animales que no se aprende que se trae de nacimiento, aquel don que Serafina había notado primera semana cuando vaca terca se dejó ordeñar por él floreció con años, Marcelino tenía manos de curar ojo de conocedor, sabía cuando vaca iba a parir con solo mirarla, sabía sacar becerro atravesado sabía qué hierba dar a animal enfermo.
Gente del pueblo que años atrás había murmurado contra familia ahora venía de lejos a buscar al muchacho: vengan por hijo de viuda de Serafina que ese sí sabe de ganado, y Marcelino iba curaba atendía y con lo que ganaba fue comprando res por res una a una atito de ganado propio hasta que un día rancho de Serafina que solo había tenido vaca vieja y flaca tuvo corral lleno de animales gordos y lustrosos.
Pero años que son generosos con jóvenes son crueles con viejos, y así como niños crecían y florecían Serafina se iba apagando despacito como se apaga rescoldo del fogón cuando ya nadie le echa leña.
Primero fueron cosas pequeñas que ya no oía bien de un oído que se cansaba nada más de cruzar patio que manos que toda vida habían sido firmes para desgranar maíz ahora temblaban al levantar taza de café, que piernas ya casi no sostenían y bastón que antes usaba por costumbre ahora usaba por necesidad.
Candelaria lo notaba todo y sin decir nada empezó a cuidarla, al principio con detalles: le llevaba café a cama para que no se levantara con frío le acomodaba cojines le calentaba agua, después conforme anciana se fue debilitando más cuidados crecieron, Candelaria peinaba vestía ayudaba a caminar hasta corredor para que tomara sol, le daba de comer en boca cuando a Serafina empezó a fallar pulso.
Una tarde de invierno la más fría de aquel año pasó lo que tenía que pasar, Serafina empeñada en ir sola hasta gallinero como había hecho toda vida tropezó con escalón de piedra mismo escalón donde años atrás había tropezado corriendo a salvar a Candelaria y cayó, no fue gran caída pero a huesos viejos cualquier caída es grande.
Candelaria oyó golpe y grito y salió corriendo y encontró anciana en suelo quejándose sin poder levantarse: Serafina no se mueva ya voy, se arrodilló junto a ella en misma tierra en misma postura en que años atrás propia Serafina se había arrodillado junto a ella noche del parto.
Con ayuda de Marcelino que llegó corriendo levantaron y llevaron a cama, no se había roto nada de milagro pero de aquella caída Serafina ya no se recuperó del todo, algo se le quebró por dentro que no eran huesos, a partir de esa tarde anciana ya casi no se levantó de cama y todos en rancho entendieron sin decirlo que había empezado último tramo del camino.
Esa noche Candelaria se sentó junto a cama de Serafina le tomó mano esa mano vieja manchada temblorosa que la había recibido a ella y a su hijo en mundo y no la soltó en toda noche.
¿Se acuerda Serafina de aquella noche? Yo llegué a su puerta gritando que me ayudara que no tenía nadie en mundo y usted salió vieja y todo con bastón y me recogió del suelo, pues ahora escúcheme bien usted tampoco tiene por qué tener miedo porque cuando le toque su hora cuando le toque a usted camino más difícil de todos no lo va a andar sola, yo voy a estar aquí agarrándole mano igual que usted me la agarró a mí, no la voy a dejar sola ni minuto se lo juro por memoria de mi Fidencio y por vida de mis hijos, usted me trajo a vida cuando yo me moría, déjeme a mí acompañarla con amor cuando le toque partir.
Los meses que siguieron a caída fueron meses en que Candelaria le pagó a Serafina día por día hora por hora todo lo que anciana le había dado en sola noche muchos años atrás, y no fue fácil cuidar a enfermo anciano que ya no se vale por sí mismo es de cosas más duras que tocan a cristiano, es labor callada sin descanso sin domingos sin aplausos, es levantarse a medianoche cuando enfermo llama, es limpiar lo que hay que limpiar sin poner mala cara, es tener paciencia cuando viejo se pone terco.
Eso hizo Candelaria y lo hizo sin quejarse una sola vez sin reprochar nada como si en lugar de carga le hubieran dado regalo, cada mañana bañaba a Serafina con agua tibia y trapo con mismo cuidado con que se baña a recién nacido, peinaba trenzas blancas y acomodaba como a anciana gustaba, sentaba junto a ventana para que diera sol y viera campo porque Serafina aunque ya no podía caminarlo no se cansaba de mirarlo.
Mire Serafina decía Candelaria señalando por ventana ya está verdeando milpa este año se va a dar buena, y mire a Marcelino allá con ganado ya son 18 reses ¿se acuerda cuando era sola vaca vieja?
Me acuerdo mija contestaba anciana con voz cada vez más delgada, me acuerdo de todo cabeza es único que todavía me funciona bien, se me va cuerpo pero memoria la tengo entera y da gusto morirse viendo verde campo que uno sembró.
Pueblo entero que años atrás había murmurado y señalado a Candelaria llamándola arrimada y ladrona ahora cambió de tono porque nada calla más rápido a maledicencia que verdad puesta a vista de todos, gente veía como aquella mujer cuidaba a anciana con devoción que no se compra ni se finge, y poco a poco cuchicheos se volvieron respeto y respeto se volvió admiración.
Señoras que antes la miraban feo en misa ahora se le acercaban a saludarla a preguntarle por doña Serafina a llevarle caldo tamales veladora, cura del pueblo don Aurelio empezó a ir cada semana hasta rancho a darle comunión a enferma y se quedaba después platicando.
Hubo noches malas, noches en que anciana ardía en calentura o costaba respirar o dolor de huesos viejos no la dejaba descansar, y en todas esas noches sin faltar una Candelaria estuvo ahí a orilla de cama refrescándole frente cambiándole cobijas cantándole bajito para que durmiera dándole gotas que dejaba médico.
Marcelino ya hecho hombre le rogaba a madre que descansara que él la relevaba, pero Candelaria decía: no mijo gracias pero no, tú tienes tu trabajo tu ganado tu vida por delante, esto me toca a mí, es mi deuda y deudas de amor se pagan en persona no por encargo, el día que a mí me toque ya me cuidarás tú pero a Serafina la cuido yo se lo juré y se lo voy a cumplir.
Una tarde entre sueños Serafina llamó a Candelaria por nombre que no era suyo: Amparo, Amparo hija ya diste de comer a gallinas, Candelaria se quedó helada, Amparo era hija muerta niña que Serafina había perdido a tres días de nacida, y a Candelaria en lugar de asustarla se le llenaron ojos de lágrimas porque entendió que aquello lejos de ser disparate de vieja enferma era cosa más hermosa que podían decir.
Se acercó le tomó mano y siguió corriente con toda alma: sí mamá ya les di de comer a gallinas ya está todo listo usted descanse tranquila que yo me encargo de todo, Serafina sonrió con ojos cerrados en paz y murmuró: qué buena hija me salió mi Amparo qué buena hija, Dios me la cuide siempre.
Llegó primavera y con ella uno de esos días buenos que a veces les regala Dios a enfermos antes del final como última bendición, Serafina amaneció despejada con más color en cara con voz más clara de lo que había estado en semanas, pidió que la sentaran en corredor en vieja mecedora para ver atardecer y quiso que estuvieran todos con ella Candelaria Marcelino y pequeño Fidencio que ya no era tan pequeño.
Hoy me siento bien dijo hoy quiero platicar siéntense todos aquí cerquita que les quiero decir cosas mientras cabeza me da, se sentaron alrededor de ella en suelo en banquitos como quien se sienta a escuchar a mayores cuando tienen algo importante que decir, sol caía tras cerros tiñendo todo de dorado igualito que aquella tarde lejana en que Candelaria había llegado pariendo al camino.
Miren nomás qué atardecer dijo Serafina ¿se fijan? Es mismo color de tarde en que llegaron ustedes, yo me acuerdo clarito yo estaba adentro sola como todas tardes y de repente oí grito y salí y ahí estabas tú Candelaria tirada en tierra gritando que te ayudara a traer hijo al mundo que no tenías a nadie.
¿Saben cosa que nunca les he dicho? Esa tarde antes de que ustedes llegaran yo estaba pensando en morirme, no es que quisiera hacer algo malo no, pero estaba cansada de vivir sola cansada del silencio cansada de no tener a quién querer, y le había pedido a Dios que ya me llevara que ya para qué seguía yo aquí estorbando sin servirle a nadie, eso pedí esa mañana que me llevara.
Candelaria se llevó mano a boca y esa misma tarde siguió Serafina y voz se llenó de emoción esa misma tarde en que pedí a Dios muerte Dios me mandó a ustedes, en vez de llevarme me mandó razón para quedarme ¿se dan cuenta de lo que les digo? Yo pedí a Dios que me quitara vida y Dios que sabe más que uno me mandó tres vidas nuevas para que las cuidara, ¿ustedes creen que yo los salvé a ustedes esa noche? Y es cierto los ayudé, pero verdad verdadera es que ustedes me salvaron a mí, yo era la que estaba muerta por dentro y ustedes me resucitaron.
Marcelino aquel muchacho fuerte y serio tenía ojos llenos de lágrimas, Serafina tomó cara al muchacho con mano temblorosa: Marcelino tú llegaste aquí siendo niño que cargaba cosas que no eran para su edad y te hiciste hombre de bien trabajador honrado que sabe de tierra y animales, yo estoy orgullosa de ti como si te hubiera parido, cuida a tu madre cuida a tu hermano y cuando tengas hijos cuéntales de esta vieja terca que un día les abrió puerta para que sepan de dónde vienen y para que nunca nunca le cierren puerta a nadie que llegue pidiendo ayuda.
Luego volteó hacia Fidencio que había nacido en su cama: y tú Fidencio mi consentido tú naciste en esta casa en esta misma cama donde yo me voy a morir, naciste amoratado sin respirar y yo te di de palmaditas hasta que lloraste, ese primer llanto tuyo mi hijo fue llanto que me devolvió ganas de vivir, tú no lo vas a recordar porque eras bebé pero tú y yo tenemos pacto desde esa noche.
Y por último buscó mano de Candelaria y apretó con pocas fuerzas que quedaban: Candelaria mi hija mi hija del alma, a ti no tengo mucho que decirte porque tú y yo ya nos lo dijimos todo sin palabras, en cada noche que te desvelaste cuidándome en cada bocado que me diste en boca en cada vez que me limpiaste sin ponerme mala cara.
Solo te voy a decir una cosa y quiero que te la grabes para siempre, tú llegaste a mi puerta diciendo que no tenías a nadie y yo me muero siendo mujer más acompañada del mundo gracias a ti, tú me diste lo que ni propia sangre me dio, tú me convertiste a mis años en madre y en abuela, tú me diste familia cuando ya no esperaba nada de vida, y por eso aunque yo te haya dejado tierra en papel quiero que sepas que tierra es lo de menos, lo que de verdad te dejo y lo que de verdad me llevo es amor, ese no cabe en ningún testamento ese se queda contigo para siempre.
Candelaria ya no aguantó y se soltó a llorar y se abrazó a anciana con cuidado de no lastimarla, y dos lloraron juntas madre e hija en corredor mientras sol terminaba de meterse.
No llores mi hija susurró Serafina al oído, no estés triste yo me voy contenta muy contenta ¿sabes qué es único que pido a Dios ahora? Nada más una cosa que cuando me llegue hora sea de noche en mi cama con tu mano en mía como fue aquella noche pero al revés, esa noche tú llegaste pidiendo que te ayudara a entrar vida a este mundo y yo único que pido a vida es que tú me ayudes a salir de él de misma manera agarrada de tu mano sin miedo sabiendo que no estoy sola ¿me lo prometes Candelaria?
Se lo prometo Serafina dijo Candelaria entre lágrimas apretándole mano contra corazón, se lo juro por mis hijos día que le toque yo voy a estar ahí agarrándole mano igual que usted estuvo agarrando mía, no la voy a soltar no la voy a dejar sola ni segundo.
Después de aquella tarde en corredor Serafina fue apagándose ya sin resistencia como se apaga vela que ha dado toda luz y se rinde agradecida a oscuridad, ya no hubo días buenos ni malos hubo nada más descenso lento suave hacia final, y Candelaria acompañó paso a paso sin apartarse, anciana dormía casi todo tiempo comía poquito unas cucharadas de caldo sorbo de atole.
Candelaria mandó traer a cura don Aurelio que vino desde pueblo con santos óleos y administró a Serafina última unción, anciana aunque ya casi no hablaba siguió rezos moviendo apenas labios y cuando cura terminó tomó mano y dijo con claridad que sorprendió a todos: padre ¿usted cree que allá arriba me van a estar esperando mi Anastasio y mi Amparo? Estoy seguro hija respondió cura conmovido, estoy completamente seguro, y le van a decir lo bien que viviste y lo mucho que amaste y familia tan hermosa que criaste al final de tus días, vaya en paz Serafina se ganó cielo.
Esa noche Candelaria no se acostó, puso silla junto a cama de Serafina tomó mano de anciana entre suyas y se dispuso a velar, Marcelino y Fidencio querían acompañarla pero ella pidió que descansaran: vayan a dormir hijos si algo pasa yo los llamo pero déjenme velarla a mí esta noche se lo prometí a ella, le prometí que iba a ser mi mano la que estuviera en suya.
Los muchachos se retiraron y Candelaria se quedó sola con Serafina en penumbra tibia del cuarto alumbrado apenas por veladora que ardía frente a imagen de Virgen de la Candelaria misma virgen del nombre de Candelaria, y ahí en silencio de noche mientras anciana dormía sueño ligero de moribunda Candelaria empezó a hablarle no para que respondiera sino para acompañarla con voz para que Serafina aunque estuviera en fondo de sueño supiera que no estaba sola.
¿Se acuerda Serafina de todo lo que hemos vivido en esta casa? Yo me acuerdo de primera vez que Marcelino la llamó abuela sin querer y usted se fue a corral a llorar de gusto creyendo que no me daba cuenta, me acuerdo del día que bajó cuna del tapanco para mi Fidencio, me acuerdo de cuando paró pies a su sobrino en corredor chiquita como es con su bastón y lo hizo temblar.
Pasaron horas, veladora chisporroteaba, afuera campo dormía bajo estrellas, y ya de madrugada en esa hora fría y quieta en que dicen que se van los que se tienen que ir respiración de Serafina cambió, se volvió más lenta más honda con pausas largas entre una y otra, Candelaria notó de inmediato porque amor no necesita que le expliquen esas cosas.
Serafina aquí estoy ¿me oye? Aquí estoy como se lo prometí no la voy a soltar, puede irse tranquila mi madre, puede irse, ya cumplió con todo, ya amó bastante, ya la amaron bastante, vaya a descansar vaya con su Anastasio y con su Amparo que la están esperando, yo cuido de todo aquí abajo no se preocupe por nada váyase en paz.
Anciana abrió ojos por última vez buscó cara de Candelaria en penumbra la encontró y sonrisa dulcísima sonrisa de quien se va sin sola deuda con vida le cruzó rostro: gracias mija susurró apenas soplo, gracias por no dejarme sola, gracias a usted madre por todo por recogerme del camino por darme casa por quererme, nos vemos del otro lado ¿eh?
Serafina cerró ojos dio último respiro largo tranquilo sin lucha sin miedo y con mano de Candelaria firmemente apretada en suya esa mano que había prometido no soltar y no soltó se fue callada y en paz en su cama de noche exactamente como lo había pedido.
Candelaria no gritó no se derrumbó, se quedó ahí sosteniéndole mano todavía tibia mirándole cara serena y por largo rato no hizo otra cosa que estar con ella en silencio acompañándola incluso después de último respiro porque así es amor de verdad, no suelta mano ni siquiera cuando ya no hace falta sostenerla.
Después muy despacio besó frente le acomodó trenzas blancas como a anciana gustaba le cruzó manos sobre pecho y susurró al oído lo último: descanse madre cumplí mi promesa no estuvo sola ni segundo ni solo segundo, y solo entonces cumplido ya juramento hasta final Candelaria dejó caer cabeza sobre pecho quieto de mujer que la había salvado y lloró, lloró todo lo que había aguantado durante meses para ser fuerte pero lloró sin culpa y sin desesperación con lágrimas mansas que se lloran cuando uno ha hecho todo lo que tenía que hacer.
Lloró a su madre y afuera sobre cerros empezaba apenas a clarear día.
Noticia de que doña Serafina Villalobos había muerto corrió por pueblo con primera luz de mañana y pasó algo que nadie hubiera imaginado años atrás, aquel rancho retirado casa que durante 20 años había sido más sola del camino se llenó de gente, empezaron a llegar desde temprano vecinos que Candelaria había cuidado con caldos y remedios cuando alguno se enfermaba, señoras de iglesia que al principio la habían señalado y que después habían aprendido a quererla, rancheros a quienes Marcelino les curaba ganado, viejo escribano don Nicanor que llegó con bastón temblando a despedir a comadre, cura don Aurelio que vino a rezar rosario.
Velaron a Serafina en sala de su casa en cajón sencillo de madera de pino rodeada de flores del campo que Fidencio y otros niños del pueblo habían cortado y de veladoras que ardían día y noche, Candelaria vestida de negro recibía a todos con serenidad agradecía cada pésame cada flor cada oración.
Y entonces a media tarde del velorio cuando casa estaba llena de gente se oyó por camino trote de caballo y por puerta apareció después de tantos años Remigio.
Se hizo silencio incómodo, gente que sabía historia miró con recelo, sobrino que había abandonado a tía el que había querido despojarla el que había insultado a Candelaria llamándola arrimada y ladrona ahora se aparecía en velorio, muchos pensaron que venía a armar escándalo a reclamar herencia.
Remigio entró despacio con sombrero en mano, estaba más viejo más flaco más gastado que última vez, se notaba en ropa remendada y cara amargada que rumores eran ciertos que vida no lo había tratado bien que había perdido poco que tenía, se acercó a cajón miró a su tía muerta largo rato y bajó cabeza.
Y luego para sorpresa de todos en lugar de reclamar nada se dio vuelta buscó a Candelaria entre gente y caminó hacia ella, sala entera contuvo aliento, Remigio se paró frente a Candelaria le costó hablar se veía lucha en cara orgullo peleando con algo más, al fin con voz ronca dijo: señora yo trago saliva, yo la traté muy mal, le dije cosas horribles la llamé arrimada ladrona cosas que no merecía y vine a decirle delante de toda gente que me conoce que estaba equivocado, usted no era ladrona el ladrón era yo.
Yo le quería quitar a mi tía lo único que le importaba que era ustedes, yo que era su sangre la abandoné 20 años y usted que era extraña la cuidó hasta que cerró ojos, toda esta gente me lo ha contado, mi tía murió querida murió acompañada murió en paz y eso no se lo dio que era su familia se lo dio usted, y por eso vine señora no vine a reclamar nada, herencia es suya y es justo que sea suya más justo que nada en mundo, vine nada más a pedirle perdón y a darle gracias en nombre de mi sangre por haber querido a mi tía como yo no supe quererla.
Candelaria habría tenido todo derecho de echarlo de recordarle insultos de cobrarle mal rato, pero Candelaria había aprendido de Serafina que rencor es carga que nada más pesa sobre quien la lleva y que amor verdadero también sabe perdonar, así que puso mano en brazo y dijo con dulzura que desarmó a todos: Remigio su tía lo perdonó hace mucho ¿sabe? Nunca dejó de hablar de usted con cariño a pesar de todo, decía pobre Remigio cambió a su familia por unos terrenos y se quedó sin lo uno y sin otro que Dios lo perdone porque no supo lo que hizo, eso decía de usted hasta final nunca lo odió nada más le dio pena.
Así que no me pida perdón a mí yo no tengo nada que perdonarle, pídaselo a ella que ya la oye desde cielo y venga a rezarle, usted es su sobrino es su sangre y su lugar hoy está aquí con nosotros despidiéndola en familia porque eso quería ella más que nada que fuéramos familia todos hasta usted.
Ante ojos asombrados de todo pueblo Candelaria tomó del brazo a Remigio hombre que había querido destruirla y lo llevó hasta cajón de Serafina, y dos hija del alma y sobrino de sangre se quedaron juntos, Remigio hombre duro codicioso se soltó a llorar como niño frente a cuerpo de tía que había despreciado y lloró todo lo que no había llorado en 20 años, y Candelaria puso mano en espalda y lo dejó llorar.
Enterraron a Serafina en pequeño campo santo del pueblo junto a su Anastasio y a su pequeña Amparo para que familia que muerte le había arrancado en vida volviera a estar reunida en tierra, Candelaria mandó labrar cruz sencilla y sobre ella pidió que grabaran palabras que ella misma escogió: Serafina Villalobos, vivió sola murió acompañada, recogió del camino a quien no tenía a nadie y amor le devolvió familia.
Días que siguieron a entierro fueron extraños en rancho, casa se sentía enorme y callada sin voz de abuela sin mecedora rechinando en corredor sin bastón golpeando piso, Candelaria por costumbre se descubría a media mañana calentando dos tazas de café y luego se acordaba que ya solo hacía falta una y se quedaba mirando taza de más con corazón apretado.
Pero Candelaria no dejó que casa se llenara de tristeza porque sabía que a Serafina más que lágrimas le habría gustado ver que vida seguía que rancho seguía dando que familia que ella juntó seguía junta y contenta, así que secó lágrimas y siguió adelante como había hecho siempre desde niña huérfana desde viuda joven adelante con hijos por delante y trabajo por hacer.
Rancho ahora legalmente suyo por voluntad de Serafina y papel de don Nicanor prosperó como nunca, Marcelino ya todo hombre respetado hizo crecer ato de ganado hasta llenar corrales y fama de curandero de animales se extendió por toda comarca, un día trajo a rancho a muchacha del pueblo buena y trabajadora y pidió a madre bendición para casarse, Candelaria lloró de alegría y boda se hizo en mismo corredor donde años atrás Serafina les había ofrecido quedarse a vivir, y al poco tiempo corredor volvió a oír lo que Serafina más había amado: llanto de recién nacido, que Marcelino y esposa tuvieron niña.
Cuando preguntaron a Candelaria cómo iban a llamar a niña ella no dudó ni segundo: va a llamar Serafina dijo para que nombre no se pierda de esta casa para que siempre haya una Serafina viviendo en este rancho que ella nos dio, para que cuando les cuente a mis nietos quién fue primera Serafina tengan a segunda enfrente y entiendan que buenos no se mueren del todo mientras alguien los recuerde y lleve su nombre, y así en misma cuna que Anastasio había tallado para su Amparo cuna que había esperado 20 años vacía y que después arrulló a Fidencio se meció ahora nueva niña pequeña Serafina.
Remigio por su parte cambió, muerte de tía y perdón de Candelaria le movieron algo por dentro que ya creía muerto, empezó a visitar rancho primero con timidez después con confianza, Candelaria nunca cerró puerta, al contrario lo sentaba a mesa como a uno más y con tiempo Remigio se volvió tío de niños el que llegaba domingos el que ayudaba en lo que podía, nunca reclamó ni centavo de herencia, decía que herencia más grande que tía le había dejado no era tierra sino lección de que se había pasado vida corriendo detrás de lo que no valía nada y despreciando único que valía todo que era cariño de suyos.
Tardes en aquel rancho volvieron a ser tardes buenas, Candelaria ya con pelo cada vez más blanco se sentaba en vieja mecedora de Serafina porque nadie más se sentaba en ella era de abuela y así se quedó, y desde ahí veía atardecer sobre cerros con nietecita en regazo y contaba aunque niña fuera muy chica para entender historia de mujer cuyo nombre llevaba: había una vez Merafinita una anciana muy buena que vivía sola en este rancho, y una tarde igualita a esta con mismo color de miel en cielo llegó a su puerta muchacha pobre que no tenía a nadie en mundo.
Pasaron años como pasan siempre y Candelaria envejeció en aquel rancho que había llegado a llamar suyo rodeada de hijos nietos cariño de todo pueblo que la había visto convertirse de arrimada despreciada en matriarca más querida de comarca, y cuando por fin a ella también le llegó hora muchos años después no se murió sola, se murió en su cama de noche con Marcelino de un lado y Fidencio del otro con nietos alrededor y con pequeña Serafina ya no tan pequeña tomándole mano y sin soltársela igual exactamente igual que Candelaria le había tomado mano a vieja Serafina tantos años atrás, porque así funciona amor mija lo que uno siembra se cosecha.
La enterraron junto a Serafina como ella pidió para que hija del alma descansara al lado de madre del alma juntas por eternidad como lo habían estado en vida, y sobre dos tumbas gente del pueblo mandó poner sola frase porque sentían que historia de dos era en fondo sola historia: aquí descansan dos mujeres que no era madre e hija por sangre sino por amor, que ninguna de dos murió sola porque ninguna de dos dejó sola a otra.