Entonces su teléfono vibró.
Era un número relacionado con una de sus empresas.
Su hombre de confianza respondió primero.
Escuchó durante varios segundos.
Su expresión cambió.
—Ya empezaron.
Alejandro levantó la cabeza.
—¿Qué empezaron?
La respuesta fue breve.
Alguien había intentado ejecutar uno de los cambios de acceso que aparecían en el acuerdo encontrado por Marta.
Eso significaba que el documento no era una amenaza futura.
Era parte de un movimiento que ya estaba en marcha.
Y si esperaban demasiado, podían perder el control de algo antes de entender siquiera qué estaban intentando quitarles.
Alejandro pidió que le mostraran la copia.
Marta la puso frente a él.
Las palabras legales eran difíciles de seguir desde una cama y después de una emergencia médica, pero había un apartado que llamaba la atención por su función.
Permitía que otra persona asumiera determinadas decisiones si Alejandro no podía ejercerlas.
Hasta ahí, una cláusula así podía tener una explicación legítima.
El problema estaba en quién quedaba colocado en esa posición y en cómo se había preparado el documento.
Alejandro reconoció una referencia que pertenecía a una operación interna de su grupo.
Nunca había autorizado ese cambio.
Miró a Marta.
—¿Clara sabía que encontraste esto?
—No lo sé.
—¿Ignacio?
Marta negó con la cabeza.
Nadie podía saberlo todavía.
Y esa incertidumbre se convirtió en una ventaja.
Por primera vez desde que abrió los ojos en la UCI, Alejandro tenía algo que Clara e Ignacio probablemente creían que seguía bajo su control: la sorpresa.
Pero no podía actuar impulsivamente.
Si enfrentaba a Clara sin entender el acuerdo, ella podía negar cada detalle.
Si enfrentaba a Ignacio, podía alegar que todo era una gestión jurídica normal.
Si hablaba del embarazo sin comprobar el informe, podía terminar desviando la conversación hacia un asunto personal y perder de vista las decisiones empresariales.
Tenía que separar las piezas.
El accidente.
El acceso a las empresas.
El acuerdo.
El embarazo.
Y la conversación que había escuchado mientras fingía seguir inconsciente.
Cinco piezas.
Todavía no sabía cómo encajaban.
Pero ya sabía que no podía tratarlas como hechos independientes.
Mientras tanto, Clara seguía convencida de que Alejandro continuaba atrapado en la UCI.
Ignacio también.
Eso le daba unas horas.
No muchas.
Pero suficientes para comprobar quién había preparado el acuerdo y qué había ocurrido antes del accidente.
Su hombre de confianza recibió una instrucción concreta.
No debía enfrentarse a Clara.
No debía avisarle de que Alejandro había despertado.
Solo tenía que revisar los movimientos empresariales relacionados con el acuerdo y determinar quién había intentado activar el acceso.
Marta, por su parte, debía mantener una sola prioridad: asegurarse de que Alejandro estuviera a salvo y que ningún documento original desapareciera.
Alejandro tomó el reloj entre los dedos.
El metal estaba frío.
Recordó a Elena entregándoselo años atrás, cuando todavía estaban empezando.
No había grandes oficinas ni una estructura empresarial que proteger.
Solo una primera empresa, algunas deudas y la certeza de que cualquier decisión podía cambiarles la vida.
Ahora tenía más propiedades, más responsabilidades y más personas alrededor.
Y, sin embargo, una decisión ajena podía intentar quitarle todo mientras él estaba incapacitado.
La diferencia era que esta vez no estaba solo.
Y tampoco estaba dormido.
Esa misma tarde, la investigación encontró una segunda irregularidad.
Una modificación relacionada con una propiedad había sido preparada antes del accidente.
La fecha no demostraba quién la había ordenado.
Pero sí destruía una idea que Alejandro había mantenido desde que despertó: que Clara e Ignacio habían comenzado a actuar únicamente después de saber que él estaba incapacitado.
No.
Alguien había preparado algo antes.
El accidente podía haber sido el punto que les permitiera acelerar ese plan.
Alejandro pidió que no se hiciera ningún movimiento todavía.
Necesitaba saber quién había intentado activar el documento.
Y necesitaba confirmar qué papel desempeñaba Clara.
Porque había una pregunta que seguía sin respuesta.
Si Clara estaba realmente embarazada de nueve semanas y Alejandro era el padre, ¿por qué Ignacio hablaba del informe como una herramienta para construir una nueva imagen?
Y si el embarazo era parte de una maniobra, ¿por qué había aparecido precisamente junto al acuerdo que podía modificar el control de las empresas?
Alejandro no quiso sacar conclusiones antes de tiempo.
Había aprendido algo durante las horas en aquella cama.
Escuchar una conversación podía revelar una intención, pero no necesariamente toda la verdad.
Necesitaba hechos que sobrevivieran a las explicaciones de Clara e Ignacio.
Por eso esperó.
Al caer la tarde, llegó una nueva llamada.
Su hombre de confianza había identificado quién intentó ejecutar el cambio de acceso.
No era un desconocido.
Era alguien que Alejandro conocía.
Alguien que había estado cerca de la familia durante años.
Alejandro se incorporó lo que su cuerpo le permitió.
—Dime quién fue.
Hubo una pausa al otro lado.
Después llegó el nombre.
Y Alejandro entendió que la traición no se limitaba a la mujer que había visto abrazada a su abogado.
Porque esa persona también había tenido acceso a una parte de su vida que él jamás había pensado en proteger.
Su reloj.
Sus empresas.
Y el acuerdo que ahora estaba sobre la mesa.
La noche todavía no había terminado.
Pero Alejandro ya había tomado su primera decisión.
No regresaría a la UCI para confrontarlos.
Los dejaría creer que todavía tenían el control.
Mientras tanto, empezaría a recuperar uno por uno los accesos que habían intentado arrebatarle.
Y antes de hablar con Clara sobre el embarazo, iba a descubrir quién había preparado el documento que apareció junto a ese informe.
Porque si el accidente, el acuerdo y los movimientos empresariales estaban relacionados, la pregunta ya no era solamente quién quería quedarse con sus empresas.
Era quién había decidido que Alejandro no debía volver a tomar decisiones sobre su propia vida.
