El árbol de los duendes que encontré de niño… y el precio de mirar dentro
Dicen que los niños imaginan cosas. Yo también lo creía… hasta que encontré un árbol que no debía existir.
Dicen que los niños imaginan cosas.
Que ven monstruos debajo de la cama porque tienen miedo a la oscuridad. Que escuchan voces en el pasillo porque todavía no saben distinguir los sonidos de la casa. Que inventan amigos invisibles cuando se sienten solos.
Yo también lo creía.
Durante muchos años pensé que aquello que me ocurrió cuando tenía nueve años había sido solamente una fantasía infantil.
Una pesadilla.
Una mezcla de miedo, imaginación y recuerdos mal acomodados.
Eso fue lo que me repetí hasta que tuve un hijo.
Hasta que mi hijo cumplió siete años.
Y hasta que una tarde llegó corriendo desde el patio con una pequeña linterna de plástico en la mano, los ojos llenos de emoción y una sonrisa que desapareció de mi rostro en cuanto pronunció aquellas palabras.
—Papá… encontré un árbol donde viven niños muy chiquitos.
Sentí que algo se apagaba dentro de mí.
No porque creyera inmediatamente que estaba diciendo la verdad.
Sino porque su descripción era demasiado exacta.
Demasiado parecida.
Le pregunté dónde lo había encontrado.
Él señaló hacia el campo que quedaba detrás de la vieja casa de mis abuelos.
El mismo campo.
El mismo lugar.
El mismo árbol.
Treinta años después.
Yo había jurado no volver allí.
Y, sin embargo, esa tarde mi propio hijo me estaba llevando de la mano hacia él.
Cuando tenía nueve años, mis abuelos vivían en una casa antigua al borde de un pueblo pequeño.
No era una casa bonita, pero para mí era el lugar más grande del mundo.
Tenía paredes gruesas de adobe, un techo de tejas viejas y un patio lleno de árboles frutales. Había gallinas, un perro enorme llamado Moro y un gallinero que olía tan mal que yo evitaba acercarme cuando hacía calor.
Detrás de la casa comenzaba un campo que se extendía hasta una zona de monte.
Mi abuelo siempre decía que no debía entrar allí solo.
No porque hubiera animales peligrosos.
Según él, el verdadero peligro era perderse.
Pero mi abuela tenía otra explicación.
—No te metas donde no te conocen —me decía.
Yo me reía.
Pensaba que hablaba de personas.
Muchos años después entendí que no.
Aquel verano había pasado varias semanas con ellos.
Mis padres estaban trabajando y yo disfrutaba de unas vacaciones que, en aquel entonces, parecían interminables.
Pasaba los días corriendo detrás de Moro.
El perro era viejo, pero conmigo se comportaba como si todavía fuera cachorro.
Una tarde, poco después de comer, lo vi perseguir algo entre los matorrales.
Pensé que era un conejo.
Lo llamé.
—¡Moro!
El perro se detuvo un segundo y miró hacia atrás.
Después siguió corriendo.
Volví a llamarlo.
No regresó.
Entonces cometí el error.
Lo seguí.
Al principio no parecía peligroso.
El terreno era conocido.
Yo había caminado por allí muchas veces.
Pero Moro continuaba avanzando.
Cada vez más lejos.
Hasta que las paredes de la casa desaparecieron detrás de los árboles.
El campo comenzó a cambiar.
La hierba era más alta.
Había árboles que no recordaba haber visto antes.
Y algo extraño ocurrió con el sonido.
No sé cómo explicarlo.
Era como si el mundo se hubiera vuelto más pequeño.
No escuchaba a las gallinas.
No escuchaba el viento.
Ni siquiera escuchaba los ladridos de Moro.
Solo mis propios pasos.
Seguí caminando.
Hasta que vi el árbol.
Todavía recuerdo la primera impresión que me causó.
Era enorme.
No simplemente grande.
Enorme.
Su tronco era tan ancho que tres adultos probablemente no habrían podido rodearlo tomándose de las manos.
La corteza estaba retorcida, llena de grietas profundas.
Las raíces sobresalían del suelo como serpientes petrificadas.
Y entre esas raíces había una abertura.
Me acerqué.
Fue entonces cuando vi la primera puerta.
Era diminuta.
Apenas tendría el tamaño de una caja de zapatos.
Estaba incrustada directamente en el tronco.
Tenía un pequeño picaporte de hierro.
Al principio pensé que algún niño había construido una casa para muñecas.
Luego vi la segunda.
Y la tercera.
Y la cuarta.
Había decenas.
Pequeñas puertas.
Pequeñas ventanas.
Pequeñas escaleras.
Algunas estaban conectadas por pasadizos excavados en la madera.
Otras tenían diminutos balcones.
Y detrás de los cristales podía verse una luz amarillenta.
Parecía que alguien vivía allí.
Me acerqué más.
Apoyé una mano sobre el tronco.
La madera estaba tibia.
Demasiado tibia.
Entonces escuché una risa.
Una risa pequeña.
Aguda.
Después otra.
Y otra.
Hasta que escuché decenas.
Parecía que había un pueblo entero viviendo dentro del árbol.
Me agaché frente a una ventana.
No sé por qué lo hice.
Quizá porque tenía nueve años.
Quizá porque la curiosidad siempre ha sido más fuerte que el miedo cuando uno es niño.
Miré.
Al principio solo vi sombras.
Pequeñas sombras caminando de un lado a otro.
Después distinguí una figura.
Era del tamaño de un niño de unos cuatro años.
Llevaba un sombrero puntiagudo.
Tenía algo en las manos.
Una herramienta.
Parecía hecha con una rama y un hueso pequeño.
La criatura se detuvo.
Levantó lentamente la cabeza.
Y me miró.
No pude verle bien la cara.
Pero supe que me había visto.
Retrocedí.
La figura levantó una mano.
Entonces todas las luces del árbol se apagaron.
Al mismo tiempo.
No una después de otra.
Todas.
El bosque quedó negro.
Y silencioso.
Fue un silencio tan completo que todavía lo recuerdo.
Entonces alguien susurró detrás de mí.
—Nos encontró.
Me di vuelta.
No había nadie.
Pero sentí una respiración junto a mi oreja.
Y corrí.
Corrí como nunca había corrido.
No sabía hacia dónde iba.
Me golpeé contra ramas.
Caí.
Me levanté.
Seguí corriendo.
Escuchaba algo detrás de mí.
Pasitos.
Muchos pasitos.
No eran pasos humanos.
Eran rápidos.
Ligeros.
Como dedos golpeando la tierra.
No miré atrás.
Hasta que finalmente vi la casa de mis abuelos.
Entré gritando.
Mi abuelo estaba sentado tomando café.
Mi abuela estaba preparando tortillas.
Cuando me vieron, supieron inmediatamente que algo había ocurrido.
—¿Dónde está Moro? —preguntó mi abuelo.
No pude responder.
Solo repetía:
—El árbol… el árbol…
Mi abuela dejó lo que estaba haciendo.
—¿Qué árbol?
Entonces les conté.
Todo.
Las puertas.
Las ventanas.
Las luces.
Las criaturas.
La voz.
Mi abuelo se quedó completamente quieto.
No se rió.
No dijo que estaba inventando.
No dijo que había tenido una pesadilla.
Solo preguntó:
—¿Te hablaron?
Asentí.
—¿Qué dijeron?
—”Nos encontró”.
Mi abuelo palideció.
Mi abuela se persignó.
Y durante unos segundos nadie dijo nada.
Después mi abuelo se levantó.
—Vamos.
Regresamos al campo antes de que anocheciera.
Yo iba entre mis abuelos.
Moro estaba en casa.
Nunca supimos cómo había regresado.
El perro había aparecido en el patio unos veinte minutos después de que yo desapareciera.
Mi abuelo llevaba un machete.
Mi abuela llevaba un rosario.
Yo llevaba miedo.
Cuando llegamos al árbol, el sol estaba bajando.
El árbol seguía allí.
Pero no había puertas.
Ni ventanas.
Ni escaleras.
Ni luces.
Solo un tronco viejo y hueco.
Mi abuelo lo examinó durante varios minutos.
Golpeó la corteza.
Introdujo la mano en una grieta.
Incluso rodeó el árbol.
—Aquí no hay nada —dijo finalmente.
Yo insistí.
—Sí había.
—Lo sé.
Me sorprendió que no discutiera conmigo.
—¿Entonces por qué ya no está?
Mi abuelo me miró.
—Porque ellos no quieren que los veamos dos veces.
Regresamos a casa.
Pensé que todo había terminado.
Me equivoqué.
Esa misma noche escuchamos el primer golpe.
Toc.
Toc.
Toc.
Venía de la ventana de mi habitación.
Mi abuelo fue a mirar.
No había nadie.
Unos minutos después:
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez debajo de la cama.
Mi abuela entró con una vela.
Miró debajo.
Nada.
Después escuchamos golpes dentro de la pared.
Toc.
Toc.
Toc.
Mi abuelo se quedó mirando el muro.
—No abras —dijo.
Yo no sabía a qué se refería.
—¿Abrir qué?
—Nada.
Los golpes continuaron durante horas.
A veces en la pared.
A veces en el techo.
A veces bajo el suelo.
Siempre pequeños.
Siempre tres.
Toc.
Toc.
Toc.
Al día siguiente encontré una moneda sobre mi almohada.
Era antigua.
Mucho más antigua que cualquier moneda que hubiera visto.
Mi abuela la tomó con un paño.
—No la toques.
—¿Por qué?
No respondió.
La llevó al patio y la quemó.
Después hizo lo mismo con la moneda.
Pensé que estaba loca.
Hasta que apareció el segundo objeto.
Un botón.
Luego una canica.
Después un pequeño diente blanco.
Mi abuela quemaba cada cosa.
Y cada noche rezaba antes de dormir.
Una madrugada la escuché discutir con mi abuelo.
—Ya empezó.
—No sabemos eso.
—Tú sabes que sí.
—El niño no aceptó nada.
—Lo miró.
—Eso no es aceptar.
—Para ellos puede ser suficiente.
Yo estaba escondido detrás de la puerta.
No entendía quiénes eran “ellos”.
Pero sí entendí algo.
Mi abuelo tenía miedo.
Y eso era peor que cualquier historia que hubiera escuchado.
Unos días después, mi abuelo me llevó al cobertizo.
Sacó una caja de madera que llevaba años cerrada.
Dentro había fotografías.
Recortes.
Objetos viejos.
Y un cuaderno.
Las páginas estaban amarillas.
—Quiero enseñarte algo —dijo.
Abrió una página.
Había un dibujo.
Un árbol enorme.
En su interior aparecían pequeñas casas.
—¿Quién dibujó esto?
—Mi hermano.
Nunca había oído hablar de él.
—¿Tu hermano?
Mi abuelo asintió.
—Se llamaba Mateo.
Me contó que Mateo había desaparecido cuando tenía doce años.
No había muerto.
No habían encontrado su cuerpo.
Simplemente desapareció.
Una tarde salió con unos amigos.
Nunca regresó.
Los adultos del pueblo buscaron durante días.
Encontraron sus zapatos junto a un árbol.
Un árbol enorme.
Mi abuelo pasó años pensando que su hermano se había perdido.
Hasta que, mucho tiempo después, comenzó a escuchar historias.
Niños que veían pequeñas luces entre los árboles.
Personas que encontraban monedas antiguas.
Golpes dentro de las paredes.
Y, de vez en cuando, alguien regresaba diciendo que había visto un pueblo escondido en un árbol.
—¿Mateo volvió alguna vez?
Mi abuelo cerró el cuaderno.
—No.
Luego me miró.
—Pero yo creo que él sí encontró la puerta.
No dormí esa noche.
Con el tiempo, los golpes desaparecieron.
Los regalos dejaron de aparecer.
Mis abuelos no volvieron a mencionar el árbol.
Y yo intenté olvidarlo.
A los pocos años dejé de creer en criaturas pequeñas.
A los quince pensé que había sido una alucinación infantil.
A los veinte estaba convencido de que el miedo había convertido un árbol viejo en algo imposible.
A los treinta casi había olvidado la historia.
Hasta que nació mi hijo.
Lo llamamos Daniel.
Desde pequeño fue un niño curioso.
Le encantaban los insectos, los animales y los lugares abandonados.
Cuando tenía seis años comenzó a hablar de un “señor del bosque”.
Pensé que era un personaje inventado.
Nunca le presté demasiada atención.
Hasta aquella tarde.
La tarde en que llegó corriendo desde el patio.
—Papá… encontré un árbol donde viven niños muy chiquitos.
Sentí un golpe en el pecho.
Me agaché frente a él.
—¿Qué árbol?
—Uno muy grande.
—¿Dónde?
—Allá.
Señaló hacia el campo.
No podía ser.
Era imposible.
Intenté convencerme de eso.
—¿Qué viste?
—Casas.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Casas?
—Sí.
—¿Cómo eran?
Daniel me miró extrañado.
—Pequeñas.
—¿Tenían luces?
Asintió.
—Amarillas.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Había alguien dentro?
—Sí.
—¿Cómo eran?
Daniel sonrió.
—Niños.
Me quedé sin palabras.
—¿Te hablaron?
Su sonrisa desapareció.
—Uno.
—¿Qué te dijo?
Daniel bajó la voz.
—Me dijo que tú ya habías venido.
No recuerdo haber agarrado las llaves.
No recuerdo haber cerrado la puerta.
Solo recuerdo caminar junto a mi hijo hacia el campo.
Él iba delante.
Yo detrás.
Cada paso hacía que mi infancia regresara.
La misma hierba.
Los mismos árboles.
El mismo camino.
Pero había algo diferente.
El lugar parecía más grande.
Mucho más grande.
Cuando finalmente llegamos, vi el árbol.
Y supe que todo lo que había intentado olvidar era real.
Las casas estaban allí.
Pero habían cambiado.
Eran más grandes.
Las puertas ahora tenían el tamaño de un niño pequeño.
Había escaleras.
Balcones.
Chimeneas.
Cuerdas.
Puentes diminutos que cruzaban de una rama a otra.
Había humo saliendo de algunas chimeneas.
Y luces.
Docenas.
Quizá cientos.
El árbol parecía una ciudad.
Daniel soltó mi mano.
—¿Ves?
No pude responder.
Entonces vi el letrero.
Estaba clavado en el tronco, justo encima de la entrada principal.
Era una tabla pequeña.
Las letras estaban talladas con cuidado.
Decía:
“NO ES LA PRIMERA VEZ QUE VIENES.”
Sentí que el mundo se detenía.
Daniel me miró.
—¿Qué significa?
No respondí.
Porque detrás del letrero había una puerta.
Y la puerta comenzó a abrirse.
Muy lentamente.
Esperaba ver una criatura.
Algo monstruoso.
Algo horrible.
Pero salió un niño.
Parecía tener unos ocho años.
Era pequeño.
Demasiado pequeño.
Llevaba ropa antigua.
Pantalones hasta las rodillas.
Una camisa blanca.
Un sombrero marrón.
Y en la mano sostenía una lámpara.
Me miró.
Después miró a Daniel.
—Llegaste tarde —dijo.
Su voz era exactamente como la recordaba.
Aguda.
Pero no infantil.
Era una voz vieja escondida dentro de un cuerpo pequeño.
—¿Quién eres? —pregunté.
El niño sonrió.
—Tú sabes quién soy.
Negué con la cabeza.
Entonces levantó una mano y señaló el interior del árbol.
—Él te está esperando.
—¿Quién?
El niño no respondió.
Daniel dio un paso hacia la puerta.
Lo agarré inmediatamente.
—No.
El niño comenzó a reír.
Desde dentro del árbol surgieron más risas.
Decenas.
Cientos.
Entonces las ventanas comenzaron a llenarse de pequeñas caras.
Algunas eran niños.
Otras no.
Vi rostros demasiado viejos.
Ojos demasiado grandes.
Bocas inmóviles.
Todos mirándonos.
El niño de la puerta habló:
—La primera vez viniste solo.
Tragué saliva.
—Yo era un niño.
—Lo sabemos.
—No sabía lo que hacía.
—Ellos tampoco.
Señaló a Daniel.
Mi hijo estaba pálido.
—¿Qué quieren de él?
El niño sonrió.
—Lo mismo que quisieron de ti.
Sentí una oleada de miedo.
—¿Qué quieren?
El niño se acercó.
Y entonces lo reconocí.
No por su rostro.
Sino por una cicatriz pequeña sobre la ceja.
Era una cicatriz que había visto en una fotografía antigua.
La fotografía de Mateo.
El hermano desaparecido de mi abuelo.
El niño me miró.
—Abuelo te contó sobre mí.
No pude respirar.
—Mateo.
Él sonrió.
—Así me llamaba.
No sé cuánto tiempo permanecí allí.
Quizá unos segundos.
Quizá varios minutos.
Daniel comenzó a llorar.
—Papá, vámonos.
Pero Mateo me miró.
—Todavía no.
—¿Qué quieres?
—No soy yo quien quiere.
—Entonces dime quién.
Mateo levantó la lámpara.
La luz iluminó el interior.
Había un camino.
No un pasillo.
Era como una calle dentro del árbol.
Las paredes estaban cubiertas de puertas.
Había cientos.
Tal vez miles.
Y detrás de ellas se escuchaban voces.
Algunas lloraban.
Otras reían.
Otras llamaban nombres.
Reconocí uno.
El nombre de mi abuelo.
Después otro.
El nombre de mi abuela.
Y finalmente escuché mi propio nombre.
Me quedé paralizado.
Daniel apretó mi mano.
—Papá…
Mateo habló:
—El árbol recuerda a todos los que lo encuentran.
—¿Qué son ustedes?
—Los que viven entre las raíces.
—¿Por qué?
—Porque algunos fueron invitados.
—¿Y otros?
Mateo me miró.
—Otros fueron elegidos.
—¿Para qué?
Su sonrisa desapareció.
—Para reemplazar a los que se van.
Entonces comprendí.
No querían a Daniel.
Todavía no.
Me querían a mí.
O, mejor dicho, querían que yo volviera.
Porque treinta años antes había visto el árbol.
Había mirado dentro.
Y algo me había visto a mí.
Yo había pensado que escapar significaba terminar con aquello.
Pero quizá solo había aplazado algo.
Mateo sacó una pequeña moneda del bolsillo.
La misma moneda que había aparecido sobre mi almohada cuando tenía nueve años.
La sostuvo frente a mí.
—Nunca aceptaste el regalo.
—No.
—Pero lo guardaste.
Recordé algo.
La noche anterior a que desaparecieran los golpes, había escondido la moneda debajo de mi colchón.
Mi abuela la había quemado.
O eso creía.
—¿Cómo sabes eso?
Mateo sonrió.
—El árbol recuerda.
Daniel comenzó a llorar con más fuerza.
Lo levanté en brazos.
—Nos vamos.
Mateo no intentó detenernos.
Solo dijo:
—Puedes irte.
Di un paso.
—Pero él ya te encontró.
Me detuve.
—¿Quién?
Mateo señaló a Daniel.
—No fue él quien encontró el árbol.
Mi sangre se congeló.
—¿Qué?
—El árbol lo encontró a él.
Salimos corriendo.
No miré atrás.
No escuché a Mateo.
No escuché las risas.
Solo corrí.
Llegamos a la casa.
Cerré todas las puertas.
Las ventanas.
Las cortinas.
Daniel seguía llorando.
Intenté tranquilizarlo.
Le dije que todo estaría bien.
Pero yo sabía que no era cierto.
Esa noche dormimos juntos.
O intentamos dormir.
A las tres de la madrugada escuchamos el primer golpe.
Toc.
Toc.
Toc.
Daniel se incorporó.
—Papá…
—No pasa nada.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez venía de debajo de la cama.
Me quedé inmóvil.
Entonces escuchamos una voz.
—Nos encontró.
Era la misma voz que había escuchado treinta años atrás.
Daniel comenzó a temblar.
Yo encendí la luz.
Nada.
Revisé debajo de la cama.
Nada.
Entonces vi algo sobre el suelo.
Una moneda.
La recogí.
Era idéntica a la de mi infancia.
La tiré al fuego.
Esperé.
La moneda se volvió negra.
Después roja.
Finalmente desapareció entre las llamas.
Pensé que había terminado.
Hasta que escuchamos un golpe en la pared.
Toc.
Toc.
Toc.
Y otro.
Toc.
Toc.
Toc.
Luego otro.
Cada vez más cerca.
Mi hijo me miró.
—Papá.
—¿Qué?
—Hay alguien dentro de la pared.
Me acerqué.
Apoyé el oído.
Escuché respiración.
Una respiración pequeña.
Después una voz.
—Déjalo entrar.
Retrocedí.
La pared se movió.
Solo un poco.
Como si alguien hubiera empujado desde dentro.
Al día siguiente llamé a mi madre.
Le pregunté por mis abuelos.
Mi madre llevaba años sin hablar de ellos.
Cuando mencioné el árbol, se quedó en silencio.
—¿Por qué preguntas eso?
—Necesito saber qué pasó realmente.
—Tu abuelo te prohibió volver.
—¿Por qué?
—Porque él sabía que algún día volverían.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Quiénes?
Mi madre suspiró.
—Los pequeños.
Me contó algo que nunca había sabido.
Después de mi encuentro con el árbol, mi abuelo regresó solo varias veces.
Siempre al amanecer.
Nunca hablaba de lo que veía.
Pero guardaba un cuaderno.
El mismo que yo había visto de niño.
Y en las últimas páginas había escrito una advertencia.
Mi madre la había leído.
Decía:
“No son duendes. No son espíritus. No son niños. Solo usan la forma que necesitamos reconocer.”
Mi madre siguió hablando.
—Tu abuelo pensaba que esos seres existían desde antes que el pueblo.
—¿Y qué hacen?
—Construyen.
—¿Qué construyen?
Silencio.
—Casas.
—¿Para quién?
Mi madre tardó en responder.
—Para los que todavía no han llegado.
Esa misma tarde busqué el cuaderno.
Había desaparecido.
Pero recordé algo.
Mi abuelo tenía una costumbre.
Cuando encontraba algo importante, escribía una copia y la escondía detrás del altar.
Fui a casa de mis padres.
Revisé una caja vieja.
Encontré fotografías.
Papeles.
Cartas.
Y finalmente un sobre.
Dentro había varias páginas.
La letra de mi abuelo.
La primera frase decía:
“Si mi nieto vuelve a ver el árbol, significa que no pude cerrar la puerta.”
Me senté.
Seguí leyendo.
Mi abuelo explicaba que el árbol no era un árbol común.
Era una entrada.
No a otro mundo exactamente.
Sino a un lugar que existía debajo del nuestro.
Un lugar formado por raíces, túneles y casas.
Los seres que vivían allí se alimentaban de recuerdos.
No de carne.
De recuerdos.
Podían observar a una persona durante años.
Aprendían sus miedos.
Sus deseos.
Sus voces.
Y cuando encontraban una familia con niños, esperaban.
Porque los niños podían verlos con mayor facilidad.
Mi abuelo había descubierto que cada cierto tiempo el árbol elegía a un niño.
El niño veía las casas.
Escuchaba las voces.
Recibía pequeños regalos.
Y después comenzaban los golpes.
Era una invitación.
Pero nunca había que aceptarla.
Nunca había que llevar un objeto del árbol a casa.
Nunca había que responder cuando llamaban.
Y, sobre todo…
Nunca había que decir tu nombre.
Me quedé mirando esa última frase.
Recordé la tarde.
Mateo había dicho mi nombre.
¿Cómo lo sabía?
No necesitaba saberlo.
El árbol lo sabía.
Aquella noche tomé una decisión.
Regresaría al árbol.
Solo.
Daniel se quedó con mi madre.
No quería llevarlo.
No quería arriesgarme.
Llegué al campo poco antes de medianoche.
El árbol estaba iluminado.
Pero algo había cambiado.
Ya no parecía enorme.
Parecía infinito.
El tronco se perdía entre la oscuridad.
Las puertas estaban abiertas.
Todas.
Y desde dentro salía una música.
Una canción infantil.
La reconocí.
Era una canción que mi abuela solía cantarme cuando yo era pequeño.
Me acerqué.
—¿Mateo?
Nadie respondió.
Entré.
El interior era mucho más grande de lo que podía imaginar.
Las paredes estaban cubiertas de fotografías.
Cientos.
Miles.
Fotografías de personas.
Niños.
Familias.
Algunas eran antiguas.
Otras recientes.
Y algunas mostraban lugares que todavía existían.
En una de ellas aparecía mi casa.
En otra estaba Daniel.
Dormido.
La fotografía había sido tomada esa misma noche.
Sentí que el miedo se transformaba en rabia.
—¡Déjenlo en paz!
Las luces se encendieron.
Una por una.
Y todos aparecieron.
Los pequeños.
Había tantos que no podía contarlos.
Algunos parecían niños.
Otros ancianos.
Otros tenían rostros que no parecían humanos.
Todos me observaban.
Entonces Mateo salió de entre ellos.
—Viniste.
—Quiero que lo dejen.
—No podemos.
—Sí pueden.
Mateo negó lentamente.
—El árbol ya eligió.
—¿Por qué él?
—Porque tú lo llevaste.
—Yo no lo llevé.
Mateo sonrió.
—Volviste.
Comprendí entonces.
El árbol no había encontrado a Daniel por casualidad.
Lo había encontrado a través de mí.
Porque yo había regresado.
Mi hijo era parte de la deuda.
—¿Qué quieren de mí? —pregunté.
Mateo me miró durante mucho tiempo.
—Una vida.
—¿La mía?
—No.
—¿Entonces la de Daniel?
—Tampoco.
—¿De quién?
Mateo levantó la lámpara.
La luz cayó sobre un rincón.
Allí había una puerta.
Una puerta mucho más grande que las demás.
Sobre ella había un nombre.
El nombre de mi abuelo.
Sentí un escalofrío.
—¿Él?
Mateo asintió.
—Tu abuelo hizo un trato.
—¿Qué trato?
—Cuando tú eras niño, vino aquí.
Recordé las veces que mi abuelo desaparecía durante horas.
—¿Qué prometió?
—Que si te dejábamos ir, él volvería cuando fuera necesario.
—¿Y murió?
Mateo negó.
—No de la forma que tú crees.
Señaló la puerta.
—Está aquí.
No quise abrirla.
Pero la puerta se abrió sola.
Del otro lado había una habitación.
Una mesa.
Dos sillas.
Una lámpara.
Y un hombre sentado de espaldas.
Reconocí la camisa.
Mi abuelo.
O lo que quedaba de él.
Tenía el mismo cuerpo.
La misma postura.
Pero era imposible.
Mi abuelo había muerto hacía quince años.
El hombre giró lentamente.
Su rostro era el de mi abuelo.
Pero sus ojos eran completamente negros.
—Llegaste —dijo.
Me quedé inmóvil.
—Abuelo.
Sonrió.
—Te dije que no volvieras.
No sé cómo describir lo que sentí.
Era alegría.
Miedo.
Dolor.
Rabia.
Todo al mismo tiempo.
—¿Estás vivo?
Mi abuelo negó.
—No exactamente.
—¿Qué hiciste?
—Lo necesario.
—¿Para salvarme?
—Para salvarte.
—¿Y ahora?
Miró hacia la puerta.
—Ahora debes decidir.
—¿Decidir qué?
—Si quieres romper el trato.
—¿Cómo?
Mi abuelo se levantó.
—Alguien debe quedarse.
Miré a Mateo.
Después a las criaturas.
Finalmente a mi abuelo.
—¿Tú?
—Yo ya me quedé.
—Entonces no entiendo.
Mi abuelo se acercó.
—El árbol necesita un guardián.
—¿Y qué significa eso?
—Alguien que impida que los pequeños salgan.
—¿Y si nadie lo hace?
Mi abuelo miró hacia las puertas.
—Entonces las casas comenzarán a aparecer fuera del árbol.
—¿En el pueblo?
—En las casas.
Sentí frío.
—¿Qué pasaría?
—Los pequeños entrarían.
—¿Y qué harían?
Mi abuelo me miró.
—Tomarían a los niños.
Miré a mi abuelo.
Por primera vez entendí por qué había tenido tanto miedo.
No era miedo por mí.
Era miedo por todos.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque esperaba que nunca regresaras.
—Pero regresé.
—Sí.
—¿Y ahora?
Mi abuelo suspiró.
—Ahora tienes que elegir.
Miré a Mateo.
Él no parecía feliz.
Tampoco parecía malvado.
Solo parecía cansado.
Muy cansado.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—Noventa y tres años.
—Pero sigues siendo un niño.
—Ellos conservan la forma en que nos encontraron.
Me acerqué.
—¿Puedes salir?
Mateo negó.
—No sin alguien que ocupe mi lugar.
Entonces comprendí.
Todos aquellos seres no eran criaturas nacidas allí.
Eran personas.
Niños.
Adultos.
Personas que habían sido elegidas.
Algunos habían aceptado.
Otros habían sido engañados.
Otros habían sido entregados.
Y todos estaban atrapados.
—¿Y si destruyo el árbol?
Mi abuelo respondió:
—No puedes destruirlo.
—¿Por qué?
—Porque no es el árbol lo que sostiene las puertas.
—Entonces, ¿qué?
Mi abuelo señaló debajo de nosotros.
—Las raíces.
Me arrodillé.
Toqué el suelo.
Estaba tibio.
Escuché algo.
Un latido.
Lento.
Profundo.
Como el corazón de una criatura gigantesca.
—¿Qué hay debajo?
—La primera casa.
—¿Qué es?
Mi abuelo no respondió.
Mateo lo hizo.
—El lugar donde comenzaron.
—¿Quién comenzó?
Las criaturas alrededor comenzaron a retroceder.
Mi abuelo cerró los ojos.
—No preguntes.
Pero yo ya había decidido.
—Quiero saber.
El suelo se abrió.
No se rompió.
Simplemente se separó.
Apareció una escalera que descendía hacia la oscuridad.
Mateo me entregó la lámpara.
—No mires atrás.
—¿Por qué?
—Porque si miras, verás a quien más extrañas.
Bajé.
Un escalón.
Luego otro.
La oscuridad parecía tragarse la luz.
A medida que descendía, escuchaba voces.
Mi madre.
Mi padre.
Mi abuela.
Mi abuelo.
Incluso mi propia voz de niño.
Todas llamándome.
No miré.
Seguí bajando.
Hasta llegar a una habitación.
En el centro había una pequeña casa.
No un árbol.
Una casa.
Era idéntica a la casa de mis abuelos.
Pero diminuta.
Entré.
Dentro había una mesa.
Una silla.
Una cama.
Y sobre la mesa había una fotografía.
Era una fotografía de mí cuando tenía nueve años.
La tomé.
Detrás había una frase:
“Todo niño que encuentra la casa deja una parte de sí aquí.”
Recordé el día que vi el árbol.
La curiosidad.
La ventana.
Las sombras.
La voz.
Quizá nunca había escapado completamente.
Una parte de mí se había quedado allí.
Por eso el árbol había esperado.
Por eso podía encontrarme.
Por eso había encontrado a Daniel.
Escuché pasos detrás de mí.
No miré.
Una voz dijo:
—Hijo.
Era mi abuelo.
No me di vuelta.
Otra voz:
—Papá.
Era mi hijo.
Cerré los ojos.
—No.
Las voces comenzaron a multiplicarse.
—Mírame.
—Solo una vez.
—Estamos aquí.
—No tengas miedo.
Apreté la fotografía.
Entonces escuché una voz diferente.
La voz de mi abuela.
—Recuerda lo que te dije.
Abrí los ojos.
“Un regalo es una invitación.”
La fotografía comenzó a calentarse.
La solté.
Cayó al suelo.
Y entonces entendí.
El árbol se alimentaba de recuerdos.
Pero los recuerdos no eran suyos.
Eran nuestros.
Y si destruía el recuerdo que me conectaba con él…
Quizá podría romper el vínculo.
Tomé la fotografía.
La rompí.
Una vez.
Dos.
Tres.
Las luces de la habitación comenzaron a apagarse.
Las voces gritaron.
El suelo tembló.
Subí corriendo.
Las criaturas estaban huyendo.
Las casas comenzaron a cerrarse.
Mateo me esperaba.
—¿Qué hiciste?
—Rompí el recuerdo.
Mateo abrió los ojos.
—Eso no es suficiente.
—¿Por qué?
—Porque ahora debes dejar otro.
—¿Qué?
Mateo miró hacia mí.
—Tu nombre.
Comprendí.
Toda mi vida había evitado decir mi nombre.
No porque fuera una superstición.
Sino porque el árbol necesitaba algo que pudiera conservar.
Un nombre.
Un recuerdo.
Una identidad.
Algo que le permitiera llamarte.
Y yo había cometido un error.
Durante la primera visita, cuando era niño, había escuchado la voz.
Había corrido.
Pero antes de escapar, había pensado mi nombre.
El árbol lo había aprendido.
Eso era lo que había mantenido la puerta abierta.
Miré a Mateo.
—¿Qué pasa si lo digo?
—Te recordará para siempre.
—¿Y si no?
—Entonces necesitará otro.
Miré hacia la entrada.
Pensé en Daniel.
Pensé en su rostro.
En su sonrisa.
En cómo había llegado corriendo con aquella pequeña linterna.
Y supe qué hacer.
—Entonces que me recuerde.
Mateo negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabes lo que significa.
—Sí lo sé.
—No.
Mateo se acercó.
—Si le das tu nombre, podrás cerrar la puerta.
—Entonces hazlo.
—No podrás volver a salir.
Lo miré.
—Mi abuelo estuvo aquí décadas.
—Sí.
—Entonces alguien tiene que reemplazarlo.
Mateo bajó la mirada.
—No quiero que seas tú.
—Yo tampoco.
Sonreí.
—Pero tengo un hijo.
Mateo comprendió.
Me acerqué a la puerta.
Todas las criaturas estaban observándome.
El árbol comenzó a latir.
Una vez.
Dos.
Tres.
Sentí que mi cuerpo se hacía pesado.
Escuché a Daniel llamándome desde algún lugar lejano.
Pero sabía que no era él.
Cerré los ojos.
Y dije mi nombre.
Una sola vez.
El árbol respondió.
Las raíces temblaron.
Las puertas se cerraron.
Las luces desaparecieron.
Las criaturas gritaron.
Y una corriente de aire atravesó todo el interior.
Sentí algo salir de mí.
Como si me arrancaran un recuerdo.
Luego todo quedó en silencio.
Cuando abrí los ojos, estaba afuera.
El árbol seguía allí.
Pero parecía muerto.
No había luces.
No había puertas.
No había ventanas.
Solo un tronco viejo y hueco.
Miré hacia el campo.
Daniel estaba allí.
Corrió hacia mí.
Lo abracé.
—Papá, ¿qué pasó?
No pude responder.
Lo único que podía pensar era que lo habíamos conseguido.
Hasta que miré hacia el árbol.
Había una pequeña puerta.
Una sola.
En el centro del tronco.
Y sobre ella había un nuevo letrero.
Esta vez decía:
“GUARDIÁN.”
Pasaron meses.
Los golpes desaparecieron.
Las monedas dejaron de aparecer.
Daniel dejó de hablar del árbol.
Yo tampoco lo mencioné.
Volvimos a una vida normal.
O eso intenté creer.
Pero había cosas que no podía explicar.
A veces olvidaba cosas pequeñas.
El nombre de una calle.
El rostro de un profesor.
Una canción de mi infancia.
Pensé que era cansancio.
Hasta que una tarde encontré una fotografía vieja.
Era una fotografía de mi abuelo conmigo.
La miré.
Reconocía a mi abuelo.
Reconocía la casa.
Pero no podía recordar mi propio rostro.
La fotografía mostraba a un niño.
Pero su cara estaba borrosa.
Como si alguien la hubiera borrado.
Sentí miedo.
Entonces escuché un golpe.
Toc.
Toc.
Toc.
Venía del armario.
Me acerqué.
Abrí la puerta.
Nada.
Excepto una pequeña moneda.
La misma.
La que mi abuela había quemado.
La que yo había visto en el árbol.
La recogí.
Y entonces escuché una voz.
—Papá.
Era Daniel.
Me di vuelta.
Estaba en la puerta.
Tenía siete años.
Pero su expresión era diferente.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Señaló la moneda.
—¿Por qué tienes eso?
—No lo sé.
Daniel se acercó.
La miró.
Después levantó la cabeza.
—Yo sé de dónde viene.
Sentí un frío terrible.
—¿De dónde?
Daniel señaló la ventana.
—Del árbol.
Me quedé inmóvil.
—¿Lo has vuelto a ver?
Asintió.
—Anoche.
—¿Dónde?
—En mis sueños.
Intenté respirar.
—¿Qué viste?
Daniel respondió:
—Muchas casas.
—¿Y alguien más?
—Sí.
—¿Quién?
Me miró.
—Un niño.
—¿Cómo se llamaba?
Daniel sonrió.
—Mateo.
Esa noche no dormí.
A las dos de la madrugada me levanté.
Fui al patio.
Miré hacia el campo.
A lo lejos podía verse el árbol.
No había luces.
No había movimiento.
Pero entonces una pequeña luz apareció.
Después otra.
Y otra.
Una por una.
Hasta que todo el tronco quedó iluminado.
Comprendí que había cometido un error.
Pensé que había cerrado la puerta.
Pero quizá solo había cambiado quién podía abrirla.
Entré a la casa.
Daniel estaba despierto.
Sentado junto a la ventana.
—Papá.
—¿Qué haces?
—Me están llamando.
—No respondas.
Daniel me miró.
—No dicen mi nombre.
Sentí alivio.
Pero entonces añadió:
—Dicen el tuyo.
Me quedé helado.
—¿Qué dicen?
Daniel sonrió.
Y con una voz que no era la suya, respondió:
—”Guardián.”
Desde aquella noche entendí algo.
El árbol no desaparece.
Solo espera.
No sé cuánto tiempo podré mantenerlo cerrado.
Quizá toda mi vida.
Quizá hasta que Daniel sea adulto.
Quizá hasta que alguien más encuentre una de sus puertas.
Porque el problema nunca fue que existiera un árbol imposible.
El problema es que el árbol aprendió a existir a través de nosotros.
Aprendió nuestros nombres.
Nuestros recuerdos.
Nuestros miedos.
Y ahora sé por qué mi abuelo nunca quiso que regresara.
No quería protegerme del árbol.
Quería proteger al árbol de mí.
Porque algunos niños no encuentran el árbol por accidente.
Algunos son llamados.
Y otros…
nacen destinados a convertirse en sus guardianes.
Hace tres noches, Daniel volvió a despertarme.
Tenía la pequeña linterna de plástico en la mano.
La misma con la que había encontrado el árbol.
Se quedó junto a mi cama.
No lloraba.
No parecía asustado.
Solo estaba serio.
—Papá.
—¿Qué pasa?
—Ya sé quién vive en la casa grande.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Quién?
Daniel me miró.
—Tú.
No pude hablar.
—Dice que tú viviste allí cuando eras niño.
—Eso no es cierto.
—Sí lo es.
—¿Quién te dijo eso?
Daniel señaló la ventana.
—El árbol.
Me levanté.
Caminé hasta la ventana.
A lo lejos, entre la oscuridad del campo, vi una luz amarilla.
Después otra.
Y otra.
Y finalmente cientos.
El árbol había vuelto.
Pero esta vez había algo diferente.
En una de las ventanas había una figura.
Un hombre.
No un niño.
Un hombre.
Estaba de pie detrás del cristal.
Observándome.
Levantó una mano.
Yo también levanté la mía sin querer.
Entonces comprendí quién era.
Era yo.
Pero no el yo de ahora.
Era el niño de nueve años.
El mismo que había mirado por aquella ventana treinta años atrás.
El mismo que había escuchado:
“Nos encontró.”
El mismo que nunca había salido completamente de allí.
El niño sonrió.
Y señaló detrás de mí.
Me di vuelta.
Daniel estaba parado junto a la puerta.
La pequeña linterna se había encendido sola.
Su luz apuntaba hacia el suelo.
Allí había una puerta.
Una puerta diminuta.
Incrustada en la madera de nuestra casa.
Y desde el otro lado comenzaron a escucharse pequeños golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Daniel me miró.
—Papá…
No respondí.
Porque ya sabía lo que iba a decir.
Y efectivamente lo dijo.
—Creo que quieren entrar.
Los golpes continuaron.
Toc.
Toc.
Toc.
Después una vocecita susurró desde el otro lado.
—Nos encontró.
Y entonces entendí la verdad más terrible de todas.
El árbol nunca había estado en el campo.
El árbol nunca había estado dentro del bosque.
El árbol nunca había sido un lugar.
Era una puerta.
Y ahora…
la puerta estaba dentro de nuestra casa.