EL BARRIO DONDE LA SANTA MUERTE SABÍA MI NOMBRE

Nunca debí entrar a ese barrio después de que oscureció

Nunca debí entrar a ese barrio después de que oscureció.

Lo extraño es que, cuando llegué, nadie me advirtió que me fuera.

Al contrario.

Todos me recibieron con una amabilidad que, en ese momento, me pareció completamente normal.

Ahora, cuando recuerdo aquella noche, esa es precisamente la parte que más miedo me da.

No fueron los golpes en la puerta.

No fue la fotografía.

Ni siquiera fue la figura de la Santa Muerte que apareció frente a mi casa meses después.

Lo que todavía me quita el sueño es recordar las sonrisas de aquellas personas.

Todos sabían algo.

Todos sabían lo que iba a ocurrir.

Y, aun así, nadie intentó detenerme.

Todo comenzó por un encargo sencillo.

Mi madre me había pedido que llevara unas cajas y unos documentos a un viejo conocido de la familia llamado don Esteban. Él vivía en un pequeño barrio situado en las afueras de un pueblo mexicano, bastante alejado de la carretera principal.

Yo había escuchado hablar de aquel lugar varias veces.

Mi familia conocía a don Esteban desde hacía muchos años. Mi padre había trabajado con él cuando ambos eran jóvenes y, aunque con el tiempo habían perdido el contacto, mi madre seguía considerándolo una persona de confianza.

—No tienes que quedarte mucho —me dijo aquella mañana—. Solo entrégale las cosas y regresa.

Yo tenía previsto hacerlo exactamente así.

Pero el viaje se complicó.

Primero tuve que detenerme por una avería en el automóvil.

Después encontré un tramo de carretera cerrado debido a unas obras.

Cuando finalmente retomé el camino, el sol ya comenzaba a desaparecer detrás de las montañas.

Miré el reloj.

Eran casi las siete de la noche.

No me preocupé demasiado.

Según las indicaciones de mi madre, el barrio estaba a unos veinte minutos de distancia.

No sabía que esos veinte minutos terminarían cambiando mi vida.

La carretera se hizo cada vez más estrecha.

Los árboles comenzaron a aparecer a ambos lados y la señal del teléfono desapareció.

Intenté seguir las instrucciones que había guardado en el celular, pero el mapa se quedó congelado.

Entonces vi un pequeño letrero oxidado.

Indicaba el nombre del barrio.

Doblé por un camino de tierra.

Al principio pensé que simplemente se trataba de una comunidad pobre.

Había casas de ladrillo sin terminar, algunas con techos de lámina.

Pequeños negocios permanecían abiertos.

Un puesto vendía tacos junto a una tienda de abarrotes.

Un hombre reparaba una motocicleta frente a su casa.

Varias mujeres conversaban sentadas en las banquetas.

Parecía un lugar completamente normal.

Hasta que empecé a notar las figuras.

La primera estaba detrás de una ventana.

Era una pequeña imagen de la Santa Muerte.

Después vi otra.

Y otra.

Y otra.

Algunas estaban rodeadas de veladoras.

Otras tenían flores.

En una casa había una imagen enorme colocada sobre una mesa cubierta con un mantel rojo.

Me sorprendió la cantidad.

Nunca había visto un barrio donde tantas personas tuvieran representaciones de la Santa Muerte.

Pero nadie parecía considerarlo extraño.

Seguí conduciendo hasta encontrar la casa de don Esteban.

Estacioné frente a una vivienda pequeña, pintada de blanco.

Antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió.

—¿Tú eres el hijo de Roberto?

Reconocí inmediatamente la voz.

Era don Esteban.

Había envejecido mucho desde la última fotografía que conservaba mi madre.

Me abrazó y me hizo pasar.

—Pensé que vendrías mañana.

—Yo también —respondí riendo—. Pero tuve algunos problemas en el camino.

Don Esteban cerró la puerta.

—Entonces tendrás que quedarte esta noche.

—No, no hace falta. Puedo regresar.

El hombre negó lentamente con la cabeza.

—No después de que oscureció.

Sonreí.

Pensé que estaba exagerando.

—No está tan lejos.

Don Esteban me miró fijamente.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

Finalmente dijo:

—Aquí las cosas son diferentes después de medianoche.

Me pareció una frase extraña.

Pero no quise discutir.

Acepté quedarme.

Durante la cena hablamos de mi padre, de la familia y de otras cosas.

La conversación era agradable.

Hasta que pregunté por las imágenes de la Santa Muerte.

Don Esteban dejó el tenedor sobre el plato.

—Aquí casi todos le tienen devoción.

—¿Por qué?

—Porque cumple lo que promete.

—¿Y qué promete?

El anciano tardó en responder.

—Que escucha.

No parecía dispuesto a explicar más.

Entonces escuchamos tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Los dos nos quedamos quietos.

Yo miré a don Esteban.

Él no me miró a mí.

Simplemente dejó de respirar durante unos segundos.

—¿No vas a abrir? —pregunté.

—No.

—¿Por qué?

Otro golpe.

Toc.

Toc.

Toc.

Esta vez más fuerte.

Don Esteban se levantó.

Caminó hacia la puerta y miró por una pequeña abertura.

Su rostro cambió.

—¿Quién es?

No hubo respuesta.

Esperó.

Nada.

Entonces se escuchó una voz.

Era una voz femenina.

Muy baja.

Casi un susurro.

—Ya llegó.

Sentí un escalofrío.

Don Esteban cerró inmediatamente el seguro.

—¿Quién llegó? —pregunté.

Él no respondió.

Apagó todas las luces.

—No hagas preguntas.

Nos quedamos sentados en silencio.

Después escuchamos pasos.

Lentos.

Arrastrados.

Alguien caminó frente a la casa.

Luego los pasos se alejaron.

Esperamos varios minutos antes de encender la luz.

Yo intenté convencerme de que todo tenía una explicación.

Quizá era una vecina.

Quizá alguien había confundido la casa.

Quizá todo era una broma.

Pero don Esteban parecía aterrorizado.

—¿Qué fue eso?

—No lo sé.

—Claro que lo sabes.

El anciano me miró.

—Hay cosas que es mejor no saber.

Aquella noche dormí en una habitación pequeña.

Me costó conciliar el sueño.

A las tres de la madrugada me desperté.

No sabía por qué.

La habitación estaba completamente oscura.

Entonces escuché algo.

Un sonido muy leve.

Como si alguien estuviera caminando afuera.

Me levanté y me acerqué a la ventana.

No vi a nadie.

Pero vi algo más.

Una pequeña vela blanca estaba encendida frente a la casa.

No recordaba haberla visto antes.

A su lado había una figura diminuta.

Una Santa Muerte.

Me quedé observándola.

Y entonces la figura pareció girar ligeramente hacia la ventana.

Cerré la cortina.

No volví a dormir.

A la mañana siguiente le conté a don Esteban lo que había visto.

Él no pareció sorprendido.

—¿La vela era blanca?

—Sí.

El anciano respiró profundamente.

—No vuelvas a mirar esa figura de noche.

—¿Por qué?

—Porque ella también puede mirar.

Me reí.

Fue una risa nerviosa.

—Don Esteban, esto empieza a parecerme una locura.

Él permaneció serio.

—Ojalá lo fuera.

Durante el día, el barrio volvió a parecer normal.

Los niños jugaban en la calle.

Los comerciantes abrían sus negocios.

Las mujeres barrían las banquetas.

Los hombres conversaban en las esquinas.

Pero ahora veía algo que antes había ignorado.

Nadie mencionaba el altar que estaba al final de la calle.

Era imposible no verlo.

La estatua de la Santa Muerte medía varios metros de altura.

Estaba cubierta por un manto oscuro.

En una mano sostenía una guadaña.

En la otra, un pequeño globo.

Frente a ella había decenas de veladoras.

Flores.

Botellas.

Frutas.

Fotografías.

Y pequeños papeles con nombres.

—¿Quién construyó eso? —pregunté.

Don Esteban respondió:

—El barrio.

—¿Hace cuánto?

—Muchos años.

—¿Y por qué es tan grande?

El hombre se quedó mirando la estatua.

—Porque una vez fue pequeña.

—¿Y?

—Después de lo que ocurrió, decidieron hacerla más grande.

—¿Qué ocurrió?

Don Esteban no respondió.

En cambio, me dijo:

—Si vas a caminar, hazlo antes de que oscurezca.

No hice caso.

Esa tarde decidí explorar el barrio.

Quería demostrarme que todo aquello tenía una explicación.

Caminé hasta el altar.

Había varias personas rezando.

Una mujer mayor encendía veladoras.

Un hombre colocaba flores.

Una niña permanecía junto a su madre.

Nadie parecía prestarme atención.

Me acerqué.

Las fotografías me llamaron la atención.

Había personas de todas las edades.

Algunas parecían antiguas.

Otras eran recientes.

En cada una aparecía un nombre.

Me pregunté si se trataba de personas fallecidas.

Entonces vi una fotografía que me resultó familiar.

Me acerqué.

Era yo.

Me quedé completamente paralizado.

La fotografía mostraba mi rostro.

Yo estaba caminando por la calle.

Llevaba la misma ropa que llevaba ese día.

La imagen parecía haber sido tomada pocas horas antes.

Debajo había un papel.

Mi nombre estaba escrito con tinta negra.

Y debajo decía:

EL VISITANTE.

Sentí que las piernas me temblaban.

Tomé la fotografía.

No podía entenderlo.

¿Cómo había llegado allí?

¿Quién me había fotografiado?

¿Quién había escrito mi nombre?

Entonces escuché una voz.

—No deberías haberla tocado.

Me giré.

Una anciana estaba arrodillada frente al altar.

No la había visto llegar.

—¿Quién puso esta fotografía?

La mujer me miró.

—Nadie.

—Eso no tiene sentido.

—Aquí algunas cosas aparecen solas.

Sentí un frío intenso.

—¿Qué significa?

La anciana señaló la estatua.

—Ella sabe quién viene.

—¿Quién es ella?

La mujer pareció sorprendida.

—No preguntes eso.

Solté la fotografía.

Quise marcharme.

Pero la anciana me agarró de la muñeca.

Sus dedos eran sorprendentemente fuertes.

—Escúchame.

Me miró directamente a los ojos.

—Si mañana alguien te ofrece una vela, no la aceptes.

—¿Por qué?

—Porque no sería un regalo.

—Entonces, ¿qué sería?

La mujer bajó la voz.

—Una invitación.

Me soltó.

—Y si la aceptas, ya no podrás decidir cuándo irte.

Me alejé del altar.

Aquella noche le conté todo a don Esteban.

Cuando mencioné la fotografía, el anciano se quedó en silencio.

—¿Qué?

—¿Era reciente?

—Sí.

—¿Tu nombre?

—Sí.

Don Esteban cerró los ojos.

—Entonces ya te vio.

—¿Quién?

No respondió.

—¡Don Esteban!

El anciano golpeó la mesa con la mano.

—¡No digas su nombre aquí!

Me quedé callado.

Por primera vez empecé a sentir miedo de verdad.

—Quiero irme mañana.

—Debes irte antes de que vuelva a oscurecer.

—Eso haré.

—Y si alguien te ofrece una vela, no la aceptes.

Recordé las palabras de la anciana.

—¿Qué pasa si la acepto?

Don Esteban me miró.

—Entonces tendrás que cumplir con ella.

—¿Cumplir qué?

—Eso depende de lo que te pida.

No dormí bien esa noche.

A la mañana siguiente preparé mis cosas.

Quería salir del barrio cuanto antes.

Cuando abrí la puerta, encontré a una mujer esperando.

Era joven.

Tal vez tendría unos treinta años.

Llevaba una vela blanca.

—Toma.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

Recordé la advertencia.

—No, gracias.

La mujer sonrió.

—Es para protegerte.

—No la necesito.

Su sonrisa desapareció.

—Entonces ya decidió.

—¿Quién?

La mujer miró hacia el altar.

—La que está esperando.

Cerré la puerta.

Regresé al interior.

—No pienso quedarme —le dije a don Esteban.

—Entonces vete.

Salí al automóvil.

Introduje la llave.

Giré.

El motor no respondió.

Volví a intentarlo.

Nada.

—Vamos.

Una tercera vez.

Nada.

Sentí rabia.

Abrí el capó.

No encontré nada extraño.

La batería parecía estar bien.

Regresé al interior de la casa.

—El coche no arranca.

Don Esteban bajó la mirada.

—No puedes irte así.

—¿Qué significa eso?

—Si ella ya sabe tu nombre, primero tienes que despedirte.

—¿Despedirme de quién?

El anciano no respondió.

Entonces escuchamos tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Don Esteban palideció.

—No.

Toc.

Toc.

Toc.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

No había nadie afuera.

Solo una vela blanca.

La misma.

Estaba colocada sobre el suelo.

Debajo había un papel.

Lo levanté.

Solo decía:

SI NO ACEPTASTE LA VELA, TENDREMOS QUE LLEVARTE NOSOTROS.

Sentí que el miedo se transformaba en desesperación.

—¿Qué significa esto?

Don Esteban no respondió.

Yo salí corriendo.

No pensé.

No recogí mis cosas.

No me despedí.

Solo corrí.

Atravesé la calle principal.

Pasé junto a las casas.

Nadie intentó detenerme.

Pero mientras avanzaba, comencé a notar algo extraño.

Las personas salían de sus casas.

Todos me observaban.

Nadie hablaba.

Una mujer cerró lentamente su puerta.

Un hombre dejó de barrer.

Un niño dejó de jugar.

Todos me miraban como si supieran exactamente hacia dónde iba.

Llegué al final del barrio.

Encontré la carretera.

Pensé que estaba a salvo.

Entonces escuché campanas.

Una.

Dos.

Tres.

Me giré.

Todos los habitantes estaban reunidos al otro lado de la calle.

Frente al altar.

La enorme Santa Muerte estaba detrás de ellos.

Las veladoras comenzaron a apagarse.

Una después de otra.

Primero las de los extremos.

Luego las del centro.

Hasta que solo quedó una.

La que estaba frente a mi fotografía.

Entonces comprendí algo.

Aquella gente no adoraba a la Santa Muerte únicamente porque creyera que podía concederles favores.

Le tenían miedo.

Mucho miedo.

Y durante generaciones habían aprendido una regla.

Cuando ella elegía a alguien, el barrio tenía que entregárselo.

Me di la vuelta y corrí hacia la carretera.

No recuerdo cuánto tiempo caminé.

No recuerdo cómo conseguí encontrar transporte.

Solo recuerdo haber visto las luces de un autobús.

Le hice señas.

El conductor frenó.

Subí.

No miré atrás.

Cuando llegué al pueblo más cercano, llamé a mi madre.

Le conté todo.

No me creyó.

Pensó que había sufrido una crisis nerviosa.

Yo tampoco quería creerlo.

Durante las semanas siguientes intenté regresar a mi vida normal.

Trabajé.

Salí con amigos.

Evité hablar del asunto.

Incluso llegué a convencerme de que la fotografía podía haber sido una broma.

Quizá alguien había encontrado una fotografía mía en internet.

Quizá alguien del barrio me conocía.

Quizá había una explicación.

Pero entonces ocurrió algo.

Una noche recibí una llamada.

Era don Esteban.

Contesté.

No dijo nada.

—¿Don Esteban?

Silencio.

—¿Está bien?

Escuché su respiración.

Luego dijo:

—No vuelvas.

—¿Qué pasó?

—No importa.

—¿Está en problemas?

El anciano comenzó a llorar.

—Ella ya no está en el altar.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué quiere decir?

—Se fue.

—¿La estatua?

—No.

Su voz temblaba.

—La presencia.

La llamada terminó.

Intenté devolverla.

El teléfono estaba apagado.

Unos días después fui a buscarlo.

Su casa estaba cerrada.

Un vecino me dijo que don Esteban había desaparecido.

Nadie sabía dónde estaba.

La policía no encontró ninguna pista.

Pasaron meses.

Poco a poco, dejé de pensar en aquello.

Hasta que una noche escuché tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Mi apartamento estaba completamente silencioso.

Esperé.

Nada.

Pensé que quizá era un vecino.

Entonces volvieron a golpear.

Toc.

Toc.

Toc.

No abrí.

Me acerqué lentamente a la ventana.

Miré hacia la calle.

No había nadie.

Pero había una vela blanca frente a la puerta.

No salí.

Esperé hasta que amaneció.

La vela había desaparecido.

Después ocurrió nuevamente.

Cada cierto tiempo.

Siempre tres golpes.

Siempre de madrugada.

Siempre una vela blanca.

Nunca abrí.

Nunca acepté nada.

Pensé que mientras mantuviera esa regla estaría a salvo.

Me equivoqué.

Un día, mientras limpiaba unas cajas viejas, encontré la fotografía.

Era la misma que había visto en el altar.

Mi fotografía.

La que llevaba mi nombre.

Me quedé mirándola durante mucho tiempo.

Entonces descubrí algo que no había notado aquella noche.

En el fondo de la imagen aparecía la enorme Santa Muerte.

Y detrás de ella había alguien.

Un hombre.

Me acerqué.

Amplié la fotografía.

Sentí que se me helaba la sangre.

Era don Esteban.

Pero había algo imposible.

La fotografía había sido tomada el mismo día que yo llegué.

Y don Esteban estaba detrás de la estatua.

Eso significaba que él sabía que me estaban fotografiando.

Quizá incluso había estado allí cuando pusieron mi fotografía.

Comprendí entonces que quizá nunca había sido una víctima accidental.

Quizá mi visita había sido esperada.

Llamé a mi madre.

Le pregunté cuánto tiempo conocía realmente a don Esteban.

Hubo un largo silencio.

—¿Por qué preguntas?

—Necesito saberlo.

Mi madre respiró profundamente.

—Tu padre lo conoció cuando eran jóvenes.

—¿Y después?

—Perdieron contacto.

—¿Estás segura?

Otra pausa.

—¿Qué encontraste?

Le conté lo de la fotografía.

Mi madre comenzó a llorar.

—Hay algo que nunca te conté.

Sentí que el cuerpo se me tensaba.

—¿Qué?

—Tu padre visitó ese barrio una vez.

Me quedé en silencio.

—¿Cuándo?

—Antes de que tú nacieras.

—¿Y qué pasó?

—Nunca quiso hablar de ello.

—Mamá.

—Solo recuerdo que, durante varios meses, tuvo una pequeña imagen de la Santa Muerte escondida en un cajón.

No podía respirar.

—¿Por qué nunca me dijiste esto?

—Porque tu padre me pidió que jamás hablara de aquel lugar.

Entonces comprendí que mi visita quizá no había sido una coincidencia.

Había algo en mi familia.

Algo que yo desconocía.

Busqué entre las cosas de mi padre.

Encontré una caja vieja.

Dentro había fotografías.

Recibos.

Cartas.

Y una fotografía del barrio.

Era antigua.

Mucho más antigua que la que yo había visto.

En el reverso había una fecha.

Y una frase.

NO DEJAR QUE EL SEGUNDO ENTRE.

No entendí qué significaba.

Hasta que encontré otra fotografía.

Esta vez aparecía mi padre.

Era joven.

Estaba parado frente al altar.

Junto a él había tres hombres.

Uno era don Esteban.

Los otros dos no los conocía.

Detrás de ellos estaba la Santa Muerte.

Pero la estatua era mucho más pequeña.

Entonces recordé algo que don Esteban había dicho.

“Una vez fue pequeña.”

Seguí revisando la caja.

Encontré una carta.

La letra era de mi padre.

Solo había unas pocas líneas.

Entramos buscando protección.

Salimos debiendo algo.

Uno de nosotros no pudo regresar.

Nunca vuelvas al barrio.

Debajo había una última frase.

Si algún día te llaman, no aceptes la vela.

Me senté en el suelo.

Mi padre había sabido.

Había conocido aquella regla.

Y nunca me había contado nada.

La siguiente noche no dormí.

A las tres de la madrugada escuché los tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Pero esta vez no fueron en la puerta.

Fueron en la ventana.

Me levanté.

No quería mirar.

Pero algo dentro de mí me obligó.

Corrí la cortina.

Allí estaba.

Una pequeña figura de la Santa Muerte.

Rodeada de veladoras.

Frente a ella había una fotografía.

La mía.

Pero la fotografía era diferente.

Mostraba mi casa.

Tomada desde la calle.

Debajo había una frase.

YA NO NECESITA VOLVER AL BARRIO.

Sentí que las piernas me fallaban.

Desde ese momento las cosas cambiaron.

Las velas comenzaron a aparecer en lugares diferentes.

Frente a mi trabajo.

En el estacionamiento.

En una esquina cercana.

Nunca veía quién las dejaba.

Pero siempre eran blancas.

Y siempre había tres.

Una noche decidí vigilar.

Me quedé despierto hasta las tres.

No ocurrió nada.

Las tres y diez.

Nada.

Las cuatro.

Nada.

Pensé que quizá todo había terminado.

Entonces escuché un golpe en la cocina.

Fui a mirar.

No había nadie.

Pero sobre la mesa había una fotografía.

No sabía cómo había entrado.

La recogí.

Era una imagen de mi padre.

Estaba frente al altar.

Pero esta vez había alguien más.

Un niño.

Yo.

Sentí que el mundo se detenía.

La fotografía parecía antigua.

Yo era muy pequeño.

No recordaba haber estado allí.

Al reverso había una frase:

ÉL YA ESTUVO UNA VEZ.

No podía ser.

Yo nunca había visitado aquel barrio antes de aquella ocasión.

O eso creía.

Llamé nuevamente a mi madre.

Ella finalmente me contó la verdad.

Cuando yo tenía seis años, mi padre me llevó con él a un pueblo cercano.

Yo había estado allí.

No recordaba nada.

—¿Entramos al barrio?

Mi madre lloró.

—Sí.

—¿Por qué?

—Tu padre pensaba que todo había terminado.

—¿Qué ocurrió?

—Te llevó al altar.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿Y luego?

—Regresaste dormido.

—¿Qué pasó allí?

—Tu padre dijo que nada.

Pero ahora sabía que había mentido.

Mi madre me contó algo más.

Aquella noche, cuando regresaron, yo tenía una pequeña marca en la muñeca.

Tres líneas.

Una junto a otra.

La misma marca que ahora, después de tantos años, había comenzado a aparecer nuevamente.

La miré.

Estaba allí.

Tres líneas oscuras.

No sabía cuándo habían aparecido.

Mi madre me dijo:

—Tu padre pasó el resto de su vida intentando protegerte.

—¿De qué?

—De aquello que encontró en ese barrio.

—¿Qué encontró?

Ella no respondió.

Solo dijo:

—Cuando murió, dejó una carta para ti.

Nunca había recibido ninguna carta.

Pensé que quizá se había perdido.

Pero mi madre me dijo dónde buscar.

Encontré un sobre escondido dentro de un libro.

Mi nombre estaba escrito en la portada.

Abrí la carta.

Hijo:

Si estás leyendo esto, significa que no pude mantenerte lejos para siempre.

Lo siento.

Cuando entré en aquel barrio, era joven y no creía en nada.

Pensaba que las personas que rezaban allí eran supersticiosas.

Entonces pedí algo.

Y ella respondió.

No pude continuar durante varios segundos.

Seguí leyendo.

Pedí protección para mi familia.

La obtuve.

Pero toda protección tiene un precio.

No entendí el precio hasta años después.

Cuando naciste, comprendí que ella no había olvidado mi petición.

No quería mi vida.

Quería que uno de mis hijos perteneciera a ella.

La carta temblaba entre mis manos.

Por eso te llevé al barrio cuando eras pequeño.

Quería comprobar si te había elegido.

Cuando regresaste, llevabas las tres marcas.

Desde entonces supe que algún día volvería por ti.

Perdóname.

La carta terminaba ahí.

No había más explicaciones.

No había instrucciones.

Solo una última frase.

Nunca aceptes la vela blanca.

Comprendí entonces por qué todos me habían recibido con amabilidad.

Por qué nadie había intentado detenerme.

Por qué la anciana sabía mi nombre.

Por qué don Esteban parecía aterrado.

No era un visitante cualquiera.

Yo había regresado.

Y aquello que esperaba en el altar me conocía desde hacía décadas.

Esa misma noche decidí hacer algo diferente.

No iba a huir.

No quería pasar el resto de mi vida esperando los tres golpes.

Regresé al barrio.

Esta vez durante el día.

La carretera me resultó familiar.

Cuando llegué, todo parecía más silencioso que antes.

El puesto de tacos seguía allí.

La tienda también.

Pero muchas casas estaban cerradas.

Caminé hasta la casa de don Esteban.

La puerta estaba abierta.

Entré.

Todo estaba cubierto de polvo.

Sobre la mesa había una fotografía.

Era una fotografía de mi padre.

Debajo había una vela apagada.

Y un papel.

LLEGASTE TARDE.

Salí.

Fui hasta el altar.

La estatua seguía allí.

Pero las veladoras estaban apagadas.

No había nadie.

Me acerqué.

Mi fotografía seguía colocada.

Pero había otra debajo.

Era de mi padre.

Tomé ambas.

Entonces escuché una voz.

—No debiste volver.

Me giré.

Era la anciana.

La misma mujer.

Parecía mucho más cansada.

—Necesito saber qué quieren de mí.

Ella miró la estatua.

—No quiere nada de ti.

—Entonces, ¿por qué me sigue?

La mujer me miró.

—Porque tu padre hizo una promesa.

—¿Qué promesa?

—Que entregaría a su segundo hijo.

Sentí un escalofrío.

—Yo no tengo hermanos.

La anciana negó lentamente con la cabeza.

—Tu padre sí.

No entendí.

—¿Qué?

—Tu padre tuvo un hijo antes de ti.

Nunca había escuchado aquello.

La mujer continuó:

—Murió cuando era pequeño.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

—Él fue el primero que ella quiso.

Sentí que todo encajaba.

Mi padre había hecho una petición.

Había ofrecido algo.

Cuando perdió a su primer hijo, quizá creyó que la deuda había desaparecido.

Pero la deuda no desapareció.

Había pasado a mí.

—¿Por qué me dejaron ir aquella noche?

La anciana respondió:

—Porque todavía no era tu momento.

—¿Y ahora?

La mujer no contestó.

Miró hacia la estatua.

Entonces comprendí que estaba escuchando algo.

Yo también lo escuché.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Pero esta vez no venían de una puerta.

Venían del interior del altar.

La anciana cerró los ojos.

—Ya comenzó.

—¿Qué?

—La despedida.

Las veladoras se encendieron solas.

Una.

Dos.

Tres.

Todas al mismo tiempo.

La estatua pareció inclinarse ligeramente hacia mí.

La anciana comenzó a llorar.

—No luches.

—¿Qué quieres decir?

—Si corres, te seguirá.

—¿Entonces qué hago?

—Despídete.

—¿De quién?

La mujer señaló mi fotografía.

—De la persona que eras antes de entrar aquí.

No entendí.

Hasta que miré la imagen.

Mi fotografía comenzó a cambiar.

La ropa era diferente.

El fondo era diferente.

La fecha era diferente.

Era una fotografía reciente.

Tomada esa misma mañana.

Yo aparecía frente al altar.

Pero en la imagen estaba sonriendo.

Yo nunca había sonreído allí.

Entonces escuché la voz.

La misma que había escuchado años atrás.

—Ya puedes descansar.

Las veladoras se apagaron.

Todas.

La anciana desapareció.

No sé cómo.

Simplemente dejó de estar allí.

Me quedé solo.

Miré la estatua.

Por primera vez no sentí miedo.

Sentí una extraña tranquilidad.

Quizá porque entendí que había pasado toda mi vida huyendo de algo que ya estaba dentro de mi historia familiar.

Me acerqué.

Dejé la fotografía de mi padre frente al altar.

—La deuda no es mía —dije.

No hubo respuesta.

—Lo que él prometió, lo prometió él.

Silencio.

—Yo no acepto nada.

Una vela se encendió.

La blanca.

La que siempre había rechazado.

La observé.

Entonces comprendí que todavía tenía una elección.

Podía tomarla.

O podía dejarla allí.

No la toqué.

Me di la vuelta.

Caminé hacia la carretera.

Nadie me siguió.

Nadie me llamó.

Nadie intentó detenerme.

Cuando llegué al automóvil, el motor encendió al primer intento.

Regresé a casa.

Durante varias semanas no ocurrió nada.

No hubo golpes.

No hubo velas.

No hubo fotografías.

Pensé que finalmente había terminado.

Pero una noche, exactamente a las tres de la madrugada, escuché algo.

Toc.

Toc.

Toc.

Abrí los ojos.

Me quedé inmóvil.

Esperé.

Nada.

Entonces escuché una voz.

Era la voz de mi padre.

—Hijo.

Me levanté.

No había nadie.

Pero junto a la puerta había una fotografía.

La recogí.

Era una imagen antigua.

Mi padre aparecía en ella.

Junto a él estaba un niño.

Su primer hijo.

Y detrás de ellos estaba la Santa Muerte.

La fotografía tenía una frase escrita en el reverso.

ÉL FUE LIBERADO.

Me quedé mirando aquellas palabras.

Por primera vez sentí alivio.

Quizá todo había terminado.

Pero debajo de esa frase había otra.

Una que no había visto.

TÚ TAMBIÉN PUEDES SERLO.

Desde aquella noche, nunca volvieron los golpes.

Nunca volvió a aparecer una vela.

Nunca encontré otra fotografía.

Pero sigo conservando aquella imagen.

No sé por qué.

Tal vez porque necesito recordar.

Tal vez porque una parte de mí todavía teme que todo vuelva a empezar.

Lo único que sé es que nunca volví a entrar en aquel barrio después de oscurecer.

Y si alguna vez escucho tres golpes en una puerta, no importa dónde esté, no importa quién sea, jamás abro.

Porque aprendí algo allí.

Hay lugares donde las personas no te reciben porque estén felices de verte.

Te reciben porque ya saben que vas a llegar.

Y hay promesas que pueden sobrevivir a quienes las hicieron.

Pero lo peor no es que la muerte pueda estar esperándote.

Lo peor es descubrir que quizá lleva toda tu vida esperando.

A veces pienso en aquella fotografía que encontré frente a mi casa.

La imagen era de mañana.

Yo aparecía caminando por la calle.

No había nadie detrás de mí.

Solo la pequeña figura de la Santa Muerte.

Y tres veladoras.

Durante mucho tiempo me pregunté quién había tomado aquella fotografía.

Hasta ayer.

Ayer estaba limpiando nuevamente las cajas de mi padre.

Encontré un último sobre.

Nunca lo había visto.

No tenía mi nombre.

Solo una frase escrita en tinta negra:

PARA EL DÍA EN QUE DEJES DE ESCUCHAR LOS TRES GOLPES.

Dentro había una fotografía.

La miré.

Sentí que el corazón se detenía.

Era mi casa.

La misma calle.

La misma puerta.

La misma ventana.

Pero la fotografía había sido tomada desde el interior de mi habitación.

Yo estaba dormido.

Y junto a mi cama había una figura alta, cubierta con un manto oscuro.

En la esquina inferior de la fotografía aparecía una fecha.

Era la noche anterior.

Me quedé mirando la imagen durante mucho tiempo.

Entonces comprendí algo.

Los tres golpes nunca fueron una amenaza.

Eran un aviso.

Cada noche alguien llamaba para asegurarse de que yo todavía estaba allí.

Y cuando dejé de escucharlos, pensé que finalmente estaba libre.

Quizá fue justo entonces cuando entró.

No sé qué ocurrió después.

No sé si alguna vez volveré a verla.

No sé si todo esto fue una cadena de coincidencias, una historia familiar que mi padre intentó ocultar o algo que jamás podré explicar.

Solo sé que desde aquella noche hay una pequeña figura sobre la mesa de mi habitación.

Yo nunca la compré.

Nunca la puse allí.

Y cada mañana aparece mirando hacia la puerta.

Al principio intenté quitarla.

La guardé en una caja.

La llevé lejos.

La dejé en una iglesia.

Pero siempre regresaba.

Hasta que comprendí que ya no tenía sentido luchar contra ella.

Ahora la dejo allí.

No le rezo.

No le pido nada.

No le ofrezco velas.

No acepto regalos.

Simplemente la observo.

Y cada noche, antes de dormir, miro el reloj.

Las dos cincuenta y nueve.

Espero.

Las tres en punto.

Nada.

Las tres y un minuto.

Nada.

Entonces respiro.

Y por unos segundos creo que todo está bien.

Hasta que, algunas noches, cuando estoy a punto de cerrar los ojos, escucho un sonido muy leve.

No viene de la puerta.

No viene de la ventana.

Viene de la pequeña figura sobre la mesa.

Un sonido seco.

Como una mano golpeando tres veces contra la madera.

Toc.

Toc.

Toc.

Y después una voz.

Muy baja.

Casi cariñosa.

—Ya puedes descansar.

Pero todavía no me atrevo.

Porque ahora sé que algunas invitaciones no necesitan una respuesta.

Y algunas despedidas no significan que alguien se vaya.

A veces significan exactamente lo contrario.

Que finalmente ha llegado para quedarse.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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