EL HOMBRE QUE ME CERRÓ LA PUERTA ESTABA MURIENDO FRENTE A ELLA

La figura junto a la cerca

Tropecé con el cuerpo de don Aurelio Montemayor cuando ya no sentía los dedos de los pies. Caí de rodillas en la nieve y, al reconocer la cicatriz sobre su ceja izquierda, miré hacia la casa. Una lámpara seguía encendida detrás de la ventana. La puerta estaba a unos cuantos metros: la misma puerta que él me había cerrado en la cara doce días antes.

—Don Aurelio.

No se movió.

A su lado, cerca de la cerca, había un caballo ensillado tendido sobre el costado. El viento borraba las huellas casi al mismo tiempo que aparecían. Si yo hubiera llegado unos minutos después, tal vez habría pasado junto a los dos sin verlos.

Metí dos dedos bajo el cuello del abrigo de Aurelio. Encontré un pulso débil. Sus labios empezaban a ponerse azules.

—No se atreva a morirse aquí —le dije.

Era el invierno de 1892, en la sierra de Chihuahua. Yo llevaba tres días caminando de rancho en rancho para pedir trabajo y dos alimentándome apenas con un pedazo de tortilla dura y unos frijoles remojados en agua de arroyo. Había regresado a la Hacienda del Encino porque la ventisca me hizo perder el camino al pueblo. Pensaba rogar que me dejaran dormir en el granero.

Doce días antes, cuando llamé por primera vez, Aurelio me examinó desde el umbral: la falda gastada, el morral, las botas llenas de lodo.

—Busco trabajo. Sé cocinar para veinte hombres, ordeñar, curar animales y reparar cercas.

—No necesito cocinera.

—Entonces puedo trabajar en el establo.

—Eso exige la fuerza de un hombre.

—Déjeme demostrarle la mía.

No se burló. Tampoco me dio una oportunidad.

—No tengo nada para usted.

El cerrojo sonó antes de que pudiera decir otra palabra. Desde entonces, en cada rancho donde me rechazaron, volví a oír aquel golpe. «Una viuda sola trae problemas», me dijeron en uno. «Necesitamos brazos de hombre», en otro.

Mi esposo, Tomás Varela, había muerto dos inviernos atrás al caer en una mina de plata. Las deudas se llevaron nuestra casa. A los treinta y cuatro años, todo lo que poseía cabía en un morral, pero todavía sabía trabajar. Eso era lo único que había venido a ofrecerle a Aurelio.

Ahora él no podía ni levantarse.

Me coloqué detrás de sus hombros y tiré. Apenas conseguí moverlo un palmo. Su abrigo pesaba por la nieve y el agua. Retrocedí, busqué mejor apoyo con las botas y volví a jalar.

Diez metros pueden parecer poca cosa hasta que una ha dejado de comer y el hombre al que arrastra pesa casi el doble. Caí dos veces. En la segunda, me quedé con la cara contra la nieve y pensé que bastaba con alcanzar la casa yo sola. Podía encender el fuego. Podía vivir hasta la mañana.

Entonces vi su brazo extendido hacia la puerta, como si hubiera intentado llegar arrastrándose.

Volví a ponerme de pie.

Crucé el umbral tirando de él y cerré con el pie para que no entrara más nieve. La casa estaba vacía. En la chimenea quedaban apenas unas brasas. Acosté a Aurelio cerca del hogar, añadí leña y soplé hasta que el fuego prendió.

Le quité el abrigo empapado y la camisa húmeda. Busqué mantas de lana, calenté agua y fui poniendo paños tibios sobre sus manos, sus muñecas y su cuello. Había aprendido a devolver el calor despacio al cuidar peones sorprendidos por el hielo en otros inviernos. Nada de frotar aquellas manos rígidas ni acercarlas de golpe a las llamas.

Encontré carne salada, harina de maíz y cebolla seca. Preparé un caldo ligero mientras vigilaba su respiración. Casi una hora después, abrió los ojos.

—¿Dónde…?

—En su casa.

Intentó incorporarse. Le puse una mano en el pecho.

—Quédese quieto.

Sus ojos se detuvieron en mi cara.

—Usted vino a pedir trabajo.

—Y usted me cerró la puerta.

No respondió. Lo ayudé a tomar un poco de caldo; le temblaban tanto las manos que la taza chocó contra sus dientes.

—¿Por qué regresó? —preguntó.

—Porque no tenía otro lugar adonde ir.

Pensé que diría algo más. En cambio, cerró los ojos.

Durante la madrugada le subió la fiebre. Murmuró nombres que no entendí, apartó las mantas y trató de levantarse. Le cambié los paños y alimenté el fuego. Cuando comenzó a agitar los brazos, le sujeté una mano.

—Sigue aquí —le dije—. No se vaya todavía.

Sus dedos se cerraron sobre los míos.

—Mercedes —susurró.

Me quedé inmóvil. No sabía quién era ella. Antes de que pudiera preguntarle, abrió los ojos, miró más allá de mi hombro y dijo con una claridad que no había tenido en toda la noche:

—El caballo.

PARTE 2: Lo que quedó afuera

Miré por la ventana. La nieve ya cubría buena parte del animal.

—Usted no puede levantarse —le dije.

Aurelio trató de retirar su mano de la mía.

—Está junto a la cerca. Se cayó conmigo.

—Lo vi.

—No lo deje ahí.

Había desesperación en su voz, pero la fiebre le impedía siquiera sostener la taza. Le acomodé las mantas y salí al patio con una lámpara y una cuerda. El frío me mordió los dedos en cuanto abrí la puerta.

El caballo seguía vivo. Movió una oreja al escucharme, aunque no podía incorporarse. Tenía nieve apelmazada alrededor de las patas y una de ellas había quedado doblada bajo el cuerpo. Me arrodillé para examinarla. No encontré una herida abierta ni sentí el hueso fuera de lugar. Había perdido apoyo en el hielo y, agotado, ya no podía hacer fuerza.

Aflojé una de las cinchas de la montura y aparté la nieve acumulada junto a su lomo. Luego fui hasta el cobertizo por paja y una pala. Trabajé hasta abrir espacio delante de sus patas. Le hablé mientras pasaba la cuerda para ayudarlo a girar.

—Despacio. Primero una pata. Eso es.

Tardó tanto en intentarlo que pensé que llegaba demasiado tarde. Por fin dobló la pata libre, alzó el cuello y se empujó con un estremecimiento que me hizo caer sentada. Se quedó de pie, temblando. Lo conduje paso a paso hasta el establo, le quité la montura y le di un poco de agua.

En un pesebre había paja limpia. En otro, un balde vacío y una pala apoyada contra la pared. Aurelio no había salido a caballo para dar un paseo. Había trabajado allí antes de la tormenta. Al volver hacia la casa vi, bajo la nieve removida, un tramo de cerca caído y una tabla atravesada en el paso. El caballo debió tropezar cuando buscaban regresar.

Encontré el sombrero de Aurelio cerca de la tabla. Me incliné a recogerlo y vi una huella profunda junto al poste, después otra, más cerca de la casa. Había conseguido avanzar unos pasos tras la caída. La tercera marca terminaba donde yo lo había encontrado.

Adentro, el fuego seguía vivo. Dejé el sombrero junto a la chimenea y calenté otra vez el caldo.

—Su caballo está en el establo —le dije cuando abrió los ojos—. Se sostiene bien, aunque necesita descanso.

Aurelio exhaló despacio. Luego vio mis manos. Tenía los nudillos abiertos y los dedos enrojecidos por la cuerda.

—Salió con esta ventisca.

—Usted también.

Apartó la mirada hacia el sombrero.

Al amanecer, la fiebre seguía alta. Yo había dejado de temblar al entrar, pero ahora no lograba calentarme ni sentada junto al fuego. Comí un poco de caldo y me envolví las manos en un paño seco. Necesitaba dormir. Cada vez que cabeceaba, escuchaba que Aurelio respiraba con dificultad y volvía a acercarme.

Cuando estuvo lo bastante despierto para entenderme, le pregunté si vivía alguien más en la hacienda.

—Los hombres están en los potreros bajos —dijo—. Salieron antes de que cambiara el tiempo.

Los potreros quedaban a varias horas de camino. Nadie vendría hasta que aflojara la ventisca.

—Tiene que decirme si le duele algo de la caída.

—El hombro. Y la cabeza.

Le revisé el brazo. Podía mover los dedos, aunque el hombro le dolía al intentarlo. En la parte posterior del cráneo encontré un golpe. Él apretó la mandíbula mientras le limpiaba la sangre seca.

—Debió quedarse en casa al ver venir la tormenta —dije.

—La cerca estaba suelta.

—Podía esperar.

—Había animales del otro lado.

La respuesta me molestó porque yo acababa de salir por uno de ellos. También entendí por qué había tomado ese riesgo.

Más tarde, mientras buscaba otra manta, vi una habitación con la puerta entreabierta. Sobre una silla descansaba un chal azul, doblado con cuidado. No parecía una prenda olvidada: no había polvo sobre la tela. Tomé la manta de un arcón y dejé el chal donde estaba.

Al regresar, Aurelio tenía los ojos abiertos.

—¿Entró ahí?

Seguí la dirección de su mirada hacia la habitación.

—Buscaba una manta.

—No vuelva a entrar.

Habló con una dureza que no le había oído desde el día en que me rechazó. Dejé la manta sobre la mesa.

—Entonces indíqueme dónde guarda las demás.

Pareció querer responder, pero lo venció otra tos. Le acerqué agua. No mencionamos de nuevo el cuarto.

Por la tarde, la nieve dejó de golpear los cristales. Salí a despejar los escalones y vi que el cielo seguía cerrado; quizá al día siguiente podría llegar hasta los potreros y pedir ayuda. Cuando regresé, Aurelio estaba sentado al borde de la cama improvisada frente al fuego.

—Acuéstese —ordené.

—Usted necesita descansar.

—Los dos. Por eso no conviene que vuelva a caerse.

Se dejó ayudar, aunque su expresión cambió al verme perder el equilibrio. Me sostuvo del antebrazo antes de que tropezara.

—Está helada —dijo.

—Se me pasará.

No me creyó. Me hizo sentar en la silla más cercana y señaló la olla. Había suficiente caldo para los dos. Lo serví, más por hambre que por obedecerlo.

Al anochecer, la fiebre le dio un respiro. Pude preguntarle por la mujer cuyo nombre repetía. Aurelio miró hacia la puerta entreabierta del cuarto.

—Mercedes era mi esposa.

Esperé. No añadió nada. Después de un rato me levanté para acomodar la leña.

—Ella se enfermó en un invierno como este —dijo a mis espaldas—. Yo pensé que alcanzaba el tiempo.

El fuego crujió entre nosotros. Me volví, pero Aurelio ya había cerrado los ojos. No sabía cuánto tiempo había creído tener ni qué había hecho con él. Solo entendí que, por eso, le aterraba ver a alguien enfriarse dentro de su casa.

PARTE 3: El nombre que decía dormido

A la mañana siguiente fui al establo antes de que Aurelio despertara. El caballo bebió agua y apoyó las cuatro patas. Afuera, la cerca seguía caída. Si el viento cambiaba y los animales volvían por aquel paso, podían tropezar donde él había caído.

Busqué alambre y herramientas. La nieve me dificultaba distinguir los postes firmes, pero conseguí enderezar la tabla y asegurarla de manera provisional. Al trabajar con las manos entumidas, volví a pensar en lo que Aurelio me había dicho doce días antes. «La fuerza de un hombre». De haberme dejado entrar entonces, quizá habría visto aquella cerca antes de que él saliera solo a repararla.

No podía saberlo. Y salvarlo no borraba el cerrojo de mi memoria.

De regreso calenté agua. Aurelio estaba despierto, observando mis botas cubiertas de nieve.

—Fue a la cerca.

—La aseguré por ahora. Tendrá que revisarla cuando se recupere.

—Yo habría ido.

—Eso me temía.

Quiso sonreír, pero terminó tosiendo. La fiebre había bajado un poco; aun así, le costaba respirar después de hablar. Los potreros bajos seguían lejos y el camino, cubierto. Necesitábamos que llegara alguien capaz de traer al médico del pueblo, y yo no iba a dejarlo solo para buscarlo.

—Cuando salieron sus hombres, ¿sabían que usted pensaba revisar la cerca?

—Les dije que estaba bien. Uno quiso quedarse.

—Y usted lo mandó con los demás.

Asintió. Me recordó a Tomás, que a veces ocultaba una lesión para no perder una jornada en la mina. Pensé en decírselo, pero Aurelio ya sabía lo que le había costado salir solo.

Pasé el día atendiendo al caballo y al hombre. También revisé las provisiones y dejé leña cerca de la chimenea para la noche. Aurelio siguió con la mirada cada una de mis idas y vueltas. Al principio creí que vigilaba lo que tocaba. Luego noté que su expresión cambiaba siempre que me detenía a descansar: esperaba hasta verme mover de nuevo las manos.

Al caer la tarde me pidió que acercara una caja pequeña de un estante. Adentro guardaba fotografías. Tomó una de una mujer con el cabello recogido y el mismo chal azul sobre los hombros.

—Mercedes —dijo.

Tenía una mirada firme. Me sorprendió imaginarla viviendo en aquella casa silenciosa.

—Murió hace tres años —continuó Aurelio—. Empezó con tos. Dijo que llamara al médico, pero la nevada parecía pasajera. Cuando quise salir, los caminos ya estaban cerrados.

No dijo que ella habría vivido si él hubiera cabalgado antes. No hacía falta. Había pasado tres inviernos diciéndose lo mismo.

—Hoy le pedí que no entrara a su cuarto —añadió.

—Lo escuché.

—Fui injusto.

Puse la fotografía de nuevo en la caja.

—También lo fue cuando vine a pedir trabajo.

Aurelio recibió la frase sin defenderse.

—Sí.

Su respuesta me dejó sin el enojo que había preparado para una discusión. Me senté al otro lado de la mesa.

—En la última hacienda me dijeron que no había espacio para una viuda. Antes de esa, que yo haría hablar a los peones. Llegué aquí y usted ni siquiera me dejó tocar un balde.

—Pensé que…

Se detuvo.

—Dígalo —pedí.

—Pensé que no aguantaría el trabajo. Y tampoco quería a nadie viviendo aquí.

Miró el cuarto de Mercedes. Hasta ese momento yo había tomado sus palabras en la puerta como una opinión sobre mis brazos. También había rechazado la idea de verme dentro de aquella casa. Podía comprender una parte de su dolor. La otra seguía siendo suya.

—Pudo decírmelo —respondí—. Yo me habría ido igual.

—Lo sé.

Esa noche dormimos por turnos. Cerca del amanecer me despertó un golpe: Aurelio había intentado levantarse para añadir leña y se apoyaba en la pared, pálido. Lo llevé de vuelta a las mantas. Tardó un buen rato en recuperar el aliento.

—No podía despertarla —dijo.

—Más me habría servido despertar con el fuego bajo que encontrarlo tirado.

Me agaché a acomodar un leño y la vista se me nubló. Alcancé la silla antes de caer. Tenía fiebre, aunque menor que la suya. Había pasado horas afuera, con ropa húmeda y casi sin comer.

Aurelio alargó la mano hacia la taza que yo sostenía.

—Deje eso. Siéntese.

—Primero hay que…

—Inés.

Era la primera vez que decía mi nombre.

Me senté. Él señaló el pan que yo había encontrado en un recipiente y apenas había probado.

—Coma.

Lo hice despacio. Mientras sostenía el pan entre las manos, entendí cuánto había temido quedarme sin un lugar al terminar la tormenta. Podía cuidarlo mientras estuviera enfermo. Después, él volvería a decidir quién cruzaba aquella puerta.

Entonces oímos cascos en el patio.

Me levanté para abrir. Un peón bajaba de su caballo sacudiéndose la nieve del sombrero. Al verme, se detuvo en seco.

—Venimos a revisar la cerca —dijo—. Don Aurelio nos aseguró que no había problema.

Miró mi ropa harapienta, después la puerta abierta, y llevó la mano hacia la montura. Detrás de él aparecieron otros dos hombres.

—¿Dónde está el patrón?

PARTE 4: La puerta abierta

—Adentro, con fiebre —respondí—. Su caballo también está en el establo. Necesitamos que uno de ustedes vaya por el médico en cuanto el camino lo permita.

El peón pasó a mi lado sin contestar. Lo seguí hasta la chimenea. Su expresión cambió al ver a Aurelio bajo las mantas.

—Don Aurelio.

—Ella me encontró junto a la cerca —dijo él antes de que el hombre preguntara nada—. Tráiganme al médico.

Uno de los otros peones salió de inmediato. Los dos que se quedaron me ayudaron a llevar agua y leña. El primero, que se llamaba Julián, examinó por la ventana el tramo que yo había asegurado.

—La tabla volvió a su sitio —observó.

—Solo por unos días. El poste está flojo.

Asintió. Luego miró mis manos envueltas en paños.

—Nos ocupamos nosotros.

Le indiqué dónde había dejado las herramientas. Me alegré de que estuvieran allí; la fiebre me había quitado las fuerzas y todavía teníamos que cuidar a Aurelio.

El médico llegó esa tarde con el peón que había ido a buscarlo. Revisó el golpe en la cabeza y el hombro de Aurelio, escuchó su pecho y nos dio instrucciones para vigilar la fiebre y la respiración. Después se volvió hacia mí. Me hizo acercar al fuego y me examinó las manos.

—Ha pasado demasiado tiempo a la intemperie —dijo—. También necesita reposo y comida.

Dormí varias horas seguidas por primera vez desde que encontré a Aurelio. Al despertar, oí voces en la cocina. Julián había preguntado quién me había contratado. Aurelio respondió:

—Nadie. Estaba caminando hacia aquí cuando me encontró.

Hubo un silencio. Me quedé junto a la puerta, esperando el resto.

—¿Y cuando se recupere? —preguntó Julián—. Habrá que saber qué trabajo darle.

Aurelio tardó en contestar.

—Eso se lo preguntaré a ella.

Volví a la habitación antes de que me vieran. Durante tres días me había dicho que solo buscaba sobrevivir a la tormenta. Ahora que podía pensar en marcharme, no sabía qué respondería si me ofrecían quedarme. Quería trabajar allí; también quería que Aurelio entendiera por qué me había negado a rogarle una segunda vez.

A la mañana siguiente salí al patio. Julián había cambiado el poste dañado y reforzaba la cerca. Me mostró que una de las uniones se había vencido desde antes de la nevada. Aurelio había salido porque sabía que el paso podía ceder. Me agaché junto a Julián y sujeté la tabla mientras él fijaba el alambre.

—Descanse —dijo al ver que me faltaba aire.

—Termine este lado y lo haré.

Cuando regresé a la casa, Aurelio estaba de pie junto a la mesa. Se sostenía con una mano, pero ya podía caminar unos pasos.

—El médico dijo que descansara —le recordé.

—Me lo han dicho todos desde que desperté.

Me mostró una hoja en la que había anotado las provisiones que faltaban para el invierno. Reconocí varias cantidades mal calculadas: durante la fiebre había pedido usar más leña, y los hombres traerían animales de los potreros bajos. Le señalé lo que debía añadirse.

—Dijo que llevaba cuentas sencillas —observó.

—Eso dije en esta misma puerta.

Dejó la hoja sobre la mesa.

—Quiero ofrecerle trabajo. Hay lugar para usted y puedo pagarle un jornal.

La propuesta llegó antes de que yo estuviera lista para oírla. Miré la habitación de Mercedes, después mis botas, puestas junto a la salida.

—¿Qué trabajo?

Aurelio frunció el ceño.

—El que prefiera. Necesitamos ayuda en la casa y en los establos.

—Quiero saberlo con claridad. También el jornal y dónde voy a dormir.

Pareció sorprendido. Quizá esperaba que agradeciera cualquier cosa.

—Es justo —dijo—. Lo hablaremos.

—Y hablaré con Julián de la cerca. Nadie debe salir solo a revisarla cuando se venga otra nevada.

—De acuerdo.

Guardé silencio. Aún faltaba una cosa, la más difícil de decir.

—Don Aurelio, lo saqué de la nieve porque estaba vivo. No por un empleo. Si me quedo, será por mi trabajo.

Él sostuvo mi mirada.

—Lo entiendo.

Se acercó a la puerta y la abrió para llamar a Julián. Desde donde yo estaba podía ver la cerca reparada y el lugar donde había encontrado su cuerpo. Aurelio se apoyó un instante en el marco, respiró hondo y dijo:

—Venga. Vamos a acordarlo delante de todos.

PARTE 5: Lo que pude elegir

Nos reunimos en la cocina porque el frío seguía siendo fuerte. Julián y los otros dos peones acababan de entrar del patio. Aurelio tomó asiento; todavía se cansaba si permanecía mucho tiempo de pie.

Hablé yo primero. Les dije que sabía atender animales, ordeñar y cocinar, pero que también podía llevar la cuenta de provisiones y revisar las cercas con ellos. Julián confirmó que el caballo estaba bien cuidado y que yo había sostenido la tabla caída hasta que pudieron cambiar el poste.

Aurelio propuso un jornal y una habitación libre junto a la cocina. Me dijo qué labores esperaba cada día. Pregunté por los días en que hubiera que atender a un animal enfermo de noche y por el pago si se añadía trabajo en los potreros. Lo discutimos sin prisa. Julián escuchó y aportó lo que hacía falta durante el invierno.

Cuando terminamos, Aurelio miró a sus hombres.

—Hace doce días, Inés vino a ofrecerme estas mismas habilidades. La rechacé sin darle ocasión de mostrarlas. Me equivoqué.

Sentí calor en la cara. Había imaginado muchas veces oírlo admitirlo, siempre mientras caminaba hacia otro rancho con el morral golpeándome la espalda. Ahora tenía una mesa delante y una oferta que podía aceptar o dejar.

—Acepto —dije—. Con lo que acabamos de acordar.

Aurelio asintió. Julián me indicó cuándo saldrían a revisar los caballos al día siguiente. Por primera vez en semanas, alguien contaba conmigo para un trabajo que comenzaría por la mañana.

La recuperación de Aurelio fue lenta. El golpe en la cabeza dejó de dolerle antes que el pecho, y durante varios días tuvo que detenerse a respirar al cruzar la cocina. Yo también tardé en recobrar las fuerzas. Comía sentada frente al fuego mientras los demás se ocupaban de lo que aún no podía hacer. No me gustaba descansar, pero había visto lo que le ocurrió a Aurelio por insistir en trabajar solo.

Una tarde me acompañó al establo. El caballo que habíamos sacado de la nieve alzó la cabeza al oírnos. Le palpé la pata que había quedado doblada bajo su cuerpo; ya apoyaba el peso con firmeza.

—Pensé que lo perdería —dijo Aurelio.

—Yo también, cuando lo encontré.

Aurelio acarició el cuello del animal. Desde allí se veía el tramo nuevo de la cerca.

—Mercedes siempre sabía cuándo yo había decidido algo antes de escuchar a los demás —dijo.

No esperaba que volviera a hablar de ella. Esperé mientras él apartaba un poco de paja de la crin del caballo.

—Me pidió que buscara al médico aquella mañana. Le dije que iría después de terminar un trabajo. Cuando quise salir, la nieve ya no me dejó.

No encontré palabras que cambiaran lo ocurrido. Él tampoco me las pidió.

—Esta vez llamamos al médico —dije al cabo de un momento.

—Porque usted se quedó despierta para mantenerme con vida.

—Y porque Julián vino cuando vio que la cerca necesitaba arreglo.

Aurelio miró hacia el patio. Habíamos necesitado que varias personas hicieran su parte. Tal vez él empezaba a aceptarlo.

Pasaron las semanas. Llevé una cuenta nueva de harina, leña y alimento para los animales. Julián me enseñó qué potros requerían más cuidado; yo le mostré cómo revisar una pata lastimada sin asustar al caballo. No todos los días fueron fáciles. Hubo madrugadas de hielo, cubetas pesadas y un peón que una vez intentó quitarme una herramienta de las manos para «ahorrarme el esfuerzo». Se la pedí de vuelta y terminamos juntos la reparación.

Mi habitación tenía una cama angosta, una ventana hacia el patio y un sitio para guardar el morral. Al principio lo dejaba listo junto a la cama por costumbre. Había pasado tanto tiempo saliendo de casas ajenas que tardé en deshacerlo por completo.

Una mañana despejada encontré la fotografía de Mercedes sobre una repisa del salón. Aurelio había dejado abierta la puerta de su habitación para ventilarla. Vi el chal azul todavía en la silla y seguí caminando sin entrar. Ya no necesitábamos mantener aquel cuarto cerrado para recordar quién había vivido allí.

Al volver del establo, me detuve en el lugar donde encontré a Aurelio. Bajo la nieve derretida aparecía el poste contra el que yo me había apoyado al llegar. La casa estaba cerca. Aquella noche, desde el patio, me había parecido imposible alcanzar su luz.

Oí pasos detrás de mí.

—¿Sucede algo? —preguntó Aurelio.

—Recordaba que venía a pedir un rincón del granero.

Él observó el espacio entre el poste y la puerta.

—Y me encontró aquí.

—Sí.

No dijimos más. Teníamos que llevar alimento al establo antes de que oscureciera. Caminé hacia la casa para recoger la lista de provisiones, entré y dejé la puerta abierta para que Aurelio pasara detrás de mí.
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Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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