EL RANCHERO ME CONTRATÓ PARA COCINAR, PERO SU CASA SE ESTABA QUEDANDO SIN AIRE
LA CASA QUE TOSÍA
—Los niños se quedan conmigo —dije.
Don Jacinto Orduña volvió a mirar la carretilla donde iba sentado Mateo, abrazado a la taza de peltre de su padre. Después puso la mano sobre la puerta para cerrarla.
—Necesito una cocinera, señora. No una familia.
Iba a tomar a Mateo en brazos cuando una bocanada de humo salió por detrás del anciano. Mi hijo empezó a toser. Don Jacinto también. Tosió tan fuerte que tuvo que apoyarse en el marco, pero aun así no se apartó para dejarnos entrar.
—Su estufa está devolviendo el humo a la casa —le dije.
—He vivido así dieciséis años.
—El humo no se preocupa por cuánto tiempo lo ha soportado.
Me sostuvo la mirada. Tenía la rodilla izquierda envuelta en lana y mantenía la mano derecha pegada al cuerpo, con los dedos a medio cerrar. Por un instante creí que iba a echarme de allí, como habían hecho en las otras tres haciendas.
En dos días había escuchado todas las razones para negarnos trabajo. Que necesitaban hombres para lazar ganado. Que una viuda con hijos traía problemas. Que no podrían alimentarnos en invierno. En las tres ocasiones había dado las gracias y había seguido empujando la carretilla.
Esta vez no sabía adónde seguir.
El 14 de septiembre de 1887 había llegado a El Encino Negro con una olla de hierro, dos cobijas, unas cuantas prendas y harina suficiente para dos comidas. Mi esposo, Tomás, había muerto bajo una carreta minera cerca de Santa Eulalia. Después de su entierro lavé ropa, cociné y arreglé casas hasta que dejaron de alcanzarnos las monedas. Lucía, que tenía nueve años, ya sabía contar las porciones antes de sentarse a comer. Mateo, con cinco, seguía preguntando cuándo volveríamos a tener una mesa.
Al final del camino había encontrado el letrero: “SE BUSCA COCINERA. RANCHO EL ENCINO NEGRO”. Más allá estaban la casa oscura, un cobertizo inclinado y un granero cuya puerta golpeaba con cada ráfaga. El humo bajaba por el techo y se extendía sobre el patio. Antes de tocar, comprendí que aquel lugar necesitaba más que tres comidas al día.
Don Jacinto abrió la puerta lo suficiente para dejarme pasar y puso una llave sobre la mesa.
—Tres comidas. Puede usar la cocina, la despensa y el cuarto junto al fogón. No habrá salario hasta la primavera. La comida saldrá del rancho.
Miré a mis hijos. Lucía tenía los labios partidos de tanto caminar. Mateo seguía tosiendo.
—Acepto.
—Y no cambiará nada sin mi permiso.
Tomé la llave. No porque me pareciera justo el trato, sino porque mi hijo necesitaba entrar.
La despensa me explicó por qué el anciano había puesto aquel letrero. La harina estaba húmeda. Las papas comenzaban a echar raíces. La carne salada colgaba junto a una pared mojada, y varios frascos tenían las tapas flojas. Había comida, sí, pero buena parte se estaba echando a perder.
—Si deja todo así —le dije—, le durará hasta noviembre.
Él se detuvo detrás de mí.
—¿Y si la acomoda a su manera?
—Tal vez hasta enero.
—Le pregunté si sabía cocinar, no si sabía llevarme las cuentas.
Me agaché a separar los frascos sanos de los que habría que revisar. Él no volvió a hablar, pero tampoco me ordenó salir de la despensa.
Esa noche preparé estofado con la carne que aún servía, cebollas secas y pan de sartén. Lucía esperó a que yo tomara la primera cucharada antes de tocar la suya. Había aprendido a hacerlo desde que empezamos a saltarnos comidas. Fingí no darme cuenta.
Mateo se quedó dormido junto a la estufa. Cuando fui a cubrirlo, descubrí que don Jacinto ya le había puesto encima su abrigo. El anciano extendió la mano, como si quisiera recuperarlo, pero vio la cara dormida de mi hijo y la dejó caer.
Cerca del fuego colgaba un cucharón de madera. Lo bajé para lavarlo, y don Jacinto se puso rígido.
—Era de Inés, mi esposa.
Devolví el cucharón a su sitio.
—Entonces lo cuidaré.
No pregunté cuándo había muerto. Había cosas que una persona podía contar por voluntad propia y otras que no debía arrancársele en su primera noche.
A la mañana siguiente, antes de preparar el desayuno, subí al techo. La chimenea terminaba por debajo de la parte más alta de la casa; el viento le empujaba el humo de regreso. Cuando miré por el conducto, vi que el hollín también había estrechado el paso.
—¡La contraté para cocinar! —gritó don Jacinto desde el patio.
—Nadie puede cocinar en una casa que intenta ahogar a su cocinera.
Bajé antes de que insistiera. Me prohibió usar las láminas guardadas junto al cobertizo, y yo no tenía herramientas para hacer el trabajo sola. Aun así, mientras barría la cocina, seguí oyendo la tos de Mateo y la del anciano al otro lado de la pared.
Por la tarde recorrí el rancho para calcular qué podía secar y qué había que comer primero. El granero seguía golpeando con el viento. Entré para cerrar la puerta y vi una hilera de fardos acomodados bajo el techo. Parecían secos. Al apartar uno, el olor agrio me llenó la nariz.
Hundí los dedos en el fardo de abajo. Salieron mojados.
Moví otro. Debajo había heno oscuro, caliente y pegado en terrones. Miré las vigas húmedas sobre mi cabeza y después el montón que don Jacinto había preparado para sus animales.
La comida de la casa quizá podría durar hasta enero. La de las vacas no llegaría a noviembre.
PARTE 2: LO QUE SE PUDRÍA EN SILENCIO
Don Jacinto estaba dando agua a las vacas cuando salí del granero.
—El heno de abajo está húmedo —le dije.
No dejó la cubeta.
—Se secará.
—El que todavía sirve, sí. El otro hay que sacarlo.
—Entonces sáquelo cuando termine de cocinar.
Lo dijo sin mirarme. No era indiferencia: sabía lo que había dentro. Cuando le pregunté cuántos animales tenía, respondió dieciocho sin necesidad de contarlos. Conocía cada rincón de su rancho y había visto cómo se deterioraba. Eso me inquietó más que el techo roto.
Esa tarde separé la harina seca, aparté las papas que debíamos comer pronto y llevé los frascos a un lugar donde pudiera revisar sus cierres. Lucía me ayudó a extender cebollas para que no siguieran tomando humedad. Mateo quería cargar una olla; le di las tapas y le pedí que encontrara cuáles ajustaban bien.
Al anochecer, don Jacinto vio los estantes casi vacíos.
—¿Dónde está todo?
Le mostré lo que había movido y le expliqué por qué.
—Le dije que no cambiara nada sin mi permiso.
—Si esperaba hasta que regresara del potrero, perdíamos otra bolsa de harina.
Su mano derecha tembló cuando intentó apoyarla en el estante. Entonces comprendí parte de su enojo. Cada cosa que yo corregía era una cosa que él ya no había podido hacer.
—Mañana hablaré con el herrero —le dije—. La chimenea necesita lámina y el granero, herramientas.
—Julián Paredes tiene su propio trabajo.
—Puedo preguntarle qué cobraría antes de decidir.
Don Jacinto miró hacia el cuarto donde dormían los niños.
—Aquí no sobra una sola moneda.
A la mañana siguiente fui al pueblo. Julián conocía el rancho y, al oír mi descripción de la chimenea, dijo que quizá podríamos levantarla con láminas viejas. Cuando mencioné el granero, frunció el ceño.
—La puerta lleva meses golpeando. Le he ofrecido ajustarla.
—¿Por qué no lo dejó?
Julián se encogió de hombros.
—Pregúnteselo a él.
Conseguí que viniera a revisar la chimenea a cambio de comida durante los días que trabajara allí. Don Jacinto discutió el trato hasta que Julián le mostró que las láminas podían salir de una pila que ya tenía detrás del cobertizo. Los dos limpiamos el hollín del conducto y levantamos la salida por encima del techo. También abrimos una entrada pequeña de aire detrás de la estufa.
Encendí el fuego y esperé. Esta vez el humo subió. Mateo, sentado a la mesa, levantó la cara y respiró hondo. Pero al cabo de una hora habíamos consumido demasiada leña.
—Cambió humo por desperdicio —dijo don Jacinto.
Tenía razón. Bajé la llama, observé por dónde entraba el aire y le pedí a Julián un pedazo de madera para hacer una compuerta. La ajusté hasta que el fuego ardió parejo sin gastar los troncos tan rápido.
Aquella noche la cocina quedó limpia de humo. Don Jacinto entró, respiró sin toser y se quedó mirando la estufa.
—Falta leña junto al fogón —dijo.
Salió y volvió con un tronco. No me felicitó. Sin embargo, cuando pasó junto a Mateo le tocó el hombro con la punta de los dedos.
Pensé que, si veía funcionar un cambio, permitiría el siguiente. Me equivoqué.
Julián y yo examinamos el granero. El techo había perdido algunas piezas, pero la puerta era el problema más urgente. Una bisagra se había soltado y el poste al que iba fijada estaba vencido. Cada golpe abría un poco más la unión. Por allí entraba la lluvia hasta el heno.
—Hay que levantar el poste y reforzarlo —dijo Julián—. Puedo hacerlo con madera del corral viejo.
Don Jacinto nos oyó desde la entrada.
—El corral viejo se queda como está.
—No está sosteniendo nada —dije.
—Es mío.
Julián guardó sus herramientas. Yo no insistí frente a él. Había notado que don Jacinto se avergonzaba más cuando alguien del pueblo veía lo que no podía reparar.
Esa noche puse las cuentas sobre la mesa: la harina que habíamos salvado, las papas que había que gastar pronto, la carne que debía alejarse de la pared mojada. Después calculé en voz alta cuánto heno seguía seco.
—Con esto, si llega una helada fuerte, tendrá que escoger qué animales alimentar.
Don Jacinto no corrigió mis números. Miró la taza de peltre que Mateo había dejado junto al plato.
—Sus hijos necesitan un hogar —dijo—. Yo necesito una cocinera. No les pedí que cargaran con mi rancho.
—Si el granero se queda así, tampoco tendré una cocina donde trabajar en invierno.
Retiré los platos. Mientras los lavaba, oí abrirse la puerta del patio. Don Jacinto había salido sin el abrigo. Lo vi caminar hasta el corral viejo y quedarse allí, bajo la luna, con la mano buena sobre uno de los postes.
Al día siguiente encontré una cuerda nueva atravesada por dentro de la puerta del granero. La había amarrado él mismo para que no golpeara. Se me ablandó el pecho: tal vez estaba dispuesto a ayudar.
Tiré apenas de la cuerda. El poste vencido se movió entero y cayó tierra de su base.
La puerta estaba quieta porque don Jacinto la había sujetado. El granero seguía abriéndose por debajo.

PARTE 3: LA CUENTA QUE FALTABA
Le mostré la tierra suelta sin arrancar la cuerda.
—Si reforzamos el poste, la puerta cerrará de verdad.
Don Jacinto se inclinó para examinarlo. Al enderezarse, apretó los dientes: la rodilla le había fallado.
—El corral viejo no se toca —repitió.
—Entonces dígame qué madera sí puedo usar.
Tardó en contestar. Yo veía la respuesta cada vez que cruzaba el patio: no había tablas suficientes, y él no podía ir a cortarlas solo. Tampoco quería decirlo. Me fui a revisar el techo antes de que acabáramos peleando.
En los días siguientes saqué el heno mojado y extendí el que aún podía secarse. Lucía me ayudó a contar los fardos sanos. Una tarde señaló una marca de agua que bajaba por la pared del granero.
—Mamá, aquí siempre está mojado, aunque no llueva.
Seguimos la marca hasta una hendidura en el suelo, detrás del edificio. El agua que caía desde la parte alta del terreno corría hacia el poste vencido. Años de escurrimiento habían ablandado su base. Por eso la puerta se soltaba una y otra vez.
Fui por una pala. Desvié lo que pude de aquella hendidura y regresé al granero. Lucía me mostró otra cosa que yo no había visto: el piso cerca del poste cedía un poco al pisarlo. La falla alcanzaba más adentro de lo que creíamos.
Cuando don Jacinto llegó, ya tenía una zanja poco profunda abierta detrás del edificio.
—No tenía permiso —dijo.
—Venga a ver dónde termina el agua.
Caminó con dificultad hasta el poste. Apoyó la mano izquierda en la madera y observó el suelo hundido. Su cara cambió. Sabía cuánto costaría perder el granero.
—Puedo mover los fardos sanos —dije—, pero necesito un lugar seco. Y antes de la próxima lluvia hay que apuntalar esto.
Él miró hacia el corral viejo. Después se alejó sin responder.
Esa tarde vino Julián para ayudarme a poner un parche provisional en el techo. Lucía sostuvo las herramientas mientras yo subía, y Mateo contó los clavos que Julián iba dejando sobre una tabla. Al bajar, encontré a don Jacinto intentando arrastrar uno de los fardos más pesados hacia la casa.
—Espere, yo lo cargo.
—He cargado heno toda mi vida.
Alzó el fardo. Dio un paso. La rodilla se le dobló y cayó contra el muro, llevándose una mano al pecho. El fardo quedó sobre su pierna. Corrí a apartarlo con ayuda de Julián.
Don Jacinto nos pidió que lo dejáramos levantarse solo. No pudo. Entre los dos lo llevamos al banco de la cocina. Lucía trajo agua. Mateo, que había presenciado la caída, se quedó junto a la puerta con su taza apretada contra el pecho.
Don Jacinto vio al niño y bajó la voz.
—No es la primera vez que me falla la rodilla.
—Eso ya lo había notado —dije, mientras le desataba la lana húmeda.
—En junio me caí reparando la cerca. La mano quedó atrapada bajo un poste. Desde entonces tardo el doble en cualquier trabajo.
Ahora entendía la bisagra sin arreglar, los frascos mal cerrados, la leña lejos del fogón. También entendía por qué había buscado una cocinera justo cuando el rancho empezaba a venirse abajo. Si alguien se hacía cargo de las comidas, él tendría horas para atender el ganado. Había calculado con el cuerpo que tenía antes de aquella caída.
—Debió decírmelo —le dije.
—Usted pidió trabajo. No tenía por qué quedarse a oír la lista de cosas que ya no puedo hacer.
Julián terminó de vendarle la rodilla. Antes de marcharse, miró el corral viejo y luego el granero. No hizo falta que hablara.
Más tarde, mientras la cena hervía, don Jacinto me encontró junto al cucharón de Inés.
—Ella lo colgaba ahí —dijo—. Aun cuando pasaba días sin usarlo.
—Yo creí que no quería que tocara nada suyo.
—No quería entrar y encontrar la cocina distinta. Había pasado demasiado tiempo viéndola igual.
Por primera vez me habló de su esposa sin que yo preguntara. No contó más. Tampoco hacía falta. Había dejado intacto un cucharón mientras a su alrededor el humo, la humedad y el viento ganaban terreno.
—Cambiar la cocina no borró a Inés —le dije.
Miró la estufa, que ardía con la compuerta casi cerrada.
—Ya lo sé.
Me quedé esperando que dijera lo mismo del corral. En lugar de eso, señaló mi lista de provisiones, que estaba bajo una piedra sobre la mesa.
—Si saco seis vacas al potrero de la hondonada, el heno rendirá más.
—¿Y si nieva antes de que vuelvan?
—Todavía es temprano.
No quise discutir una posibilidad mientras él apenas podía levantarse. Me senté a contar otra vez los fardos, el espacio seco y los días que faltaban para el frío. Al llegar al último número comprendí que había trabajado con una cuenta equivocada: había calculado la comida del ganado como si don Jacinto pudiera seguir saliendo todos los días a buscar los animales y mantener abierta la hondonada.
Ahora, después de verlo caer, sabía que no podía.
Alcé la vista. Desde la ventana se veía la puerta del granero sostenida por una cuerda y, detrás de ella, el camino por donde las vacas tendrían que regresar antes de la primera nevada.
PARTE 4: EL CORRAL DE INÉS
—Necesitamos reparar el granero antes de mover más ganado —le dije a don Jacinto a la mañana siguiente.
Él estaba junto al fogón, apoyado en un bastón que Julián le había dejado. No discutió la cuenta. Preguntó cuánto trabajo faltaba.
Le mostré la zanja que debía terminarse, el poste que había que sustituir y la madera que necesitábamos. Era demasiada para sacarla de la pila de láminas.
—Del corral viejo —dijo al fin.
Esperé. Una decisión dicha a medias podía deshacerse al tocar la primera tabla.
—Lo levanté con Inés —añadió—. Ella sostuvo las piezas mientras yo las clavaba. Ya no lo usamos desde que bajó el número de reses.
—Podemos guardar una de las tablas.
Asintió.
Trabajamos durante los días siguientes. Julián aflojó los clavos más duros; yo fui separando las tablas que todavía podían sostener peso. Lucía las marcaba para que supiéramos cuáles servirían en el poste y cuáles en el techo. Mateo recogía los clavos caídos antes de que alguien los pisara. Don Jacinto, sentado cerca, nos decía dónde habían quedado las uniones más firmes y cuáles se partirían al moverlas.
No siempre fue fácil escucharlo. A veces daba una orden cuando yo ya tenía una tabla alzada, y a veces yo seguía trabajando sin explicarle lo que pensaba hacer. Una tarde me detuvo antes de poner una pieza que el agua había debilitado por dentro. La madera se abrió apenas Julián la probó.
—Esa parecía buena —admití.
—Por fuera —dijo don Jacinto.
Dejé que escogiera las piezas del poste. Él dejó que yo decidiera dónde apilar el heno seco, lejos de la pared mojada. Así avanzamos.
Terminamos la zanja detrás del granero y la abrimos hacia un terreno más bajo. Julián levantó el poste con las tablas más gruesas del corral. Yo sujeté la base mientras él la afirmaba. Arreglamos la bisagra, cerramos las rendijas del techo y apartamos el heno que ya no podía darse a los animales.
Cada fardo perdido me dolía. Había creído que, por saber conservar comida, podría salvar casi todo. Tuve que mirar el montón arruinado y aceptar que habíamos llegado tarde para una parte. Desde entonces hice las cuentas solo con lo que de verdad teníamos.
A finales de otoño logramos guardar bajo techo los fardos sanos. Don Jacinto mantuvo el ganado cerca de la casa y fue gastando primero el forraje que menos resistiría. Yo racioné la despensa sin dejar a los niños con hambre, remendé los sacos que podían abrirse y revisé la pared de la carne salada después de cada lluvia.
La primera noche fría, don Jacinto bajó el cucharón de Inés y me lo tendió.
—Se usa mejor que el otro.
Lo tomé para servir el estofado. Mateo miró a don Jacinto, esperando ver si había hecho algo malo. El anciano acercó su plato sin decir una palabra.
A la mañana siguiente encontramos hielo en las cubetas. Lucía corrió hasta el granero y volvió diciendo que la puerta seguía cerrada. Fui a comprobar el suelo detrás del poste: la zanja estaba seca. Me permití creer que habíamos ganado tiempo.
Esa noche el viento cambió. Empezó a caer nieve y don Jacinto me llamó desde la ventana. Tres vacas se habían separado del resto cuando él las llevó del potrero cercano al granero. Estaban junto a la cerca del fondo, donde el viento amontonaba la nieve.
—Voy por ellas —dijo, buscando el bastón.
—Usted abre el granero. Yo las hago entrar.
—No sabe cómo se ponen cuando están asustadas.
—Entonces dígame qué hacer.
Me explicó dónde dejar espacio para que avanzaran y me advirtió que no me quedara frente a ellas. Lucía quiso acompañarme. Le pedí que permaneciera con Mateo dentro de la casa y mantuviera una lámpara encendida en la ventana.
Salí con don Jacinto hasta el granero. Él logró abrir la puerta reparada; yo tomé la cuerda que habíamos preparado para guiar a los animales. La nieve me golpeaba la cara y apenas distinguía la cerca. Oí una vaca bramar cerca de mí. Encontré a las tres apretadas contra las tablas.
Moví la cuerda detrás de ellas como don Jacinto me había indicado. La primera avanzó. Las otras dos la siguieron, pero al acercarse al granero una pisó la tierra blanda junto al poste recién reforzado. La base aguantó. Entonces crujió una tabla más adentro, bajo el peso de los animales.
Don Jacinto alzó la lámpara. Vimos una línea abrirse en el piso, justo donde Lucía había notado que cedía semanas antes. Habíamos reparado el poste y dejado aquella parte sin levantar.
—No las haga pasar por ahí —gritó él.
Las vacas ya avanzaban hacia la puerta. Teníamos que apartarlas del tramo débil antes de que todo su peso cayera sobre él.
PARTE 5: ANTES DE QUE LLEGARA EL INVIERNO
Solté cuerda para que las vacas dejaran de empujarse. La primera había alcanzado el umbral; las otras dos le cerraban el paso. Si intentaba detenerlas de frente, me tirarían al suelo. Retrocedí hacia el costado y llamé a don Jacinto.
—¡La lámpara más allá del pesebre!
Él entendió. Mientras movía la luz, yo guié a la primera por el lado firme del granero. Sus cascos pasaron a menos de un brazo de la tabla abierta. La segunda quiso seguirla; golpeé la pared con la palma para que mantuviera el mismo rumbo. La tercera se resistió y volvió la cabeza hacia la nieve.
Por un momento creí que se nos escaparía. Vi a don Jacinto dar un paso para salir tras ella y le pedí que no lo hiciera. Su rodilla no aguantaría una caída en el patio. Dejé abierta la puerta lo suficiente para que el animal viera a las otras dos y esperé. Cuando se movió, recogí la cuerda y cerré detrás de ella.
Dentro del granero oíamos el viento y la respiración agitada de las vacas. Don Jacinto apoyó la lámpara sobre una viga firme. La abertura del piso había crecido, pero el poste nuevo seguía derecho y la puerta cerraba sin arrastrarse.
Nos quedamos mirando aquella tabla rota.
—Lucía lo vio —dije.
—Y debimos levantarla cuando nos avisó —respondió él.
Buscamos madera fuera del paso de los animales y cubrimos el tramo débil para que ninguno lo pisara esa noche. Al día siguiente, si el temporal lo permitía, Julián tendría que ayudarnos a abrirlo y reparar el soporte de abajo. Aún quedaba trabajo. Pero las vacas estaban dentro, el heno sano seguía seco y el viento ya no entraba por una puerta suelta.
Cuando regresamos a la casa, Mateo dormía junto al fogón. Lucía seguía despierta, con la lámpara encendida en la ventana como le había pedido. Miró primero las manos de don Jacinto, luego las mías.
—¿Entraron todas?
—Las tres —le dije.
Solo entonces apagó la lámpara.
La nevada duró dos días. Cociné con la leña que habíamos guardado y mantuve la compuerta de la estufa ajustada. El humo salió por la chimenea incluso cuando el viento sopló con fuerza sobre el techo. Don Jacinto alimentó a los animales sin caminar más de lo necesario; Lucía y yo le acercamos los fardos desde la parte seca. Cuando Julián pudo llegar, reparó con nosotros el piso que se había abierto.
Nadie declaró salvado el rancho aquella mañana. Había que contar el forraje después de cada semana de frío y vigilar que el agua no volviera a entrar por detrás del granero. Yo seguía revisando los frascos y las papas antes de decidir qué pondría en la mesa. Don Jacinto seguía con la rodilla mala y con una mano que no cerraba del todo.
Pero al llegar el invierno ya teníamos cómo alimentarnos, dónde resguardar a los animales y una casa en la que Mateo podía respirar sin toser. El corral viejo había desaparecido para sostener el granero. Don Jacinto guardó una de sus tablas junto a la puerta de la cocina; algunas tardes apoyaba la mano en ella antes de entrar.
Una noche de enero nos sentamos los cuatro a cenar. Lucía partió el pan sin esperar a que yo le indicara cuánto podía tomar. Mateo dejó la taza de peltre de Tomás junto a su plato y pidió un poco más de estofado.
Don Jacinto me vio alzar el cucharón de Inés.
—Cuando la vi llegar con esa carretilla —dijo—, pensé que no tenía suficiente comida para sus hijos.
Llené el plato de Mateo antes de responder.
—Yo vi el humo y pensé que usted no tenía suficiente aire para pasar el invierno.
El anciano soltó una risa breve. Luego acercó el pan a Lucía y se sirvió después de ella.
Afuera, la nieve cubría el patio de El Encino Negro. Adentro, el fuego ardía parejo. La taza de Tomás y el cucharón de Inés estaban sobre la misma mesa, entre las manos de quienes todavía los necesitábamos.
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