EL RANCHO QUE NO SE DEJÓ ENTERRAR
LA CUERDA FLOJA
La cuerda atada a la cintura de Julián dejó de moverse en la cuarta noche de la tormenta.
Yo sujetaba el otro extremo desde la entrada del establo. Habíamos acordado una señal: dos tirones cada vez que terminara de asegurar un tramo de la barrera. Llevaba varios minutos sin sentirla. Tiré una vez para preguntarle si estaba bien. No hubo respuesta.
Tiré de nuevo.
La cuerda regresó floja entre mis manos.
Detrás de mí, dieciocho reses golpeaban el suelo con las pezuñas. Mateo, de ocho años, abrazaba a su hermanita Lucía junto a una vaca que estaba a punto de parir. Cerca de la estufa, Bruno Salgado apenas lograba mantenerse despierto. Lo habíamos sacado de la nieve esa misma tarde.
—¿Ya viene mi papá? —preguntó Mateo.
Afuera, el viento rugía sobre la sierra de Chihuahua y borraba todo lo que quedaba a dos pasos de la puerta. Julián había salido para reparar el muro de ramas que protegía el corredor del establo. Si cedía, la nieve sepultaría las puertas. Si las puertas quedaban enterradas, no podríamos llevar agua a los animales.
Miré la cuerda que tenía en las manos. La había revisado yo misma antes de atársela.
—Todavía no lo veo —le dije a Mateo.
No me creyó. Ya conocía el sonido que hace una cuerda cuando se rompe.
Seis semanas antes, aquel hombre había llegado a La Noria empujando una carretilla vieja. Cargaba a Lucía, de once meses, contra el pecho, mientras Mateo caminaba detrás con una bolsa de ropa y el retrato de su madre. Julián Alcázar no me pidió trabajo al principio.
Me pidió un vaso de leche para su hija.
Era finales de septiembre de 1893. Yo llevaba tres años administrando sola el rancho desde que una carreta maderera aplastó a Ignacio, mi esposo. Había aprendido a escuchar ofertas que parecían favores y a revisar dos veces cualquier cuenta que un hombre quisiera explicarme. Cuando vi acercarse a Julián, tenía una libreta bajo el brazo y un martillo en la mano.
—¿Qué sabe hacer? —le pregunté.
—Reparo techos, ruedas, establos, norias y tuberías.
—Todos los hombres que llegan aquí dicen saberlo todo.
No respondió enseguida. Miró las puertas del granero, el heno apilado sobre la tierra y la tubería que salía del pozo.
—No sé hacerlo todo —dijo—. Pero su agua se va a congelar antes del primer norte. El heno ya se está pudriendo por debajo. Y una tormenta fuerte le va a enterrar esas puertas.
Me molestó que un desconocido pudiera ver, en unos segundos, problemas que yo llevaba meses intentando resolver con las manos y el dinero que tenía.
—¿Y qué quiere a cambio de anunciar desgracias?
Bajó la vista hacia Lucía. La niña mordía una esquina de su manta.
—Leche para ella. Comida para el niño. Un lugar donde no entre el viento. Después decide si mis manos sirven.
Tomé a la bebé. Pesaba menos de lo que esperaba.
—Primero la leche —dije—. Sus pronósticos pueden esperar hasta mañana.
Aquella noche, Mateo comió caldo, frijoles y tortillas tan rápido que tuve miedo de que se enfermara. Cuando creyó que nadie lo veía, escondió una tortilla bajo su camisa. Dejé otras dos junto a su plato. No hizo falta preguntarle dónde había aprendido a guardar comida.
Julián intentó darle leche a Lucía, pero le temblaban las manos y derramó un poco. Sostuve la taza desde abajo.
—Despacio. Lleva demasiado tiempo con el estómago vacío.
Más tarde abrí una habitación que había permanecido cerrada durante tres años. Adentro seguía la cuna que Ignacio dejó sin terminar cuando todavía creíamos que tendríamos hijos. Nadie la había tocado desde su muerte. Esa noche acosté allí a Lucía.
A la mañana siguiente, Julián ya estaba en el patio. Había colgado tiras de tela para observar el viento y abierto una zanja junto a la tubería.
—Los sauces protegen de las ráfagas de primavera —me dijo—, pero el norte de invierno llega desde otro ángulo.
—Ignacio plantó esos árboles.
Julián miró hacia ellos.
—No se equivocó. Hizo lo que necesitaba el rancho entonces. Ahora necesita otra cosa.
Yo había esperado que criticara a mi esposo. No lo hizo. Tampoco fingió que, por respeto a su memoria, debíamos dejar el establo expuesto.
Le di siete días.
Al tercero apareció Leandro Salgado, dueño del rancho más grande de la región. Desde la muerte de Ignacio intentaba comprar La Noria a precio de ruina. Sabía por qué yo me negaba: el manantial que nacía en mi tierra seguía alimentando los potreros cuando los demás se secaban.
Leandro encontró a Julián levantando el heno sobre una plataforma de madera y tejiendo una barrera de sauces a once metros del establo. Golpeó uno de los postes con la bota.
—Esa pared va a atrapar nieve y enterrar las puertas.
—Si estuviera más cerca, sí —respondió Julián.
Leandro soltó una risa.
—¿Desde cuándo un vagabundo es ingeniero?
—Desde que trabaja mientras otros vienen a hablar —dije.
La sonrisa de Leandro desapareció. Me recordó que, en invierno, el camino que cruzaba sus tierras era el único paso por donde podía llegar un carro cargado de alimento.
—Entonces hablaremos de un precio justo —le respondí.
—No quiero dinero. Quiero la mitad de los derechos del manantial.
—No.
Montó sin despedirse. Antes de marcharse, miró a Julián.
—La nieve demostrará cuál de los dos está fingiendo saber lo que hace.
Al día siguiente llegó una ráfaga que pareció darle la razón. Julián había tejido la barrera demasiado cerrada. El viento subió por encima, cayó detrás con más fuerza y arrancó un panel. La nieve empezó a juntarse hacia el establo. Dos peones de Leandro se detuvieron en el camino para reírse.
Julián examinó las tiras de tela que había colgado.
—Me equivoqué.
Tomó una herramienta y cortó una parte de las ramas. Yo le señalé cómo cambiaba la dirección del viento entre los sauces.
—Entretéjalas en diagonal —le dije—. Que el aire se divida.
Trabajamos juntos hasta que oscureció. En la siguiente ráfaga, la barrera dejó pasar el viento por sus huecos. La nieve cayó más lejos de las puertas.
—Un muro que quiere vencer al viento termina convertido en otro peligro —dijo Julián.
—Entonces le enseñaremos por dónde pasar.
Esa noche, cuando fui a cerrar el establo, encontré a Mateo arrodillado junto a la base del panel reparado. Había puesto una ramita de pie en la nieve y observaba cómo se formaba un pequeño montón detrás.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Quiero saber dónde va a caer cuando venga mucha.
Miré la ramita. Después miré la puerta del establo.
Mateo, que todavía guardaba pan por miedo a pasar hambre al día siguiente, había empezado a pensar en cómo proteger el lugar donde vivíamos.
No supe entonces cuánto íbamos a necesitar aquella pregunta.
PARTE 2: EL PRECIO DEL CAMINO
En las semanas siguientes, La Noria cambió sin que ninguno de nosotros pudiera señalar un solo día como el principio.
Julián enterró la tubería del pozo y le añadió una válvula para vaciar la parte expuesta durante las noches más frías. Subió el heno sobre tablas separadas para que circulara el aire. Reforzó los marcos del establo y dejó una salida estrecha por el extremo menos expuesto al viento. Mateo lo seguía con un cordel de medir y anunciaba cada distancia como si estuviera dirigiendo la obra.
Yo llevaba las cuentas, cuidaba el manantial y decidía cuánto podíamos gastar sin quedarnos sin grano. Julián me mostraba sus dibujos antes de cortar madera. A veces yo encontraba un problema que él no había visto; otras, él conseguía reparar algo que yo ya había dado por perdido.
En la casa, Lucía empezó a estirar los brazos cuando escuchaba mis botas. Mateo dejó una tortilla sobre la mesa una noche y, por la mañana, comprobó que seguía allí. No volvió a esconder comida.
Una tarde me preguntó por qué no tenía hijos. Estaba limpiando frijoles y tardé demasiado en contestar.
—Hay habitaciones que se construyen y nunca se llenan.
Miró hacia donde dormía su hermana.
—Esa ya se llenó.
Tuve que bajar la cabeza. Julián entró en ese momento con leña y vio mi cara, pero se limitó a dejar los troncos junto a la estufa.
Tres semanas después de su llegada, el inspector Ramiro Castañeda vino a revisar las preparaciones para el invierno. Pidió registros de temperatura, leña, humedad, agua y alimento. Yo tenía las cuentas de siempre; Julián había empezado a anotar, mañana y noche, cuánto bajaba la temperatura dentro del establo y en qué parte de la barrera se acumulaba nieve.
—No confío en inventos —dijo Castañeda.
—No debería —respondió Julián—. No hasta que funcionen.
El inspector revisó el heno seco y los marcos reforzados. Cuando probó la tubería, encontró congelada una unión exterior.
Julián golpeó la pared con la palma de la mano.
—Fallé.
Le di un rollo de lana para aislar la conexión y le pedí que abriera la válvula antes de volver a probarla.
—Prometió arreglar el rancho —le dije—. Nunca prometió adivinar todo al primer intento.
Castañeda anotó el defecto y también la corrección. Antes de irse, se quedó mirando la barrera.
—¿Tienen suficiente gente para mantenerla despejada si nieva varios días?
—Tenemos un plan —dije.
Era verdad solo a medias. Habíamos reservado palas, cuerda, leña y comida. Julián había marcado una ruta entre la casa, el pozo y el establo con estacas altas. Pero si la tormenta duraba demasiado, necesitaríamos el camino de Leandro para traer más alimento.
Por eso fui a verlo antes de que cayera la primera nevada.
Me recibió en el patio de su rancho. Bruno Salgado estaba allí, descargando sacos de un carro. Había oído sus burlas desde el camino el día que falló la barrera, aunque no se había acercado a participar. Cuando mencioné a Julián, dejó de descargar.
Le ofrecí a Leandro pagar el paso de un carro por su camino si el nuestro quedaba cerrado. Le dije cuánto y cuándo. Él ni siquiera miró las monedas que había llevado para mostrarle que hablaba en serio.
—Ya conoce mi precio.
—El agua del manantial no está en venta.
—Entonces rece para que ese hombre suyo sepa fabricar alimento además de cercas.
Bruno soltó una breve risa. Leandro le hizo una seña y él volvió a los sacos.
De regreso encontré a Julián reparando la carreta. Le conté lo ocurrido. Me escuchó sin interrumpirme y luego señaló nuestro inventario.
—Podemos guardar parte del alimento junto al establo y cubrir otro montón cerca de la casa. Si un techo queda bloqueado, tendremos el otro.
—Eso nos dará unos días.
—Unos días pueden alcanzar.
No dijo que Leandro acabaría cediendo. Tampoco me prometió que la tormenta sería corta.
Durante la siguiente semana trabajamos hasta que nos dolieron las manos. La conexión de la tubería dejó de congelarse. Probamos las puertas con nieve amontonada contra el marco y vimos que la salida del extremo opuesto todavía podía abrirse. Colocamos agua en recipientes protegidos dentro del establo y apartamos leña seca cerca de la estufa.
Yo seguía pensando en el camino.
Una mañana encontré a Bruno junto al alambrado, observando el panel que habíamos corregido. Creí que venía a repetir la burla de Leandro. En cambio, me preguntó cuánto tiempo tardábamos en despejar la entrada del establo después de una ráfaga fuerte.
—Depende de dónde caiga la nieve —respondí.
—Leandro dice que no llegarán ni al segundo día.
—Leandro no ha entrado a ver lo que guardamos.
Bruno miró las estacas altas que marcaban nuestro paso al pozo.
—También dice que, cuando necesiten su camino, aceptará cualquier cosa que les pida.
—Entonces se llevará una sorpresa.
No sonrió. Se fue sin añadir nada.
Aquella tarde le conté la conversación a Julián. Mateo estaba a nuestro lado, enrollando una cuerda.
—¿Y si tiene razón? —preguntó el niño.
No supe si hablaba de la tormenta o de lo que Leandro podría exigirnos. Julián se agachó frente a él.
—Nos preparamos para que nadie tenga que decidir por hambre.
Mateo apretó la cuerda entre los dedos.
—Pero todavía puede nevar más de lo que pensamos.
—Sí —dijo Julián.
Agradecí que no le mintiera.
El primer norte llegó dos días después. Entró al anochecer y golpeó las ventanas durante horas. Al amanecer, la barrera seguía en pie. El establo conservaba el calor. Mateo corrió a contar las reses y volvió satisfecho: dieciocho, todas de pie.
Salí al patio con Julián. Desde allí alcanzábamos a ver la loma por donde pasaba el camino de Leandro. Ya había nieve cruzada sobre las rodadas.
—Aún puede pasar un carro —dije.
Julián observó el cielo sobre la sierra.
—Hoy, sí.
Al mediodía empezó a nevar otra vez. Para la noche, las estacas eran lo único que sobresalía entre la casa y el establo. Intentamos abrir un paso hacia la loma, pero el viento lo llenó antes de que termináramos.
Fue entonces cuando comprendí lo que significaba de verdad la oferta de Leandro: había contado con que yo esperara hasta no tener otra salida.
Y la tormenta apenas llevaba un día.

PARTE 3: UN HOMBRE EN LA NIEVE
La segunda mañana, Mateo encontró una falla que ninguno de nosotros había visto. En un extremo de la barrera, la nieve caía cada vez más cerca del corredor del establo.
—El viento gira allí —dijo, señalando dos estacas casi enterradas.
Julián fue a comprobarlo. El panel aguantaba, pero una rama larga se había doblado y estaba cerrando los huecos que dejaban pasar el aire. La cortó. La nieve volvió a caer más lejos de la puerta.
Mateo me miró con una seriedad que no correspondía a sus ocho años.
—Si se tapa otra vez, ¿quién va a verlo?
—Nosotros —le dije—. Por turnos.
El frío hizo el trabajo más lento. Había que mover agua, revisar la válvula y quitar nieve de la salida mientras todavía podíamos abrirla. Dentro del establo, una vaca preñada dejó de comer con la misma regularidad. Julián calculó que podía parir antes de que acabara la tormenta.
Esa noche, mientras Mateo dormía junto a su hermana, le confesé a Julián que había pensado en firmar el acuerdo de Leandro si el alimento llegaba a faltar.
Él no apartó la vista de la estufa.
—El manantial es suyo.
—Si las reses mueren, no habrá rancho que pueda mantener.
—Todavía tenemos alimento.
—Todavía.
Julián se quedó callado. Al rato sacó de su bolsillo la lista que había hecho el día después de llegar. El papel estaba gastado en los dobleces.
—Entonces seguimos resolviendo lo que tenemos enfrente —dijo—. Cuando el problema sea otro, decidiremos con lo que sepamos ese día.
Pensé en su primera noche en La Noria: él derramando leche porque apenas podía sostener la taza. Ahora hablaba de quedarse a enfrentar una tormenta que podía costarnos todo.
—Pudo irse antes de que llegara el norte —le dije.
—Lo sé.
No añadió ninguna promesa. Se levantó a revisar la estufa, y yo entendí que su respuesta estaba en las tareas que llevaba semanas haciendo.
Durante el tercer día, el viento casi no nos dejó salir. La barrera funcionaba, pero el paso al pozo empezó a estrecharse. Usamos el agua que habíamos almacenado y medimos cada cubeta. No quería que los animales pagaran por nuestros cálculos, pero tampoco podía desperdiciar una gota.
Cerca del atardecer vimos una forma oscura entre dos estacas.
Al principio creí que era una rama desprendida. Después se movió.
Julián y yo salimos atados a una cuerda fijada al poste de la entrada. Encontramos a Bruno de rodillas, con las manos tan frías que no podía agarrarse a nosotros. Había intentado cruzar desde el camino de Leandro y se había perdido cuando desaparecieron las rodadas.
Lo llevamos al establo porque estaba más cerca y allí ardía la estufa. Mientras Julián le quitaba las prendas mojadas, yo le froté las manos con una tela seca. Bruno abría los ojos unos segundos y volvía a cerrarlos.
—¿Por qué vino? —le pregunté cuando pudo hablar.
Miró hacia Mateo, que sostenía a Lucía lejos de la puerta.
—Vi que el camino se cerró.
—Nosotros también.
—Leandro cree que irán a buscarlo cuando se les acabe el alimento.
Sentí que Julián se detenía a mi lado. Bruno tragó saliva.
—Yo vine porque el paso que usamos para mover los carros ya no se ve. Si salen por allí, terminarán en el bajo. La nieve está honda.
Había arriesgado la vida para advertirnos, y casi había acabado atrapado en el mismo lugar del que se había burlado semanas antes. Me costó encontrar qué decirle.
—Puede quedarse junto a la estufa —respondí.
Bruno asintió. Después señaló la entrada del establo.
—Al venir vi que el panel del lado de la loma se movía.
Julián fue hasta la puerta y entreabrió apenas. Desde adentro vimos cómo la parte superior de la barrera se inclinaba bajo una carga nueva de nieve.
Bruno había tenido razón.
Reforzamos lo que pudimos sin salir: preparé ramas cortadas, Julián buscó cuerda y Mateo puso una pala junto a la entrada. Pero la inclinación empeoró durante la noche. Cada golpe de viento levantaba polvo blanco por encima del muro. La nieve empezó a depositarse en el lugar que Mateo había señalado el día anterior.
A medianoche, la vaca comenzó a pujar.
Mateo quería quedarse a ayudar, aunque le temblaba la voz. Le encargué que cuidara a Lucía y mantuviera despejado el espacio junto a la vaca. Yo atendí al animal mientras Julián vigilaba la puerta. El becerro tardó en acomodarse; tuve que arrodillarme en la paja y trabajar con las manos heladas hasta sentir que avanzaba.
Cuando por fin nació, Mateo soltó una risa corta. Se le apagó al escuchar el golpe afuera.
Una de las ramas principales se había vencido.
Julián abrió la salida del extremo opuesto para mirar la barrera desde otro ángulo. Yo sostenía al becerro, todavía húmedo, mientras su madre empezaba a lamerlo.
—Tenemos que repararla antes de que el viento cambie —dijo al volver—. Si el panel cae sobre el siguiente, se nos cerrará el corredor.
—Esperemos a que amanezca.
Señaló la nieve que ya alcanzaba la parte baja de una puerta.
—Para entonces tal vez no podamos abrirla.
Apreté al becerro contra la paja seca. Había pasado semanas creyendo que la amenaza principal era el camino de Leandro. Pero el rancho podía quedar aislado aunque aquel hombre abriera todas sus puertas.
Y para mantener vivo lo que teníamos dentro, uno de nosotros debía salir a la tormenta.
PARTE 4: LO QUE NO PODÍA SOLTAR
Julián quiso llevarse todas las ramas de una vez. Le dije que no: el peso le dificultaría moverse, y si necesitaba regresar no podría hacerlo rápido. Atamos paquetes pequeños y los dejamos junto a la entrada.
También revisé la cuerda que usaría. Pasaba por un aro de metal fijado al poste, cruzaba el corredor y llegaba hasta su cintura. Julián tiró con fuerza para probarla.
—Dos veces cuando asegure cada tramo —dijo—. Si necesito que recoja cuerda, tres.
Mateo escuchaba detrás de nosotros. Le pedí que se quedara con Lucía y Bruno. La vaca acababa de parir; si el becerro se apartaba demasiado, debía acercarlo a su madre sin ponerse detrás de ella.
—Puedo ayudar con la cuerda —dijo.
—Me ayudas manteniendo despejada la puerta.
No discutió, aunque vi que habría preferido venir con nosotros.
Julián salió. La nieve lo borró casi de inmediato.
Sentí los primeros dos tirones poco después. Recogí el tramo sobrante para que no se enredara bajo mis botas. Al cabo de unos minutos llegó otra señal. Un golpe de viento abrió la puerta unos centímetros y tuve que apoyarme contra ella con el hombro.
Entonces la cuerda dejó de moverse.
Tiré una vez. Nada.
Volví a tirar. El extremo vino hacia mí con una facilidad que me heló el pecho.
—¿Ya viene mi papá? —preguntó Mateo.
Miré la punta. La cuerda no había cedido por el nudo de su cintura. Se había abierto más cerca de nosotros, donde rozaba el aro de metal. La fibra estaba gastada y rígida de hielo. La había revisado antes de atársela, pero no había visto aquel desgaste dentro del aro.
Podía estar herido. Podía estar buscando a tientas el camino de vuelta. Lo único que sabía era que ya no tenía una guía.
—Todavía no lo veo —respondí.
Bruno intentó incorporarse. Apenas podía sostener la cabeza.
—Yo salgo.
—Usted se queda aquí.
Busqué la cuerda de reserva. Era más corta. La até directamente al poste, sin pasarla por el aro, y probé el nudo tres veces. Dejé el otro extremo en manos de Mateo.
—Voy a seguir la barrera. No abras la puerta más de lo necesario. Si doy dos tirones, recoge. Si doy tres, necesito espacio para moverme.
Mateo miró la cuerda rota en el suelo.
—¿Y si tampoco alcanza?
—Entonces vuelvo hasta el poste y atamos otra.
Dije la verdad. No podía prometerle que encontraría a su padre, pero sí podía explicarle cada paso que daría.
Antes de salir, Bruno alzó una mano.
—El panel caído está cerca del extremo que mira a la loma. Vi una sombra detrás cuando venía hacia acá. Pensé que era una rama.
Julián había ido precisamente hacia ese extremo.
El viento me golpeó de lado apenas crucé la puerta. Mantuve una mano sobre la barrera y avancé contando postes. El primero estaba firme. En el segundo, la nieve me llegó por encima de las rodillas. Más adelante encontré las ramas nuevas que Julián había colocado, bien sujetas en diagonal.
Había alcanzado a reparar parte del daño.
Grité su nombre. El viento me devolvió mi propia voz, rota. Seguí hasta el siguiente poste. Allí la barrera se hundía hacia afuera y una rama gruesa yacía bajo la nieve. No vi a Julián.
Pensé en tirar de la cuerda para que Mateo recogiera. Entonces noté una marca oscura en la superficie blanca: la manga de Julián.
Estaba tendido del otro lado de la rama, con una pierna atrapada bajo el panel. Tenía los ojos abiertos.
—Estoy aquí —le dije, aunque él me estaba mirando.
Intentó incorporarse y soltó el aire entre los dientes.
—No muevas el poste. Si cae, se lleva el tramo entero.
La nieve se acumulaba contra su espalda. Tenía las manos ocupadas sosteniendo una de las ramas para que no empujara las otras. La cuerda rota seguía atada a su cintura; su extremo desaparecía bajo la nieve.
Liberarlo requería levantar la madera, pero si soltábamos la barrera el viento entraría directo al corredor.
Le pedí que me dijera dónde había fijado las ramas nuevas. Julián señaló con la barbilla un amarre a su izquierda.
—Esa puede aguantar unos momentos si sujetas el extremo de abajo.
Saqué la cuerda corta que llevaba enrollada al hombro. La pasé alrededor del panel y de un poste firme. Anudé como él me había enseñado al reparar la primera barrera, semanas atrás. Al tensarla, las ramas dejaron de caer sobre su pierna.
—Ahora sí —dije.
Julián soltó la madera. Entre los dos levantamos lo suficiente para que sacara la pierna. Apenas pudo apoyar el pie. Mi cuerda hacia el establo se tensó: habíamos llegado casi a su límite.
Di tres tirones.
Del otro lado, Mateo dejó correr un poco más. Había entendido que necesitábamos espacio, aunque no podía vernos.
Empezamos a volver. Julián se apoyaba en mí, y yo seguía el borde de la barrera con una mano. Detrás, el amarre provisional crujió. Miré por encima del hombro: el panel aguantaba, pero la nieve seguía subiendo.
—Se va a soltar —dijo Julián.
—Primero entramos.
Dimos unos pasos más. El viento cambió de dirección y golpeó la barrera por el lado contrario. Oí romperse una rama. Julián se detuvo.
—Si cae, tapa la puerta antes de que terminemos de pasar.
Tenía razón. Desde allí ya distinguía la luz débil del establo, pero una línea de nieve avanzaba hacia su entrada.
La cuerda que nos guiaba estaba al límite. Julián no podía correr. Yo tenía que decidir si seguíamos hacia la puerta o si regresaba sola a asegurar el panel que acabábamos de dejar atrás.
PARTE 5: POR DÓNDE PASA EL VIENTO
Miré el poste que Julián había señalado. Recordé la primera barrera que construyó, demasiado cerrada, y la forma en que el aire la había convertido en un peligro. El panel dañado no necesitaba quedar rígido como antes. Necesitaba abrir un paso para que la ráfaga dejara de empujarlo hacia el establo.
—Dame la herramienta —le dije.
Julián me sostuvo la mirada un instante. Después sacó de su cinturón el cuchillo con que había cortado las ramas durante toda la tarde.
—La atadura de arriba —dijo—. La de abajo sostiene el poste.
Le indiqué que continuara hacia la luz siguiendo mi cuerda. Protestó, pero podía ver cuánto le costaba mantenerse de pie.
—Mateo te está esperando —le dije.
Regresé al panel. Corté la atadura superior y aparté dos ramas atravesadas. El aire pasó por el hueco con tal fuerza que tuve que agarrarme del poste. La madera dejó de empujar hacia la puerta. Una parte de la nieve cayó al otro lado de la barrera, lejos del corredor.
Corté una rama más. Esperé una ráfaga. El panel se movió, pero no se venció.
Entonces oí a Mateo llamarnos desde el establo.
Respondí y seguí la cuerda hacia él. Encontré a Julián a unos pasos de la entrada, avanzando con dificultad. Alcanzamos la puerta juntos. Mateo y Bruno tiraron desde adentro lo suficiente para que pasáramos, y entre los cuatro conseguimos cerrarla.
Mateo se abrazó a la cintura de su padre con cuidado de no tocarle la pierna. Lucía empezó a llorar al vernos cubiertos de nieve. Bruno, pálido junto a la estufa, sostuvo la cuerda hasta que le dije que podía soltarla.
Nos quedamos escuchando.
El viento seguía golpeando el techo. Esperé el crujido del panel, el golpe contra la puerta, cualquier señal de que mi corte había empeorado las cosas. No llegó. Por la rendija vimos nieve cruzar más allá del corredor.
Julián se sentó y me dejó examinarle la pierna. Estaba hinchada, pero podía mover el pie. Le entablillé el tobillo con dos piezas de madera y le acerqué una taza de agua tibia. Mientras bebía, señaló la cuerda rota.
—¿Fue el aro?
Asentí.
—No vi cómo la estaba gastando.
—Yo tampoco.
Mateo recogió los dos extremos y los dejó sobre un banco. Nadie dijo que había sido poca cosa. Si la cuerda se hubiera roto un poco antes, Julián quizá no habría alcanzado a sujetar el panel. Si yo hubiera salido sin otra guía, Mateo habría tenido que esperarnos sin saber dónde buscar.
Aún nos faltaba pasar la noche.
La vaca se levantó para dejar mamar al becerro. Lucía se durmió contra mi pecho. Bruno pidió una pala; le dije que primero recuperara el calor en las manos. Cuando pudo sostenerla, despejó junto con Mateo la nieve que se filtraba por debajo de la puerta. Julián, sentado cerca de la estufa, nos indicó qué unión de la barrera debíamos vigilar desde la rendija.
Al amanecer del quinto día, la tormenta aflojó.
No salió el sol de inmediato. La nieve seguía cayendo, fina y lenta, pero ya podía verse desde la casa hasta el establo. La barrera estaba torcida en un extremo. El tramo que habíamos abierto dejaba pasar el aire y había evitado que el corredor quedara sepultado. La salida del otro lado seguía libre.
Conté las reses antes de hacer cualquier otra cosa.
Dieciocho.
El becerro, todavía inseguro sobre las patas, buscaba a su madre. Mateo lo observaba con Lucía en brazos. Cuando levantó la mirada hacia mí, no preguntó si conservaríamos el rancho. Había esperado allí durante cuatro noches y ahora podía ver, animal por animal, qué habíamos conseguido proteger.
Dos días después, cuando el camino volvió a abrirse, Leandro llegó a La Noria. Traía un carro con alimento. Se detuvo frente al establo y vio a Bruno trabajando despacio junto a la puerta.
—Pensé que necesitarían esto —dijo.
Miré los sacos. Los nuestros estaban bajos; pronto habría hecho falta reponerlos. Le pregunté el precio de la carga y del paso por su camino.
Leandro desvió la vista hacia el manantial.
—Podemos hablarlo adentro.
—Podemos hablarlo aquí. Pagaré por el alimento y por usar el camino. Los derechos del agua no forman parte del trato.
Durante un momento no contestó. Había venido preparado para una necesidad más urgente. Bruno dejó la pala apoyada contra la pared y permaneció a mi lado. Julián salió del establo con ayuda de Mateo; caminaba despacio, pero se sostuvo por sí mismo.
Leandro miró la barrera dañada.
—No quedó muy bonita.
—Había una rama cerrando el paso del viento —respondí—. La abrimos antes de que enterrara la puerta.
Él observó el corredor libre, las reses detrás de nosotros y el becerro que apenas aprendía a seguir a su madre. Después dijo un precio por los sacos. Lo discutimos hasta acordar uno que yo podía pagar. Le pedí que lo anotara antes de descargar el carro.
No hubo disculpas. Tampoco volví a necesitarlas para saber qué valía mi respuesta.
Castañeda regresó cuando fue posible cruzar la loma. Revisó el ganado, el agua y el heno que quedaba seco. Anotó el panel roto y me preguntó qué habíamos hecho cuando el viento cambió. Mateo quiso enseñarle, con una ramita clavada en la nieve, dónde se formaba el montón peligroso. El inspector lo escuchó con atención.
Durante las semanas siguientes reparamos la barrera. Julián no podía cargar peso todavía, así que trazó los ajustes sentado a una mesa. Yo corté y coloqué las ramas con Mateo y Bruno. Esta vez revisamos también el aro de metal y cambiamos la forma de pasar las cuerdas.
Una tarde encontré a Julián en la habitación de la cuna. Estaba terminando de lijar uno de sus barrotes, que Ignacio había dejado áspero. Lucía dormía cerca, ajena al ruido suave de la herramienta. Me quedé en la puerta.
—No sabía si quería que la tocara —dijo Julián.
—Ignacio la construyó para que alguien durmiera allí.
Dejó la lija y pasó la mano por la madera. Yo me acerqué a comprobar que el barrote había quedado liso. Entre los dos volvimos a colocar la manta de Lucía.
Esa noche, Mateo dejó una tortilla junto a su plato antes de irse a dormir. A la mañana siguiente seguía en la mesa. Se la comió mientras Julián le explicaba un dibujo para el establo y Lucía golpeaba una cuchara contra la taza.
Salí al patio con mi libreta. Desde allí vi el manantial, las puertas despejadas y la barrera que habíamos tenido que abrir para que resistiera. La Noria necesitaría más reparaciones. Yo ya tenía una lista.
Cuando regresé por el martillo, Mateo me preguntó si podía ayudar.
—Claro —le dije—. Aquí hay trabajo para todos.
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