Ella amamantó al bebé hambriento y abandonado del Rey Vampiro — él llegó justo cuando ella estaba a
PARTE 1
La noche en que Jimena Rojas encontró al bebé, la lluvia caía con tanta fuerza sobre la Ciudad de México que parecía querer borrar las calles.
Ella acababa de terminar un turno doble en un pequeño club de jazz. Le dolían los pies, tenía el uniforme manchado y solo pensaba en regresar al departamento donde la esperaban su hija Sofía y su madre enferma.
Cuando salió a tirar la basura, escuchó un llanto detrás de unos cajones abandonados.
No era un gato.
Era el sonido débil y desesperado de un bebé.
Jimena iluminó el callejón con su teléfono y encontró un pequeño bulto envuelto en seda negra. El niño tenía la piel helada, los labios azulados y apenas respiraba.
—¿Quién pudo dejarte aquí? —susurró, levantándolo.
Intentó llamar a una ambulancia, pero el bebé abrió los ojos.
Eran de un extraño color plateado, atravesado por destellos rojizos.
El niño giró la cabeza hacia el pecho de Jimena y comenzó a llorar con una fuerza que parecía imposible. Ella todavía amamantaba a Sofía y comprendió que aquel bebé se estaba muriendo de hambre.
El hospital se encontraba lejos. El pequeño quizá no resistiría.
Movida por un impulso maternal, Jimena se refugió bajo un techo y lo alimentó.
El dolor fue inmediato.
El bebé succionaba con una intensidad extraña, como si no solo extrajera leche, sino también el calor de su cuerpo. Jimena comenzó a marearse. Aun así, no lo apartó.
Poco a poco, el color volvió al rostro del niño. Sus labios dejaron de estar azules y su respiración se hizo más profunda.
Cuando terminó, una pequeña gota de sangre apareció en su boca.
Jimena miró la herida de su propia piel.
Se estaba cerrando sola.
—¿Qué eres? —preguntó aterrorizada.
Envolvió al bebé y se dirigió hacia la avenida. Sin embargo, las luces del callejón parpadearon y se apagaron.
Una figura apareció frente a ella.
Era un hombre alto, vestido con un abrigo oscuro. Su piel era tan pálida como la del niño y sus ojos grises ocultaban destellos carmesí.
—Entrégamelo —ordenó.
Jimena abrazó al bebé con más fuerza.
—Lo encontré abandonado. Estaba muriéndose.
—Lo sé.
El desconocido dio un paso adelante. El aire se volvió frío a su alrededor.
El bebé extendió una mano hacia él.
—¿Es su padre? —preguntó Jimena.
El hombre no respondió inmediatamente. Se acercó, percibió el olor del niño y después fijó la mirada en Jimena.
—Tú lo alimentaste.
—Le salvé la vida.
El hombre tomó al pequeño con una delicadeza inesperada.
—Se llama Orión —dijo—. Y yo soy Damián de la Torre.
Jimena reconoció el nombre. Damián era uno de los empresarios más poderosos de la ciudad, dueño de hospitales, bancos y edificios enteros. También circulaban rumores sobre personas que desaparecían después de enfrentarse con él.
Jimena retrocedió.
—Ya tiene a su hijo. Yo me voy.
Intentó avanzar, pero una camioneta negra bloqueó la salida. Varios hombres descendieron del vehículo.
—Esto es un secuestro —dijo ella.
—Es protección —respondió Damián—. Quienes robaron a Orión saben que lo encontraste. Ahora llevas su aroma y vendrán por ti.
Jimena pensó en Sofía y en su madre.
—Tengo una familia.
—Vendrán también.
Damián se aproximó con Orión en brazos. El bebé lloró y volvió a extender las manos hacia Jimena.
—Es un dampiro —explicó él—. Hijo de un vampiro y una mujer humana. Rechazó todos los alimentos durante días. Solo te aceptó a ti.
—Eso no es mi problema.
La expresión de Damián se endureció.
—Desde el momento en que lo alimentaste, se creó un vínculo. Si te alejas, Orión volverá a debilitarse.
Jimena sintió que la sangre se le helaba.
Damián inclinó el rostro hacia ella y pronunció la verdad que cambiaría su vida:
—Ahora eres la única persona capaz de mantener vivo a mi hijo. Y no permitiré que te marches.
PARTE 2
Jimena miró la camioneta blindada y luego al bebé que lloraba en brazos de Damián.
—Mi hija viene conmigo —dijo—. Y también mi madre.
—Hecho.
Damián prometió pagar el tratamiento renal de Marta, la madre de Jimena, y proteger a Sofía. A cambio, Jimena debía alimentar a Orión hasta que encontraran otra solución.
Ella aceptó porque no tenía una verdadera elección.
Poco después, un grupo de hombres entró silenciosamente en su viejo edificio. Trasladaron a Marta con su equipo médico y cargaron a Sofía sin despertarla.
Damián llevó a las tres mujeres a su residencia, un penthouse fortificado situado en lo alto de una torre de cristal.
Jimena nunca había visto semejante lujo. Había habitaciones médicas, guardias armados y pasillos de mármol oscuro. Sin embargo, el lugar parecía más una prisión que un hogar.
Beatriz Elizondo, la administradora de la residencia, recibió a Jimena con desprecio.
—¿Esta humana será la proveedora?
Intentó tomar a Orión, pero el niño gritó con tal fuerza que los cristales vibraron. Las sombras de la habitación parecieron moverse alrededor de él.
Jimena lo tomó nuevamente.
—Nadie va a separarte de mí —susurró.
Orión dejó de llorar de inmediato.
Damián observó la escena.
—El vínculo es más profundo de lo que imaginaba.
Aquella noche, el bebé volvió a alimentarse. Esta vez extrajo tanta energía que Jimena estuvo a punto de perder el conocimiento.
Damián se mordió la muñeca y le dio unas gotas de su propia sangre para salvarla.
La reacción fue inmediata.
El frío desapareció. Los sentidos de Jimena se agudizaron y una fuerza eléctrica recorrió su cuerpo. Podía escuchar el corazón de su madre desde otra habitación y distinguir los sonidos de la ciudad a decenas de pisos de distancia.
—El efecto será temporal —le explicó Damián—. Pero ahora también estás vinculada conmigo.
Al día siguiente recibieron noticias sobre Cintia, la madre de Orión.
Había sido secuestrada por don Valerio, un vampiro rival que consideraba al niño una abominación. Sus hombres habían intentado experimentar con el bebé, pero al descubrir que no podían alimentarlo lo abandonaron en el callejón.
—Valerio quiere destruir mi linaje —dijo Damián—. Si atacamos directamente, matará a Cintia.
Su plan consistía en asistir a una gala organizada por el enemigo. Jimena iría a su lado. El olor de Orión y la sangre de Damián en ella convencerían a Valerio de que una nueva mujer había ocupado el lugar de Cintia.
Mientras todos observaban a Jimena, los hombres de Damián buscarían a la prisionera.
—Quiere utilizarme como carnada.
—Como distracción.
—Es lo mismo.
Jimena aceptó solo después de comprobar que Sofía y Marta permanecerían protegidas.
Esa noche entró en un antiguo teatro vestida con terciopelo azul. Cientos de vampiros guardaron silencio al verla del brazo de Damián.
Don Valerio apareció entre la multitud. Era elegante, sonriente y cruel.
Se acercó a Jimena e inhaló su aroma.
—Hueles al heredero —dijo—. Y también a Damián.
—Ella pertenece a mi casa —respondió Damián.
Valerio intentó provocar una reacción. Insinuó que Cintia ya no era importante y preguntó qué había ocurrido con la madre del niño.
Jimena percibió un detalle: cuando mencionaron una bodega del norte, Valerio tensó los dedos sobre su bastón.
Damián también lo notó.
Abandonaron la gala y enviaron inmediatamente a su equipo hacia una zona industrial de Tlalnepantla.
Valerio había comprendido la trampa. Un grupo de atacantes armados con luces ultravioletas interceptó a Damián y Jimena.
Damián se colocó frente a ella, pero Jimena ya sentía la fuerza de su sangre en las venas. El mundo pareció ralentizarse. Esquivó a uno de los atacantes y utilizó su gas pimienta para desorientarlo.
Damián acabó con el resto.
—Definitivamente ya no eres solo una mesera —dijo.
Llegaron a la bodega y encontraron señales de una lucha. Las instalaciones estaban llenas de equipos médicos, recipientes de sangre y documentos sobre experimentos con híbridos.
Jimena sintió un tirón en el pecho.
—Cintia está aquí.
Siguió aquella sensación hasta un contenedor oxidado.
Damián arrancó las puertas.
Dentro encontraron a una mujer conectada a máquinas. Estaba extremadamente débil. Valerio había pasado semanas extrayendo su sangre y estudiando la anomalía genética que había permitido el nacimiento de Orión.
Damián se arrodilló junto a ella y le ofreció su sangre.
Cintia negó con la cabeza.
—Es demasiado tarde.
Entonces vio a Jimena.
Sus ojos se abrieron con sorpresa.
—Tú lo alimentaste.
Jimena tomó su mano.
—Lo encontré bajo la lluvia.
Cintia sonrió débilmente.
—Creímos que la profecía hablaba de la mujer que daría a luz al heredero. Nos equivocamos.
Miró a Damián.
—Yo solo debía traerlo al mundo. Ella es el ancla que lo mantendrá vivo.
Las máquinas comenzaron a emitir una alarma.
Cintia apretó la mano de Jimena.
—Prométeme que amarás a Orión. No permitas que la oscuridad de su padre sea lo único que conozca.
Las lágrimas rodaron por el rostro de Jimena.
—Lo protegeré como si fuera mío.
Cintia dirigió una última mirada a Damián.
—Ella es la indicada. Tiene tu fuego, pero también posee la humanidad que tú perdiste.
Después exhaló suavemente y cerró los ojos.
Damián permaneció inmóvil. Por primera vez, Jimena vio al hombre detrás del monstruo: un padre que había recuperado a su hijo, pero acababa de perder para siempre a la mujer que lo había traído al mundo.
Él cerró los ojos de Cintia y se levantó.
—Valerio pagará por esto.
Jimena tomó su mano.
—Pero esta noche regresamos con nuestros hijos.
Damián la miró. Ya no vio a una empleada ni a una fuente de alimento. Vio a la mujer que había arriesgado su vida por Orión, por Cintia y por una familia que no le pertenecía.
Salieron bajo la lluvia.
Jimena había entrado en aquel callejón como una mesera agotada que luchaba para cuidar a su hija y a su madre.
Ahora caminaba junto al rey de la noche, unida a él por sangre, peligro y un niño imposible.
La guerra contra Valerio apenas comenzaba.
Pero Orión ya tenía algo que ningún enemigo podía arrebatarle:
Una madre que lo había elegido.