ELLA TRANSPORTABA LOS LOBOS MUERTOS DEL REY, HASTA QUE UNO DE LOS “CUERPOS” LE ALCANZÓ EL CORAZÓN.

Parte 3

Bajo el agua ardiente, el lobo comenzó a transformarse en hombre.

El pelaje negro se desvaneció en la oscuridad.

Las manos llegaban donde las patas no podían.

Kael agarró a Mara por la cintura y la empujó hacia arriba, sujetándola con una desesperación que ningún campo de batalla le había provocado jamás.

Afloraron a la superficie bajo una lluvia de chispas.

La arrastró hasta la orilla helada.

Por un instante, permaneció terriblemente inmóvil.

Entonces tosió.

Había oído trompetas de victoria que significaban menos que aquel único suspiro entrecortado.

“Mara.”

Abrió los ojos.

Un desconocido se arrodilló sobre ella, con los hombros desnudos humeando por el frío.

No, no es del todo un desconocido.

Ella había visto su rostro en una moneda.

Y ella conocía sus ojos.

El muelle ardía a sus espaldas.

—Tú —susurró ella.

Él extendió la mano hacia ella.

Ella se apartó.

“La manta.”

“Mara, te estás congelando.”

“El ciervo. El nombre del soldado.” Le castañeteaban los dientes. “Lo entendiste todo.”

“Sí.”

“Te hablé de Tam.”

Su mano se detuvo a medio camino entre ellos.

“Lo sé.”

“Te hablé de mi padre.”

Había cosas que jamás le había confiado a otra persona.

Se los había entregado a una criatura que, según ella, no podía juzgarla ni traicionarla.

Ahora aquella criatura llevaba una corona que ella no podía ver.

“Nunca quise lastimarte.”

“Pero tú lo sabías.”

Kael inclinó la cabeza.

Detrás de ellos, el último tramo del muelle que quedaba en pie se derrumbó en el agua.

Mara observó cómo desaparecían las chispas.

Ocho años de trabajo.

El pequeño lugar donde por fin se había sentido segura.

Desaparecido.

“¿Quién los envió?”

“Ya lo averiguaré.”

“Te encargarás de ello porque es tu deber.”

Se obligó a incorporarse.

“Pero no vuelvas aquí.”

Sintió el vínculo que los unía, intenso e inconfundible.

Podría haberle puesto nombre.

Podría haberle dicho que el destino los había elegido.

En cambio, miró su manga quemada, sus manos temblorosas, y comprendió que el destino no justificaba lo que había hecho.

—De acuerdo —dijo.

Al amanecer, Mara salió envuelta en dos abrigos remendados.

La cabaña había sobrevivido.

Su libro de contabilidad yacía junto a la chimenea, sus páginas olían a humo.

El muelle y la barcaza habían desaparecido.

Pero los dos soldados estaban en la orilla.

Recuperado.

Envuelto en lino fresco.

Kael se arrodilló junto al segundo cuerpo, vestido con un sencillo abrigo de lana, asegurando cuidadosamente un pliegue.

Mara se detuvo.

“Te dije que te fueras.”

—Sí —dijo, dejando la sábana—. Fenn puede terminar aquí. No me quedaré si me pides que me vaya.

Una lancha real esperaba más allá de las aguas poco profundas.

Fenn estaba de pie junto al timón.

Mara miró a los soldados.

“Tú los trajiste de vuelta.”

“No deberían haberlos dejado en el lago.”

Tenía las manos rojas de frío.

—Eres un rey —dijo ella—. Todo el mundo sabe que los reyes no tocan a los muertos.

Kael levantó al primer soldado.

“Entonces todos tenemos algo que aprender.”

Mara lo observó mientras cargaba el cuerpo con el mismo cuidado con el que ella había cargado a Tam.

Ella lo siguió.

“Por ellos”, dijo.

Kael asintió.

“Por ellos.”

En la travesía, le contó la verdad.

Se había tumbado entre los siete soldados porque quería ver adónde iban los números del Ministerio de Guerra.

Había regresado porque ella lo había atendido.

Entonces, porque ella le había hecho un hueco.

Entonces, porque irse se había convertido en la parte más difícil de cada noche.

—¿La manta? —preguntó, mirando fijamente el agua.

“Adrede.”

“¿El ciervo?”

“Robado de mi cocina.”

A pesar de sí misma, lo miró.

“¿Robaste comida de tu propio palacio?”

“Y ordenó una investigación.”

Fenn estudió el horizonte con una concentración extraordinaria.

Mara no sonrió.

Kael tampoco.

“Convertí en algo deshonesto el lugar más seguro que tenías”, dijo. “Tenías razón en eso”.

Los remos susurraban al atravesar el agua.

“No te pediré que finjas que no importa.”

En Cinder Shore, ayudó a cavar.

Mara leyó los nombres.

Las repitió.

En el viaje de regreso, preguntó: “¿Me enseñarás los demás?”.

“¿Cuáles otros?”

“Este año ha caído. Antes del Día del Recuerdo.”

Ella lo estudió.

“Hay doscientos once.”

“Entonces tengo doscientos once nombres que aprender.”

“Llevará tiempo.”

“Lo sé.”

Tras un largo silencio, abrió el libro de contabilidad manchado de humo.

—Renkel —dijo ella, pronunciando el sonido adecuado.

Lo repitió.

“De nuevo.”

Él obedeció.

Los tres agentes fueron arrestados.

Su testimonio condujo directamente a Sabine.

Kael le retiró la autoridad sobre el transbordador y la sometió a la consideración del consejo. Los hombres que habían provocado el incendio responderían por sus actos.

Envió carpinteros al lago.

Mara los recibió en la orilla.

“¿Quién te dijo cómo construirlo?”

“El rey, señora.”

¿Acaso el rey rema en una barcaza funeraria a través de los vientos cruzados del invierno?

“Que yo sepa, no.”

“Entonces será mejor que me lo preguntes a mí.”

Lo hicieron.

Cuando Kael llegó para su siguiente lección, ella le entregó las medidas revisadas.

Él los leyó.

Luego escribió su aprobación sin cambiar ni una sola línea.

Fue algo sin importancia.

Mara había aprendido a fijarse en los pequeños detalles.

Las lecciones continuaron.

Algunas noches, se encontraban en la cabaña.

Otros, en el muelle sin terminar.

Kael llegó como un hombre.

Él llamó a la puerta.

Él esperó.

Cuando ella se cansó, él se fue.

Cuando ella lo corrigió, él la escuchó.

Una tarde, se topó por cuarta vez con un apellido propio de una zona pantanosa.

Mara cerró los ojos.

“Tú controlas nueve paquetes.”

“Por lo visto, ninguno de ellos me enseñó a hablar.”

La risa se le escapó antes de que pudiera controlarla.

Él levantó la vista.

Señaló el libro de contabilidad.

“No te conformes contigo mismo. Vuelve a empezar.”

Lo hizo.

Más tarde, preguntó por un joven soldado cuya madre le había cosido hilo azul en el puño de la camisa.

Kael lo recordaba.

“Compartía sus raciones con los reclutas más jóvenes.”

“Entonces anótalo.”

“No hay columna para eso.”

“Haz uno.”

Pronto, el libro de contabilidad contenía algo más que nombres.

Un hombre que cantaba mal.

Una hija ahorrando para reparar el techo de su madre.

Un niño que mintió sobre su edad y lloró por su caballo.

Una vez que sus vidas entraron en la habitación, resultaba difícil reducir el número de muertos a cifras.

Una noche, Mara dejó el bolígrafo a un lado.

“Si me hubieras dicho lo que eras, tal vez te habría pedido que te marcharas.”

“Lo sé.”

“¿Fue por eso que no lo hiciste?”

“Sí.”

Ella agradeció la respuesta porque él no la acompañó con ningún adorno.

“Aquí fui feliz”, dijo. “Y protegí esa felicidad a costa tuya”.

Afuera, una garza graznó sobre el lago.

—¿Algo de eso fue real? —preguntó.

Kael la miró.

“Dije todo lo que debía decir.”

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

“Eso no es suficiente.”

“No.”

Él esperó.

Finalmente, deslizó la mano por la mesa.

No está lejos.

Lo suficientemente lejos como para que sus dedos pudieran encontrarse con los de ella si ella decidiera acortar la distancia.

Ella lo hizo.

El recuerdo llegó bajo la nieve que caía.

Diez mil lobos se congregaron en el círculo de piedras de la capital.

El consejo se mantuvo en pie en plata.

El príncipe Asher asistió bajo un acuerdo de tregua.

Sabine permanecía aparte, esperando el juicio.

Mara esperaba bajo el arco norte con su viejo abrigo. Nadie le había asignado un asiento.

La tradición exigía que el rey anunciara el número de caídos.

Las bocinas sonarían.

Las manadas aullaban.

Entonces todos volverían al calor.

Kael dio un paso al frente.

“Adri, hija de Wena. Segunda Compañía del Río.”

Un murmullo recorrió la multitud.

Continuó.

“Bram de Cold Harrow.”

El murmullo cesó.

“Cathel, cuyos compañeros lograron salvar tres vidas.”

La nieve se posó sobre sus hombros.

Leyó correctamente los nombres de las colinas.

Los nombres de los pantanos.

Los nombres pertenecían a familias cuyos acentos siempre habían provocado risas en la corte.

Para el cuadragésimo día, los veteranos lloraban.

Para cuando llegaron los cien años, las madres ya se sostenían unas a otras para mantenerse erguidas.

Un niño que estaba cerca del frente susurró: “Ese es papá”.

Kael escuchó.

Hizo una pausa lo suficientemente larga como para que el niño volviera a oír el nombre.

Luego continuó.

Doscientos once.

Todos.

Cuando terminó, el silencio se hizo palpable.

“Hay alguien a quien deberías agradecer”, dijo.

Se giró hacia el arco norte.

Mara se quedó quieta.

“Durante ocho años, este reino confió su dolor a una mujer a la que no quería dar la bienvenida en sus recintos.”

Los rostros se volvieron.

“Ella cargaba con los muertos cuando otros se negaban. Recordaba lo que nosotros nos permitíamos olvidar.”

Salió del centro del círculo y caminó hacia ella.

Se detuvo a unos pasos de distancia.

“A partir de esta noche, cada lobo caído será identificado en la ceremonia de conmemoración. Todos los años.”

Mara apretó los labios.

La voz de Kael se suavizó.

“Hay otra verdad que te debo.”

Tomó aire.

“Creo que eres mi pareja. Pero eso no me da derecho a tu respuesta.”

Todo el círculo pareció inclinarse hacia adelante.

“Te amo, Mara. Si me eliges, te pido que estés a mi lado como mi Luna y mi reina.”

Miró al hombre que finalmente había aprendido a preguntar.

Luego, hacia la multitud.

Luego le devolvió la mirada.

“La trucha.”

Kael parpadeó.

“¿Qué?”

“El primer pez que me trajiste, ¿lo pescaste tú?”

En algún lugar detrás de él, Fenn cerró los ojos.

“Mara—”

“¿O robarlo?”

Una pausa terrible.

“De una línea.”

Una risa sorprendida rompió el silencio entre la multitud.

“Me robaste mis regalos de cortejo.”

“Varios.”

“Tu noviazgo necesita mejorar.”

“Empiezo a comprenderlo.”

Mara se rió entonces.

No de forma educada.

No con cautela.

Por un instante, la niña que una vez persiguió a Tam entre los juncos veraniegos volvió a cobrar vida dentro de la mujer que el invierno no había logrado ahogar.

Ella acortó la distancia que los separaba.

Colocó la palma de su mano contra su pecho.

Encontré el latido del corazón.

—Uno de ustedes está haciendo trampa —susurró.

Kael cubrió su mano con la suya.

“¿Eso es un sí?”

—Sí —dijo—. Por ti. Y por el trabajo.

El aullido que se alzó a su alrededor sacudió la nieve de los arcos de piedra.

Sabine se acercó antes de que nadie la llamara.

—El pedido fue mío —dijo ella.

La expresión de Kael se endureció.

“Ordené que cerraran el ferry. No ordené que se iniciara el incendio.”

Mara esperó.

Sabine tragó saliva.

“Pero yo elegí a hombres que te despreciaban y les ordené que te eliminaran. No pretendo tener las manos limpias porque jamás he empuñado una antorcha.”

Abrió su medallón.

En el interior había lavanda desmenuzada.

“Joren. Compañía Tercera Fronteriza”.

El rostro de Mara cambió.

—Tenía una cicatriz aquí —dijo, tocándose la barbilla.

Sabine asintió.

“Se cayó de un manzano cuando tenía siete años.”

Por un instante, el concejal desapareció.

Solo quedaba la madre.

—Quemé su mortaja —susurró Sabine—. No pude quemar esto.

“La lavanda fue idea de mi madre”, dijo Mara.

Las lágrimas corrían por el rostro de Sabine.

Mara miró el libro de contabilidad que Fenn tenía en las manos.

“Ustedes se encargarán de llevar el registro.”

Sabine levantó la cabeza.

“Cada nombre. Cada familia. Escucharás cuando te cuenten a quiénes perdieron.”

Kael permaneció en silencio a su lado.

—Querías que la obra desapareciera de tu vista —continuó Mara—. Ahora le prestarás atención.

Sabine hizo una reverencia.

Profundamente.

“Lo haré.”

La primavera regresó a Hushwater.

El nuevo muelle se alzaba ancho y sólido.

La lavanda hizo brotar tallos verdes a través de la tierra.

La barcaza pintada de azul transportaba flores frescas hacia Cinder Shore.

Esa noche no había soldados.

Solo Mara, su libro de contabilidad y un enorme lobo negro que ocupa una cantidad desmesurada de la cubierta.

Había esperado su invitación antes de cambiar de planes.

Ahora su cabeza descansaba en su regazo.

Delante se extendían las tumbas.

El año ha caído.

La fiebre ha muerto.

Un hermanito pequeño envuelto en un chal de boda.

Mara había traído lavanda para todos ellos.

Dejó la pluma y presionó la palma de la mano contra el pelaje negro.

Esperó.

El latido del corazón respondió.

Lento.

Profundo.

Junto a sus pies, su cola se posó como una manta.

Esta vez, una manta adquirida honestamente.

—Trampa —murmuró ella.

Luego miró hacia la isla.

“Tam, tengo a alguien que quieres que conozcas.”

La barcaza avanzaba suavemente entre la luz del atardecer.

Durante ocho años, Mara había llevado a la orilla a los seres queridos de todos los demás.

Ahora, por fin, alguien la acompañaba en el viaje.🖤

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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