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Había aprendido a remendar techos con palma, a hervir raíces amargas, a cargar agua aunque las manos se le abrieran por el frío.

La dejaron embarazada en una choza podrida de la Sierra Tarahumara para que el frío hiciera lo que ellos no se atrevían a hacer con sus propias manos.

A los 6 meses de embarazo, Isabela Ríos entendió que en Santa Eulalia la vergüenza no caía sobre el hombre poderoso, sino sobre la mujer pobre que había creído en sus promesas.

Don Aurelio Salvatierra, dueño del banco, de la tienda de raya y de media voluntad del pueblo, le entregó una moneda de $20 y le ordenó marcharse antes del amanecer.

El hijo que ella llevaba en el vientre era suyo, pero Aurelio estaba comprometido con la hija de un empresario ferrocarrilero de Chihuahua, una alianza que podía convertirlo en dueño de tierras, rutas y favores políticos.

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Primero la sacaron de la casa de huéspedes donde cosía vestidos para señoras que ni siquiera la miraban a los ojos. Luego el médico del pueblo fingió no escuchar sus dolores.

Después, las mujeres que antes le pedían arreglos de encaje cerraron sus ventanas al verla pasar. Isabela terminó refugiada en una vieja cabaña de trampero, junto a un arroyo helado, al pie del Paso del Cuervo.

Todos decían que no llegaría viva a la primera nevada. Don Aurelio sonreía como si ya hubiera ganado.

Pero Isabela venía de gente de tierra seca. Había aprendido a remendar techos con palma, a hervir raíces amargas, a cargar agua aunque las manos se le abrieran por el frío.

Cada noche hablaba en silencio con el niño que se movía dentro de ella, prometiéndole que no morirían por capricho de un cobarde.

Fue junto al arroyo donde vio por primera vez de cerca a Mateo Barragán. En Santa Eulalia lo llamaban el hombre de la montaña, un viudo enorme, de barba cerrada, ojos grises y espalda de mezquite viejo.

Vivía más arriba, entre pinos y barrancas, con sus 2 hijas: Clara, de 11 años, y Lupita, de 7. Bajaba al pueblo solo 2 veces al año para cambiar pieles por harina, sal y cartuchos. Nadie se atrevía a cruzarle el paso.

Aquella tarde, Isabela dejó caer la cubeta cuando un dolor le atravesó el vientre. Se hincó sobre la escarcha, apretando los dientes para no gritar. Al levantar la mirada, Mateo estaba al otro lado del agua.

La pequeña Lupita se asomaba detrás de su pierna, con curiosidad y miedo. Mateo miró su vientre, luego su rostro pálido, luego la cabaña vencida por el viento.

No dijo nada. Ella tampoco pidió ayuda. Solo recogió la cubeta y volvió a su exilio con la dignidad rota, pero en pie.

A la mañana siguiente encontró leña seca apilada junto a la puerta y una pierna de venado envuelta en manta.

No había nota. No hacía falta.

Durante semanas, aparecieron hierbas medicinales en la ventana: corteza de sauce para el dolor, hojas secas de frambuesa para fortalecer el cuerpo antes del parto. Isabela respondió como sabía hacerlo: cosió guantes para Clara y Lupita con retazos de piel y forro de conejo.