He esperado demasiado para que me elijas
EL HOMBRE QUE LLEGÓ DEMASIADO TARDE
—Necesito hablar contigo —dijo Mateo desde la entrada de su establo.
Me detuve en seco.
Tres días antes, Tomás Aguilar le había dicho algo que todo San Jerónimo del Cobre parecía saber menos él: don Esteban Montenegro pensaba pedir formalmente mi mano antes de que terminara el mes.
Y si Mateo iba a detenerme sólo para preguntarme por el clima, por los caballos o por el precio del aceite para monturas, yo iba a cometer una locura.
Iba a sonreír.
Iba a despedirme.
Y después iba a permitir que otro hombre me cortejara.
Mateo se limpió las manos en un trapo y salió hacia la calle. Tenía una mancha oscura de grasa en la muñeca, el cabello revuelto por el viento y esa expresión seria que usaba cuando un caballo estaba enfermo.
No cuando una mujer llevaba dos años esperando que se diera cuenta de que lo amaba.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Sus ojos se movieron hacia la tienda de mi padre, luego volvieron a mí.
—Quería preguntarte algo.
Sentí que el corazón me golpeaba tan fuerte que tuve que apretar las manos contra la falda.
—Pregúntame.
Mateo tragó saliva.
—¿Es verdad lo de Montenegro?
Y así, con siete palabras, consiguió que toda la esperanza que yo había reunido en los últimos tres días se desmoronara.
—¿Qué cosa?
Sabía perfectamente a qué se refería.
Quería obligarlo a decirlo.
—Que habló con tu padre.
—Sí.
Mateo bajó la mirada.
—Entiendo.
Nada más.
Entiendo.
Esperé.
El ruido de un martillo llegaba desde la herrería. Una carreta avanzó lentamente detrás de mí levantando polvo. Desde la cantina alguien soltó una carcajada.
Yo seguí mirando a Mateo.
Él seguía sin decir nada.
—¿Eso era todo?
Levantó la vista de inmediato.
—No.
Otra pausa.
—Esteban es un buen hombre.
Sentí como si me hubiera dado una bofetada.
—Sí —respondí—. Lo es.
—Tiene una buena hacienda.
—Lo sé.
—Podría darte una vida cómoda.
Esta vez me reí.
No porque fuera gracioso.
Porque, si no lo hacía, probablemente iba a llorar frente a él.
—¿Me detuviste para recomendarme marido?
Mateo abrió la boca.
La cerró.
—No quise decirlo así.
—¿Entonces cómo quisiste decirlo?
Sus hombros se tensaron.
—Sólo digo que… mereces cosas buenas.
—¿Y tú sabes lo que yo merezco?
—Rosa…
—No. Dímelo. Parece que has pensado mucho en mi futuro.
—No estoy tratando de decidir por ti.
—Pues lo haces muy bien.
Vi el golpe en su rostro y durante medio segundo sentí ganas de retirar mis palabras.
Pero recordé el baile.
Recordé mi vestido color marfil.
Recordé cómo había buscado su cara entre la gente.
Recordé verlo finalmente entrar al granero, cubierto de polvo, una hora tarde.
Y recordé la estúpida esperanza que me atravesó cuando nuestras miradas se encontraron.
Le sonreí como jamás le sonreía a nadie.
Mateo me respondió.
Y luego un criador de caballos le dijo algo sobre una yegua enferma.
Mateo apartó la mirada.
Eso había sido todo.
Yo llevaba dos años dejando puertas abiertas y él parecía empeñado en pasar junto a ellas sin notar que existían.
—Si no tienes nada más que decirme —murmuré—, debo volver a la tienda.
Di un paso.
—Rosa.
Me detuve otra vez.
Esta vez no volteé.
—¿Sí?
—¿Tú… quieres casarte con él?
La pregunta me dolió más de lo que esperaba.
Volví la cabeza.
—Todavía no me lo ha pedido.
—Pero si lo hiciera.
—¿Por qué te importa?
Vi cómo sus dedos apretaban el trapo.
—Somos amigos desde hace muchos años.
Amigos.
Ahí estaba.
La palabra que había usado para esconderse toda la vida.
Sentí ardor detrás de los ojos.
—Entonces, como amigo, puedes alegrarte de que un hombre respetable tenga interés en mí.
—Rosa, yo…
Esperé.
Mateo miró hacia el suelo.
Y algo dentro de mí se cansó.
No se rompió de golpe.
Fue peor.
Se apagó un poco.
—Adiós, Mateo.
Caminé de regreso a la tienda sin mirar atrás.
***
San Jerónimo del Cobre no era un lugar donde una mujer pudiera guardar un secreto con facilidad.
En 1883, el pueblo era apenas una calle larga de tierra, una iglesia de piedra, una cantina, la herrería, dos establos y la tienda de abarrotes de mi padre, don Joaquín Valdés.
Si alguien compraba un caballo por la mañana, para el mediodía ya se discutía cuánto había pagado y si el animal cojeaba.
Si una mujer recibía flores, antes de que terminara la tarde ya se sabía quién las había enviado.
Y si don Esteban Montenegro, el hacendado más poderoso de la región, preguntaba si Rosa Valdés tenía compromiso…
Bueno.
Hasta las gallinas parecían enteradas.
Yo tenía veintiséis años y llevaba casi una década rechazando propuestas.
Un comerciante de Hermosillo me había prometido una casa con ocho habitaciones.
El hijo del alcalde hizo tocar un vals bajo mi ventana tres noches seguidas.
Había recibido telas finas, dulces, peinetas, cartas, flores e incluso una pequeña pulsera de plata que devolví sin abrir la caja.
Nunca rechacé a nadie con crueldad.
No era culpa de esos hombres que yo estuviera esperando a uno solo.
Mateo Herrera había crecido a pocas calles de mí.
De niños corríamos junto al río.
De adolescentes discutíamos por tonterías.
De adultos, él se convirtió en dueño del establo del extremo sur y yo aprendí a llevar las cuentas de la tienda de mi padre.
Mateo no era rico.
No tenía cientos de reses.
No tenía una casa rodeada de naranjos.
Tenía manos ásperas, un caballo viejo llamado Lucero y una costumbre exasperante de ayudar a todo el mundo sin cobrar lo que debía.
Si un hombre no podía pagar el cuidado de su caballo, Mateo decía:
—Ya me pagarás cuando puedas.
A veces nunca le pagaban.
Yo lo regañaba.
—Un día te quedarás sin establo.
—Pero con la conciencia tranquila.
—La conciencia no compra avena.
—Tú te pareces cada día más a tu padre.
—Y tú cada día administras peor.
Él sonreía.
Yo fingía que esa sonrisa no podía arruinarme el resto de la tarde.
Lo amaba por muchas cosas.
Pero, sobre todo, porque jamás intentaba parecer mejor de lo que era.
El problema era que tampoco parecía creer que ser quien era fuera suficiente.
***
Mi padre me encontró aquella tarde acomodando latas de café con más fuerza de la necesaria.
—¿Se pelearon?
Casi tiré una.
—¿Quiénes?
Don Joaquín soltó un resoplido.
—Tú y el papa.
Lo miré.
—Muy gracioso.
—Entonces Mateo.
No respondí.
Mi padre se acercó al mostrador.
Había envejecido mucho desde la muerte de mi madre. Todavía era un hombre fuerte, pero en las sienes ya tenía más blanco que negro y por las noches se frotaba las manos porque decía que el frío se le quedaba metido en los huesos.
—Hija.
—No quiero hablar de él.
—Eso confirma que sí se pelearon.
—Papá.
Levantó las manos.
—Está bien.
Continué ordenando.
Un minuto después agregó:
—Montenegro viene esta tarde.
Mis dedos se quedaron inmóviles sobre una lata.
—¿Aquí?
—Aquí.
—¿Para qué?
Mi padre me miró de esa manera que sólo los padres pueden mirar cuando saben perfectamente que una pregunta es inútil.
Sentí un hueco en el estómago.
—¿Hoy?
—Hoy.
Quise decirle que no estaba lista.
Quise pedirle que inventara una excusa.
Quise correr al establo y sacudir a Mateo hasta conseguir que dijera algo que valiera la pena escuchar.
No hice ninguna de las tres cosas.
—Está bien.
Mi padre inclinó la cabeza.
—No tienes obligación de aceptar nada.
—Ya lo sé.
—Ni siquiera por cansancio.
Eso sí me hizo mirarlo.
—¿Por qué dices eso?
—Porque conozco a mi hija.
Aparté la vista.
—Tal vez estoy cansada de esperar algo que nunca va a suceder.
Mi padre no respondió de inmediato.
—Entonces decide lo que quieres —dijo al fin—. No lo que quieres demostrar.
Aquellas palabras me persiguieron el resto de la tarde.
***
Don Esteban llegó poco antes de las seis.
No vino con músicos.
No trajo flores.
No hizo una exhibición.
Eso, de alguna manera, volvió todo más serio.
Entró con el sombrero entre las manos, saludó a mi padre y luego a mí.
Tenía cuarenta y dos años, el cabello oscuro empezando a encanecer en las sienes y una forma tranquila de observar que hacía sentir que escuchaba incluso aquello que uno no decía.
—Señorita Valdés.
—Don Esteban.
Mi padre cerró la puerta de la tienda.
Yo sentí un impulso infantil de pedirle que no nos dejara solos, pero él simplemente se quedó cerca del mostrador.
Esteban fue directo.
—Don Joaquín, creo que usted ya conoce mis intenciones.
Mi padre asintió.
—Las conozco.
—Y también sé que la decisión no es suya.
Los ojos de Esteban se posaron en mí.
—Es de Rosa.
Aquello me sorprendió.
En San Jerónimo había hombres que hablaban de conseguir esposa de la misma forma en que hablaban de comprar un caballo.
Esteban no.
—No espero una respuesta hoy —continuó—. Sólo quiero pedir permiso para visitarla formalmente. Con intención seria.
Sentí a mi padre observarme.
Pensé en Mateo.
En su trapo sucio.
En su voz diciéndome que Esteban podía darme una vida cómoda.
En aquel maldito “somos amigos”.
Algo duro se formó dentro de mí.
—Puede visitarme —dije.
Don Esteban no sonrió de inmediato.
Pareció estudiar mi rostro.
—¿Está segura?
La pregunta me incomodó.
—Sí.
—Entonces vendré el domingo por la tarde.
Asentí.
Esteban se despidió con educación.
Mi padre abrió la puerta.
Y fue entonces cuando vi a Mateo.
Estaba al otro lado de la calle, junto al poste donde se amarraban los caballos.
No sé cuánto tiempo llevaba allí.
No sé cuánto había escuchado.
Pero su rostro me dio la respuesta.
Había oído lo suficiente.
Nuestros ojos se encontraron.
Mateo miró a Esteban salir de la tienda.
Luego me miró a mí.
Y antes de que pudiera hacer una sola cosa, se dio media vuelta y se alejó.
PARTE 2: LA RESPUESTA QUE ÉL NO ESCUCHÓ
Durante los siguientes siete días, Mateo dejó de entrar a la tienda.
Eso puede parecer poca cosa.
Para mí fue como si alguien hubiera quitado una puerta de mi casa.
Durante años, Mateo aparecía al menos dos o tres veces por semana.
Necesitaba clavos.
Aceite.
Cuerda.
Jabón para limpiar una herida.
Una hebilla.
Cualquier cosa.
De pronto, nada.
Mandaba a un muchacho del establo.
La primera vez no dije nada.
La segunda pregunté:
—¿Mateo está enfermo?
El muchacho negó con la cabeza.
—No, señorita.
—¿Muy ocupado?
—No más que siempre.
La tercera vez dejé caer las monedas sobre el mostrador con tanta fuerza que el pobre joven brincó.
—Dile que si necesita algo, puede venir él mismo. No muerdo.
El muchacho me miró como si no estuviera seguro de creerme.
—Sí, señorita.
Mateo no apareció.
Eso me enfureció más de lo que debería.
Si quería mantenerse lejos, muy bien.
Pero una parte ridícula de mí había imaginado que verme aceptar el cortejo de Esteban despertaría algo.
No celos infantiles.
Valor.
Esperaba que Mateo pensara: “Puedo perderla”.
En cambio, pareció decidir que lo más conveniente era facilitarme el trabajo desapareciendo.
Y don Esteban siguió visitándome.
***
La primera tarde llevó un libro.
—El encargado del correo dijo que le gusta leer —explicó.
—El encargado del correo habla demasiado.
Esteban sonrió.
—En eso estamos de acuerdo.
No era un hombre difícil de tratar.
Y ése era precisamente el problema.
Si hubiera sido arrogante, cruel o desagradable, todo habría sido sencillo.
Pero Esteban era paciente.
Hablaba con mi padre de ganado y cosechas.
Me preguntaba qué pensaba antes de expresar su propia opinión.
No daba por hecho que yo abandonaría la tienda.
Una tarde le dije:
—Mi padre necesitará ayuda aquí aunque algún día me case.
—Entonces habrá que encontrar la forma.
—¿No espera que una esposa suya se ocupe solamente de su casa?
—Espero que una esposa mía no me odie después de cinco años por obligarla a convertirse en alguien que no es.
Me quedé callada.
Esteban me observó.
—Eso no era una propuesta, Rosa.
—Ya sé.
—Pareció asustada.
—No estoy asustada.
—Entonces preocupada.
—Tampoco.
Una sonrisa apenas visible le cruzó el rostro.
—Es usted una mala mentirosa.
—Y usted hace demasiadas preguntas.
—También me lo han dicho.
Lo peor era que podía imaginar una vida junto a él.
Una vida buena.
Segura.
Con respeto.
Quizá hasta con cariño.
Pero cada vez que intentaba imaginarme despertando en la casa rodeada de naranjos, una cara distinta aparecía en mi mente.
Mateo.
Siempre Mateo.
***
El segundo domingo del cortejo, Esteban me pidió caminar hasta la plaza.
Acepté.
En San Jerónimo, caminar a solas con un hombre ya era suficiente para alimentar conversaciones durante una semana, aunque mi padre podía vernos desde la tienda y media docena de vecinos estuvieran sentados frente a sus casas.
Pasamos junto a la iglesia.
—¿Puedo hacerle una pregunta indiscreta? —dijo Esteban.
—Depende.
—¿Hay alguien más?
Mis pasos se hicieron más lentos.
—¿Alguien más?
—No la considero una mujer que haya rechazado tantos hombres por capricho.
No dije nada.
Esteban siguió caminando.
—No necesito un nombre.
Sentí calor en el rostro.
—Entonces no haga una pregunta cuya respuesta no necesita.
Me miró de reojo.
—Muy bien.
Pensé que dejaría el asunto.
No lo hizo.
—Pero necesito saber algo distinto.
—¿Qué?
—Si estoy cortejando a una mujer libre o a una mujer que está tratando de olvidar a alguien.
Me detuve.
Esteban también.
Por un momento, los sonidos de la plaza parecieron alejarse.
—Eso es muy directo.
—Sí.
—Podría ofenderme.
—También.
—¿Y aun así decidió decirlo?
—Prefiero una verdad incómoda a una mentira elegante.
No supe qué responder.
Entonces ocurrió algo peor.
Miré detrás de él.
Mateo acababa de salir de la herrería.
Nos vio juntos.
Sus pasos se detuvieron apenas un instante.
Luego siguió caminando.
Como si no importara.
Como si yo no importara.
La rabia me subió al pecho.
—Soy libre —le dije a Esteban.
Pero las palabras me supieron amargas.
Esteban miró hacia donde yo había mirado.
No comentó nada.
Y eso fue casi peor.
***
Esa misma tarde fui al establo.
No tenía un plan.
Sólo estaba harta.
Mateo se encontraba cepillando a Lucero.
Cuando me vio entrar, dejó de mover el cepillo.
—Rosa.
—Veo que recuerdas mi nombre.
Frunció el ceño.
—¿Qué pasa?
—Eso quisiera saber.
—No entiendo.
—Claro que no.
Lucero movió una oreja.
Mateo dejó el cepillo sobre una caja.
—Si vienes a pelear…
—Vengo a preguntarte por qué dejaste de entrar a la tienda.
—He estado ocupado.
—Mientes peor que yo.
Sus labios se apretaron.
—No pensé que mi presencia fuera necesaria.
—Nunca fue necesaria. Era agradable.
El golpe de la frase quedó entre nosotros.
Mateo bajó la mirada.
—Ahora tienes otras compañías.
—¿Ése es el problema?
—No hay problema.
—Entonces mírame y dilo.
Alzó los ojos.
—No hay problema.
Mentía.
Lo conocía desde niño.
Mateo podía engañar a medio pueblo con esa cara tranquila.
A mí no.
—¿Te molesta que Esteban me corteje?
—No me corresponde decirlo.
—No pregunté qué te corresponde.
—Rosa…
—Te pregunté qué sientes.
El silencio se hizo insoportable.
Por fin dijo:
—Creo que Montenegro puede ofrecerte mucho.
Solté el aire por la nariz.
—Otra vez con eso.
—Es verdad.
—¿Qué puede ofrecerme?
—Una casa grande. Seguridad. Tierras. Una familia sin preocuparse por cada temporada mala.
—¿Y eso es todo lo que crees que quiere una mujer?
—No.
—Pues parece.
Me acerqué.
—¿Sabes qué es lo peor de ti, Mateo?
—Probablemente varias cosas.
—Que tomas tu miedo y lo disfrazas de generosidad.
Su cara cambió.
Acerté.
—No sabes de qué hablas.
—Entonces explícame.
—No tengo nada que explicar.
—Perfecto.
Me giré.
—Rosa.
Volví a verlo.
Tenía algo en los ojos que casi me hizo quedarme.
Casi.
Pero dijo:
—Si eliges a Montenegro, no voy a meterme en medio.
Sentí una punzada en el pecho.
—Nadie te pidió que te metieras en medio.
—Entonces estamos de acuerdo.
—No. No lo estamos.
Me marché antes de llorar frente a él.
***
Los días siguientes fueron peores.
Esteban avanzaba.
Mateo retrocedía.
Y yo estaba atrapada en el espacio entre ambos.
Mi padre comenzó a observarme con preocupación.
—No duermes bien.
—Hace calor.
—También estaba haciendo calor el mes pasado.
—Entonces quizá estoy envejeciendo.
—Tienes veintiséis.
—Díselo a mis ojeras.
No se rió.
—Rosa, Montenegro me habló esta mañana.
Mi estómago se cerró.
—¿De qué?
—Quiere hacerte una propuesta formal el próximo domingo.
El mundo pareció quedarse muy quieto.
Faltaban cuatro días.
—Entiendo.
Mi padre apoyó ambas manos sobre el mostrador.
—No tienes que responderle de inmediato.
—Ya lo sé.
—Pero tienes que responderte a ti misma.
No quise seguir escuchando.
Salí por la puerta trasera y caminé sin rumbo hasta darme cuenta de que mis pies me llevaban hacia el extremo sur del pueblo.
Hacia el establo.
Me detuve antes de entrar.
Aquello era ridículo.
¿Qué pensaba hacer?
¿Decirle a Mateo que otro hombre iba a pedirme matrimonio y esperar que por fin reaccionara?
Ya sabía las intenciones de Esteban.
Tomás se lo había dicho.
Yo misma se lo había confirmado.
Si eso no bastaba, nada bastaría.
Entonces escuché voces dentro.
Mateo hablaba con alguien.
—Puedo tener el dinero en dos semanas —dijo un hombre.
—No necesito tanto tiempo —respondió Mateo.
Me quedé inmóvil.
No reconocí la otra voz.
Me acerqué lo suficiente para ver el pequeño escritorio al fondo del establo.
Había papeles encima.
Un desconocido estrechó la mano de Mateo y salió por la puerta lateral sin verme.
Esperé.
Mateo caminó hacia uno de los corrales.
Yo entré.
No iba a tocar nada.
Eso me dije.
Pero sobre el escritorio había una hoja doblada y encima, escrito con tinta, pude leer tres palabras.
“Venta del establo”.
Se me helaron las manos.
Mateo regresó.
Me encontró mirando el papel.
Su rostro perdió el color.
—Rosa.
Señalé el documento.
—¿Qué es esto?
No respondió.
—Mateo.
Respiró hondo.
—Lo que parece.
—¿Vas a vender?
—Sí.
La palabra me atravesó.
—¿Por qué?
Miró hacia la puerta.
—Es hora de hacer un cambio.
—¿Desde cuándo?
—Hace unos días.
Hace unos días.
Desde que había visto a Esteban salir de mi tienda.
Sentí que todo encajaba de la peor manera posible.
—¿Adónde piensas ir?
—Todavía no lo sé.
—¿Cuándo?
Mateo tardó demasiado en responder.
—El comprador vuelve mañana.

PARTE 3: MATEO YA SABÍA
No recuerdo haber caminado hasta el escritorio.
Sólo recuerdo mis manos apoyándose sobre la madera.
—¿Mañana?
Mateo permaneció frente a mí.
—Sí.
—¿Y pensabas irte sin decirme?
—No me voy mañana.
—No respondas algo que no pregunté.
Cerró los ojos un instante.
—Te lo habría dicho.
—¿Cuándo? ¿Desde otra ciudad?
—Rosa…
—¿Cuándo?
—Antes de irme.
Me reí, pero sentí que la garganta se me cerraba.
—Qué consideración.
—No quiero pelear contigo.
—Pues estás tomando decisiones bastante curiosas para alguien que no quiere pelear.
—La venta no tiene que ver contigo.
Lo miré.
—Eso sí que no te lo creo.
—El establo no deja mucho.
—Ha dejado lo suficiente durante años.
—Apenas.
—Y de repente, justo cuando Esteban empieza a visitarme, descubres que necesitas una nueva vida.
Mateo apretó la mandíbula.
—No todo gira alrededor de ti.
La frase me dolió.
Y por la cara que puso después, supe que se arrepintió en cuanto salió de su boca.
Pero ya era tarde.
—Tienes razón —dije.
—Rosa…
—No. Tienes razón. Todo este tiempo he sido una tonta.
—No dije eso.
—No hacía falta.
Tomé aire.
—Me voy a casar algún día, Mateo. Con Esteban o con otro hombre o con nadie, pero mi vida va a avanzar. Si tú quieres salir corriendo cada vez que eso te recuerde algo que no te atreves a decir, hazlo.
Él dio un paso hacia mí.
—¿Qué quieres que diga?
La pregunta me hizo hervir la sangre.
—Nada que tengas que arrancarte a la fuerza.
—No entiendo qué esperas de mí.
—Ése es precisamente el problema.
Pasé junto a él.
Mateo me sujetó del brazo.
No con fuerza.
Apenas con la punta de los dedos.
Pero me detuve.
—Rosa.
Su voz había cambiado.
Ya no sonaba defensiva.
Sonaba cansada.
—No quiero verte casada con él.
El corazón se me paralizó.
Volteé lentamente.
Mateo soltó mi brazo.
—¿Qué dijiste?
Miró hacia otro lado.
—Lo escuchaste.
—Quiero escucharlo otra vez.
—No.
—Cobarde.
Eso funcionó.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No quiero verte casada con Esteban.
—¿Por qué?
—Lo sabes.
—No. Quiero oírlo de ti.
—¿Para qué?
—Porque llevo años oyendo todo menos lo que importa.
Mateo respiró profundamente.
—Porque me dolería.
—¿Por qué?
—Rosa.
—Dilo.
—Porque te quiero.
La frase salió tan baja que, por un segundo, creí haberla imaginado.
Después sentí que las piernas se me aflojaban.
Había esperado esas palabras.
Las había soñado.
Había imaginado escucharlas junto al río, en la plaza, detrás del mostrador, afuera de la iglesia.
Nunca imaginé que me causarían tanta rabia.
—¿Me quieres?
Mateo asintió.
—Desde hace mucho.
—¿Cuánto?
—No sé.
—Mientes.
Se pasó una mano por el cabello.
—Años.
Sentí ganas de llorar.
También de golpearlo.
—Años.
—Sí.
—¿Y tu gran idea era no decir nada hasta que yo me casara con otro y después vender el establo?
—No era así.
—Eso es exactamente lo que estás haciendo.
—¿Qué querías que hiciera?
Lo miré incrédula.
—¿De verdad me estás preguntando eso?
—Mírame, Rosa.
—Te estoy mirando.
—No. Mírame.
Se señaló el pecho con frustración.
—Esto es lo que tengo. Un establo que apenas alcanza para mantenerse. Dos empleados cuando hay trabajo. Un caballo viejo. Una casa pequeña detrás de los corrales. Eso es todo.
—¿Y?
—Montenegro tiene tierras que tardarías medio día en recorrer.
—¿Y?
—Puede darte…
—Si vuelves a decir “una vida cómoda”, te juro que te aviento algo.
Mateo cerró la boca.
Me acerqué hasta quedar frente a él.
—¿Alguna vez se te ocurrió preguntarme qué quiero?
—No necesito preguntarte para saber que mereces más.
—¿Más que qué?
No respondió.
—¿Más que tú?
Su silencio fue respuesta suficiente.
Y entonces comprendí algo que me dolió todavía más.
Mateo no había dudado de mis sentimientos.
Había dudado de su derecho a recibirlos.
—No eres generoso —le dije.
Frunció el ceño.
—¿Qué?
—Llevas años diciendo que quieres lo mejor para mí. Que merezco más. Que otros hombres pueden darme cosas que tú no. Pero nunca me has dejado decidir si tú eres lo que quiero.
—No quiero que un día despiertes y te arrepientas.
—Eso también sería decisión mía.
—No entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Mis ojos ardían.
—Tienes miedo de que te elija y después descubra que te equivocaste sobre mí.
Mateo dio un paso atrás como si lo hubiera empujado.
—No.
—Sí.
—Tengo miedo de que descubras que yo me equivoqué sobre lo que puedo darte.
—Pues deja de decidir por mí.
El silencio cayó otra vez.
Lucero resopló desde su corral.
Una mosca zumbaba contra la ventana.
Mateo me miraba como si acabara de abrir una puerta que él había mantenido cerrada durante años.
Pero todavía no cruzó.
—Esteban te propondrá matrimonio el domingo —dije.
Su cara cambió.
—¿Cómo sabes?
—Habló con mi padre.
Mateo bajó la mirada.
—Ya veo.
—No. No ves nada.
—Rosa…
—Te estoy dando una última oportunidad de entender.
Levantó la vista.
Yo sentía el corazón en la garganta.
Podía haberle dicho: “Te amo”.
Podía haber terminado con todo.
Pero algo dentro de mí se negó.
No porque quisiera castigarlo.
Sino porque ya había hecho suficiente.
Había esperado.
Había insinuado.
Había abierto puertas.
Él también tenía que caminar.
—¿Qué quieres que haga? —preguntó.
Sentí cómo se rompía la poca esperanza que me quedaba.
—Eso es lo más triste, Mateo.
Me alejé.
—Todavía necesitas que yo te lo diga.
***
Don Esteban llegó a la tienda al día siguiente y supo de inmediato que algo había ocurrido.
—Tiene mala cara —dijo.
—Gracias.
—No quise decir…
—Ya sé.
Sonrió apenas.
—¿Caminamos?
Acepté porque no quería que mi padre oyera aquella conversación.
Fuimos hasta los árboles detrás de la iglesia.
Esteban guardó silencio durante un rato.
Después dijo:
—Voy a hacerle una pregunta y probablemente va a odiarme.
—Últimamente eso parece estar de moda.
—¿Está enamorada de Mateo Herrera?
Me quedé inmóvil.
No esperaba el nombre.
—¿Quién le dijo?
—Nadie.
—Entonces…
—La noche del baile.
Sentí una punzada.
—¿Qué pasó esa noche?
—Estábamos bailando.
Lo recordaba demasiado bien.
—Y entonces Herrera entró.
Esteban me observó.
—Usted dejó de escuchar una sola palabra de lo que yo decía.
Aparté la mirada.
—Pude haber estado cansada.
—Rosa.
—Está bien.
—Después él la miró.
—¿Y?
—Usted sonrió.
Sentí vergüenza.
No porque amar a Mateo fuera vergonzoso.
Porque Esteban había visto algo que Mateo no quiso ver durante años.
—No sonríe así conmigo —agregó.
—Esteban…
—No es un reproche.
Eso hizo que doliera más.
—Entonces ¿por qué sigue viniendo?
Tardó en responder.
—Porque pensé que quizá Herrera no era una posibilidad.
—Tal vez no lo sea.
—Eso no es lo mismo que decir que no lo ama.
Me crucé de brazos.
—Usted dijo que no quería una mentira elegante.
—Así es.
—Entonces aquí está la verdad.
Tomé aire.
—Sí.
Fue la primera vez que lo dije en voz alta.
—Amo a Mateo.
No hubo alivio.
Hubo miedo.
Porque después de pronunciarlo ya no podía fingir que mi indecisión tenía que ver con elegir entre dos hombres.
Nunca había habido dos.
Sólo uno.
Uno que quizá se marcharía.
Esteban bajó la mirada.
No parecía sorprendido.
Sólo decepcionado.
—Gracias por decirlo.
—Lo siento.
—No me debe una disculpa por sentir algo.
—Sí se la debo por permitir que viniera sabiendo…
—No sabía qué iba a pasar.
—Pero sabía lo que sentía.
Esteban asintió.
—Eso sí.
Su honestidad me hizo sentir peor.
—No voy a proponerle matrimonio el domingo.
Lo miré.
—Esteban…
—No quiero una respuesta nacida del cansancio.
Repitió, sin saberlo, casi las mismas palabras que mi padre.
—Y tampoco quiero ser el hombre al que elige porque otro no tuvo valor.
No hubo dureza.
Sólo dignidad.
—Usted merece algo mejor —dije.
Sonrió con tristeza.
—Qué curioso.
—¿Qué?
—Herrera probablemente dice lo mismo de usted.
No respondí.
Esteban se puso el sombrero.
—Tal vez ése sea el problema de ambos.
***
Aquella tarde busqué a Tomás.
Lo encontré trabajando en una puerta.
—Necesito preguntarte algo.
—Eso suena peligroso.
—¿Qué le dijiste a Mateo?
El serrucho dejó de moverse.
—¿Cuándo?
—No juegues conmigo.
Tomás dejó la herramienta.
—Le dije que Montenegro pensaba pedir tu mano.
—¿Sólo eso?
Me miró con cautela.
—Rosa…
—¿Qué más?
Suspiró.
—Le dije que eras una tonta.
—Tomás.
—Bueno, no exactamente.
—¿Qué le dijiste?
Su expresión cambió.
—Le dije que llevabas años rechazando hombres porque estabas esperando a cierto dueño de establo.
Sentí un frío recorrerme desde la nuca.
—¿Cuándo?
—Tres días antes de que él te llamara afuera del establo.
Todo dentro de mí quedó en silencio.
Tres días.
Mateo había sabido.
Cuando me detuvo en la calle y preguntó por Esteban…
Mateo ya sabía.
Cuando me habló de la hacienda de Montenegro…
Mateo ya sabía.
Cuando dijo que yo merecía una vida cómoda…
Mateo ya sabía.
No era que no hubiera comprendido mis señales.
No era que necesitara una pista más.
Había recibido la verdad de frente y aun así había tenido demasiado miedo para creerla.
—Rosa —dijo Tomás.
Me aparté un paso.
—Él sabía.
—Sí.
—¿Sabía que yo lo amaba?
Tomás se pasó la mano por la cara.
—Sabía lo suficiente.
Lo miré.
El enojo ya no era lo que más sentía.
Era algo peor.
Dolor.
Porque de repente entendí que Mateo no había estado esperando una señal.
Había estado esperando convertirse en un hombre que, según él, mereciera esa señal.
Y quizá podía esperar toda la vida.
PARTE 4: NO VOLVERÉ A ESPERARTE
No dormí aquella noche.
Antes del amanecer ya estaba sentada en la cocina, mirando una vela consumirse mientras mi padre preparaba café.
No preguntó por qué estaba despierta.
Se sirvió una taza y se sentó frente a mí.
—¿Lo amas?
No tuve energía para fingir.
—Sí.
—¿Él lo sabe?
Pensé en Tomás.
—Ahora sé que sí.
—¿Y te ama?
—Dice que sí.
Mi padre levantó una ceja.
—Eso parece resolver mucho.
—No cuando el hombre es Mateo Herrera.
Don Joaquín soltó una risa breve.
—Tiene buen corazón.
—Y una cabeza dura.
—También.
Me quedé mirando mis manos.
—Tiene miedo de no ser suficiente.
Mi padre sopló el café.
—Todos tenemos miedo de no ser suficientes para alguien.
—Él usa ese miedo para decidir por mí.
—Eso ya es otra cosa.
—¿Qué hago?
Mi padre me observó con ternura.
—No sé.
—Excelente consejo.
—No tengo otro.
Se inclinó hacia mí.
—Pero sí sé algo. Esperar también es una decisión.
Sentí que las palabras me atravesaban.
—Has esperado mucho, hija.
Asentí.
—Entonces quizá ya es hora de hacer algo distinto.
***
Esa mañana fui a ver a Esteban.
No esperé que viniera a la tienda.
Cabalgó conmigo uno de los empleados de mi padre hasta la hacienda Montenegro porque don Joaquín se negó a dejarme ir sola.
La casa era tan grande como me habían contado.
Muros blancos.
Techo de teja.
Naranjos alineados frente al corredor.
Durante años había escuchado a otros hablar de aquel lugar como si ninguna mujer sensata pudiera rechazarlo.
Cuando lo vi, entendí por qué Mateo había construido en su imaginación una competencia imposible.
Pero también entendí algo más.
No quería vivir allí.
No porque hubiera algo malo.
Porque no era mi hogar.
Esteban salió a recibirme.
—Rosa.
—Necesito darle una respuesta.
Su expresión se volvió seria.
—No tenía que venir hasta aquí.
—Sí tenía.
Caminamos unos pasos.
Yo no busqué palabras bonitas.
Él no las merecía.
Merecía claridad.
—No puedo casarme con usted.
Esteban asintió lentamente.
—Lo imaginaba.
—No es porque usted haya hecho algo mal.
—Eso rara vez consuela a alguien.
—Ya sé.
Una sombra de sonrisa cruzó su rostro.
—¿Herrera?
—No exactamente.
—Eso suena peor.
—Tal vez.
Miré los naranjos.
—No sé si terminaré con Mateo.
Decirlo dolió.
—Pero sí sé que aceptar a otro hombre mientras sigo amándolo sería injusto para todos.
Esteban guardó silencio.
—Ésa es una respuesta que puedo respetar.
Extendió la mano.
Yo se la estreché.
—Espero que encuentre a alguien que lo mire como merece.
—Y yo espero que Herrera deje de ser idiota.
No pude evitar reír.
—Eso podría tomar años.
—Entonces no espere otros dos.
La frase me acompañó todo el camino de regreso.
***
Cuando llegué al pueblo, fui directamente al establo.
Había menos cosas.
Eso fue lo primero que noté.
Dos monturas no estaban en la pared.
Faltaba una mesa.
Una caja de herramientas estaba cerrada.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
Mateo salía del cuarto trasero con una cuerda enrollada.
Se quedó inmóvil al verme.
—Rosa.
—¿Vendiste?
—Todavía no.
—Pero estás empacando.
—El comprador regresa por la tarde.
Me acerqué.
—Rechacé a Esteban.
La cuerda se le escapó de las manos.
Cayó al suelo.
Mateo me miró como si no hubiera entendido.
—¿Qué?
—Le dije que no voy a casarme con él.
La esperanza apareció en su rostro.
Por un segundo.
Después la destruyó él mismo.
—No deberías haberlo rechazado por mí.
Sentí que la sangre me hervía.
—No puede ser.
—Rosa…
—No puede ser.
—Sólo digo que…
—Te juro por la tumba de mi madre que si vuelves a explicarme qué debo hacer con mi vida, voy a agarrar esa cubeta y te la voy a romper en la cabeza.
Mateo miró la cubeta.
Luego a mí.
—Está bien.
—Rechacé a Esteban porque no lo amo.
Silencio.
—No porque tú me lo pidieras.
Silencio.
—No porque me prometieras nada.
Silencio.
—Y definitivamente no porque necesite tu permiso.
—Entiendo.
—No, Mateo. Todavía no entiendes.
Sentí que la voz se me quebraba y lo odié.
—Estoy cansada.
La rabia desapareció de sus ojos.
—Rosa…
—Estoy cansada de darte oportunidades para que tengas valor.
Él palideció.
—Tomás me dijo que ya sabías.
Sus ojos se cerraron.
Ahí estaba la confirmación.
—Sabías que yo sentía algo por ti.
—Rosa…
—¿Sí o no?
—Sí.
—Y aun así me detuviste aquel día sólo para decirme que Esteban podía darme una casa mejor.
Mateo no se defendió.
Eso dolió más.
—¿Por qué?
—Porque no le creí.
—¿A Tomás?
—A la idea.
—¿Qué idea?
Su voz salió apenas audible.
—Que pudieras elegir mi vida.
—No es tu vida la que quería elegir.
Mateo me miró.
—Eras tú.
Eso lo dejó sin aire.
Por primera vez en todos esos años, vi a Mateo Herrera completamente indefenso.
No frente a una deuda.
No frente a un animal herido.
Frente a mí.
—Rosa…
—No.
Levanté una mano.
—Ahora vas a escucharme.
Respiré.
—Te amo.
Los ojos se le llenaron de algo que me hizo querer abrazarlo.
No lo hice.
—Te he amado durante años. Rechacé hombres que tenían más dinero. Más tierra. Casas más grandes. No porque estuviera sacrificándome. Los rechacé porque no eran tú.
Mateo abrió la boca.
—Pero…
—No hay pero.
—Sí lo hay.
La rabia regresó.
—¿Cuál?
—Amar a alguien no hace que desaparezcan los problemas.
—Nunca dije eso.
—Habrá años malos.
—Lo sé.
—Puede quebrar el establo.
—Lo sé.
—Puede que nunca pueda darte…
—¡Ya basta!
Mi voz resonó contra las paredes.
Un caballo se movió nervioso en el corral.
Bajé el tono.
—No necesito que me prometas una vida sin problemas.
Lo miré directamente.
—Necesito saber si tienes el valor de vivirla conmigo.
Mateo se quedó inmóvil.
Esperé.
Un segundo.
Dos.
Cinco.
Y de pronto comprendí que estaba haciendo exactamente lo mismo otra vez.
Esperando.
Esperando a que decidiera.
Esperando a que hablara.
Esperando a que dejara de tener miedo.
Así que respiré.
Y esta vez fui yo quien cambió las reglas.
—No voy a esperar más.
Su rostro se tensó.
—¿Qué significa eso?
—Que ya sabes la verdad.
Me acerqué un paso.
—Sabes que te amo.
Otro paso.
—Sabes que no quiero a Esteban.
Otro.
—Sabes que no estoy pidiendo tierras, dinero ni una casa de ocho habitaciones.
Mis ojos ardían.
—Y ahora la decisión es tuya.
—Rosa…
—Si vendes el establo y te vas, me va a doler.
Tragué saliva.
—Pero voy a seguir viviendo.
Vi el golpe en su rostro.
—No voy a pasar otros dos años parada junto a una puerta esperando que te atrevas a cruzarla.
Me di media vuelta.
Mateo no me detuvo.
Esta vez me alegré.
Porque si lo hubiera hecho sin saber qué decir, probablemente habría vuelto a caer.
Salí a la calle.
Cada paso dolió.
Pero seguí caminando.
Por primera vez en años, no tenía ninguna pista, ninguna sonrisa ni ninguna promesa secreta que ofrecerle.
Ya le había dado la verdad.
Ahora tendría que hacer algo con ella.
***
El comprador llegó esa tarde.
Lo vi desde la tienda.
Un hombre alto con sombrero gris ató su caballo frente al establo de Mateo.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Mi padre también lo vio.
No dijo nada.
Durante casi una hora fingí acomodar mercancía.
Después el hombre salió.
Llevaba papeles bajo el brazo.
Subió al caballo.
Se marchó.
Mateo no apareció.
No esa tarde.
Ni esa noche.
Cuando cerramos la tienda, me quedé unos segundos en la puerta mirando hacia el extremo sur.
La calle estaba vacía.
—Entra, hija —dijo mi padre.
Entré.
Aquella noche lloré.
No como una muchacha abandonada.
Lloré por el tiempo.
Por todas las cosas que no dijimos.
Por la posibilidad de que amar a alguien no bastara para enseñarle a amarse a sí mismo.
Y cuando amaneció, me lavé la cara.
Abrí la tienda.
Y decidí que mi vida no iba a quedarse cerrada porque Mateo eligiera marcharse.
A las diez, vendí café.
A las once, corté tela para doña Mercedes.
Al mediodía, discutí con un viajero que quería pagar la mitad por un saco de harina.
A la una, mi padre salió a almorzar.
Yo estaba sola cuando la campanilla de la puerta sonó.
No levanté la vista de inmediato.
—En un momento lo atiendo.
Nadie respondió.
Terminé de escribir una cifra.
Entonces vi unas manos ásperas apoyarse sobre el mostrador.
Mi corazón dejó de latir por un segundo.
Alcé la mirada.
Mateo estaba frente a mí.
Y sostenía en una mano el contrato de venta hecho pedazos.
PARTE 5: “HE GUARDADO MI CORAZÓN PARA TI”
No dije nada.
Mateo tampoco.
Los pedazos de papel crujieron entre sus dedos.
Sentí que todo mi cuerpo quería correr hacia él.
Me obligué a quedarme quieta.
—¿Qué hiciste? —pregunté.
Dejó los restos del contrato sobre el mostrador.
—No vendí.
—Eso veo.
—El comprador estaba muy enojado.
—Me imagino.
—Dijo algunas cosas sobre mi inteligencia.
—También me las imagino.
Una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Desapareció enseguida.
—Rosa…
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—No vine para decirte que rompí la venta por ti.
Fruncí el ceño.
—Entonces empezamos mal.
—Espera.
Respiró hondo.
—La rompí por mí.
Eso no lo esperaba.
Mateo miró alrededor de la tienda.
Los frascos.
Los costales.
Las cajas que conocía desde niño.
—Anoche pensé en irme.
No dijo “casi”.
No intentó quedar bien.
—Pensé que quizá sería más sencillo empezar en otro lugar. Donde nadie supiera lo que había dejado aquí.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y?
—Me di cuenta de que estaba haciendo lo mismo que llevo años haciendo.
—Huyendo.
—Sí.
La palabra le costó.
—Sólo que siempre le he puesto nombres más bonitos. Prudencia. Sacrificio. Pensar en tu futuro.
Bajó la vista hacia sus manos.
—Miedo.
Permanecí en silencio.
Mateo continuó.
—Tenías razón.
Creo que fue la primera vez en mi vida que escuché esas palabras sin sentir satisfacción.
—No confiaba en ti.
—¿En mí?
—Decía que no confiaba en mí mismo. Pero al final era lo mismo.
Levantó la mirada.
—Tú podías decirme que querías una vida conmigo y yo seguía creyendo que sabía mejor que tú lo que ibas a lamentar.
Respiré lentamente.
—Eso me hizo enojar bastante.
—Lo noté.
—Estuve a punto de golpearte con una cubeta.
—También lo noté.
Una risa nerviosa escapó de mí.
Mateo sonrió.
Después la seriedad volvió.
—Fui al río esta mañana.
Mi pecho se apretó.
De niños solíamos ir allí cuando alguno de los dos estaba molesto.
—¿Te ayudó?
—No mucho.
—Entonces sigue siendo el mismo río.
Esta vez los dos sonreímos.
Mateo se acercó un poco más al mostrador.
—Recordé cuando teníamos doce años y me empujaste al agua porque dije que las niñas no sabían montar.
—Tú empezaste.
—Casi me ahogo.
—El agua te llegaba a la cintura.
—Fue traumático.
—Mateo.
—Está bien.
Tomó aire.
—Recordé muchas cosas.
Su voz bajó.
—Recordé el día que murió tu madre y tú estabas detrás de la tienda porque no querías que nadie te viera llorar.
El pecho se me cerró.
—Tú me encontraste.
—Sí.
—No dijiste nada.
—No sabía qué decir.
—Te sentaste conmigo.
Mateo asintió.
—Creo que ahí empezó.
Lo miré.
—¿Qué?
—Esto.
Sus ojos no se apartaron de los míos.
—Lo que siento por ti.
No respiré.
—No lo entendí en ese momento. Sólo sabía que quería quedarme hasta que dejaras de llorar.
Las lágrimas me quemaron detrás de los ojos.
Mateo sonrió con tristeza.
—Después creciste.
—Eso suele pasar.
—Y empezaron a aparecer esos hombres.
—También.
—Hombres con casas.
—Sí.
—Caballos mejores que los míos.
—No todos.
—Uno tenía un caballo árabe.
—Era presumido.
—El caballo no.
Me reí.
Mateo también.
Después se quedó serio.
—Y cada vez que alguien te ofrecía algo que yo no tenía, me convencía más de que quererte significaba no estorbarte.
Negué lentamente.
—Qué manera tan tonta de querer a alguien.
—Sí.
—Muy tonta.
—Tomás usó palabras peores.
—Tomás suele hacerlo.
Mateo metió una mano en el bolsillo.
Mi corazón dio un salto.
Pero no sacó un anillo.
Sacó un pequeño botón blanco.
Lo dejó sobre el mostrador.
Lo reconocí.
Era de nácar.
Viejo.
Rayado.
—¿De dónde sacaste eso?
—De tu vestido azul.
Tardé un segundo en recordar.
Teníamos diecisiete años.
Habíamos ido con otros jóvenes a una fiesta cerca del río. Mi vestido se enganchó en una cerca y perdió un botón.
Mateo lo encontró.
—¿Lo guardaste?
—Once años.
Lo miré como si fuera una pieza de oro.
—¿Por qué?
—No sabía.
Sonrió.
—Ahora sí.
El botón era absurdo.
Insignificante.
Y, sin embargo, ahí estaba la respuesta a tantas cosas.
Mateo no había empezado a quererme cuando Tomás se lo dijo.
No había descubierto mis sentimientos durante el baile.
No estaba reaccionando a Esteban.
Había llevado una parte de mí en el bolsillo durante once años.
—Eres un idiota —susurré.
—Lo sé.
—Uno enorme.
—También.
—Y me hiciste sufrir.
La sonrisa desapareció.
—Eso sí lo sé.
Sus ojos se humedecieron.
—Lo siento, Rosa.
No fue una disculpa elegante.
No explicó.
No se justificó.
Sólo lo dijo.
Y yo le creí.
Mateo rodeó el mostrador.
Se detuvo a una distancia prudente.
—No sé prometerte grandes cosas.
—No te las pedí.
—Déjame terminar.
Crucé los brazos.
—Está bien.
—No sé si el establo crecerá.
Asentí.
—No sé si algún año tendremos poco.
—Probablemente.
—No sé si podré darte todo lo que otros hombres te ofrecieron.
—Eso ya lo sabemos.
Respiró.
—Pero puedo prometerte algo que sí depende de mí.
Esperé.
—No volver a tomar una decisión por ti y llamarla amor.
Sentí que las lágrimas finalmente escapaban.
Mateo dio un paso.
—Puedo prometerte preguntarte.
Otro.
—Escucharte.
Otro.
—Y si tienes miedo, no fingir que yo no lo tengo.
Ya estaba frente a mí.
—No quiero que me elijas porque rechazaste a Esteban.
Negué.
—Bien.
—No quiero que me elijas porque llevamos años conociéndonos.
—Bien.
—Quiero que me elijas sólo si, sabiendo exactamente quién soy, todavía quieres intentarlo.
Lo miré durante varios segundos.
—Mateo.
—¿Sí?
—Eso llevo años haciendo.
Cerró los ojos.
Soltó una risa temblorosa.
Cuando volvió a abrirlos, había algo distinto.
No seguridad completa.
No creo que las personas pierdan todos sus miedos de un momento a otro.
Pero sí decisión.
—Entonces déjame hacerlo bien.
Se quitó el sombrero.
—Rosa Valdés.
—¿Sí?
—¿Me permitirías cortejarte?
Lo miré incrédula.
—¿Cortejarme?
—Formalmente.
—Mateo, llevas once años guardando un botón mío.
—Eso no cuenta.
—Has venido a la tienda tres veces por semana durante años.
—Necesitaba cuerda.
—Compraste tanta cuerda que podrías amarrar todo San Jerónimo.
Se puso rojo.
—Rosa.
—Está bien.
Me mordí el labio para no reír.
—Sí.
La sonrisa que apareció en su cara fue distinta a todas las que le había visto.
Grande.
Incrédula.
Casi infantil.
—¿Sí?
—Sí, puedes cortejarme.
—Bien.
—Pero…
Su sonrisa desapareció.
—¿Pero?
—No pienso esperar otros dos años a que me preguntes lo siguiente.
Mateo palideció.
Yo solté una carcajada.
—Era broma.
—Eso no tuvo gracia.
—Un poco.
Negó con la cabeza.
—No sé cómo soportarte.
—Tendrás que aprender.
—Eso parece.
Nos quedamos mirándonos.
Todo lo que habíamos evitado durante años estaba ahí.
Sin escondites.
Sin Esteban.
Sin casas grandes.
Sin haciendas.
Sólo nosotros.
Mateo levantó lentamente una mano.
No me tocó.
Esperó.
Así que fui yo quien cerró la distancia.
Apoyé la frente contra su pecho.
Sentí cómo soltaba el aire.
Sus brazos me rodearon con cuidado, como si todavía no creyera que tenía derecho.
—Puedes abrazarme bien —murmuré.
Obedeció.
Y por primera vez en dos años, no sentí que estaba esperando algo.
***
Mi padre entró por la puerta trasera unos minutos después.
Mateo y yo nos separamos con tanta rapidez que golpeé una caja de jabón.
Don Joaquín nos miró.
Miró los pedazos del contrato.
Miró el botón sobre el mostrador.
Luego volvió a mirarnos.
—Ah.
Eso fue todo.
—Papá —dije.
—No he preguntado nada.
—Pero estás pensando cosas.
—A mi edad, todavía tengo derecho a pensar.
Mateo recogió su sombrero.
—Don Joaquín.
Mi padre levantó una mano.
—Si vas a decirme que quieres hablar conmigo sobre mi hija, hazme un favor.
Mateo se quedó rígido.
—¿Cuál?
—Habla primero con ella.
Me cubrí la boca para no reír.
Mi padre salió hacia el almacén.
Mateo me miró.
—Me agrada tu padre.
—Porque acaba de salvarte.
—Exactamente.
***
Don Esteban recibió la noticia dos días después.
No se la llevé yo.
En San Jerónimo, dos personas podían enamorarse a las diez de la mañana y a las diez y cuarto la señora que vendía huevos ya tenía una opinión al respecto.
Esteban vino a la tienda ese viernes.
Mateo estaba ayudando a mi padre a mover un cajón pesado.
Los dos hombres se miraron.
Durante un instante temí que el orgullo hiciera de las suyas.
Esteban fue el primero en extender la mano.
—Herrera.
Mateo la estrechó.
—Montenegro.
—Me alegra saber que decidió dejar de comportarse como tonto.
Mateo me miró.
—¿Todo el pueblo habla así de mí?
—Más o menos —respondí.
Esteban sonrió.
—Cuídela.
Mateo negó.
—Creo que ella se cuida bastante bien sola.
Esteban soltó una carcajada.
—Aprendió rápido.
Después me miró.
No había amargura en su expresión.
Sí algo de tristeza.
Pero también paz.
—Que sea feliz, Rosa.
—Usted también.
Inclinó la cabeza y salió.
Lo vi cruzar la calle y montar su caballo.
Durante meses había pensado en Esteban como el hombre que podía quitarme a Mateo.
Al final entendí que nunca había sido su rival.
El verdadero rival de Mateo siempre había sido el miedo.
***
Mateo me cortejó durante tres meses.
Formalmente.
Al principio fue insoportable.
Llegaba a la tienda con flores aplastadas porque las guardaba mal durante el camino.
Una vez intentó llevarme dulces y Lucero se comió la mitad de la caja.
Otra tarde practicó durante una hora una frase que quería decirle a mi padre y terminó olvidándola en cuanto don Joaquín abrió la puerta.
Pero también aprendimos algo que nunca habíamos hecho de verdad.
Hablar.
No conversar sobre el clima.
No bromear sobre caballos.
Hablar.
De dinero.
De lo que esperábamos.
De mi trabajo en la tienda.
De su establo.
De hijos.
De lo que haríamos si una mala temporada nos dejaba con deudas.
De lo que me asustaba.
De lo que lo asustaba a él.
Algunas conversaciones terminaban en discusión.
Eso también era nuevo.
Antes nos habíamos pasado años siendo tan cuidadosos que casi nunca decíamos nada capaz de herirnos.
Ahora aprendimos que querer a alguien no significaba nunca hacerlo enojar.
Significaba no salir corriendo cuando ocurría.
***
Una tarde de septiembre subimos a una pequeña loma detrás del establo.
Las montañas comenzaban a ponerse moradas con el atardecer.
Mateo llevaba varios minutos inquieto.
—¿Qué tienes? —pregunté.
—Nada.
—Mientes.
—¿Siempre vas a saber cuándo miento?
—Probablemente.
—Eso parece injusto.
Metió una mano en el bolsillo.
Esta vez sí sacó una pequeña caja.
Sentí que el mundo se detuvo.
—Mateo.
—Todavía no he preguntado.
—Lo sé.
—Entonces no pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—¿Cuál?
—La que hace que olvide lo que voy a decir.
Me reí.
Mateo abrió la caja.
Dentro había un anillo sencillo de oro.
Nada exagerado.
Nada que un hacendado rico hubiera considerado impresionante.
Para mí era perfecto.
—Rosa…
—Sí.
—No he terminado.
—Perdón.
Cerré la boca.
Mateo respiró profundamente.
—Hace meses pensé que amarte significaba dejarte ir.
Sus ojos encontraron los míos.
—Ahora sé que amarte significa quedarme cuando tú también quieres que me quede.
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
—Quiero quedarme en San Jerónimo.
Tomó mi mano.
—Quiero seguir trabajando en el establo.
Acarició mis dedos.
—Quiero seguir entrando a tu tienda incluso cuando no necesite cuerda.
—Eso ya lo sabíamos.
Sonrió.
—Y quiero despertarme contigo todos los días que nos toquen.
Su voz se quebró apenas.
—Rosa Valdés, ¿quieres casarte conmigo?
No lo hice sufrir.
—Sí.
Mateo soltó el aire como si hubiera estado conteniéndolo desde 1872.
Puso el anillo en mi dedo.
Le temblaban las manos.
—Te queda bien.
—Sí.
Se quedó mirándome.
Después negó lentamente con la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
—Mateo.
Sonrió.
—Sólo estaba pensando que sigues siendo demasiado hermosa para mí.
Le di un golpe suave en el brazo.
—No empieces otra vez.
—Era una broma.
Lo miré.
Aquel hombre había pasado años convencido de que mi belleza, los hombres que me cortejaban y las cosas que podían ofrecerme eran pruebas de que yo pertenecía a un mundo demasiado alto para él.
Pero ya no había tristeza en sus palabras.
Sólo incredulidad feliz.
Me acerqué.
Él dejó de sonreír cuando vio mis lágrimas.
—Rosa.
Tomé su rostro entre mis manos.
Y entonces le dije la verdad que llevaba demasiado tiempo guardando.
—Tal vez tú siempre pensaste que eras demasiado poco para mí.
Mateo no se movió.
Apoyé mi frente contra la suya.
—Pero yo he guardado mi corazón para ti.
Cerró los ojos.
Después me besó.
No hubo músicos.
No hubo haciendas.
No hubo una casa de ocho habitaciones.
Sólo las montañas moradas, el olor a tierra seca y las campanas de la iglesia sonando a lo lejos.
Nos casamos ese invierno.
La vida no se volvió perfecta.
Hubo años malos.
Hubo caballos enfermos.
Hubo cuentas que nos hicieron discutir hasta pasada la medianoche.
Mi padre siguió asegurando que Mateo regalaba demasiado trabajo.
Yo seguí diciéndole lo mismo.
Mateo siguió comprando cuerda que no necesitábamos.
Y cada vez que yo preguntaba para qué la quería, respondía:
—Para tener una excusa para venir a verte.
—Vivimos en la misma casa.
—Nunca se sabe.
Con el tiempo, el establo creció.
No porque apareciera una fortuna inesperada.
Porque trabajamos.
Ahorramos.
Nos equivocamos.
Volvimos a intentar.
Yo seguí ayudando en la tienda de mi padre y Mateo nunca volvió a sugerir que debía dejarla.
Don Esteban se casó años después con una viuda de Hermosillo que, según los rumores, discutía con él casi tanto como yo discutía con Mateo.
Tomás nunca permitió que olvidáramos que, según él, todo nuestro matrimonio existía gracias a que un día decidió decirle a Mateo que era un idiota.
Quizá tenía un poco de razón.
Pero había algo que sólo Mateo y yo sabíamos.
Todavía conservo aquel botón de nácar.
El que guardó durante once años sin entender por qué.
Está dentro de una pequeña caja junto al anillo que me dio aquella tarde.
A veces lo tomo entre los dedos y recuerdo a la mujer que fui: parada detrás de un mostrador, esperando que el hombre que amaba aprendiera a verla.
Durante mucho tiempo creí que ésa había sido nuestra historia.
Una mujer esperando.
Un hombre demasiado asustado para acercarse.
Con los años entendí que no.
Nuestra historia comenzó de verdad cuando dejé de esperar.
Porque el amor no fue que Mateo finalmente descubriera cuánto lo quería.
Él ya lo sabía.
El amor fue que por fin entendiera algo mucho más difícil:
que mi corazón no era un premio que tuviera que merecer.
Era mío.
Y yo ya había elegido a quién entregárselo.
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