La figura de la Santa Muerte que apareció entre las tumbas

La Santa Muerte que apareció en mi ventana

La primera vez que vi aquella figura de la Santa Muerte, estaba parada frente a una tumba que llevaba más de cincuenta años abandonada.

Lo extraño no fue encontrarla ahí.

Lo extraño fue que al día siguiente estaba en otro lugar.

Todo comenzó cuando fui a un antiguo panteón mexicano para visitar la tumba de mi abuelo. Era uno de esos cementerios viejos que parecen haber sido olvidados por el tiempo. Había tumbas de piedra agrietada, cruces oxidadas, mausoleos cubiertos de maleza y pequeños altares que nadie parecía visitar desde hacía décadas.

Había muy poca gente.

Era una tarde nublada de noviembre y el aire olía a tierra húmeda y flores marchitas. El Día de Muertos había terminado hacía pocos días, pero todavía quedaban veladoras consumidas y coronas de cempasúchil junto a algunas tumbas.

Yo no había vuelto al panteón desde el funeral de mi abuelo.

Habían pasado casi diez años.

No sé exactamente por qué decidí regresar aquel día.

Quizá porque últimamente había empezado a soñar con él.

En todos los sueños estaba sentado en el mismo banco de madera que había frente a su antigua casa. Me miraba sin decir nada. Yo intentaba acercarme, pero siempre despertaba antes de llegar hasta él.

La última vez, sin embargo, había sido diferente.

Antes de desaparecer, mi abuelo me había dicho:

—No dejes que ella te encuentre.

Me desperté con el corazón acelerado.

No sabía quién era “ella”.

Pero esa frase permaneció en mi cabeza durante varios días.

Por eso terminé regresando al panteón.

Quería visitar su tumba.

Quería, quizá, sentir que podía cerrar una historia que nunca había terminado de entender.

Encontré la lápida después de caminar unos quince minutos entre los pasillos.

La tumba estaba exactamente como la recordaba.

La piedra tenía manchas oscuras y algunas letras comenzaban a borrarse. Había hojas secas sobre la superficie y una pequeña cruz de metal inclinada hacia un lado.

Limpié la lápida con la mano.

Después coloqué unas flores.

Me quedé allí unos minutos.

—Perdón por tardar tanto en volver, abuelo.

No esperaba ninguna respuesta.

Naturalmente.

Pero entonces escuché algo.

Un golpe metálico.

Venía de la parte más antigua del cementerio.

Me giré.

No vi a nadie.

Volví a escuchar el ruido.

Esta vez fue más claro.

Clang.

Clang.

Clang.

Como si alguien estuviera golpeando una pieza de metal contra una piedra.

Pensé que quizá algún trabajador estaba reparando una tumba.

Sin embargo, la curiosidad pudo más.

Caminé hacia el fondo del panteón.

Allí encontré una pequeña capilla.

La puerta estaba entreabierta.

Era una construcción vieja, casi escondida detrás de unos árboles. Las paredes estaban cubiertas de humedad y sobre la entrada había una cruz de hierro completamente oxidada.

Me acerqué.

No sé por qué sentí miedo.

Quizá fue el silencio.

Dentro no había iluminación eléctrica.

Solo unas cuantas veladoras.

Y en el centro estaba la figura.

Una Santa Muerte.

Era bastante grande.

Vestía una túnica negra que llegaba casi hasta el suelo. En una mano sostenía una guadaña y alrededor del cuello llevaba varios rosarios. A sus pies había flores secas, monedas, vasos con agua y fotografías antiguas.

Me acerqué lentamente.

Las fotografías fueron lo primero que llamó mi atención.

Todas estaban colocadas boca abajo.

No podía ver ningún rostro.

Había decenas.

Algunas parecían tener más de cincuenta años.

Otras eran mucho más recientes.

Me agaché.

Estuve a punto de tomar una de ellas cuando vi la pequeña placa metálica clavada en la base de la figura.

Solo tenía una frase.

NO LA MIRES DESPUÉS DE LAS TRES.

Me quedé observándola durante varios segundos.

Me pareció una superstición absurda.

Una advertencia destinada a asustar a los visitantes.

Saqué mi teléfono.

Tomé una fotografía.

El flash iluminó toda la capilla.

Y por una fracción de segundo tuve la sensación de que la figura había movido ligeramente la cabeza.

Retrocedí.

Parpadeé.

La figura seguía exactamente igual.

Me reí de mí mismo.

—Estoy cansado.

Guardé el teléfono y salí.

No sabía que acababa de cometer el primer error.


Esa noche, alrededor de las once, estaba revisando las fotografías del día.

Pasé varias.

La tumba de mi abuelo.

Los árboles.

La capilla.

La Santa Muerte.

Me detuve.

Había algo detrás de la figura.

Una persona.

Una mujer.

Estaba parada en la oscuridad, casi completamente oculta.

Amplié la imagen.

La mujer llevaba un vestido claro.

No podía verle el rostro.

Pensé que podía haber sido alguna visitante.

Pero entonces reconocí la ropa.

Era un vestido azul con pequeñas flores blancas.

Mi abuela tenía uno exactamente igual.

Lo recordaba perfectamente porque había una fotografía familiar en la que aparecía usando ese vestido.

Mi abuela llevaba veinte años muerta.

Sentí un escalofrío.

Volví a ampliar la imagen.

La mujer parecía estar mirando directamente hacia la cámara.

Aunque su rostro seguía oculto.

Guardé el teléfono.

Me dije que seguramente era una coincidencia.

Quizá otra mujer había usado un vestido parecido.

Quizá la fotografía había captado a una visitante que yo ni siquiera había visto.

Había explicaciones.

Siempre había explicaciones.

Eso intenté repetirme.

Hasta que escuché tres golpes en la ventana.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Vivía en un tercer piso.

No había balcón.

No había árboles suficientemente altos para tocar esa ventana.

Me acerqué.

No había nadie.

Solo la calle vacía.

Cerré las cortinas.

Y no volví a dormir.


Al día siguiente regresé al panteón.

No sabía exactamente qué esperaba encontrar.

Tal vez quería demostrarme que todo había sido una coincidencia.

La capilla seguía ahí.

Pero la figura había desaparecido.

Entré.

Las fotografías seguían en el suelo.

Las veladoras estaban apagadas.

La placa metálica continuaba clavada en la base que ahora estaba vacía.

Sentí un nudo en el estómago.

Salí y busqué al encargado del cementerio.

Era un hombre mayor llamado Esteban.

Le describí la figura.

Al principio no dijo nada.

Después me miró de una manera extraña.

—¿La viste anoche?

—Sí.

—¿A qué hora?

—Por la tarde.

Su expresión cambió.

—¿La fotografiaste?

No respondí.

Eso pareció ser suficiente.

Esteban suspiró.

—Entonces ya te vio a ti.

—¿Qué significa eso?

El hombre miró hacia la capilla.

—No deberías haber tomado esa fotografía.

—Solo fue una foto.

—Eso mismo dijeron los otros.

—¿Los otros?

Esteban tardó en responder.

Finalmente me explicó que aquella figura había aparecido en el cementerio muchos años atrás.

Nadie sabía quién la había colocado.

Al principio los trabajadores intentaron retirarla.

La llevaron fuera del panteón.

Al día siguiente apareció nuevamente dentro de la capilla.

La enterraron.

Volvió a aparecer.

La rompieron.

Volvió a aparecer completa.

Un sacerdote intentó bendecirla.

Después de eso, según Esteban, la figura desapareció durante casi un año.

Pero regresó.

Y desde entonces nadie volvió a tocarla.

—¿Qué ocurre cuando aparece? —pregunté.

—Nada al principio.

—¿Y después?

—Alguien muere.

Sentí que se me helaban las manos.

—Eso puede ser una coincidencia.

—Claro.

Esteban dijo aquella palabra con una tranquilidad que me incomodó.

—Todo puede ser una coincidencia.

Luego me contó la regla.

Nunca fotografiarla.

Nunca tocarla.

Nunca dejar una fotografía personal cerca de ella.

Y, sobre todo, nunca mirarla después de las tres de la mañana.

—¿Qué pasa si alguien lo hace?

Esteban bajó la voz.

—La figura cambia de lugar.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Cada vez que cambia de lugar, aparece más cerca de la tumba de la persona que va a morir.

Me quedé mirándolo.

—¿Cómo saben eso?

—Porque ya ocurrió.

—¿Con quién?

Esteban señaló las fotografías de la capilla.

—Con todos ellos.


Aquella noche intenté olvidarlo.

No funcionó.

A las dos de la mañana seguía despierto.

A las dos y media fui por agua.

A las dos cuarenta y cinco miré el reloj.

2:45.

Recordé la advertencia.

No mirar después de las tres.

Me prometí no hacerlo.

A las 2:58 me acosté.

Cerré los ojos.

Intenté dormir.

Entonces escuché un ruido.

Ras.

Abrí los ojos.

Ras.

El sonido venía del patio.

Ras.

Miré el reloj.

3:17.

Me incorporé lentamente.

El sonido volvió.

Ras.

Ras.

Ras.

Como una pieza de metal arrastrándose sobre el suelo.

No quería acercarme a la ventana.

Pero lo hice.

Levanté apenas la cortina.

No había nadie.

Solo la calle.

Entonces vi algo junto a la puerta.

Una flor de cempasúchil.

Estaba completamente seca.

Abrí la puerta.

La flor estaba sobre el suelo.

Debajo había una pequeña placa de metal.

La misma.

NO LA MIRES DESPUÉS DE LAS TRES.

Sentí un frío intenso.

Entonces escuché un ruido detrás de mí.

Un sonido metálico.

Muy cerca.

Como una guadaña arrastrándose lentamente por el suelo.

No quise voltear.

Miré hacia la ventana.

En el reflejo vi una sombra.

Alta.

Delgada.

Una túnica larga.

Una guadaña.

La sombra estaba detrás de mí.

Me quedé paralizado.

La figura comenzó a acercarse.

Un paso.

Otro.

Otro.

Hasta quedar justo detrás de mí.

Entonces escuché una voz.

Una voz que conocía.

—No debiste tomarme una fotografía.

Era mi abuela.

Cerré los ojos.

No podía respirar.

—Abuela…

La voz volvió.

—No era a mí a quien debías mirar.

Abrí los ojos.

El reflejo había desaparecido.

Me giré.

No había nadie.

Solo la puerta abierta.

Y la flor seca.


Al día siguiente regresé al panteón.

Fui directamente a la capilla.

La figura había vuelto.

Pero ahora estaba frente a una tumba diferente.

Sentí que las piernas me dejaron de responder.

Era la tumba de mi abuelo.

Sobre la lápida había una fotografía.

La reconocí inmediatamente.

Era la fotografía que yo había tomado.

Pero algo había cambiado.

Ahora yo aparecía en ella.

Estaba parado frente a la Santa Muerte.

Y detrás de mí estaba mi abuela.

La fecha escrita debajo de la imagen era la del día siguiente.

Salí corriendo.

No volví a mirar atrás.

Durante varios días no salí de casa.

Convencí a mi jefe de que estaba enfermo.

Apagué el teléfono.

No quería saber nada del cementerio.

Pero el cuarto día ocurrió algo.

Encontré una fotografía sobre mi mesa.

Yo no la había puesto allí.

Era una fotografía antigua de mi abuelo.

Estaba sentado en una silla.

A su lado había una mujer.

Mi abuela.

Detrás de ellos había una pequeña figura.

La Santa Muerte.

Sentí que el estómago se me revolvía.

En el reverso de la fotografía había una frase escrita a mano.

ÉL TAMBIÉN LA VIO.

Llamé a mi madre.

Le pregunté si sabía algo sobre aquella figura.

Hubo un largo silencio.

—¿Dónde escuchaste ese nombre?

—En el panteón.

Mi madre respiró profundamente.

—No vuelvas allí.

—¿Por qué?

—Porque tu abuelo ya me había hablado de eso.

Me quedé sin palabras.

—¿Qué te dijo?

—Que había una figura en el cementerio.

—¿Y?

—Que la había visto cuando era joven.

Mi madre comenzó a llorar.

—Y que desde entonces había soñado con personas muertas.

Le pregunté por qué nunca me había contado aquello.

—Porque me pidió que no lo hiciera.

—¿Por qué?

—Porque decía que mientras nadie volviera a mirar a la figura, todo estaría bien.

Sentí un escalofrío.

—Mamá…

—¿Qué?

—¿Mi abuelo murió de qué?

Ella tardó en responder.

—Su corazón.

—¿Estaba enfermo?

—No.

Aquella respuesta me dejó completamente inmóvil.

—Entonces ¿qué pasó?

—Lo encontraron sentado frente a la ventana.

—¿Y?

—Tenía los ojos abiertos.

Mi madre volvió a llorar.

—Y en el vidrio había una marca.

—¿Qué marca?

—Como si alguien hubiera dibujado una guadaña desde afuera.


Esa noche no dormí.

A las tres y diecisiete volvió el sonido.

Ras.

Ras.

Ras.

Esta vez no venía de la calle.

Venía del interior de la casa.

Me levanté.

El sonido se movía por el pasillo.

Ras.

Ras.

Ras.

Me acerqué a la puerta de mi habitación.

La abrí.

El pasillo estaba oscuro.

Entonces vi una sombra al fondo.

No era una persona.

Era demasiado alta.

Demasiado delgada.

Y llevaba algo largo en la mano.

La sombra se movió.

Yo retrocedí.

La puerta se cerró de golpe.

El ruido desapareció.

Pasaron unos segundos.

Entonces alguien tocó.

Toc.

Toc.

Toc.

No respondí.

Volvieron a tocar.

Esta vez lentamente.

Toc.

Toc.

Toc.

Y escuché la voz de mi abuelo.

—Abre.

Me quedé mirando la puerta.

—Abre, hijo.

Era su voz.

Exactamente su voz.

Pero había algo extraño.

Mi abuelo nunca me había llamado “hijo”.

Siempre me decía por mi nombre.

La voz volvió.

—No la dejes entrar.

Me acerqué.

—¿Quién?

Silencio.

Después:

—Tu abuela.

Me alejé inmediatamente de la puerta.

Algo comenzó a rasparla desde el otro lado.

Ras.

Ras.

Ras.

Entonces comprendí.

La voz de mi abuelo no estaba intentando que abriera.

Estaba intentando advertirme.


A la mañana siguiente encontré la puerta llena de marcas.

Cuatro líneas profundas atravesaban la madera.

Parecían hechas con metal.

Llamé a mi madre.

Le conté todo.

Ella me pidió que fuera a verla.

Cuando llegué, sacó una caja vieja.

Dentro había cartas, fotografías y documentos que pertenecieron a mi abuelo.

—Hay algo que nunca te conté —dijo.

Sacó un cuaderno.

Era el diario de mi abuelo.

Las primeras páginas hablaban de su juventud.

Después apareció una fecha.

12 de noviembre de 1968.

Leí.

Mi abuelo contaba que había visitado el mismo panteón para enterrar a un amigo.

Había encontrado una pequeña capilla.

Dentro estaba la figura.

La fotografió.

Tres días después, su amigo murió.

Mi abuelo regresó.

La figura estaba frente a la tumba de aquel hombre.

Después comenzó a cambiar de lugar.

Cada vez que aparecía frente a una tumba, alguien moría.

Mi abuelo empezó a investigar.

Descubrió algo todavía peor.

La figura no anunciaba la muerte.

La figura elegía a quién debía recordar.

Las personas que aparecían en las fotografías no eran necesariamente las siguientes en morir.

Eran personas que tenían una deuda con alguien muerto.

Mi abuelo escribió:

“Ella no viene por los muertos. Viene por los vivos que no han terminado de despedirse.”

Seguí leyendo.

Había otra frase.

“Si alguien ve su propio rostro en una fotografía tomada frente a ella, ya ha sido elegido.”

Sentí que el cuerpo se me enfriaba.

—Mamá…

Ella no respondió.

—¿Qué significa esto?

Mi madre me miró.

—Tu abuelo también vio su rostro.

—¿Y qué hizo?

—Intentó escapar.

—¿Funcionó?

Ella negó con la cabeza.

—Murió una semana después.


Volví al panteón esa misma tarde.

Sabía que era una mala idea.

Pero necesitaba terminar aquello.

Esteban estaba en la entrada.

Cuando me vio, no pareció sorprendido.

—Sabía que volverías.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque todos vuelven.

—Quiero saber cómo detenerla.

El hombre negó lentamente.

—No se detiene.

—Tiene que existir una manera.

—Quizá.

—¿Cuál?

Esteban miró hacia la capilla.

—Hay una tumba.

—¿Cuál?

—La que está debajo de la capilla.

Me explicó que décadas atrás había existido allí una tumba sin nombre.

Nadie sabía quién estaba enterrado.

Cuando construyeron la capilla, descubrieron restos humanos.

Decidieron no moverlos.

Desde entonces, la figura había aparecido.

—¿Quién está enterrado ahí?

—Una mujer.

—¿Quién?

—Nadie lo sabe.

—¿Y qué tiene que ver conmigo?

Esteban suspiró.

—Tu familia la conocía.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Cómo?

—Tu abuelo fue uno de los primeros en descubrir la tumba.

—Eso no significa nada.

—No.

Esteban me miró.

—Pero tu abuela sí.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué hizo mi abuela?

El hombre bajó la voz.

—La mujer enterrada debajo de la capilla era su hermana.


Mi madre nunca había mencionado que mi abuela tuviera una hermana.

Nunca.

Regresé a casa y busqué entre las fotografías familiares.

Después de horas encontré una caja que no había visto antes.

Dentro había una fotografía.

Dos niñas.

Una era mi abuela.

La otra era una niña desconocida.

En la parte inferior había una fecha.

Y detrás:

María Elena y Rosa.

Rosa.

Ese era el nombre.

Busqué más.

Encontré una carta.

La letra pertenecía a mi abuela.

Solo decía:

“Perdóname. No sabía lo que estaba haciendo.”

Sentí que algo se movía detrás de mí.

Me giré.

Nada.

Volví a mirar la carta.

Debajo de la primera frase apareció otra línea.

No estaba allí antes.

“Pero tú sí lo sabías.”

Solté la carta.

Entonces escuché una voz.

La voz de mi abuela.

—Ven al panteón.

No quería ir.

Pero algo dentro de mí sabía que debía hacerlo.


Llegué poco después de medianoche.

El cementerio estaba cerrado.

Entré por una abertura en la cerca.

El viento movía las ramas.

Todo parecía diferente.

Más oscuro.

Más silencioso.

Caminé hasta la capilla.

La puerta estaba abierta.

Las veladoras estaban encendidas.

Y la Santa Muerte estaba allí.

Frente a una tumba.

La tumba de Rosa.

Había una fotografía sobre la lápida.

Me acerqué.

Era una fotografía de mi abuela y Rosa.

Pero había una tercera persona.

Un hombre.

Mi abuelo.

En el reverso decía:

“Él prometió volver.”

Entonces comprendí.

Mi abuelo había conocido a Rosa.

Quizá había intentado ayudarla.

Quizá había sido responsable de algo.

Pero no entendía qué.

De pronto escuché pasos.

Esteban apareció detrás de mí.

—Ya es demasiado tarde.

—¿Para qué?

—Para irte.

La figura giró ligeramente la cabeza.

Fue apenas un movimiento.

Pero esta vez lo vi.

No era mi imaginación.

La Santa Muerte estaba mirándome.

Su rostro de calavera parecía diferente.

Más humano.

Como si debajo de los huesos hubiera un rostro real.

—¿Qué quiere de mí? —pregunté.

Esteban no respondió.

La figura levantó lentamente la guadaña.

Y señaló la tumba.

Entonces escuché una voz.

No venía de la figura.

Venía de debajo de la tierra.

—Devuélveme lo que me quitaron.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

—¿Qué?

La voz volvió.

—Mi nombre.

Esteban retrocedió.

—No digas nada.

Pero ya era tarde.

Sobre la lápida apareció una inscripción.

Como si las letras estuvieran siendo grabadas lentamente en la piedra.

ROSA MARÍA SERRANO.

Después apareció otra frase.

NO FUE UNA MUERTE.

Y una tercera.

FUE UN ABANDONO.

Miré a Esteban.

—¿Qué pasó?

El hombre cerró los ojos.

—Tu abuela tenía diecisiete años.

Esperó unos segundos.

—Rosa estaba enferma. La familia no quería que nadie supiera. La llevaron al cementerio pensando que moriría durante la noche.

—¿La enterraron viva?

Esteban no respondió.

Pero su silencio fue suficiente.

Sentí náuseas.

—¿Y mi abuelo?

—Intentó ayudarla.

—¿La salvó?

—No.

—¿Qué hizo?

—Prometió regresar con ayuda.

—Pero no volvió.

Esteban negó con la cabeza.

—No pudo.

—¿Por qué?

—Porque tu abuela lo convenció de que ya era demasiado tarde.

Sentí una presión en el pecho.

—Entonces ella murió ahí abajo.

—Sí.

La figura permanecía inmóvil.

—¿Y por qué mi familia nunca habló de ella?

—Porque después ocurrió algo.

—¿Qué?

Esteban miró a la Santa Muerte.

—Rosa no se quedó sola.


La noche se volvió más fría.

Las veladoras comenzaron a apagarse una por una.

La última quedó encendida frente a la tumba.

Entonces escuché una respiración.

Detrás de mí.

Me giré.

Vi a una mujer.

Era mi abuela.

No como aparecía en mis recuerdos.

Era joven.

Llevaba el vestido azul con flores blancas.

El mismo de la fotografía.

Tenía el rostro lleno de lágrimas.

—Abuela…

Ella me miró.

—Perdóname.

—¿Por qué?

—Porque nunca te dije la verdad.

—¿Qué verdad?

Miró hacia la tumba.

—Rosa no murió aquella noche.

Sentí que la sangre se me congelaba.

—¿Qué?

—Vivió durante tres días.

No pude hablar.

—Golpeó la tapa del ataúd.

La voz de mi abuela se quebró.

—Yo la escuché.

—¿Y no hiciste nada?

—Tenía miedo.

—¿Y mi abuelo?

—También la escuchó.

—¿Por qué no la ayudaron?

Mi abuela comenzó a llorar.

—Porque tu abuelo prometió volver.

Miró hacia mí.

—Y yo le dije que no lo hiciera.

—¿Por qué?

—Porque tenía miedo de que Rosa contara lo que había pasado.

—¿Qué había pasado?

Mi abuela cerró los ojos.

—Yo la había empujado.

Sentí que el mundo desaparecía.

—¿Qué?

—Durante una discusión.

Rosa había caído.

Se golpeó la cabeza.

La familia entró en pánico.

En lugar de llevarla a un hospital, decidieron esconder lo ocurrido.

La enterraron viva pensando que estaba muerta.

Pero mi abuela sabía que no era así.

La escuchó.

Durante tres días.

Después, el silencio.

—¿Y la Santa Muerte?

Mi abuela miró la figura.

—Rosa la llamó.

—¿Cómo?

—No lo sé.

—¿Por qué apareció?

—Porque alguien tenía que recordar su muerte.

Mi abuela empezó a desaparecer.

Su cuerpo se volvió transparente.

—Abuela.

—No dejes que te fotografíe otra vez.

—¿Qué?

—Ella no quiere matarte.

—Entonces ¿qué quiere?

Mi abuela miró directamente hacia mí.

—Quiere que la recuerdes.

Y desapareció.


La figura de la Santa Muerte levantó la guadaña.

Yo retrocedí.

La placa metálica cayó al suelo.

La recogí.

Por primera vez la frase había cambiado.

Ya no decía:

NO LA MIRES DESPUÉS DE LAS TRES.

Ahora decía:

NO LA OLVIDES.

Comprendí entonces que la advertencia nunca había significado lo que yo creía.

No era una prohibición.

Era una petición.

No mirar después de las tres significaba no buscar respuestas cuando los muertos ya estaban despiertos.

Pero yo había llevado la historia hasta mi casa.

Había fotografiado a los muertos.

Había convertido su recuerdo en una imagen.

Y ahora tenía que terminar lo que mi familia había comenzado.

Me acerqué a la tumba.

La tierra comenzó a moverse.

Escuché golpes.

Tres.

Luego cinco.

Después muchos más.

La tapa del ataúd estaba debajo.

Pero no podía abrirla.

Habían pasado décadas.

No quedaba nada.

Solo huesos.

Y sin embargo, alguien estaba golpeando desde dentro.

Entonces escuché una voz.

—Diles mi nombre.

Lo hice.

—Rosa María Serrano.

El viento se detuvo.

—Diles lo que hicieron.

Tragué saliva.

—Te enterraron viva.

La figura de la Santa Muerte bajó la guadaña.

—Diles que no estabas muerta.

—No estabas muerta.

El cementerio quedó en completo silencio.

Después, la tierra dejó de moverse.

La figura comenzó a cambiar.

Su túnica negra se volvió gris.

Los rosarios cayeron al suelo.

La guadaña desapareció.

Y debajo de la túnica no había un esqueleto.

Había una mujer.

Una joven de diecisiete años.

Rosa.

Me miró.

No parecía enojada.

Solo cansada.

—Gracias.

Entonces desapareció.

La capilla quedó vacía.


Nunca conté públicamente lo ocurrido.

Mi madre sí aceptó escucharme.

Cuando le expliqué la historia, sacó otra fotografía.

Era de mi abuela y Rosa.

Había una frase escrita detrás.

“Algún día alguien nos recordará.”

Mi madre lloró durante horas.

Después decidimos colocar una lápida con el nombre de Rosa.

No hubo ceremonia.

No invitamos a nadie.

Solo dejamos flores.

Y una fotografía.

Por primera vez, el rostro de Rosa quedó visible.

Durante varios días no ocurrió nada.

Pensé que todo había terminado.

Hasta que una mañana recibí un mensaje de un número desconocido.

Solo contenía una fotografía.

Era una fotografía de la nueva tumba.

Debajo había una frase:

“Gracias por devolverme mi nombre.”

No respondí.

Bloqueé el número.

Pero aquella misma noche escuché tres golpes en mi ventana.

Toc.

Toc.

Toc.

No quise mirar.

Esperé.

El sonido se detuvo.

Entonces escuché una voz.

La voz de mi abuela.

—Ahora sí puedo despedirme.

Y por primera vez desde que todo había comenzado, sentí paz.


Pensé que la historia había terminado.

Pero estaba equivocado.

Un año después regresé al panteón.

La tumba de Rosa estaba limpia.

Había flores frescas.

Alguien había dejado una pequeña figura de Santa Muerte junto a la lápida.

No sentí miedo.

Me acerqué.

La figura era pequeña.

Vestía de blanco.

No de negro.

Y a sus pies había una fotografía.

La levanté.

Era una fotografía antigua.

Mi abuelo, mi abuela y Rosa.

Los tres estaban juntos.

Sonreían.

En la parte posterior había una fecha.

Y debajo una frase:

“Ahora sí estamos completos.”

Sonreí.

Dejé la fotografía sobre la tumba.

Antes de marcharme, miré la hora.

Eran las 2:58 de la tarde.

No las tres de la mañana.

Respiré tranquilo.

Entonces escuché el sonido.

Ras.

Ras.

Ras.

Me giré.

La pequeña figura de la Santa Muerte había cambiado de lugar.

Ahora estaba frente a otra tumba.

Me acerqué.

Leí el nombre.

No reconocí a la persona.

Sentí alivio.

Quizá aquello no tenía nada que ver conmigo.

Quizá la historia había terminado.

Hasta que vi la fotografía colocada sobre la lápida.

Era una fotografía reciente.

Tomada desde el interior de mi casa.

En ella aparecía yo.

Dormido.

Y detrás de mi cama estaba la figura.

Pero esta vez no era la Santa Muerte.

Era Rosa.

Y tenía los ojos abiertos.

Debajo de la fotografía había una nueva frase.

“No todos los muertos quieren venganza.”

Leí la siguiente línea.

“Algunos solo quieren que alguien recuerde que estuvieron aquí.”

Y debajo, escrita con una letra que reconocí inmediatamente:

“Pero algunos todavía están esperando.”

Sentí que algo frío me rozaba la nuca.

No me atreví a voltear.

Escuché una respiración.

Después una voz.

No era la de Rosa.

No era la de mi abuela.

No era la de mi abuelo.

Era una voz desconocida.

Una voz de mujer.

Muy cerca de mi oído.

—Tú fuiste quien abrió la puerta.

Me quedé inmóvil.

—Ahora tendrás que cerrarla.

La figura de la Santa Muerte estaba a unos metros.

Su túnica blanca se había vuelto negra.

La guadaña estaba nuevamente en su mano.

Y por primera vez comprendí algo que mi abuelo había intentado decirme en sueños.

La Santa Muerte no había aparecido para anunciar una muerte.

Había aparecido porque alguien había sido olvidado.

Pero ahora que yo conocía el secreto, podía verlas.

A todas.

Las fotografías que estaban dentro de aquella capilla nunca habían estado boca abajo para ocultar los rostros.

Estaban boca abajo para protegerme de ellos.

Porque detrás de cada fotografía había una historia.

Y detrás de cada historia había alguien esperando ser recordado.

Aquella noche regresé a casa.

No dormí.

A las tres y diecisiete de la madrugada escuché el sonido.

Ras.

Ras.

Ras.

Esta vez no venía de afuera.

Venía del pasillo.

Me levanté lentamente.

La puerta de mi habitación estaba abierta.

Al fondo había una figura.

Una mujer.

Vestía una túnica negra.

Sostenía una guadaña.

Y junto a ella había docenas de fotografías flotando en el aire.

Todas estaban boca abajo.

La mujer levantó una mano.

Una fotografía cayó al suelo.

Me acerqué.

La recogí.

Era una fotografía de mi abuelo.

Otra cayó.

Mi abuela.

Otra.

Rosa.

Después cayó una cuarta.

No reconocí a la persona.

La quinta tampoco.

La sexta tampoco.

Había cientos.

Miles.

Todas de personas que nunca había visto.

Entonces comprendí.

La figura no había venido por mí.

Había venido para mostrarme algo.

Me acerqué a la última fotografía.

La levanté.

Era una imagen de un cementerio.

Un panteón diferente.

Una capilla diferente.

Y frente a ella había otra figura.

Otra Santa Muerte.

Pero detrás de aquella figura había alguien.

Una mujer.

Mirando directamente hacia la cámara.

En la parte inferior de la fotografía aparecía una fecha.

La fecha del día siguiente.

Y debajo estaba escrito mi nombre.

Sentí que el corazón se me detenía.

La figura detrás de mí habló.

—Hay otra puerta.

Me giré.

No había nadie.

Solo la fotografía en mis manos.

Y entonces escuché el sonido que ya conocía demasiado bien.

Ras.

Ras.

Ras.

Una guadaña arrastrándose lentamente por el suelo.

Esta vez comprendí que no podía escapar.

Porque algunas historias no terminan cuando uno abandona el lugar donde comenzaron.

Algunas historias te siguen.

Algunas esperan.

Y algunas necesitan que alguien las cuente.

Por eso estoy escribiendo esto.

No para convencerte de que la Santa Muerte existe.

Tampoco para decirte que debes tener miedo de los cementerios.

Lo escribo por una razón mucho más sencilla.

Si alguna vez visitas un panteón antiguo y encuentras una pequeña capilla con una figura de túnica negra…

Si ves flores secas, monedas, vasos de agua y fotografías colocadas boca abajo…

No las levantes.

No las fotografíes.

Y si encuentras una placa metálica con una advertencia…

Haz caso.

Porque quizá esa advertencia no fue escrita para proteger a los muertos.

Quizá fue escrita para protegerte a ti.

Y si alguna noche, exactamente a las tres de la mañana, escuchas algo arrastrándose frente a tu casa…

No mires por la ventana.

No abras la puerta.

Y, sobre todo, no intentes descubrir quién está afuera.

Porque si decides hacerlo, tal vez veas una figura alta, vestida de negro, sosteniendo una guadaña.

Tal vez veas a alguien que conocías.

Tal vez veas a alguien que nunca conociste.

O quizá veas algo mucho peor.

Tu propio rostro.

Parado al otro lado del vidrio.

Mirándote.

Esperando.

Y si eso sucede…

No tomes una fotografía.

Porque la primera fotografía podría ser una advertencia.

La segunda podría ser una despedida.

Pero la tercera…

La tercera podría tener escrita la fecha de tu muerte.

Y créeme.

Hay cosas que es mejor no saber.

Porque desde aquella noche, cada vez que escucho el sonido de una guadaña arrastrándose afuera de mi casa, hago exactamente lo mismo.

Apago todas las luces.

Cierro las cortinas.

Me alejo de las ventanas.

Y espero.

Espero hasta que el sonido desaparece.

Pero esta madrugada ocurrió algo diferente.

A las tres y diecisiete escuché:

Ras.

Ras.

Ras.

Después silencio.

Pensé que había terminado.

Entonces escuché tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Y una voz habló desde el otro lado.

No era la voz de mi abuelo.

No era la voz de mi abuela.

No era la voz de Rosa.

Era mi propia voz.

—Abre.

No lo hice.

La voz volvió.

—Abre la puerta.

Cerré los ojos.

Entonces algo deslizó una fotografía por debajo de la puerta.

La recogí.

Era una fotografía de mi habitación.

Yo estaba de pie frente a la ventana.

Y detrás de mí estaba la Santa Muerte.

Pero esta vez la figura no sostenía una guadaña.

Sostenía una segunda fotografía.

La acerqué a la luz.

Era una fotografía tomada desde detrás de mí.

Mostraba mi espalda.

Mi habitación.

La puerta.

Y a alguien parado frente a ella.

Era yo.

Mirándome.

Entonces comprendí el verdadero significado de todo.

La Santa Muerte no había estado cambiando de lugar para acercarse a mi tumba.

Había estado cambiando de lugar para acercarse a mí.

Y ahora ya no estaba en el panteón.

Ya no estaba en la calle.

Ya no estaba detrás de una ventana.

Estaba dentro de mi casa.

Justo detrás de mí.

No me atreví a voltear.

Porque aprendí demasiado tarde que hay advertencias que no deben desafiarse.

Hay fotografías que nunca deben tomarse.

Hay nombres que nunca deben olvidarse.

Y hay muertos que, cuando finalmente recuerdas su historia…

ya no tienen ninguna razón para permanecer muertos.

La última cosa que escuché antes de apagar la luz fue un susurro junto a mi oído.

—Gracias por recordarnos.

Después, la casa quedó en silencio.

Pero sobre la mesa apareció una nueva fotografía.

Esta vez no estaba boca abajo.

La levanté.

Y lo que vi me hizo comprender que todo aquello apenas comenzaba.

En la fotografía aparecía un panteón.

Una capilla.

Una figura de la Santa Muerte.

Y frente a ella había un hombre que no conocía.

Estaba mirando directamente hacia la cámara.

En la parte inferior aparecía una fecha.

Mañana.

Y debajo de la fecha, una frase:

“ÉL SERÁ EL PRÓXIMO.”

Entonces entendí.

La Santa Muerte nunca había venido por mí.

Me había convertido en su mensajero.

Y mientras alguien siguiera olvidando a los muertos, yo seguiría encontrando sus fotografías.

Una después de otra.

Una noche después de otra.

Hasta que algún día, quizá, encuentre una fotografía que no muestre a un desconocido.

Ni a mi abuelo.

Ni a mi abuela.

Ni a Rosa.

Sino a mí.

De pie frente a una tumba que todavía no existe.

Con una fecha escrita debajo.

Y una pequeña placa metálica clavada en la piedra.

Una placa que solo tendrá cuatro palabras:

NO LA MIRES DESPUÉS DE LAS TRES.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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