La Santa Muerte me dejó despedirme de mi padre… pero no era él quien vino a verme

Nunca pude despedirme de mi padre

Nunca pude despedirme de mi padre.

O eso creí durante mucho tiempo.

Durante años pensé que aquella había sido la peor deuda de mi vida, una de esas cosas que uno aprende a cargar en silencio porque sabe que ya no existe ninguna manera de corregirlas. Mi padre había muerto y yo no había estado allí. No había sostenido su mano. No había escuchado sus últimas palabras. No había tenido la oportunidad de decirle que lo quería.

Había llegado demasiado tarde.

Y cuando una persona muere, hay cosas que simplemente dejan de ser posibles.

Eso era lo que yo creía.

Hasta aquella noche.

La noche en que la Santa Muerte escuchó mi petición.

La noche en que mi padre regresó para despedirse de mí.

Y la noche en que comprendí que, algunas veces, conseguir exactamente lo que deseas puede ser mucho más aterrador que perderlo para siempre.


Mi padre llevaba varios meses enfermo.

No fue una enfermedad repentina. Eso quizá habría sido más fácil de aceptar.

Su cuerpo se fue apagando lentamente.

Primero dejó de trabajar.

Después dejó de salir de casa.

Más tarde comenzó a necesitar ayuda incluso para caminar hasta la cocina.

Mi hermana era quien más lo visitaba. Vivía relativamente cerca y se encargaba de llevarle comida, comprar sus medicamentos y acompañarlo cuando tenía que ir al médico.

Yo, en cambio, estaba lejos.

Demasiado lejos.

Vivía en otra ciudad y trabajaba casi todo el día. Tenía una vida que parecía justificar mi ausencia.

Eso me decía a mí mismo.

“Estoy trabajando.”

“No puedo pedir permiso.”

“Iré el próximo fin de semana.”

“Cuando termine este proyecto.”

“Cuando tenga tiempo.”

Siempre había una razón.

Siempre había algo que hacer antes.

Y mi padre nunca me reclamó.

Ese fue quizá el peor detalle de todos.

Si me hubiera llamado enojado, si hubiera dicho que estaba decepcionado, si alguna vez me hubiera preguntado por qué su hijo no iba a verlo, quizá habría sentido que todavía tenía la oportunidad de arreglar las cosas.

Pero no.

Cada vez que hablábamos por teléfono, me decía lo mismo.

—No te preocupes por mí.

Y yo sabía que estaba mintiendo.

También sabía que él sabía que yo lo sabía.

Pero ninguno de los dos decía nada.

A veces hablábamos apenas cinco minutos.

—¿Cómo estás, papá?

—Bien.

—¿Ya comiste?

—Sí.

—¿Necesitas algo?

—No.

—Bueno, entonces te llamo mañana.

—Está bien, hijo.

Y colgábamos.

Al día siguiente yo encontraba una nueva excusa.

Después pasaban tres días.

Una semana.

Dos.

Y cada vez que mi hermana me decía:

—Deberías venir.

Yo respondía:

—Sí. Voy a ir.

Pero nunca iba.

Hasta aquella madrugada.


El teléfono sonó a las cuatro y diecisiete de la mañana.

Recuerdo perfectamente la hora porque, durante meses después de la muerte de mi padre, despertaba todas las noches a las cuatro y diecisiete.

Al principio pensaba que era una coincidencia.

Después dejé de creer en las coincidencias.

Contesté medio dormido.

—¿Bueno?

No escuché nada durante unos segundos.

Después reconocí la respiración de mi hermana.

Estaba llorando.

—¿Qué pasó?

Ella intentó hablar, pero su voz se quebró.

—Es papá.

Me senté en la cama.

Sentí que algo dentro de mí se hundía.

—¿Qué pasó?

—Está muy grave.

No recuerdo todo lo que dije después.

Solo recuerdo que me vestí rápidamente, tomé una mochila y salí de casa.

Tomé el primer autobús disponible.

Durante el viaje miré por la ventana sin ver realmente el paisaje.

Pensaba en mi padre.

Pensaba en todas las veces que había prometido visitarlo.

Pensaba en su voz.

En sus manos.

En la última conversación que habíamos tenido.

Había terminado diciéndome:

—Cuídate, hijo.

Yo había respondido:

—Tú también.

Eso fue todo.

Esas fueron las últimas palabras que le dije mientras estaba vivo.

Cuando llegué al pueblo, ya estaba amaneciendo.

Mi hermana me esperaba frente a la casa.

En cuanto la vi supe que había llegado demasiado tarde.

No necesitó decir nada.

Su rostro lo decía todo.

—Lo siento —susurró.

Yo la miré.

—¿Cuándo?

—Hace unas horas.

No lloré.

Ni siquiera entonces.

Entré en la casa.

El olor era exactamente el mismo de siempre.

Madera vieja.

Café.

Medicamentos.

Y ese olor particular de las casas donde vive una persona enferma durante mucho tiempo.

Caminé hasta su habitación.

Mi padre estaba acostado sobre la cama.

Una sábana blanca cubría su cuerpo hasta el pecho.

Tenía los ojos cerrados.

Parecía dormido.

Por un instante pensé que podía despertarse.

Que iba a abrir los ojos y decir:

—Ya llegaste.

Pero no ocurrió.

Me quedé parado en la puerta.

No pude acercarme.

Sentí una presión terrible en el pecho.

Mi hermana se acercó y me abrazó.

Entonces finalmente comprendí que ya no tenía otra oportunidad.

Mi padre se había ido.

Y yo no había estado allí.


El funeral sería al día siguiente.

Mi hermana se fue con unos familiares para preparar todo.

Yo decidí quedarme solo en la casa.

No quería dormir.

Tampoco quería hablar con nadie.

Me senté en la cocina y saqué una fotografía vieja que encontré sobre un mueble.

Era una foto de mi padre cuando era joven.

Estaba sentado frente a la misma casa.

Yo aparecía a su lado.

Debía tener unos ocho o nueve años.

Sonreíamos.

Mi padre tenía una mano sobre mi hombro.

Recordé aquella época.

Él todavía trabajaba.

Yo todavía pensaba que mi padre era invencible.

Cuando eres niño, no entiendes que tus padres pueden morir.

Crees que estarán allí para siempre.

Que siempre podrás regresar.

Que siempre habrá otra Navidad.

Otro cumpleaños.

Otro domingo.

Otra conversación.

Hasta que un día descubres que no.

Me quedé mirando la fotografía durante mucho tiempo.

Y entonces recordé el altar.

Estaba en una pequeña habitación al fondo de la casa.

Mi padre lo había construido muchos años atrás.

Nunca me había gustado.

Cuando era niño me daba miedo.

Había veladoras, flores secas, rosarios, fotografías de familiares muertos y varias estampas religiosas.

Pero en el centro estaba una figura de la Santa Muerte.

Era alta.

Vestía una túnica oscura.

Sostenía una guadaña en una mano y un pequeño globo en la otra.

Mi padre siempre le encendía veladoras.

Yo nunca entendí por qué.

Una vez, cuando tenía quince años, le pregunté.

Él solo respondió:

—Porque ella escucha cuando nadie más quiere hacerlo.

En aquel momento me pareció una tontería.

Aquella noche, sin embargo, entré en la habitación.

El altar seguía intacto.

Había varias veladoras apagadas.

Solo una permanecía encendida.

Me acerqué.

No sabía qué hacer.

Me sentí ridículo.

Pero también desesperado.

Me arrodillé.

Miré la figura.

—Si de verdad puedes escucharme…

Mi voz temblaba.

—Déjame despedirme de mi papá.

No pedí que volviera.

No pedí un milagro.

No pedí que regresara a la vida.

Solo quería verlo.

Cinco minutos.

Un minuto.

Incluso unos segundos.

Solo quería decirle lo que nunca había podido decirle.

—Lo siento.

Me quedé en silencio.

Después añadí:

—Te quiero, papá.

Una lágrima cayó al suelo.

Entonces escuché tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Me levanté de golpe.

Venían de la ventana.

Miré hacia ella.

No había nadie.

La ventana daba al patio.

No había árboles cerca.

No había animales.

No había viento.

Volví la mirada hacia el altar.

Una de las veladoras se apagó.

La llama de otra comenzó a inclinarse.

Pero las ventanas estaban cerradas.

Entonces escuché una voz.

—Hijo…

Me quedé completamente inmóvil.

Era la voz de mi padre.


No sé cuánto tiempo permanecí allí.

Quizá fueron diez segundos.

Quizá un minuto.

Mi mente intentaba encontrar una explicación.

El cansancio.

El dolor.

La falta de sueño.

Una alucinación.

Cualquier cosa.

Pero entonces volvió a escucharse.

—Hijo…

Esta vez venía del pasillo.

Me levanté.

Mis piernas temblaban.

—¿Papá?

Silencio.

Caminé lentamente hacia su habitación.

La puerta estaba entreabierta.

La empujé.

Y lo vi.

Mi padre estaba sentado sobre la cama.

Llevaba la misma camisa que había usado cuando murió.

La camisa azul.

La que mi hermana había dejado junto a su cuerpo.

Mi respiración se detuvo.

—Papá…

Él levantó lentamente la cabeza.

Me miró.

Y sonrió.

No era una sonrisa aterradora.

Era la sonrisa que yo recordaba.

La misma que tenía cuando yo era niño.

—Pensé que no ibas a venir.

Entonces me quebré.

Caí de rodillas frente a él.

Lloré como no había llorado desde que era niño.

Me acerqué y lo abracé.

Su cuerpo estaba frío.

Terriblemente frío.

Pero era él.

O al menos eso parecía.

—Perdóname.

No podía dejar de repetirlo.

—Perdóname, papá.

Él colocó una mano sobre mi cabeza.

—Ya está.

—Debí venir.

—Lo sé.

—Te prometí que iba a venir.

—Lo sé.

—Pensé que tendría más tiempo.

Mi padre guardó silencio.

Entonces dijo:

—Todos piensan eso.

Me separé de él.

Lo miré.

Su rostro parecía más joven.

Las arrugas habían desaparecido parcialmente.

Sus ojos tenían un brillo extraño.

—¿Eres tú?

Él sonrió.

—¿Quién más sería?

Volví a llorar.

Le dije todo.

Todo lo que había guardado durante años.

Le dije que lo quería.

Que estaba orgulloso de ser su hijo.

Que lamentaba haber estado lejos.

Que muchas veces había querido llamarlo y no lo hice.

Que había tenido miedo de verlo enfermo.

Que me había convencido de que todavía quedaba tiempo.

Mi padre escuchó.

No me juzgó.

No me reprochó nada.

Cuando terminé, me acarició la cabeza.

—Ya puedes dejar de culparte.

Sentí alivio.

Por primera vez desde que había llegado a la casa, pude respirar.

Pero entonces mi padre miró hacia la puerta.

Su expresión cambió.

—Tienes que irte.

—¿Qué?

—Antes de que ella venga.

—¿Quién?

Mi padre no respondió.

Solo miró por encima de mi hombro.

—La que está detrás de ti.

Sentí que todo mi cuerpo se enfriaba.

No quise voltear.

—Papá…

—No la mires.

Entonces escuché algo.

Una cadena arrastrándose por el suelo.

Clac.

Clac.

Clac.

Mi padre se puso de pie.

—Escúchame.

Su voz era ahora completamente seria.

—Cuando la escuches, no respondas.

—¿Por qué?

—Porque ella sabe tu nombre.

La cadena volvió a sonar.

Más cerca.

Clac.

Clac.

Clac.

Cerré los ojos.

Sentí una respiración junto a mi oído.

Lenta.

Profunda.

Helada.

Después una voz de mujer susurró:

—Ya te despediste.

Abrí los ojos.

Mi padre había desaparecido.

La cama estaba vacía.


Salí corriendo.

No pensé.

Corrí hasta el altar.

La figura de la Santa Muerte seguía allí.

Pero algo había cambiado.

La fotografía de mi padre estaba sobre la mesa.

La tomé.

Y sentí que el corazón se me detenía.

La fotografía era diferente.

Antes aparecía mi padre joven.

Ahora estaba él.

Y yo.

Los dos estábamos juntos.

Mucho más jóvenes.

Sonriendo.

Detrás de nosotros estaba la Santa Muerte.

Miré la parte inferior.

Había una fecha escrita.

La fecha de aquella misma noche.

No entendía.

La fotografía parecía antigua.

Pero la fecha era del presente.

Entonces escuché nuevamente la voz de mi padre.

—Gracias por venir, hijo.

Me giré.

No había nadie.

Regresé a la habitación.

La cama estaba vacía.

Sobre la almohada había una pequeña nota.

Reconocí inmediatamente la letra.

Era la letra de mi padre.

Decía:

“Ahora sí puedo irme tranquilo.”

Guardé la nota.

Nunca volví a escuchar su voz aquella noche.

Pero al día siguiente ocurrió algo más.


Durante el funeral, mi hermana me pidió que revisáramos algunas cosas de mi padre.

Encontramos documentos.

Fotografías.

Ropa.

Cartas.

En uno de los cajones había varios objetos religiosos.

Entre ellos, una pequeña estampa de la Santa Muerte.

Mi hermana la tomó.

—Esto estaba en su bolsillo.

La volteó.

En la parte posterior había una frase escrita.

Mi hermana la leyó en voz alta.

—”Si algún día viene a despedirse, déjenlo entrar.”

Nos miramos.

—¿Qué significa esto? —preguntó.

No respondí.

Porque sabía que la frase tenía algo que ver conmigo.

Pero no sabía cómo.

Tampoco le conté lo ocurrido durante la noche.

No quería que pensara que estaba perdiendo la razón.

Guardé la estampa.

Después enterramos a mi padre.

Y regresé a mi ciudad.

Intenté continuar con mi vida.

Durante algunas semanas funcionó.

Después comenzaron las cosas extrañas.


La primera ocurrió un mes después.

Estaba dormido cuando escuché tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Me desperté.

Miré el reloj.

Las tres de la madrugada.

Pensé que alguien estaba en la puerta.

Me levanté.

Miré por la mirilla.

No había nadie.

Abrí.

El pasillo estaba vacío.

Regresé a la habitación.

Entonces escuché una voz.

—Hijo…

Era mi padre.

No dormí el resto de la noche.

Al día siguiente llamé a mi hermana.

Le conté lo ocurrido.

Hubo silencio.

—¿Estás seguro de que escuchaste su voz?

—Sí.

—Quizá fue un sueño.

—Estaba despierto.

Ella no respondió.

Después dijo algo que me inquietó.

—A mí también me pasó.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuándo?

—La noche después del funeral.

Me contó que había escuchado tres golpes en la ventana.

Después había escuchado a mi padre llamarla por su nombre.

Pero había algo más.

—¿Qué?

—También escuché otra voz.

—¿Qué decía?

Mi hermana tardó en responder.

—No entendí las palabras.

Entonces le pregunté:

—¿Era una mujer?

Silencio.

—Sí.


Pasaron varios meses.

Cada vez que ocurría algo, sucedía a la misma hora.

Las tres de la madrugada.

Tres golpes.

Después la voz de mi padre.

Nunca lo veía.

Solo lo escuchaba.

Al principio decía mi nombre.

Después comenzó a decir frases.

“Hace frío.”

“Estoy aquí.”

“No abras.”

“Déjala afuera.”

Y una noche dijo:

—No fue la primera vez que ella vino.

Aquella frase me hizo comenzar a investigar.

Regresé al pueblo.

Entré en la casa de mi padre.

La propiedad había quedado prácticamente abandonada.

El altar seguía allí.

Las veladoras estaban apagadas.

La figura de la Santa Muerte permanecía en el centro.

Me senté frente a ella.

Entonces recordé las palabras de mi padre.

“Porque ella escucha cuando nadie más quiere hacerlo.”

Busqué entre sus cosas.

Encontré un cuaderno viejo.

Era un diario.

Mi padre había escrito en él durante años.

Las primeras páginas hablaban de cosas normales.

Trabajo.

Familia.

Deudas.

La cosecha.

Después aparecieron nombres de personas fallecidas.

Algunos eran familiares.

Otros no los conocía.

Pero hacia el final las anotaciones cambiaban.

La letra se volvía temblorosa.

Una página decía:

“Hoy volvió a aparecer.”

Otra:

“Dice que todavía falta uno.”

Y otra:

“Le pedí tiempo.”

Pasé varias páginas.

Entonces encontré mi nombre.

Mi nombre completo.

Debajo había una fecha.

Era de muchos años atrás.

Yo todavía era un adolescente.

La frase decía:

“Esta vez aceptó esperar.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

Seguí leyendo.

“Le dije que no podía llevárselo todavía.”

“Me preguntó por qué.”

“Le dije que todavía tenía un hijo.”

“Me dijo que entonces algún día vendría por él.”

Cerré el cuaderno.

No quería seguir.

Pero algo dentro de mí me obligó.

Volví a abrirlo.

La última anotación estaba escrita pocos días antes de su muerte.

Solo decía:

“Ya no puedo protegerlo.”

Debajo había otra frase.

“Cuando venga a despedirse, déjenlo entrar.”


Regresé a mi casa esa misma noche.

No le conté todo a mi hermana.

No sabía qué decir.

Pero guardé el diario.

Durante los siguientes días intenté convencerme de que todo tenía una explicación.

Quizá mi padre estaba enfermo y había escrito cosas bajo el efecto de los medicamentos.

Quizá yo estaba interpretando mal sus palabras.

Quizá la Santa Muerte era simplemente un símbolo que él utilizaba para afrontar su propia muerte.

Eso tenía sentido.

Hasta que encontré una fotografía.

Estaba dentro del diario.

Era la misma fotografía que había cambiado aquella noche.

Mi padre y yo.

La Santa Muerte detrás.

Pero esta vez había algo más.

En el reverso estaba escrita una fecha.

La fecha de mi nacimiento.

Debajo había otra frase.

“El día que nació, ella vino por primera vez.”

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Mi padre había sabido algo durante toda mi vida.

Algo que nunca me había contado.

Llamé a mi hermana.

—Necesito preguntarte algo.

—¿Qué pasa?

—¿Papá alguna vez te habló de la Santa Muerte?

Hubo silencio.

—Sí.

—¿Qué te dijo?

—Que no debíamos tocar el altar.

—¿Por qué?

Mi hermana suspiró.

—Porque decía que algunas promesas no se hacen para pedir cosas.

—¿Entonces para qué?

Su voz bajó.

—Para devolverlas.

No entendí.

—¿Qué significa eso?

—No lo sé.

Entonces escuchamos un ruido.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Mi hermana se quedó callada.

—¿Lo escuchaste?

—Sí.

La llamada se cortó.


Esa noche no dormí.

A las tres y cuarto escuché pasos en el pasillo.

No encendí la luz.

Los pasos se detuvieron frente a mi habitación.

Después escuché la voz de mi padre.

—Hijo.

No respondí.

Recordé su advertencia.

“No respondas.”

La puerta comenzó a abrirse.

Muy lentamente.

No había nadie detrás.

Pero una sombra apareció en el suelo.

Una figura alta.

Delgada.

Con algo parecido a una túnica.

No podía ver el rostro.

Solo sus manos.

Una sostenía una guadaña.

La otra parecía sostener algo redondo.

La figura se quedó frente a mí.

Entonces dijo:

—¿Ya estás listo?

No respondí.

La sombra se inclinó.

—Tu padre ya cumplió su parte.

Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.

—¿Qué parte?

No sé por qué hablé.

Había prometido no hacerlo.

La figura sonrió.

—Traerte hasta aquí.

La habitación quedó completamente oscura.

Y después desperté.

Estaba sentado frente al altar de la casa de mi padre.

No sabía cómo había llegado allí.

Afuera estaba amaneciendo.

Mi hermana estaba a mi lado.

Estaba llorando.

—¿Qué hacemos aquí?

Ella me miró.

—Tú me llamaste.

—No recuerdo.

—Me dijiste que viniera.

—¿Qué hora era?

—Las tres de la mañana.

Miré el altar.

Había una nueva vela encendida.

La llama no se movía.

Y frente a ella estaba la fotografía.

Mi padre aparecía nuevamente.

Pero ahora no estaba solo.

A su lado estaba mi madre.

Ella había muerto cuando yo era pequeño.

Los dos sonreían.

Y detrás de ellos estaba la Santa Muerte.

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

—Papá…

Entonces mi hermana señaló la fotografía.

—Mira tu mano.

Observé la imagen.

Mi mano estaba sobre el hombro de mi padre.

Pero en la fotografía original yo no había puesto la mano allí.

Y sobre mi muñeca había una marca oscura.

Como una línea alrededor de la piel.

Una marca que parecía una cadena.


Esa fue la última vez que intenté encontrar una explicación racional.

Volví a leer el diario completo.

Descubrí que mi padre había comenzado a visitar el altar cuando murió mi madre.

Durante años había pedido protección para mí.

No para él.

Para mí.

Según sus anotaciones, una noche había tenido una visión.

La Santa Muerte le había dicho que mi vida estaría marcada por una deuda.

Mi padre no sabía cuál.

Solo sabía que alguien vendría por mí.

Y decidió ofrecer algo a cambio.

Su propio tiempo.

No su vida.

Su tiempo.

Cada año que yo viviera, él entregaría parte del suyo.

Por eso había envejecido tan rápido.

Por eso su enfermedad había aparecido de repente.

Por eso, según él, nunca podía alejarse demasiado del altar.

Mi padre había estado pagando una deuda que yo ni siquiera sabía que existía.

Y entonces comprendí algo terrible.

Él no había muerto porque estuviera enfermo.

Había muerto porque había terminado de pagar.

O eso decía el diario.

La última página tenía una sola frase.

“Ahora vendrá por él.”


Pasaron tres noches.

No ocurrió nada.

La cuarta noche recibí una llamada de mi hermana.

Estaba aterrada.

—Ven a la casa.

—¿Qué pasó?

—El altar.

—¿Qué tiene?

—Hay una vela encendida.

—Apágala.

—No puedo.

—¿Por qué?

—Porque hay alguien detrás de mí.

La llamada terminó.

Tomé el coche.

Conduje hasta el pueblo.

Llegué aproximadamente a las dos y media de la madrugada.

La casa estaba oscura.

Entré.

—¿Dónde estás?

No respondió.

Caminé hacia la habitación del altar.

Mi hermana estaba allí.

De pie.

Mirando la figura.

—¿Qué pasa?

No respondió.

Señaló el altar.

Había una vela encendida.

La llama era enorme.

Y frente a la figura había dos fotografías.

Una de mi padre.

Otra mía.

Las dos tenían una fecha escrita.

La de mi padre correspondía al día de su muerte.

La mía…

Era la fecha de esa misma noche.

Mi hermana comenzó a llorar.

—¿Qué hacemos?

Yo no sabía.

Entonces escuchamos tres golpes.

Pero esta vez no venían de una ventana.

Venían de la puerta principal.

Toc.

Toc.

Toc.

Mi hermana me tomó del brazo.

—No abras.

No iba a hacerlo.

Entonces escuchamos la voz de mi padre.

—Hijo.

La voz venía de afuera.

—Papá…

Mi hermana me miró horrorizada.

—No respondas.

La voz volvió.

—Hijo, abre.

Después escuchamos otra voz.

Una voz de mujer.

Más baja.

—No le creas.

Mi cuerpo entero se estremeció.

Las dos voces comenzaron a hablar al mismo tiempo.

Mi padre:

—Abre.

La mujer:

—No abras.

Mi padre:

—Soy yo.

La mujer:

—No soy yo la que está afuera.

Entonces todo quedó en silencio.

Pasaron unos segundos.

Después escuchamos pasos alejándose.

Mi hermana y yo permanecimos inmóviles.

Finalmente me acerqué a la puerta.

Miré por la ventana.

No había nadie.

Abrí.

En el suelo había una pequeña estampa.

La recogí.

Era una imagen de la Santa Muerte.

En la parte posterior había una frase.

Esta vez no estaba escrita con la letra de mi padre.

Decía:

“Él te salvó una vez.”

Debajo:

“Ahora tú debes decidir.”


Nunca supe exactamente qué significaba aquello.

Pero esa misma noche entendí que mi padre había dejado una última decisión para mí.

Podía seguir huyendo.

O podía entrar nuevamente en la habitación del altar.

Elegí entrar.

Mi hermana intentó detenerme.

—No.

—Tengo que hacerlo.

—¿Por qué?

Miré la fotografía de mi padre.

—Porque toda mi vida él estuvo protegiéndome de algo que yo ni siquiera sabía que existía.

Entré.

Me arrodillé frente a la Santa Muerte.

Encendí una vela.

—Estoy aquí.

No ocurrió nada.

—Si quieres algo de mí, dímelo.

Silencio.

—Pero deja a mi hermana fuera de esto.

La llama se inclinó.

Entonces escuché la voz de mi padre.

No venía de ningún lugar.

Parecía estar dentro de mi cabeza.

—Hijo.

Cerré los ojos.

—Papá.

—No tienes que hacer esto.

—Quiero verte.

—Ya me viste.

—Quiero hablar contigo.

—Ya hablamos.

—Quiero que vuelvas.

Hubo silencio.

Después mi padre respondió:

—Eso es lo único que no debes pedir.

Abrí los ojos.

La figura de la Santa Muerte parecía diferente.

Por un instante me pareció que su rostro estaba cubierto por una sombra.

—¿Papá?

—No me busques más.

—¿Por qué?

—Porque yo ya no estoy aquí.

Entonces escuché la voz de la mujer.

—Él tiene razón.

Me quedé inmóvil.

La figura parecía estar detrás de mí.

No la miré.

—¿Qué quieres?

La respuesta fue inmediata.

—Lo que tu padre prometió.

—¿Qué prometió?

—Tu vida.

Sentí que me faltaba el aire.

—No.

—Tu padre la protegió durante años.

—¿Entonces por qué me dejaste vivir?

La mujer respondió:

—Porque él pagó por ti.

—¿Y ahora?

—Ahora la deuda terminó.

Me quedé mirando la vela.

—¿Qué tengo que hacer?

La voz respondió:

—Nada.

—¿Nada?

—Solo aceptar.

Entonces comprendí.

No se trataba de luchar.

No se trataba de escapar.

La deuda no podía romperse.

Pero quizá podía ser reemplazada.

Recordé la frase de mi padre:

“Ya puedes dejar de culparte.”

Y entonces entendí por qué había regresado.

No había vuelto para salvarme.

Había vuelto para despedirse.

Para asegurarse de que yo dejara de vivir con culpa.

Porque quizá ese era el último regalo que podía darme.

Me acerqué a la figura.

—Entonces te ofrezco algo.

La voz permaneció en silencio.

—No mi vida.

Mi corazón latía con fuerza.

—Te ofrezco mi promesa.

La llama creció.

—¿Qué promesa?

—Que nunca volveré a abandonar a las personas que amo por creer que siempre habrá tiempo.

Silencio.

—Que viviré mi vida de una manera que haga que el sacrificio de mi padre haya valido la pena.

La llama se apagó.

La habitación quedó completamente oscura.

Entonces sentí una mano sobre mi hombro.

Una mano fría.

Pero conocida.

Mi padre.

—Eso es suficiente, hijo.

Me giré.

Por última vez lo vi.

Estaba de pie junto a la puerta.

Sonriendo.

Ya no llevaba la camisa azul.

Vestía la ropa que usaba cuando era joven.

Parecía exactamente como en la fotografía.

—Papá…

Él levantó una mano.

—No vengas conmigo.

—¿Adónde vas?

Sonrió.

—A casa.

—Esta es tu casa.

Negó con la cabeza.

—No.

Miró hacia la oscuridad detrás de él.

—Ahora tengo otra.

Sentí que comenzaba a llorar.

—Te quiero.

Mi padre sonrió.

—Lo sé.

—Perdóname.

—Ya te perdoné.

—¿Antes de morir?

—Mucho antes.

Se acercó.

Me abrazó.

Por primera vez su cuerpo ya no estaba frío.

Sentí calor.

El mismo calor de cuando era niño y él me abrazaba después de que yo tenía miedo.

Entonces susurró:

—Ahora vive.

Y desapareció.


Nunca volví a verlo.

Al menos no de la misma manera.

Mi hermana y yo vendimos la casa unos meses después.

No quisimos conservarla.

Pero yo mantuve el altar.

No la figura.

Esa se quedó allí.

Solo conservé la pequeña estampa que había encontrado en el bolsillo de mi padre.

La llevo conmigo.

No como protección.

No como amuleto.

Sino como recuerdo.

A veces pienso que todo aquello pudo ser producto del dolor.

Quizá mi mente inventó a mi padre porque necesitaba despedirme.

Quizá la voz de la mujer fue simplemente una pesadilla.

Quizá la fotografía cambió porque yo no recordaba bien la original.

Quizá el diario tenía explicaciones perfectamente racionales.

Quiero creer eso.

De verdad.

Pero hay cosas que todavía no puedo explicar.

Por ejemplo, cada año, exactamente en la fecha de la muerte de mi padre, despierto a las tres de la madrugada.

Siempre.

Sin excepción.

Y siempre escucho tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

La primera vez que ocurrió después de dejar el pueblo, tuve miedo.

La segunda vez también.

La tercera, no.

Porque aprendí a esperar.

La última vez ocurrió hace unas semanas.

Estaba sentado en mi habitación.

No encendí la luz.

Esperé.

Toc.

Toc.

Toc.

Después escuché la voz de mi padre.

—Hijo…

Cerré los ojos.

Sonreí.

—Estoy aquí, papá.

No hubo respuesta.

Entonces escuché otra voz.

Una voz femenina.

Muy baja.

Muy cerca.

—Ya no tienes que despedirte.

Abrí los ojos.

La estampa de la Santa Muerte estaba sobre la mesa.

Yo la había guardado en un cajón.

No sé cómo había llegado allí.

La tomé.

La volteé.

En la parte posterior había aparecido una nueva frase.

No estaba escrita antes.

La reconocí por la tinta.

Era la letra de mi padre.

Decía:

“Ahora sí estoy tranquilo.”

Debajo había otra línea.

Esta vez escrita con una letra que no conocía.

“Pero ella todavía recuerda tu nombre.”

Desde entonces no he vuelto a dormir con la puerta abierta.

No porque tenga miedo de morir.

Tampoco porque crea que la Santa Muerte quiera llevarme.

Tengo miedo por otra razón.

Porque finalmente entendí lo que mi padre intentó decirme aquella primera noche.

Ella no estaba detrás de mí para llevarme.

Estaba detrás de mi padre.

Él había vuelto porque yo se lo había pedido.

Y cuando mi padre se despidió de mí, no fue él quien desapareció.

Fue la deuda.

O eso quiero creer.

Porque algunas noches, cuando el reloj marca las tres de la madrugada, vuelvo a escuchar los tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Y después escucho a mi padre.

Pero ahora su voz viene desde muy lejos.

Como si estuviera al otro lado de una puerta.

—Hijo…

Yo nunca respondo.

Solo escucho.

Y algunas veces, después de su voz, aparece la de aquella mujer.

Mucho más baja.

Mucho más cerca.

Y siempre dice lo mismo:

—Todavía no.

No sé qué significa.

No sé cuándo llegará ese día.

Solo sé que cada año la voz de mi padre parece alejarse un poco más.

Y la de ella…

se escucha cada vez más cerca.

Por eso guardo aquella estampa.

Por eso nunca la quemo.

Nunca la tiro.

Nunca intento destruirla.

Porque aprendí algo que mi padre intentó enseñarme demasiado tarde:

Hay promesas que se hacen por amor.

Hay deudas que se pagan con sacrificio.

Y hay despedidas que no sirven para decir adiós.

Sirven para que los muertos puedan irse tranquilos.

Mi padre tuvo la suya.

Yo también.

O eso creí.

Hasta anoche.

Anoche desperté a las tres de la madrugada.

La habitación estaba completamente oscura.

Escuché tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Después escuché la voz de mi padre.

—Hijo…

Cerré los ojos.

No respondí.

Entonces escuché otra voz.

Una voz femenina.

Esta vez no estaba detrás de él.

Estaba justo al lado de mi cama.

Susurró:

—Él ya se fue.

Sentí que una lágrima recorría mi rostro.

Y entonces la voz continuó:

—Ahora falta despedirte de ti mismo.

Abrí los ojos.

La habitación estaba vacía.

Pero sobre la mesa había una fotografía.

Era una fotografía que jamás había visto.

Mi padre estaba de pie.

Yo estaba junto a él.

Los dos sonreíamos.

Detrás de nosotros estaba la Santa Muerte.

Y, en el fondo, había una tercera figura.

Una mujer alta.

Vestida de negro.

Sosteniendo una cadena.

En la parte inferior de la fotografía había una fecha.

No era la fecha de la muerte de mi padre.

No era mi fecha de nacimiento.

Era una fecha futura.

La fecha de mañana.

Desde entonces no he vuelto a salir de casa.

No sé si eso servirá de algo.

Quizá estoy perdiendo la razón.

Quizá todo esto es solamente el resultado de años de culpa, miedo y dolor.

Pero esta mañana ocurrió algo que me convenció de que no estaba imaginando todo.

Encontré una última nota debajo de mi puerta.

La letra era la de mi padre.

Solo decía:

“Cuando la escuches llamarte por tercera vez, no tengas miedo.”

Debajo había una segunda frase.

“Yo estaré contigo.”

Y debajo de esa frase, escrita con una tinta diferente, había otra.

“Pero no puedo quedarme.”

Ahora entiendo.

Mi padre no vino aquella primera noche para regresar.

Vino para despedirse.

Vino porque yo se lo pedí.

Vino porque necesitaba decirle algo que no había podido decir mientras estaba vivo.

Y quizá ese fue el último acto de amor que pudo ofrecerme.

Pero hay algo que nunca le pregunté.

Algo que ahora ya no puedo preguntarle.

¿Qué había detrás de él aquella noche?

¿Quién era la mujer que lo acompañaba?

¿Y por qué mi padre tenía tanto miedo de que yo la mirara?

Tal vez algún día lo descubra.

Tal vez no.

Por ahora solo puedo hacer lo que él me pidió.

Vivir.

No desperdiciar el tiempo.

Decir “te quiero” antes de que sea demasiado tarde.

Visitar a quienes amo.

Perdonar.

Dejar de pensar que siempre habrá un mañana.

Porque ahora sé que el tiempo no pertenece a nadie.

Y cuando llega la hora…

ni siquiera una promesa hecha a la muerte puede detenerla para siempre.

Esta noche volveré a encender una vela.

No para pedirle nada.

No para llamar a mi padre.

Solo para agradecerle.

Y si a las tres de la madrugada vuelvo a escuchar tres golpes…

no abriré la puerta.

No responderé.

Solo recordaré aquella última sonrisa.

La sonrisa de mi padre.

Y escucharé en silencio.

Porque quizá, al otro lado, esté él.

Y quizá, detrás de él, esté ella.

Esperando.

No para llevarme.

Todavía no.

Pero esperando.

Y mientras la llama de la vela siga encendida, yo seguiré aquí.

Viviendo.

Porque eso fue lo último que mi padre me pidió.

Y esta vez…

no pienso llegar tarde.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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