La Santa Muerte me pidió que dejara de mirar los ganchos
La Santa Muerte me pidió que dejara de mirar los ganchos
La primera vez que vi uno de los ganchos moverse solo, pensé que era por el viento.
El problema es que la carnicería estaba completamente cerrada.
No había ninguna puerta abierta. Las ventanas estaban aseguradas. Ni siquiera el pequeño ventilador que mi esposo utilizaba durante las horas de trabajo estaba encendido.
Y, aun así, aquel gancho se balanceaba lentamente.
De un lado…
al otro.
De un lado…
al otro.
Yo estaba parada a menos de tres metros de él, con las llaves todavía en la mano y el corazón latiéndome tan fuerte que podía escucharlo.
—¿Lo viste? —pregunté.
Mi esposo no contestó.
Estaba mirando el gancho.
Pero no con sorpresa.
Lo miraba con miedo.
Ese detalle fue lo que más me inquietó.
Porque mi esposo llevaba casi diez años trabajando en aquella carnicería. Había visto accidentes, peleas, clientes borrachos, animales muertos, cortes de luz y toda clase de cosas desagradables. No era un hombre fácil de asustar.
Pero aquella noche parecía estar esperando que algo sucediera.
Y cuando finalmente habló, lo hizo en voz muy baja.
—No lo mires.
Pensé que no había escuchado bien.
—¿Qué?
—Te dije que no lo mires.
Volví los ojos hacia el gancho.
Seguía moviéndose.
Entonces escuché un sonido muy leve.
Un chirrido metálico.
Como si alguien estuviera arrastrando una cadena por el techo.
Mi esposo me tomó del brazo.
—Vámonos.
No pregunté nada.
Salimos de la carnicería y cerró la puerta con llave.
Mientras caminábamos hacia nuestro automóvil, yo miré hacia atrás.
La fachada estaba completamente oscura.
Pero justo antes de subir al coche, vi algo a través de la pequeña ventana de la puerta.
Una sombra.
Parecía estar parada detrás del cristal.
Alta.
Delgada.
Inmóvil.
Pensé que era mi esposo.
Pero él estaba a mi lado.
—¿Qué estás mirando? —preguntó.
—Nada.
No quise decirle lo que había visto.
Porque, en el fondo, todavía intentaba convencerme de que todo tenía una explicación.
No sabía que aquella sería la última noche normal de nuestra vida.
Mi esposo se llamaba Ernesto.
Nos habíamos conocido muchos años antes, cuando ambos éramos jóvenes y teníamos más sueños que dinero.
Él siempre había sido trabajador.
Desde adolescente había ayudado a su padre en diferentes negocios, y después de casarnos consiguió empleo en una carnicería del barrio.
Con los años terminó quedándose con el negocio.
No era una carnicería grande.
Tenía una fachada estrecha, un mostrador de acero, dos refrigeradores, una pequeña cámara para conservar la carne y un cuarto trasero donde guardaban cajas, herramientas y productos de limpieza.
Sobre el techo había una estructura metálica de la que colgaban varios ganchos.
Al principio eran pocos.
Con el tiempo fueron aumentando.
Ernesto decía que los necesitaba para trabajar.
Nunca me gustaron.
No por superstición.
Simplemente me producían una sensación desagradable.
Cuando yo entraba y veía aquellos ganchos suspendidos sobre mi cabeza, sentía que estaba caminando debajo de algo que podía caer en cualquier momento.
Pero Ernesto se acostumbró tanto a ellos que dejó de prestarles atención.
Hasta que apareció el altar.
Eso ocurrió aproximadamente un año antes de aquella noche.
Una mañana llegué a la carnicería y encontré una pequeña mesa en una esquina.
Encima había una figura de la Santa Muerte.
Era blanca, con una túnica larga y una guadaña en una mano.
A su alrededor había veladoras, flores, monedas y una botella.
Me quedé mirándola.
—¿Qué es eso?
Ernesto levantó la cabeza desde el mostrador.
—Un altar.
—Ya veo que es un altar. ¿Para qué lo pusiste?
Se encogió de hombros.
—Para protección.
—¿Protección contra qué?
Sonrió.
—Contra todo.
Pensé que estaba bromeando.
Pero no.
Ernesto comenzó a encender veladoras todos los días.
Algunas eran rojas.
Otras blancas.
A veces colocaba flores.
También llevaba monedas y botellas.
Yo no tenía nada contra la Santa Muerte.
Cada quien podía tener sus creencias.
Pero había algo extraño en la forma en que Ernesto hablaba de aquella figura.
No decía simplemente que le rezaba.
Decía que la Santa Muerte lo escuchaba.
Como si fuera alguien con quien pudiera negociar.
Una noche le pregunté:
—¿De verdad crees que esa figura puede protegerte?
Ernesto me respondió:
—No es la figura.
—¿Entonces?
—Lo que representa.
No insistí.
Nuestra vida continuó.
Las ventas mejoraron.
El negocio comenzó a producir más dinero.
Ernesto estaba contento.
Y, poco a poco, dejó de hablar del altar.
Hasta que empezaron los problemas.
El primero fue un ruido.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Los escuchamos una noche mientras cerrábamos.
Yo estaba contando el dinero del día.
Ernesto limpiaba el mostrador.
Los golpes vinieron desde la cámara frigorífica.
Levanté la cabeza.
—¿Qué fue eso?
Ernesto siguió limpiando.
—Nada.
Volvieron a sonar.
Toc.
Toc.
Toc.
—Eso no fue nada.
Ernesto dejó el trapo.
—Seguramente es una rata.
—Una rata no golpea tres veces.
Él me miró.
—¿Quieres que vaya a revisar?
—Sí.
Abrió la puerta de la cámara.
Una corriente de aire frío salió hacia nosotros.
No había nadie.
Las cajas estaban en su lugar.
Los recipientes también.
No se veía ningún animal.
Ernesto revisó las paredes, el suelo y el techo.
Nada.
Cuando regresó, intentó bromear.
—¿Ves? Fantasmas no.
—Yo no dije que fueran fantasmas.
—Pero lo estabas pensando.
No respondí.
Terminamos de cerrar.
Entonces Ernesto hizo algo que nunca había hecho antes.
Fue hasta el altar.
Apagó todas las veladoras.
Todas menos una.
—¿Por qué dejaste esa encendida?
Se quedó de espaldas a mí.
—Porque no quiere que la apague.
Me reí.
—¿Quién?
Ernesto no respondió.
—Ernesto.
—Déjalo.
—¿Quién no quiere que la apagues?
Finalmente se volvió.
Su rostro había cambiado.
Ya no parecía estar bromeando.
—La Santa.
Aquella fue la primera vez que sentí miedo de verdad.
No por la figura.
Por mi esposo.
Durante las semanas siguientes comenzaron a suceder cosas pequeñas.
Tan pequeñas que, si las hubiera contado por separado, cualquiera habría pensado que estaba exagerando.
Una mañana encontré un cuchillo que Ernesto juraba haber dejado sobre el mostrador dentro de un cajón cerrado.
Otra noche escuché pasos en el cuarto trasero cuando estábamos solos.
En dos ocasiones las luces de la cámara se encendieron sin que nadie tocara el interruptor.
Y los ganchos…
Los ganchos comenzaron a moverse.
Al principio era uno.
Después dos.
Luego tres.
Siempre ocurría cuando yo estaba sola.
Yo intentaba no prestarles atención.
Pero era imposible.
Porque parecían reaccionar a mi presencia.
Si entraba a la carnicería, alguno comenzaba a balancearse.
Si caminaba debajo de ellos, otro giraba lentamente.
Una tarde estaba ordenando unas cajas cuando escuché el sonido metálico detrás de mí.
Me giré.
Uno de los ganchos estaba apuntando directamente hacia mi cara.
No se balanceaba.
No giraba.
Simplemente estaba orientado hacia mí.
Me alejé.
El gancho comenzó a girar.
Sentí un escalofrío.
—Ernesto.
Él apareció desde el cuarto trasero.
—¿Qué pasó?
Señalé el gancho.
—Mira.
Ernesto lo observó.
Después miró hacia mí.
—No pasa nada.
—Está moviéndose.
—Hay corrientes de aire.
—Las puertas están cerradas.
—Entonces habrá sido por el refrigerador.
—Ernesto…
—No pienses en eso.
—¿Por qué?
Me respondió algo que todavía recuerdo perfectamente.
—Porque mientras no les prestes atención, no pasa nada.
Aquella frase me acompañó durante días.
“Mientras no les prestes atención.”
¿A qué se refería con “les”?
Una madrugada desperté por la voz de Ernesto.
Pensé que estaba hablando por teléfono.
La habitación estaba completamente oscura.
Miré el reloj.
Eran las tres y diecisiete.
Ernesto estaba sentado al borde de la cama.
—¿Con quién hablas? —pregunté.
Se sobresaltó.
—Con nadie.
—Te escuché.
—Estaba pensando.
—Estabas hablando.
Se quedó callado.
Entonces escuché una voz.
Muy cerca.
Detrás de él.
Una voz de mujer.
Suave.
Casi un susurro.
—Todavía no.
Me quedé congelada.
Ernesto cerró los ojos.
Yo encendí la lámpara.
No había nadie.
Miré detrás de las cortinas.
Debajo de la cama.
En el baño.
Nada.
—¿Escuchaste eso?
Ernesto no respondió.
—Ernesto.
Él estaba sudando.
—Sí.
Fue la primera vez que admitió haber escuchado algo.
—¿Quién fue?
—No sé.
—No me mientas.
—No sé.
—¿Tiene que ver con la Santa Muerte?
Él permaneció en silencio.
Ese silencio fue suficiente.
A la mañana siguiente me contó la verdad.
Las ventas habían estado muy mal meses atrás.
El negocio tenía deudas.
Habíamos tenido problemas con proveedores.
Ernesto estaba desesperado.
Una noche se quedó solo en la carnicería.
Se arrodilló frente al altar y pidió ayuda.
Me dijo que no recordaba exactamente todo lo que había dicho.
Pero sí recordaba una promesa.
Le pidió a la Santa Muerte que protegiera el negocio y que nunca volviera a faltarle dinero.
A cambio, prometió llevarle una ofrenda todos los meses.
—¿Y después qué pasó?
—Las cosas mejoraron.
—Eso ya lo sé.
—Mucho.
—¿Y cumpliste?
Bajó la mirada.
—Al principio.
Sentí un vacío en el estómago.
—¿Qué significa “al principio”?
—Durante varios meses.
—¿Y luego?
—El mes pasado se me olvidó.
—¿Se te olvidó?
—Sí.
—¿Y qué esperabas que pasara?
No respondió.
Entonces entendí algo.
Ernesto no había dejado de hacer la ofrenda por falta de fe.
La había dejado de hacer porque pensó que ya no la necesitaba.
Y quizá ese había sido su error.
Esa noche regresamos a la carnicería.
Yo no quería ir.
Pero Ernesto insistió.
—Tengo que arreglarlo.
—¿Cómo?
—Cumpliendo la promesa.
Compró flores.
Una botella.
Monedas.
Veladoras.
Y las colocó frente a la figura.
Yo permanecí lejos.
No quería acercarme.
Ernesto se arrodilló.
—Perdóname —dijo.
No ocurrió nada.
—No fue mi intención.
Nada.
—Aquí está lo que prometí.
Encendió las veladoras.
Una.
Dos.
Tres.
Cuatro.
La llama de la última comenzó a temblar.
Yo miré hacia arriba.
Los ganchos estaban quietos.
Todos.
Por primera vez en semanas.
Ernesto respiró aliviado.
—Ya está.
Entonces escuchamos un ruido.
Clang.
Uno de los ganchos se movió.
Después otro.
Clang.
Otro.
Clang.
En cuestión de segundos todos comenzaron a balancearse.
La estructura metálica del techo empezó a vibrar.
Ernesto se puso de pie.
—Vámonos.
—¿Qué está pasando?
—¡Vámonos!
Nos dirigimos hacia la puerta.
Entonces una veladora se apagó.
Después otra.
Y otra.
Hasta que solamente quedó una encendida.
La misma.
La que nunca quería apagarse.
Me detuve.
—Ernesto.
—No mires.
—Hay algo debajo del altar.
—No.
—Mira.
Había fotografías.
Varias.
Algunas estaban amarillentas.
Otras eran nuevas.
Fotos de hombres.
Mujeres.
Personas mayores.
Jóvenes.
No conocía a ninguno.
Hasta que vi la última.
Sentí que el mundo se detenía.
Era yo.
La fotografía había sido tomada hacía poco.
Yo aparecía frente a nuestra casa.
Llevaba la misma ropa que había usado tres días antes.
—Ernesto…
Él se acercó.
Cuando vio la fotografía, perdió el color del rostro.
Debajo había una fecha.
La fecha del día siguiente.
—¿Quién hizo esto?
No respondió.
—¿Quién tomó esa fotografía?
—No lo sé.
—¿Por qué está mi foto aquí?
Ernesto retrocedió.
Entonces escuchamos un golpe detrás de nosotros.
Clang.
Uno de los ganchos había caído al suelo.
Estaba a menos de un metro de mi pie.
Ernesto me tomó del brazo.
—¡Corre!
Salimos.
No cerramos bien.
No apagamos las luces.
No recogimos nada.
Simplemente corrimos.
Durante los siguientes días no hablamos de lo ocurrido.
Ernesto vendió la carnicería.
No le importó cuánto dinero perdiera.
Solo quería deshacerse de ella.
El comprador era un hombre que conocíamos de otro barrio.
Le advertimos que había problemas con la instalación eléctrica.
No mencionamos el altar.
No mencionamos las fotografías.
No mencionamos los ganchos.
Ernesto retiró únicamente sus cosas personales.
Yo pensé que, al alejarnos de aquel lugar, todo terminaría.
Pero no fue así.
La primera noche en casa escuché un ruido.
Clang.
Me levanté.
Nada.
La segunda noche volvió a ocurrir.
Clang.
Clang.
Como metal golpeando metal.
Ernesto dijo que era alguna tubería.
La tercera noche no pude dormir.
A las tres y diecisiete escuché una voz.
—Todavía no.
Me senté en la cama.
Ernesto dormía a mi lado.
O eso parecía.
Porque cuando encendí la luz, tenía los ojos abiertos.
—¿Lo escuchaste?
No respondió.
—Ernesto.
—Sí.
—¿Qué quiere?
—No lo sé.
—¿Y por qué dice “todavía no”?
Mi esposo me miró.
—Porque quizá la promesa no era lo que yo creía.
Al día siguiente fuimos a ver a una mujer mayor que vivía en otro barrio.
Ernesto la conocía.
Se llamaba Doña Mercedes.
Era una mujer pequeña, de cabello completamente blanco, que llevaba años atendiendo un puesto de flores y veladoras.
Cuando Ernesto le contó lo sucedido, ella no pareció sorprendida.
Pero cuando mencionó los ganchos, dejó de ordenar las flores.
—¿Ganchos de carne?
—Sí.
—¿Cuántos?
—No sé. Diez, quizá doce.
Doña Mercedes cerró los ojos.
—¿Y ella te pidió algo?
Ernesto tragó saliva.
—Una ofrenda.
—No.
La mujer negó con la cabeza.
—Eso no es lo que te estoy preguntando.
Ernesto permaneció callado.
—¿Te pidió algo más?
—No.
Doña Mercedes me miró.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Usted prometió algo?
—No.
La mujer volvió a mirar a Ernesto.
—Entonces la fotografía no es de usted.
—¿Qué quiere decir?
—Quiere decir que alguien está confundiendo una deuda con otra.
No entendí.
Ernesto tampoco.
Doña Mercedes respiró profundamente.
—Hay gente que cree que una ofrenda compra favores.
—¿No es así?
—No.
—Entonces ¿qué hice?
—Abriste una puerta.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
—¿Una puerta hacia dónde?
Doña Mercedes no respondió inmediatamente.
Después dijo:
—Hacia aquello que ya estaba esperando.
Regresamos a casa sin hablar.
Aquella noche Ernesto abrió una caja que llevaba años guardada.
Dentro había documentos antiguos, fotografías familiares y papeles relacionados con la carnicería.
Los revisó durante horas.
Yo me senté a su lado.
—¿Qué buscas?
—No lo sé.
Hasta que encontró una fotografía.
Era antigua.
Muy antigua.
Mostraba la carnicería antes de que él la comprara.
La fachada era diferente.
El letrero tenía otro nombre.
—¿Quién era el dueño?
Ernesto leyó un documento.
—Un hombre llamado Julián.
—¿Y qué pasó con él?
—Murió.
—¿Cuándo?
Ernesto miró la fecha.
—Hace veintisiete años.
Seguimos buscando.
Encontramos más documentos.
Una noticia vieja.
Una fotografía.
Un informe.
El antiguo dueño había muerto dentro del negocio.
Según el reporte, había sido un accidente.
Un gancho se había desprendido de la estructura del techo.
Lo golpeó en la cabeza.
Murió antes de que llegara la ambulancia.
Yo sentí náuseas.
—¿Y el altar?
Ernesto continuó buscando.
Encontró una fotografía.
El mismo altar.
La misma figura.
Los mismos ganchos.
Todo estaba allí.
Veintisiete años atrás.
Entonces entendimos que el altar no lo había creado Ernesto.
Solo lo había encontrado.
Había una fotografía más.
Era la que más me preocupó.
Mostraba a Julián parado frente al altar.
A su lado había una mujer.
Una mujer joven.
En la parte posterior de la fotografía había una frase escrita a mano.
“No dejar que los ganchos miren hacia la puerta.”
No entendimos qué significaba.
Hasta que Ernesto revisó las fotografías antiguas de la carnicería.
En todas, los ganchos estaban orientados de manera diferente.
Excepto en una.
En esa fotografía, todos apuntaban hacia la puerta.
Y detrás de ellos aparecía una sombra.
Una silueta con forma humana.
Yo sentí que me faltaba el aire.
—¿Quién es ella?
Ernesto negó con la cabeza.
—No sé.
Pero entonces recordé la voz.
“Todavía no.”
Esa misma noche ocurrió algo peor.
Escuchamos un ruido en el patio.
Clang.
Clang.
Clang.
Ernesto se levantó.
—No salgas.
—¿Qué es?
—No lo sé.
Nos acercamos a la ventana.
El patio estaba oscuro.
Había una pequeña estructura metálica donde antes colgábamos herramientas.
Uno de los ganchos de la carnicería que Ernesto había traído accidentalmente entre sus pertenencias estaba allí.
Yo nunca lo había visto.
Se balanceaba.
De un lado…
al otro.
De un lado…
al otro.
Entonces apareció otro.
Y otro.
No sabía de dónde habían salido.
Tres ganchos colgaban ahora de la estructura.
Y todos apuntaban hacia la ventana.
—Cierra la cortina —susurró Ernesto.
Lo hice.
Pero antes de hacerlo vi algo.
Una mujer estaba parada en el patio.
Llevaba una túnica oscura.
No podía verle el rostro.
Solo permanecía allí.
Mirando hacia nuestra casa.
Las manos estaban cruzadas frente al cuerpo.
Y en una de ellas sostenía una guadaña.
La cortina cayó.
Ernesto se alejó de la ventana.
—No vuelvas a mirar.
—¿Era ella?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Él cerró los ojos.
—Sí.
Pasaron tres días.
No salimos de casa.
Las ventanas permanecían cerradas.
Las cortinas, corridas.
No hablábamos de la mujer.
Pero todas las noches, a las tres y diecisiete, escuchábamos el mismo sonido.
Clang.
Clang.
Clang.
Y después la voz.
—Todavía no.
La cuarta noche encontramos otra fotografía.
Estaba sobre la mesa de la cocina.
Nadie había entrado.
Nadie había salido.
Era una fotografía de Ernesto.
Debajo aparecía la fecha del día siguiente.
Y debajo de la fecha:
“La ofrenda anterior no fue suficiente.”
Ernesto se quedó mirando la fotografía.
—Ahora es mi turno.
—¿Qué significa eso?
—Que ella vino por mí.
—No.
—La promesa la hice yo.
—Entonces la cumpliremos.
Él me miró.
—¿Cómo?
No tuve respuesta.
Regresamos a la antigua carnicería.
El negocio ya no tenía el mismo aspecto.
El nuevo dueño todavía no había abierto.
Las ventanas estaban cubiertas.
La puerta tenía un candado.
Ernesto consiguió entrar.
El interior olía a humedad.
El altar seguía allí.
El comprador no lo había tocado.
Las veladoras estaban apagadas.
Las flores secas.
Las monedas cubiertas de polvo.
Y los ganchos…
Seguían colgados.
Todos.
Excepto uno.
El que había caído aquella noche.
Estaba en el suelo.
Ernesto se acercó al altar.
—¿Qué hacemos?
No sabía.
Entonces escuchamos una voz.
No vino del altar.
Vino de la cámara.
—Todavía no.
Ernesto palideció.
Yo sentí que mis piernas temblaban.
La puerta de la cámara se abrió lentamente.
Nadie la tocó.
Oscuridad.
Dentro había algo colgado.
Una figura.
Al principio pensé que era un abrigo.
Después comprendí que era una persona.
Era Julián.
O lo que quedaba de él.
Su cuerpo parecía viejo, seco, casi transparente.
Y alrededor de su cuello había una cadena.
La cadena estaba conectada a uno de los ganchos.
Ernesto retrocedió.
—Dios mío.
Entonces escuchamos otra voz.
La de una mujer.
—La deuda no es tuya.
Miré hacia el altar.
La figura de la Santa Muerte parecía diferente.
No podía explicar por qué.
Quizá era la luz.
Quizá mi miedo.
Pero por un instante tuve la impresión de que su rostro estaba girado hacia mí.
—¿Entonces de quién es? —pregunté.
La voz respondió:
—De quien abrió la puerta.
Miré a Ernesto.
—¿Qué puerta?
Él no respondió.
Entonces vi algo detrás del altar.
Un pequeño cuaderno.
Lo tomé.
Las páginas estaban llenas de nombres.
Decenas.
Algunos tenían fechas.
Otros estaban tachados.
En la última página había un nombre.
Ernesto.
Y debajo, el mío.
Pero había algo escrito junto a mi nombre.
“Testigo.”
Sentí un escalofrío.
No era yo la próxima.
Yo había sido testigo.
La deuda era de Ernesto.
Pero ¿por qué había aparecido mi fotografía?
Porque había visto los ganchos.
Porque había empezado a prestarles atención.
Porque había cruzado una frontera que no debía.
La voz volvió a hablar.
—Deja de mirar.
Comprendí entonces.
No quería que miráramos los ganchos.
No porque los ganchos fueran la amenaza.
Sino porque eran puertas.
Cada gancho era un punto desde donde algo podía mirar hacia nuestro mundo.
Y cada vez que nosotros lo mirábamos, aquello podía vernos también.
Ernesto dejó caer el cuaderno.
—¿Qué tengo que hacer?
La voz respondió:
—Devuelve lo que tomaste.
—Yo no tomé nada.
Silencio.
Después:
—Tu promesa.
Ernesto se arrodilló.
—Te la devuelvo.
Las veladoras comenzaron a encenderse una tras otra.
Sin que nadie las tocara.
La primera.
La segunda.
La tercera.
Hasta que todas quedaron encendidas.
Los ganchos comenzaron a moverse.
Pero esta vez no hacia nosotros.
Se balanceaban formando un círculo.
Uno detrás de otro.
Entonces el gancho que estaba en el suelo comenzó a levantarse.
Se elevó lentamente.
Como si una mano invisible lo sostuviera.
Ernesto cerró los ojos.
—Perdóname.
La mujer apareció detrás de él.
No la vi directamente.
La vi reflejada en una superficie de acero.
Su rostro era un cráneo blanco.
Sus ojos estaban completamente oscuros.
Pero no parecía enojada.
Parecía triste.
La escuché decir:
—No te pedí tu dinero.
Ernesto abrió los ojos.
—¿Entonces qué querías?
—Que recordaras.
—¿Qué?
La figura señaló los ganchos.
Y entonces comprendí algo terrible.
Aquella carnicería había sido construida sobre una tragedia.
Durante años, las personas habían entrado y salido sin saberlo.
Habían trabajado debajo de aquellos ganchos.
Habían colgado carne.
Habían limpiado la sangre.
Habían cerrado el negocio cada noche.
Pero nunca habían preguntado qué había ocurrido allí.
Julián había muerto.
Y alguien había intentado ocultarlo.
El altar no estaba allí para atraer a la muerte.
Estaba allí para recordarla.
Pero Ernesto había hecho un pacto sin conocer la historia.
Y había despertado algo que llevaba décadas esperando que alguien escuchara.
La mujer desapareció.
Los ganchos dejaron de moverse.
El silencio fue absoluto.
Ernesto tomó la fotografía que llevaba en el bolsillo.
La de su propia muerte.
La colocó sobre el altar.
—¿Esto es suficiente?
La llama de una veladora se inclinó.
No hacia arriba.
Hacia la fotografía.
El papel comenzó a quemarse.
Lo retiramos inmediatamente.
La fotografía cayó al suelo.
La fecha había desaparecido.
Ernesto respiró.
Entonces escuchamos un último sonido.
Clang.
El gancho que había causado la muerte de Julián cayó al suelo.
Se rompió.
En dos pedazos.
Y la voz dijo:
—Ahora sí.
Salimos.
Nunca volvimos.
Pensamos que todo había terminado.
Y durante unos meses, realmente lo pareció.
Ernesto volvió a trabajar.
Encontró empleo en otra carnicería.
Una mucho más grande.
Al principio se negó a trabajar cerca de ganchos.
Su nuevo jefe se burló de él.
Pero finalmente aceptó.
Yo intenté olvidar.
No fue fácil.
Cada vez que veía una estructura metálica sentía un nudo en el estómago.
Pero el tiempo pasó.
Y el miedo comenzó a desaparecer.
Hasta esta mañana.
Estaba limpiando debajo de nuestra cama.
Encontré una pequeña bolsa negra.
No sé cómo llegó allí.
Ernesto no la reconoció.
Dentro había flores secas.
Monedas.
Una vela pequeña.
Y una fotografía.
La saqué.
Era él.
Ernesto.
La fecha estaba escrita debajo.
Mañana.
Pero esta vez había algo diferente.
No decía:
“La ofrenda anterior no fue suficiente.”
Decía:
“Todavía no has aprendido.”
Sentí que el corazón se me detenía.
Entonces escuché el ruido.
Clang.
Miré hacia el patio.
Clang.
Clang.
Un sonido metálico.
Lento.
De un lado…
al otro.
No quería mirar.
Sabía lo que significaba.
Cerré los ojos.
Pero entonces escuché la voz de Ernesto detrás de mí.
—¿Qué encontraste?
No respondí.
Él entró en la habitación.
—¿Qué es eso?
Le entregué la fotografía.
La miró.
Se quedó inmóvil.
—No puede ser.
—¿Qué?
Ernesto levantó lentamente la mirada.
—La fecha cambió.
—¿Qué quieres decir?
Señaló la fotografía.
La fecha que aparecía escrita debajo de su rostro ya no era la de mañana.
Ahora era la de hoy.
Sentí que las piernas me fallaban.
—Ernesto…
Él no respondió.
Porque en ese momento escuchamos otro golpe.
Clang.
Esta vez no vino del patio.
Vino de debajo de nuestra cama.
Los dos miramos hacia el suelo.
La bolsa negra estaba vacía.
La fotografía ya no estaba en mi mano.
Había desaparecido.
Entonces algo metálico comenzó a arrastrarse lentamente por el piso.
Un sonido áspero.
Lento.
Cada vez más cerca.
Ernesto tomó mi mano.
—No mires.
Pero ya era demasiado tarde.
Una sombra apareció debajo de la cama.
Una figura larga.
Delgada.
Y una mano blanca salió lentamente de la oscuridad.
En sus dedos sostenía la fotografía.
La dejó en el suelo.
Y luego escuchamos aquella voz.
La misma voz de mujer.
La que habíamos escuchado tantas veces.
—Ahora entiendes.
Las luces se apagaron.
Todo quedó negro.
Y durante unos segundos no escuchamos nada.
Después…
Clang.
Clang.
Clang.
Abrí los ojos.
Ya no estábamos en nuestra habitación.
Estábamos en la antigua carnicería.
Los ganchos colgaban del techo.
Todos se movían.
Y al fondo, frente al altar, estaba la Santa Muerte.
Ernesto estaba de rodillas.
Yo estaba detrás de él.
La figura levantó una mano.
Señaló los ganchos.
Entonces comprendí el verdadero significado de sus palabras.
No quería que dejara de mirar porque quisiera esconderme algo.
Quería que dejara de mirar porque cada vez que lo hacía, veía algo que no pertenecía a este mundo.
Algo que podía verme de regreso.
La Santa Muerte se acercó.
Su guadaña rozó el suelo.
—No son ellos los que deben preocuparte —dijo.
Miré hacia los ganchos.
—Entonces ¿quién?
La figura levantó lentamente el dedo y señaló a mi esposo.
Ernesto empezó a llorar.
—Yo no sabía.
La Santa Muerte respondió:
—Ahora sí.
Entonces uno de los ganchos comenzó a bajar.
Lentamente.
Hasta quedar frente a Ernesto.
La cadena se detuvo a unos centímetros de su rostro.
Él cerró los ojos.
Yo grité su nombre.
La figura me miró.
—No intervengas.
—¡Es mi esposo!
—Y él eligió la puerta.
Ernesto levantó la cabeza.
—¿Qué tengo que hacer?
La respuesta fue sencilla.
—Recordar.
—¿Qué?
La figura señaló una pared.
Allí apareció una escena.
Un hombre joven.
Julián.
Estaba frente al altar.
Hablaba con alguien.
Una mujer.
No podía ver su rostro.
Julián decía:
—Si me ayudas, te daré lo que quieras.
La mujer respondió:
—No quiero dinero.
—Entonces ¿qué?
—Quiero que nunca olvides que todo lo que tomas tiene un precio.
La escena cambió.
Julián firmaba un documento.
Después aparecía muerto.
La carnicería cambiaba de dueño.
Años.
Décadas.
Personas diferentes.
Y cada una repetía la misma historia.
Éxito.
Dinero.
Promesas.
Olvido.
Miedo.
Muerte.
Ernesto era simplemente el último.
Pero también había algo que los demás no habían tenido.
A mí.
Una testigo.
Alguien que había visto los ganchos.
Alguien que había escuchado.
Alguien que todavía podía contar la historia.
La Santa Muerte volvió a mirarme.
—Por eso sigues aquí.
—¿Para qué?
—Para recordar.
Entonces todo desapareció.
Desperté en nuestra cama.
Era de madrugada.
Ernesto estaba a mi lado.
Respiraba.
Estaba vivo.
El patio estaba silencioso.
Durante varios minutos ninguno de los dos habló.
Después él se levantó.
Fue hasta la ventana.
Yo grité:
—¡No mires!
Se detuvo.
Sonrió débilmente.
—Ya aprendí.
Volvió a la cama.
Nos quedamos abrazados hasta que amaneció.
Cuando salió el sol, revisamos toda la casa.
No había ganchos.
No había fotografías.
No había flores.
No había veladoras.
La bolsa negra había desaparecido.
Pensamos que finalmente había terminado.
Hasta que Ernesto encontró algo en el bolsillo de su camisa.
Una moneda.
Una sola.
Era antigua.
Estaba oxidada.
Y tenía una pequeña figura grabada.
La Santa Muerte.
Debajo había una inscripción.
No estaba en español.
No pudimos entenderla.
Pero en cuanto Ernesto la tocó, escuchamos un ruido.
Muy lejos.
Casi imperceptible.
Clang.
Los dos nos quedamos quietos.
Clang.
Otra vez.
Venía de la calle.
Nos acercamos a la ventana.
A varios metros de nuestra casa había un camión estacionado.
Transportaba carne.
En la parte trasera había varios ganchos.
Todos estaban quietos.
Excepto uno.
Se balanceaba lentamente.
De un lado…
al otro.
De un lado…
al otro.
Ernesto cerró la cortina.
Yo no volví a mirar.
Desde aquel día, cada vez que escucho un sonido metálico en la noche, recuerdo aquella advertencia.
No era una amenaza.
Era un consejo.
La Santa Muerte no me pidió que dejara de creer.
No me pidió que huyera.
Ni siquiera me pidió que dejara de rezar.
Solo me pidió que dejara de mirar los ganchos.
Porque algunos objetos no son simples objetos.
Algunos lugares guardan recuerdos.
Algunas promesas no desaparecen cuando uno decide olvidarlas.
Y algunas puertas no necesitan estar abiertas para que alguien pueda cruzarlas.
Desde entonces, jamás vuelvo la mirada cuando escucho un gancho balancearse.
Porque aprendí algo que todavía me cuesta aceptar.
A veces, lo más peligroso no es aquello que vemos.
Es aquello que nos ve cuando nosotros decidimos mirar.
Y esta noche, mientras termino de escribir esto, escucho nuevamente aquel sonido.
Clang.
De un lado…
al otro.
Clang.
De un lado…
al otro.
Ernesto está dormido a mi lado.
No quiero despertarlo.
No quiero acercarme a la ventana.
No quiero saber de dónde viene.
Pero hay algo que me preocupa.
El sonido no viene del patio.
Tampoco de la calle.
Viene del interior de la casa.
Y acaba de detenerse justo detrás de mi puerta.
No voy a mirar.
No importa lo que escuche.
No importa quién me llame.
No importa si escucho la voz de mi esposo, la de una mujer o la de alguien que ya debería estar muerto.
No voy a mirar.
Porque ahora entiendo lo que aquella voz quiso decir desde el principio.
“Todavía no.”
Quizá nunca estuvo hablando de una fecha.
Quizá estaba esperando que yo aprendiera.
Que dejara de mirar.
Que dejara de buscar respuestas donde no debía.
Y, sobre todo, que comprendiera que algunas cosas pueden ser perdonadas…
pero jamás olvidadas.
Clang.
La puerta acaba de moverse.
Muy lentamente.
Y alguien acaba de susurrar mi nombre.
No voy a responder.
No voy a mirar.
Porque detrás de la puerta hay algo balanceándose.
De un lado…
al otro.
Y esta vez…
el gancho está tocando el suelo.
Clang.
Clang.
Clang.