La señora que vendía cosas que no debías comprar
La señora me advirtió que no comprara el último artículo. Yo pensé que era una estrategia para venderme algo más caro. Ahora sé que estaba intentando salvarme.
La primera vez que escuché aquella voz, pensé que estaba soñando.
—Te dije que no la compraras.
Era la voz de una anciana.
Una voz baja, áspera, casi un susurro que parecía venir de muy lejos.
Pero yo estaba completamente despierto.
Eran las tres de la mañana.
Estaba sentado en el borde de mi cama, mirando fijamente la puerta de mi habitación.
Y al otro lado de esa puerta alguien había golpeado tres veces.
Tac… tac… tac…
No había sido un ruido cualquiera.
Era exactamente el mismo sonido que había escuchado durante las tres noches anteriores.
Tres golpes.
Siempre a la misma hora.
Siempre con el mismo intervalo.
Y siempre terminaban de la misma manera.
Silencio.
Aquella noche, sin embargo, la voz había aparecido.
La voz de la mujer que había conocido en aquella feria.
La señora que me había advertido que no comprara aquella pequeña figura de la Santa Muerte.
La señora que había intentado salvarme.
Yo todavía no sabía de qué.
Pero estaba empezando a entender que el verdadero error no había sido llevarme la figura a casa.
Mi verdadero error había sido creer que aquella mujer estaba tratando de venderme algo.
Todo había comenzado unos diez días antes.
Había viajado a un barrio antiguo de la ciudad por una razón bastante sencilla.
Necesitaba comprar algunas cosas para mi casa y, de paso, quería conocer una feria tradicional que se instalaba allí una vez al año.
Había escuchado hablar de ella desde hacía tiempo.
Decían que era una de esas ferias que parecían sobrevivir al paso de los años.
Había comida, ropa, juguetes viejos, artesanías, objetos religiosos, discos, libros usados y todo tipo de cosas que uno difícilmente encontraba en los centros comerciales.
Yo no era una persona supersticiosa.
Nunca había creído demasiado en fantasmas, maldiciones ni espíritus.
Mi madre, en cambio, sí.
Cuando era niño, solía decirme que había lugares donde era mejor no mirar demasiado.
—No todo lo que existe quiere que lo conozcamos —me decía.
Yo siempre me reía.
Ella también terminaba riéndose.
Pero aquella frase regresó a mi memoria varias veces durante los días siguientes.
La feria estaba instalada en una zona antigua.
Las calles eran estrechas y las casas parecían haber sido construidas mucho antes de que yo naciera.
Había paredes cubiertas de humedad, balcones de hierro oxidado y puertas de madera que parecían no haber sido abiertas en décadas.
La feria, sin embargo, estaba llena de vida.
Había música.
Niños corriendo.
Personas comiendo tacos.
Vendedores gritando sus precios.
Mujeres ofreciendo dulces.
Hombres cargando cajas.
El aire olía a carbón, aceite, fruta madura y humo.
Durante casi una hora caminé sin rumbo.
Compré algunas cosas.
Me detuve a comer.
Miré juguetes antiguos.
Incluso encontré un reloj de bolsillo que estuve a punto de comprar.
Fue entonces cuando vi el callejón.
Estaba entre dos edificios.
Era tan estrecho que al principio pensé que se trataba de una entrada privada.
Pero había un pequeño letrero de madera colgado en la pared.
No decía nada.
Solo tenía dibujada una calavera.
Sentí curiosidad.
Entré.
Después de unos diez metros, el ruido de la feria comenzó a desaparecer.
Era extraño.
Había gente a pocos metros de distancia, pero el sonido parecía apagarse poco a poco.
Como si el callejón estuviera separado del resto de la feria.
Al fondo había una pequeña mesa cubierta con un mantel negro.
Detrás de ella estaba sentada una anciana.
Debía tener unos setenta años.
Tal vez más.
Tenía el cabello completamente blanco, recogido detrás de la cabeza.
Vestía una blusa oscura y un rebozo gris.
Sus manos eran delgadas.
Llenas de manchas.
Pero sus ojos eran lo que más llamaba la atención.
Me observaban con una intensidad incómoda.
Sobre la mesa había decenas de objetos.
Veladoras.
Rosarios.
Escapularios.
Pequeñas figuras.
Medallas.
Frascos con líquidos oscuros.
Fotografías.
Cruces.
Y varias imágenes de la Santa Muerte.
Me acerqué.
La señora no dijo nada.
Yo tampoco.
Durante algunos segundos fingimos que no nos estábamos observando.
Finalmente, ella habló.
—¿Busca protección?
La pregunta me sorprendió.
—No exactamente.
—Eso dicen todos antes de necesitarla.
Sonrió.
No parecía una sonrisa amable.
Parecía una sonrisa de alguien que ya sabía algo que yo todavía ignoraba.
Continué mirando los objetos.
Había figuras de distintos tamaños y colores.
Una llevaba una túnica roja.
Otra, blanca.
Otra, dorada.
Algunas sostenían una balanza.
Otras llevaban una guadaña.
Yo no sabía mucho sobre esas imágenes, pero había visto representaciones similares anteriormente.
Entonces la vi.
Estaba detrás de varias veladoras.
Era una figura diminuta.
No medía más que mi mano.
Tenía una túnica negra.
Su rostro era una calavera.
Pero había algo extraño en ella.
Los detalles eran demasiado realistas.
Las cuencas de los ojos parecían profundas.
Los dientes estaban perfectamente definidos.
Incluso tenía pequeñas grietas en el cráneo.
La tomé.
En cuanto mis dedos tocaron la figura, la anciana se levantó.
Me sujetó la muñeca.
Con una fuerza que no esperaba de alguien de su edad.
—Esa no.
La miré.
—¿Por qué?
Ella no respondió inmediatamente.
Miró la figura.
Después me miró a mí.
—Porque esa ya tiene dueño.
Me reí.
—¿Entonces por qué la vende?
—No la vendo.
—¿Y cuánto cuesta?
—Nada.
—Entonces me la llevo.
Su expresión cambió.
—No.
Esta vez su voz fue firme.
Dejé de sonreír.
—¿Por qué?
La señora se inclinó hacia mí.
—Porque si se la lleva, ella también se lleva algo suyo.
Sentí un escalofrío.
Aun así, pensé que era una estrategia.
Quizá quería venderme otra cosa.
Una figura más grande.
Un rosario.
Una veladora.
Cualquier cosa.
—¿Cuánto cuesta la otra?
La mujer frunció el ceño.
—No entiende.
—¿Qué es lo que no entiendo?
—Que no quiero venderle nada.
La frase me dejó callado.
Ella volvió a sentarse.
—Déjela donde estaba.
Obedecí.
Coloqué la figura sobre el mantel.
Pero antes de irme, miré nuevamente su rostro.
Por alguna razón tuve la sensación de que la calavera estaba mirándome.
Sacudí la cabeza.
Ridículo.
Era una figura.
Nada más.
Salí del callejón.
Después de caminar unos metros escuché un sonido.
Tac… tac… tac…
Me detuve.
Volteé.
La señora seguía sentada.
No había nadie detrás de mí.
Pero la figura estaba nuevamente sobre la mesa.
Y estaba orientada hacia la entrada del callejón.
Hacia mí.
Pensé que la mujer la había movido.
Seguí caminando.
No volví a mirar.
Esa noche regresé a casa alrededor de las diez.
Vivía solo.
Mi departamento era pequeño y tranquilo.
Dejé las compras sobre la mesa y me quité la chaqueta.
Fue entonces cuando encontré la figura.
Estaba dentro de mi mochila.
Me quedé inmóvil.
La saqué lentamente.
Era la misma.
La túnica negra.
El rostro detallado.
Las pequeñas grietas.
No recordaba haberla tomado.
De hecho, estaba seguro de que la había dejado sobre la mesa.
Pensé que quizá la anciana la había metido en mi mochila.
Eso habría sido más extraño todavía.
Pero al menos tenía una explicación.
La coloqué sobre una repisa.
—Muy graciosa —murmuré.
No había nadie que pudiera escucharme.
Me fui a dormir.
A las tres de la mañana me despertó un ruido.
Tac… tac… tac…
Abrí los ojos.
Mi habitación estaba completamente oscura.
Durante unos segundos no entendí qué estaba pasando.
Después escuché el sonido otra vez.
Tac… tac… tac…
Venía del pasillo.
Encendí la lámpara.
La repisa estaba frente a mi cama.
La figura había desaparecido.
Sentí que el estómago se me cerraba.
Me levanté.
Abrí la puerta.
Y la vi.
Estaba en el suelo.
Frente a la puerta de mi habitación.
Como si alguien la hubiera colocado allí.
La recogí.
Miré el pasillo.
No había nadie.
Revisé el departamento entero.
La puerta principal estaba cerrada.
Las ventanas también.
No había ninguna señal de que alguien hubiera entrado.
Decidí que estaba cansado.
Guardé la figura dentro de un cajón.
Cerré el cajón con llave.
Al día siguiente la tiré a la basura.
No quería verla nunca más.
Esa noche volvió.
La encontré sobre la mesa de la cocina.
Me quedé mirándola durante casi un minuto.
No sabía qué pensar.
Entonces noté algo.
Tenía las manos juntas.
Y entre ellas había un pequeño papel doblado.
Lo tomé.
El papel estaba amarillento.
Parecía muy viejo.
Lo abrí.
Había una dirección escrita.
Era la dirección de la feria.
Debajo había una frase.
“Devuélveme lo que te llevaste.”
Sentí un vacío en el pecho.
No entendía qué significaba.
Yo no había robado nada.
Solo había tocado una figura.
Quizá aquello era una broma.
Quizá alguien había entrado en mi casa.
Pero entonces recordé algo.
La mujer había dicho:
“Si se la lleva, ella también se lleva algo suyo.”
Pensé en devolverla.
Al día siguiente regresé al barrio.
La feria había desaparecido.
No quedaba absolutamente nada.
La calle estaba vacía.
Ni puestos.
Ni vendedores.
Ni música.
Ni personas.
Solo quedaba el callejón.
Entré.
La mesa seguía allí.
La misma mesa.
El mismo mantel.
Pero la anciana no estaba.
Encima había fotografías.
Decenas.
Tal vez cientos.
Me acerqué.
Eran fotografías de personas.
Algunas antiguas.
Otras recientes.
Algunas estaban amarillentas.
Otras parecían haber sido impresas hacía pocos días.
Reconocí a dos personas.
Las había visto en la feria.
Un hombre que vendía comida.
Una muchacha que atendía un puesto de ropa.
Entonces encontré una fotografía que me paralizó.
Era yo.
Estaba frente al puesto de la anciana.
La fotografía había sido tomada el día anterior.
Yo aparecía mirando la figura.
Detrás de mí estaba la señora.
Sonriendo.
Debajo había una fecha.
La fecha del día siguiente.
No entendí.
La fotografía todavía no había ocurrido.
O eso creía.
Salí corriendo.
Durante las siguientes horas intenté convencerme de que todo tenía una explicación.
Quizá alguien me estaba siguiendo.
Quizá habían tomado una fotografía mediante una cámara oculta.
Quizá la fecha había sido escrita después.
Quizá la feria era parte de algún espectáculo.
Cualquier explicación era mejor que pensar en algo sobrenatural.
Esa noche no dormí.
A las tres de la mañana escuché los golpes.
Tac… tac… tac…
Esta vez no me levanté.
Me quedé sentado en la cama.
Mirando la puerta.
Los golpes volvieron.
Tac… tac… tac…
Entonces escuché algo más.
Un roce.
Como si alguien pasara lentamente las uñas por la madera.
Después una voz.
—Te dije que no la compraras.
Era ella.
La anciana.
Me acerqué a la puerta.
—¿Quién eres?
Silencio.
—¿Qué quieres?
Nada.
Abrí la puerta.
El pasillo estaba vacío.
Pero la figura estaba allí.
En el suelo.
Y junto a ella había otra fotografía.
La recogí.
Era la misma imagen.
Yo frente al puesto.
La anciana detrás.
Pero había algo diferente.
Ahora aparecía una tercera persona.
Estaba de pie detrás de nosotros.
Era un hombre.
No podía verle la cara.
Llevaba un sombrero oscuro.
Y estaba mirando directamente hacia la cámara.
Al reverso había una frase.
“Él ya sabe dónde vives.”
Pasé el resto de la noche revisando las cerraduras.
A las seis de la mañana fui a trabajar.
No podía concentrarme.
Durante todo el día sentí que alguien me observaba.
Cada vez que veía un hombre con sombrero, me ponía nervioso.
Comencé a pensar que estaba perdiendo la cabeza.
Esa tarde llamé a un amigo.
Le conté todo.
No le mencioné la parte sobrenatural.
Solo le dije que había encontrado una figura en mi casa y que alguien parecía estar siguiéndome.
Se burló de mí.
—Necesitas dormir.
Quizá tenía razón.
Pero entonces me preguntó algo.
—¿Dónde compraste esa figura?
Le dije el nombre del barrio.
Se quedó callado.
—¿Qué?
—Nada.
—Dime.
—Mi abuela vivía por ahí.
—¿Y?
—Había una feria que se hacía hace muchos años.
Sentí un escalofrío.
—¿Hace cuánto?
—No sé. Décadas.
—Yo fui hace unos días.
Mi amigo tardó en responder.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque esa feria dejó de hacerse hace más de veinte años.
No le creí.
Por supuesto que no.
Me parecía absurdo.
Pero esa misma noche busqué información.
Encontré fotografías antiguas del barrio.
La feria había existido.
Y, efectivamente, había desaparecido hacía muchos años.
Encontré una fotografía tomada aproximadamente veinticinco años atrás.
Era la misma calle.
Los mismos edificios.
El mismo callejón.
Y en el fondo, casi oculto entre otros puestos, estaba la mesa.
La mesa de la anciana.
Amplié la fotografía.
La mujer estaba allí.
Exactamente igual.
Mismo rostro.
Mismo cabello.
Misma ropa.
Sentí que el aire se volvía frío.
Busqué fotografías más recientes.
No encontré ninguna.
Pero encontré un artículo antiguo.
Hablaba de varias personas desaparecidas en los alrededores del barrio.
Todas habían sido vistas por última vez en aquella feria.
La mayoría de los casos nunca fueron resueltos.
Entre los nombres había uno que me llamó la atención.
Una mujer llamada Elena Vargas.
Desaparecida en 1998.
Edad: 42 años.
Pero había algo extraño.
La descripción decía que había sido vista por última vez en un puesto donde se vendían objetos religiosos.
No decía nada de la Santa Muerte.
Cerré la página.
No quería seguir.
Pero entonces vi la fotografía de Elena.
Era la anciana.
La misma.
Solo que en la fotografía tenía cuarenta años.
Regresé al callejón al día siguiente.
No sé por qué.
Tal vez buscaba respuestas.
Tal vez quería demostrarme que todo era una coincidencia.
La mesa seguía allí.
Vacía.
Me acerqué.
Había una sola fotografía.
La tomé.
Era una imagen antigua.
Mostraba a varias personas frente a la feria.
Reconocí a la anciana.
Pero también reconocí a otra persona.
El hombre del sombrero.
Estaba detrás de ella.
Levanté la fotografía.
En la esquina inferior había una fecha.
Entonces escuché una voz.
—No debiste volver.
Me giré.
La señora estaba detrás de mí.
No había escuchado sus pasos.
—¿Quién es usted?
—Ya te lo dije.
—No.
Ella negó lentamente.
—Tú nunca me preguntaste.
—¿Qué es este lugar?
—Una puerta.
—¿Puerta hacia dónde?
La anciana me miró con tristeza.
—Hacia donde terminan las cosas que la gente no quiere perder.
No entendí.
—La figura…
—No es de la Santa Muerte.
La miré.
—¿Entonces qué es?
—Es una llave.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Una llave para qué?
La mujer miró hacia el fondo del callejón.
—Para abrir una deuda.
Me explicó que muchos años atrás había existido un hombre que acudía a la feria buscando una forma de recuperar a su hijo muerto.
No quería aceptar su pérdida.
Buscó curanderos.
Brujos.
Sacerdotes.
Personas que prometían comunicarse con los muertos.
Finalmente llegó hasta aquella mesa.
La señora que estaba allí en aquel entonces era Elena.
La misma mujer que ahora tenía frente a mí.
—¿Usted es Elena?
Ella no respondió.
—¿Murió?
La anciana bajó la mirada.
—Hace mucho tiempo.
—Entonces, ¿cómo está aquí?
—Porque algunas personas no se van cuando deberían.
Me explicó que el hombre había llevado una pequeña figura.
No era una figura cualquiera.
Había sido construida para servir como recipiente.
El hombre pidió una sola cosa.
Quería hablar con su hijo.
La anciana intentó detenerlo.
Pero él no escuchó.
Realizó el ritual.
Y algo respondió.
Al principio parecía ser el hijo.
Le habló.
Le pidió perdón.
Lloró.
Pero después la voz cambió.
El hombre quiso detenerlo.
Ya era demasiado tarde.
Aquello necesitaba un cuerpo.
Y encontró uno.
El primero fue el propio hombre.
Después comenzaron las desapariciones.
—¿Y usted?
La anciana me miró.
—Yo intenté cerrar la puerta.
—¿Lo consiguió?
—No completamente.
—¿Entonces qué pasó?
—La figura quedó escondida.
—¿Y ahora?
—Ahora tú la encontraste.
Miré hacia mi bolsillo.
La figura estaba allí.
No recordaba haberla guardado.
La saqué.
La anciana retrocedió.
—No la pongas sobre la mesa.
—¿Por qué?
—Porque si la pones ahí, podrá regresar.
—¿Quién?
La mujer me miró directamente.
—El que está detrás de ti.
Sentí que la sangre se me congelaba.
No quise girarme.
Pero lo hice.
El hombre del sombrero estaba al final del callejón.
Quieto.
Mirándome.
Corrí.
No recuerdo cómo salí del callejón.
No recuerdo cómo llegué a mi automóvil.
Solo recuerdo que manejé durante casi una hora sin dirección.
Cuando finalmente llegué a casa, cerré todas las puertas.
La figura seguía conmigo.
La coloqué dentro de una caja de metal.
La envolví en varias capas de tela.
Y la guardé en un armario.
Esa noche no ocurrió nada.
Ni golpes.
Ni voces.
Ni fotografías.
Pensé que todo había terminado.
Hasta que recibí una llamada.
Era un número desconocido.
Contesté.
Nadie habló.
Solo escuché una respiración.
Después una voz masculina.
—Devuélveme lo que es mío.
Colgué.
El teléfono volvió a sonar.
No contesté.
Recibí un mensaje.
Era una fotografía.
Yo estaba durmiendo.
La imagen había sido tomada desde la puerta de mi habitación.
Miré inmediatamente hacia el armario.
La caja seguía allí.
Pero estaba abierta.
La figura había desaparecido.
Aquella noche no dormí.
Al amanecer fui nuevamente al barrio.
El callejón estaba cerrado.
Habían colocado una cadena.
Un hombre que pasaba por allí me dijo que nadie entraba desde hacía años.
—¿Quién vive aquí?
—Nadie.
—¿Y la señora?
Me miró como si hubiera dicho una tontería.
—Aquí nunca ha habido ninguna señora.
Le enseñé una fotografía.
La tomó.
Se quedó pálido.
—¿Dónde consiguió esto?
—En el callejón.
Me devolvió la fotografía.
—No vuelva.
—¿Por qué?
El hombre señaló la imagen.
—Porque esa mujer murió hace veintiocho años.
Regresé a casa.
La figura estaba sobre mi cama.
Pero esta vez no tenía el rostro de la Santa Muerte.
La cara parecía diferente.
Era más humana.
Más vieja.
Más triste.
Y alrededor del cuello llevaba una pequeña cadena.
Colgada de ella había una fotografía.
La tomé.
Era una fotografía de Elena.
Pero no de 1998.
Era una fotografía tomada recientemente.
Ella estaba frente a mi edificio.
Mirando hacia mi ventana.
En la parte inferior aparecía la fecha del día siguiente.
Comprendí entonces que las fotografías no mostraban el futuro.
Mostraban lo que estaba destinado a ocurrir.
Y había una forma de cambiarlo.
La anciana me había estado dejando pistas.
No quería matarme.
Quería que entendiera.
La frase regresó a mi memoria.
“Devuélveme lo que te llevaste.”
No se refería a la figura.
Se refería a lo que la figura había tomado de mí.
Mi sombra.
Lo descubrí de la manera más absurda.
Me encontraba frente al espejo cuando noté algo extraño.
Mi reflejo tenía sombra.
Yo no.
La luz del baño estaba encendida.
Pero debajo de mis pies no había ninguna.
Sentí pánico.
Retrocedí.
Mi reflejo no.
Él permaneció inmóvil.
Entonces sonrió.
Yo no estaba sonriendo.
El reflejo levantó una mano.
Señaló hacia la puerta.
Detrás de mí apareció Elena.
En el espejo.
No en el baño.
Solo en el reflejo.
Ella señaló la figura.
Después señaló mi pecho.
Y finalmente señaló el suelo.
La sombra comenzó a aparecer.
Pero no era la mía.
Era la silueta de un hombre con sombrero.
Corrí hasta el callejón una última vez.
Llevaba la figura conmigo.
El lugar estaba completamente oscuro.
La mesa seguía allí.
La anciana me esperaba.
—Llegaste tarde.
—¿Cómo recupero lo que me quitó?
—No puedes recuperarlo solo.
—¿Qué tengo que hacer?
Ella señaló la mesa.
—Devuélvela.
Coloqué la figura sobre el mantel.
El hombre del sombrero apareció detrás de mí.
Sentí un frío intenso.
—No te gires —dijo Elena.
Obedecí.
—Escúchame.
Su voz temblaba.
—Lo que está detrás de ti no es un hombre.
—Entonces, ¿qué es?
—Es lo que queda cuando alguien se niega a morir.
El hombre comenzó a caminar.
Tac… tac… tac…
Cada paso parecía hacer vibrar el suelo.
—Cuando llegué aquí —continuó Elena— intenté detenerlo.
—¿Y por qué no pudo?
—Porque tuve miedo.
—¿Qué debo hacer?
—No tengas miedo.
Me pareció una respuesta ridícula.
Pero entonces comprendí.
Toda la historia había girado alrededor del miedo.
El hombre del sombrero necesitaba que yo creyera en él.
Necesitaba que lo mirara.
Necesitaba reconocerlo.
La anciana había intentado salvarme evitando que comprara la figura.
Yo había pensado que quería venderme algo.
Ella no quería dinero.
Quería evitar que abriera la puerta.
El hombre se detuvo detrás de mí.
Sentí su respiración.
—Mírame —susurró.
Cerré los ojos.
—Mírame.
No lo hice.
—Si no me miras, nunca sabrás quién soy.
Entonces escuché una voz diferente.
La de mi madre.
—Hijo.
Abrí los ojos.
No me giré.
—Estoy aquí.
Era imposible.
Mi madre estaba lejos.
Pero aquella voz era exactamente igual.
—Voltea.
Las lágrimas comenzaron a caerme.
Sabía que no era ella.
Pero quería creerlo.
Elena me sujetó del brazo.
—No.
La voz volvió.
—Solo quiero despedirme.
Entonces entendí.
Aquello utilizaba el deseo de las personas.
No sus miedos.
Sus deseos.
El hombre del sombrero no había regresado para perseguirme.
Había venido para ofrecerme algo.
Algo que yo quería.
Una segunda oportunidad.
Una conversación con alguien que había perdido.
Una forma de recuperar el pasado.
Y ese era el verdadero precio.
No la vida.
La voluntad.
Tomé la figura.
La levanté.
La anciana gritó.
—¡No!
Pero ya había decidido.
La lancé contra el suelo.
La figura se partió.
El sonido que siguió no fue un golpe.
Fue un grito.
Un grito tan fuerte que tuve que taparme los oídos.
El callejón comenzó a temblar.
Las fotografías salieron volando de la mesa.
Las paredes parecían respirar.
El hombre del sombrero gritó.
Pero no era una voz humana.
Era el sonido de cientos de personas hablando al mismo tiempo.
Vi rostros.
Decenas.
Cientos.
Personas desaparecidas.
Personas que habían sido olvidadas.
Todas aparecían en las fotografías.
Y todas miraban hacia mí.
Entonces Elena se acercó a la figura rota.
La tomó entre sus manos.
—Perdóname —susurró.
La figura comenzó a arder.
No había fuego.
Solo luz.
Una luz blanca que llenó el callejón.
El hombre del sombrero desapareció.
Las fotografías cayeron al suelo.
Y por primera vez escuché silencio.
Un silencio absoluto.
Cuando abrí los ojos, estaba solo.
La mesa había desaparecido.
El callejón estaba vacío.
No había fotografías.
No había figura.
No había anciana.
Solo quedaba una pequeña medalla negra sobre el suelo.
La recogí.
Tenía una inscripción.
“No todo muerto quiere volver.”
Guardé la medalla.
Nunca regresé.
Durante varios meses no ocurrió nada.
Poco a poco recuperé mi vida.
Dejé de pensar en la feria.
Dejé de hablar de la anciana.
Intenté convencerme de que todo había sido una especie de pesadilla provocada por el cansancio.
Funcionó.
Hasta que una mañana recibí un paquete.
No tenía remitente.
Dentro había una fotografía.
La saqué.
Era la misma mesa.
La misma anciana.
La misma figura.
Y yo.
Pero esta vez no estaba solo.
Había una tercera persona.
Una mujer joven.
La reconocí.
Era la muchacha que vendía ropa en la feria.
La mujer cuya fotografía había visto entre las otras.
La misma que había desaparecido años atrás.
Al reverso había una frase.
“Uno se cerró. Otro se abrió.”
Sentí que el cuerpo se me helaba.
Miré por la ventana.
En la calle había una mujer parada.
Llevaba un vestido oscuro.
No podía verle el rostro.
Cuando levantó la cabeza, vi que me estaba mirando.
Entonces escuché un sonido.
Tac… tac… tac…
Tres golpes.
Pero esta vez no venían de la puerta.
Venían de la ventana.
Han pasado tres años desde aquella noche.
Nunca volví a comprar objetos religiosos en mercados.
Nunca entro en callejones desconocidos.
Nunca acepto cosas que alguien me ofrece sin explicar de dónde vienen.
Y, sobre todo, nunca vuelvo a ignorar una advertencia.
Pero hay algo que todavía no he contado.
Algo que descubrí hace apenas una semana.
La fotografía de aquella mujer joven no desapareció.
La guardé en una caja.
Hace unos días volví a abrirla.
Había algo escrito en la parte posterior que antes no estaba.
Una dirección.
Otra feria.
En otra ciudad.
Y una fecha.
La de mañana.
Debajo había una frase.
“Ella ya te está esperando.”
No sé quién es ella.
No sé qué quiere.
Y no sé por qué la anciana me está conduciendo nuevamente hacia ese lugar.
Pero anoche ocurrió algo.
A las tres de la mañana escuché tres golpes.
Tac… tac… tac…
Me levanté.
Abrí la puerta.
No había nadie.
Solo había una pequeña figura en el suelo.
Una figura diferente.
Esta vez vestía una túnica blanca.
La tomé.
Debajo había un papel.
Lo abrí con manos temblorosas.
Solo decía:
“Ahora sí puedes devolverme lo que te llevaste.”
Y entonces escuché la voz de la anciana.
Pero esta vez no venía del otro lado de la puerta.
Venía de detrás de mí.
—No vuelvas a cometer el mismo error.
Me giré.
La señora estaba allí.
Por primera vez pude verla claramente.
Ya no parecía una anciana.
Parecía una mujer joven.
La misma mujer de la fotografía.
Elena.
Me miró con tristeza.
—La primera vez intentaste salvarte.
—¿Y ahora?
Ella señaló la figura.
—Ahora tienes que salvar a alguien más.
—¿A quién?
Elena miró hacia la ventana.
En el reflejo apareció el hombre del sombrero.
Pero esta vez no estaba detrás de mí.
Estaba detrás de ella.
Elena cerró los ojos.
—A mí.
La luz de la habitación comenzó a apagarse.
Una por una.
Hasta que quedamos completamente a oscuras.
Entonces escuché los tres golpes.
Tac… tac… tac…
Y comprendí algo que todavía hoy me cuesta aceptar.
La señora nunca había sido la dueña de aquella figura.
Tampoco había sido su víctima.
Había sido su guardiana.
Durante décadas había intentado impedir que alguien se llevara aquella pequeña llave.
Porque cada persona que la encontraba creía estar comprando un objeto.
Pero nadie estaba comprando nada.
La figura elegía a su dueño.
Y cuando elegía a alguien, no buscaba dinero.
Buscaba una puerta.
Una persona que todavía tuviera algo que perder.
Una persona que pudiera escuchar a los muertos.
Una persona que estuviera dispuesta a abrir.
Yo había sido esa persona.
Y ahora entendía por qué la señora me había advertido aquel día.
No quería asustarme.
No quería engañarme.
No quería venderme algo más caro.
Solo había intentado salvarme.
Yo fui quien no quiso escuchar.
Y quizá por eso, cada vez que intento deshacerme de la figura, vuelve.
Porque tal vez nunca fue la figura la que regresaba.
Tal vez era la deuda.
La deuda de todos aquellos que intentaron abrir una puerta que jamás debió abrirse.
La deuda de Elena.
La deuda del hombre del sombrero.
La deuda de los muertos que todavía esperan.
Y quizá también la mía.
Esta mañana encontré una nueva fotografía debajo de mi puerta.
No la he destruido.
No la he guardado.
Está sobre la mesa frente a mí.
En ella aparezco yo.
La anciana está a mi lado.
Y detrás de nosotros hay una puerta negra.
La puerta está entreabierta.
Hay una persona parada al otro lado.
Esta vez puedo verle el rostro.
Soy yo.
Pero no el yo de ahora.
Es una versión de mí mucho más vieja.
Está sonriendo.
Y sostiene la pequeña figura entre las manos.
Debajo de la fotografía hay una última frase.
“No todos los que regresan vienen a buscarte.”
Desde hace una hora alguien está golpeando la puerta.
Tres veces.
Siempre tres.
Tac… tac… tac…
No pienso abrir.
Pero hace unos minutos escuché la voz de Elena.
—Esta vez no vengo por ti.
Silencio.
Después escuché una segunda voz.
La mía.
Desde el otro lado de la puerta.
—Vengo por él.
Y entonces comprendí que la fotografía no mostraba el futuro.
Mostraba el pasado.
Porque la puerta que aparece en ella ya estaba abierta.
Solo que todavía no había decidido quién iba a cruzarla.
Ahora sé que hay cosas que no deben comprarse.
Cosas que no deben tocarse.
Cosas que deben permanecer donde fueron dejadas.
Y si alguna vez visitas una feria antigua en México y encuentras un callejón donde la luz parece no entrar…
si ves una pequeña mesa cubierta con un mantel oscuro…
si detrás de ella hay una anciana que te observa como si ya te conociera…
y si entre todos los objetos encuentras una pequeña figura de la Santa Muerte con una túnica negra…
no preguntes cuánto cuesta.
No intentes llevártela.
Y si la señora te dice:
—Esa no.
Hazle caso.
Porque quizá, al igual que yo, pienses que solo intenta venderte algo más caro.
Quizá incluso te rías.
Quizá creas que todo es una estrategia.
Pero si ella te mira fijamente y te dice:
—Esa ya tiene dueño.
No preguntes quién.
No preguntes por qué.
Déjala donde está.
Y aléjate.
Porque quizá la señora no esté tratando de venderte nada.
Quizá esté intentando salvarte.
Y quizá, cuando escuches detrás de ti tres pequeños golpes…
Tac… tac… tac…
ya sea demasiado tarde.