La Siguanaba vino por nuestro nieto… porque nunca lo bautizamos
Mi abuelo siempre decía que hay criaturas que no buscan a cualquiera… sino a quienes no tienen quién los proteja.
Nunca le creí.
De niño pensaba que aquellas historias eran una manera de obligarnos a regresar temprano a casa. Mi abuelo tenía muchas reglas extrañas. No silbar después de medianoche. No responder cuando alguien llamaba tres veces desde el campo. No mirar por las ventanas si se escuchaba llorar a una mujer cerca del río.
Y, sobre todo, nunca aceptar que una voz desconocida pronunciara nuestro nombre durante la noche.
—Hay cosas que aprenden tu nombre antes de que tú aprendas el suyo —me decía.
Yo me reía.
Él nunca.
Ahora tengo sesenta y ocho años y daría cualquier cosa por volver a escuchar su voz diciéndome que no saliera de aquella casa.
Todo comenzó un viernes por la tarde.
Mi hija, Mariana, llegó a nuestra casa cargando una pequeña mochila, una bolsa de pañales y a su hijo de apenas ocho meses.
El niño se llamaba Mateo.
Era un bebé tranquilo, de esos que parecen observarlo todo con unos ojos demasiado serios para su edad. Desde que nació había tenido una relación especial con mi esposa, Teresa. Cuando ella lo cargaba, él dejaba de llorar inmediatamente.
Aquella tarde, Mariana estaba agotada.
Había tenido problemas en su trabajo y necesitaba viajar a la ciudad durante dos días para resolver algunos asuntos. Su esposo también tenía que trabajar, así que nos pidió que cuidáramos al niño durante el fin de semana.
—Solo serán dos noches —nos dijo.
Teresa sonrió.
—Puedes dejarlo una semana si quieres.
Mariana soltó una pequeña risa.
Yo tomé al niño en mis brazos.
Mateo me miró fijamente.
—¿Qué pasa, muchacho?
No respondió, por supuesto.
Pero cuando me acerqué a la ventana con él, dejó de sonreír.
Miró hacia el campo.
El sol estaba bajando detrás de los árboles y una brisa ligera movía las hojas de maíz.
—¿Qué viste? —le pregunté.
El niño levantó una pequeña mano.
Señaló hacia afuera.
No había nada.
—Está cansado —dijo Mariana.
Lo llevé de nuevo a la sala.
Antes de irse, mi hija me dio una lista de instrucciones.
Cuándo alimentarlo.
Cuánto debía dormir.
Qué medicamento darle si tenía fiebre.
Y una cosa que me pareció exagerada.
—Papá, no lo dejen solo afuera ni un momento.
—¿Cuándo estaría afuera?
—No sé. Solo… no lo hagan.
La miré.
—Mariana, sabes que no somos unos irresponsables.
—Lo sé.
Parecía querer decir algo más.
Pero no lo hizo.
Besó a su hijo en la frente y salió.
La vimos alejarse por el camino hasta que su automóvil desapareció detrás de los árboles.
Entonces Teresa tomó al niño y comenzó a preparar la cena.
Yo salí al patio.
Tenía que cerrar el gallinero.
Era una tarea sencilla que había hecho miles de veces.
Pero aquella noche había algo diferente.
El campo estaba demasiado silencioso.
No había grillos.
No había ranas.
Ni siquiera se escuchaban los perros de las casas vecinas.
Me detuve junto al gallinero.
Miré hacia el maizal.
Todo estaba inmóvil.
Entonces escuché un llanto.
Una mujer llorando.
Muy lejos.
Me quedé quieto.
El sonido era débil, casi como un lamento arrastrado por el viento.
Pensé que podía ser alguna vecina.
Esperé.
El llanto volvió a escucharse.
Esta vez estaba más cerca.
No había escuchado pasos.
No había visto a nadie acercarse.
Pero el llanto estaba más cerca.
Cerré el gallinero.
Regresé rápidamente a la casa.
Cuando entré, Teresa estaba parada junto a la mesa.
Tenía a Mateo en brazos.
Su rostro había perdido todo el color.
—¿Qué pasó?
No respondió.
—Teresa.
Me miró.
—¿Escuchaste eso?
—Sí.
—No hablo del llanto.
Sentí un frío en la espalda.
—¿Qué escuchaste?
Teresa bajó la mirada hacia el niño.
—La escuché llamándolo.
Me acerqué.
—¿A quién?
—A Mateo.
No supe qué decir.
—¿Estás segura?
—Dijo su nombre.
—Quizá lo imaginaste.
—No.
Me miró fijamente.
—Dijo: “Mateo”.
Sentí un nudo en el estómago.
Nadie sabía que estábamos cuidando al niño esa noche.
Al menos nadie fuera de la familia.
Intenté convencerla de que había sido una coincidencia.
Entonces escuchamos un silbido.
Largo.
Agudo.
Justo frente a la casa.
Teresa abrazó al niño.
Yo miré hacia la puerta.
Recordé a mi abuelo.
“No respondas cuando alguien silbe después de medianoche.”
Todavía no era medianoche.
Pero aquella regla había sido pensada para algo parecido.
Me acerqué lentamente a la ventana.
Aparté apenas la cortina.
Y la vi.
Había una mujer en medio del camino.
Vestía completamente de blanco.
Su cabello era negro, largo y abundante.
Le llegaba casi hasta los tobillos.
Estaba inmóvil.
No parecía caminar.
Simplemente estaba allí.
Balanceándose suavemente.
Como si una corriente de aire la meciera.
Pero los árboles no se movían.
La mujer levantó la cabeza.
No pude ver su rostro.
El cabello cubría completamente sus facciones.
Entonces levantó un brazo.
Señaló hacia la casa.
Después hizo un gesto con un dedo.
Ven.
Ese gesto era inconfundible.
Quería que saliéramos.
Quería que le entregáramos al niño.
Cerré la cortina.
—No abras la puerta —le dije a Teresa.
Ella comenzó a llorar.
—¿Quién es?
—No lo sé.
Pero sí sabía.
O al menos creía saberlo.
La historia que mi abuelo había contado tantas veces regresó a mi memoria.
La Siguanaba.
Una mujer condenada a vagar por caminos, ríos y campos.
Una aparición que podía mostrarse hermosa a distancia, pero cuyo rostro cambiaba cuando uno se acercaba.
Según mi abuelo, no siempre buscaba hombres borrachos ni viajeros perdidos.
A veces buscaba niños.
Especialmente aquellos que todavía no habían recibido una bendición.
Me parecía absurdo.
Hasta que Teresa dijo:
—Nuestro nieto nunca fue bautizado.
La miré.
—¿Qué?
—Mariana decidió esperar.
—¿Y eso qué importa?
Teresa no contestó.
Entonces escuchamos tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
En la puerta.
Mateo comenzó a llorar.
Yo sentí que las piernas me temblaban.
No abrimos.
Los golpes volvieron.
Toc.
Toc.
Toc.
Después una voz habló desde afuera.
—Mateo…
El bebé dejó de llorar.
Teresa lo apretó contra su pecho.
—No —susurró.
La voz volvió.
—Mateo…
Esta vez sonaba como la voz de una mujer joven.
Luego cambió.
Sonó como la voz de Mariana.
—Papá, abre.
Me acerqué a Teresa.
—No es ella.
—Lo sé.
—No importa qué diga. No abras.
La voz volvió.
—Papá…
Luego escuchamos una risa.
No era humana.
Era demasiado larga.
Demasiado baja.
Y entonces todo quedó en silencio.
Esperamos.
Cinco minutos.
Diez.
Quince.
Nada.
Finalmente pensé que se había ido.
Teresa caminó hacia la habitación donde dormía el niño.
—Voy a acostarlo.
—Espera.
—Está cansado.
La seguí.
Mateo estaba despierto.
Nos miraba.
Teresa lo acostó sobre la cama.
Lo cubrió con una sábana blanca que había pertenecido a mi madre.
Era una sábana antigua, gruesa, con bordados alrededor.
Mateo cerró los ojos.
Nos quedamos observándolo.
Respiraba tranquilamente.
—Quizá todo terminó —dijo Teresa.
Yo quería creerlo.
De verdad quería.
Pero entonces escuché algo detrás de la casa.
Una risa.
Femenina.
Muy baja.
Corrí hacia la ventana trasera.
No vi nada.
Tomé una linterna.
—¿Adónde vas?
—A revisar.
—No salgas.
—Tengo que hacerlo.
Abrí la puerta trasera.
El aire estaba frío.
Más frío que antes.
Caminé hacia el maizal.
La linterna iluminaba apenas unos metros.
Entonces la vi.
La mujer de blanco estaba al borde del campo.
Llevaba algo entre los brazos.
Algo pequeño.
Envuelto en una sábana.
Mi corazón se detuvo.
—¡Oye!
La figura comenzó a caminar.
—¡Espera!
Corrí.
Ella no parecía moverse rápidamente.
Pero cada vez que yo avanzaba, la distancia seguía siendo la misma.
Corrí más.
El maíz golpeaba mi rostro.
Las hojas me cortaban los brazos.
La figura seguía adelante.
—¡Devuélveme al niño!
La mujer se detuvo.
Se volvió lentamente.
La luz de mi linterna iluminó su cabello.
Luego su rostro.
Y grité.
No tenía rostro de mujer.
Debajo del cabello había una calavera.
Una mandíbula demasiado grande.
Dos cavidades negras donde deberían haber estado los ojos.
Y una sonrisa imposible.
Levantó aquello que llevaba en brazos.
Yo esperaba ver a Mateo.
Pero no había ningún bebé.
Solo ramas secas.
Decenas de ramas.
Enredadas y húmedas.
La criatura inclinó la cabeza.
Y desapareció.
No corrió.
No se ocultó.
Simplemente dejó de estar allí.
Me quedé solo en medio del maizal.
No sé cuánto tiempo permanecí inmóvil.
Finalmente regresé a la casa.
Cuando entré, Teresa estaba sentada en la habitación.
Tenía la sábana entre los brazos.
Y sonreía.
—Ya volvió —dijo.
Sentí un golpe en el pecho.
—¿Dónde está Mateo?
Teresa levantó la mirada.
—Aquí.
Me acerqué.
La sábana se movía.
—Teresa…
Ella sonrió.
—Está dormido.
Extendí la mano.
Toqué la sábana.
Algo se movió debajo.
Pero no tenía la forma de un bebé.
Era demasiado largo.
Demasiado delgado.
Retiré la mano.
—Destápalo.
—¿Para qué?
—Destápalo.
Teresa obedeció.
La sábana cayó.
No había ningún niño.
Había cabello.
Una cantidad enorme de cabello negro, húmedo, enredado.
Estaba creciendo.
Lo vi.
Los mechones se movían lentamente.
Como raíces buscando tierra.
Teresa no parecía asustada.
Lo acariciaba.
—Está tranquilo.
—¿Qué hiciste?
—Nada.
—¿Dónde está Mateo?
Ella me miró.
Y por primera vez noté algo extraño en sus ojos.
No eran los ojos de mi esposa.
Parecían mucho más oscuros.
—Ella dijo que podía quedarse.
—¿Quién?
Teresa sonrió.
—La madre.
Retrocedí.
Entonces escuché un ruido detrás de nosotros.
Un golpe.
Después otro.
La ventana.
Me acerqué.
No había nadie.
Pero en el vidrio había marcas.
Como si unas uñas hubieran recorrido la superficie desde afuera.
Cinco líneas.
Luego otras cinco.
Y debajo apareció lentamente una palabra.
No estaba escrita con pintura.
Estaba formada por gotas de agua.
MATEO.
Grité.
Teresa comenzó a reír.
Y la cosa debajo de la sábana comenzó a llorar.
Era un llanto de bebé.
Exactamente igual al de Mateo.
Abrí la puerta.
Salí corriendo.
No sabía adónde iba.
Solo sabía que necesitaba encontrarlo.
Fui hacia el camino.
La luna estaba cubierta por nubes.
Entonces escuché una voz.
—Abuelo…
Me detuve.
Era Mateo.
Era la voz de mi nieto.
Un bebé de ocho meses no podía decir esa palabra.
Pero la escuché claramente.
—Abuelo…
Venía del maizal.
Corrí hacia allí.
—¡Mateo!
—Abuelo…
La voz se alejaba.
Entré en el campo.
Las plantas se cerraban detrás de mí.
La oscuridad parecía más profunda.
Entonces encontré una pequeña huella.
Una huella de pie desnudo.
De bebé.
Luego otra.
Y otra.
Seguían el camino hacia una vieja acequia.
Recordé que mi abuelo decía que nunca había que seguir las huellas de un niño en el monte cuando aparecían durante la noche.
Pero ya era demasiado tarde.
Seguí avanzando.
Llegué a la acequia.
El agua estaba completamente quieta.
En la orilla había una pequeña manta azul.
Era de Mateo.
La recogí.
Estaba mojada.
Entonces escuché el llanto.
Venía del agua.
Me arrodillé.
Miré dentro.
No vi el fondo.
Solo mi propio reflejo.
Pero detrás de mi reflejo apareció una mujer.
Me levanté de golpe.
La mujer estaba detrás de mí.
La misma ropa blanca.
El mismo cabello.
Pero esta vez pude ver su rostro.
No era una calavera.
Era una mujer hermosa.
Tenía la piel pálida.
Los ojos negros.
Y una sonrisa triste.
—¿Dónde está mi nieto? —pregunté.
Ella no respondió.
Solo señaló la casa.
Me giré.
A lo lejos podía verla.
Una luz encendida en una de las ventanas.
La mujer susurró:
—No es tuyo.
Volví a mirarla.
—¿Qué dijiste?
—Nunca fue tuyo.
Entonces escuché el llanto de Mateo desde la casa.
Corrí.
No volví a mirar atrás.
Cuando llegué, la puerta estaba abierta.
Teresa estaba de pie en medio de la sala.
La sábana blanca estaba en el suelo.
Y algo estaba gateando debajo de ella.
—Teresa, aléjate.
Ella no respondió.
—¡Teresa!
La criatura salió lentamente.
Primero vi una pequeña mano.
Después un brazo.
Luego la cabeza.
Era Mateo.
Corrí hacia él.
Lo levanté.
Estaba caliente.
Estaba vivo.
Y comenzó a llorar.
Lo abracé con fuerza.
—Te tengo.
Teresa me miraba.
—No debiste hacerlo.
—¿Qué?
—Ella ya había aceptado quedarse con él.
—¡Estás loca!
Teresa comenzó a llorar.
—No entiendes.
—¿Dónde está ella?
Teresa señaló la puerta.
La mujer estaba afuera.
Pero esta vez no se veía como una criatura.
Parecía una mujer anciana.
Estaba inclinada sobre un bastón.
—Tu abuelo también intentó salvar a alguien —dijo.
Me quedé paralizado.
—¿Qué sabes de mi abuelo?
La mujer sonrió.
—Él me conocía.
Entonces desapareció.
No sé cómo explicar lo que ocurrió después.
Quizá fue el miedo.
Quizá el cansancio.
Quizá mi mente intentando darle sentido a algo imposible.
Pero cuando miré nuevamente a Teresa, ella tenía una expresión diferente.
Parecía despertar de un sueño.
—¿Qué pasó?
—¿No recuerdas?
—¿Qué?
Le entregué al niño.
Teresa lo abrazó.
Mateo dejó de llorar.
Y por unos minutos todo pareció normal.
Hasta que escuchamos tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Teresa palideció.
—No abras.
—No pensaba hacerlo.
La voz de afuera habló.
—Teresa…
Mi esposa cerró los ojos.
—¿Quién es?
La voz respondió:
—Tu madre.
Teresa comenzó a llorar.
Su madre había muerto hacía nueve años.
—No contestes —le dije.
La voz volvió.
—Hija…
Teresa caminó hacia la puerta.
La sujeté del brazo.
—No.
—Es mi mamá.
—No es ella.
—La escuché.
—Yo también.
La puerta comenzó a abrirse.
La cerradura se movió sola.
La empujé con todo mi peso.
—¡Ayúdame!
Teresa reaccionó.
Los dos sostuvimos la puerta.
Desde afuera comenzó a escucharse un llanto.
Luego una risa.
Luego muchas voces.
Voces de personas muertas.
Mi madre.
Mi padre.
El abuelo.
Personas que ya no estaban.
Todos llamándonos.
Todos pidiendo que abriéramos.
No lo hicimos.
Permanecimos allí hasta que salió el sol.
Cuando amaneció, las voces desaparecieron.
Abrimos la puerta.
No había nadie.
Solo encontramos huellas alrededor de la casa.
Cientos.
Huellas pequeñas.
De bebés.
Todas iban hacia el campo.
Ninguna regresaba.
Mariana volvió esa misma mañana.
Cuando vio al niño, lo abrazó y comenzó a llorar.
Nosotros no le contamos todo.
No inmediatamente.
Solo le dijimos que habíamos tenido una noche difícil.
Pero antes de irse, Mariana nos preguntó:
—¿Por qué Mateo tiene esto?
Miramos.
En la muñeca del niño había una marca.
Parecía una pequeña mano.
Cinco dedos negros alrededor de su piel.
No desapareció durante semanas.
Mariana finalmente decidió bautizarlo.
La ceremonia se hizo en la iglesia del pueblo.
Yo no quería asistir.
Pero fui.
Durante la ceremonia, Mateo comenzó a llorar.
El sacerdote levantó la mano.
Y justo cuando pronunció su nombre, todas las velas se apagaron.
Todas.
Al mismo tiempo.
La iglesia quedó completamente oscura.
Entonces alguien silbó desde la puerta.
Un silbido largo.
Agudo.
El sacerdote se detuvo.
Yo miré hacia atrás.
No había nadie.
Pero en una de las ventanas vi una figura.
Una mujer de blanco.
Cabello negro.
Inmóvil.
Mirándonos.
Cuando volví a parpadear, había desaparecido.
Después del bautizo, la marca de la muñeca de Mateo desapareció.
Pensamos que había terminado.
Durante un tiempo, así fue.
Mateo creció.
Aprendió a caminar.
A hablar.
A correr.
Nunca volvió a mencionar aquella noche.
Teresa tampoco.
Pero algo cambió en ella.
Comenzó a dormir con la vieja sábana blanca.
La guardaba cuidadosamente.
Decía que era una costumbre.
Yo sabía que no.
Cada madrugada, alrededor de las tres, se levantaba.
Caminaba hasta la sala.
Extendía la sábana en el suelo.
Y permanecía allí durante varios minutos.
Una noche la seguí.
La encontré arrodillada.
Tenía las manos sobre la sábana.
—¿Qué haces?
Teresa se sobresaltó.
—Nada.
—¿Por qué haces esto todas las noches?
No respondió.
—Teresa.
Me miró.
—Ella viene a preguntar por él.
Sentí frío.
—¿Por Mateo?
Asintió.
—Dice que todavía le pertenece una parte.
—¿Qué parte?
Teresa comenzó a llorar.
—Su nombre.
—¿Qué quieres decir?
—Dice que cuando lo llamó aquella noche, él respondió.
Me quedé en silencio.
—Pero Mateo era un bebé.
—No importa.
Entonces escuchamos una voz infantil desde el patio.
—Abuelo…
Mi corazón se detuvo.
Mateo estaba durmiendo en casa de sus padres aquella noche.
No estaba allí.
La voz volvió.
—Abuelo…
Teresa me tomó la mano.
—No vayas.
—No voy a hacerlo.
—Nunca vuelvas a contestarle.
La voz volvió.
Esta vez más cerca.
—Abuelo…
Miré hacia la ventana.
Una pequeña silueta estaba de pie en el patio.
Parecía un niño.
Estaba descalzo.
Llevaba una camisa blanca.
No podía verle el rostro.
—¿Quién eres? —pregunté sin pensar.
Teresa gritó:
—¡No!
La figura levantó lentamente la cabeza.
Y sonrió.
Corrí hacia la ventana y cerré las cortinas.
Durante varios minutos no escuchamos nada.
Después Teresa dijo:
—Ya sabe que puedes oírla.
Desde esa noche jamás respondí.
Pero la voz continuó.
Cada madrugada.
A veces desde el patio.
A veces desde el techo.
A veces detrás de la puerta.
Siempre con la misma palabra.
—Abuelo…
Mateo siguió creciendo.
Cumplió un año.
Después dos.
Después tres.
A los cuatro años comenzó a contar historias.
Una noche, mientras cenábamos, me dijo:
—Abuelo, la señora del campo está enojada.
Dejé caer el tenedor.
—¿Qué señora?
—La del pelo.
Teresa se quedó inmóvil.
—¿Qué te dijo?
Mateo siguió comiendo.
—Que tú le prometiste algo.
Miré a Teresa.
—¿Qué le prometiste?
Ella negó con la cabeza.
—Nada.
Mateo levantó la mirada.
—Dice que mientes.
Entonces comenzó a llorar.
No como un niño.
Como un adulto.
—Dice que le prometiste devolverle lo que tomaste.
Teresa se puso de pie.
—Vete a tu habitación.
—Pero abuela…
—¡Ahora!
Mateo salió corriendo.
La miré.
—¿Qué tomaste?
Teresa no respondió.
—Teresa, ¿qué tomaste?
Finalmente se sentó.
—La noche que desapareció, yo la vi.
—¿A quién?
—A la mujer.
—¿Y?
—Cuando tú saliste al campo, ella entró a la casa.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Entró?
—Sí.
—¿Y qué hizo?
Teresa comenzó a temblar.
—Se acercó a Mateo.
—¿Lo tocó?
—No.
—Entonces ¿qué?
—Le habló.
—¿Qué le dijo?
—Le dijo que si yo le entregaba algo mío, dejaría al niño.
—¿Qué le entregaste?
Teresa me miró.
Y comenzó a llorar.
—Mi sombra.
No supe qué decir.
Pensé que estaba enferma.
Que el miedo le había destruido la razón.
Pero entonces la luz de la lámpara cayó sobre el suelo.
Yo tenía una sombra.
Teresa no.
Desde aquella noche entendí que la historia nunca había terminado.
La Siguanaba no había venido únicamente por Mateo.
Había venido por alguien que pudiera protegerlo.
Y Teresa había hecho el intercambio.
Había entregado algo que no sabía cómo recuperar.
Su sombra.
Por eso ella podía escucharla.
Por eso la criatura regresaba.
Porque una parte de Teresa todavía pertenecía al otro lado.
Mi esposa murió seis años después.
Murió tranquila.
Sin enfermedad.
Sin explicación.
Una noche simplemente se acostó.
Me tomó la mano.
Y me dijo:
—Cuando venga, no la dejes entrar.
—No vendrá.
—Sí vendrá.
—¿Por qué?
Sonrió.
—Porque ahora ya no tengo nada que darle.
Murió antes del amanecer.
Después del entierro, quemé la sábana blanca.
O eso pensé.
La llevé al campo.
La empapé con gasolina.
Le prendí fuego.
Vi cómo las llamas la consumían.
Pero cuando regresé a casa, la sábana estaba nuevamente sobre la cama.
Perfectamente doblada.
Húmeda.
Y cubierta de cabello negro.
Esa misma noche escuché un llanto.
No era el de una mujer.
Era el de un bebé.
Salí al patio.
La voz venía del maizal.
—Abuelo…
No respondí.
—Abuelo…
Cerré los ojos.
—Abuelo…
Entonces sentí una mano pequeña agarrando mi pantalón.
Abrí los ojos.
Había un niño junto a mí.
Era Mateo.
Pero Mateo ya tenía diez años.
El niño que estaba allí parecía tener ocho meses.
El mismo rostro.
La misma ropa.
La misma expresión.
Me miró.
Y dijo:
—Ella quiere que vuelvas.
Retrocedí.
El niño sonrió.
—Dice que ya es hora.
—¿Hora de qué?
Señaló el maizal.
—De conocer su verdadero rostro.
No quería ir.
Pero algo dentro de mí sabía que ya no podía escapar.
Entré en el campo.
El niño caminaba delante.
Yo lo seguí.
Llegamos a la vieja acequia.
La mujer estaba allí.
Pero esta vez no tenía cabello.
No tenía rostro de calavera.
No parecía una mujer.
Parecía algo antiguo.
Algo que había existido antes que las casas, antes que los caminos, antes que nuestros nombres.
—¿Por qué lo quieres? —pregunté.
Ella respondió:
—Porque me llamó.
—Él era un bebé.
—Los bebés también responden.
—No puedes llevártelo.
—No vine por él.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿por quién?
La criatura levantó un dedo.
Señaló detrás de mí.
Me giré.
No había nadie.
Volví a mirarla.
—¿Por quién?
Ella sonrió.
—Por ti.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Por qué?
—Porque tú fuiste quien respondió.
Recordé aquella noche.
La figura.
La ventana.
La voz.
Y la pregunta que hice.
“¿Quién eres?”
Había respondido.
Yo había roto la regla de mi abuelo.
Había respondido.
Ella había esperado todos esos años.
No quería a Mateo.
No quería a Teresa.
Me quería a mí.
Porque yo era quien había contestado.
La criatura extendió la mano.
—Ven.
Pensé en mi abuelo.
Pensé en sus historias.
Entonces recordé una frase que había olvidado.
“Las criaturas que viven entre los caminos no pueden tomar a quien no las sigue.”
Di un paso atrás.
Ella gritó.
El sonido fue tan fuerte que los árboles comenzaron a temblar.
—¡Ven!
No fui.
La criatura cambió.
Su cabello creció.
Su mandíbula se abrió.
Sus brazos se hicieron largos.
Y durante un instante vi todos los rostros que había amado.
Mi madre.
Mi padre.
Teresa.
Mariana.
Mateo.
Todos me llamaban.
Todos me pedían que me acercara.
No lo hice.
Cerré los ojos.
Y repetí el nombre de mi nieto.
Una vez.
Dos.
Tres.
Después escuché un grito.
Cuando abrí los ojos, la criatura había desaparecido.
El campo estaba vacío.
La acequia estaba seca.
Y el niño ya no estaba.
Regresé a casa solo.
Desde entonces han pasado muchos años.
Mateo es adulto.
Tiene hijos.
Y cada vez que viene a visitarme, evita hablar de aquella noche.
Yo tampoco pregunto.
Pero hay algo que nunca le conté.
La última vez que vi a la Siguanaba, antes de que desapareciera, dejó algo en mi mano.
Un mechón de cabello.
Lo guardé sin saber por qué.
Durante años permaneció encerrado en una caja.
Hasta ayer.
Ayer abrí la caja.
El cabello seguía allí.
Pero ya no era negro.
Se había vuelto completamente blanco.
Y debajo encontré una pequeña fotografía.
Era una fotografía antigua de mi abuelo.
En ella aparecía él de pie frente a nuestra antigua casa.
A su lado había una mujer.
Una mujer de cabello largo.
Mi abuelo tenía una mano sobre su hombro.
En la parte trasera de la fotografía había una frase escrita con su letra.
“La primera vez que vino, yo también pensé que buscaba al niño.”
Me quedé mirando la fotografía durante mucho tiempo.
Después leí la segunda línea.
“Pero nunca vienen por el niño.”
La tercera línea estaba casi borrada.
Tuve que acercarme a la ventana para poder leerla.
“Vienen por quien intenta protegerlo.”
Desde aquella noche no duermo bien.
Porque ahora entiendo todo.
Mi abuelo no me contaba aquellas historias para asustarme.
Me estaba preparando.
Sabía que algún día la criatura regresaría.
Sabía que buscaría a alguien de nuestra familia.
Y sabía que, cuando llegara, yo tendría que elegir.
Proteger a alguien.
O protegerme a mí mismo.
Anoche, mientras estaba sentado en la sala, escuché un ruido en el patio.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
No me moví.
Después escuché una voz.
Era una voz infantil.
—Abuelo…
Cerré los ojos.
No respondí.
La voz volvió.
—Abuelo…
No respondí.
Entonces escuché algo que nunca había oído antes.
La voz de mi propia esposa.
—Ábreme.
Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos.
—Teresa…
Casi dije su nombre.
Pero recordé la regla.
No responder.
No importa quién llame.
No importa cuánto se parezca a alguien que amas.
No importa cuánto quieras creer que es real.
Me quedé en silencio.
Entonces la voz cambió.
Primero fue mi madre.
Después mi padre.
Después mi abuelo.
Después Mariana.
Y finalmente Mateo.
—Abuelo, tengo miedo.
Me tapé los oídos.
No respondí.
Pasaron varios minutos.
Luego escuché pasos alejándose.
La casa volvió a quedar en silencio.
Pensé que había terminado.
Hasta que escuché un susurro detrás de mí.
No venía del patio.
Venía de la habitación.
—Gracias por no abrir.
Me giré lentamente.
La vieja sábana blanca estaba sobre la cama.
Y encima de ella había una enorme cantidad de cabello negro.
Se movía.
Crecía.
Y debajo de la sábana algo pequeño respiraba.
Me quedé inmóvil.
Entonces la sábana comenzó a levantarse.
Muy despacio.
Como si alguien estuviera despertando debajo.
Y escuché una voz infantil.
—Abuelo…
Esta vez no era Mateo.
Era una voz que nunca había oído.
Una voz de otro niño.
—Abuelo, ella ya encontró otra casa.
Miré hacia la ventana.
A lo lejos, entre los árboles, vi una figura blanca.
Estaba de pie junto al camino.
Balanceándose lentamente.
Esperando.
Y entonces comprendí la última verdad que mi abuelo nunca llegó a contarme.
La Siguanaba no sigue a una familia.
Sigue una deuda.
Y mientras alguien recuerde su nombre…
mientras alguien responda cuando llama…
mientras alguien crea que puede proteger a los suyos de algo que no entiende…
ella siempre encontrará el camino de regreso.
Por eso, si alguna madrugada escuchas llorar a una mujer afuera de tu casa, no salgas.
Si alguien llama a un niño por su nombre, no respondas.
Si escuchas tres golpes en la puerta, no abras.
Y si alguna vez ves a una mujer de blanco, inmóvil en medio del camino, con el cabello cubriéndole completamente el rostro…
no intentes descubrir quién es.
Porque quizá ya sabe quién eres tú.
Y quizá no haya venido por el niño.
Quizá haya venido por ti.
Y si desde el patio escuchas una voz infantil susurrando:
—Abuelo…
no contestes.
Porque la primera vez que escuché esa voz, pensé que era mi nieto.
La segunda vez, pensé que era la Siguanaba.
Pero ahora sé la verdad.
La tercera voz…
era la mía.