LA TÍA DE MI NOVIO HABLABA A LAS 3 DE LA MAÑANA
Mi novio y yo dejamos de dormir a las tres de la mañana porque, a esa hora, su tía siempre aparecía en la puerta de nuestra habitación
La primera vez que vi a la tía de Daniel parada frente a nuestra habitación a las tres de la mañana, pensé que simplemente estaba sonámbula.
Eso fue lo que me dije.
Eso necesitaba creer.
Porque cualquier explicación, por absurda que fuera, resultaba más fácil de aceptar que la verdad que descubrimos después.
Vivíamos en la casa de la familia de Daniel desde hacía apenas dos meses. Era una construcción vieja, de esas que parecen haber acumulado demasiados años y demasiados secretos entre sus paredes. Estaba ubicada al final de una calle estrecha, lejos del centro del pueblo, rodeada de árboles que durante el día parecían inofensivos y durante la noche convertían la casa en un lugar completamente distinto.
La casa tenía dos plantas, aunque nosotros casi nunca utilizábamos la segunda.
Daniel me había explicado que allí solo había muebles viejos, cajas y algunas pertenencias de sus abuelos.
—No hay nada interesante —me dijo cuando le pregunté por qué nunca subíamos.
En aquel momento no sospeché nada.
Yo estaba enamorada.
Y cuando estás enamorada, aprendes a ignorar pequeñas cosas que, vistas desde fuera, probablemente te parecerían extrañas.
La casa pertenecía a la familia desde hacía generaciones. Su madre había muerto cuando Daniel era adolescente y su padre vivía en otra ciudad. Por eso, la única persona que permanecía allí era su tía Elena.
Era una mujer de unos setenta años, delgada, de piel muy pálida y cabello completamente gris.
Nunca fue desagradable conmigo.
Nunca me insultó.
Nunca me dijo que no quería que estuviera allí.
Pero desde el primer día tuve la sensación de que no le gustaba verme.
No era exactamente rechazo.
Era algo peor.
Era preocupación.
Como si mi presencia en aquella casa significara que algo inevitable estaba a punto de suceder.
La primera noche que dormí allí, me desperté a las tres de la madrugada.
No había escuchado nada.
Simplemente abrí los ojos.
La habitación estaba oscura.
Daniel dormía profundamente a mi lado.
Miré el reloj del celular.
3:00 a. m.
Por alguna razón sentí la necesidad de mirar hacia la puerta.
Estaba cerrada.
No ocurrió nada.
Volví a dormir.
La segunda noche sucedió lo mismo.
La tercera también.
Pensé que mi cuerpo se había acostumbrado a despertarse a esa hora por algún motivo.
Hasta el domingo.
Aquella madrugada escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Abrí los ojos inmediatamente.
Esta vez no estaba soñando.
Me quedé quieta, escuchando.
Tres segundos después volvieron a llamar.
Toc.
Toc.
Toc.
Miré a Daniel.
—¿Escuchaste?
Él abrió los ojos.
No parecía sorprendido.
Se incorporó lentamente.
—Debe ser mi tía.
Lo dijo con una tranquilidad que me desconcertó.
—¿A esta hora?
Daniel no respondió.
Solo miró hacia la puerta.
Entonces escuchamos una voz.
Era la voz de Elena.
Pero no estaba hablando en español.
Pronunciaba palabras lentamente, separando cada sonido como si estuviera recitando algo que había memorizado hacía muchos años.
No entendí una sola palabra.
—¿Qué está diciendo? —pregunté.
Daniel negó con la cabeza.
—No sé.
—¿Nunca la has escuchado hablar así?
—No.
La voz continuó durante casi un minuto.
Después se alejó.
Lo extraño fue que no escuchamos pasos.
No escuchamos cómo se alejaba.
Simplemente dejó de estar frente a nuestra puerta.
Pensé que todo había sido una pesadilla.
Hasta la mañana siguiente.
Cuando abrí la puerta encontré un pequeño montón de tierra negra justo frente a nuestra habitación.
No era polvo.
Era tierra húmeda.
Y encima había tres cabellos largos y grises.
Los recogí.
Daniel me los quitó inmediatamente de la mano.
—¿Qué haces?
—No los toques.
—¿Por qué?
Daniel se quedó mirando los cabellos.
Su rostro había perdido el color.
—Porque son de mi tía.
—¿Y qué significa eso?
No respondió.
Aquella fue la primera vez que comprendí que Daniel sabía más de lo que me estaba contando.
Durante los días siguientes intenté olvidar lo ocurrido.
Pero era imposible.
La casa comenzó a parecerme diferente.
El pasillo que conectaba las habitaciones siempre había sido largo, pero ahora parecía interminable.
Durante el día no ocurría nada.
La tía Elena preparaba café.
Regaba las plantas.
Veía televisión.
A veces se sentaba frente a una pequeña imagen de la Virgen que tenía sobre una repisa.
Pero cada vez que yo entraba en una habitación, ella levantaba la mirada.
Y me observaba.
Una mañana, mientras preparaba café, se acercó a mí.
—Tú no deberías dormir aquí.
Pensé que se refería a la casa.
—¿Por qué?
Ella miró a Daniel, que estaba en la sala.
Después volvió a mirarme.
—Porque él todavía no sabe quién eres.
Me reí nerviosamente.
—¿Cómo que no sabe quién soy?
Ella no respondió.
Solo tomó su taza y salió de la cocina.
Cuando Daniel llegó, le conté lo sucedido.
Se molestó.
—Mi tía siempre ha sido así.
—¿Así cómo?
—Rara.
—No es normal decirle eso a la novia de tu sobrino.
—Lo sé.
—Entonces háblale.
Daniel suspiró.
—No quiero problemas.
Esa frase debería haberme preocupado.
Pero no lo hizo.
Todavía.
Tres noches después volvimos a escuchar los golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Eran las tres de la mañana.
Esta vez ninguno de los dos se movió.
La voz de Elena comenzó inmediatamente.
Hablaba en aquel idioma desconocido.
Pero había algo diferente.
No parecía rezar.
Parecía conversar.
Como si estuviera respondiendo a alguien.
Entonces escuché otra voz.
Una voz masculina.
Venía de dentro de nuestra habitación.
Me incorporé de golpe.
Daniel también.
Nos miramos.
La voz volvió a hablar.
Y entonces dijo mi nombre.
—Mariana…
Sentí un escalofrío.
—¿Escuchaste eso?
Daniel me tomó la mano.
—No respondas.
—¿Cómo sabe mi nombre?
—No respondas.
La voz repitió:
—Mariana…
Esta vez parecía venir de debajo de la cama.
Me quedé paralizada.
La voz de Elena continuaba al otro lado de la puerta.
Parecía estar discutiendo con aquella presencia.
Después escuchamos un golpe.
Uno solo.
Y todo quedó en silencio.
A la mañana siguiente encontré un papel debajo de mi almohada.
Era pequeño.
Estaba doblado cuatro veces.
Lo abrí.
Había una frase escrita con una letra temblorosa.
A las tres, él escucha lo que tú no puedes escuchar.
Corrí con Daniel.
Cuando leyó la frase, se quedó completamente pálido.
—Tenemos que irnos.
—¿Por qué?
Daniel se sentó en la cama.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después respiró profundamente.
—Porque esto ya pasó antes.
Daniel tenía una novia antes de mí.
Se llamaba Lucía.
Según él, habían estado juntos casi tres años.
Yo sabía de su existencia, pero nunca había preguntado demasiado.
No tenía motivos para hacerlo.
Hasta aquella mañana.
—¿Qué pasó con ella?
Daniel se pasó las manos por el rostro.
—Lucía vivió aquí conmigo durante un tiempo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Y también escuchaba esas voces?
Daniel asintió.
Lucía había comenzado despertándose exactamente a las tres de la mañana.
Al principio pensaba que era ansiedad.
Después empezó a escuchar golpes.
Tres golpes.
Siempre tres.
Luego empezó a escuchar a Elena hablando en aquel idioma.
Y finalmente comenzó a tener pesadillas.
Una madrugada despertó gritando.
Daniel encendió la luz.
Lucía estaba señalando la puerta.
Decía que había una mujer parada allí.
Una mujer que parecía Elena.
Pero que no era Elena.
Según Lucía, la figura tenía el cabello largo, completamente negro, y la cara cubierta por una especie de velo.
No se movía.
Solo la observaba.
Daniel no vio a nadie.
Lucía pasó toda la noche llorando.
Al día siguiente terminó la relación.
Se marchó de la casa.
Nunca volvió.
—¿Y tú nunca supiste qué le ocurrió? —pregunté.
—No.
—¿Nunca hablaste con ella?
Daniel negó con la cabeza.
—Cambió de número.
—¿Y tu tía?
—Ella dijo que Lucía se había ido porque tenía miedo.
—¿Miedo de qué?
Daniel me miró.
—De mí.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Eso fue lo que dijo.
Aquella misma noche decidimos marcharnos.
No queríamos esperar hasta las tres.
Comenzamos a guardar ropa en unas bolsas.
Eran casi las once cuando escuchamos una voz en el pasillo.
—No se vayan.
Era Elena.
Abrimos la puerta.
Estaba parada frente a nosotros.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—¿Qué nos está pasando? —pregunté.
—Yo no les estoy haciendo nada.
—Entonces, ¿por qué viene todas las noches?
Elena miró a Daniel.
—Porque a las tres alguien entra a esta casa.
—¿Quién?
Ella me miró directamente.
—Eso es lo que intento evitar.
Daniel se rio nerviosamente.
—¿Y por qué habla en ese idioma?
Elena permaneció en silencio.
Finalmente respondió:
—Porque si hablo español, me escucha.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Quién?
Elena no contestó.
Entró en nuestra habitación.
Se acercó a la imagen de la Virgen.
Encendió una vela.
—Cuando el reloj marque las tres, no miren hacia la puerta.
—¿Por qué?
—Porque si lo hacen, sabrá que ustedes pueden verlo.
Daniel la miró fijamente.
—¿Qué es?
Elena cerró los ojos.
—No lo sé.
—¿Entonces cómo puede detenerlo?
—No puedo detenerlo.
La mujer abrió los ojos.
—Solo puedo retrasarlo.
Aquella frase me acompañó durante horas.
A las 2:59 de la madrugada, Daniel y yo seguíamos sentados sobre la cama.
La vela ardía.
La casa estaba completamente silenciosa.
El reloj cambió.
3:00.
La bombilla se apagó.
No hubo corte de energía.
Simplemente dejó de funcionar.
Entonces escuchamos los tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Pero no vinieron de la puerta.
Vinieron de debajo de nuestra cama.
Daniel me agarró del brazo.
Algo se movió.
Primero fue un roce.
Después una respiración.
Lenta.
Pesada.
Muy cerca.
La voz de Elena comenzó a escucharse desde el pasillo.
Hablaba rápidamente.
Parecía desesperada.
Entonces escuchamos otra voz.
—Daniel…
Él dejó de respirar.
Era la voz de Lucía.
—Daniel…
Mi novio comenzó a llorar.
—No puede ser.
La voz volvió a hablar.
—Abre.
Daniel se levantó.
Lo agarré.
—¡No!
—Es Lucía.
—No es ella.
Algo golpeó debajo de la cama.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y entonces escuchamos:
—Ella ya se fue.
Silencio.
—Ahora me toca a mí.
La puerta se abrió sola.
Elena entró corriendo.
Lanzó un puñado de hierbas hacia el suelo.
La respiración desapareció.
La luz volvió.
Elena cerró la puerta de golpe.
—¡Ahora!
Daniel y yo corrimos.
No recogimos nuestras cosas.
No miramos atrás.
Salimos de aquella casa antes del amanecer.
Durante varias semanas intentamos convencernos de que todo había sido producto del miedo.
Nos mudamos con unos amigos.
Daniel dejó de hablar de su tía.
Yo tampoco quería mencionar la casa.
Pero las cosas no terminaron allí.
La primera noche en nuestro nuevo departamento me desperté a las tres.
No había golpes.
No había voces.
Solo silencio.
Pensé que finalmente todo había terminado.
Entonces escuché la respiración de alguien junto a mi cama.
Abrí los ojos.
No vi nada.
Desperté a Daniel.
Él encendió la luz.
No había nadie.
A la mañana siguiente encontré tres marcas oscuras en mi espalda.
Parecían arañazos.
No recordaba haberme golpeado.
Daniel dijo que probablemente me había lastimado mientras dormía.
Quise creerle.
Hasta que recibimos una llamada de Elena.
—Daniel tiene que volver.
Él se negó.
—No.
—Es importante.
—No pienso regresar.
Hubo un largo silencio.
Entonces Elena dijo:
—No quiero que regreses por ti.
Daniel frunció el ceño.
—¿Entonces por quién?
La mujer respondió:
—Por ella.
Y colgó.
Aquella noche Daniel tuvo una pesadilla.
Despertó a las tres de la mañana.
Yo estaba dormida.
Según me contó después, vio una figura parada junto a mi cama.
La figura se inclinó sobre mí.
Y susurró:
—Ya encontró a la siguiente.
Daniel intentó levantarse.
No pudo.
La figura desapareció.
Y él volvió a recuperar el movimiento.
Nunca me dijo qué aspecto tenía.
Creo que tenía miedo de describirla.
Tres semanas después nos enteramos de que Elena había muerto.
La encontraron sentada frente a la puerta de su habitación.
Tenía las manos juntas.
Había una vela completamente consumida frente a ella.
La policía no encontró señales de violencia.
Pero encontraron algo extraño.
Las paredes estaban cubiertas de frases escritas en aquel idioma que nunca habíamos entendido.
Cientos de frases.
Algunas estaban superpuestas.
Otras eran tan antiguas que apenas podían leerse.
Pero entre todas había una escrita en español.
Una sola.
A las tres, él escucha lo que tú no puedes escuchar.
Cuando Daniel me lo contó, sentí que el estómago se me cerraba.
—¿Qué significa?
Él negó con la cabeza.
—No lo sé.
Pero yo sabía que mentía.
Después de la muerte de Elena, los acontecimientos se volvieron menos frecuentes.
Durante varios meses no pasó nada.
Daniel volvió a ser el hombre que conocía.
Trabajaba.
Cocinaba.
Veíamos películas.
Salíamos los fines de semana.
Poco a poco recuperamos nuestra vida.
Incluso empezamos a hablar de casarnos.
Una noche, mientras cenábamos, Daniel tomó mi mano.
—Quiero olvidarlo todo.
—Yo también.
—¿Crees que algún día podremos?
Lo miré.
—Sí.
Él sonrió.
Por primera vez en mucho tiempo sentí esperanza.
Pero aquella misma noche ocurrió algo.
Encontré tierra negra frente a la puerta de nuestro departamento.
Tres cabellos grises estaban sobre ella.
No dije nada.
Los recogí con una servilleta y los tiré.
Pensé que algún vecino había entrado con tierra en los zapatos.
Quise creerlo.
Sin embargo, la siguiente noche encontré otros tres.
Y la siguiente, nuevamente.
Siempre tres.
Siempre frente a nuestra puerta.
Hasta que una madrugada escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
No venían de la puerta.
Venían del armario.
Me quedé inmóvil.
Daniel dormía.
Entonces escuché una voz.
—Mariana…
No desperté a Daniel.
No respondí.
La voz volvió a hablar.
—Mariana…
Me tapé completamente con la manta.
La voz se acercó.
—No tengas miedo.
Y entonces escuché algo que me hizo llorar en silencio.
Era mi propia voz.
Salía del armario.
—Daniel…
Me quedé paralizada.
La voz volvió a repetir mi nombre.
Después escuché tres golpes desde dentro del armario.
Toc.
Toc.
Toc.
No sé cuánto tiempo permanecí despierta.
Cuando amaneció, abrí el armario.
No había nada.
Excepto tierra negra.
Pasaron dos meses.
Comencé a investigar por mi cuenta.
No le conté a Daniel.
Busqué información sobre la casa.
Descubrí que antes de pertenecer a su familia había existido otra construcción en aquel terreno.
Una casa mucho más antigua.
Según documentos municipales, había sido derribada después de un incendio.
Una mujer había muerto allí.
Su nombre era desconocido.
Los vecinos de la época hablaban de una joven que vivía sola y que, según los rumores, realizaba rituales extraños.
Pero había algo más.
Encontré un recorte de periódico.
La noticia hablaba de tres personas desaparecidas durante diferentes años.
Todas tenían algo en común.
Habían vivido en aquella casa.
La primera fue una mujer.
La segunda, un hombre.
La tercera, otra mujer.
Ninguno volvió a aparecer.
En todos los casos, los familiares aseguraron que las desapariciones habían ocurrido alrededor de las tres de la mañana.
Sentí un frío intenso.
Entonces encontré una fotografía.
Era antigua.
Mostraba a varias personas frente a la casa.
Entre ellas estaba una mujer joven.
Al ampliar la fotografía vi algo detrás de ella.
Una figura.
Una mujer parada en una ventana.
La cara era imposible de distinguir.
Pero tenía el cabello largo.
Completamente negro.
Cerré la computadora.
No quise seguir investigando.
Aquella noche soñé con la casa.
Estaba caminando por el pasillo.
Las paredes estaban cubiertas de tierra.
Al fondo estaba Elena.
Me hacía señas para que no avanzara.
Yo quería regresar.
Pero alguien estaba detrás de mí.
Sentí una respiración sobre mi cuello.
Entonces escuché:
—Él ya sabe.
Desperté gritando.
Daniel estaba a mi lado.
Me abrazó.
—¿Qué pasó?
No pude responder.
Porque el reloj marcaba las tres.
Después de aquella noche, Daniel comenzó a cambiar.
No de manera evidente.
Era algo pequeño.
A veces se quedaba mirando una esquina de la habitación.
Otras veces parecía escuchar algo que yo no podía oír.
Una mañana le pregunté:
—¿Estás bien?
Me miró.
—Sí.
—Pareces distraído.
—No es nada.
Pero entonces sonrió.
Una sonrisa extraña.
No parecía suya.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué sonríes?
—Porque escuché algo.
—¿Qué?
Daniel dejó de sonreír.
—Nada.
Intenté olvidarlo.
Hasta que una noche se despertó hablando.
—No todavía.
Abrí los ojos.
—¿Daniel?
Él seguía dormido.
—No todavía —repitió.
Lo sacudí.
Despertó.
—¿Qué?
—Estabas hablando.
—¿Qué dije?
No quise contestar.
—Nada.
Él volvió a dormirse.
Pero yo permanecí despierta.
A las tres de la mañana escuché tres golpes.
Esta vez vinieron de debajo de la cama.
No quise mirar.
No quise escuchar.
Pero algo susurró:
—Mariana.
Cerré los ojos.
Entonces sentí una mano tocar mi tobillo.
Grité.
Daniel se despertó.
La mano desapareció.
Encendimos todas las luces.
No había nada.
Sin embargo, debajo de la cama apareció nuevamente tierra negra.
Y esta vez había algo más.
Un pequeño mechón de cabello.
Negro.
No gris.
Daniel finalmente aceptó que teníamos que buscar ayuda.
Fuimos a hablar con un anciano del pueblo que conocía la historia de la familia.
Cuando mencionamos a Elena, el hombre se quedó en silencio.
—¿Murió?
—Sí.
—Entonces ya no hay nadie protegiéndolos.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Protegiéndonos de qué?
El hombre nos pidió que nos sentáramos.
Nos explicó que, muchos años atrás, Elena había sido testigo de algo.
Su madre había tenido una hermana.
Una mujer llamada Teresa.
Teresa había muerto joven.
Pero antes de morir había dejado una advertencia.
Según la familia, cada cierto número de años una presencia aparecía en la casa.
Siempre comenzaba a las tres de la mañana.
Primero se escuchaban golpes.
Después voces.
Finalmente comenzaba a imitar a personas conocidas.
—¿Por qué?
El anciano nos miró.
—Porque necesita que alguien le abra la puerta.
—¿Y si nadie la abre?
—Busca otra entrada.
Sentí un escalofrío.
—¿Por eso aparecía debajo de nuestra cama?
El hombre asintió lentamente.
—La casa no era el lugar que ella necesitaba.
—¿Entonces qué necesitaba?
El hombre miró a Daniel.
—Una persona.
Daniel tragó saliva.
—¿Quién?
El anciano respondió:
—Alguien que pudiera escucharla.
Recordé la frase.
A las tres, él escucha lo que tú no puedes escuchar.
—¿Por qué él?
El anciano suspiró.
—Porque algunas familias heredan cosas que nadie quiere heredar.
Daniel palideció.
—¿Qué significa eso?
El anciano no respondió.
Solo dijo:
—No permitan que él responda cuando escuche su nombre.
Regresamos a casa.
Durante varios días no ocurrió nada.
Hasta aquella noche.
Eran las 2:57.
Daniel estaba sentado en la cama.
Yo estaba en el baño.
Cuando regresé, lo encontré mirando hacia la puerta.
—¿Qué pasa?
No contestó.
—Daniel.
Me miró.
—¿Escuchaste?
—¿Qué?
—Me llamó.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Daniel señaló la puerta.
—Mi tía.
—Está muerta.
—Lo sé.
La voz se escuchó desde el pasillo.
—Daniel…
Mi novio se puso de pie.
Lo sujeté.
—No.
—Es ella.
—No es ella.
La voz volvió a hablar.
—Daniel, abre.
Él comenzó a caminar.
Lo agarré con fuerza.
—¡No!
Daniel me miró.
Sus ojos estaban llenos de lágrimas.
—Dice que está sola.
—No la escuches.
Entonces la voz cambió.
Ya no era Elena.
Era Lucía.
—Daniel…
Él se quedó inmóvil.
La voz cambió nuevamente.
Esta vez era la de su madre.
—Hijo…
Daniel comenzó a temblar.
Después escuchamos una tercera voz.
La mía.
—Daniel…
Él cerró los ojos.
—No.
La voz volvió a hablar.
—Abre.
Daniel negó con la cabeza.
—No.
Entonces escuchamos una última voz.
Era una voz que no conocíamos.
Una voz infantil.
—Daniel…
La puerta comenzó a abrirse lentamente.
Daniel me abrazó.
La detuvimos.
No sé cómo.
Pero conseguimos mantenerla cerrada.
A las 3:07 todo terminó.
Pensamos que habíamos ganado.
Nos equivocamos.
Porque la presencia ya no necesitaba la casa.
Había aprendido a entrar con nosotros.
Una semana después, Daniel empezó a dormir con los ojos abiertos.
La primera vez pensé que estaba despierto.
—¿No puedes dormir?
No respondió.
—Daniel.
Sus ojos estaban abiertos.
Pero parecía dormido.
Entonces sonrió.
—Está aquí.
Me quedé paralizada.
—¿Quién?
—La tía.
—¿Dónde?
Daniel señaló detrás de mí.
No quise mirar.
—No hay nadie.
—Sí.
—Daniel…
—Está esperando.
Me levanté de la cama.
Encendí la luz.
No había nadie.
Cuando volví a mirarlo, estaba completamente dormido.
A la mañana siguiente no recordaba nada.
Pero tenía tres marcas oscuras en el cuello.
Finalmente decidimos abandonar la ciudad.
Empacamos todo.
No queríamos llevarnos ningún objeto de la casa de Elena.
Nada.
Nos mudamos lejos.
Durante varios meses vivimos en un departamento nuevo.
Nada ocurrió.
Empezamos a recuperar la normalidad.
Nos casamos.
Tuvimos una pequeña ceremonia.
No invitamos a nadie relacionado con la familia de Daniel.
Pensamos que aquel capítulo había terminado.
Hasta que una madrugada, exactamente un año después de nuestra huida, me desperté.
3:00 a. m.
Daniel estaba dormido.
La habitación estaba oscura.
Escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
No venían de la puerta.
Venían debajo de nuestra cama.
Sentí que el corazón se me detenía.
Entonces escuché una respiración.
Y después una voz.
—Mariana…
No respondí.
La voz volvió a hablar.
—¿Por qué te fuiste?
Me tapé los oídos.
Daniel abrió los ojos.
Me miró.
Y sonrió.
—No tengas miedo.
—¿Qué?
—Ella solo quiere hablar contigo.
Sentí que el cuerpo se me congelaba.
—¿Quién eres?
Daniel se incorporó lentamente.
Su expresión había cambiado.
—Eso es lo que todavía no entiendes.
—¿Qué?
Se acercó a mí.
—Yo tampoco sabía quién era.
—Daniel…
Me tomó de la mano.
Su piel estaba helada.
—Pero ahora sí.
Entonces escuché la voz de Elena.
Pero no venía de debajo de la cama.
Venía de la boca de Daniel.
—No mires debajo de la cama, Mariana.
Me quedé inmóvil.
—Daniel…
Él sonrió.
—Ya es demasiado tarde.
La cama comenzó a moverse.
Muy lentamente.
Algo debajo estaba empujándola.
Una vez.
Dos veces.
Tres veces.
Y entonces comprendí la verdad.
Elena nunca había estado intentando invocar a aquella cosa.
Había estado manteniéndola fuera.
Los golpes de las tres de la mañana no eran una llamada.
Eran una advertencia.
Cada noche, Elena se colocaba frente a nuestra puerta porque sabía que algo intentaba entrar.
Y cuando hablaba aquel idioma, no estaba rezando.
Estaba ordenando a la presencia que se marchara.
La última noche de su vida había dejado de protegernos.
Y ahora aquello había encontrado una forma de seguir.
Había entrado en Daniel.
La voz de mi esposo volvió a hablar.
Pero no era su voz.
—Él siempre escucha.
Las lágrimas comenzaron a caer por mi rostro.
—¿Qué quieres?
La figura de Daniel inclinó la cabeza.
—A las tres, él escucha lo que tú no puedes escuchar.
Entonces algo debajo de la cama comenzó a reír.
No era una risa humana.
Era una risa profunda.
Vieja.
Cansada.
Como si hubiera estado esperando durante décadas.
Me levanté.
Corrí hacia la puerta.
Pero antes de alcanzarla, escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Esta vez vinieron de dentro de mi pecho.
Me llevé las manos al corazón.
Sentí algo moverse.
Algo que no podía estar allí.
Daniel se levantó detrás de mí.
—Mariana.
No quise girarme.
—Mariana.
Cerré los ojos.
—No mires.
Su voz volvió a cambiar.
Ahora era la de Elena.
—No mires debajo de la cama.
Después escuché la voz de Lucía.
—No mires.
Después la de la madre de Daniel.
—No mires.
Y finalmente escuché mi propia voz.
—No mires.
Abrí los ojos.
Frente a mí había un espejo.
Y en el reflejo vi algo que jamás olvidaré.
Daniel estaba detrás de mí.
Pero no estaba solo.
Una mujer alta y delgada estaba parada junto a él.
Tenía el cabello negro hasta la cintura.
Su rostro estaba cubierto por un velo oscuro.
Y aunque no podía ver sus ojos, sabía que me estaba mirando.
Entonces levantó una mano.
Señaló el suelo.
Debajo de la cama.
Y sonrió.
Yo entendí.
No quería que mirara.
Quería que supiera que tenía miedo.
Así que hice lo único que podía hacer.
Me arrodillé.
Y miré.
Debajo de la cama no había un monstruo.
No había cadáveres.
No había nada sobrenatural.
Solo había una pequeña caja de madera.
La reconocí inmediatamente.
Era la caja que Elena guardaba siempre junto a la imagen de la Virgen.
No sabía cómo había llegado hasta allí.
La saqué.
Daniel gritó.
—¡No!
Abrí la caja.
Dentro había fotografías.
Decenas.
Todas de mujeres.
Todas habían vivido en la casa.
Todas aparecían junto a un hombre.
Y en cada fotografía había tres cabellos colocados sobre el rostro de la mujer.
Pasé las imágenes.
Hasta encontrar una que me hizo detenerme.
Era una fotografía de Elena cuando era joven.
A su lado estaba un hombre.
Un hombre que se parecía muchísimo a Daniel.
Pero debajo de la fotografía había una fecha.
Y un nombre.
Mateo.
Volví a mirar a Daniel.
—¿Quién es Mateo?
Él no respondió.
La mujer del espejo sí.
Su voz salió de la boca de mi esposo.
—El primero.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿El primero qué?
Daniel sonrió.
—El primero que escuchó.
La caja cayó de mis manos.
Las fotografías se desparramaron por el suelo.
Entonces vi la última.
Era una fotografía reciente.
Mi fotografía.
Yo aparecía dormida.
En nuestra habitación.
La imagen había sido tomada desde debajo de la cama.
La fecha era de la noche anterior.
Sentí que algo frío me tocaba el hombro.
Me giré.
Daniel estaba frente a mí.
Pero sus ojos ya no eran los mismos.
—Ahora ya sabes quién eres.
—¿Qué significa?
Él acercó su rostro al mío.
Y susurró:
—La siguiente.
La luz se apagó.
Escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Y después, por primera vez, comprendí por qué Elena nunca quiso que yo durmiera en aquella casa.
No porque quisiera separarme de Daniel.
No porque desconfiara de mí.
Sino porque sabía que, tarde o temprano, aquella cosa iba a encontrarme.
Y ahora me había encontrado.
Escribo esto porque no sé cuánto tiempo me queda.
Daniel está sentado frente a mí.
Lleva casi una hora sin moverse.
No sé si sigue siendo él.
Cada cierto tiempo levanta la cabeza y mira el reloj.
Son las 2:56.
Faltan cuatro minutos.
No he llamado a nadie.
No sé a quién podría llamar.
No sé cómo explicar lo que está sucediendo.
He intentado salir.
La puerta no abre.
Las ventanas tampoco.
Y debajo de la cama vuelve a escucharse esa respiración.
Daniel acaba de mirarme.
Sonríe.
2:57.
La respiración es más fuerte.
2:58.
Tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Pero esta vez no vienen de debajo de la cama.
Vienen de dentro del armario.
2:59.
Daniel se ha levantado.
Está caminando hacia mí.
Le pregunto qué quiere.
No responde.
Solo sonríe.
El reloj cambia.
3:00.
Todas las luces se apagan.
Y entonces escucho una voz.
La voz de Elena.
—No mires debajo de la cama, Mariana.
Daniel se queda quieto.
La voz vuelve a hablar.
—Todavía no.
Algo comienza a arrastrarse por el suelo.
Puedo escucharlo acercándose.
Daniel se gira hacia la cama.
Y por primera vez veo miedo en sus ojos.
—Mariana…
—¿Qué?
Él comienza a llorar.
—No soy yo quien está hablando.
Entonces la figura aparece detrás de él.
La mujer del cabello negro.
La misma que vi en el espejo.
Esta vez puedo verla claramente.
No tiene rostro.
Solo una superficie blanca y lisa donde debería estar.
Levanta un dedo.
Señala debajo de la cama.
Y detrás de ella aparece Elena.
No como la recordaba.
Está pálida.
Tiene los ojos abiertos.
Y sostiene una vela apagada.
Me mira.
Y mueve los labios.
No escucho su voz.
Pero entiendo perfectamente lo que dice.
Corre.
La puerta se abre.
Salgo corriendo.
No miro atrás.
Bajo las escaleras.
Cruzo la calle.
Sigo corriendo hasta llegar a una tienda abierta.
Le pido al hombre que llame a la policía.
Cuando me pregunta qué ocurrió, no puedo hablar.
Solo tiemblo.
Entonces miro hacia la calle.
Daniel está parado frente al edificio.
Me observa.
No intenta seguirme.
Solo sonríe.
Y levanta una mano.
Tres dedos.
Uno.
Dos.
Tres.
El hombre de la tienda mira por la ventana.
—¿Quién es ese?
No respondo.
Porque en ese instante Daniel desaparece.
No se va.
No corre.
Simplemente deja de estar allí.
La policía llegó poco después.
Registraron el edificio.
No encontraron a nadie.
Tampoco encontraron la caja.
Ni las fotografías.
Ni las marcas.
Nada.
Pensaron que había sufrido una crisis nerviosa.
Yo también empecé a creerlo.
Hasta que llegué a casa de mi hermana.
Me duché.
Me puse ropa limpia.
Intenté dormir.
A las 2:59 de la madrugada abrí los ojos.
No había nadie.
El reloj cambió.
3:00.
Toc.
Toc.
Toc.
Me quedé completamente inmóvil.
Los golpes venían de la puerta.
Toc.
Toc.
Toc.
Después escuché una voz.
Era la de Daniel.
—Mariana…
Me cubrí la boca para no gritar.
—Mariana, abre.
No respondí.
La voz volvió a hablar.
—Soy yo.
Cerré los ojos.
Entonces escuché otra voz.
La de Elena.
Muy lejos.
Casi como un susurro.
—No le abras.
Después una tercera voz.
La mía.
Desde el otro lado de la puerta.
—Mariana…
Abrí los ojos.
Y comprendí algo terrible.
No importaba dónde fuera.
No importaba cuántas casas abandonara.
No importaba cuántas puertas cerrara.
Porque aquello no estaba en la casa.
Estaba conmigo.
Desde el principio.
Quizá por eso Elena siempre me miraba así.
Quizá por eso dijo que Daniel todavía no sabía quién era yo.
Quizá ella había entendido algo que yo tardé demasiado en comprender.
Yo no había llegado a aquella casa por casualidad.
Había sido llevada allí.
Y Daniel tampoco era la víctima.
Era la puerta.
El reloj marcó las 3:01.
Los golpes cesaron.
Por unos segundos todo quedó en silencio.
Entonces escuché una respiración debajo de mi cama.
Lenta.
Pesada.
Y una voz susurró:
—Ahora sí puedes mirar.
No lo hice.
No voy a hacerlo.
Porque aprendí demasiado tarde que algunas cosas solo necesitan que las mires una vez para saber que existen.
Y desde aquella noche, cada madrugada, a las tres en punto, alguien golpea mi puerta.
Tres veces.
Siempre tres.
Y algunas noches escucho a Daniel.
Otras veces escucho a Elena.
A veces escucho a Lucía.
Pero desde hace una semana, la voz que más escucho es la mía.
Siempre dice lo mismo.
—Mariana, abre.
Y esta noche, mientras termino de escribir esto, el reloj vuelve a acercarse a las tres.
2:58.
2:59.
No quiero mirar.
Pero algo acaba de tocar mi tobillo.
Una mano fría.
Tres dedos.
La misma mano que vi debajo de la cama aquella primera noche.
Y ahora comprendo por qué Elena escribió aquella frase tantas veces en las paredes.
A las tres, él escucha lo que tú no puedes escuchar.
Porque ella nunca estaba hablando de Daniel.
Estaba hablando de mí.
Yo también escucho.
Solo que durante todo este tiempo no había entendido qué estaba escuchando.
Ahora lo sé.
Es alguien llamándome desde debajo de la cama.
Y esta vez no está usando la voz de Daniel.
No está usando la voz de Elena.
No está usando la voz de Lucía.
Está usando la voz de alguien que todavía no conozco.
Una voz de mujer.
Una voz muy joven.
Una voz que llora.
Y que acaba de susurrar:
—Mariana…
Pausa.
—No dejes que él abra la puerta.
El reloj marca las tres.
Toc.
Toc.
Toc.
Daniel acaba de abrir los ojos.
Está mirando hacia el suelo.
Y está sonriendo.
Le pregunto qué está viendo.
Él gira lentamente la cabeza hacia mí.
Y responde con la voz de la tía Elena:
—No mires debajo de la cama, Mariana.
Pero esta vez, desde debajo de nosotros, alguien responde:
—Ya la miró.