LA VIUDA PAGÓ LA LECHE QUE UN MINERO QUISO DEVOLVER… Y ÉL LE DIJO ALGO QUE ELLA NO ESPERABA

La lata abollada

—Si me llevo la leche, mi hijo come, pero pasará la noche sin fuego.

El hombre sostenía a un bebé contra el pecho. Con la otra mano había puesto una lata abollada sobre el mostrador. Yo estaba detrás de dos señoras que elegían telas y vi cómo ambas se apartaban de él. Ninguna dejó de mirar.

Don Eusebio Barragán empujó la lata hacia el borde de la madera.

—La compraste a crédito, Salgado. No tengo monedas que devolverte.

—Entonces déme leña y anótela en mi cuenta.

—Ya tienes bastante anotado.

El niño soltó un llanto débil. Su padre lo cubrió mejor con una manta tan delgada que se le marcaban los dedos a través de la tela. Las botas del hombre dejaron polvo sobre el piso de la tienda, pero él parecía cuidar cada paso, como si temiera que alguien le cobrara también por entrar.

Yo había ido por té. Llevaba dinero suficiente para comprar toda la mercancía de aquel mostrador y, sin embargo, durante unos segundos me quedé inmóvil.

Oír llorar a un niño pequeño todavía podía devolverme, sin aviso, a una habitación que llevaba diecinueve años cerrada.

—Ayer despidieron a veinte hombres de la mina de Santa Gertrudis —dijo el padre—. Estaba entre ellos. Déjeme el pico y la pala en prenda.

Eusebio miró las manos callosas que sostenían al bebé.

—¿Qué voy a hacer con herramientas gastadas?

El hombre bajó la vista hacia su hijo. Tenía el rostro agotado, la barba crecida y un abrigo que no alcanzaba a proteger a ninguno de los dos. Más tarde supe que se llamaba Mateo Salgado y que el niño, Nicolás, tenía siete meses.

—Comprar leña —murmuró Mateo—. Eso es lo único que necesito de usted.

—Pues tendrás que buscarla en otra parte.

Reconocí aquella voz de Eusebio. Conmigo usaba otra: más suave, más rápida para ofrecer una silla o mandar por un mozo. En ese momento, dos clientes seguían la discusión mientras fingían revisar unos sacos de harina.

Abrí mi bolso y puse una moneda de oro junto a la lata.

—Cobre la cuenta del señor Salgado.

Eusebio enderezó la espalda.

—Doña Mercedes. No sabía que seguía aquí.

—Y aparte prepare seis latas de leche, dos mantas gruesas, harina, frijol y leña para un mes.

Por primera vez desde que había entrado en la tienda, Mateo me miró directamente.

—No puedo aceptar eso.

—Su hijo tiene frío.

—Eso no le da derecho a comprar mi gratitud.

La respuesta hizo que Eusebio alzara las cejas. Las señoras dejaron de fingir interés en las telas.

Yo también sentí el golpe, aunque Mateo no había levantado la voz. Estaba acostumbrada a que me dieran la razón antes de terminar una frase. Mi apellido, el dinero que había dejado mi esposo y la hacienda Los Encinos solían conseguirlo por mí.

—Tiene razón —le dije—. No puedo comprarla.

Mateo miró la moneda.

—Entonces retírela.

Pude haberlo hecho. Pude haber salido de la tienda y dejar que conservara lo único que todavía parecía pertenecerle: la decisión de rechazarme. Pero Nicolás gimió otra vez, apenas un sonido, y Mateo lo acercó a su pecho con una desesperación que intentó ocultar.

—Tuve un hijo —dije—. Se llamaba Emiliano.

No había pronunciado su nombre ante desconocidos en muchos años.

—Lo siento —respondió Mateo, y su expresión cambió.

—Yo también. Sobre todo porque daría cualquier cosa por haber tenido una oportunidad más de ayudarlo. Usted todavía la tiene.

Mateo no contestó.

—Llámelo una deuda entre padres —añadí—. Cuando pueda, ayude a alguien que necesite lo mismo.

Eusebio comenzó a reunir los artículos con una diligencia que le había faltado minutos antes. Mateo rechazó la segunda manta y casi toda la comida. Insistí en la harina. No quise discutir sobre la otra manta delante de todos.

Mientras Eusebio envolvía la leña en un costal, advertí que la lata seguía sobre el mostrador. Mateo la tomó, pero no la guardó con las provisiones. La sostuvo lejos del niño.

—La compró hace tres días —le dije al salir—. ¿Le ha alcanzado?

Mateo apretó la mandíbula.

—Sí, señora.

La respuesta habría bastado si Nicolás hubiera llorado con más fuerza. Su sonido era cada vez más corto. Bajo la manta, vi una manita quieta junto al cuello de Mateo.

—Señor Salgado, míreme.

Él obedeció a regañadientes.

—¿Cuándo comió por última vez?

Miró hacia la calle. Luego hacia la lata.

—Esta mañana intenté darle un poco —dijo—. Casi no pudo tragar.

Dejé las provisiones en manos del mozo.

—Necesitamos encontrar a un médico.

Mateo retrocedió un paso.

—No. Ya ha hecho bastante.

Nicolás abrió los ojos apenas un instante. Su padre lo vio y perdió el color del rostro.

—No es solo hambre —susurró—. Anoche empezó a calentarse.

PARTE 2: El precio de decir que sí

Mateo vivía en una casa de adobe a las afueras de Chihuahua. Llegamos en mi carruaje porque Nicolás había dejado de llorar, y aquel silencio nos apresuró más que cualquier grito.

El médico que fui a buscar estaba atendiendo a otro paciente. Le expliqué la edad del niño y la fiebre; tomó su maletín y vino con nosotros. Mateo no habló durante el trayecto. Mantuvo a Nicolás bajo su abrigo y una mano sobre la frente pequeña, comprobando una y otra vez que seguía tibia.

La casa tenía un fogón apagado, una mesa, dos sillas y un catre. Sobre la mesa había una olla limpia y vacía. Junto a la puerta descansaban un pico y una pala sin mango que Eusebio había despreciado.

—Déjelo aquí —indicó el médico.

Mateo tardó en soltarlo. Yo entendí ese gesto mejor que cualquier explicación: mientras sostuviera a su hijo, podía hacer algo, aunque no supiera qué.

El médico revisó a Nicolás con cuidado. Dijo que tenía fiebre y que había bebido menos de lo necesario. Mostró a Mateo cómo ofrecerle pequeñas cantidades y cuáles eran las señales por las que debía ir a buscarlo de inmediato. Después pidió agua limpia, fuego y que mantuvieran al niño abrigado sin cubrirle la cara.

Pagué la visita antes de que Mateo pudiera oír la conversación. Cuando regresé, él estaba prendiendo el fogón. La leña nueva comenzó a arder y el cuarto cambió de temperatura poco a poco.

—Me di cuenta anoche de que estaba enfermo —dijo sin mirarme—. Fui a buscar al médico, pero no estaba en su casa. Volví porque no quería dejar solo a Nico. Hoy pensé que, si conseguía fuego, podría alimentarlo mejor.

Alzó la lata.

—La golpeé al caerme con él en brazos. Por eso Eusebio no quiso recibirla.

No era el hombre descuidado que algunos habían visto en la tienda. Había pasado la noche intentando resolver, una cosa a la vez, problemas que requerían dinero que ya no tenía.

—¿Y la madre de Nicolás? —pregunté.

Mateo colocó la lata sobre la mesa.

—Murió cuando él tenía seis semanas. Una fiebre que al principio parecía poca cosa.

No volví a preguntarle nada sobre ella. La manera en que miró al niño me dijo que todavía esperaba, al entrar en la casa, encontrar a alguien con quien compartir aquella preocupación.

Mientras Nicolás dormía, salí al patio para dejar a padre e hijo en paz. Allí descubrí varias tablas apiladas bajo un techo pequeño. Dos estaban marcadas con medidas a lápiz. Cerca había una cuna de madera sin terminar.

Mateo me había seguido.

—La empecé antes de que naciera —explicó—. Siempre había algo más urgente.

—Trabajaba en la mina.

—Desde hacía ocho años.

Tomó una tabla, pasó el pulgar por un borde bien pulido y la dejó otra vez en su sitio.

—No estoy pidiéndole trabajo, doña Mercedes.

Me sorprendió que hubiera adivinado lo que pensaba. En Los Encinos necesitábamos reparar un almacén antes de que llegaran las lluvias de invierno. También hacían falta manos para cercas y corrales. Su manera de sujetar aquella madera me hizo pensar que sabía más que picar piedra.

—No iba a ofrecérselo sin conocer su oficio.

—También sé hacer eso —respondió, señalando las tablas—. Mi padre era carpintero.

Desde la casa llegó un pequeño quejido. Mateo entró antes de que yo diera un paso. Me quedé en el patio hasta oírlo hablarle a Nicolás. Su voz había perdido la dureza que usaba conmigo.

Al anochecer, el niño aceptó un poco de leche. La fiebre seguía allí, pero el médico había dicho que volvería por la mañana. Dejé la segunda manta doblada en una silla. Mateo la vio y esta vez no protestó.

Me marché cuando ya no había una razón útil para quedarme.

Al día siguiente regresé con el médico. Nicolás tenía los ojos abiertos. Mateo parecía incluso más cansado, pero sostenía la taza de agua con una mano firme. El médico le indicó que continuara vigilándolo. Yo esperé afuera mientras terminaba la revisión.

Al salir, encontré a Eusebio junto a la cerca. Había venido en su carreta.

—Le traigo el recibo de la cuenta —me dijo, mostrándome un papel—. Quedó saldada como usted pidió.

Antes de tomarlo, oí su segunda frase.

—También quería avisarle que ya corrió la voz de lo que hizo en mi tienda. Esta mañana vinieron otros dos mineros a pedirme leche a crédito. Les dije que no podía fiarles nada.

Guardé el recibo. Por encima del hombro de Eusebio vi salir a Mateo con Nicolás en brazos. Se había detenido lo bastante cerca para escucharlo.

—A ellos tampoco les queda trabajo —dijo Mateo.

Eusebio acomodó las riendas.

—Lo sé. Por eso mismo no puedo esperar que me paguen.

Mateo volvió la vista hacia la casa, hacia la leña que ardía dentro. Entendí entonces qué le pesaba de mis provisiones: esa mañana su hijo tenía cuanto necesitaba, y él sabía los nombres de otros niños que no.

PARTE 3: La habitación de Emiliano

En Los Encinos, mis trabajadores habían pasado dos días preparando el almacén para recibir grano. Cuando llegué de ver a Nicolás, le pedí a mi encargado que revisara las cercas y las reparaciones pendientes.

—¿Cuántos hombres hacen falta? —pregunté.

—Para terminar antes del frío fuerte, cuatro por lo menos.

Hasta entonces había pensado contratar a uno. Miré la lista de trabajos: postes caídos, puertas que no cerraban, un techo por reforzar. Podía emplear a cuatro hombres durante varias semanas y pagarles sin inventar tareas para ellos.

Mandé recado a Mateo para hablar del trabajo. Vino a la hacienda dos días después, cuando la fiebre de Nicolás había cedido. Llevó al niño consigo porque no tenía con quién dejarlo. Le mostré el almacén, las herramientas y el salario que pagábamos por jornal. Preguntó por el horario, por los materiales y por quién decidiría si una reparación estaba bien hecha.

—Mi encargado —respondí—. Y yo revisaré las cuentas.

—Entonces hay trabajo de verdad.

—Mucho.

Estudió el techo y me señaló una viga que mi encargado no había incluido en la lista. La madera estaba oscura donde se unía al muro. Si la dejábamos así, dijo, el peso de los costales terminaría por abrirla. Hizo una marca para enseñarle el daño al encargado.

Yo quería pedirle que empezara en ese momento. Antes, debía saber si él aceptaba.

—Puede traer a Nicolás durante las primeras semanas —le dije—. Arreglaremos un lugar abrigado para él mientras usted trabaja.

—¿Quién lo cuidaría?

—Podemos buscar a una persona entre quienes ya viven aquí. Usted hablaría con ella primero.

Mateo asintió, aunque seguía mirando la viga.

—¿Cuánto duraría el empleo?

—El almacén y las cercas nos ocuparán varias semanas. Después podríamos hablar de otros trabajos, si a ambos nos conviene.

Me dio las gracias por responderle con claridad. Luego pidió un día para decidir. No intenté apresurarlo.

Esa tarde entré en la habitación de Emiliano.

No lo había planeado al levantarme. Buscaba unas mantas guardadas en el corredor, y vi la puerta cerrada al fondo. Hacía diecinueve años que yo conservaba la llave. Entré con ella en la mano.

El cuarto estaba limpio. Siempre había pagado para que lo cuidaran, aunque nadie podía mover nada. Sobre una repisa seguía un caballo de madera al que le faltaba una oreja. Emiliano había insistido en dormir con él incluso cuando ya era demasiado grande para que cupiera bajo la almohada.

Abrí el arcón de las mantas. Había varias que podían servir en la casa de Mateo. Al fondo encontré una cobija pequeña, bordada con las iniciales de mi hijo. La tomé antes de pensar en lo que hacía.

Mateo estaba en el corredor cuando salí. Había vuelto porque olvidó su sombrero junto al almacén. Nicolás dormía contra su hombro.

—Esta podría servirles —dije.

Él miró las iniciales. Miró la puerta abierta detrás de mí y entendió.

—Es de su hijo.

—Está limpia y abriga bien.

No extendió la mano.

—Doña Mercedes, la de ayer le queda a Nico.

Me quedé con la cobija suspendida entre los dos. Había otras en el arcón. Yo había escogido precisamente aquella.

—No pensé que le molestaría.

—No me molesta que recuerde a Emiliano —respondió—. Pero quiero saber si, cuando mira a Nicolás, puede verlo a él.

La pregunta me hizo volver la vista hacia el niño. Tenía la nariz enrojecida por el frío y una pequeña marca junto a la ceja. Yo conocía ya el modo en que cerraba el puño al dormir. Aun así, no pude decir que Mateo se equivocaba del todo.

—El otro día, en la tienda —dije—, recordé a mi hijo.

—Lo sé. Y gracias a usted Nico recibió ayuda cuando la necesitaba. No quiero herirla por decir esto.

Esperó hasta que lo miré.

—Mi hijo se llama Nicolás. No tiene que parecerse a nadie para que valga la pena cuidarlo.

Guardé la cobija contra mi pecho. Mateo se puso el sombrero y se despidió con cortesía. No me dijo si aceptaría el empleo.

Después de que se fue, regresé al cuarto de Emiliano. Dejé su cobija en el arcón, donde él la había usado por última vez. Al salir, encontré a mi encargado esperándome con las medidas de la viga.

Me preguntó si debía preparar herramientas para Mateo.

—Sí —respondí—. Y para otros tres hombres, si los encontramos.

—¿Salgado aceptó?

Miré hacia el camino vacío.

—Todavía no.

PARTE 4: Un trabajo que podía rechazar

A la mañana siguiente fui a la casa de Mateo. Me recibió en el patio, donde había terminado de ponerle dos barrotes nuevos a la cuna. Nicolás estaba despierto bajo las mantas y seguía con los ojos el movimiento de las manos de su padre.

—Vine a disculparme por lo de ayer —dije.

Mateo apoyó la herramienta en la mesa. Permaneció callado mientras buscaba las palabras.

—Pensé en Emiliano al verlo en la tienda. Después, durante un momento, olvidé preguntarme qué necesitaban ustedes de mí. Usted tuvo razón al detenerme.

—Creí que se enfadaría.

—Me dolió escucharlo. Por eso necesitaba oírlo.

Mateo miró a Nicolás, que había logrado sacar una mano de la manta.

—No quiero que el trabajo dependa de haberle dicho que sí a lo demás.

—Depende del almacén y de las cercas. Usted vio la viga que nosotros pasamos por alto.

Le entregué una hoja con el salario, los horarios y las tareas. Había hecho escribir lo mismo para cualquier hombre que contratáramos. Mateo leyó cada línea y señaló una: el encargado podía cambiarlo de labor según la necesidad de la hacienda.

—Mientras no me mande lejos de Nico sin avisar —dijo.

—Podemos acordarlo antes de cualquier cambio.

Pidió conservar la hoja para pensarlo hasta la tarde. Se lo permití. Yo tampoco habría firmado un trato que no me dejaran leer en casa.

De regreso pasé por la tienda de Eusebio. Quería comprar costales para el grano y saber cuánto podía abastecer para los trabajadores durante el invierno. Estaba anotando precios cuando entraron dos hombres con ropa de la mina. Reconocí a uno: había visto su cara entre los despedidos que esperaban paga frente a Santa Gertrudis.

—¿Llegó la harina? —le preguntó a Eusebio.

—Llegó. También necesito cobrar lo que se debe.

El minero sacó algunas monedas. Eusebio las contó y le dio un saco más pequeño del que había pedido. El hombre lo sostuvo un momento, calculando cuánto duraría en su casa, y se fue sin discutir.

Cuando quedamos solos, le pregunté a Eusebio cuánto costaría un pedido grande para Los Encinos. Me dio una cifra. Era más alta que la que acababa de decirle a un cliente por la misma cantidad, así que se lo señalé.

—Habría que llevarlo hasta su hacienda —explicó.

El transporte tenía un costo. Le pedí que lo escribiera aparte. Eusebio borró la primera cifra y preparó una cuenta detallada. En otro tiempo yo habría pagado sin leerla; estaba pensando en eso cuando entró Mateo.

Traía la hoja doblada en la mano.

—Fui a Los Encinos —me dijo—. Me dijeron que pasaría por aquí.

—¿Tomó una decisión?

—Sí. Acepto el trabajo.

Sentí alivio, pero él aún no había terminado.

—También hablé con los otros despedidos. Tres saben levantar cercas y cargar el grano. Si necesita cuatro hombres, pueden ir mañana para que su encargado los conozca.

—Que vayan —respondí.

Eusebio dejó la pluma sobre el mostrador.

—Van a necesitar comida mientras esperan el primer pago —dijo—. No se las podré dar a crédito.

Mateo no le había pedido crédito. Lo vi tensarse, pero esperó a que yo contestara.

—El salario se pagará al final de cada semana —dije—. Los Encinos comprará las provisiones que hagan falta durante la jornada. Dígame el precio de cada cosa y decidiré dónde comprarlas.

Eusebio volvió a mirar la cuenta que tenía delante. Quitó un cargo duplicado por transporte que yo no había notado.

Mateo también lo vio. Cuando salimos, me alcanzó en la calle.

—Pude haber vuelto a pedirle a Eusebio una bolsa de harina —dijo—. Ayer fui con los otros hombres porque quería que tuvieran la misma oportunidad que yo.

—Por eso los invité a hablar con mi encargado.

—Si no sirven para la labor, dígaselo de frente. Podrán buscar en otra parte.

Asentí. No quería prometerles un puesto que no pudiera sostener.

Antes de irse, Mateo me devolvió la hoja. Había añadido al pie, con letra pequeña y firme: «El jornal se pagará por el trabajo realizado». Debajo había firmado su nombre.

Yo también firmé.

El primer día llegó temprano. Mi encargado le mostró la madera y los cuatro hombres revisaron el techo. Dos comenzaron a despejar el almacén; otro preparó los postes de la cerca. Mateo subió a ver la viga dañada.

Desde abajo oí crujir la madera.

—Bajen —ordenó él a los demás.

Uno de los hombres alcanzó la escalera. Un costal vacío cayó desde una repisa y levantó polvo. Mateo seguía junto a la unión de la viga, examinándola sin apoyar su peso allí.

Mi encargado quiso entrar a rescatar unas herramientas.

—Espere —dijo Mateo—. Primero hay que apuntalarla.

Busqué con la mirada al encargado. Tenía las herramientas en la mano, pero esperaba instrucciones del hombre que había visto el daño. Mateo señaló dónde colocar los soportes.

Durante un momento, todos dependimos de que pudiera hacer aquello para lo que lo habíamos contratado.

PARTE 5: La deuda entre padres

El techo no se vino abajo. Mateo y los otros hombres sostuvieron la viga desde el suelo, descargaron los costales cercanos y reemplazaron la parte podrida en los días siguientes. Mi encargado admitió que, de haber llenado el almacén sin revisarla, habríamos perdido el grano en cuanto el techo cediera.

Mateo no celebró haber acertado. Volvía a casa cubierto de aserrín y, según me contó una mañana, Nicolás aprendía a reconocer el sonido de sus pasos antes de que abriera la puerta.

Los cuatro hombres cobraron su primera semana completa. Eusebio empezó a verlos otra vez en la tienda, ahora con dinero en la mano. Una tarde me llevó personalmente los costales que yo había pedido para Los Encinos. Traía la cuenta bien desglosada.

—Su minero sabe exigir —comentó mientras firmaba el recibo.

—Sabe hacer el trabajo —respondí.

Eusebio bajó los ojos al papel. Quizá recordó la pala sin mango de la que se había reído. Yo recordé la lata que no quiso recibir y me aseguré de que el recibo por la deuda saldada siguiera guardado con mis cuentas.

Al acercarse diciembre, Mateo terminó el almacén. Quedaban cercas por reparar y puertas de los corrales que necesitaban sus manos. Le ofrecí continuar con un salario fijo, siempre que quisiera encargarse también de enseñar a otro trabajador lo que sabía de carpintería.

Esta vez leyó el acuerdo sin recelo. Señaló dos cosas que debíamos precisar, las corregimos y firmó.

—Antes no me habría atrevido a pedirlo por escrito —me dijo.

—Yo habría supuesto que mi palabra bastaba.

—Su palabra me ayudó. Esto nos ayuda a los dos.

Tenía razón. Desde que había tomado la administración de la hacienda después de la muerte de mi esposo, había aprendido a desconfiar de quienes querían decidir por mí. Todavía me faltaba aprender que los demás también necesitaban poder decidir por sí mismos, incluso cuando yo intentaba ayudarlos.

Una tarde, Mateo llevó a Nicolás a Los Encinos mientras terminaba una puerta. La persona que lo cuidaba durante la jornada se había enfermado, así que acomodamos al niño cerca del taller, donde su padre pudiera verlo. A cada golpe del martillo, Nicolás volvía la cabeza. Cuando Mateo dejaba la herramienta, protestaba como si quisiera que continuara el espectáculo.

Fui por una manta al armario del corredor. Elegí una gruesa, sin bordados, y se la ofrecí a Mateo.

—Hay corriente junto a la puerta.

Él tocó la tela.

—Gracias.

La colocó alrededor del niño y regresó al trabajo. Aquella aceptación sencilla me dio una alegría distinta de la que había buscado al abrir el arcón de Emiliano. La manta le servía a Nicolás. Eso era suficiente.

Semanas después, Mateo apareció en mi despacho con la cuna terminada. Había alisado cada borde y reforzado las patas para que resistieran el uso. No la había hecho para regalármela; necesitaba un sitio donde guardarla mientras arreglaba el techo de su casa. Me preguntó si podía dejarla en el almacén durante dos días.

—Desde luego.

Pasé la mano por uno de los barrotes.

—Emiliano tenía un caballo de madera —le dije—. Lo conservo en su habitación. A veces creo que debería hacer algo con todas las cosas que dejé allí.

Mateo esperó. No llenó el silencio con consejos.

—Todavía no sé qué —admití.

—Puede decidirlo cuando esté lista.

En Navidad organicé una comida para los trabajadores y sus familias. Era la primera vez que invitaba a los niños a sentarse en las mesas del patio. Nicolás, demasiado pequeño para probar casi nada de lo que había allí, pasó de unos brazos a otros mientras Mateo intentaba terminar su plato caliente.

Lo observé desde el otro extremo de la mesa. Durante años había creído que abrir la puerta de Emiliano significaría perder algo más de él. Ahora podía imaginarme entrando, limpiando sus juguetes con mis propias manos y escogiendo con calma qué conservar. Nadie me exigía hacerlo aquella noche.

Mateo se acercó antes de marcharse. Nicolás iba bien envuelto y ya se quedaba dormido.

—El hombre de la mina que me avisó de los despidos encontró empleo esta semana —dijo—. Le ayudé a arreglar el techo de su casa antes de que empezara. Tenía unas tablas sobrantes.

—Me alegra saberlo.

—Quería contárselo porque aquel día, en la tienda, usted me pidió una cosa.

Recordé mis palabras: «Cuando pueda levantarse nuevamente, ayude a alguien que tenga menos que usted».

—Lo hizo por su amigo —respondí.

—Sí. Pero entonces creí que nunca podría cumplir esa deuda.

Miré a Nicolás. Tenía una mejilla apoyada en el hombro de su padre y la mano cerrada sobre la tela de su abrigo. Estaba abrigado. Iban de regreso a una casa con fuego y una cuna esperando junto a la pared.

—Señor Salgado, aquella deuda quedó pagada cuando lo vi salir de la tienda con él en brazos.

Mateo sonrió apenas.

—Entonces seguiré ayudando porque quiero.

Lo acompañé hasta el carruaje que lo llevaría a casa. Antes de subir, acomodó la manta alrededor de Nicolás para que no entrara el viento. Sus manos seguían ásperas y marcadas por el trabajo. Sostenían al niño con la misma delicadeza que me había detenido frente al mostrador de Eusebio.

Esta vez, al oírlo respirar, pensé en Nicolás.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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