LAS CINCO SILLAS QUE LLEVABAN AÑOS VACÍAS
La cuenta
—Tengo cuatro hijos —dije antes de que Rafael Mendoza pudiera abrirme la puerta—. Si eso cambia las cosas, prefiero saberlo ahora.
Tomás, que apenas tenía nueve años, se adelantó un paso para ponerse entre el ranchero y sus hermanos. Daniel apretó contra el pecho la bolsa donde llevábamos toda nuestra ropa. Catalina abrazó su caja de dibujos. Rosa, en mis brazos, despertó al sentir que yo había dejado de caminar y empezó a buscarme la cara con una mano.
Rafael no contestó enseguida.
Del otro lado de la cerca del rancho Los Álamos, me miró a mí, luego a los niños. Tenía las manos grandes, marcadas por el trabajo, y una expresión tan seria que sentí la necesidad de seguir hablando.
—No tengo marido. Tampoco casa ni dinero. Busco trabajo, y me dijeron que usted necesitaba a alguien para la cocina y la limpieza. Puedo hacerlo bien. Pero ellos vienen conmigo.
El viento frío de Chihuahua me echó polvo contra las piernas. Habíamos caminado desde el camino principal y Rosa llevaba rato temblando a pesar del rebozo. Quise acomodárselo, pero no me atreví a soltar la mirada de Rafael.
—Tomás tiene nueve años —continué—. Catalina, siete. Daniel, seis. Rosa todavía no cumple tres. No espero que les tenga cariño. Solo necesito saber si pueden quedarse mientras trabajo.
Tomás levantó la barbilla. Conocía esa postura. La había aprendido cada vez que un adulto lo miraba como si pudiera decidir, con una sola frase, dónde dormiríamos esa noche.
—Mamá —murmuró—, podemos seguir.
Podíamos seguir, sí. Lo que no sabíamos era hacia dónde.
Rafael bajó la vista cuando Rosa estiró la mano hacia él por encima de la cerca. Creí que se apartaría. En cambio, dejó que ella le sujetara un dedo.
—Señora Duarte —dijo—, creo que hizo mal la cuenta.
Se me calentó la cara.
—Son cuatro. Sé cuántos hijos tengo.
—No hablo de ellos. Usted dice que trae cuatro bocas para alimentar. Yo veo cinco personas que necesitan sentarse a comer.
Señaló la casa de adobe, detrás de unos álamos que se movían con el viento.
—Mi mesa tiene seis sillas. Una es mía. Las otras cinco están vacías.
Durante un segundo imaginé a Rosa dormida sin frío, a Daniel con comida suficiente para no guardar un pedazo de tortilla para la mañana siguiente. Me obligué a detenerme. Ya había imaginado cosas parecidas antes.
—Busco trabajo, señor Mendoza. No lástima.
—Necesito que alguien cocine, lave y cuide la casa. Habrá sueldo, comida y habitaciones para ustedes. Podemos acordar sus tareas ahora mismo.
—¿Y cuando los niños hagan ruido?
—Entonces habrá ruido.
—Cuando alguno rompa algo.
—Me lo dirá y veremos cómo arreglarlo.
Parecía fácil dicho desde el otro lado de una cerca. En mi experiencia, lo difícil empezaba de noche, cuando un niño enfermaba y los demás también necesitaban algo.
Rafael levantó el pasador y abrió la puerta.
—Ya hice la cuenta —dijo.
Entramos porque Rosa tenía frío y porque mis otros hijos no habían comido desde temprano. Entramos, también, porque yo quería creerle aunque me diera miedo hacerlo.
La cocina olía a leña y a café viejo. En el centro estaba la mesa de mezquite que Rafael había mencionado. Conté las sillas sin querer: seis. Todas bien hechas, ninguna apartada contra la pared. Había polvo sobre cinco asientos, pero no sobre sus respaldos, como si alguien los tocara al pasar.
Rafael sacó frijoles, tortillas y queso. Quise prepararlo yo.
—Mañana empieza su trabajo —dijo—. Hoy llegaron del camino.
Puse a Rosa en una silla y me quedé de pie para servir a los demás. Rafael tomó un plato más del armario y lo colocó frente al único lugar libre.
—Falta usted.
Me senté por insistencia suya. Catalina comía despacio, mirando primero mi plato para asegurarse de que yo tuviera lo mismo. Daniel escondió media tortilla en el bolsillo. Lo vi, pero no dije nada. Rafael también lo vio; simplemente acercó la canasta.
Al terminar, me mostró dos habitaciones comunicadas por una puerta. Las camas tenían colchones y cobijas limpias. No pregunté cuánto tiempo llevaban esperando uso. Dejé la bolsa de ropa en el suelo y acosté a Rosa antes de que abriera bien los ojos. Los otros tres se quedaron cerca de mí.
—Aquí hay un cuarto para cada dos —dijo Rafael—. Si prefieren poner las camas juntas, me avisan.
Cuando se fue, Tomás cerró la puerta con cuidado.
—No le creas todavía —me dijo.
No lo reprendí. Mi hijo había visto demasiadas despedidas para sus nueve años.
Mientras deshacía el nudo de nuestra bolsa, encontré que Daniel seguía sosteniendo la tortilla escondida. Le pedí que la pusiera sobre la mesa de noche. Me aseguró que no tenía hambre. Sabía que mentía: la guardaba por si al día siguiente no había nada.
Esa noche, cuando los niños por fin se durmieron, salí por agua. Una lámpara seguía encendida en la cocina. Rafael estaba allí, de espaldas, pasando un trapo por las sillas que habíamos usado. No limpiaba la mesa. Solo los cinco asientos.
Al oírme, se detuvo con el trapo en la mano. Miró una silla pequeña, la de Rosa, y dijo casi para sí mismo:
—Hace diez años que esta casa no tiene que esperar a nadie para la cena.
Me vio en la puerta y calló. Yo tampoco pregunté.
De regreso al cuarto pasé junto a la bolsa de Daniel. La tortilla seguía en la mesa de noche, intacta. A la mañana siguiente sabríamos si podía dejar de guardarla.
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PARTE 2: El ruido de una casa ocupada
Amanecí antes que todos y fui a la cocina para demostrar que podía ganarme el lugar que nos habían dado. Encendí el fogón, puse agua a calentar y revisé la despensa. Había harina, frijol, arroz y más huevos de los que yo había visto juntos en semanas.
Rafael entró cuando estaba amasando.
—Puede decirme a qué hora quiere los alimentos —dije—. También necesito saber qué ropa debo lavar y qué habitaciones usan los peones.
—Los peones comen cerca de los corrales al mediodía. Aquí cenamos nosotros.
Habló con naturalidad, pero yo tuve que concentrarme en la masa. «Nosotros» era una palabra peligrosa para alguien que todavía tenía su ropa dentro de una sola bolsa.
Le pedí que acordáramos el sueldo. Lo hizo sin discutir ni descontar la comida de los niños. Después le pregunté por las habitaciones que debía limpiar y por los días en que podía lavar nuestra ropa. Quería reglas claras. Si alguna vez teníamos que marcharnos, necesitaba saber qué parte de lo recibido habíamos pagado con mi trabajo.
Catalina apareció con la caja de madera bajo el brazo. Rafael le preguntó qué guardaba.
—Dibujos —respondió ella.
—¿Puedo verlos?
Mi hija me miró antes de abrir la caja. Le enseñó una hoja donde había dibujado una casa pequeña, con cinco figuras afuera. Rafael la observó un momento.
—¿Quién falta? —preguntó.
—Nadie. Estamos nosotros.
Él le devolvió el dibujo sin insistir. Yo vi cómo Catalina cerraba la tapa demasiado rápido. En los meses posteriores a la muerte de Miguel había dejado de dibujar personas que pudieran irse.
Durante los primeros días, me acostumbré al trabajo antes que a Rafael. Trabajar tenía una medida: los platos limpios, el piso barrido, la ropa tendida. Con él nunca sabía qué significaban sus silencios. A veces se quedaba en la puerta de la cocina oyendo a los niños discutir sobre quién había perdido un botón. Otras salía apenas comenzaba la conversación.
Los niños también lo observaban. Daniel aprendió dónde se guardaba la leña menuda y empezó a llevarla junto al fogón. Rafael le dio las gracias una vez, sin exageración, y mi hijo repitió la tarea al día siguiente. Catalina descubrió un sitio bajo el álamo del patio donde la luz le servía para dibujar. Rosa recorría la casa arrastrando un banco bajo para alcanzar todo lo que no debía.
Tomás se mantuvo cerca de sus hermanos. Cada vez que Rafael entraba, interrumpía lo que estuviera haciendo para ver qué quería.
Una tarde, Daniel derramó una cubeta de agua en el corredor. Intentó limpiarla con su camisa antes de que alguien lo descubriera. Rafael venía del corral y se detuvo al verlo arrodillado.
—Hay un trapo en la cocina —dijo.
Daniel no se movió.
—No fue a propósito —intervine desde la puerta.
—Ya veo.
Rafael fue por el trapo y se lo tendió al niño. Entre los dos recogieron el agua. Tomás presenció todo desde el umbral. Más tarde me preguntó por qué Rafael no se había enojado. Le respondí que quizá una cubeta volcada no le parecía motivo suficiente. Mi hijo recibió esa explicación como se recibe una promesa: con ganas de creerla y miedo de depender de ella.
Al cumplirse la primera semana, Rafael me pagó el sueldo completo. Puso las monedas sobre la mesa después de cenar. Las conté dos veces delante de él; llevaba demasiado tiempo haciendo cuentas como para fingir despreocupación.
—Es lo acordado —dijo.
—Lo sé. Gracias.
Con una parte podría comprar zapatos para Daniel. Con otra, ahorrar para el caso de que necesitáramos irnos. Guardé las monedas en una bolsita de tela y la até bajo mi ropa.
Esa misma noche, Rosa pidió que Rafael le contara qué hacían los caballos al dormir. Él contestó desde su silla. Ella hizo otra pregunta, y luego otra. Al final se quedó dormida con la cabeza sobre mi hombro mientras él todavía intentaba explicarle por qué un potrillo no podía dormir dentro de la cocina.
Vi una sonrisa breve en su cara. Luego miró hacia la ventana y se levantó.
—Mañana habrá que reparar la cerca del lado norte —dijo, aunque nadie le había preguntado.
Sus cambios de ánimo me inquietaban. Había momentos en que parecía contento de encontrarnos allí; después se apartaba como si hubiéramos entrado en un lugar al que no debíamos acercarnos.
Dos días más tarde, Tomás llegó de los corrales con la manga rasgada. Me contó que había enganchado la camisa en un alambre, pero evitó mirarme. Rafael entró detrás de él.
—Le pedí que se mantuviera lejos de la cerca mientras la reparábamos —dijo—. Se acercó cuando uno de los postes cayó.
Examiné a Tomás. Tenía un raspón en el brazo, nada más. Yo quise agradecer que Rafael lo hubiera traído, pero mi hijo habló primero.
—No hace falta que me vigile. No soy suyo.
Rafael se quedó inmóvil. Tomás apretó los puños, esperando una respuesta.
—Es verdad —dijo Rafael al cabo de un momento—. Y, aun así, te pedí que no te acercaras al poste porque podía lastimarte.
Salió antes de que yo pudiera intervenir. Tomás fingió que le daba igual, aunque por la noche dejó la cena a medias. Le curé el raspón y traté de hablar con él.
—No quiero que te metas en problemas por cuidarnos.
—Si no estoy atento, alguien tiene que estarlo.
Me dolió oírlo. Desde que Miguel murió, había dependido de ayuda de Tomás más veces de las que un niño debía recordar. Quise decirle que podía descansar, pero todavía no estaba segura de poder cumplirlo.
Esa noche fui a guardar las camisas limpias. Pasé frente a una habitación cuya puerta siempre había visto cerrada. Estaba apenas entreabierta. Dentro alcancé a distinguir una cama tendida y una cuna de madera apoyada contra la pared.
Rafael apareció al otro extremo del corredor. Siguió mi mirada y, por primera vez desde nuestra llegada, su expresión se endureció.
—Ese cuarto lo atiendo yo —dijo.
Cerró la puerta despacio. Me quedé con la ropa entre los brazos, intentando entender por qué una cuna seguía allí después de tantos años.

PARTE 3: Lo que Rafael había perdido
No volví a acercarme a la habitación cerrada. Tampoco pude dejar de pensar en ella.
Durante los días siguientes, Rafael trató a los niños con la misma paciencia de siempre, pero yo empecé a notar cuándo se alejaba. Se quedaba mientras Daniel le mostraba cómo había remendado una cuerda; desaparecía si Rosa le pedía que la cargara. Escuchaba a Catalina contar una historia y, cuando ella llegaba a la parte graciosa, a veces ya estaba mirando el suelo.
Una mañana fui al patio a recoger las sábanas y lo encontré bajo el álamo con un juguete de madera en la mano. Desde lejos no distinguí qué era. Él oyó mis pasos, cerró la mano y se lo guardó en el bolsillo. No había hecho nada malo, pero regresé a la cocina con la sensación de haberlo sorprendido en un momento que necesitaba para sí mismo.
Ese día Catalina dibujó la mesa. Me enseñó seis sillas, cinco ocupadas por figuras pequeñas y una al extremo, donde había trazado a Rafael con el sombrero puesto. Le pregunté por qué lo había dibujado así.
—Porque siempre parece que está por salir —respondió.
Guardé la hoja sin enseñársela a él.
Al día siguiente, Rosa despertó caliente y sin ganas de comer. Pensé que habría dormido demasiado abrigada, pero al atardecer tenía fiebre. Le mojé la frente, le di agua de a pocos y la mantuve conmigo mientras terminaba de hacer la cena. Rafael notó que faltaba una silla ocupada.
—Está enferma —le dije—. Voy a acostarla y regreso a servir.
—Yo puedo servirme.
Trajo más leña y llenó una jarra de agua limpia. No le pedí que hiciera ninguna de las dos cosas. Agradecí el gesto sin poder dejar de mirar a Rosa, que respiraba con la boca abierta.
La fiebre subió durante la noche. Daniel se despertó con dolor de estómago y vomitó antes de llegar al patio. Catalina fue por agua; Tomás trató de encender el fogón para ayudarme. De pronto los cuatro necesitaban algo. La habitación estaba demasiado caliente, la jarra se vaciaba y Rosa lloraba cada vez que la soltaba.
Reconocí aquella noche incluso antes de recordar su fecha.
Dos años antes, un hombre que había pasado semanas prometiéndome una vida nueva había visto a mis cuatro hijos enfermos al mismo tiempo. Había llevado pan a nuestra casa, había cortado leña y había hablado de un futuro en el que ya no tendría que hacerlo todo sola. Esa noche tomó su sombrero.
«Eres una buena mujer, Magdalena, pero cuatro hijos son demasiados para un hombre que todavía quiere vivir su propia vida».
Se marchó mientras Tomás intentaba prender el fogón. No volvió. Desde entonces yo decía el número cuatro antes de permitir que nadie se acercara demasiado.
Al oír pasos en el corredor, me preparé para otra despedida.
Rafael abrió la puerta. Traía una cubeta de agua y un trapo limpio.
—Oí a Daniel —dijo—. ¿Qué necesitan?
—Puedo encargarme.
Rosa comenzó a llorar otra vez. Daniel llamó desde la cama. Mi respuesta sonó tan falsa para mí como debió sonar para Rafael.
—Ocúpese de Rosa —dijo—. Yo limpio y pongo agua a calentar.
Tomás lo siguió con la mirada mientras levantaba a Daniel para cambiar las sábanas. Yo tomé la temperatura de Rosa con la mano una y otra vez, deseando que mi palma pudiera decirme con certeza si estaba bajando. Rafael regresó con agua tibia. Después sostuvo la lámpara para que pudiera revisar a la niña. Cuando Rosa se quedó dormida, preparó algo ligero para Daniel y se sentó cerca de la puerta, por si volvíamos a necesitarlo.
Al amanecer, la fiebre de Rosa había cedido un poco. Fui a la cocina por otra tela limpia y encontré a Rafael junto a la mesa. Tenía el juguete que había visto en el patio: un caballo pequeño de madera. Lo hacía girar lentamente entre los dedos.
—Puedo seguir cuidándolos —dije—. Descanse un rato.
—Enseguida.
Miré el caballo. Había marcas diminutas en un costado, como si alguien hubiera comenzado a tallar una crin y no la hubiera terminado.
—Lo hice cuando Elena estaba embarazada —dijo Rafael.
Fue la primera vez que pronunció su nombre delante de mí. Esperé.
—Construí esta casa poco después de casarnos. Yo había crecido en una vivienda donde siempre se oían mis propios pasos. Elena decía que aquí iba a ser imposible escuchar uno solo, con los hijos que pensábamos tener.
Rozó con el pulgar el lomo del caballo.
—La noche del parto hubo una tormenta. El camino al pueblo quedó bloqueado. Cuando llegó el médico, Elena y el bebé ya habían muerto.
Miré hacia el corredor. La cuna, la habitación cerrada, sus silencios cuando Rosa pedía que la cargara: todo adquirió un peso distinto. Quise decirle algo, pero Rafael continuó.
—Los enterré juntos detrás de la capilla, bajo un álamo. Volví y encontré la mesa puesta para seis. Durante diez años me senté solo.
No me contó aquello para que yo le diera las gracias por acogernos. Lo entendí al ver que ni siquiera alzaba la vista. Me había oído pasar la noche con miedo por Rosa y, tal vez, sabía exactamente a qué lugar podía llevar ese miedo.
—Siento mucho lo de Elena y su hijo —dije.
Asintió. Guardó el caballo en el bolsillo y fue por más agua.
Cuando volví al cuarto, Tomás estaba despierto. Había visto a Rafael quedarse toda la noche, pero seguía observándolo desde la cama con cautela. Yo también necesitaba tiempo para comprender lo ocurrido. Rafael nos había abierto la casa sabiendo cuánto podía dolerle encariñarse con nosotros.
Al mediodía, Rosa pidió sopa. Fue la primera cosa que pidió por voluntad propia desde que enfermó. Se la preparé y comió tres cucharadas antes de quedarse dormida de nuevo. Rafael preguntó por ella al pasar. Le dije que estaba mejor.
—Qué bueno —respondió.
Se apoyó un instante en el marco de la puerta, como si quisiera comprobarlo con sus ojos. Luego se marchó hacia los corrales.
Aquella tarde, mientras cambiaba la ropa de cama, encontré una hoja debajo de la almohada de Catalina. Era el dibujo de la mesa. Había borrado la figura de Rafael y dejado la sexta silla vacía. Cuando le pregunté por qué, señaló el pasillo.
—Hoy casi no entró —dijo—. Pensé que ya se iba.
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PARTE 4: La silla vacía
Rosa mejoró durante la semana siguiente. Volvió a perseguir a Daniel por el patio y a hacer preguntas hasta que todos nos quedábamos sin respuestas. Yo debería haber sentido alivio. Lo sentía al verla correr, pero cada vez que miraba la mesa pensaba en la silla que Catalina había borrado de su dibujo.
Rafael seguía cumpliendo cuanto había prometido. Me pagó a tiempo. Se ocupó de reparar el escalón flojo que Daniel había señalado en la entrada. Le enseñó a Tomás a mantenerse fuera del alcance de los caballos antes de permitirle ayudar con tareas pequeñas. Aun así, se mostraba más distante que antes de la enfermedad.
Yo no sabía si le habíamos recordado demasiado lo que perdió o si había descubierto, por fin, cuánto espacio ocupábamos. Tampoco quería pedirle que me tranquilizara. Mi sueldo era real; una promesa sobre el futuro no podía exigírsela a nadie.
Empecé a guardar una parte mayor de las monedas. Volví a doblar nuestra ropa de modo que cupiera en la bolsa de Daniel. Él la encontró lista junto a la cama.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—No he dicho eso.
—Antes solo la doblabas así cuando íbamos a cambiarnos de casa.
No supe negarlo. Le pedí que colocara las prendas en el armario y él obedeció, aunque me miró varias veces antes de cerrar la puerta.
Esa noche, durante la cena, Catalina sacó su caja de dibujos. Buscaba una hoja para Rosa y dejó a la vista la mesa con la sexta silla vacía. Rafael la tomó por una esquina.
—Antes estaba yo aquí —dijo.
Catalina no respondió. Se escondió un poco detrás de mí.
—Creyó que se marcharía —expliqué.
Rafael dejó la hoja sobre la mesa. Miró a Catalina y después a mí.
—No voy a marcharme del rancho.
—Un hombre puede quedarse en su casa y dejar claro que los demás sobran —dije.
La frase salió más dura de lo que pretendía. Tomás dejó de comer. Rosa, que no entendía la conversación, apoyó la cuchara en el plato.
Rafael se puso de pie.
—Hablaremos después —dijo.
Le agradecí que no discutiera frente a los niños. Al mismo tiempo, ver su plato a medio terminar me devolvió el miedo que había tratado de esconder toda la semana.
Acosté a los pequeños y encontré a Tomás sentado en el corredor. Tenía los pies descalzos y mi bolsa de monedas entre las manos. No la había abierto.
—Podemos conseguir otro trabajo —dijo—. Yo puedo ayudar más.
Me senté a su lado.
—Ya ayudas. Pero conseguir trabajo y cuidarlos nos corresponde a los adultos, no a ti.
—Pues dile a él que deje de asustar a Catalina.
Tenía razón. Yo había pasado tanto tiempo interpretando los silencios de Rafael que no había visto cuánto afectaban a mis hijos. Le quité la bolsa de monedas con suavidad y fui a buscarlo.
Estaba en el patio, junto al álamo. No llevaba el caballo de madera. Tenía las manos vacías.
—Necesito hablar con usted —dije—. Si nuestra presencia le duele, dígamelo. Buscaré otro lugar. Pero no quiero que los niños pasen cada día tratando de adivinar si aún pueden quedarse.
Rafael se volvió hacia mí.
—Pueden quedarse. Usted tiene trabajo aquí mientras quiera hacerlo.
—Eso me lo dijo al llegar. Necesito saber por qué ahora evita la cocina cuando están ellos.
Tardó en contestar.
—La noche en que Rosa tenía fiebre pensé en Elena. Después me avergoncé de haberlo hecho mientras usted necesitaba ayuda. Me quedé con ustedes, pero al día siguiente empecé a apartarme. Creí que así sería más sencillo llevar ese recuerdo.
—Catalina pensó que se iba por culpa de ella.
Rafael cerró los ojos un momento. Al abrirlos, miró hacia las ventanas iluminadas de la casa.
—No lo sabía.
—Tomás está preparándose para irse antes de que se lo pida. Ya ha tenido que hacerlo demasiadas veces.
—No quiero pedirles que se vayan.
—Entonces tiene que decírselo a ellos. Yo puedo entender que a veces necesite estar solo. Ellos todavía no saben distinguir eso de un rechazo.
Rafael asintió, pero no se movió. Miré el árbol, sus ramas extendidas sobre el patio, y pensé en Elena. Durante años aquella casa había guardado su ausencia. Mis hijos habían llegado sin saberlo y habían empezado a querer a un hombre que aún estaba aprendiendo a vivir con ella.
—No tiene que ocupar el lugar de Miguel —le dije—. Los niños tuvieron padre. Lo perdieron y lo extrañan. Tampoco nosotros podemos ocupar el lugar de Elena y su bebé.
Rafael bajó la vista.
—Lo sé.
—Podemos vivir aquí tal como somos, si usted quiere eso. Pero necesito oírselo decir sin que lo empuje la culpa por lo que pasó esta noche.
Me quedé esperando. Era una pregunta justa y también una que podía dejarnos sin casa. La había postergado porque temía su respuesta.
Rafael levantó la cabeza.
—Quiero que vivan aquí, Magdalena. Quería decirlo desde el primer día y no sabía qué derecho tenía a hacerlo. Usted vino por un empleo; yo no podía pedirle que confiara en mí solo porque llevaba años deseando compañía.
—La confianza toma tiempo —dije.
—Entonces tomaré el tiempo que haga falta. Pero Catalina no va a cenar mañana creyendo que planeo desaparecer.
Entramos juntos. Yo estaba por llamarla cuando Rafael se detuvo frente a la puerta de los niños.
—Hay algo más que debo hacer —dijo.
Cruzó el corredor hasta la habitación cerrada. Lo seguí con la mirada mientras sacaba la llave del bolsillo y abría. No encendió la lámpara. Permaneció unos momentos dentro y regresó con el caballo de madera entre las manos.
—Lo hice para un niño que no llegó a jugar con él —dijo—. Voy a contarles de quién era. Merecen saber por qué a veces me cuesta quedarme sentado con ellos.
Tomás había oído las últimas palabras desde el corredor. Se acercó despacio, con Catalina detrás.
Rafael sostuvo el caballo sin ofrecérselo a ninguno. Antes de empezar, miró a mi hijo mayor.
—Tomás, necesito pedirte perdón. He hecho que pienses que tenías que prepararlos para salir de aquí.
Tomás apretó la mano de Catalina. Esperó la explicación, pero por primera vez dejó que Rafael hablara sin adelantarse a protegernos.
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PARTE 5: Una mesa para seis
Nos sentamos en la cocina aunque ya era tarde. Tomás eligió el lugar junto a Catalina; Daniel llegó medio dormido y se acomodó a mi lado. Rosa permaneció en la cama. Rafael puso el caballo de madera sobre la mesa, al alcance de todos, pero nadie lo tocó.
Les habló de Elena con palabras sencillas. Dijo que habían construido la casa pensando en una familia y que ella había muerto cuando estaba por nacer su bebé. No describió aquella noche más de lo necesario. Les contó que el cuarto cerrado era el que habían preparado y que a veces escuchar niños dentro de la casa le traía recuerdos dolorosos.
—Por eso me fui de la cocina algunos días —dijo—. Debí explicarles que no era por ustedes.
Catalina levantó los ojos.
—¿Yo puedo seguir dibujando bajo el árbol?
—Claro que sí.
—¿Y si Rosa hace ruido?
—Rosa va a hacer ruido aunque le pidamos que no lo haga —respondió él.
Daniel soltó una risa pequeña. Catalina miró el caballo.
—¿Lo hiciste tú?
—Sí. Me faltó terminarlo.
—Se ve bonito así.
Rafael respiró hondo. Tomás, en cambio, siguió serio.
—Usted puede cambiar de opinión —dijo.
—Puedo equivocarme —contestó Rafael—. Hoy lo hice. Si vuelvo a alejarme sin decir nada, pueden preguntarme qué pasa.
—Eso no responde lo que dije.
Vi que Rafael aceptaba la corrección. Tomás no necesitaba otra frase amable; ya había oído suficientes.
—Tienes razón. No puedo demostrarte esta noche cómo actuaré siempre —dijo Rafael—. Mañana estaré aquí. Y al día siguiente tendrás derecho a mirar si sigo cumpliendo lo que dije.
Tomás bajó la vista al caballo. No respondió, pero dejó de sujetar la mano de Catalina con tanta fuerza.
Nadie se volvió confiado de golpe. Al día siguiente, Rafael salió temprano a los corrales y Tomás lo observó hasta perderlo de vista. Por la tarde lo vio regresar. A la mañana siguiente hizo lo mismo. Rafael no le pidió que dejara de vigilarlo.
Yo también seguí contando. Contaba el sueldo, la comida, las noches que Rosa dormía sin fiebre. Contaba las veces que Rafael avisaba cuando iba a ausentarse y las veces que volvía a sentarse aunque el recuerdo de Elena lo entristeciera. Esas cosas, pequeñas por separado, empezaron a darme una seguridad que sus primeras palabras en la cerca no podían haberme dado.
Pasaron las semanas. Compré zapatos para Daniel con mi sueldo. Le quedaban un poco grandes, pero él insistió en usarlos esa misma tarde para llevar leña a la cocina. Catalina llenó varias hojas nuevas. En una dibujó el álamo del patio; en otra, a Rosa tirando de la manga de Rafael para mostrarle una piedra que había encontrado.
Tomás empezó a ayudarlo a revisar una cerca desde una distancia segura. La primera vez que volvió, me habló del alambre que habían cambiado y de cómo Rafael le había explicado dónde no debía poner las manos. Se detuvo cuando notó que sonreía.
—Solo fui a ver —dijo.
—Ya sé.
Un domingo caminamos hasta la capilla. Rafael se quedó bajo el álamo donde estaban enterrados Elena y el bebé. Yo llevé a los niños más adelante para darle unos minutos. Cuando volvió con nosotros, Rosa le mostró una piedrita lisa que había recogido en el camino y le preguntó si podía guardarla.
—Si tu mamá está de acuerdo —dijo.
Me miró antes de responder por ella. Aquel gesto, tan sencillo, me importó. Nunca intentó decidir qué debían sentir mis hijos por él ni qué lugar tendría yo en su casa. Aprendíamos a convivir mientras conservábamos lo que cada uno había perdido.
Una tarde, al recoger los platos, encontré a Catalina trabajando en el dibujo de la mesa. Había hecho seis sillas y colocado una persona en cada una. Miguel no aparecía allí; ella guardaba otro dibujo suyo en su caja. Tampoco Elena y el bebé habían sido borrados de la historia de Rafael. Mi hija había dibujado, sencillamente, a quienes nos sentábamos a cenar esa noche.
Dejó la hoja sobre la mesa para que él la viera.
—Esta vez te puse el sombrero en la silla —le explicó—. Así se sabe que ya llegaste.
Rafael observó el dibujo largo rato. Luego se quitó el sombrero que llevaba puesto y lo colgó junto a la puerta.
Esa noche Daniel no guardó comida en el bolsillo. Lo noté cuando levanté su plato y vi que se había terminado la última tortilla. Rosa pidió otra historia sobre los caballos. Catalina mostró su dibujo. Tomás discutió con Rafael sobre cuál poste convenía reparar primero, y Rafael lo escuchó como si su opinión mereciera una respuesta seria.
Me quedé un momento mirándolos. Dos años antes, al morir Miguel en la mina de Santa Eulalia, había aprendido a presentarnos diciendo que éramos cuatro hijos y una viuda sin nada que ofrecer. Creí que adelantándome al rechazo podría evitarles algo de dolor. En la entrada de Los Álamos había repetido la cuenta por última vez.
Rafael alcanzó un plato limpio y lo puso frente a mí.
—Falta usted, Magdalena.
Era lo mismo que me había dicho nuestra primera noche. Entonces me senté preparada para levantarme y salir en cualquier momento. Ahora tomé el plato y ocupé mi silla mientras los niños seguían hablando.
Éramos seis a la mesa. Eso no devolvía a nadie de los que habíamos perdido. Pero al terminar la cena, cuando Rafael empezó a recoger y mis hijos protestaron porque todavía tenían cosas que contarle, comprendí cuánto había cambiado aquella casa: ninguno estaba esperando a que alguien se fuera.
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