“Llévate Ese Nido De Plagas”… Las Hormigas Le Entregaron Una Fortuna

PARTE 1: EL PAGO CON PLAGAS
— ¡Ahí lo tienes, viejo! ¡Llévate ese nido de plagas y vete de mi hacienda de una vez!
La voz de don Herminio Choquehuanca retumbó contra las paredes de adobe del galpón. Su dedo limpio, sin una sola ampolla, señalaba el montículo rojizo que se alzaba en la esquina más olvidada del terreno baldío.
Un hormiguero. Del tamaño de un hombre adulto, coronado por cientos de hormigas cortadoras que marchaban en columnas perfectas cargando fragmentos verdes.
26 años había entregado Segundo Apaza Colque a esa tierra. 26 años con las manos hundidas en el barro de las papas, con la espalda doblada bajo el sol de Potosí, con los pulmones llenos de polvo.
Y su pago era un montón de tierra con bichos.
Los capataces — René el gordo, Faustino el flaco del látigo y el Chato Mamani — se rieron. Uno escupió.
— Es lo justo, ¿no? Yo traté de matar esa plaga todo el año. Veneno, querosén, fuego, nada. Así que ahora es tuya, tú y tus nuevas patronas, a ver si te dan mejor sueldo que el que yo te daba.
Segundo no bajó la mirada. Ojos oscuros como tierra mojada después de lluvia, se quedaron fijos en el rostro del patrón 3 segundos. No rogó, no gritó. Solo asintió una vez lento.
Lo que don Herminio no sabía era que esas hormigas llevaban más de 30 años cavando hacia abajo, 6, 7, 8 metros bajo la superficie, donde la roca cambia de color y el cuarzo se vuelve pesado, veteado de algo amarillo que brilla cuando el sol lo toca. No buscaban comida, estaban excavando una fortuna y la estaban subiendo grano a grano a los pies del único hombre que jamás las había molestado.
La hacienda San Rafael del Cerro se extendía sobre 600 hectáreas de suelo volcánico en Potosí. Cercas de alambre brillante, portón de hierro forjado con iniciales HCS, dos perros dóberman. Don Herminio la había heredado a los 23 años cuando su padre murió de un infarto. No guardó luto, sacó calculadora y empezó a restar salarios de los peones como gastos de mantenimiento.
Desde entonces cada trabajador pagaba por la casilla donde dormía, por el agua del pozo que él mismo había cavado, por la leña que recogía del monte. Lo que les quedaba nunca alcanzaba para carne ni zapatos.
Manos siempre limpias, rosadas, botas de cocodrilo importadas con hebillas de plata.
Segundo, en cambio, tenía 60 años, manos como corteza de árbol viejo, espalda encorvada como arco tensado. Cicatriz blanca en antebrazo del 93, otra en ceja. Pero ojos que seguían mirando de frente.
Cuando el viejo don Aurelio aún vivía, solía sentarse en una piedra al borde del campo y decirle:
— Cuando me vaya, Segundo, esta tierra va a ser tuya. Un pedazo bueno al pie del cerro donde crece la quinua sin pedir permiso. Te lo prometo por la memoria de mi madre.
Segundo nunca pidió papel. La palabra en el altiplano vale más que notario. Cuando don Aurelio murió, guardó la promesa en el pecho como brasa envuelta en ceniza.
Tenía una mujer, Marcela, que le llevaba almuerzo todos los días — olla de chairo con chuño y charque envuelta en aguayo descolorido — 40 minutos caminando desde la casilla hasta donde cavaba. Se sentaba en piedra mirándolo comer sin hablar. No tenían hijos. Tenían costumbre de estar juntos en silencio.
Y estaba el hormiguero en la esquina lejana donde los surcos se rendían ante terreno valdío lleno de piedras. Don Aurelio lo había respetado siempre. Decía que las hormigas eran verdaderas dueñas de esa esquina. Pero don Herminio lo odiaba. Odiaba esa mancha roja en su tierra perfecta.
Durante tres años intentó destruirlo. Veneno en polvo, querosén vertido en túneles, fuego. Contrató fumigador de Oruro que cobró 3000 bolivianos por inyectar gas tóxico. Nada funcionó. Las hormigas volvían, reorganizaban túneles, sellaban entradas envenenadas.
Segundo las observaba al atardecer, sentado en piedra. No porque le gustaran, sino porque en 26 años de cavar papas un hombre necesita algo que no sea tierra y sudor para no volverse loco. Y eran lo único que no le obedecía a don Herminio. Les hablaba en aimara como a nietos que no tiene:
— Tranquilas, hermanitas, él se va a cansar antes que ustedes.
PARTE 2: LA LIQUIDACIÓN
La llamada llegó a las 6 de la mañana. René golpeó puerta de adobe donde Segundo dormía junto a Marcela.
— El patrón quiere verte ahora en la oficina.
Marcela le apretó mano bajo manta.
— Ve con cuidado, y no le bajes la mirada. Tú no le debes nada.
La oficina estaba en segundo piso de casa principal. Segundo subió escaleras con botas llenas de barro seco, dejando huellas rojizas. Sabía que eso molestaba al patrón y no le importó. Sus botas llevaban 26 años pisando esa tierra.
Don Herminio detrás de escritorio de nogal pulido, camisa blanca planchada, botas de cocodrilo brillando bajo lámpara de bronce que costaba más que 5 años de salario de Segundo. Atrás, los tres capataces.
— Siéntese — dijo don Herminio sin levantar vista.
Segundo no se sentó.
— Segundo, 26 años. Lleva usted arrastrando esa espalda por mis campos. Mírese. 60 años. Las manos que ya no agarran el azadón como antes, la rodilla izquierda que le cruje. El año pasado se cayó dos veces en el sur. Cada vez que se cae, tres hombres tienen que dejar su fila para levantarlo. Eso es dinero de mi bolsillo.
Abrió carpeta y sacó hoja.
— Aquí tiene su liquidación. 26 años de servicio. Según la ley le corresponden 14,300 bolivianos. Pero hay que descontar alquiler de la casilla, 26 años a 200 por mes, son 62,400, más el agua del pozo, más la leña, más el préstamo que le hice a su mujer para medicinas en 2019.
Dejó caer hoja.
— Haciendo cuentas usted me debe plata a mí, pero soy generoso. Vamos a empatar.
Silencio denso. Segundo sintió nudo en garganta duro como piedra de río, pero no gritó. Respiró hondo.
— Don Aurelio me prometió un pedazo de tierra, patrón, al pie del cerro, donde crece la quinua. Me lo prometió por la memoria de su madre. Yo no pedí papel, pedí palabra y la palabra de un hombre en esta tierra vale más que escritura.
Don Herminio soltó carcajada seca. René escupió. Faustino silbó burlón.
— Las promesas verbales mueren con quien las hizo. Mi padre está bajo tierra hace 8 años. Lo que él dijo se pudrió con él. No hay papel, no hay firma, no hay nada. Y lo que no está escrito no existe.
Segundo cerró ojos un segundo. Cuando los abrió no había rabia, era tristeza vieja que ya no dolía, solo pesaba.
— Está bien. Entonces págueme como pueda.
Don Herminio se recostó, se tocó hebilla de plata y sonrió con todos los dientes.
— ¿Quiere algo justo? Le voy a dar algo justo.
Señaló hacia ventana, hacia terreno valdío.
— Esa esquina del baldío, la que tiene el hormiguero, esa plaga que llevo un año tratando de matar y no puedo. Se la regalo. El terreno, el montículo y todas esas malditas hormigas son suyas. Es lo único que le corresponde.
René soltó carcajada.
— ¡El rey de las hormigas! ¡Patrón del hormiguero!
— Llévate ese nido de plagas — dijo don Herminio poniéndose de pie —. Llévate y vete de mi hacienda antes de que caiga el sol. Y llévate a tu mujer, a tus trapos, a tu olor a tierra. 26 años cavando papas para terminar criando bichos.
Segundo recogió hoja de liquidación, la dobló en cuatro, se la guardó en bolsillo de camisa.
— Usted me da lo que cree que es basura, patrón. Pero Dios escribe por líneas que usted no sabe leer y la cuenta de Dios no admite descuentos. Lo que usted me quita hoy, el cielo me lo devuelve multiplicado.
— Lárguese.
Segundo bajó escaleras. Cada escalón crujía. En puerta estaba Marcela esperándolo con aguayo vacío al hombro y ojos rojos.
— ¿Qué te dio?
Segundo miró hacia horizonte, hacia esquina del baldío.
— Un pedazo de tierra con hormigas.
Marcela asintió.
— Entonces vamos a ver qué tienen esas hormigas que decir.
Caminaron a casilla a recoger cosas. Olla de barro, dos mantas, cuchillo sin filo, rosario de cuentas negras que había sido de madre de Marcela. Todo lo que 26 años de sudor habían producido cabía en dos bultos.
Peones levantaron cabeza mientras cruzaban patio. Nadie se acercó, tenían miedo. Solo Justino, el más viejo, 31 años en hacienda, se quitó sombrero cuando Segundo pasó.
Al pasar junto a terreno baldío, Segundo se detuvo. Miró hormiguero bajo luz anaranjada.
Miles de hormigas marchaban en columnas, cargando hojas indiferentes al veneno, al fuego, al querosén.
Segundo las miró largo minuto y dijo en voz baja en aimara:
— Tranquilas hermanitas, ya nadie les va a hacer daño. Ahora son mías y yo no mato lo que Dios puso en mi camino.
Desde ventana del segundo piso don Herminio los vio alejarse. Dos figuras pequeñas encorvadas, cargando bultos, perdiéndose en polvareda dorada. Sonrió, se sirvió Singani. Brindó con su propio reflejo.
PARTE 3: LO QUE SUBÍAN
El terreno que le había arrojado como hueso a perro viejo estaba a 3 km de la aldea de Huanuni, al pie de un cerro pelado donde ni quinua crecía. Rectángulo de tierra roja agrietada, piedras afiladas como dientes rotos y arbustos secos. En esquina norte hormiguero se alzaba como catedral en miniatura. Y junto a él casilla de adobe con techo hundido a medias, puerta sin bisagra y pozo seco.
Eso era todo. Eso era pago de 26 años.
Marcela soltó bultos. Olla rodó hasta pared.
— Cuatro paredes y un techo que gotea y un pozo que no da ni saliva.
— Cuatro paredes es más de lo que muchos tienen — dijo Segundo —. Y el pozo puede esperar.
Lo primero que tenían era sed. Agua que traían en botella de 2 litros se acabó antes de mediodía. Marcela caminó 40 minutos a aldea y volvió con balde a medias. Segundo intentó cavar pozo seco con pala que encontró entre escombros. A los tres palmos tierra se volvió cuarcita dura como hueso y pala rebotó con sonido metálico.
No había agua, no comida, no sombra. Sol de Potosí caía blanco, vertical, sin piedad. Primera noche la pasaron en suelo sobre mantas, techo roto dejando entrar frío que cortaba. Segundo no durmió. Escuchó sonido suave, constante, como susurro subterráneo. Miles de patas diminutas moviendo tierra. Hormigas trabajaban de noche, siempre.
Segundo día dejó de intentar cavar pozo. Se sentó junto a hormiguero para mirarlo. Horas con espalda contra piedra, manos sobre rodillas, observando columnas que entraban y salían llevando hojas, tierra, pequeños fragmentos de roca que brillaban bajo sol con destello raro amarillento.
— ¿De dónde sacan eso, hermanitas? ¿De dónde tan abajo están cavando que traen piedras que brillan?
Tercera noche soñó con don Aurelio. Viejo patrón sentado en piedra al borde del campo con sombrero en manos:
— La palabra se pudre, Segundo. Lo que prometí se pudrió conmigo, pero la tierra no. La tierra guarda lo que el hombre olvida. Cava donde las hormigas cavan, que ellas saben lo que el hombre no sabe.
Se despertó con corazón latiendo raro. Salió, caminó hasta hormiguero bajo luna llena y puso mano sobre tierra del montículo. Estaba caliente, viva, vibrando con movimiento de miles de cuerpos.
— Dios mío, yo no soy nada. Soy solo polvo que camina. 60 años y manos vacías. Pero estas criaturas son tuyas. Si tú las pusiste aquí, si tú las dejaste cavar 30 años en este rincón olvidado, entonces algo me estás diciendo.
Mientras Segundo hablaba con Dios en oscuridad, a 6 km en oficina de San Rafael, don Herminio se servía tercer vaso de singani con botas sobre escritorio.
— 26 años y se fue con nido de bichos. Ni siquiera pidió plata, ni lloró — le decía a René —. Está loco ese indio. Va a criar hormigas y se va a morir de hambre en una semana.
— En tres días, máximo tres — corrigió don Herminio —. Y cuando vuelva a pedir trabajo le voy a ofrecer limpiar establos por mitad de lo que le pagaba y me va a decir gracias.
Al cuarto día Segundo encontró algo. Sentado junto a montículo, una hormiga pasó junto a su bota cargando fragmento de roca del tamaño de lenteja. Brillaba, no como vidrio al sol, brillaba por dentro con resplandor cálido amarillo.
Extendió mano despacio y recogió fragmento donde hormiga lo dejó caer. Lo sostuvo entre índice y pulgar, lo giró bajo luz. Pesaba más de lo que debía para su tamaño y tenía vetas doradas como hilos de miel congelada.
Se arrodilló, hundió manos en montón que hormigas habían acumulado alrededor de base y sintió entre granos algo que pesaba, que brillaba. Sacó puñado, abrió sobre palma y ahí estaban decenas de partículas amarillas diminutas, irregulares, mezcladas con arena. No eran una ni dos, eran cientos, miles, como si hubieran espolvoreado oro molido.
— ¡Marcela, ven!
Ella vino, se arrodilló. Él abrió mano. Luz de atardecer baja golpeó partículas y destello fue tan intenso que Marcela parpadeó.
— ¿Qué es eso?
Durante tres días más Segundo no durmió. Se arrastraba alrededor del montículo desde amanecer hasta oscuridad recogiendo puñados de tierra de montones que hormigas habían acumulado durante décadas, separando con dedos partículas brillantes. Llenó lata de conserva, luego otra, luego frasco de vidrio. Cada grano era diminuto, menor que semilla de quinua, pero pesado. Lata llena pesaba como piedra de río.
Marcela lo miraba sin decir nada. Le traía agua, lo poco de comida.
Al cuarto día caminó hasta aldea de Huanuni con frasco en bolsillo pegado al pecho. Preguntó por geólogo. Le dijeron que no había. Un viejo minero jubilado le dijo:
— Hay oficina del Sergeomin en Potosí. Ahí hay ingenieros, pero no van a venir por frasco de tierra.
Segundo volvió. Fue Marcela quien tuvo idea:
— Escribe una carta. No vayas tú. Mándales muestra, que ellos vengan.
Marcela había ido a escuela hasta tercero básico, letra redonda, clara. Escribió en papel de cuaderno:
“Señores del Servicio Geológico de Bolivia, mi nombre es Segundo Apaza Colque. Vivo en Huanuni, Potosí. En mi terreno hay un hormiguero de 30 años. Las hormigas traen a superficie partículas que brillan como oro. Adjunto muestra. Les pido que vengan a ver. No tengo plata para viaje, pero tengo ojos para mostrar.”
Dobló papel, metió dentro tres fragmentos más pesados, selló y dejó en oficina de correos de Huanuni con últimos cinco bolivianos que les quedaban.
Respuesta tardó 23 días. 23 días donde no comieron más que chuño hervido y agua. 23 días donde Marcela adelgazó 3 kilos y Segundo desarrolló tos seca, pero no se rindieron porque hormigas no se rendían.
Camioneta blanca con logotipo del Sergeomin apareció en camino de tierra una mañana de martes levantando nube de polvo rojo. Dentro venían conductor joven y hombre de 45 años, delgado, barba recortada, botas de campo gastadas, mochila pesada. Ingeniero Álvaro Riquelme Torres, geólogo especializado en exploración geoquímica.
12 años recorriendo altiplano buscando vetas de estaño y litio, y nunca había recibido carta a mano con tres piedras dentro.
Segundo estaba esperando sentado en piedra de siempre.
— Ahí, ingeniero, ahí abajo. Ellas lo están sacando.
Álvaro miró hormiguero, miró montones de tierra, se arrodilló, sacó lupa, recogió puñado del montón más cercano, abrió sobre palma y se quedó inmóvil.
Luego levantó cabeza, voz apenas susurro:
— ¿Cuánto tiempo llevan estas hormigas aquí?
— Más de 30 años.
Álvaro cerró ojos.
— Lo que tengo en mano es cuarzo aurífero, oro aluvial mezclado con roca madre y la concentración es de 4 a 6 gramos por tonelada. En mina industrial eso justifica explotación. Pero esto no es mina, es hormiguero. Las hormigas están haciendo trabajo de perforación por usted. Están subiendo mineral de una veta que debe estar a 6, 7, 8 metros de profundidad.
— En África, Australia, sur de Bolivia, se usa la bio-geoquímica. Se analizan montículos de termitas y hormigas para detectar depósitos minerales sin perforar. Lo que sus hormigas han hecho durante 30 años es exactamente eso. Han perforado por usted, han subido muestra por usted, han hecho estudio geológico por usted gratis durante tres décadas.
Se puso de pie, marcó coordenadas con GPS, hizo fotos, llenó tres bolsas con tierra y luego se sentó contra piedra.
— Señora Pasa. Lo que hay debajo de este montículo, si mis cálculos no fallan, es una veta de cuarzo aurífero con extensión lateral de al menos 200 metros y profundidad entre 6 y 12 metros. Estoy hablando de un depósito que en mercado actual podría valer entre 3 y 5 millones de dólares, tal vez más, y usted lo tiene literalmente debajo de sus pies.
Segundo miró hacia abajo, sus botas, tierra roja, columnas de hormigas indiferentes cargando oro sin saber que era oro y sintió algo en pecho que no era alegría, era gratitud tan grande que le apretaba garganta y nublaba ojos.
Se arrodilló, puso manos en tierra y dijo en aimara para que solo escucharan hormigas y Dios:
— Gracias hermanitas. Gracias por no rendirse. Gracias por cavar cuando yo ya no podía.
Álvaro lo miró arrodillado hablando con insectos y sintió nudo en garganta. 12 años de geología y nunca había visto hombre agradecerle a montículo y llorar de gratitud.
— Hay que hacer estudio formal, hay que traer equipo, tramitar derechos mineros. Esto es suyo, pero necesita protección legal, técnica.
Segundo se puso de pie, se limpió manos, miró a Álvaro a ojos y dijo lo que ningún geólogo esperaba de campesino de 60 años con manos agrietadas y frasco de oro en polvo en bolsillo:
— Ingeniero, no quiero mina, no quiero máquinas, no quiero que me revienten la tierra. Quiero estudio, quiero saber qué hay y si hay lo que usted dice, quiero que sea para gente de Huanuni. Una cooperativa, un fondo, escuela para niños que hoy caminan 10 km para aprender a leer, puesto de salud para mujeres que se mueren pariendo porque no hay médico a menos de 3 horas. Eso es lo que quiero, no mina, un futuro.
Álvaro se quitó gorra, se la puso sobre pecho:
— Señora Pasa, en 12 años he visto mineros enriquecerse y volverse locos. He visto empresas destruir cerros enteros por una veta. Y nunca he visto hombre decir que lo que tiene debajo de pies no es para él, sino para su gente. Usted es la persona más rica que he conocido y no tiene un solo billete en bolsillo.
Esa noche Segundo y Marcela cenaron chuño hervido con sal, pero por primera vez en tres semanas comieron juntos en mesa improvisada con tabla sobre dos piedras. Y por primera vez Segundo sonrió.
PARTE 4: LA TIERRA QUE NO ERA SUYA
La noticia llegó a hacienda San Rafael un jueves por tarde, llevada por peón que había bajado a Huanuni a comprar tabaco.
— Patrón — dijo René entrando sin tocar, gorra en manos y ojos muy abiertos —. Dicen que viejo Segundo encontró algo en ese pedazo que le regaló. Dicen que vinieron ingenieros de la ciudad. Dicen que hay oro debajo del hormiguero.
Don Herminio dejó caer vaso de Singani sobre escritorio. Líquido se derramó sobre papeles.
— ¿Qué dijo?
— Oro, patrón. Debajo del montículo, los del Sergeomin vinieron con máquinas, GPS. Dicen que es veta grande.
Don Herminio no durmió esa noche ni la siguiente. Se paseaba con botas puestas, cinturón plata abrochado hasta último agujero, repitiendo como rezo invertido:
— Esa tierra es mía. Esa tierra es mía.
Al tercer día llamó a abogado, doctor Ramiro Valdés, flaco con lentes montura dorada.
— Ramiro, ese terreno lo regalé yo. Está dentro de mi hacienda. Todo lo que hay debajo es mío. Quiero amparo, quiero orden. Quiero que me devuelvan lo que es mío.
Llegaron martes al amanecer. Tres camionetas negras con vidrios polarizados. Dentro venían don Herminio, doctor Valdés, René y dos hombres de traje gris de empresa minera de Santa Cruz.
Se estacionaron frente a casilla de adobe donde Segundo vivía con Marcela. Don Herminio caminó hacia puerta con pasos firmes, barbilla alta, mano derecha en hebilla de plata.
Golpeó tres veces.
— Segundo, abra. Vengo a hablar de lo que es mío.
Puerta se abrió. Segundo de pie con taza de mate y manta sobre hombros, cara lavada, pelo cano peinado atrás y esos ojos oscuros que miraban de frente. Detrás Marcela sentada junto a mesa con rosario entre dedos. No había miedo en casilla, solo calma densa, antigua.
— Buenos días, patrón.
— Escúcheme bien, viejo. Ese terreno está dentro de hacienda San Rafael del Cerro. Escrituras están a mi nombre. Todo lo que hay encima y debajo me pertenece. El oro que esos ingenieros encontraron es mío y usted que se llevó nido de bichos no tiene derecho a nada. Firma aquí o le meto demanda que lo entierra.
Segundo dejó taza sobre marco, se cruzó de brazos y habló con voz baja que parecía salir de debajo de tierra:
— Usted me dio ese terreno como pago. Delante de tres capataces, delante de su propia boca, dijo: “Llévate ese nido de plagas, es lo único que te corresponde.” Lo dijo usted. Lo escucharon René, Faustino y el Chato. Lo escuchó Marcela. Lo escuchó Dios. Y lo que se da no se quita. Usted me regaló ese pedazo con todo lo que había encima y debajo, porque usted no sabía lo que había debajo, pero yo sí recibí lo que me dio.
Doctor Valdés dio paso al frente:
— Señora Pasa, entiendo su posición, pero la ley es clara. Terreno está dentro de propiedad registrada a nombre de don Herminio. No existe título de transferencia. Sin papeles palabra no tiene valor legal.
Segundo lo miró largo.
— ¿En qué papel está escrito que un hombre le debe 26 años de sudor a otro y no recibe nada? ¿En qué escritura dice que patrón puede cobrarle a su peón por agua que él mismo sacó del pozo?
Don Herminio dio otro paso, a un metro de Segundo.
— No me venga con sermones, viejo. Yo soy dueño de esa tierra y lo que hay debajo es mío. Voy a meter máquinas, perforar, sacar cada gramo de oro y usted no va a ver ni centavo, porque usted no es nadie.
Segundo asintió lento.
— Las hormigas no firman contratos, repitió. Pero las hormigas llevan 30 años cavando en esa tierra. 30 años. Usted intentó matarlas, veneno, fuego, querosén y no pudo. ¿Sabe por qué? Porque esa tierra no es suya, patrón. Nunca lo fue. Esa tierra es de las hormigas y las hormigas decidieron dármelo a mí.
Entonces sucedió algo que nadie esperaba. Suelo empezó a vibrar. No era temblor, era movimiento tenso, constante, que venía de abajo, como si tierra misma respirara.
Y del hormiguero, a 30 metros de casilla empezaron a salir hormigas, no en columnas, no en filas, en masa, miles, decenas de miles, cientos de miles. Marea rojiza que se extendió por suelo como río vivo avanzando hacia donde estaban don Herminio y sus hombres.
Chato Mamani dio grito. René retrocedió. Hombres de traje gris soltaron maletines y corrieron a camionetas. Doctor Valdés se subió a piedra con pantalones arremangados, cara blanca.
Don Herminio no se movió. Hormigas llegaron, rodearon botas, subieron por cuero, se metieron entre costuras. Gritó, grito agudo, infantil. Sacudió piernas, pateó. Hormigas no se iban.
— ¡Quítenmelas, quítenmelas! — gritó mirando a René, que estaba paralizado.
Segundo no se movió, no sonrió.
Hormigas se detuvieron a altura de rodillas. No subieron más, no picaron, solo estuvieron ahí cubriéndole botas, pantalones, como advertencia viva. Esta tierra no es tuya, nunca lo fue. Vete.
Don Herminio retrocedió. Un paso. Dos, tres. Se giró. Corrió hacia camioneta, se metió dentro, cerró puerta y desde vidrio polarizado con cara roja y manos temblando miró a Segundo por última vez.
Segundo levantó mano, no saludó, solo palma abierta como diciendo: ya está, ya no vuelve.
Camionetas arrancaron, polvo rojo se levantó. En menos de 2 minutos camino estaba vacío. Solo quedaba polvo suspendido y silencio del altiplano, y hormigas que volvieron a columnas, a su trabajo eterno.
Dos semanas después llegó noticia a Huanuni. Empresa minera de Santa Cruz, misma que don Herminio trajo como respaldo, había hecho propia investigación. Descubrieron que terreno donde estaba hormiguero nunca había sido formalmente inscrito como parte de hacienda San Rafael. Don Aurelio lo había dejado como terreno comunal en acta de 1974, pero nunca se hizo transferencia.
Legalmente ese pedazo no tenía dueño registrado y en ley boliviana lo que no tiene dueño y es reclamado por uso y posesión pertenece a quien lo ocupa. Segundo lo ocupaba. Segundo vivía ahí. Autoridades comunales de Huanuni lo reconocieron como poseedor legítimo. Oro era suyo.
Don Herminio contrató otro abogado y otro y otro. Gastó 40,000 bolivianos en recursos legales que fueron rechazados uno tras otro. Hacienda, que ya venía arrastrando deudas de tres cosechas malas, empezó a hundirse. Proveedores dejaron de fiar. Peones sin cobrar se fueron. René, Faustino y Chato se fueron sin despedirse.
Don Herminio se quedó solo en casa de piedra sillar, con botas de cocodrilo y vaso de singani, mirando campos vacíos desde balcón. Botas seguían brillando. Hebilla seguía plata, pero ya no había nadie que dijera sí, patrón.
Tres meses después banco ejecutó hipoteca. Hacienda San Rafael salió a remate. Se vendió por fracción de lo que había valido. Don Herminio firmó con mano que temblaba. Le dieron 30 días para desalojar. 30 días para recoger botas, cinturón, lámpara y salir por portón de hierro con iniciales HCS, que ahora no significaban nada. Un hombre solo con maleta caminando por camino de tierra hacia futuro sin nombre, exactamente como Segundo había caminado tres meses antes, con diferencia: Segundo caminó con cabeza alta. Don Herminio con cabeza gacha.
La cooperativa minera de Huanuni se fundó 8 meses después del descubrimiento. No fue mina a cielo abierto, no hubo máquinas devorando tierra, fue extracción artesanal, cuidadosa, con manos de mismos hombres que durante generaciones habían cavado papas.
Oro salía despacio, grano a grano, como hormigas lo habían sacado durante 30 años. Y con cada grano, parte iba a fondo común. Escuela de dos aulas con techo de calamina y ventanas mirando al cerro. Puesto de salud con enfermera y médico que venía tres veces por semana desde Potosí. Tanque de agua que por primera vez en historia de Huanuni no se secaba en agosto.
Segundo no se quedó con parte mayor. Recibió lo mismo que cualquier socio.
— Yo no encontré oro — decía —. Lo encontraron hormigas. Yo solo tuve paciencia de no matarlas.
Marcela seguía llevándole almuerzo al montículo cada mediodía. Chairo con chuño y charque, se sentaban juntos en piedra plana y comían en silencio mirando columnas de insectos que subían y bajaban como respiración constante de tierra.
De don Herminio se decía poco, que había vendido botas de cocodrilo en mercado de Oruro por 200 bolivianos, que dormía en casilla prestada en afueras de ciudad, que a veces cuando hambre apretaba se sentaba al borde del camino con mano extendida y camioneros que pasaban no lo reconocían, y si lo reconocían no se detenían.
Segundo lo vio una vez. Domingo bajando a Huanuni a comprar sal. Don Herminio estaba sentado junto a carretera con sombrero roto en manos y ojos hundidos, sin brillo, sin soberbia, sin nada. Segundo se detuvo, lo miró, no se burló, se acercó, sacó billete, dobló y dejó en sombrero. Don Herminio levantó cabeza, ojos se encontraron y en esa mirada no hubo odio ni venganza, solo dos hombres, uno que había tenido todo y lo había perdido, y otro que no había tenido nada y lo había recibido. Segundo asintió una vez lento y siguió caminando.
Años después viajeros que cruzaban camino entre Huanuni y Cerro Rico contaban historia de viejo que vivía al pie de hormiguero. Hombre de espalda encorvada y manos como cortezas que se sentaba cada atardecer en piedra plana junto a montículo rojo y miraba columnas marchar como quien mira río que nunca se detiene. Decían que hablaba con ellas en aimara, que les daba gracias, que les dejaba agua en lata los días de sequía y que nunca jamás había intentado mover una sola piedra de ese montículo.