Me perdí en el monte con mi caballo… y el Charro Negro me dio un vaso con agua

Nunca le aceptes agua a un desconocido si aparece en medio del monte

Nunca le aceptes agua a un desconocido si aparece en medio del monte.

Eso me lo decía mi abuelo desde que yo era niño.

Lo repetía cada vez que alguno de nosotros tenía que salir de madrugada, cruzar un cerro o pasar la noche lejos del pueblo.

—Si alguna vez te pierdes en el monte —decía— y aparece un hombre vestido completamente de negro, no le aceptes comida, no le aceptes agua y, sobre todo, no le preguntes hacia dónde queda el camino.

Nosotros nos reíamos.

Éramos muchachos.

Creíamos que los viejos inventaban historias para mantenernos cerca de la casa.

Mi abuelo tenía muchas.

Decía que había caminos que no debían recorrerse después de medianoche. Que algunas luces que aparecían entre los árboles no eran de personas. Que cuando un perro ladraba hacia un lugar donde aparentemente no había nada, era mejor no mirar.

Pero había una historia que nunca contaba completa.

La del Charro Negro.

Cuando le preguntábamos qué podía pasar si uno se encontraba con él, mi abuelo simplemente se persignaba y decía:

—Hay cosas que uno no necesita conocer para creer en ellas.

Yo nunca le hice caso.

Hasta aquella noche.

Fue hace aproximadamente quince años, cuando todavía trabajaba llevando ganado entre ranchos de la sierra de Jalisco.

En aquella época conocía los caminos como la palma de mi mano.

Había crecido entre cerros, barrancas y potreros.

Sabía reconocer un sendero por la inclinación de la tierra, distinguir una vereda de animales de una hecha por hombres y calcular más o menos cuánto tardaría un caballo en llegar de un rancho a otro.

No era ningún experto.

Pero tampoco era un novato.

Y por eso, durante mucho tiempo, intenté convencerme de que lo que ocurrió aquella noche tuvo alguna explicación.

Que estaba cansado.

Que me desorienté.

Que la niebla me hizo perder la noción del tiempo.

Que el miedo convirtió cosas normales en algo extraño.

Eso es lo que me dije durante años.

Hasta que comenzaron a ocurrir otras cosas.

Pero todo empezó con Lucero.

Lucero era un caballo viejo que había pertenecido a mi padre.

No era bonito.

Tenía una mancha blanca sobre el hocico, una oreja ligeramente caída y una cicatriz larga en el costado izquierdo.

Pero era fuerte.

Y, sobre todo, conocía aquellos caminos mejor que yo.

Había pasado tantos años recorriendo la sierra que parecía capaz de regresar a casa incluso con los ojos cerrados.

Por eso aquella tarde no me preocupaba demasiado haber salido tarde.

Había llevado unas reses de un rancho a otro y el trabajo se había alargado.

Cuando terminé, el sol ya estaba bajando detrás de los cerros.

Pensé que todavía tenía tiempo.

Me equivoqué.

Al principio todo fue normal.

El cielo adquirió ese color naranja que dura apenas unos minutos antes de que la noche caiga por completo.

Los pájaros comenzaron a desaparecer entre los árboles.

El ganado quedó atrás.

Yo seguí avanzando con Lucero por una vereda estrecha.

Conocía el camino.

O eso creía.

Después de unos cuarenta minutos, la luz desapareció.

Saqué una lámpara pequeña que llevaba en la mochila.

No servía de mucho.

Apenas iluminaba unos metros delante del caballo.

Pero no me preocupaba.

Lucero seguía caminando con seguridad.

Hasta que llegamos a una bifurcación.

Yo recordaba que debía tomar el sendero de la derecha.

Lucero se detuvo.

—Vamos —le dije.

No avanzó.

Tiré suavemente de las riendas.

El caballo giró la cabeza hacia mí.

Parecía nervioso.

—¿Qué pasa?

Sus orejas estaban levantadas.

Miraba fijamente hacia el camino de la izquierda.

No había nada.

Solo árboles.

Le di unas palmadas en el cuello.

—Vamos, Lucero.

Finalmente avanzó.

Tomamos el sendero de la derecha.

Durante los siguientes veinte minutos no pensé demasiado en aquello.

Pero entonces apareció algo extraño.

La misma bifurcación.

Me quedé mirando los dos caminos.

No podía ser.

Habíamos avanzado.

Estaba seguro.

Incluso recordaba haber pasado junto a un árbol enorme partido por un rayo.

Y allí estaba otra vez.

El mismo árbol.

La misma piedra.

La misma rama caída atravesando parcialmente el sendero.

Pensé que quizá había dado una vuelta sin darme cuenta.

Regresé.

Tomé la otra vereda.

Esta vez marqué un árbol con mi machete.

Una hora después volví a encontrar la marca.

La sangre se me heló.

Había regresado exactamente al mismo lugar.

Entonces comenzaron a desaparecer los sonidos.

Primero dejaron de escucharse los grillos.

Después los pájaros.

Luego el viento.

El monte quedó completamente silencioso.

Ni una hoja se movía.

Ni una rama crujía.

Solo escuchaba los cascos de Lucero golpeando la tierra seca.

Tac.

Tac.

Tac.

Tac.

Y cada golpe parecía sonar demasiado fuerte.

Lucero comenzó a sudar.

Su respiración se volvió pesada.

Yo también sentí que me faltaba el aire.

Miré el cielo.

La luna apenas podía verse entre la niebla.

No entendía de dónde había salido tanta niebla.

La sierra estaba cubierta por una especie de vapor blanco que se arrastraba entre los árboles.

Fue entonces cuando escuché otro caballo.

Al principio pensé que era imaginación.

Un golpe.

Después otro.

Tac.

Tac.

Tac.

No venía detrás.

Tampoco delante.

Parecía acercarse desde un lugar que no podía identificar.

Lucero levantó la cabeza.

Se quedó completamente inmóvil.

El sonido continuó.

Cada vez más cerca.

Hasta que, entre la niebla, apareció un caballo.

Negro.

Completamente negro.

Era enorme.

Mucho más grande que Lucero.

Su cuerpo parecía absorber la luz de la luna.

Sobre él había un hombre.

Llevaba un sombrero ancho.

Traje negro.

Botas negras.

Un sarape oscuro sobre los hombros.

Todo en él era negro.

No pude distinguir ni una sola parte de su ropa que reflejara la luz.

Se detuvo a unos metros.

Yo agarré las riendas con fuerza.

El hombre levantó ligeramente la cabeza.

No pude verle bien el rostro.

Solo sus ojos.

Brillaban.

Demasiado.

—Buenas noches —dijo.

Su voz era grave.

Extrañamente tranquila.

Yo tardé unos segundos en responder.

—Buenas noches.

—¿Está perdido?

—Sí.

El hombre sonrió.

No parecía sorprendido.

Ni preocupado.

Como si ya supiera exactamente dónde estaba yo.

—Estos caminos pueden ser traicioneros.

No contesté.

El caballo negro permanecía inmóvil.

Pero entonces noté algo.

No escuchaba su respiración.

Ni el movimiento de sus patas.

Nada.

Miré el suelo.

La tierra estaba húmeda por la niebla.

Los cascos de Lucero habían dejado marcas.

El caballo negro no.

Me quedé mirando.

No había huellas.

Ninguna.

El animal estaba parado frente a mí, pero sus patas no parecían tocar realmente el suelo.

Sentí un escalofrío.

El hombre metió una mano dentro de su sarape.

Lucero retrocedió.

—Tranquilo —dijo él.

Sacó un pequeño vaso de metal.

Estaba lleno de agua.

Agua perfectamente cristalina.

La sostuvo hacia mí.

—Tome.

No sé por qué, pero en ese instante sentí una sed terrible.

No una sed normal.

Sentía la lengua seca.

La garganta me ardía.

Parecía que llevaba días sin beber.

—Está cansado —continuó el hombre—. Beba.

Miré el vaso.

El agua parecía fría.

Incluso podía escucharla moverse ligeramente.

Una gota cayó sobre el borde metálico.

Sentí unas ganas desesperadas de tomarlo.

Mi mano comenzó a levantarse.

Entonces Lucero relinchó.

No había escuchado jamás un sonido así salir de él.

Se levantó ligeramente sobre las patas traseras y casi me tiró.

—¡Lucero!

El caballo temblaba.

El hombre observó al animal.

Y sonrió.

—Su caballo sabe cosas que usted no.

Aquella frase me hizo recordar a mi abuelo.

De pronto regresaron a mi cabeza todas aquellas palabras.

“No aceptes nada del Charro Negro.”

Me quedé inmóvil.

El hombre seguía sosteniendo el vaso.

—Tome.

Tragué saliva.

—Gracias.

Intenté sonar tranquilo.

—Pero llevo agua conmigo.

La sonrisa desapareció.

No lentamente.

De golpe.

Como si alguien hubiera apagado algo dentro de su rostro.

El silencio se volvió más profundo.

Entonces levantó la cabeza.

Y lo vi.

Su cara comenzó a cambiar.

La piel parecía estirarse.

Los pómulos se hundieron.

La boca se abrió demasiado.

Los ojos perdieron el brillo humano y se volvieron completamente negros.

Negros como pozos.

Lucero comenzó a patear el suelo.

Yo no podía moverme.

El caballo negro también empezó a cambiar.

Su cuello se alargó.

Las patas parecieron hacerse más delgadas.

Su cuerpo se convirtió en una masa oscura que parecía humo.

Y detrás de aquella criatura aparecieron dos puntos rojos.

Como brasas.

El hombre me miró.

Ya no parecía un hombre.

—Todos aceptan —dijo.

Su voz sonó distinta.

Más profunda.

Más vieja.

—Tarde o temprano.

Lucero salió corriendo.

No tuve tiempo de pensar.

Me aferré a las riendas.

Sentí ramas golpeándome la cara.

El caballo galopaba como si algo viniera detrás de nosotros.

No miré.

Solo escuchaba.

Al principio escuché los cascos de Lucero.

Después escuché otros.

Detrás.

Tac.

Tac.

Tac.

Tac.

Más rápidos.

Más pesados.

El caballo negro nos seguía.

Yo quería voltear.

No lo hice.

Recordé otra cosa que decía mi abuelo.

“Si alguna vez te encuentras con algo que no debería estar ahí, no le des tu espalda… pero tampoco lo mires.”

Nunca entendí cómo podía cumplirse una cosa y la otra al mismo tiempo.

Aquella noche tampoco lo entendí.

Solo cerré los ojos un instante y recé.

Cuando los abrí, el cielo comenzaba a aclararse.

Lucero seguía corriendo.

Pero ya no escuchaba al otro caballo.

Finalmente llegamos a una zona conocida.

Reconocí un mezquite.

Después una cerca.

Después una pequeña capilla abandonada.

Habíamos regresado al rancho.

Yo estaba exhausto.

Bajé de Lucero y caí de rodillas.

Mi hermano salió corriendo al verme.

Detrás de él aparecieron varios hombres.

Todos gritaban.

Yo no entendía nada.

—¿Dónde estabas?

—¿Qué pasó?

—¡Creímos que estabas muerto!

Yo miré el cielo.

—¿Qué día es?

Mi hermano me quedó mirando.

—Martes.

Sentí que el mundo se detenía.

Yo había salido el sábado.

Para mí habían pasado unas horas.

Según ellos, llevaba tres días desaparecido.

Tres días.

Habían organizado una búsqueda.

Habían recorrido los caminos.

Habían encontrado a Lucero una vez, pero luego el caballo había desaparecido.

Y finalmente, al amanecer del martes, aparecí solo.

No llevaba comida.

No llevaba agua.

Mi cantimplora estaba llena.

Eso fue lo primero que me hizo sentir miedo de verdad.

Porque recordaba perfectamente haberla usado durante la noche.

La había abierto.

Había bebido.

Pero cuando mi hermano la revisó, estaba completamente llena.

Como si nunca hubiera tocado el agua.

Durante días estuve enfermo.

No podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos veía aquel vaso.

El agua cristalina.

Los ojos negros.

Y aquella frase.

“Todos aceptan… tarde o temprano.”

Lucero también cambió.

El caballo que antes podía cruzar cualquier sendero se negó a volver al monte.

Si lo acercábamos a la entrada de la sierra, comenzaba a temblar.

Una vez intenté llevarlo por un camino que conocíamos perfectamente.

No avanzó.

Se clavó en el suelo.

Relinchó.

Y comenzó a retroceder.

Nunca volvimos a intentarlo.

Durante mucho tiempo nadie supo qué decirme.

Algunos se burlaron.

Otros dijeron que seguramente había bebido demasiado.

Uno aseguró que había sufrido un golpe en la cabeza.

Yo quería creerles.

Era más fácil.

Pero había cosas que no podían explicar.

Como el hecho de que durante tres días nadie me encontrara.

O que Lucero hubiera regresado solo.

O que no hubiera huellas del caballo negro.

Unos años después conocí a un anciano llamado don Evaristo.

Tenía más de ochenta años y era conocido por saber las historias antiguas de la región.

Yo nunca había hablado con él de lo ocurrido.

Hasta una tarde en que coincidimos en una tienda.

Estábamos hablando de caballos.

Entonces mencioné a Lucero.

Don Evaristo me preguntó:

—¿Ese era el caballo que no quiso volver al cerro?

Lo miré.

—¿Cómo sabe eso?

No respondió inmediatamente.

Solo tomó su café.

—Porque yo conocí a tu abuelo.

Sentí un nudo en el estómago.

Le conté lo que había ocurrido.

No se rio.

No dudó.

No me dijo que estaba loco.

Cuando terminé, permaneció unos segundos mirando la mesa.

Luego preguntó:

—¿Te ofreció agua?

—Sí.

—¿La aceptaste?

—No.

El anciano respiró profundamente.

—¿Estás seguro?

—Sí.

Entonces me hizo una pregunta que todavía no puedo olvidar.

—Cuando rechazaste el agua, ¿estás completamente seguro de que ninguna gota tocó tus labios?

Me quedé callado.

Porque no estaba seguro.

Le expliqué que el vaso se había acercado a mi boca.

Que sentí el olor del agua.

Que había tenido la sensación de una gota fría sobre los labios.

Pero no recordaba haber bebido.

Don Evaristo cerró los ojos.

—Entonces todavía no terminó.

Sentí frío.

—¿Qué quiere decir?

—El Charro Negro no siempre busca llevarse a una persona.

—¿Entonces qué quiere?

El anciano me miró.

—Que aceptes algo.

—¿El agua?

—No importa qué sea.

Comida.

Agua.

Dinero.

Un camino.

Una moneda.

Una ayuda.

Lo que sea.

Lo importante es que tú aceptes.

—¿Por qué?

—Porque una cosa es encontrarlo.

Y otra muy diferente es pertenecerle.

Nunca olvidé esas palabras.

Durante los años siguientes intenté vivir normalmente.

Me casé.

Tuve hijos.

Dejé de trabajar llevando ganado.

Me mudé a un lugar más cerca del pueblo.

No volví a entrar en aquel monte.

Ni siquiera cuando mis amigos insistían.

Pero algo me siguió.

No sé cómo explicarlo.

Al principio eran pequeñas cosas.

Despertaba durante la madrugada con la sensación de que alguien estaba parado junto a mi cama.

Nunca veía nada.

Después comenzaron los sueños.

Siempre era el mismo.

Yo estaba nuevamente en el monte.

Lucero permanecía delante de mí.

El caballo negro aparecía entre la niebla.

El hombre levantaba el vaso.

Yo decía que no.

Entonces él sonreía.

Y despertaba.

Durante años fue así.

Hasta que una noche el sueño cambió.

Esta vez acepté el vaso.

Lo llevé a mis labios.

Y antes de beber, desperté.

Tenía la boca completamente mojada.

Me levanté de golpe.

Encendí la luz.

No había agua en la almohada.

Ni en la sábana.

Nada.

Pensé que quizá había babeado mientras dormía.

Me convencí de eso.

Pero volvió a ocurrir.

Una semana después.

Y otra.

Y otra.

A veces me despertaba con la garganta seca y los labios húmedos.

Otras veces encontraba gotas de agua sobre la mesa de noche.

Una madrugada escuché tres golpes en la ventana.

Toc.

Toc.

Toc.

Me levanté.

Abrí la cortina.

No había nadie.

Pero en el cristal había una marca.

Parecía la huella de una mano mojada.

Desde entonces dejé de dormir con la ventana abierta.

Mis hijos comenzaron a notar que algo me preocupaba.

Nunca les conté la historia.

No quería transmitirles el miedo.

Pero una noche mi hijo mayor, que entonces tenía nueve años, entró corriendo a mi habitación.

—Papá.

—¿Qué pasa?

—Hay un señor afuera.

Sentí que el corazón se me detenía.

—¿Dónde?

Señaló la ventana.

—Está junto a la cerca.

No quise mirar.

Pero finalmente lo hice.

La noche estaba vacía.

No había nadie.

—¿Qué señor?

Mi hijo frunció el ceño.

—El de negro.

No dormí esa noche.

A la mañana siguiente revisé el terreno.

No encontré huellas.

Solo una cosa.

En la cerca había un pequeño vaso de metal.

Oxidado.

Húmedo.

Lo reconocí inmediatamente.

Era igual al que había sostenido aquel hombre.

No lo toqué.

Lo dejé allí.

Cuando regresé con mi esposa, el vaso había desaparecido.

Nunca supimos quién se lo llevó.

A partir de ese día empecé a investigar.

No quería hacerlo.

Pero necesitaba saber qué me había ocurrido.

Busqué historias antiguas.

Hablé con personas mayores.

Escuché relatos de campesinos.

Y descubrí algo inquietante.

En muchas versiones, el Charro Negro no aparecía solamente para asustar.

Aparecía ante personas perdidas.

Personas que estaban agotadas.

Personas que tenían sed.

Personas que necesitaban ayuda.

Siempre ofrecía algo.

Y casi siempre era agua.

Un hombre me contó que su bisabuelo había aceptado una moneda.

Otro dijo que un familiar suyo aceptó un cigarro.

Una mujer aseguró que su padre había aceptado que aquel extraño le mostrara el camino.

Todos tenían algo en común.

Después de encontrarse con él, comenzaron a soñar con un caballo negro.

Y todos terminaron desapareciendo de alguna manera.

No siempre físicamente.

Algunos simplemente cambiaron.

Se volvieron silenciosos.

Se alejaron de sus familias.

Se negaron a volver al campo.

Uno incluso construyó un pequeño altar en su casa.

Nunca explicó para quién.

Yo seguía intentando encontrar una explicación racional.

Hasta que descubrí algo sobre mi abuelo.

Mi abuelo no solo conocía la historia.

Había visto al Charro Negro.

Eso me lo contó mi tía muchos años después.

Ocurrió cuando mi abuelo tenía diecisiete años.

Iba de regreso a casa a caballo.

Se perdió.

Encontró a un hombre vestido de negro.

El hombre le ofreció agua.

Mi abuelo la rechazó.

Pero, al hacerlo, el vaso se volcó.

Una gota cayó sobre su mano.

Desde entonces, mi abuelo tuvo la misma pesadilla durante toda su vida.

Un caballo negro.

Un vaso.

Y una voz preguntando:

“¿Ya estás listo?”

Mi abuelo jamás volvió a hablar del tema.

Ahora entendía por qué me había advertido tantas veces.

No eran cuentos.

Era una advertencia.

Pero había algo que todavía no comprendía.

¿Por qué yo?

¿Por qué apareció aquella noche?

¿Por qué me dejó ir?

La respuesta llegó muchos años después.

Un día encontré una caja vieja entre las cosas de mi abuelo.

Dentro había fotografías.

Cartas.

Un reloj.

Y un cuaderno pequeño.

Reconocí su letra.

Abrí la primera página.

Había una fecha.

Años antes de que yo naciera.

Y debajo una frase:

“Esta noche volvió a aparecer.”

Seguí leyendo.

Mi abuelo había escrito sobre aquella primera experiencia.

Contaba que el Charro Negro lo había encontrado en el monte.

Que le ofreció agua.

Que él la rechazó.

Pero también escribió algo que jamás había mencionado.

“Me dijo que algún día uno de mis nietos tendría que decidir.”

Sentí que las manos me temblaban.

Seguí leyendo.

“Si yo no acepto, vendrá por alguien de mi sangre.”

Cerré el cuaderno.

No quise continuar.

Pero finalmente lo hice.

En las páginas siguientes había nombres.

Personas de nuestra familia.

Algunas habían muerto.

Otras habían desaparecido.

Y junto a ciertos nombres había una palabra.

“Rechazó.”

Junto a otros:

“Aceptó.”

La última página tenía mi nombre.

No estaba escrito recientemente.

La tinta era vieja.

Debajo decía:

“Cuando llegue el momento, no bebas.”

Me quedé mirando aquellas palabras durante varios minutos.

Entonces entendí.

Mi abuelo no me estaba contando un cuento.

Me estaba preparando.

Y quizá había sabido durante años que algún día aquel hombre aparecería.

Pero había algo todavía peor.

Al lado de mi nombre había otra frase.

“Si escucha su voz después de la muerte, no responda.”

Mi abuelo murió dos años antes de que yo encontrara el cuaderno.

Tres noches después de leerlo, lo escuché.

Eran aproximadamente las tres de la mañana.

Me despertó una voz.

—Hijo.

Abrí los ojos.

La habitación estaba oscura.

—Hijo.

Era la voz de mi abuelo.

Exactamente igual.

La misma manera de hablar.

La misma pausa.

Sentí que el cuerpo entero se me congelaba.

No respondí.

La voz volvió.

—Tengo sed.

Cerré los ojos.

No respiré.

Escuché tres pasos en el pasillo.

Después silencio.

A la mañana siguiente encontré pequeñas gotas de agua desde la puerta de mi habitación hasta la entrada de la casa.

No había ninguna ventana abierta.

Nadie había entrado.

Pero las gotas estaban ahí.

Una detrás de otra.

Como si alguien hubiera caminado mojado.

Nunca se lo conté a mi familia.

Con el tiempo aprendí a vivir con ello.

Pensé que quizá todo terminaría cuando muriera.

Pero me equivocaba.

Porque hace apenas unos meses ocurrió algo que me obligó a recordar aquella noche.

Mi hijo mayor regresó de un viaje.

Había pasado varios días trabajando en la sierra.

Llegó una tarde.

Estaba pálido.

No quería hablar.

Finalmente me preguntó:

—Papá, ¿alguna vez te encontraste con un hombre de negro en el monte?

Sentí que la sangre se me iba de la cara.

—¿Por qué preguntas?

No respondió.

Solo abrió su mochila.

Sacó un pequeño vaso de metal.

Lo puso sobre la mesa.

Era exactamente igual al que había visto años atrás.

—Me lo ofreció un hombre —dijo.

No pude hablar.

—Estaba perdido.

—¿Bebiste?

Mi hijo negó con la cabeza.

—No.

Sentí alivio.

Pero entonces añadió:

—Solo lo sostuve.

Miré sus manos.

No tenían ninguna marca.

—¿Qué más pasó?

Mi hijo bajó la mirada.

—Mi caballo no quiso acercarse.

—¿Qué caballo?

—El que me prestaron.

Se hizo un silencio.

—Papá —dijo—, cuando me fui, ese hombre me dijo algo.

—¿Qué?

Mi hijo levantó los ojos.

—Me dijo que mi abuelo ya había cumplido su parte.

No pude moverme.

—¿Y qué más?

Mi hijo respiró profundamente.

—Dijo que ahora era mi turno.

Aquella noche enterré el vaso.

A varios kilómetros de la casa.

No sé si sirvió de algo.

Desde entonces mi hijo no ha vuelto a la sierra.

Y yo sigo teniendo la misma pesadilla.

Pero hay una diferencia.

Ahora, cuando el hombre aparece, ya no me ofrece el vaso.

Simplemente me mira.

Y detrás de él está mi abuelo.

Los dos permanecen inmóviles.

El caballo negro está entre la niebla.

Mi abuelo nunca habla.

El Charro Negro tampoco.

Solo extiende la mano.

Y señala mi boca.

Cada vez que despierto tengo los labios mojados.

Y cada vez la humedad es mayor.

Hace tres noches ocurrió algo distinto.

Desperté antes de que amaneciera.

Escuché un caballo afuera.

Tac.

Tac.

Tac.

Me acerqué a la ventana.

No quería mirar.

Pero algo dentro de mí me obligó.

Levanté lentamente la cortina.

Al otro lado de la cerca había un caballo negro.

No pude verle las patas.

La niebla cubría el suelo.

Sobre él estaba el hombre.

Completamente vestido de negro.

Me observó.

Después levantó una mano.

Tenía el pequeño vaso de metal.

Pero esta vez no estaba lleno de agua.

Estaba lleno hasta el borde con algo oscuro.

No parecía agua.

Parecía sangre.

El hombre sonrió.

Y aunque la ventana estaba cerrada, escuché su voz.

—Ya no tienes que aceptarla.

Me quedé inmóvil.

—Ahora solo tienes que devolverla.

No entendí.

Entonces miré mi cama.

Había una mancha húmeda sobre la almohada.

Me acerqué.

Toqué la tela.

Estaba empapada.

Y debajo de la almohada encontré algo.

Una pequeña cantidad de tierra.

Tierra seca.

La misma tierra del monte.

La misma tierra donde, quince años atrás, Lucero había dejado sus últimas huellas antes de desaparecer.

Desde entonces no he vuelto a dormir tranquilo.

No sé qué significa todo esto.

No sé si realmente existe el Charro Negro.

No sé si aquella noche estuve perdido tres días o si ocurrió algo que mi memoria no puede explicar.

No sé si el vaso que enterré sigue bajo tierra.

Pero sí sé una cosa.

Mi abuelo tenía razón.

Hay advertencias que parecen cuentos hasta que la vida te obliga a recordarlas.

Por eso, si algún día estás en medio del monte y un desconocido aparece de la nada, escucha primero a tu caballo.

Si el animal tiene miedo, no avances.

Si no hay huellas detrás del hombre, no te acerques.

Si lleva un vaso de agua, no lo aceptes.

Y si te dice que tiene algo que puede quitarte la sed…

no importa cuánto tiempo lleves sin beber.

No lo pruebes.

Porque algunas cosas no necesitan que las invites para entrar en tu vida.

Solo necesitan que aceptes una pequeña ayuda.

Una gota.

Un sorbo.

Un gesto.

Y una vez que aceptas…

puede que el camino de regreso deje de existir.

Yo rechacé el agua aquella noche.

O eso quiero creer.

Pero todavía despierto con la boca mojada.

Y cada vez que ocurre, escucho cascos de caballo fuera de mi casa.

Tac.

Tac.

Tac.

Después una voz.

Muy baja.

Muy cerca.

—Todavía no has terminado de beber.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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