MI ESPOSO ERA DEVOTO DE LA SANTA MUERTE… Y LE PEDÍ QUE NO HICIERA MÁS PACTOS

La última vez que le pedí a mi esposo que dejara de hacer pactos, me miró como si yo fuera la persona que estaba perdiendo la razón.

—No sabes lo que dices —me respondió.

En aquel momento todavía creía que podía convencerlo.

Todavía pensaba que todo tenía una explicación.

Que las veladoras podían apagarse por una corriente de aire.

Que los golpes debajo del piso podían ser tuberías viejas.

Que las fotografías que aparecían en lugares extraños eran producto de nuestra propia confusión.

Y que la Santa Muerte, aquella figura que durante tantos años había permanecido en una habitación detrás de nuestra carnicería, no era más que una imagen a la que mi esposo había entregado una fe que yo nunca compartí.

Ahora sé que estaba equivocada.

Los golpes comenzaron tres noches después de aquella discusión.

Tres golpes.

Siempre tres.

Y desde aquella primera noche comprendí que algunas promesas no desaparecen cuando uno deja de creer en ellas.

A veces esperan.

A veces siguen cobrando.

Y a veces encuentran la manera de regresar a casa.

Mi esposo se llamaba Julián.

Llevábamos diecisiete años casados.

Nos conocimos cuando yo tenía veinticuatro años y él trabajaba en una carnicería pequeña cerca del mercado municipal. Era un hombre reservado, trabajador y, en muchos aspectos, bueno.

Nunca fue de hablar demasiado.

Prefería demostrar las cosas con hechos.

Si yo estaba enferma, se levantaba temprano para preparar el desayuno.

Si tenía problemas con el dinero, buscaba trabajo adicional.

Si algo se rompía en la casa, intentaba repararlo antes de llamar a alguien.

Pero tenía una parte de su vida que nunca logré comprender.

Su devoción por la Santa Muerte.

Cuando éramos novios ya llevaba una pequeña imagen en el bolsillo.

Decía que era para protección.

Yo me burlaba de él.

—¿De verdad crees que una figura puede protegerte?

Él sonreía.

—No es la figura.

—Entonces, ¿qué es?

—Lo que representa.

Nunca quiso explicarlo más.

Después de casarnos, aquella pequeña imagen terminó en una repisa de nuestra casa.

Con el tiempo aparecieron veladoras.

Luego flores.

Después vasos con agua.

Más tarde frutas, dulces, monedas y fotografías.

Cuando le preguntaba qué estaba haciendo, siempre respondía lo mismo.

—Estoy agradeciendo.

Yo nunca quise discutir.

Mientras aquello se mantuviera lejos de nuestra vida diaria, podía soportarlo.

Pero todo cambió cuando la carnicería comenzó a ir mal.

Habíamos heredado el negocio de un tío de Julián.

Durante los primeros años funcionó bastante bien.

La gente del barrio nos conocía.

Había clientes que compraban con nosotros desde hacía décadas.

Los sábados la tienda estaba llena.

Julián conocía a casi todos por su nombre.

Yo llevaba las cuentas, atendía a los clientes y ayudaba con los pedidos.

Nuestra vida era sencilla.

No éramos ricos.

Pero teníamos suficiente.

Hasta que comenzaron los problemas.

Primero fue una deuda pequeña.

Después otra.

Luego un proveedor dejó de darnos mercancía a crédito.

Un refrigerador se averió.

Perdimos varios pedidos.

Un mes después, una inspección nos obligó a cerrar durante algunos días.

Cuando finalmente pudimos abrir nuevamente, ya habíamos perdido buena parte de nuestros ahorros.

Julián comenzó a cambiar.

Llegaba más tarde.

Se quedaba solo en la carnicería.

Pasaba horas en la habitación donde había construido el altar.

Yo escuchaba el sonido de sus pasos detrás de la puerta.

A veces lo escuchaba hablar.

Pensé que rezaba.

Hasta aquella noche.

—Yo cumplí mi parte.

Me quedé quieta en el pasillo.

La puerta estaba cerrada.

No había nadie más en la casa.

Esperé.

Entonces escuché:

—Ahora te toca a ti.

Sentí un escalofrío.

Abrí la puerta.

Julián estaba frente al altar.

Se giró rápidamente.

—¿Qué haces despierta?

—¿Con quién hablabas?

—Con nadie.

—Te escuché.

—Estaba rezando.

Miré la imagen.

Las veladoras iluminaban su rostro blanco.

La habitación olía a cera y flores marchitas.

—Eso no parecía una oración.

Julián se acercó y cerró la puerta.

—No vuelvas a entrar aquí sin avisarme.

Fue la primera vez que me habló de aquella manera.

Y aunque no gritó, entendí que algo había cambiado.

A partir de entonces comencé a observarlo.

Cada noche se levantaba aproximadamente a la misma hora.

Las 3:13 de la madrugada.

Siempre.

Al principio pensé que tenía insomnio.

Después pensé que estaba preocupado por el negocio.

Pero una noche decidí seguirlo.

Esperé hasta escuchar que se levantaba.

Esperé unos segundos.

Después salí de la cama.

Lo vi caminar por el pasillo.

Entró en la carnicería.

Encendió tres veladoras.

Abrió una pequeña caja de madera.

Sacó una bolsa negra.

La dejó frente a la Santa Muerte.

Después tomó una fotografía.

Era una fotografía nuestra.

Julián y yo el día de nuestra boda.

La colocó boca abajo.

Sentí que se me helaban las manos.

—¿Qué estás haciendo?

Julián se giró lentamente.

No parecía sorprendido.

Parecía cansado.

—Te dije que no entraras aquí.

—¿Por qué tienes nuestra fotografía?

—No significa nada.

—Entonces, ¿por qué la escondes?

No contestó.

Me acerqué.

Entonces vi una pequeña copa de vidrio llena de un líquido oscuro.

Al lado había una vela negra.

Y debajo de la vela estaba escrito mi nombre.

Mi nombre completo.

Sentí que las piernas me temblaban.

—¿Qué hiciste, Julián?

—Nada contra ti.

—Mi nombre está ahí.

—Porque tenía que ofrecer algo.

Aquella frase cambió todo.

—¿Ofrecer qué?

Julián bajó la mirada.

—No entiendes.

—Entonces explícame.

—No puedo.

—¿No puedes o no quieres?

No respondió.

Esa noche dormí en otra habitación.

No porque quisiera castigar a Julián.

Tenía miedo.

Durante diecisiete años había dormido junto al hombre que amaba.

Y de repente me preguntaba cuánto conocía realmente de él.

A la mañana siguiente intenté actuar con normalidad.

Abrí la carnicería.

Atendí a los clientes.

Preparé los pedidos.

Pero no podía dejar de pensar en aquella vela negra.

Y en mi nombre.

A media mañana ocurrió algo extraño.

Un perro apareció frente al negocio.

Era un animal grande, de pelo oscuro.

Estaba sentado frente a la puerta.

No ladraba.

No se movía.

Solo miraba hacia dentro.

Julián salió.

—Vete —dijo.

El perro no reaccionó.

Julián tomó una escoba.

El animal se levantó lentamente.

Retrocedió unos metros.

Después comenzó a caminar alrededor de la carnicería.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Exactamente tres.

Después se detuvo frente a la puerta.

Miró directamente hacia mí.

Y se marchó.

Una de nuestras clientas, una mujer mayor que conocía el barrio desde niña, se quedó mirando al perro.

—Ese animal no es de aquí.

—¿Lo conoce? —pregunté.

La mujer negó con la cabeza.

—No.

Después miró a Julián.

—¿Has estado haciendo cosas que no debes?

Julián palideció.

—No sé de qué habla.

La mujer se persignó y salió.

Yo me quedé mirándolo.

—¿Qué quiso decir?

—Nada.

—Julián.

—Te dije que nada.

Esa tarde tuvimos otra discusión.

—Quiero que quites el altar.

—No.

—No te estoy preguntando.

—No voy a hacerlo.

—Entonces lo haré yo.

Julián se puso de pie.

—No toques nada de esa habitación.

Nunca antes lo había visto tan asustado.

No enojado.

Asustado.

Y entonces comprendí algo.

Julián no tenía miedo de que yo destruyera su altar.

Tenía miedo de lo que podía ocurrir si lo hacía.

Aquella misma noche escuchamos los primeros golpes debajo del piso.

Estábamos cenando.

Primero escuchamos uno.

Toc.

Julián dejó el tenedor.

Después otro.

Toc.

Yo lo miré.

El tercero llegó unos segundos más tarde.

Toc.

Ninguno de los dos habló.

—¿Qué fue eso? —pregunté.

—Las tuberías.

—No tenemos tuberías debajo de esa parte.

Julián se levantó.

—Voy a revisar.

Lo seguí.

La carnicería estaba oscura.

Encendimos la luz.

Los ganchos donde colgábamos la carne se balanceaban ligeramente.

Pero no había viento.

Entonces escuchamos otro golpe.

Esta vez debajo de nuestros pies.

Toc.

Julián se agachó.

Puso la mano sobre el suelo.

—No abras —me dijo.

—¿Qué?

—No abras el piso.

—¿Por qué?

—Porque no hay nada.

Lo miré.

—Entonces no debería importarte.

Levantó la mirada.

Y no respondió.

Al día siguiente levantamos algunas tablas.

Debajo había tierra húmeda.

Nada más.

Pero mientras yo iluminaba con una linterna, encontré algo.

Una pequeña cinta roja.

Estaba enterrada parcialmente.

La saqué.

Julián me la arrancó de las manos.

—No toques eso.

—¿Qué es?

—Nada.

—Todo es “nada” contigo.

Julián volvió a colocar las tablas.

—Déjalo.

No lo dejé.

Esa noche busqué entre sus cosas.

Encontré recibos.

Papeles del banco.

Facturas.

Y finalmente una libreta negra.

La abrí.

Las primeras páginas contenían números.

Cantidades.

Fechas.

Nombres.

Algunas palabras estaban tachadas.

Pero una frase aparecía repetida varias veces.

“Lo prometido debe cumplirse.”

Sentí que el estómago se me cerraba.

Seguí leyendo.

Había una fecha de ocho meses atrás.

Era el mes en que la carnicería había estado a punto de quebrar.

Debajo aparecía una cantidad de dinero.

Y después una frase:

“Primera petición aceptada.”

Pasé la página.

“El negocio se recuperará.”

Otra página.

“Las pérdidas serán detenidas.”

Después:

“El precio será cobrado cuando llegue el momento.”

No pude continuar.

Guardé la libreta.

Cuando Julián regresó, estaba sentado en la cocina.

La dejé sobre la mesa.

Él la miró.

No preguntó cómo la había encontrado.

Solo cerró los ojos.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

—No es lo que crees.

—¿Entonces qué es?

—Quería salvar el negocio.

—¿A qué precio?

Silencio.

—¿Qué prometiste?

Julián se sentó.

Parecía mucho mayor de repente.

—Habíamos perdido todo.

—Eso no responde.

—Fui con una persona.

—¿Qué persona?

—Alguien que sabía hacer ciertas cosas.

—¿Una bruja?

Julián no respondió.

—¿Un curandero?

Silencio.

—¿Quién?

Finalmente dijo:

—Una mujer.

—¿Dónde?

—En otro pueblo.

—¿Y qué te dijo?

Julián se pasó las manos por la cara.

—Me dijo que la Santa Muerte podía ayudarme.

—¿Y tú le creíste?

—No tenía otra opción.

—Siempre hay otra opción.

—Tú no estabas ahí.

—Yo estaba contigo.

—No entendías lo que estaba pasando.

—Entonces explícame.

Julián respiró profundamente.

—Me dijo que podía pedir una cosa.

—¿Qué pediste?

—Que la carnicería sobreviviera.

—¿Y sobrevivió?

Julián asintió.

—Al día siguiente un cliente antiguo regresó. Después llegaron otros. Recuperamos contratos. El proveedor aceptó darnos crédito otra vez. El negocio empezó a mejorar.

—Entonces, ¿cuál era el precio?

Julián bajó la cabeza.

—Una vida.

Sentí un vacío en el pecho.

—¿La tuya?

No respondió.

—Julián.

—No dije cuál.

Lo miré.

—¿Qué significa eso?

—La mujer me dijo que no debía especificarlo.

—¿Y aceptaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque pensé que nunca llegaría el momento.

No pude creerlo.

—¿Pensaste que podías hacer un pacto y después simplemente olvidarlo?

—Pensé que todo era simbólico.

—Pero sabías que no.

Julián comenzó a llorar.

—No sabía.

—Sí sabías.

—No.

—Lo sabías desde el principio.

Se cubrió el rostro.

Yo quería odiarlo.

Quería salir de aquella casa.

Pero también veía al hombre con quien había compartido diecisiete años.

Y por primera vez entendí que su miedo era real.

Los golpes continuaron durante toda la semana.

Al principio eran solo por la noche.

Después comenzaron durante el día.

Tres golpes.

Siempre tres.

A veces debajo del piso.

A veces detrás de una pared.

Una mañana los escuchamos dentro del refrigerador.

Julián lo abrió.

No había nada.

Pero desde el interior llegó:

Toc.

Toc.

Toc.

El motor del refrigerador estaba apagado.

Aquella tarde encontré una fotografía dentro de una caja de carne.

Era nuestra boda.

La misma fotografía que Julián había colocado en el altar.

Solo que ahora aparecía una figura detrás de nosotros.

Una mujer vestida de negro.

No se le veía el rostro.

Llevaba las manos cruzadas frente al cuerpo.

Le enseñé la fotografía a Julián.

Su reacción fue inmediata.

—Quémala.

—¿Quién es?

—Quémala.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Mientes.

—No sé quién es.

—Entonces, ¿por qué tienes miedo?

Julián tomó la fotografía.

Sus manos temblaban.

La arrojó al fregadero y le prendió fuego.

El papel se consumió rápidamente.

Pero justo antes de desaparecer, vi algo.

La figura de la fotografía parecía estar más cerca de nosotros.

Como si hubiera dado un paso.

No dormimos aquella noche.

A las 3:13 volvieron los golpes.

Esta vez no fueron debajo del piso.

Vinieron de la puerta principal.

Toc.

Toc.

Toc.

Julián y yo nos quedamos en silencio.

Nadie vivía cerca.

No esperábamos visitas.

Julián tomó un cuchillo.

—No abras —me dijo.

—No pensaba hacerlo.

Los golpes volvieron.

Toc.

Toc.

Toc.

Después una voz habló desde afuera.

—Julián.

Era una voz de mujer.

Julián se quedó completamente inmóvil.

—¿La conoces? —susurré.

Él no respondió.

La voz volvió.

—Julián.

Me acerqué a la ventana.

Él me detuvo.

—No la mires.

—¿Quién es?

—No sé.

—¡Deja de mentirme!

La voz volvió a sonar.

—La promesa está pendiente.

Julián comenzó a llorar.

—Vete —susurró.

—No puedes esconderte para siempre.

Después todo quedó en silencio.

No escuchamos pasos.

No escuchamos una puerta.

Nada.

A la mañana siguiente salimos.

La calle estaba vacía.

Pero frente a nuestra puerta había tres veladoras negras.

Nadie del barrio admitió haberlas dejado.

Fue entonces cuando decidí irme.

Llamé a mi hermana.

Le expliqué que necesitaba un lugar donde quedarme.

No le conté toda la verdad.

¿Cómo podía hacerlo?

¿Que mi esposo había ofrecido una vida para salvar un negocio?

¿Que una figura aparecía en nuestras fotografías?

¿Que alguien golpeaba debajo del suelo?

Me habría dicho que buscara ayuda psicológica.

Y quizá habría tenido razón.

Pero cuando llegué a la esquina, escuché los tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Mi teléfono comenzó a vibrar.

Era Julián.

No contesté.

Volvió a llamar.

Contesté solo cuando llamó por quinta vez.

No escuché su voz.

Solo respiración.

—¿Julián?

Silencio.

Entonces una voz femenina susurró:

—Ya sabe dónde estás.

La llamada terminó.

Regresé.

Encontré a Julián sentado frente al altar.

Las veladoras ardían con llamas enormes.

El aire estaba lleno de humo.

—Tenemos que irnos.

No respondió.

—Julián.

Sonrió.

No era una sonrisa normal.

—Ya no podemos.

—¿Qué hiciste?

—Intenté arreglarlo.

—¿Cómo?

—Hice otro pacto.

Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.

—¿Otro?

—Pensé que podía cambiar el trato.

—¿Con qué?

—Con otra promesa.

—¿Qué prometiste esta vez?

Julián levantó la mirada.

—Mi vida.

Por primera vez en muchos días sentí alivio.

—Entonces ya está.

Julián negó lentamente con la cabeza.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—No acepta la mía.

—¿Por qué?

—Porque ya fue ofrecida.

Me quedé paralizada.

—¿Qué significa eso?

Julián miró la imagen.

—Cuando prometes una vida, no puedes decidir después cuál entregar.

Entonces escuchamos los golpes.

No debajo del piso.

No en la puerta.

Esta vez vinieron desde dentro de la pared.

Toc.

Toc.

Toc.

La pared comenzó a agrietarse.

Julián retrocedió.

Yo también.

Una línea oscura apareció entre los ladrillos.

Después otra.

Y lentamente una parte de la pared se abrió.

Detrás había un pequeño espacio.

No era una habitación.

Era un hueco.

Dentro había fotografías.

Decenas.

Quizá cientos.

Algunas eran nuestras.

Otras no las reconocía.

Había personas desconocidas.

Parejas.

Familias.

Niños.

Ancianos.

Todas las fotografías tenían algo en común.

En algún lugar detrás de ellos aparecía la misma figura vestida de negro.

—¿Qué es esto? —pregunté.

Julián no contestó.

Encontré una fotografía antigua.

Una pareja estaba frente a la misma carnicería.

La fecha escrita detrás era de muchos años antes de que nosotros llegáramos.

La mujer tenía una expresión de terror.

El hombre sonreía.

Detrás de ellos estaba la figura.

—¿Quiénes son?

Julián finalmente respondió:

—Los anteriores dueños.

Encontré otra.

Otra pareja.

Y otra.

Y otra.

Todas habían vivido en aquella casa.

Todas aparecían con la misma figura.

—¿Qué les pasó?

Julián negó con la cabeza.

—No lo sé.

Pero su voz decía que sí lo sabía.

Aquella noche abandonamos la casa.

Los dos.

No llevamos casi nada.

Ni fotografías.

Ni recuerdos.

Ni siquiera la ropa que habíamos dejado preparada.

Solo salimos.

Vendimos la carnicería semanas después.

El comprador fue un hombre joven que no hizo demasiadas preguntas.

Nos mudamos a otra ciudad.

Durante los primeros meses no ocurrió nada.

Ni golpes.

Ni fotografías.

Ni voces.

Julián dejó de hablar de la Santa Muerte.

Destruyó la libreta.

Yo pensé que quizá todo había terminado.

Intenté reconstruir nuestra vida.

Pero algo había cambiado entre nosotros.

Yo seguía queriéndolo.

Sin embargo, ya no podía confiar en él.

Cada vez que se levantaba por la noche, me despertaba.

Cada vez que encendía una vela, sentía miedo.

Cada vez que veía una figura vestida de negro, cambiaba de calle.

Pasaron seis meses.

Después un año.

Y durante un tiempo pensé que habíamos escapado.

Hasta que recibimos una llamada.

Era el nuevo dueño de la carnicería.

—Disculpe que la moleste —dijo.

—¿Qué ocurre?

—Encontramos algo detrás de una pared.

Sentí inmediatamente un frío en el estómago.

—¿Qué encontraron?

—Una habitación.

No respondí.

—Estaba oculta detrás del altar.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué hay dentro?

—Fotografías.

—¿De quién?

Silencio.

—De ustedes.

Miré a Julián.

Su rostro había perdido el color.

—¿Cuántas?

El hombre respiró profundamente.

—Diecisiete.

—¿Por qué diecisiete?

—Hay una por cada año que estuvieron casados.

No pude hablar.

Entonces escuché algo al otro lado.

Toc.

Toc.

Toc.

El hombre se quedó callado.

—¿Escuchó eso? —preguntó.

No respondí.

Porque en ese mismo instante escuché los mismos golpes detrás de mí.

En la puerta de nuestra nueva casa.

Toc.

Toc.

Toc.

Julián levantó lentamente la cabeza.

Nos miramos.

Nadie se movió.

El teléfono volvió a sonar.

Era el mismo hombre.

Contesté.

No dijo nada.

Solo respiraba.

Y detrás de su respiración escuché una voz femenina.

—Todavía falta una.

La llamada terminó.

—¿Qué significa eso? —pregunté.

Julián no respondió.

Señaló una fotografía sobre la mesa.

Era nuestra fotografía de bodas.

La habíamos recuperado entre las pocas cosas que llevamos con nosotros.

Pero yo recordaba perfectamente cómo era.

Julián y yo aparecíamos frente a la iglesia.

Él llevaba un traje oscuro.

Yo llevaba mi vestido blanco.

Estábamos sonriendo.

Ahora había alguien detrás.

Una mujer vestida de negro.

La miré.

Y esta vez pude ver su rostro.

No era una desconocida.

Era yo.

Pero mucho más vieja.

Tenía el rostro lleno de arrugas.

Los ojos completamente negros.

Y una sonrisa que no parecía humana.

Julián comenzó a llorar.

—No puede ser —dijo.

—¿Qué es esto?

—No lo sé.

—Mírame.

Él levantó los ojos.

—¿Qué significa?

—Que nunca se trató de una vida cualquiera.

—Entonces, ¿de cuál?

Julián señaló la fotografía.

—De la que quedara después de diecisiete años.

No entendí.

Hasta que recordé algo.

La libreta.

La frase.

“El precio será cobrado cuando llegue el momento.”

No había sido una amenaza.

Había sido una espera.

Durante diecisiete años había estado creciendo la deuda.

Y quizá aquella figura no quería simplemente una muerte.

Quería algo más.

Quería ocupar un lugar.

Los golpes volvieron.

Toc.

Toc.

Toc.

La puerta comenzó a abrirse lentamente.

Julián se levantó.

—No.

—¿Qué haces?

—Tengo que ir.

—¿Adónde?

—A terminarlo.

—¿Cómo?

—No lo sé.

Tomó la fotografía.

La miró.

Después me miró.

—Si no regreso…

—No digas eso.

—Escúchame.

—No.

—Si no regreso, no vuelvas a la carnicería.

—No voy a dejarte ir.

—Tienes que hacerlo.

—Tú me metiste en esto.

Julián asintió.

—Lo sé.

—Entonces tú vas a sacarme.

Él lloró.

Por primera vez desde que todo había comenzado, lo vi verdaderamente arrepentido.

—Perdóname.

—No quiero que me pidas perdón.

—¿Qué quieres?

—Que acabes con esto.

Julián miró la puerta.

Los golpes habían desaparecido.

Pero ahora se escuchaba una respiración al otro lado.

Lenta.

Profunda.

Como si alguien estuviera esperando.

Julián abrió la puerta.

No había nadie.

Solo un camino vacío.

En el suelo había tres veladoras negras.

Y junto a ellas una pequeña llave.

Julián la recogió.

—Es la llave de la habitación.

—¿Qué habitación?

—La que nunca vimos.

Fuimos juntos.

No sé por qué.

Quizá porque después de todo lo ocurrido entendí que separarnos no iba a salvarme.

La antigua carnicería estaba cerrada.

El nuevo dueño no estaba.

Entramos por una ventana lateral.

El lugar olía a humedad.

Todo estaba cubierto de polvo.

Caminamos hasta el antiguo altar.

La habitación estaba vacía.

Ya no había imágenes.

Ya no había veladoras.

Pero detrás de una pared encontramos una puerta.

La llave encajó.

Julián la abrió.

Dentro había una habitación mucho más grande de lo que parecía posible.

Las paredes estaban cubiertas de fotografías.

Decenas.

Cientos.

Quizá miles.

Personas que habían vivido allí antes que nosotros.

Cada fotografía tenía una fecha.

Cada familia había permanecido durante un tiempo determinado.

Y todas terminaban igual.

Una última fotografía.

La fotografía de una persona mayor.

Sola.

Mirando directamente a la cámara.

Detrás de ella estaba la mujer de negro.

Julián comenzó a caminar.

—¿Qué buscas?

—La nuestra.

Encontramos diecisiete fotografías.

Una por cada año de matrimonio.

La primera era nuestra boda.

La segunda era del primer aniversario.

La tercera mostraba nuestra primera casa.

La cuarta, el nacimiento de nuestra sobrina.

La quinta, un viaje que hicimos.

La sexta, una Navidad.

La séptima, un cumpleaños.

Todas habían sido tomadas sin que nosotros lo supiéramos.

Y en cada una aparecía la figura.

Pero en la última fotografía había algo diferente.

Solo aparecíamos nosotros dos.

La figura no estaba detrás.

Estaba entre nosotros.

Julián se acercó.

—Ya entiendo.

—¿Qué?

—No estaba esperando una muerte.

—¿Entonces?

—Estaba esperando convertirse en parte de nuestra familia.

Sentí un escalofrío.

—Eso no tiene sentido.

—Mira la fotografía.

Lo hice.

La mujer estaba entre nosotros.

Su mano derecha descansaba sobre el hombro de Julián.

Su mano izquierda sobre el mío.

Como si siempre hubiera estado allí.

Como si nosotros fuéramos los extraños.

Entonces escuchamos una voz.

—No.

Nos giramos.

La habitación estaba vacía.

La voz volvió.

—Ustedes son los que me pertenecen.

Las fotografías comenzaron a caer de las paredes.

Una.

Dos.

Decenas.

Las veladoras se encendieron solas.

Julián tomó mi mano.

—No la mires.

Pero ya era demasiado tarde.

La figura apareció al fondo de la habitación.

Vestida de negro.

Alta.

Inmóvil.

No caminaba.

Simplemente estaba allí.

Julián dio un paso hacia ella.

—Yo hice el pacto.

La figura no respondió.

—Yo fui quien pidió ayuda.

Silencio.

—No ella.

La figura levantó lentamente la cabeza.

Entonces escuché mi propia voz.

—Pero ella fue la que pagó.

Julián se quedó paralizado.

Yo también.

La figura comenzó a acercarse.

No caminaba.

Se deslizaba.

Julián cerró los ojos.

—Toma mi vida.

La figura se detuvo.

—Ya la ofreciste.

—Entonces toma lo que quieras de mí.

—No quiero lo que me ofreciste.

Julián abrió los ojos.

—¿Qué quieres?

La figura me miró.

Y sonrió.

—Quiero que ella recuerde.

De repente sentí un dolor intenso en la cabeza.

Las paredes desaparecieron.

Vi nuestra boda.

Vi nuestra primera casa.

Vi a Julián construyendo el altar.

Vi la noche en que pidió ayuda.

Vi a la mujer que lo había llevado hasta aquella habitación.

Y entonces vi algo que jamás me había contado.

Julián no había ido solo.

Yo había estado allí.

No físicamente.

Pero en su mente.

Durante el pacto había utilizado una fotografía mía.

Había dicho mi nombre.

Había hablado de mí.

Había prometido que, si el negocio sobrevivía, yo seguiría a su lado.

La promesa no había sido “una vida”.

Había sido una unión.

Una familia.

Una deuda compartida.

Y entonces comprendí por qué la figura aparecía siempre detrás de nosotros.

No estaba siguiéndonos.

Estaba esperando ocupar el lugar que Julián le había prometido.

Cuando desperté, estaba en el suelo.

Julián estaba a mi lado.

La habitación estaba vacía.

La figura había desaparecido.

Pero todas las fotografías habían cambiado.

Ahora solo mostraban a Julián.

Solo.

En cada una.

La figura ya no aparecía.

Yo tampoco.

Julián me miró.

—¿Qué pasó?

No pude responder.

Porque en aquel momento entendí que el precio había sido cobrado.

Pero no de la manera que esperábamos.

La figura no había venido por mi vida.

Había venido por nuestros recuerdos.

Desde aquella noche, Julián comenzó a olvidar.

Primero olvidó cosas pequeñas.

Dónde había dejado las llaves.

El nombre de un cliente.

Una fecha.

Después olvidó momentos importantes.

Nuestra primera cita.

El día de nuestra boda.

El rostro de su madre.

Finalmente comenzó a olvidarme a mí.

Yo podía hablarle.

Podía tocarlo.

Podía sentarme junto a él.

Pero a veces me miraba como si fuera una desconocida.

Una mañana despertó y me preguntó:

—¿Quién eres?

Sentí que algo dentro de mí se rompía.

Le expliqué.

Le enseñé fotografías.

Le conté nuestra historia.

Pero no recordaba nada.

Entonces comprendí el verdadero significado de aquella frase.

“Todavía falta una.”

No faltaba una vida.

Faltaba un recuerdo.

El último recuerdo que todavía nos pertenecía a los dos.

Yo.

Y él.

Nuestra historia.

Durante semanas escribí todo.

Cada detalle.

Cada año.

Cada conversación.

Cada recuerdo.

Pensé que si lograba conservar nuestra historia en papel, la figura no podría llevársela.

Pero una noche encontré la libreta abierta.

Yo había escrito una frase:

“Julián me amó.”

Debajo había aparecido otra.

“No durante mucho tiempo.”

Sentí que se me congelaba la sangre.

Cerré la libreta.

La arrojé al fuego.

Las páginas ardieron.

Pero la frase permaneció.

Entonces escuché los tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Julián apareció en la puerta.

Me miró.

Por un instante pensé que no me reconocería.

Pero entonces dijo:

—No tengas miedo.

—¿Me recuerdas?

Sonrió.

—No sé quién eres.

Sentí que comenzaba a llorar.

—Pero sé que te quiero.

No pude responder.

Lo abracé.

Y durante unos segundos sentí que todo podía estar bien.

Entonces escuchamos una voz detrás de nosotros.

—Eso también pertenece al pacto.

Julián me soltó.

La figura estaba al fondo del pasillo.

La misma mujer.

La misma sonrisa.

Pero esta vez no parecía amenazante.

Parecía paciente.

Como alguien que había esperado mucho tiempo.

Julián tomó mi mano.

—No voy a entregarte.

La figura respondió:

—Ya lo hiciste.

—Entonces te entrego lo que queda de mí.

—No.

—¿Por qué?

—Porque ya no queda nada que cobrar.

Julián me miró.

La figura comenzó a desaparecer.

Antes de hacerlo, dijo:

—El pacto terminó.

Y desapareció.

No hubo luces.

No hubo gritos.

No hubo golpes.

Solo silencio.

Al día siguiente Julián recordó mi nombre.

Después recordó nuestra casa.

Luego nuestra boda.

Los recuerdos regresaron poco a poco.

Nunca recuperó todo.

Hay cosas que quedaron perdidas.

Momentos que desaparecieron para siempre.

Pero seguimos juntos.

Nunca volvimos a hablar de la Santa Muerte.

Nunca volvimos a hacer pactos.

Nunca volvimos a entrar en aquella carnicería.

Años después alguien me preguntó si creía que todo había sido real.

No supe qué responder.

Quizá algunas cosas tuvieron explicaciones.

Quizá el miedo convirtió coincidencias en señales.

Quizá las fotografías fueron manipuladas por alguien.

Quizá la habitación había estado allí durante décadas.

Quizá la figura era solo una superstición.

Quiero creer eso.

De verdad quiero.

Pero hay una cosa que nunca he podido explicar.

La última fotografía.

La que encontré después de que nos mudamos definitivamente.

Era una fotografía que yo jamás había visto.

Aparecíamos Julián y yo sentados en una mesa.

Estábamos mucho más viejos.

Detrás de nosotros no había ninguna figura.

No había veladoras.

No había altar.

Solo una pared blanca.

En la parte inferior de la fotografía había una fecha.

Era de treinta años después de nuestro matrimonio.

Pero nosotros todavía no habíamos llegado a ese momento.

Y detrás de la fotografía había una frase escrita.

“Esta vez no habrá deuda.”

Durante años guardé esa fotografía.

Después decidí quemarla.

La observé arder.

Esperé hasta que no quedó nada.

Pensé que finalmente había terminado.

Pero justo cuando las últimas cenizas desaparecieron, escuché algo.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Me quedé inmóvil.

Miré a Julián.

Él también los había escuchado.

No dijimos nada.

Nunca volvimos a investigar.

Nunca abrimos la puerta.

Nunca buscamos el origen de aquellos golpes.

Porque aprendimos una cosa demasiado tarde.

Hay puertas que no deben abrirse.

Hay promesas que nunca deben hacerse.

Y hay deudas que, aunque uno crea haber pagado, pueden permanecer esperando durante años.

Aquella noche apagamos todas las luces.

Nos acostamos juntos.

Julián tomó mi mano.

—Si alguna vez vuelvo a olvidar quién eres —me dijo—, recuérdame.

—¿Y si no puedo?

—Entonces inventa nuestra historia otra vez.

Sonreí.

—¿Desde el principio?

—Desde el principio.

Cerré los ojos.

Por primera vez en mucho tiempo no tuve miedo.

Porque entendí algo.

Quizá la verdadera forma de romper aquel pacto nunca había sido destruir el altar.

Ni quemar las fotografías.

Ni huir de la casa.

Ni escapar de la figura.

Quizá el pacto se había alimentado de nuestros secretos, de nuestra culpa y de nuestro miedo.

Y mientras nosotros siguiéramos recordando quiénes éramos, todavía había algo que aquella presencia no podía quitarnos.

Nuestra elección.

Nuestra voluntad.

Nuestra historia.

Julián y yo seguimos juntos.

Nunca volvimos a tener una carnicería.

Nunca volvimos a hacer promesas en voz alta frente a una imagen.

Y cuando alguien me pregunta por qué no tengo fotografías antiguas en casa, simplemente digo que no me gustan.

No cuento la verdadera razón.

No digo que algunas fotografías pueden guardar más que recuerdos.

No digo que una imagen puede convertirse en una puerta.

No digo que todavía conservo una pequeña caja de madera escondida en el fondo de un armario.

Dentro no hay veladoras.

No hay nombres.

No hay fotografías.

Solo hay una hoja de papel.

La única que quedó de la vieja libreta.

En ella aparece una frase escrita con una letra que no reconozco.

“Los pactos no terminan cuando desaparece quien los hizo.”

Debajo hay otra frase.

Mucho más pequeña.

“Terminan cuando nadie recuerda haberlos hecho.”

A veces, durante la madrugada, me despierto exactamente a las 3:13.

Miro a Julián.

Él duerme.

Entonces escucho un ruido.

No siempre.

Solo algunas noches.

Tres golpes.

Toc.

Toc.

Toc.

Pero ahora no tengo miedo.

Me levanto.

Camino hasta la puerta.

Pongo la mano sobre el picaporte.

Y no abro.

Nunca.

Porque aprendí que algunas cosas solo pueden entrar cuando nosotros mismos les damos permiso.

Y mientras yo recuerde eso, mientras recuerde a Julián, mientras recuerde nuestra historia y mientras él recuerde mi nombre, no importa quién esté esperando al otro lado.

Puede golpear.

Puede esperar.

Puede llamar.

Puede incluso utilizar nuestras fotografías.

Pero no volverá a entrar.

Porque aquella vez aprendimos la lección.

Y porque hay pactos que pueden perseguirnos durante toda una vida.

Pero ninguna deuda es más fuerte que la voluntad de quien decide no pagarla.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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