Mi tía hizo un ritual para quedar embarazada… y meses después le diagnosticaron cáncer

Hay deseos que no deberían cumplirse jamás… porque algunas cosas siempre exigen algo a cambio.

Hay deseos que nacen del amor.

Otros nacen del miedo.

Y algunos, aunque parezcan inocentes, nacen de una desesperación tan profunda que pueden convertir a una persona en capaz de aceptar cualquier precio con tal de conseguir lo que quiere.

Mi tía Elena llevaba casi diez años deseando ser madre.

Durante mucho tiempo pensé que aquella era simplemente una de esas historias tristes que ocurren en muchas familias. Una mujer que quería tener hijos, que no podía, que visitaba médicos y que terminaba resignándose.

Pero la historia de mi tía nunca terminó con resignación.

Terminó con un niño.

Y con una deuda que, según descubrimos demasiado tarde, jamás había sido pagada.

Cuando yo era pequeño, recuerdo que en las reuniones familiares siempre había alguien que preguntaba cuándo llegarían los hijos de Elena.

Ella sonreía.

Al principio respondía con paciencia.

—Cuando Dios quiera.

Después comenzó a responder:

—Estamos intentando.

Con los años dejó de responder.

Solo sonreía, bajaba la mirada y cambiaba de tema.

Mi tío Rafael, su esposo, era un hombre tranquilo. Trabajaba arreglando maquinaria agrícola y pasaba buena parte del día fuera de casa. Nunca hablaba demasiado de sus problemas, pero cualquiera podía darse cuenta de que la situación también lo estaba destruyendo.

Habían construido una pequeña habitación al fondo de su casa.

La habían pintado de azul claro.

Habían comprado una cuna.

Incluso tenían una caja llena de ropa de bebé que Elena había ido comprando poco a poco.

Pero la habitación permanecía vacía.

Durante años.

Cada vez que alguien tenía un bebé en la familia, Elena era una de las primeras personas en visitarlo.

Lo cargaba.

Lo arrullaba.

Le acariciaba las mejillas.

Y después, cuando nadie la veía, lloraba.

Yo la vi hacerlo una vez.

Ella creyó que estaba dormido en el sofá.

No dije nada.

Solo recuerdo que se limpió las lágrimas rápidamente y volvió a sonreír.

Con el tiempo comenzó a visitar médicos en diferentes ciudades.

Primero fueron los especialistas del pueblo.

Después los de la capital.

Luego clínicas privadas.

Gastaron prácticamente todos sus ahorros.

Le hicieron estudios.

Tratamientos.

Inyecciones.

Procedimientos que yo, siendo niño, ni siquiera entendía.

Algunos médicos les daban esperanza.

Otros eran más sinceros.

Finalmente llegó el día en que un especialista les explicó que las posibilidades eran prácticamente nulas.

No era imposible.

Pero era tan improbable que, en la práctica, debían aceptar que quizá nunca tendrían un hijo.

Elena salió del consultorio sin decir una palabra.

Mi madre me contó que, cuando llegaron a casa, se encerró en el baño durante horas.

Aquella noche escucharon un grito.

Mi tío entró corriendo.

Cuando salió, tenía los ojos rojos.

No quiso contar lo que había ocurrido.

Solo dijo:

—Déjenla descansar.

Pero Elena no volvió a ser la misma.

Comenzó a adelgazar.

Dejó de visitar a sus amigas.

Ya no asistía a las reuniones familiares.

Incluso comenzó a evitar a los niños.

Decía que le dolía demasiado verlos.

Y entonces apareció aquella mujer.

Nadie supo exactamente quién le habló de ella.

Muchos años después, cada miembro de la familia contaba una versión diferente.

Algunos decían que había sido una vecina.

Otros aseguraban que una mujer del mercado le había dado la dirección.

Mi madre decía que Elena había escuchado hablar de ella durante una visita a otro pueblo.

La llamaban simplemente “la vieja”.

Nadie parecía conocer su verdadero nombre.

Vivía en una casa pequeña, alejada del pueblo, cerca de un camino de tierra que desaparecía entre los árboles.

Decían que preparaba rituales.

No exactamente brujería.

No exactamente rezos.

Algo intermedio.

Algo que nadie sabía explicar.

La gente acudía a ella cuando los médicos ya no podían hacer nada.

Algunos buscaban dinero.

Otros querían recuperar a una persona.

Había quienes aseguraban que podía hacer que alguien se enamorara.

Y también estaban los que afirmaban que podía conceder hijos.

Elena fue una tarde.

Sola.

No se lo dijo a mi tío.

No se lo dijo a mi madre.

No se lo dijo a nadie.

Según nos contó años después, caminó durante casi una hora desde la carretera hasta encontrar la casa.

Era pequeña.

Las paredes estaban cubiertas de manchas de humedad.

Había plantas secas colgando de las ventanas.

Y en la puerta había tres círculos dibujados con una sustancia oscura.

La anciana abrió antes de que Elena tocara.

Como si la estuviera esperando.

—Llegaste tarde —le dijo.

Elena se quedó paralizada.

—¿Cómo sabe quién soy?

La mujer sonrió.

—No necesito saber tu nombre.

Después señaló su vientre.

—Sé lo que quieres.

Elena comenzó a llorar.

No tuvo que explicarle nada.

La anciana la dejó entrar.

La habitación olía a humo, tierra húmeda y hierbas quemadas.

Había velas por todas partes.

Algunas blancas.

Otras negras.

Y una pequeña mesa cubierta con fotografías viejas.

Según Elena, algunas fotografías mostraban bebés.

Otros niños.

Incluso adultos.

Todos desconocidos.

—¿Puede ayudarme? —preguntó mi tía.

La anciana tardó en responder.

—Sí.

Elena sintió que volvía a respirar.

—¿De verdad?

—Puedo darte lo que quieres.

—¿Cuánto cuesta?

La anciana soltó una pequeña carcajada.

—No tienes dinero suficiente para pagarme.

Elena se quedó en silencio.

Entonces la mujer se acercó y colocó dos dedos sobre su frente.

—Pero tienes algo que vale mucho más.

—¿Qué?

La anciana sonrió.

—Vida.

Elena no entendió.

O quizás no quiso entender.

La mujer le explicó que tendría que hacer un ritual durante varias semanas.

Había reglas.

No podía contárselo a nadie.

No podía permitir que otra persona entrara en la habitación mientras realizaba el ritual.

No podía apagar las velas antes de que se consumieran.

Y, sobre todo, no podía abandonar el ritual una vez comenzado.

—¿Y después tendré un hijo?

—Sí.

—¿Qué tengo que darte?

La anciana la miró fijamente.

—Lo sabrás cuando llegue el momento.

Aquella respuesta debió haber sido suficiente para que Elena se marchara.

Pero no lo hizo.

Aceptó.

Cuando regresó a casa estaba completamente pálida.

Mi madre le preguntó dónde había estado.

—Por ahí.

—¿Con quién?

—Con nadie.

—Estás temblando.

—Tengo frío.

No quiso hablar más.

Dos semanas después comenzaron los rituales.

Todas las noches, exactamente a la misma hora, Elena se encerraba en la habitación del fondo.

Encendía nueve velas.

Colocaba un recipiente de barro en el centro.

Quemaba hierbas.

Y se ponía sobre la cabeza una extraña corona hecha con ramas secas, flores marchitas y hojas que parecían demasiado oscuras para ser normales.

Desde fuera se escuchaban susurros.

A veces rezaba.

Otras veces parecía hablar con alguien.

Una noche mi tío intentó abrir la puerta.

Elena gritó.

—¡No!

Nunca antes la habíamos escuchado gritar así.

—¡No entres!

Mi tío se quedó quieto.

Después ella añadió:

—Si rompes el trato, lo perderemos todo.

Aquella frase se quedó en la memoria de todos.

“El trato”.

Hasta entonces nadie sabía que había hecho un trato.

Durante semanas siguió con el ritual.

Cada noche.

Sin excepción.

Algunos días parecía agotada.

Otros parecía extrañamente feliz.

Una mañana salió de la habitación y dijo:

—Ya está.

Mi tío la miró.

—¿Qué cosa?

Elena se llevó una mano al vientre.

—Ahora solo tenemos que esperar.

Un mes después ocurrió el milagro.

El médico confirmó que estaba embarazada.

La noticia recorrió a toda la familia.

Mis abuelos lloraron.

Mi madre abrazó a Elena durante varios minutos.

Mi tío no podía dejar de sonreír.

La habitación azul que llevaba años vacía finalmente sería utilizada.

Todos hablaban del milagro.

Todos menos Elena.

Ella parecía feliz, sí.

Pero también tenía miedo.

Una tarde le pregunté por qué.

Me miró.

—Porque hay milagros que vienen de lugares que no deberíamos mirar.

Yo no entendí.

—¿Qué significa eso?

Ella acarició mi cabeza.

—Nada.

Durante los primeros meses el embarazo avanzó con normalidad.

Hasta que apareció la anciana.

Nadie la había invitado.

Simplemente llegó.

Mi tío abrió la puerta y la encontró parada en el jardín.

Era pequeña.

Muy delgada.

Llevaba un vestido gris y un pañuelo negro alrededor de la cabeza.

—Busco a Elena —dijo.

Mi tío quiso preguntarle quién era.

Pero Elena apareció detrás de él.

Al verla, perdió el color del rostro.

—¿Qué haces aquí?

La anciana no respondió.

Entró.

Caminó lentamente hasta donde estaba Elena.

Después puso una mano sobre su vientre.

Mi tía retrocedió.

—Todavía no.

La anciana sonrió.

—Ya empezó a crecer.

Miró el vientre.

—Ahora crecerá lo otro.

Mi tío no entendió.

—¿Qué está diciendo?

La anciana lo miró.

—Nada que usted pueda arreglar.

Después se marchó.

Sin despedirse.

Sin explicar nada.

Esa misma noche Elena tuvo fiebre.

Al día siguiente comenzaron los dolores.

Los médicos dijeron que probablemente era agotamiento.

Le recomendaron reposo.

Pero las semanas siguientes fueron peores.

Perdió peso.

Su piel se volvió extremadamente pálida.

Tenía dolores constantes en la espalda.

Después en las piernas.

Finalmente comenzaron los dolores óseos.

Mi tío insistió en hacerle estudios más completos.

Los resultados tardaron varios días.

Cuando llegaron, el médico pidió hablar con ellos en privado.

Había algo extraño.

Muy extraño.

Elena tenía cáncer.

Y no era un cáncer reciente.

Estaba avanzado.

Muy avanzado.

El médico explicó que la enfermedad probablemente llevaba tiempo desarrollándose.

Pero aquello no tenía sentido.

Los estudios realizados antes del embarazo no habían mostrado absolutamente nada.

Nada.

Ni una lesión.

Ni un marcador preocupante.

Ni un indicio.

Mi tío preguntó si podía tratarse de un error.

El médico negó con la cabeza.

—No.

—Entonces, ¿cómo apareció tan rápido?

El doctor guardó silencio.

—Hay enfermedades que pueden avanzar rápidamente.

Pero incluso él parecía incómodo con su propia explicación.

Elena escuchó todo.

Después hizo una pregunta.

—¿El bebé está bien?

El médico asintió.

—Por ahora, sí.

Ella cerró los ojos.

Y comenzó a llorar.

No por ella.

Por el bebé.

Esa noche le confesó todo a mi madre.

Le habló de la anciana.

Del ritual.

Del trato.

De la promesa.

Mi madre se enfureció.

—¿Cómo pudiste hacer algo así?

Elena lloró.

—Yo solo quería ser mamá.

—¡Podías morir!

—Lo sé.

—¡Entonces, ¿por qué lo hiciste?!

Elena miró hacia su vientre.

—Porque ya estaba muerta antes de intentarlo.

Mi madre nunca olvidó aquella frase.

Decidieron buscar a la anciana.

Al día siguiente fueron a la casa.

Pero no había nadie.

La vivienda estaba abandonada.

No parecía haber sido habitada durante años.

La puerta estaba rota.

Las ventanas cubiertas de polvo.

Dentro no había velas.

No había hierbas.

No había fotografías.

Solo había una mesa vieja.

Y sobre ella, una corona de ramas secas.

La misma que Elena había usado durante el ritual.

Mi madre preguntó a los vecinos.

Todos reaccionaron de la misma manera.

—¿La anciana?

—Sí.

—Esa casa lleva vacía muchísimo tiempo.

—¿Cuánto?

Un hombre mayor se quedó pensando.

—Más de veinte años.

Mi madre sintió que se le helaba el cuerpo.

—Eso no puede ser.

El hombre la miró.

—¿Por qué?

Mi madre no respondió.

Una vecina que estaba escuchando intervino.

—Si buscan a la mujer que vivía ahí, no la encontrarán.

—¿Por qué?

—Porque murió hace muchos años.

Mi madre sintió un nudo en el estómago.

—¿Cómo murió?

La vecina bajó la voz.

—Dicen que se quitó la vida.

Mi madre no quiso seguir escuchando.

Regresaron a casa.

Elena empeoró.

El embarazo avanzaba.

La enfermedad también.

Era como si ambas cosas crecieran al mismo tiempo.

El médico hablaba de tratamientos.

Pero Elena rechazaba algunos por miedo a afectar al bebé.

Decía que prefería sufrir ella.

Cada noche, cuando todos dormían, mi tío se quedaba junto a su cama.

Una madrugada Elena abrió los ojos.

—Rafael.

—Aquí estoy.

—¿Puedes ver a alguien?

Él miró alrededor.

—¿A quién?

—A la mujer.

Mi tío se incorporó.

—¿Qué mujer?

Elena señaló la esquina.

No había nadie.

Solo una silla.

—Está ahí.

Mi tío encendió la luz.

La habitación estaba vacía.

—No hay nadie.

Elena lo miró.

—Está esperando.

—¿Quién?

—La anciana.

Mi tío sintió miedo.

—No hay ninguna anciana.

Elena cerró los ojos.

—Claro que la hay.

Durante las siguientes noches comenzó a hablar con alguien.

A veces sonreía.

A veces discutía.

A veces pedía perdón.

Mi madre pensó que eran efectos de la enfermedad.

Hasta que una noche escuchó una segunda voz.

Estaba en el pasillo.

Se acercó a la puerta.

Escuchó claramente a Elena decir:

—Todavía no.

Y una voz femenina respondió:

—Ya casi.

Mi madre abrió la puerta.

Elena estaba sola.

Pero el olor a hierbas quemadas llenaba la habitación.

Un olor dulce y amargo.

El mismo de la casa de la anciana.

Mi madre salió corriendo.

El bebé nació algunas semanas después.

Fue un niño.

Sano.

Perfectamente sano.

Los médicos no podían explicarlo.

Después de tantos problemas, el bebé había nacido sin ninguna complicación importante.

Elena lo sostuvo durante unos minutos.

Lo miró.

Y sonrió.

—Valió la pena.

Mi tío lloraba.

—Te amo.

Ella lo miró.

—Cuídalo.

—Lo haré.

—Pase lo que pase.

—Te lo prometo.

Elena cerró los ojos.

No murió aquel día.

Pero todos sabían que le quedaba poco tiempo.

Durante los siguientes meses su salud empeoró rápidamente.

El cáncer se extendió.

Finalmente, una mañana, dejó de responder.

Murió en silencio.

El bebé dormía en la habitación de al lado.

Tenía apenas unos meses.

La familia quedó destruida.

Pero había algo que nadie podía negar.

Elena había conseguido aquello que más deseaba.

Había sido madre.

Durante unos meses.

Y su hijo estaba vivo.

Los años siguientes pasaron.

El niño creció.

Se llamaba Gabriel.

Era un niño inteligente, tranquilo y algo extraño.

Desde pequeño tenía una costumbre que inquietaba a todos.

Hablaba solo.

No era simplemente que jugara con amigos imaginarios.

Parecía responder a alguien.

Cuando le preguntábamos con quién hablaba, decía:

—Con la señora.

—¿Qué señora?

—La que viene cuando ustedes duermen.

Mi tío nunca quiso escuchar esas historias.

Decía que eran fantasías de un niño.

Pero Gabriel insistía.

—Ella conoce a mamá.

Una vez le pregunté cómo era.

Él respondió:

—Es vieja.

—¿Tiene el cabello blanco?

—Sí.

—¿La conoces de verdad?

—Ella me conoce a mí.

No quise volver a preguntarle.

Cuando cumplió cinco años ocurrió algo que cambió todo.

Estábamos reunidos en casa de mi tío.

Habían pasado años desde la muerte de Elena.

Gabriel encontró una caja vieja.

Dentro estaban algunas fotografías.

Sacó una donde aparecía Elena embarazada.

La observó durante un largo rato.

Después sonrió.

—Ella sí cumplió su parte.

Todos quedamos en silencio.

Mi tío se puso pálido.

—¿Quién te dijo eso?

Gabriel señaló una esquina de la habitación.

—Ella.

Todos miramos.

No había nadie.

Entonces el niño añadió:

—Ahora me toca cumplir la mía.

Mi tío se levantó de golpe.

—¿Qué significa eso?

Gabriel no respondió.

Solo siguió mirando hacia la esquina.

Y entonces apareció el olor.

Hierbas quemadas.

El mismo olor.

Dulce.

Amargo.

Pesado.

Mi madre comenzó a llorar.

Mi tío tomó al niño en brazos y salió de la casa.

Aquella noche nadie durmió.

Al día siguiente decidieron revisar todas las pertenencias de Elena.

Querían encontrar cualquier cosa que pudiera explicar el ritual.

Abrieron cajas.

Revisaron fotografías.

Ropa.

Documentos.

Recibos médicos.

Nada.

Hasta que mi madre encontró una pequeña bolsa de tela escondida dentro de un viejo abrigo.

Había un papel doblado.

Era antiguo.

La tinta estaba casi borrada.

Mi tío lo abrió.

No era una oración.

No era una receta.

Era un recibo.

Escrito a mano.

Solo tenía una línea.

“Un hijo a cambio de una vida; la vida entregada alimentará al hijo hasta que llegue el momento de cobrar la segunda deuda.”

Debajo había una fecha.

La fecha en que Elena había comenzado el ritual.

Y al final había una palabra.

“Pagado.”

Mi tío dejó caer el papel.

Nadie dijo nada.

Pero entonces entendimos algo.

Elena no había dado simplemente su vida para tener un hijo.

Había dado algo más.

El recibo hablaba de una segunda deuda.

Y nosotros nunca supimos cuál era.

Durante los meses siguientes intentamos olvidar el asunto.

Gabriel creció.

Parecía un niño normal.

Fue a la escuela.

Hizo amigos.

Jugaba fútbol.

Aprendió a leer.

Pero algunas cosas seguían siendo extrañas.

Nunca quería entrar en la habitación azul.

Nunca dormía con la puerta abierta.

Y algunas noches despertaba diciendo que alguien estaba cantando.

Una canción que nadie de la familia conocía.

Una noche, cuando tenía siete años, lo encontramos sentado en la cocina a las tres de la mañana.

Mi tío le preguntó qué hacía.

Gabriel respondió:

—Esperando.

—¿Esperando qué?

—Que termine.

—¿Qué cosa?

El niño levantó la mirada.

—La deuda.

Mi tío se quedó paralizado.

—¿Quién te habla de eso?

Gabriel señaló detrás de él.

Mi tío no quiso girarse.

Pero escuchó algo.

Una respiración.

Lenta.

Cansada.

Muy cerca de su oído.

Se dio la vuelta.

No había nadie.

A partir de ese día comenzaron las pesadillas.

Mi tío soñaba con la casa de la anciana.

En el sueño caminaba por el mismo camino de tierra.

Llegaba a la casa.

La puerta se abría.

Y dentro estaba Elena.

Pero no era como la recordaba.

Parecía mucho mayor.

Estaba sentada frente a una mesa.

A su lado estaba la anciana.

Y detrás de ellas había decenas de fotografías.

Todas de niños.

En cada sueño, Elena intentaba decir algo.

Pero la anciana siempre la interrumpía.

—Todavía no.

Hasta que una noche la anciana finalmente dijo:

—Ya creció.

Mi tío despertó gritando.

Al día siguiente buscó nuevamente la casa.

Esta vez encontró algo.

No la casa.

Solo los restos.

Había sido demolida.

Pero detrás de los árboles encontró un pozo.

Era antiguo.

Estaba cubierto de piedras.

Y sobre una de ellas había una inscripción.

No se podía leer completa.

Solo quedaban algunas palabras.

“Lo que nace de un deseo…”

El resto estaba destruido.

Mi tío nunca volvió.

Pero el verdadero problema comenzó cuando Gabriel cumplió diez años.

Una tarde llegó de la escuela y le entregó a mi tío una pequeña hoja.

—La señora me dijo que te la diera.

Era un dibujo.

Mostraba a una mujer.

A su lado había un niño.

Y detrás, una figura enorme sin rostro.

Mi tío preguntó:

—¿Quién es este?

Gabriel señaló al niño.

—Yo.

—¿Y ella?

—La señora.

—¿Y esto?

Gabriel tardó en responder.

—Lo que viene por nosotros.

Mi tío rompió el dibujo.

Pero Gabriel comenzó a llorar.

—No debiste hacer eso.

—¿Por qué?

—Ahora sabe que tienes miedo.

Aquella misma noche las luces de la casa se apagaron.

Todos los relojes se detuvieron.

A las tres y diecisiete de la madrugada.

Exactamente.

Mi tío despertó.

Escuchó tres golpes en la puerta.

Toc.

Toc.

Toc.

No abrió.

Los golpes se repitieron.

Toc.

Toc.

Toc.

Entonces escuchó la voz de Elena.

—Rafael.

Mi tío comenzó a llorar.

—No.

—Rafael.

—No estás aquí.

Silencio.

Después una voz diferente respondió.

La voz de la anciana.

—Ella sí está.

Mi tío agarró el teléfono.

No tenía señal.

La puerta comenzó a moverse.

Gabriel apareció detrás de él.

—No abras.

—¿Cómo sabes?

—Porque todavía no es el momento.

Los golpes cesaron.

El olor a hierbas llenó la casa.

Y una voz susurró desde el otro lado:

—Pronto.

La mañana siguiente parecía que nada había ocurrido.

Excepto por una cosa.

Sobre la puerta había tres marcas negras.

Las mismas que mi madre había visto años atrás en la casa de la anciana.

Mi tío llevó a Gabriel con un sacerdote.

No porque fuera particularmente religioso.

Simplemente necesitaba ayuda.

Le contó todo.

El hombre escuchó sin interrumpir.

Cuando terminó, le preguntó:

—¿Tiene el recibo?

Mi tío asintió.

—Sí.

—Quiero verlo.

Se lo mostró.

El sacerdote lo leyó varias veces.

Luego preguntó:

—¿Su esposa murió después de tener al niño?

—Sí.

—¿Cuánto tiempo después?

Mi tío le respondió.

El sacerdote cerró los ojos.

—Entonces no era el precio.

—¿Qué quiere decir?

—Era el primer pago.

Mi tío sintió que se le revolvía el estómago.

—¿Y el segundo?

El sacerdote miró a Gabriel.

El niño estaba sentado en una esquina.

Jugando con un pequeño coche.

—No lo sé.

—Entonces, ¿qué hacemos?

El sacerdote respondió:

—No cumplir ningún trato que ustedes no hayan hecho.

Mi tío casi gritó.

—¡Pero yo no hice nada!

—No importa.

El sacerdote señaló el papel.

—Ella lo hizo.

—¿Y eso significa que mi hijo está condenado?

El hombre negó lentamente.

—No necesariamente.

—¿Entonces?

—Quizá el trato no se hizo con ella.

Mi tío no entendió.

—¿Con quién entonces?

El sacerdote miró nuevamente el recibo.

—Con alguien que sabía que usted terminaría pagando.

Esa frase lo persiguió durante años.

Gabriel cumplió once.

Luego doce.

La anciana dejó de aparecer.

Las pesadillas disminuyeron.

Por un tiempo pareció que todo había terminado.

Hasta que Gabriel cumplió trece años.

Entonces comenzó a tener sueños que no eran exactamente sueños.

Decía que podía recordar cosas de antes de nacer.

Una noche me llamó.

—Quiero contarte algo.

—¿Qué?

—Yo conocí a mamá.

—Claro que sí.

—No.

Me miró.

—Antes.

Sentí un escalofrío.

—¿Antes de qué?

—Antes de nacer.

No supe qué responder.

Gabriel continuó.

—Ella estaba en un lugar oscuro.

—¿Dónde?

—No sé.

—¿Y qué hacía?

—Lloraba.

—¿Por qué?

—Porque alguien le había dicho que tenía que escoger.

—¿Escoger qué?

Gabriel bajó la voz.

—Si quería tenerme o quedarse conmigo.

No entendí.

—¿Y qué escogió?

—Me escogió a mí.

—Entonces, ¿por qué murió?

Gabriel me miró fijamente.

—Porque no podía llevarme consigo.

Después sonrió.

—Pero ella sabía que yo volvería por ella.

Nunca volví a hablar de aquel tema.

Pero años después descubrimos algo más.

Mi tío había conservado una vieja libreta de Elena.

Nunca la había leído porque le dolía demasiado.

Después de la muerte de Gabriel, decidió abrirla.

La mayoría de las páginas eran normales.

Había notas sobre médicos.

Fechas.

Medicamentos.

Pensamientos personales.

Hasta que llegó a las últimas páginas.

Allí había algo escrito durante el ritual.

“Esta noche volvió a hablarme.”

“Dice que puedo tenerlo.”

“Dice que solo tengo que aceptar.”

“Pregunté qué quería.”

“No respondió.”

“Dice que el precio llegará después.”

Luego:

“Hoy escuché llorar a un bebé.”

“Pero todavía no estoy embarazada.”

Y otra:

“Me dijo que no me preocupara.”

“Me dijo que el niño sería fuerte.”

La última página estaba casi completamente cubierta de tinta.

Solo se podía leer:

“Si algún día él pregunta por mí, dile que nunca tuve miedo.”

Mi tío cerró la libreta.

Pensó que aquello era todo.

Pero dentro de la cubierta había una fotografía.

No era de Elena.

Era de la anciana.

Y detrás había una frase:

“Todas las madres pagan.”

Mi tío quemó la fotografía.

Quemó la libreta.

Quemó el recibo.

Pensó que destruir los objetos terminaría con todo.

No fue así.

Porque las deudas no desaparecen cuando destruyes las pruebas.

Y algunas cosas, una vez invitadas a entrar en una familia, no necesitan puertas para regresar.

Gabriel cumplió dieciocho años.

La noche de su cumpleaños, todos estábamos reunidos.

Había comida.

Música.

Familia.

Risas.

Por primera vez en mucho tiempo, nadie pensaba en la anciana.

Hasta que Gabriel salió al patio.

Yo lo seguí.

Estaba mirando hacia el camino.

—¿Qué haces?

—Esperando.

—¿A quién?

Me miró.

—A mi madre.

Sentí un escalofrío.

—Tu madre murió hace muchos años.

—Lo sé.

—Entonces…

Gabriel sonrió.

—Pero hoy termina el trato.

El viento sopló.

El olor apareció.

Hierbas quemadas.

Dulce.

Amargo.

Exactamente igual.

—¿Qué trato?

Gabriel no respondió.

Entonces escuchamos una voz.

—Ya estás grande.

Gabriel cerró los ojos.

—Sí.

Una mujer apareció al final del camino.

No caminaba.

Parecía simplemente estar allí.

Anciana.

Delgada.

Vestida de negro.

Mi corazón se detuvo.

Gabriel dio un paso hacia ella.

—¿Dónde está mi mamá?

La anciana sonrió.

—Te está esperando.

—¿Y cuál es mi deuda?

La mujer levantó una mano.

Señaló hacia la casa.

—Tu familia todavía tiene algo que ella dejó.

Gabriel se volvió.

Yo no entendía.

—¿Qué cosa?

La anciana respondió:

—Su deseo.

Y desapareció.

No corrió.

No caminó.

Simplemente dejó de estar.

Gabriel permaneció inmóvil.

Después dijo:

—Ahora entiendo.

—¿Qué entiendes?

—Ella no quería un hijo.

Me miró.

—Quería que yo existiera.

—Es lo mismo.

—No.

Su voz tembló.

—No es lo mismo.

Entramos a la casa.

Mi tío estaba sentado en la sala.

Gabriel lo miró.

—Papá.

Mi tío levantó la cabeza.

—¿Qué pasa?

—Mamá hizo un trato para que yo naciera.

Mi tío se quedó en silencio.

—Lo sé.

—¿Y nunca te preguntaste por qué ella tenía que morir?

Mi tío comenzó a llorar.

—Sí.

—¿Y nunca preguntaste cuál era la segunda deuda?

—Sí.

—¿Qué encontraste?

Mi tío tardó mucho en responder.

—Nada.

Gabriel negó con la cabeza.

—Sí encontraste algo.

—¿Qué?

Gabriel señaló el armario.

—La caja.

Mi tío se levantó.

Abrió el armario.

Sacó una caja vieja.

Dentro estaba una sola cosa.

Una pequeña corona de ramas secas.

La misma corona.

La que Elena había usado durante el ritual.

Mi tío la había guardado sin saber por qué.

Gabriel la miró.

—Eso es.

—¿Qué?

—Ese era el segundo pago.

—¿La corona?

Gabriel negó.

—No.

La tocó.

—Lo que representa.

Nadie entendía.

Hasta que encontramos algo escondido debajo.

Una pequeña tira de papel.

Esta vez no era un recibo.

Era un contrato.

Y esta vez sí estaba firmado.

No por Elena.

Por otra persona.

Por una letra que reconocimos inmediatamente.

Era la firma de mi abuelo.

El padre de Elena.

Había muerto años antes.

El contrato decía:

“Si mi hija no puede pagar con su vida, la deuda será transferida al fruto de su deseo.”

Mi tío dejó caer el papel.

Gabriel lo leyó.

Después levantó la mirada.

—Entonces no era mi mamá.

—No —dijo mi tío.

—Era yo.

Nadie respondió.

Gabriel comenzó a llorar.

Pero no parecía asustado.

Parecía triste.

—Ella me quería tanto que aceptó pagar con todo.

—No —dijo mi tío—. Tu madre no aceptó esto.

Gabriel lo miró.

—No.

Señaló el contrato.

—Lo aceptó él.

Su abuelo.

La familia había estado pagando una deuda que ni siquiera Elena había terminado de comprender.

Pero quedaba una pregunta.

¿Qué significaba “transferir la deuda al fruto del deseo”?

La respuesta llegó esa misma noche.

Gabriel salió de la casa.

Caminó hacia el camino viejo.

Yo lo seguí.

—¿Adónde vas?

—A terminarlo.

—No puedes ir solo.

Se detuvo.

—No estoy solo.

Miré detrás de él.

Elena estaba allí.

No como la había visto en fotografías.

Era joven.

Tal como debía haber sido antes de enfermar.

Llevaba un vestido blanco.

Sonreía.

Gabriel comenzó a llorar.

—Mamá.

Ella se acercó.

Lo abrazó.

Yo no podía moverme.

No escuché sus palabras.

Pero vi cómo Gabriel asentía.

Después Elena se apartó.

La anciana apareció detrás.

Las dos se miraron.

La anciana dijo:

—¿Lo entregas?

Elena negó.

—No.

—Entonces debes quedarte.

Elena respondió:

—Ya me quedé una vez.

La anciana frunció el ceño.

—La deuda es suya.

Elena miró a Gabriel.

—No.

Entonces señaló hacia mí.

—La deuda terminó cuando él nació.

La anciana sonrió.

—Eso no estaba en el trato.

Elena respondió:

—Tampoco estaba que yo pudiera volver.

El viento se levantó.

Las ramas comenzaron a moverse.

El olor a hierbas desapareció.

La anciana comenzó a retroceder.

Por primera vez parecía tener miedo.

Gabriel corrió hacia su madre.

Pero Elena lo detuvo.

—No.

—Quiero ir contigo.

—No puedes.

—¿Por qué?

Ella acarició su rostro.

—Porque tú no naciste para pagar una deuda.

—¿Entonces para qué nací?

Elena sonrió.

—Para vivir.

La anciana gritó.

Y todo quedó oscuro.

Cuando abrí los ojos estaba tirado en el suelo.

Gabriel estaba a mi lado.

El camino estaba vacío.

No había anciana.

No había Elena.

No había nada.

Solo quedaba la corona de ramas secas.

La tomamos.

La enterramos lejos de la casa.

Nunca volvimos a verla.

Gabriel siguió con su vida.

Se convirtió en adulto.

Se casó.

Tuvo hijos.

Y durante mucho tiempo pensamos que todo había terminado.

Pero hay cosas que uno no debería dar por terminadas.

Porque hace apenas unas semanas, Gabriel vino a visitarme.

Estaba pálido.

Traía una fotografía.

Me la entregó.

Era una fotografía reciente.

Mostraba a su hija pequeña.

Una niña de cuatro años.

Sonreía frente a la cámara.

Pero detrás de ella había una figura.

Una mujer anciana.

Casi invisible.

Vestida de negro.

—¿Dónde tomaste esto? —pregunté.

Gabriel negó con la cabeza.

—Yo no la tomé.

—¿Entonces?

—Mi hija la encontró.

Sentí frío.

—¿Qué te dijo?

Gabriel tragó saliva.

—Dijo que la señora vino a verla.

—¿Cuándo?

—Anoche.

No supe qué responder.

Gabriel se quedó mirando la fotografía.

—Y dijo algo que me preocupa.

—¿Qué?

Me miró.

—Dijo que mi abuela cumplió su parte.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Y qué más?

Gabriel bajó la voz.

—Que ahora le toca a mi hija.

Desde entonces no he vuelto a dormir bien.

Porque algunas historias no terminan cuando la persona que hizo el trato muere.

Tal vez tampoco terminan cuando nace el hijo.

Tal vez las deudas más antiguas no pertenecen a una sola persona.

Pasan de generación en generación.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que algunos deseos nunca deberían cumplirse.

Porque cuando deseamos algo con suficiente desesperación, quizá no sabemos quién está escuchando.

Quizá tampoco sabemos qué está dispuesto a darnos.

Y, sobre todo, quizá jamás deberíamos aceptar algo cuando quien concede el deseo se niega a decirnos el precio.

Mi tía Elena quería ser madre.

Lo consiguió.

Pero el precio fue su vida.

Y durante años pensamos que ese había sido el final.

Ahora sabemos que no.

Porque hay una última cosa que nunca contamos.

La noche en que enterramos la corona de ramas secas, mi tío encontró otro papel debajo de una de las piedras.

Era pequeño.

Estaba doblado.

Solo tenía una frase.

No había firma.

No había fecha.

Decía:

“Una madre dio su vida para que naciera un hijo.”

“El hijo vivió para que la deuda continuara.”

“Y la deuda siempre encuentra a alguien que todavía desea demasiado.”

Desde entonces, cada vez que alguien me dice que tiene un deseo imposible, intento detenerlo.

No importa qué sea.

Dinero.

Amor.

Salud.

Familia.

Un hijo.

Siempre le digo lo mismo:

Ten cuidado con lo que pides.

Porque quizá el verdadero peligro no está en que tu deseo no se cumpla.

Está en que alguien lo escuche.

Y esté dispuesto a concedértelo.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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