NADIE ADVIRTIÓ A LA NUEVA SANADORA OMEGA QUÉ PACIENTE DEBÍA EVITAR, ASÍ QUE ENTRÓ EN LA HABITACIÓN PROHIBIDA Y PUSO SUS MANOS SOBRE EL REY ALFA.

El atacante nunca llegó hasta Kale.

Los hombres del comandante Alden cambiaron de dirección en el instante en que Meera gritó.

Dos guardias se abalanzaron sobre el asesino antes de que su espada pudiera alcanzarlo.

El jardín se sumió en el pánico.

Los dignatarios extranjeros huyeron.

Los sirvientes gritaron.

El acero resonó contra la piedra.

Meera se abrió paso entre la multitud.

“¡Col rizada!”

Estaba vivo.

Rodeado de guardias.

Pero sus ojos solo la buscaban a ella.

Cuando la vio, algo se quebró en su expresión.

“Meera.”

Recorrió la distancia restante.

Entonces, antes de que ella pudiera decir nada, la atrajo hacia sí y la tomó en sus brazos.

Duro.

Feroz.

Vivo.

Por un segundo se olvidó de los diplomáticos.

Los guardias.

Los gritos.

Ella simplemente lo abrazó.

—Estás a salvo —susurró ella.

“Porque lo viste.”

“Cualquiera lo habría hecho…”

“No.”

Kale se apartó lo suficiente como para mirarla.

“Nadie.”

El comandante Alden se acercó.

“El primer atacante está vivo.”

—¿Y qué hay del segundo? —preguntó Kale.

“Escapó durante la confusión.”

Alden extendió una nota doblada.

“Lo encontramos justo donde él estaba parado.”

Kale lo leyó.

Su expresión se endureció.

Meera tomó el pergamino.

Cuatro palabras destacaron.

La corona volverá.

Debajo de ellos:

Casa Ravensworth.

Un silencio gélido se instaló entre ellos.

“No van a parar”, dijo Meera.

“No.”

La voz de Kale se volvió inquietantemente tranquila.

“Entonces nosotros tampoco.”

La investigación cambió de la noche a la mañana.

Ya no estoy a la defensiva.

Ya no hay que esperar más.

Los guardias de Alden comenzaron a desmantelar la red de Ravensworth pieza por pieza.

Garrett Finch confesó haber enviado información médica.

Un funcionario de la cocina llamado Derek Vance admitió haber alterado los horarios de los guardias.

El concejal Adrien Cole había filtrado procedimientos de seguridad durante casi tres años.

Sin embargo, alguien permanecía fuera de la ciudadela.

El coordinador.

La persona que conecta a todos los conspiradores.

Marcus Doyle.

Un antiguo guardia real había sido destituido dos años antes.

Cuando Alden le mostró su boceto a Meera, ella sintió un nudo en el estómago.

“Lo he visto.”

Kale giró bruscamente.

“¿Dónde?”

“El comedor.”

“¿Cuando?”

“Hace semanas.”

Señaló el dibujo.

“Estaba hablando con Garrett.”

Ese recuerdo lo cambió todo.

Los hombres de Alden siguieron el rastro de Doyle hasta la parte baja de la ciudad.

Encontraron una vivienda.

La vi.

Prepararon una incursión.

Entonces la incursión fracasó.

Doyle escapó a través de un pasadizo secreto.

Dos guardias resultaron heridos.

Uno de los conspiradores fue capturado.

Y en el bolsillo de la mujer, descubrieron otra nota.

Este contenía el nombre de Meera.

La curandera sabe demasiado. Ocúpate de ella antes de que se convierta en un problema permanente.

El pergamino temblaba en las manos de Meera.

Kale se lo quitó.

Sus ojos se volvieron letales.

“No.”

Alden lo miró.

“Tenemos que trasladarla.”

“No.”

“Col rizada-“

“Ella se queda conmigo.”

Su voz no dejaba lugar a réplica.

“Si pretenden usarla en mi contra, aislarla solo hará que sea más fácil contactarla.”

Alden dudó.

Meera dio un paso al frente.

“Quiero ayudar.”

Ambos hombres la miraron fijamente.

Alden parecía realmente cansado.

“Por supuesto que sí.”

“Reconocí a Doyle.”

“Además, estuviste a punto de toparte de frente con un asesino.”

“El rey también.”

Kale parecía ofendido.

“Eso fue diferente.”

“Absolutamente no lo fue.”

A pesar de todo, Alden casi sonrió.

Meera continuó.

“Soy sanadora. Dedico mi vida a observar lo que otros pasan por alto. El color de la piel. Los patrones de respiración. Pequeños cambios en el comportamiento. Si eso puede ayudar a identificar a estas personas, cuenten conmigo.”

La expresión protectora de Kale se suavizó.

“No me gusta.”

“Lo sé.”

“Pero lo respeto.”

“Bien.”

Pasaron los días.

El conspirador capturado finalmente se derrumbó.

Habría una reunión.

Un almacén abandonado cerca de los muelles.

Doyle asistiría.

Lo mismo ocurriría con el verdadero líder detrás de la red restante de la Casa Ravensworth.

Alden planeó la operación cuidadosamente.

Kale dijo inmediatamente: “Ya voy”.

—No —respondió Alden.

“No estaba preguntando.”

Meera cruzó los brazos.

“Me dijiste que precipitarse hacia el peligro es una tontería.”

Kale la miró.

“¿Dije eso?”

“Varias veces.”

“Lamento haberte enseñado mis argumentos.”

Casi sonrió.

Entonces su expresión se suavizó.

“Si te vas, yo me voy.”

En absoluto.

“Col rizada.”

“No.”

“Confiaste en que tomaría mis propias decisiones cuando entré en tu habitación.”

“Eso fue antes de que la gente empezara a escribir notas sobre matarte.”

“Y esto después de haberte ayudado a salvar la vida dos veces.”

Silencio.

Alden miró alternativamente a ambos.

“Empiezo a comprender por qué ustedes dos funcionan.”

Kale exhaló.

Finalmente:

“Quédate detrás de los guardias.”

“Lo haré.”

“Haz exactamente lo que te diga Alden.”

“Voy a tratar de.”

“Meera.”

“Sí.”

Ella sonrió.

“Prometo.”

La zona de almacenes estaba envuelta en niebla.

El agua golpeaba suavemente contra los muelles.

Los guardias de Alden rodearon el edificio.

Meera se situó detrás de la primera línea.

Kale a su lado.

Nadie habló.

Entonces aparecieron dos figuras.

Marcus Doyle.

Y alguien disfrazado.

Entraron en el almacén.

Minutos después, estalló el caos.

Doyle irrumpió por una entrada lateral.

Los guardias lo interceptaron.

La figura encapuchada corrió hacia el muelle.

Hacia un barco que espera.

“¡Detener!”

Kale se movió.

“No-“

Demasiado tarde.

Corrió tras el fugitivo.

El corazón de Meera latió con fuerza contra sus costillas.

“¡Col rizada!”

La figura encapuchada llegó hasta el bote.

Kale los atacó por detrás.

Ambos cayeron estrepitosamente sobre tablones de madera mojados.

La capucha se cayó.

Una mujer.

Rasgos definidos.

Ojos fríos.

La col rizada se congeló.

“Alena Cross.”

El reconocimiento se reflejó en su voz.

La mujer rió amargamente.

“Te acuerdas de mí.”

“Exasesor de la Cámara de Representantes, Ravensworth.”

“Todo fue antes.”

Los guardias los rodearon.

Kale le sujetó la muñeca antes de que pudiera alcanzar el cuchillo que llevaba escondido bajo la manga.

“Destruiste a mi familia.”

“Mi padre despojó a Ravensworth de sus títulos después de que su casa intentara comprar la lealtad militar.”

“Tu padre nos humilló.”

“Él detuvo la traición.”

Los ojos de Alena ardían.

“Te sientas en un trono construido sobre nuestras ruinas.”

“No.”

Kale se puso de pie.

Los guardias la levantaron a la fuerza.

“Me siento en un trono que tu casa intentó robar.”

Meera llegó al muelle sin aliento.

Kale la miró.

“Prometiste quedarte.”

“Tú también.”

Por un instante, se quedó mirando fijamente.

Entonces se rió.

De verdad me reí.

Alden llegó detrás de ellos.

“No puedo creer que sea responsable de ninguno de los dos.”

Doyle fue capturado.

Alena fue capturada.

Sus documentos dejaron al descubierto el resto de la red.

En cuestión de semanas, las detenciones se extendieron por la parte baja de la ciudad y llegaron a las antiguas urbanizaciones de Ravensworth.

Años de planificación secreta se vinieron abajo.

Por primera vez desde la llegada de Meera, la Ciudadela de Blackthornne quedó en silencio.

Verdaderamente silencioso.

Nada de conspiraciones susurradas.

No hay advertencias de asesinato.

No hay guardias siguiendo a cada sanador por cada pasillo.

Y finalmente, el consejo de sanación volvió a convocar a Meera.

Entró en la misma cámara donde una vez le habían preguntado si se había acercado al rey intencionadamente.

Esta vez, nadie parecía sospechoso.

El líder del consejo, de cabello plateado, se puso de pie.

“Meera Voss.”

Meera juntó las manos.

“¿Sí?”

“Usted ha demostrado una habilidad médica excepcional.”

Una pausa.

“Valentía excepcional.”

Otro.

“Y una irritante disposición a cuestionar reglas que todos los demás han aceptado sin rechistar.”

Meera parpadeó.

“¿Gracias?”

Varios concejales sonrieron.

La mujer continuó.

“El protocolo que impide a los sanadores Omega no vinculados tratar al Rey Alfa en solitario fue escrito hace generaciones.”

Meera esperó.

“Su propósito era proteger a los sanadores.”

“Sí.”

“Pero con el tiempo, la protección se convirtió en algo que se daba por sentado.”

La concejala bajó la mirada por la mesa.

“Empezamos a suponer que una sanadora Omega no podía determinar sus propios límites.”

La expresión de Meera se suavizó.

“Dábamos por sentado que un rey alfa en apuros no podría ejercer autocontrol.”

Ella continuó.

“Has demostrado que ambas suposiciones son incompletas.”

El consejo votó a favor de modificar la norma.

No borrar las medidas de seguridad.

Mejóralos.

Los futuros sanadores estarían claramente informados sobre los riesgos.

Ellos decidirían si aceptaban o no las asignaciones.

Habrá acompañantes disponibles.

Pero a ningún sanador competente se le prohibiría tratar simplemente por su rango o cargo.

Meera salió de la habitación con una extraña mezcla de emociones.

Había llegado esperando únicamente curar heridas.

En cambio, ella había cambiado una ley.

Esa tarde, encontró a Kale en el jardín.

El mismo banco de piedra.

El mismo camino tranquilo.

El peligro había desaparecido.

Por una vez, no hubo ninguna reunión pendiente.

Ningún guardia interrumpió.

Kale extendió la mano.

Meera lo tomó.

“Se siente extraño”, dijo.

“¿Qué?”

“Nada intenta matarnos.”

“Dale tiempo.”

Ella le dio un codazo.

Él sonrió.

Entonces la sonrisa se desvaneció, dando paso a algo más suave.

“Necesito preguntarte algo.”

Su corazón cambió de ritmo.

“¿Qué?”

“Cuando entraste por primera vez en mi sala de recuperación, me trataste de forma diferente a los demás.”

“No sabía quién eras.”

“Lo sé.”

“Eso ayudó.”

“Sí, así fue.”

Se giró hacia ella.

“Pero después lo supiste.”

Ella se quedó callada.

“Sabías lo que yo era.”

“Rey.”

“Alfa.”

“Un paciente terrible.”

Su boca se contrajo.

“Aún así te quedaste.”

Meera miró sus manos entrelazadas.

“Confiaste en mí.”

“Eventualmente.”

“Me pediste a mí.”

“Sí.”

“Me escuchaste cuando no estuve de acuerdo contigo.”

“Generalmente.”

Ella arqueó una ceja.

“Frecuentemente.”

“Mejor.”

Kale respiró hondo.

“He pasado la mayor parte de mi vida rodeado de gente que habla con la corona.”

Su pulgar rozó los dedos de ella.

“Háblame tú.”

Meera sintió que se le cerraba la garganta.

“No quiero que eso termine.”

Ella lo miró.

“¿Qué estás preguntando?”

No se escondió tras los títulos.

“Te pregunto si quieres un futuro conmigo.”

Se le cortó la respiración.

“No como tu sanador.”

“No.”

“No porque te haya salvado la vida.”

“No.”

“No porque el consejo espere algo.”

“Absolutamente no.”

Eso la hizo sonreír.

La expresión de Kale permaneció seria.

“Como Meera.”

Él le apretó la mano.

“Y col rizada.”

Su sencillez la perturbó profundamente.

Había dedicado años a construir una vida en torno a la competencia.

Estudiar.

Servicio.

Control.

Jamás se habría imaginado que entrar en una habitación prohibida la llevaría hasta aquí.

“Yo quiero eso.”

La mirada de Kale se suavizó.

“¿Tú haces?”

“Pareces sorprendido.”

“Gobierno un reino. La duda rara vez es útil.”

“También amenazaste a todos los curanderos que intentaron ayudarte.”

“Eran irritantes.”

“Te estabas desangrando.”

“Estaba teniendo una semana difícil.”

Meera se rió.

El sonido resonó suavemente por todo el jardín.

Kale la observaba.

Entonces se inclinó más cerca.

Despacio.

Dándole tiempo.

Elección.

Exactamente como le había dado a elegir el primer día que lo trató.

Meera acortó la distancia.

Su primer beso no fue dramático.

No había multitud.

No hay truenos.

No se produjo ningún chasquido ceremonial.

Solo calor.

Alivio.

Confianza.

Dos personas eligiendo lo que ya había estado creciendo entre ellos durante semanas.

Cuando se separaron, Kale apoyó su frente contra la de ella.

“Me alegro mucho de que nadie te haya avisado.”

Meera sonrió.

“¿Acerca de?”

“¿Qué paciente evitar?”

Ella rió suavemente.

“Te habría atendido de todos modos.”

“No lo sabes.”

“Estabas sangrando.”

“Al parecer, eso anula el protocolo real.”

“Absolutamente.”

Meses después, Meera se convirtió en la médica jefe del ala de recuperación real.

Rechazó varios títulos de mayor importancia.

“Con que sea sanadora es suficiente”, dijo al consejo.

Priya se convirtió en su colega más cercana.

El comandante Alden aprendió a dejar de mostrarse sorprendido cada vez que Meera cuestionaba las decisiones de seguridad.

Principalmente.

Kale volvió a ejercer plenamente su función de gobernante.

Pero la ciudadela cambió a su alrededor.

Ya no toleraba una cultura en la que la gente tenía demasiado miedo de decirle verdades incómodas.

Se animaba a los sanadores a hablar directamente.

Los guardias podrían cuestionar las órdenes inseguras.

En lugar de seguir los procedimientos antiguos simplemente porque eran antiguos, se revisaron.

La conspiración había revelado algo más que una traición.

Había puesto de manifiesto cómo el miedo creaba puntos ciegos.

Garrett Finch se había escudado en la autoridad.

Adrien Cole tras la respetabilidad.

Marcus Doyle tras la familiaridad.

La mansión Ravensworth había sobrevivido porque demasiada gente daba por sentado que lo peligroso siempre era obvio.

Meera nunca había dado por sentado eso.

Ella notó la herida.

El desconocido permanecía demasiado quieto cerca del seto.

El rostro en un viejo recuerdo.

El patrón codificado que subyace al comportamiento ordinario.

Ese era su don.

No es magia.

Atención.

Una tarde, mucho después de que la amenaza hubiera cesado, Kale regresó al ala de curación con un pequeño corte en la palma de la mano.

Meera lo miró.

Luego lo miró.

“¿Qué pasó?”

“Entrenamiento con espada.”

“Estabas presumiendo.”

“Estaba dando instrucciones.”

“Estabas presumiendo mientras dabas instrucciones.”

“Probablemente.”

Señaló hacia la silla de exploración.

“Sentarse.”

El Rey Alfa obedeció.

Una joven curandera cercana se quedó mirando fijamente.

Meera se dio cuenta.

“¿Qué?”

La chica se sonrojó.

“Nada.”

Meera le limpió la mano a Kale.

La observó con la diversión que ya conocía.

“Sigues dándome órdenes.”

“Sigues siendo un paciente terrible.”

“¿Sabes? La primera vez que nos vimos, me amenazaste con atarme a la cama.”

“Te lo merecías.”

La joven curandera casi deja caer su bandeja.

Kale se rió.

Entonces algo se suavizó en su expresión.

Miró a la mujer que una vez había entrado en su habitación sin saber su nombre.

La mujer que lo había recompuesto cuando no confiaba en nadie.

La mujer que había descubierto el peligro sin perseguir el poder.

La mujer que había visto a un paciente antes de ver a un rey.

Y Meera volvió a mirar al hombre al que todos los demás le habían enseñado a temer.

Ahora ella conocía su ira.

Su humor.

Su terquedad.

Las noches de insomnio.

La carga de dictar sentencia.

La forma en que se preocupaba en silencio.

La forma en que le tomó la mano cuando terminó una difícil reunión del consejo.

Ninguna de esas cosas era visible debajo del título.

Las había aprendido porque nadie le advirtió con la suficiente antelación como para que ella sintiera miedo primero.

A veces, ese pensamiento todavía la asombraba.

Falta una advertencia.

Una explicación incompleta.

Un sanador abriendo una puerta prohibida.

Eso fue todo lo que hizo falta.

Pero Meera finalmente comprendió la verdad más profunda.

En realidad, nunca se trató de no haberle advertido.

Si alguien la hubiera detenido en el pasillo y le hubiera dicho:

El hombre que está dentro es el Rey Alfa.

Es peligroso.

Ha rechazado a todos los sanadores.

Los Omegas no vinculados tienen prohibido acercarse a él a solas.

¿Se habría dado la vuelta?

Quizás ella habría tenido miedo.

Quizás su mano habría temblado contra la puerta.

Pero ahora se conocía lo suficientemente bien como para saber lo que habría sucedido después.

De todas formas, lo habría abierto.

Porque detrás de cada título…

rey,

alfa,

omega,

curador-

Todavía había una persona.

Y aquella primera mañana, una persona había estado sangrando.

Otra persona sabía cómo detenerlo.

Todo lo demás vino después.

El peligro.

La conspiración.

La confianza.

El amor.

El futuro.

Todo comenzó con algo mucho más sencillo.

Meera entró en una habitación a la que todos los demás temían.

Observó al Alfa más peligroso del reino.

Y en lugar de ver un monstruo…

Ella vio una herida.

Kale nunca lo olvidó.

Ella tampoco.

Y años después, cuando la gente contaba la versión romántica de su historia, siempre comenzaban de la misma manera:

Nadie le dijo al nuevo sanador Omega qué paciente debía evitar.

Meera siempre los corregía.

“Eso no es del todo cierto.”

Entonces Kale arqueaba una ceja.

Y ella sonreía.

“La verdad es que, aunque me hubieran advertido…”

Ella tomaría su mano marcada por las cicatrices entre las suyas.

“…Aun así, habría entrado por la puerta.”🐺❤️

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

Recommended for You

View Archive arrow_forward