Necesitaba un marido antes del amanecer… y elegí al hombre que toda la ciudad temía
EL DESCONOCIDO DE LAS CUATRO DE LA MAÑANA
—Nunca la amé. Solo necesitaba su desesperación.
Escuché esas palabras desde la entrada de la Posada del Águila y, durante unos segundos, dejé de sentir los dedos.
Jacinto Salvatierra estaba sentado al fondo del salón con una copa frente a él y otro hombre a su lado. Reía.
Reía mientras hablaba de mí.
Yo llevaba treinta y ocho monedas de oro ocultas bajo la capa, el broche de granate de mi abuela prendido en el pecho y el reloj de plata de mi padre guardado junto al corazón.
Todo lo que podía salvar de mi familia.
Todo lo que pensaba entregarle al hombre que juraba amarme.
—¿Y si llora? —preguntó su acompañante.
Jacinto bebió un trago.
—Las señoritas lloran por todo. Cuando descubra que no pienso casarme con ella, yo ya estaré camino a Puebla.
Sentí que la sangre me bajaba de golpe hasta los pies.
El hombre que durante cinco meses me había escrito cartas diciendo que prefería morir antes que vivir sin mí no estaba planeando huir conmigo.
Estaba planeando robarme.
Retrocedí antes de que me viera.
No corrí.
No sé cómo logré no hacerlo.
Salí de la posada con la espalda recta, crucé la puerta de madera y solo cuando el aire helado de la madrugada me golpeó la cara entendí que me costaba respirar.
Eran poco más de las cuatro.
A las siete llegaría el notario a mi casa.
Y, si yo seguía siendo soltera, mi madre pensaba firmar un acuerdo con don Evaristo Aranda.
Un acuerdo sobre mis deudas.
Sobre nuestras propiedades.
Y, aunque nadie se atreviera a escribirlo de esa manera, sobre mí.
Hacía apenas unas horas, yo había estado frente al retrato de mi padre escuchando a mi madre decirlo sin siquiera bajar la voz.
—Don Evaristo firmará el acuerdo y tú serás su esposa antes de terminar la semana.
—Tiene cincuenta y tres años.
—Tiene dinero.
—Me mira como si ya me hubiera comprado.
Mi madre me sostuvo la mirada.
—Porque quizá eso es lo único que nos queda por vender.
No gritó.
No lo necesitó.
Había frases que podían romper a una persona sin levantar la voz.
Subí a mi habitación después de aquello y saqué de debajo del colchón las cinco cartas que Jacinto me había enviado.
“Antes del amanecer.”
“Confía en mí.”
“Trae solo lo indispensable.”
“En Veracruz empezaremos de nuevo.”
Había besado la última carta.
Todavía me avergüenza recordarlo.
Ahora caminaba sola por las calles empedradas de la Ciudad de México con esas mismas palabras clavadas en la cabeza.
Confía en mí.
Casi me reí.
Tenía tres opciones.
Volver a casa y convertirme en la esposa de don Evaristo.
Huir sola y aceptar que cualquier hombre que me reconociera podía destruir mi reputación antes del mediodía.
O regresar a la posada, entrar con la cabeza en alto y arrojarle a Jacinto sus cartas a la cara.
La tercera era la que más deseaba.
También era la más inútil.
Así que seguí andando.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía de qué estaba escapando.
Doblé por una calle casi vacía, tropecé con una piedra suelta y perdí el equilibrio.
No llegué al suelo.
Unas manos firmes me sujetaron por los brazos.
Choqué contra un pecho cubierto por un abrigo negro.
—¿Está herida?
La voz era grave.
Controlada.
Levanté la vista.
El hombre era alto. No joven como Jacinto, pero tampoco viejo. Tal vez tendría treinta y tantos años. Vestía con una sobriedad demasiado fina para esa hora de la madrugada: abrigo oscuro, guantes de piel, sombrero bien cortado y una expresión que no parecía pertenecer a alguien acostumbrado a pedir permiso.
Sus ojos fueron lo que más me desconcertó.
No tenían curiosidad.
Tenían atención.
Como si, cuando miraba algo, todo lo demás dejara de existir.
—No —respondí.
Él soltó mis brazos solo cuando estuvo seguro de que podía sostenerme.
Yo debía darle las gracias y alejarme.
En vez de eso, miré hacia una torre cercana.
El tiempo.
El maldito tiempo.
—Necesito hacerle una pregunta absurda.
Una ceja suya se movió apenas.
—He escuchado preguntas peores a estas horas.
—Lo dudo.
—Inténtelo.
No sé qué vio en mi cara.
Tal vez desesperación.
Tal vez locura.
Abrí la bolsa que llevaba oculta bajo la capa y dejé que viera las monedas.
No miró el oro.
Me miró a mí.
Eso me inquietó más.
—Mi madre recibirá al amanecer a un hombre llamado Evaristo Aranda —dije—. Piensa comprometerme con él a cambio de salvar las deudas de mi familia.
La expresión del desconocido cambió apenas al escuchar el nombre.
Fue tan rápido que pensé haberlo imaginado.
—¿Aranda?
—¿Lo conoce?
—Continúe.
Evadió la pregunta.
Debí notarlo.
Pero aquella noche yo solo podía escuchar el reloj invisible que avanzaba sobre mi cabeza.
—No puedo impedir que mi madre firme sus papeles —continué—. Pero sí puedo hacer que no tengan ningún valor sobre mí.
—¿Cómo?
Tragué saliva.
—Si llego casada.
Por primera vez pareció realmente sorprendido.
—¿Casada?
—Antes del amanecer.
El silencio entre nosotros duró dos respiraciones.
—¿Y dónde está el hombre con quien pensaba hacerlo?
La pregunta me atravesó.
Desvié la mirada.
—Cambió de planes.
Él entendió más de lo que dije.
—¿La abandonó?
—Eso habría sido más digno.
El desconocido guardó silencio.
Entonces hice la cosa más imprudente de toda mi vida.
Le ofrecí la bolsa.
—Cásese conmigo.
Ahora sí me miró como si intentara decidir si estaba loca.
—¿Perdón?
—No le estoy pidiendo amor. Ni protección. Ni que permanezca conmigo. Solo necesito un matrimonio legal antes de las siete. Después podemos acordar una separación, una anulación, lo que sea posible. Estas monedas serán suyas.
Cerró la mandíbula.
—Guarde su dinero.
Sentí el primer golpe del rechazo.
—Puedo conseguir más.
—No me ha entendido.
Se quitó lentamente el guante derecho.
Su mano era grande. Tenía una pequeña cicatriz que le atravesaba el nudillo del índice.
Me la extendió.
—Acepto la petición —dijo—. No el pago.
Me quedé mirando su mano.
—¿Por qué?
—Usted tampoco me preguntó por qué estoy caminando solo por la ciudad a las cuatro de la mañana.
—Eso no responde nada.
—No. Pero demuestra que ambos estamos tomando decisiones sin toda la información.
Aquello debió hacerme retroceder.
En cambio, pensé en la sonrisa de don Evaristo.
En Jacinto riéndose de mí.
En mi madre diciendo que quizá yo era lo último que nos quedaba por vender.
Puse mi mano sobre la del desconocido.
—Necesitamos un sacerdote.
—Y testigos.
—Conozco una capilla.
Él negó.
—A esta hora, no.
—Entonces estamos perdiendo el tiempo.
—No.
Miró hacia el extremo de la calle.
—Yo conozco a alguien.
Un carruaje apareció casi de inmediato.
No lo había escuchado acercarse.
Se detuvo frente a nosotros.
El cochero bajó de un salto.
Y entonces ocurrió la primera cosa que no tuvo sentido.
Al ver al desconocido, el hombre no dijo “señor”.
No dijo “caballero”.
Se quitó el sombrero.
E inclinó la cabeza.
—Excelencia.
Mi futuro esposo apretó ligeramente mi mano.
—Nos lleva con el padre Gabriel.
Miré al cochero.
Luego a él.
—¿Excelencia?
El desconocido abrió la puerta del carruaje.
—Tenemos menos de tres horas, señorita…
—Catalina. Catalina de la Serna.
Algo cruzó por sus ojos.
Reconocimiento.
Estoy segura.
—¿Y usted?
Tardó un segundo de más en contestar.
—Alejandro.
—¿Alejandro qué?
El cochero lo miró como si acabara de presenciar un acto de sacrilegio.
El hombre que estaba a punto de casarse conmigo sonrió por primera vez.
No fue una sonrisa cálida.
Fue la sonrisa de alguien que acababa de decidir que cierta verdad podía esperar.
—Por ahora —dijo—, Alejandro será suficiente.
Debí bajarme de aquel carruaje.
En lugar de eso, subí.
Y mientras las ruedas comenzaron a avanzar por las calles oscuras, vi en la puerta, casi borrado por la noche, un escudo de plata.
Un lobo coronado.
Lo conocía.
Toda la ciudad lo conocía.
Pero tardé todavía varios minutos en recordar dónde lo había visto.
Y cuando lo recordé, el aire se me atoró en la garganta.
Aquel era el emblema de la casa de Valcárcel.
La familia del hombre al que en los salones nadie se atrevía a nombrar demasiado alto.
El duque de Valcárcel.
PARTE 2: EL HOMBRE CON EL ESCUDO DEL LOBO
No dije nada durante casi una calle entera.
Alejandro iba sentado frente a mí, con una mano apoyada sobre el bastón que llevaba entre las rodillas.
Yo no podía dejar de mirar el escudo grabado en el interior de la puerta.
El lobo.
La corona.
Valcárcel.
Tal vez el carruaje pertenecía a otra persona.
Tal vez Alejandro era un empleado.
Un secretario.
Un pariente lejano.
Cualquier explicación me convenía más que la verdad que empezaba a formarse en mi cabeza.
Había escuchado historias del duque desde niña.
No sabía cuántas eran ciertas.
Decían que había heredado el título después de la muerte de su hermano mayor.
Que había desafiado a un coronel que insultó a su madre.
Que había expulsado de sus tierras a un administrador que robaba a los campesinos.
Que tres familias poderosas lo detestaban porque no podían comprarlo.
También decían que era frío, orgulloso y peligroso.
Mi madre había resumido todo aquello una vez con una frase:
“Ese hombre no necesita levantar la voz. La gente le teme precisamente porque nunca lo hace.”
Frente a mí, Alejandro giró la cabeza.
—Va a terminar rompiendo ese escudo de tanto mirarlo.
Sentí calor en el rostro.
—¿Es suyo?
—El carruaje sí.
—No pregunté eso.
—Ya lo sé.
—¿Por qué su cochero lo llamó “Excelencia”?
Él guardó silencio.
—Alejandro.
—Todavía puede echarse atrás.
Eso me alarmó más que cualquier respuesta.
—¿Por qué tendría que hacerlo?
—Porque sospecho que acaba de recordar quién soy.
Lo miré fijamente.
Él sostuvo mis ojos.
—Dígamelo.
—Alejandro Valcárcel.
Mi estómago cayó.
—¿El duque?
—Sí.
No pude evitarlo.
Solté su mano.
Él miró el movimiento.
No parecía ofendido.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Usted pidió un marido, no un árbol genealógico.
—¡Eso no es lo mismo!
El cochero dio un pequeño salto al otro lado de la cortina.
Yo bajé la voz.
—Si hubiera sabido quién era…
—¿No me habría pedido ayuda?
Abrí la boca.
No tenía una respuesta limpia.
—Probablemente no.
—Entonces hice bien en esperar.
—¡Eso es engañarme!
—No le mentí.
—Dijo que “Alejandro era suficiente”.
—Y lo era para llegar al sacerdote.
Apreté los labios.
Lo odié un poco en ese momento.
No porque fuera duque.
Sino porque tenía razón de una manera insoportable.
—Detenga el carruaje.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Quiere volver?
Pensé en mi casa.
Evaristo.
El notario.
Mi madre.
Jacinto.
—No.
—Entonces respire.
—No me diga qué hacer.
—Perfecto. Desmáyese si lo prefiere, pero procure hacerlo después de la ceremonia.
Lo miré indignada.
Él volvió el rostro hacia la ventana.
Y juraría que escondió una sonrisa.
La capilla se encontraba detrás de un convento pequeño, lejos de las avenidas principales.
El padre Gabriel era un hombre de cabello completamente blanco que abrió la puerta él mismo.
Cuando vio al duque, no pareció sorprendido.
Cuando me vio a mí, sí.
—Alejandro.
—Padre.
—Son las cuatro y cuarenta y cinco.
—Lo sé.
El sacerdote me observó.
Luego miró nuestras manos.
—No me diga que…
—Necesitamos que nos case.
El padre Gabriel cerró los ojos.
—Por supuesto.
—¿Por supuesto? —repetí.
El anciano suspiró.
—Señorita, conozco a este hombre desde que tenía nueve años. Cuando aparece antes del amanecer, nunca es para pedirme algo sencillo.
Necesitábamos dos testigos.
El cochero fue uno.
El padre Gabriel despertó a un sacristán para que fuera el segundo.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Eso era lo que yo quería.
Y, sin embargo, cuando me encontré frente al altar, entendí por primera vez la magnitud de lo que estaba haciendo.
Alejandro ya no era un desconocido.
Era peor.
Era un desconocido con poder suficiente para cambiar mi vida con una sola palabra.
—Todavía puede negarse —murmuró él.
Giré hacia él.
—¿Y usted?
—Yo ya decidí.
—¿Por qué?
Su mirada se desvió apenas hacia el sacerdote.
—Después.
Otra puerta cerrada.
Otro secreto.
Quise insistir, pero el padre Gabriel comenzó.
Cuando llegó el momento de decir mi nombre, la voz casi me falló.
—Catalina de la Serna.
Alejandro no apartó los ojos de mí.
Pronunció el suyo con una tranquilidad que me pareció absurda.
Alejandro Sebastián de Valcárcel y Mendoza.
Títulos.
Apellidos.
Un mundo entero detrás de aquel nombre.
Yo apenas escuché el resto.
Solo volví a sentir el cuerpo cuando el padre Gabriel dijo:
—Quedan unidos ante Dios.
Casada.
La palabra cayó dentro de mí con una fuerza extraña.
No había amor.
No había flores.
No estaba mi familia.
No estaba el hombre al que había imaginado durante meses pronunciando votos conmigo.
Estaba un duque temido.
Un sacerdote medio dormido.
Dos testigos sorprendidos.
Y yo.
La mujer que había decidido casarse con el primer desconocido capaz de impedir que otro hombre la comprara.
Alejandro firmó primero.
Me entregó la pluma.
Mi mano tembló.
Él la vio.
—No voy a obligarla.
—Ya sé.
Firmé.
Catalina de la Serna.
Luego miré el documento.
Mi nombre todavía era mío.
Eso me bastó.
Cuando salimos de la capilla faltaba poco más de una hora para las siete.
—Lléveme a mi casa —dije.
Alejandro se detuvo.
—¿Ahora?
—Especialmente ahora.
—Aranda estará ahí.
—Por eso.
Algo en su rostro cambió.
—¿Piensa entrar sola?
—Es mi casa.
—Ya no tiene por qué enfrentar esto sin protección.
Aquella palabra me hizo tensarme.
—No me casé para cambiar de dueño.
Sus ojos se oscurecieron.
—Nunca vuelva a confundirme con Aranda.
El tono fue bajo.
Pero bastó para hacerme callar.
Un instante después suavizó la voz.
—No pienso encerrarla. Ni decidir por usted. Pero si ese hombre cree que puede reclamarla como parte de un acuerdo financiero, necesito verlo con mis propios ojos.
—¿Necesita?
—Sí.
—Otra vez esa palabra.
—Catalina.
—¿Qué no me está diciendo?
Alejandro respiró por la nariz.
—Que conozco a Evaristo Aranda desde hace más tiempo del que usted imagina.
Sentí frío.
—¿De qué?
—Negocios.
—¿Qué clase de negocios?
—Los que hacen que un hombre envíe emisarios durante meses para comprar pagarés de familias desesperadas.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué dijo?
—Suba al carruaje.
—No hasta que me explique.
Alejandro se acercó un paso.
—Aranda no encontró casualmente las deudas de su padre.
Mi corazón dio un golpe.
—Mi padre murió endeudado.
—Sí.
—Entonces…
—Una deuda puede existir durante años sin destruir a una familia. El problema comienza cuando alguien compra todos los pagarés al mismo tiempo y exige cobrarlos de inmediato.
Lo miré.
Ya no sentía el frío.
—¿Está diciendo que Evaristo hizo eso?
—Estoy diciendo que tengo razones para sospecharlo.
—¿Por qué?
Su mirada endureció.
—Porque intentó hacer algo parecido con otra familia.
—¿Cuál?
El silencio fue respuesta suficiente.
—La suya —susurré.
No confirmó.
Tampoco lo negó.
Subí al carruaje.
Esta vez Alejandro se sentó a mi lado.
No hablamos durante el trayecto.
Cuando llegamos al caserón de los De la Serna, el cielo comenzaba a aclararse.
Había un carruaje estacionado frente a la entrada.
Reconocí el caballo gris.
Don Evaristo ya estaba allí.
También estaba el notario.
Respiré hondo.
Alejandro bajó primero.
Me ofreció la mano.
—¿Lista?
—No.
—Bien.
Lo miré.
—¿Bien?
—Las personas que dicen estar listas para una guerra normalmente son las que no entienden lo que está por comenzar.
Entramos.
Mi madre estaba en el salón principal.
Don Evaristo permanecía junto a la mesa.
El notario revisaba papeles.
Los tres voltearon cuando aparecí.
Mi madre palideció.
—Catalina.
Evaristo dio un paso hacia mí.
—¿Dónde demonios estaba?
Sentí a Alejandro detenerse detrás de mi hombro.
Evaristo todavía no lo había visto.
—Eso ya no es asunto suyo.
—Lo será cuando firme su madre.
—No.
Saqué el documento de matrimonio.
—Ya no puede firmar nada sobre mí.
El rostro de Evaristo se vació.
Mi madre me arrebató el papel.
Sus ojos recorrieron las líneas.
Vi el momento exacto en que dejó de respirar.
—Catalina… ¿qué hiciste?
Don Evaristo avanzó.
—Déjeme verlo.
Mi madre levantó la vista hacia el hombre que estaba detrás de mí.
Entonces retrocedió.
—Dios mío.
Evaristo se volvió.
Vi desaparecer el color de su cara.
Alejandro entró al salón como si aquel lugar le perteneciera.
—Buenos días, Aranda.
Evaristo tragó saliva.
—Excelencia.
Yo esperaba furia.
Tal vez amenazas.
Lo que no esperaba era miedo.
Miedo verdadero.
—¿Qué hace usted aquí? —preguntó Evaristo.
Alejandro me miró.
—Vine a acompañar a mi esposa.
La palabra cayó como un disparo.
Mi madre se llevó una mano al pecho.
Evaristo miró el certificado.
Luego a mí.
Luego otra vez a Alejandro.
Su miedo desapareció.
En su lugar apareció algo que me heló más.
Una sonrisa.
Pequeña.
Controlada.
—Entonces es peor de lo que creía —dijo.
Alejandro dejó de moverse.
—¿Qué significa eso?
Don Evaristo abrió lentamente la carpeta que llevaba bajo el brazo.
Sacó una hoja.
—Significa que su flamante esposa acaba de heredar no solo las deudas de su padre.
Colocó el documento sobre la mesa.
—También heredó el motivo por el que don Ignacio murió arruinado.
Miré a Alejandro.
Por primera vez desde que lo conocía, vi que él también estaba sorprendido.
Evaristo apoyó un dedo sobre una firma.
La de mi padre.
—Pregúntele al duque —dijo— por qué aparece su apellido en el último pagaré que firmó don Ignacio tres días antes de morir.

PARTE 3: LA DEUDA QUE LLEVABA SU NOMBRE
No recuerdo haber caminado hacia la mesa.
Solo recuerdo ver el apellido.
VALCÁRCEL.
Escrito en tinta negra.
Debajo aparecía la firma de mi padre.
Ignacio de la Serna.
Sentí como si alguien hubiera abierto una puerta bajo mis pies.
Miré a Alejandro.
—Dígame que no sabía esto.
No contestó de inmediato.
Ese segundo me destrozó más que una negativa.
—Catalina…
—Dígamelo.
—No había visto ese documento.
—No fue lo que pregunté.
Evaristo soltó una risa suave.
—Cuidado, excelencia. La verdad tiene la mala costumbre de complicar los matrimonios.
Alejandro se volvió hacia él.
—Cierre la boca.
Evaristo obedeció.
Yo no.
—¿Su familia tenía negocios con mi padre?
—Sí.
El salón pareció encogerse.
—¿Qué clase de negocios?
—Su padre buscó financiamiento hace aproximadamente dos años.
Mi madre levantó la cabeza.
—Ignacio nunca me dijo eso.
—Porque probablemente intentaba evitar que usted se preocupara —respondió Alejandro.
—No hable de mi esposo como si lo conociera.
Alejandro endureció la expresión.
—Lo conocí.
Mi madre palideció todavía más.
Eso me hizo voltear hacia ella.
—Mamá.
—Catalina…
—¿Tú sabías?
—No.
—¿Sabías que mi padre conocía al duque?
—Sabía que se habían reunido. Una vez.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque tu padre me pidió que no lo hiciera.
Otra pieza.
Otro silencio.
Ya no sabía quién estaba ocultando qué.
Me senté.
No porque quisiera.
Porque las piernas dejaron de responderme.
Alejandro tomó el documento que Evaristo había puesto sobre la mesa.
Lo revisó lentamente.
—Esto no es un pagaré de mi casa.
—Tiene su apellido —dije.
—También tiene un sello falso.
Evaristo sonrió.
—Qué conveniente.
Alejandro levantó el documento hacia la ventana.
—La casa Valcárcel utiliza cera azul en documentos privados desde hace cuarenta años. Esto está sellado en rojo.
—Un color no prueba nada.
—No.
El duque señaló una línea.
—Pero esto quizá sí.
Me acerqué.
—¿Qué?
—La fecha.
Tres días antes de la muerte de mi padre.
—¿Qué tiene?
Alejandro me miró.
—Ese día yo estaba en Veracruz.
Evaristo cruzó los brazos.
—Qué fortuna para usted que los muertos no puedan contradecirlo.
Alejandro dobló el documento.
—No necesito a un muerto.
—¿Entonces a quién?
—Al secretario que firmaba cada operación de mi casa cuando yo estaba ausente.
Evaristo dejó de sonreír.
Fue apenas un instante.
Pero lo vi.
Y Alejandro también.
Ahí nació mi primera sospecha real.
No contra mi esposo.
Contra el hombre que quería comprarme.
—¿Dónde está ese secretario? —pregunté.
Alejandro siguió mirando a Evaristo.
—Desapareció hace seis meses.
El silencio volvió a caer.
—Conveniente otra vez —dijo Evaristo.
—Demasiado conveniente —contestó Alejandro.
Aquella mañana nadie firmó el acuerdo matrimonial.
Pero eso no significó que estuviéramos a salvo.
Evaristo tenía los pagarés.
Mi madre no podía pagarlos.
Y mi matrimonio no borraba las deudas de la familia.
Antes de irse, Evaristo se detuvo junto a mí.
—Felicitaciones.
—Váyase.
—De verdad lo digo.
—No parece.
Bajó la voz.
—Usted cree que se salvó porque eligió un hombre más poderoso que yo.
Miré hacia Alejandro.
Él hablaba con el notario.
—No lo elegí por su poder.
—Eso lo hace todavía más divertido.
—¿Qué quiere?
Evaristo acercó el rostro.
—Que recuerde algo cuando descubra la verdad.
—¿Qué?
—Los hombres que llegan justo cuando una mujer necesita ser rescatada casi nunca llegan por casualidad.
Se marchó.
Aquella frase me siguió durante todo el día.
Alejandro quería llevarme a su residencia.
Mi madre quería que me quedara.
Yo no quería ninguna de las dos cosas.
—Necesito pensar —dije.
—Puede pensar en mi casa.
—Su casa está llena de gente que lo obedece.
—¿Y eso qué tiene de malo?
—Que ahora mismo necesito estar en un lugar donde alguien pueda decirle que no.
El padre Gabriel acabó siendo nuestra solución.
Tenía una vivienda discreta junto al convento y permitió que me quedara allí durante unas horas.
Alejandro no discutió.
Antes de irse me entregó una llave.
—¿Qué abre?
—Una caja de documentos en mi residencia.
Lo miré sorprendida.
—¿Por qué me la da?
—Porque usted cree que estoy ocultando algo.
—¿Lo está?
—Sí.
Mi pecho se tensó.
—¿Qué?
—Algo que quiero contarle yo. No Aranda.
—Entonces dígamelo.
Alejandro miró hacia la puerta.
—Su padre vino a verme siete meses antes de morir.
Me quedé inmóvil.
—¿Para pedir dinero?
—No.
—¿Entonces?
—Para pedirme ayuda.
—¿Con qué?
Alejandro bajó la voz.
—Creía que alguien estaba comprando sus deudas para quedarse con sus tierras.
Todo encajó demasiado rápido.
Evaristo.
—¿Y usted qué hizo?
La culpa apareció en la cara del duque.
Ahí estaba el secreto.
—Le dije que necesitaba pruebas.
—¿Eso fue todo?
—Le ofrecí protección temporal. Él la rechazó.
—¿Por orgullo?
—Por miedo.
—¿Miedo de qué?
Alejandro sostuvo mis ojos.
—De que la persona que estaba detrás de todo supiera que había acudido a mí.
—Evaristo.
—Su padre nunca pronunció su nombre.
—Pero usted lo sospechaba.
—Sí.
Me levanté.
—¿Y dejó que regresara solo?
—Catalina…
—Murió siete meses después.
—Lo sé.
—Y nosotros perdimos todo.
—Lo sé.
—¡Entonces no me diga que lo sabe!
Mi voz rebotó contra las paredes.
Alejandro no respondió.
Eso me enojó más.
—Usted pudo ayudarlo.
—Probablemente.
La respuesta me desarmó.
Esperaba una defensa.
Una excusa.
No eso.
—¿Probablemente?
—Pude insistir más. Pude investigarlo sin su permiso. Pude ignorar su orgullo. No lo hice.
Bajó la mirada un segundo.
—Y cuando me enteré de su muerte, ya era tarde.
Sentí que los ojos me ardían.
—¿Por eso aceptó casarse conmigo?
El silencio lo dijo antes que él.
—En parte.
Retrocedí.
—Entonces Evaristo tenía razón.
—No.
—¡Me reconoció cuando dije mi apellido!
—Sí.
—¿Desde el principio?
—Desde el momento en que dijo “De la Serna”.
La humillación regresó.
Diferente a la de Jacinto.
Más profunda.
—Yo pensé que estaba pidiendo ayuda a un desconocido.
—Lo sé.
—Pero usted sabía quién era yo.
—Sí.
—¿Y no creyó importante decírmelo?
—Si le hubiera dicho mi nombre, habría huido.
—¡Tenía derecho a hacerlo!
—Sí.
Otra vez esa maldita respuesta.
Sin excusas.
Sin defensa.
Eso hacía más difícil odiarlo.
—¿Qué más?
—¿Qué?
—No me dé verdades en pedazos. ¿Qué más sabía?
Alejandro respiró lentamente.
—Que Aranda estaba presionando a su familia.
—¿Cómo?
—Mandé averiguar quién había comprado los pagarés de su padre.
—¿Me investigó?
—Investigaba a Aranda.
—Yo era parte de eso.
—Sí.
Me cubrí la cara un instante.
Había pasado de confiar en Jacinto a casarme con un hombre que había estado siguiendo el desastre de mi familia desde lejos.
—Váyase.
—Catalina.
—Váyase.
Esta vez obedeció.
Pero dejó la llave.
Aquella tarde no lloré por Jacinto.
Curiosamente, él ya me parecía un dolor pequeño comparado con todo lo demás.
Lloré por mi padre.
Por mi madre.
Por la cantidad de secretos que podían esconderse dentro de una familia mientras todos fingían que las paredes seguían firmes.
Al anochecer escuché pasos en el corredor.
Pensé que era el padre Gabriel.
Era mi madre.
Parecía haber envejecido diez años desde la mañana.
—¿Cómo supiste dónde estaba?
—Alejandro mandó un carruaje por mí.
—Claro que lo hizo.
Se sentó frente a mí.
Durante un momento ninguna habló.
Luego sacó algo del bolso.
Una carta.
Reconocí la letra de mi padre.
Mis manos comenzaron a temblar antes de tocarla.
—¿Dónde estaba?
—Dentro de su escritorio.
—¿Todo este tiempo?
—No pude abrir el compartimento hasta esta tarde.
—¿Por qué?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque Evaristo tenía la llave.
El mundo se detuvo.
—¿Qué?
—La encontré esta mañana, después de que se fue. Debió caerle junto a la silla.
Tomé la carta.
Estaba dirigida a ella.
Mercedes:
Si algo me ocurre, no vendas la hacienda sin revisar los libros del molino. Las cifras están alteradas. Alguien utiliza mis deudas para obligarme a desprenderme de San Jerónimo.
No confíes en quien llegue primero ofreciendo salvarte.
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.
La última frase.
No confíes en quien llegue primero ofreciendo salvarte.
Pensé en Evaristo.
Después pensé en Alejandro.
Mi madre señaló el reverso.
Había otra línea.
Una que mi padre había añadido con tinta más débil.
Y si Valcárcel vuelve a buscarme, dile que tenía razón respecto a Salvatierra.
Dejé de respirar.
—Salvatierra —susurré.
Mi madre frunció el ceño.
—¿Quién es?
Yo sí lo sabía.
Jacinto Salvatierra.
El hombre que había planeado robarme esa misma madrugada.
Y por primera vez entendí algo mucho peor que su traición.
Jacinto no había aparecido en mi vida después de la muerte de mi padre.
Lo conocía desde antes.
Tal vez mucho antes.
PARTE 4: EL HOMBRE QUE YA SABÍA QUE YO HUIRÍA
Encontré a Alejandro antes de la medianoche.
No esperé a que viniera.
Fui a buscarlo.
El palacio de Valcárcel era menos ostentoso de lo que había imaginado y mucho más intimidante.
No por el tamaño.
Por el silencio.
Los criados se apartaban sin preguntar cuando escuchaban su nombre.
Yo todavía llevaba la llave que me había dado.
No tuve que usarla.
Alejandro estaba en su despacho rodeado de documentos cuando entré.
Levantó la vista.
—Catalina.
Arrojé la carta de mi padre sobre la mesa.
—¿Qué sabe de Jacinto Salvatierra?
La reacción fue mínima.
Pero existió.
—¿Dónde encontró esto?
—Contésteme.
Leyó la carta.
Cuando terminó, apoyó ambas manos en el escritorio.
—Lo estaba buscando.
—¿Desde cuándo?
—Seis meses.
—¿Por qué?
—Porque trabajó para el secretario desaparecido de mi casa.
El aire se volvió pesado.
—Repítalo.
—Salvatierra llevaba correspondencia y documentos entre varios comerciantes. Entre ellos, mi secretario.
—¿Y nunca pensó decirme que el hombre con quien iba a huir podía estar relacionado con las deudas de mi padre?
Alejandro levantó la cabeza de golpe.
—¿Iba a huir con Salvatierra?
Comprendí que aquello sí no lo sabía.
—Esta madrugada.
—Dios.
Rodeó el escritorio.
—¿Le entregó algo?
—No.
—¿Documentos?
—No.
—¿Joyas?
—No.
—¿Le dijo qué llevaba?
—Él me pidió que llevara todo lo que pudiera.
Vi cómo Alejandro reconstruía algo en su cabeza.
—¿Qué?
—No quería sus monedas.
—Lo escuché hablar de ellas.
—Sí, porque debía creer que estaba buscando dinero.
—¿Entonces qué quería?
Alejandro señaló la carta.
—Algo de su padre.
Sentí un escalofrío.
—Mi madre encontró esta carta hoy.
—Pero Salvatierra no podía saberlo.
—No.
Ambos pensamos lo mismo.
El reloj.
El broche.
Las pocas cosas que yo había sacado de la casa.
—Llevaba el reloj de plata de mi padre.
Alejandro cerró los ojos.
—¿Lo tiene?
Metí la mano bajo la capa.
Saqué el reloj.
Él extendió la mano.
No se lo di.
—Explíqueme primero.
—Su padre me escribió una vez diciendo que había encontrado pruebas sobre la manipulación de sus cuentas. Después se retractó. Dijo que las había destruido.
—¿Y usted no le creyó?
—No.
Miré el reloj.
Había pertenecido a mi abuelo.
Mi padre lo llevaba todos los días.
—¿Cree que están aquí?
—No lo sé.
Lo abrí.
Marcaba las doce menos ocho.
Alejandro lo tomó con cuidado y examinó la tapa trasera.
—¿Alguna vez lo repararon?
—Mi padre sí. No dejaba que nadie más lo tocara.
El duque presionó una pequeña hendidura junto a la bisagra.
No pasó nada.
Lo intentó otra vez con la punta de un abrecartas.
Escuchamos un clic.
La tapa interior se levantó.
Dentro había un papel doblado.
Sentí que me faltaba aire.
Alejandro no lo tocó.
—Ábralo usted.
Lo hice.
No era una carta.
Era una lista.
Nombres.
Cantidades.
Fechas.
Sociedades.
Y varias iniciales repetidas.
E.A.
Evaristo Aranda.
Más abajo:
M. Figueroa.
El antiguo secretario de Alejandro.
Y después:
J. Salvatierra.
Tuve que sentarme.
—Jacinto sabía.
—Sí.
—Me enamoró para acercarse a esto.
Alejandro no respondió.
No necesitaba hacerlo.
Todo cambió de significado.
Las cartas.
Las preguntas sobre mi padre.
Su insistencia en que llevara objetos familiares.
La fuga apresurada.
No era una traición nacida de la codicia de aquella noche.
Había sido una trampa construida durante meses.
La humillación me quemó por dentro.
—Quiero ir a buscarlo.
—No.
Levanté la vista.
—¿No?
—Salvatierra ya sabe que usted no llegó.
—Mejor.
—Eso significa que probablemente sabe que algo salió mal.
—Perfecto.
—Catalina.
Me levanté.
—No vuelva a ordenarme lo que puedo hacer.
—No intento ordenarle.
—Acaba de decir “no”.
—Porque si Salvatierra trabaja con Aranda, entrar a la posada preguntando por él sería anunciar que tenemos algo.
—Tenemos pruebas.
Alejandro señaló la lista.
—Tenemos una hoja sin contexto que cualquier abogado de Aranda llamará falsificación.
—Es la letra de mi padre.
—Eso lo creemos usted y yo.
—¿Entonces qué propone?
—Hacer que ellos nos digan qué significa.
Lo miré.
—¿Cómo?
Y ahí fue cuando dejamos de huir.
Durante las siguientes horas estudiamos la lista.
Algunas fechas coincidían con hipotecas de la hacienda.
Otras con préstamos.
Una coincidía con la semana en que mi padre dijo haber perdido una inversión.
Alejandro encontró movimientos semejantes en documentos de su propio archivo.
Siempre aparecía una empresa diferente.
Siempre había un intermediario.
Nunca Evaristo directamente.
Pero las iniciales estaban allí.
A las dos de la mañana tomé una decisión.
—Voy a ver a Jacinto.
Alejandro levantó la vista.
—No.
—Esta vez no era una pregunta.
—Tampoco mi respuesta.
—Escúcheme.
—Eso hago.
—Jacinto cree que yo estaba desesperada.
—Lo estaba.
—Sigue creyéndolo. Seguramente piensa que me asusté, que regresé con mi madre o que Evaristo me encontró antes de llegar a la posada.
Alejandro entendió.
—Quiere hacerle creer que todavía confía en él.
—No.
Negué.
—Quiero hacerle creer que estoy dispuesta a perdonarlo.
El duque me observó durante varios segundos.
—Eso es peligroso.
—Más peligroso es seguir dejando que ellos decidan qué hacemos.
Finalmente asintió.
—No irá sola.
—No quiero que entre conmigo.
—No entrará nadie a verla sin que yo sepa exactamente dónde está.
A las cinco de la mañana, casi veinticinco horas después de haber escuchado a Jacinto reírse de mí, regresé a la Posada del Águila.
Él seguía ahí.
Cuando me vio entrar, su rostro cambió.
Primero sorpresa.
Luego alivio.
Después esa preocupación fingida que tantas veces confundí con cariño.
—Catalina.
Se levantó.
—Dios mío. ¿Dónde estuviste?
Quise golpearlo.
Sonreí.
Fue una de las cosas más difíciles que he hecho.
—Tuve miedo.
—Te esperé toda la noche.
Mentira.
—Lo sé.
—Pensé que te había ocurrido algo.
Otra.
—Mi madre descubrió que salí.
Dejé que mi voz temblara.
No fue difícil.
—Tuve que regresar.
Jacinto tomó mis manos.
Sentí asco.
—¿Trajiste las cosas?
Ahí estaba.
Ni siquiera había esperado un minuto.
Bajé la mirada.
—No todas.
—¿El reloj?
Levanté lentamente los ojos.
Él comprendió demasiado tarde.
—¿Qué reloj?
Sonreí.
—Nunca te dije que pensaba llevarlo.
La mano de Jacinto se tensó alrededor de la mía.
Por primera vez vi al verdadero hombre detrás de las cartas.
—Catalina…
—¿Cómo sabías que lo tenía?
Intentó retirarse.
No lo dejé.
—¿Mi padre te habló de él?
—Estás confundida.
—¿Trabajabas para Martín Figueroa?
El color abandonó su cara.
Esa fue la respuesta.
—No sé quién te contó eso.
—Entonces sí lo conoces.
Miró hacia la puerta.
Alejandro estaba afuera.
No podía verlo.
Eso era lo que yo necesitaba.
Jacinto bajó la voz.
—Escúchame. Nada de esto es lo que parece.
—Curioso. Eso dicen todos los hombres cuando se les acaba la mentira.
—Yo sí quise ayudarte.
Me reí.
—Te escuché anoche.
Su expresión cambió.
La máscara cayó por completo.
—Entonces no tiene sentido seguir fingiendo.
Me soltó.
—Dame el reloj.
—No.
—No sabes lo que tienes.
—Sí lo sé.
—Catalina.
—¿Qué hizo Aranda con mi padre?
Un músculo saltó en su mandíbula.
—No menciones ese nombre.
—¿Por qué? ¿Te da miedo?
Eso funcionó.
—Tú no entiendes a quién estás provocando.
—Explícame.
—No puedo.
—¿Porque te paga?
Jacinto se acercó.
—Porque si cree que hablé, estoy muerto.
Ahí estaba.
Miedo.
No actuación.
—Entonces habla y te protegeré.
Soltó una carcajada amarga.
—¿Tú?
—Mi esposo.
Jacinto se quedó inmóvil.
—¿Qué esposo?
No respondí.
La puerta de la posada se abrió.
Alejandro entró.
Jacinto retrocedió.
—No.
El duque se quitó los guantes lentamente.
—Buenos días, Salvatierra.
Jacinto miró hacia otra salida.
Dos hombres de Alejandro esperaban ahí.
—Yo no hice nada.
—Entonces será sencillo explicarlo.
—No.
Jacinto comenzó a respirar demasiado rápido.
—Usted no entiende.
Alejandro se acercó.
—Entiendo que Figueroa falsificó documentos usando mi sello. Entiendo que Aranda compró deudas a través de sociedades interpuestas. Entiendo que tú sabías que Ignacio de la Serna guardó pruebas.
Jacinto me miró.
—¿Encontraste el papel?
No dije nada.
Sus ojos respondieron por él.
Alejandro lo vio.
—Gracias —dijo—. Eso confirma que existe.
Jacinto comprendió su error.
—Maldito sea.
Sacó algo de su abrigo.
Un cuchillo.
Todo ocurrió en segundos.
Alejandro dio un paso hacia mí.
Jacinto no fue hacia él.
Fue hacia la ventana.
La rompió con el hombro.
Escapó.
Los hombres del duque salieron detrás.
Yo corrí hasta la ventana.
—¡Jacinto!
Alejandro me sujetó.
—Déjelo.
—¡Puede llevarnos hasta Evaristo!
—Precisamente por eso.
Lo miré.
—¿No van a detenerlo?
—No todavía.
Entonces entendí.
Lo estábamos siguiendo.
Durante una hora esperamos noticias.
Jacinto fue directo a una casa en las afueras.
Una propiedad registrada a nombre de una empresa que aparecía en la lista de mi padre.
Alejandro y yo llegamos poco después.
No entramos.
Observamos desde un carruaje oculto tras una esquina.
A las seis y veinte, otro carruaje apareció.
Evaristo bajó.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—Ahí está.
Alejandro asintió.
—Necesitamos oírlos.
—¿Cómo?
El duque sacó del bolsillo una llave.
—La casa tiene una entrada trasera.
Lo miré.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque fue mía.
Otra sorpresa.
Ya ni siquiera tuve fuerzas para reclamar.
Entramos por un corredor de servicio.
Escuchamos voces desde una habitación.
Jacinto hablaba primero.
—Ella sabe de Figueroa.
—¿Cómo?
—No sé.
—¡Te pagué para quitarle el reloj!
—¡No llegó anoche!
—Porque eres un imbécil.
Me apoyé contra la pared.
Ya teníamos la confesión.
Pero Alejandro no se movió.
Quería más.
Yo también.
Jacinto bajó la voz.
—¿Qué hacemos?
—Recuperar el papel.
—El duque está con ella.
—Eso no cambia nada.
—Está casado con ella.
Silencio.
Evaristo tardó varios segundos en responder.
—¿Qué dijiste?
—Se casaron.
Escuchamos un golpe.
Tal vez una copa.
—Entonces debemos actuar hoy.
—¿Cómo?
—La deuda vence mañana. Ejecutaremos la hacienda y diremos que el matrimonio fue una maniobra para ocultar bienes.
—Eso no recupera la lista.
Evaristo respondió con una calma que me heló.
—No necesito recuperar la lista si nadie cree en la mujer que la presenta.
Sentí algo dentro de mí endurecerse.
—¿Qué piensa hacer? —preguntó Jacinto.
La respuesta llegó lentamente.
—Destruir su reputación.
Alejandro se movió.
Yo lo detuve.
—Espere.
—Catalina.
—Quiero escuchar.
Evaristo continuó.
—Tú dirás que huyó contigo voluntariamente. Que te entregó dinero. Que pasó la noche contigo antes de casarse con el duque.
Cerré los ojos.
Ahí estaba su golpe.
No necesitaba demostrar que yo mentía.
Solo conseguir que la sociedad decidiera que una mujer como yo no merecía ser escuchada.
—¿Y el duque? —preguntó Jacinto.
Evaristo rio.
—Valcárcel podrá comprar jueces, periódicos o curas si quiere. Pero no puede comprarle una reputación nueva a su esposa.
Alejandro dejó de esperar.
Abrió la puerta.
Evaristo y Jacinto se levantaron de golpe.
—Yo no compraría nada —dijo Alejandro.
Entré detrás de él.
Evaristo me miró.
Durante un segundo vi auténtico temor.
Después sonrió.
—Excelente.
No entendí.
—¿Excelente?
—Sí.
Metió la mano en el abrigo.
Alejandro se puso delante de mí.
Pero Evaristo no sacó un arma.
Sacó un papel.
—Porque ahora tengo un testigo perfecto.
Se lo entregó a Alejandro.
Era una declaración firmada.
Por mi madre.
Decía que yo había sustraído dinero familiar, abandonado mi casa y actuado bajo un estado de alteración.
Mi madre.
Mi propia madre.
Evaristo vio mi rostro.
—Mientras ustedes jugaban a investigar —dijo—, yo fui a ver a doña Mercedes.
Sentí que las paredes se cerraban.
—Ella jamás firmaría esto.
—Lo hizo.
—Miente.
—Pregúntele.
Miré a Alejandro.
Por primera vez no encontró una respuesta inmediata.
Y Evaristo sonrió.
—Mañana al mediodía —dijo— pediré que se investigue la validez de su matrimonio y la capacidad de la señorita De la Serna para disponer de los bienes familiares.
—Soy su esposa —dijo Alejandro.
—Y quizá dentro de veinticuatro horas todos piensen que se casó con una muchacha desesperada, fugitiva y desequilibrada.
Se acercó a mí.
—Le dije que no había entendido lo que estaba en juego.
Yo miré la firma de mi madre.
No podía respirar.
Todo lo que habíamos conseguido podía derrumbarse con ese papel.
Y entonces vi algo.
Una pequeña mancha de tinta junto a la “M”.
Mi madre siempre firmaba Mercedes de la Serna.
Siempre.
Aquel documento decía Mercedes Valdés de la Serna.
Su apellido de soltera.
Uno que no utilizaba desde hacía treinta años.
Levanté la vista.
Evaristo creyó que me había roto.
No sabía que acababa de cometer el mismo error que todos los hombres aquella semana.
Había confundido mi desesperación con estupidez.
—Tiene razón —dije suavemente.
Alejandro me miró.
Evaristo sonrió.
—Me alegra que por fin lo entienda.
Doblé el documento.
—Mañana al mediodía.
—Exactamente.
—Entonces nos veremos ahí.
Y por primera vez desde que comenzó todo, yo sabía algo que él no.
Mi madre no había firmado aquella declaración.
Evaristo acababa de entregarnos la prueba de que seguía falsificando documentos.
PARTE 5: ANTES DEL PRÓXIMO AMANECER
No confrontamos a Evaristo en aquella casa.
Eso fue lo que más le molestó.
Esperaba gritos.
Amenazas.
Esperaba que Alejandro utilizara su título.
Esperaba que yo me derrumbara.
Nos fuimos.
Cuando subimos al carruaje, el duque cerró la puerta.
—Explíqueme.
Le mostré la firma.
—Mi madre no escribe así su nombre.
—¿Está segura?
—He visto su firma toda mi vida.
—Eso no bastará.
—Lo sé.
—Necesitamos que ella lo confirme.
—Y necesitamos algo más.
Alejandro inclinó la cabeza.
—¿Qué?
Pensé en la carta de mi padre.
En el compartimento cerrado.
En la llave que Evaristo había perdido en nuestra casa.
—Si él tenía la llave del escritorio de mi padre, es porque entró después de su muerte o porque alguien se la dio.
—Continúe.
—Mi madre dijo que la encontró junto a la silla donde Evaristo estuvo sentado.
—Sí.
—Él no sabía que la había perdido.
Alejandro comprendió.
—Todavía cree que la tiene.
—Exacto.
Fuimos por mi madre.
Cuando le mostré la declaración, primero se puso blanca.
Después roja.
Luego rompió a llorar.
—Yo no firmé esto.
—Lo sé.
—Catalina, yo jamás…
La abracé.
Fue la primera vez que lo hice desde que me había dicho que quizá yo era lo último que podían vender.
Al principio permaneció rígida.
Después se aferró a mí.
—Perdóname —susurró.
No dije que todo estaba bien.
No lo estaba.
—¿Por qué aceptaste a Evaristo?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De perder la casa. Las tierras. De quedarnos sin nada.
—Preferiste entregarme a mí.
Cerró los ojos.
—Sí.
La verdad dolió.
Pero, extrañamente, dolió menos que una mentira.
—No vuelvas a hacerlo.
—No.
Mi madre respiró hondo.
—Tu padre también tuvo miedo.
—¿De Evaristo?
Asintió.
—La noche antes de morir discutieron.
Alejandro se tensó.
—¿Aranda estuvo con Ignacio?
—Sí.
—¿Por qué nunca lo dijo?
—Porque Ignacio me hizo prometerlo.
—¿Qué ocurrió?
—No escuché todo. Solo una frase.
Me acerqué.
—¿Cuál?
Mi madre me miró.
—Tu padre dijo: “Si algo me pasa, no encontrarás el reloj.”
Un silencio profundo llenó el salón.
Evaristo sabía.
No por Jacinto.
Desde antes.
—¿Cómo murió mi padre realmente? —pregunté.
Mi madre se quebró.
—Su corazón.
—Eso dijo el médico.
—Eso vi yo.
—¿Estaba solo?
—Cuando entré, sí.
La miré fijamente.
—¿Y Evaristo?
—Se había ido.
No teníamos pruebas de algo peor.
Y no iba a inventarlas.
Pero ya teníamos suficiente para entender que la ruina de mi padre no había sido casual.
A la mañana siguiente, el despacho del notario estaba lleno.
Evaristo había cumplido su amenaza.
Había invitado a dos acreedores.
A un representante judicial.
A varios conocidos “como testigos”.
Lo que quería era público.
Humillarme.
Hacer que mi matrimonio pareciera un acto desesperado.
Hacer que nadie creyera una palabra mía después.
Yo llegué del brazo de Alejandro.
Las conversaciones se apagaron.
No llevaba joyas.
Solo el broche de granate de mi abuela.
Y el reloj de mi padre.
Evaristo sonrió.
—Señora duquesa.
Era la primera vez que alguien me llamaba así.
No me gustó.
Todavía no.
—Don Evaristo.
—Supongo que viene a discutir la deuda.
—No.
—¿Entonces?
—Vengo a terminar esta historia.
Alejandro no habló.
Habíamos acordado que no lo haría a menos que fuera necesario.
Aquello era mío.
Evaristo abrió la carpeta.
—Presento la declaración de doña Mercedes Valdés de la Serna…
—Es falsa.
Hubo murmullos.
—¿Perdón?
—Mi madre jamás firmó eso.
La puerta se abrió.
Doña Mercedes entró.
Evaristo perdió la sonrisa.
—Eso no es mi firma —dijo mi madre.
El notario tomó el documento.
—¿Está segura?
—Completamente.
Sacó tres cartas antiguas.
—Estas son mis firmas.
El notario comparó.
Las diferencias eran claras.
Evaristo se recuperó rápido.
—Entonces alguien me entregó una falsificación.
—¿Quién?
—No recuerdo.
—Qué mala fortuna —dije.
Él me miró.
—Está jugando con algo que no comprende.
—Eso me dijo ayer.
Abrí la bolsa.
Saqué la lista de mi padre.
—También dijo que necesitaba recuperar esto.
Evaristo se puso de pie.
—No sé qué es.
—Jacinto Salvatierra sí.
—Ese hombre es un mentiroso.
—Estoy de acuerdo.
Volteé hacia Alejandro.
El duque abrió la puerta.
Entró el padre Gabriel.
Después el cochero que había sido testigo de nuestra boda.
Después el antiguo empleado de la posada que había escuchado parte de la conversación con Jacinto.
Y finalmente entraron dos hombres llevando a Martín Figueroa.
El secretario desaparecido.
Evaristo se quedó sin expresión.
Yo tampoco sabía que lo habían encontrado hasta la noche anterior.
Alejandro me lo había dicho solo cuando tuvieron confirmación.
Figueroa no parecía orgulloso.
Parecía derrotado.
El representante judicial se levantó.
—Señor Figueroa.
El hombre asintió.
—Quiero declarar.
Evaristo dio un paso.
—No tiene derecho…
—Siéntese —dijo Alejandro.
Dos palabras.
Nada más.
Evaristo se sentó.
Entonces Figueroa contó lo que mi padre nunca había podido probar por completo.
Durante tres años había alterado contratos y sellos a cambio de dinero.
Creaba deudas.
Compraba pagarés a través de terceros.
Presionaba a propietarios desesperados para vender tierras por debajo de su valor.
Evaristo financiaba las operaciones.
Jacinto llevaba documentos.
Mi padre descubrió inconsistencias en sus cuentas.
Cuando intentó enfrentarlos, aceleraron el cobro de sus deudas.
—¿Por qué no habló antes? —preguntó el representante.
Figueroa bajó la cabeza.
—Porque me pagaban.
—¿Y después?
—Porque me amenazaron.
Evaristo se levantó.
—Todo esto es absurdo.
Tomé el reloj.
—Mi padre guardó aquí los movimientos que descubrió.
—Una lista no prueba nada.
—Correcto.
Evaristo sonrió.
Era lo que quería escuchar.
—Pero la lista coincide con los libros de la casa Valcárcel.
La sonrisa desapareció.
Alejandro colocó varios documentos sobre la mesa.
—Y con transferencias realizadas desde tres compañías vinculadas a usted.
—No están a mi nombre.
—No.
El duque señaló una firma.
—Pero todas usan al mismo apoderado.
Figueroa.
El silencio era absoluto.
Evaristo me miró.
Ya no había arrogancia.
Solo cálculo.
Buscaba una salida.
—Esto no cambia la deuda de los De la Serna.
—No —dije.
—Entonces su familia sigue arruinada.
—Quizá.
—La hacienda será ejecutada.
—Quizá.
Evaristo se inclinó hacia mí.
—Todo esto por salvar una propiedad.
Negué.
—No.
—¿Entonces por qué?
Miré el retrato imaginario de mi padre en mi memoria.
Su voz.
Su reloj.
Su manera de enseñarme a montar diciéndome que jamás debía entregar las riendas por miedo a caer.
—Porque usted creyó que podía decidir cuánto valíamos.
Evaristo soltó una risa sin alegría.
—¿Y ahora cree que ganó porque se casó con un duque?
Miré a Alejandro.
Él no intervino.
No tenía que hacerlo.
—No.
Volví hacia Evaristo.
—Gané cuando dejé de esperar que alguien viniera a salvarme.
Su rostro se endureció.
—Usted no habría llegado hasta aquí sin él.
—Es cierto.
La admisión lo sorprendió.
—Y él no habría encontrado todo esto sin mí.
Miré a Alejandro.
Por primera vez desde nuestra boda, su expresión se suavizó completamente.
Evaristo buscó otra arma.
—¿Y Salvatierra? La señorita pasó la noche fuera de casa por él. ¿También piensa negar eso?
Las miradas se volvieron hacia mí.
Ahí estaba su último intento.
La vergüenza.
La reputación.
El mismo miedo con el que había controlado a mi madre.
Respiré hondo.
—No lo niego.
Hubo murmullos.
—Fui a encontrarme con Jacinto Salvatierra porque pensaba huir con él.
Mi madre cerró los ojos.
Yo continué.
—Lo amaba.
Decirlo frente a todos fue más fácil de lo que imaginé.
—O creía amarlo. Lo escuché decir que planeaba robarme. Salí de esa posada humillada, desesperada y aterrada.
Evaristo sonrió.
—Entonces admite…
—No he terminado.
Mi voz lo cortó.
—A las cuatro de la mañana estaba sola en la calle porque dos hombres habían decidido que podían usar mi miedo. Uno quería mi dinero. El otro quería mi vida a cambio de pagar una deuda.
Evaristo dejó de sonreír.
—Y entonces conocí a un tercero.
Miré a Alejandro.
—No sabía quién era.
Algunas personas se volvieron hacia el duque.
—Le ofrecí treinta y ocho monedas para casarse conmigo antes del amanecer.
El padre Gabriel escondió una sonrisa.
—No tomó el dinero.
Volví hacia Evaristo.
—Usted cree que contar esa historia me avergüenza.
Me acerqué a la mesa.
—Ya no.
El representante judicial tomó los documentos.
Aquella mañana no terminó con esposas ni con un gran espectáculo.
La vida real rara vez entrega justicia de manera tan limpia.
Pero los pagarés quedaron suspendidos.
Se abrió una investigación sobre las empresas vinculadas a Evaristo.
Los documentos falsificados fueron incautados.
Figueroa declaró.
Jacinto fue detenido dos días después cuando intentaba salir hacia Puebla.
Exactamente por el camino del que se había burlado aquella primera noche.
No volví a hablar con él.
No lo necesitaba.
Durante los meses siguientes se revisaron las cuentas de mi padre.
Descubrimos algo que me dolió y me consoló al mismo tiempo.
Sí tenía deudas.
Había cometido errores.
Había confiado en personas equivocadas.
No era un hombre perfecto.
Pero tampoco nos había dejado arruinados por incompetencia.
La ruina había sido fabricada y acelerada.
Parte de la hacienda pudo salvarse.
No toda.
San Jerónimo quedó para mi madre.
Ella vendió el caserón de la ciudad por decisión propia y regresó a Puebla.
Nuestra relación tardó en sanar.
Había cosas que un abrazo no podía borrar.
Pero empezó con algo sencillo.
La primera vez que volvió a hablarme de matrimonio, no me dijo qué debía hacer.
Me preguntó qué quería.
En cuanto a mi propio matrimonio…
Esa fue la parte más complicada.
Tres semanas después del escándalo entré al despacho de Alejandro.
Él estaba junto a la ventana.
—Quiero hablar de nuestra anulación.
No se movió.
—Entiendo.
La rapidez de su respuesta me molestó más de lo que debería.
—¿Eso es todo?
—¿Qué esperaba?
—No sé.
—Catalina, se casó conmigo para escapar de Aranda. Aranda ya no puede obligarla.
—Entonces cree que lo correcto es terminarlo.
—Creo que lo correcto es que pueda elegir.
Aquello me dejó sin defensa.
Me acerqué al escritorio.
Sobre él estaba la misma bolsa con treinta y ocho monedas.
La que yo había intentado darle aquella madrugada.
—¿Por qué la tiene?
—La dejó en mi carruaje.
—Pensé que la había perdido.
—No.
—¿Por qué no me la devolvió?
—Esperaba que viniera a buscarla.
—Han pasado tres semanas.
—Soy paciente.
Lo miré.
—No lo parece.
—Usted me conoció a las cuatro de la mañana mientras me proponía matrimonio en la calle. No fue una presentación especialmente representativa.
No pude evitar sonreír.
Él también.
Fue entonces cuando entendí que llevaba días buscando razones para entrar a su despacho.
Preguntas que ya sabía responder.
Documentos que podía enviar con un criado.
Libros que no necesitaba devolver personalmente.
—Alejandro.
—¿Sí?
—Aquella noche me dijo que aceptaba mi petición, no el pago.
—Lo recuerdo.
—Nunca me explicó por qué.
Su sonrisa desapareció.
Se quedó en silencio.
Después rodeó el escritorio.
—Porque cuando su padre vino a verme, me dijo algo sobre usted.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Qué?
—Dijo que tenía una hija que no sabía cuándo rendirse.
Bajé la vista.
—Suena a él.
—Meses después lo vi muerto, su familia arruinada y a Aranda rondando sus propiedades. Sabía que había fallado.
—No fue su culpa.
—No toda.
—Alejandro.
—Déjeme terminar.
Asentí.
—Cuando usted chocó conmigo aquella madrugada y dijo su apellido, sentí que la vida me estaba ofreciendo una segunda oportunidad para hacer algo que debí hacer antes.
—¿Salvar a un De la Serna?
—Ayudar.
—No es lo mismo.
—No.
Guardó silencio.
—Pero esa no fue la única razón por la que acepté.
—¿Cuál fue la otra?
Sus ojos buscaron los míos.
—Me hizo reír.
Fruncí el ceño.
—No se rio.
—Por dentro.
—Eso no cuenta.
—Para mí sí.
Reí.
Y entonces él tomó la bolsa de monedas.
Me la entregó.
—Catalina.
—¿Sí?
—Si se queda, no quiero que sea porque necesita un marido.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
—¿Y por qué tendría que quedarme?
Se acercó.
No demasiado.
Lo suficiente.
—Espero que algún día sea porque quiere a este.
Miré al hombre que toda la ciudad describía como frío.
Al duque que había ocultado su nombre.
Al extraño que me había aceptado sin aceptar mi oro.
Al hombre que me había enfurecido, protegido, desafiado y, cuando realmente importaba, había permitido que fuera yo quien hablara por mí misma.
Puse la bolsa sobre la mesa.
—Tengo una condición.
Sus labios se movieron.
—Por supuesto que la tiene.
—No más secretos.
—De acuerdo.
—No más decisiones sobre mí sin mí.
—De acuerdo.
—Y nunca vuelva a decirme que me desmaye.
Él sonrió.
—Eso será difícil.
—Alejandro.
—De acuerdo.
Me tendió la mano.
La misma mano que había extendido aquella madrugada.
Esta vez no había una calle oscura.
No había miedo.
No había un reloj corriendo hacia las siete.
Aun así, la reconocí.
Miré la pequeña cicatriz sobre su nudillo.
Luego puse mi mano sobre la suya.
Meses después regresamos a la pequeña capilla del padre Gabriel.
No para casarnos.
Eso ya estaba hecho.
Fuimos porque mi madre había pedido una misa por mi padre.
Al salir, todavía era temprano.
El cielo comenzaba a aclararse.
Alejandro y yo caminamos juntos hasta el carruaje.
—¿Sabe qué es lo más extraño? —dije.
—Con usted, esa pregunta siempre me preocupa.
—Si aquella piedra no hubiera estado suelta, quizá nunca habría tropezado con usted.
—La piedra no tuvo nada que ver.
Me detuve.
—¿Qué?
—La vi salir de la posada.
Mi boca se abrió.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que tropezara.
—¿Y no dijo nada?
—Parecía una mujer que necesitaba unos segundos antes de que alguien le hablara.
—Entonces sí fue casualidad que chocara con usted.
Alejandro ladeó la cabeza.
—Digamos que no me aparté.
Lo miré indignada.
Luego recordé al hombre serio de abrigo negro que me había sostenido antes de caer.
—Eso cuenta como secreto.
—No. Cuenta como detalle.
—Alejandro.
Él rio.
Esta vez de verdad.
Yo también.
Entonces el reloj de mi padre sonó dentro de mi bolso.
Lo saqué.
Cinco y cuarenta y dos de la mañana.
La primera vez que sostuve aquel reloj mientras miraba a Alejandro, pensaba que me quedaban pocas horas para impedir que otros decidieran mi vida.
Ahora ya no contaba las horas que me faltaban.
Pensaba en las que tenía por delante.
Alejandro me ofreció la mano para subir al carruaje.
—¿Señora duquesa?
Lo miré.
—Catalina.
Sonrió.
—Catalina.
Acepté su mano.
Y mientras la ciudad despertaba frente a nosotros, comprendí por fin lo que mi padre quiso enseñarme tantos años atrás.
Hay momentos en que la vida intenta quitarnos las riendas.
A veces por miedo.
A veces por deuda.
A veces en nombre del amor.
Aquella madrugada yo creí que necesitaba un marido antes del amanecer.
Me equivoqué.
Lo que necesitaba era dejar de pedir permiso para salvarme.
El marido…
Ese fue el desconocido que decidió caminar a mi lado.
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