“Necesito una familia… y usted necesita un hogar”, le dijo el ranchero…

“Necesito una familia… y usted necesita un hogar”, le dijo el ranchero…

 

 

 

El sol se estaba muriendo despacio detrás de las lomas cuando Efrén Villarroel escuchó el crujido de ruedas en el camino de tierra.
Estaba parado junto a la cerca de troncos mirando cómo la luz anaranjada se derramaba sobre las viñas, porque desde hacía 9 años las tardes se le habían vuelto un enemigo silencioso, era cuando más pesaba la casa vacía.

Solo estaba Lucero, el perro blanco y negro, echado a sus pies con las orejas alzadas gruñendo bajito hacia el camino.
Al principio no distinguió más que una mancha oscura moviéndose despacio, después tomó forma: un burro viejo de lomo hundido tirando de una carreta de tablas mal clavadas.

Sobre esa carreta entre un baúl y mantas amontonadas iba sentada una figura pequeña, y montada sobre el burro con el vientre abultado bajo un vestido claro manchado de polvo venía una mujer.
El hombre no se movió, se quedó agarrado a la cerca mientras el corazón le latía de forma extraña, como si algo dormido durante nueve inviernos hubiera abierto un ojo.

La mujer traía las riendas flojas porque el burro sabía caminar solo, llevaba la cabeza baja con esa postura de quien ha caminado tanto que ya no le quedan fuerzas para levantar la mirada.
Cuando estuvo cerca Efrén vio en su cara no solo cansancio, vio miedo viejo encostrado que ya no grita sino que se ha vuelto parte de la piel.

Buenas tardes dijo él con voz ronca como herramienta que llevaba mucho tiempo sin usarse.
La mujer tiró de las riendas y el burro se detuvo a unos pasos de la cerca, levantó apenas la cara para medirlo con los ojos, para calcular si aquel desconocido era peligro o refugio.

Buenas respondió al fin en voz baja, perdone que me detenga en su tierra, solo quería preguntar si hay algún pueblo cerca donde pueda pasar la noche con mi niña.
Al decir mi niña volteó hacia la carreta y entonces Efrén reparó en la criatura sentada entre mantas, una chiquilla de unos 5 años con vestidito que alguna vez fue blanco abrazada a una muñeca de trapo tan cansada como ellas.

El pueblo más cercano queda a tres horas por ese camino dijo Efrén señalando hacia el fondo del valle donde ya no había más que sombra, pero no van a llegar antes de que caiga la noche y ese camino se pone feo cuando oscurece, hay barrancos, el burro está cansado.
Usted no está en condiciones de andar de noche por esos filos.

La mujer se llevó mano al vientre en gesto instintivo protector y bajó mirada: ya nos las arreglaremos, no queremos molestar, gracias señor.
Jaló riendas para seguir pero el burro no se movió, el animal agotado plantó patas y resopló, por más que ella tiró no quiso dar paso más.

La niña desde carreta dijo algo bajito y la madre cerró ojos un instante y una lágrima rodó por mejilla sucia.
En ese momento exacto el ranchero solitario tomó decisión que iba a cambiarle la vida.

Señora dijo dando paso hacia cerca despacio con manos a la vista como quien se acerca a caballo espantado, no la conozco, usted no me conoce, sé que en estos tiempos una mujer sola tiene todo derecho a desconfiar de un hombre que no ha visto nunca, no le voy a insistir pero le voy a decir una cosa.
Yo vivo solo en este rancho, hace 9 años que vivo solo, tengo cuarto vacío, tengo lumbre, tengo plato de frijoles calientes y leche fresca de esta tarde, tengo techo, y esa niña no tiene por qué pasar noche a intemperie ni usted arriesgar a criatura que trae adentro por orgullo.

La puerta de mi casa la puede cerrar usted por dentro con tranca, el perro duerme afuera y no deja acercarse a nadie, mañana con luz si quiere seguir su camino yo mismo le reviso el burro y le doy provisiones, no le pido nada.
La mujer lo miró largamente, en sus ojos peleaban miedo y cansancio, desconfianza y necesidad.

¿Por qué? preguntó al fin con voz temblando, ¿por qué haría eso por dos desconocidas?
Efrén se quitó sombrero, miró hacia casa hacia ventana por donde salía resplandor tibio del fogón: porque yo sé lo que es quedarse sin nadie, y no me sabría perdonar dejar que dos criaturas del Señor durmieran en barranco teniendo yo casa con camas frías.

El sol terminó de hundirse y entonces la niña se puso de pie en carreta y con voz clara preguntó: mamá, ¿ahí hay perrito?
Eloísa, porque así se llamaba la mujer, soltó risa que era casi sollozo, se limpió cara con dorso de mano y por primera vez en mucho tiempo sintió que tal vez mundo no estaba hecho enteramente de hombres que lastiman.

Sí mi amor dijo mirando al perro blanco y negro que meneaba cola, ahí hay perrito.
Volteó hacia Efrén y con hilo de voz dijo: solo esta noche señor, y le pagaré con trabajo lo que pueda, no acepto caridad.

Efrén asintió y algo parecido a sonrisa oxidada le tembló bajo bigote.
Efrén dijo tendiéndole mano por encima de cerca, me llamo Efrén Villarroel, bienvenidas a Las Ánimas.

Ella estiró suya y estrechó: Eloísa dijo, y ella es mi pequeña.
Lo que ninguno de los dos sabía en aquella cerca bajo cielo que se apagaba era que esa noche que ella había pedido solo por esta vez iba a convertirse en principio de todo.

La casa de Efrén olía a leña, a café viejo y a esa soledad particular que impregna paredes de hombres que viven sin mujer, olor limpio pero triste, ordenado pero sin vida.
Cuando Eloísa cruzó umbral con pequeña agarrada de falda y mano sobre vientre se detuvo y recorrió lugar con ojos despacio, como hacen personas que han aprendido a reconocer peligros de un cuarto antes de sentarse.

Vio mesa de madera gruesa con sola silla en cabecera y otras tres arrimadas sin usar, vio fogón de barro con brasas encendidas y olla de frijoles hirviendo, vio en pared cuadrito descolorido con fotografía de mujer joven y niño pequeño ambos serios, y sobre repisa par de zapatitos de niño gastados guardados como reliquias.
Eloísa entendió sin que nadie dijera toda historia de aquel hombre en solo golpe de vista.

Siéntense dijo Efrén un poco torpe arrimando sillas que llevaban años sin recibir a nadie, ahorita caliento leche.
Comieron en silencio al principio, Efrén sirvió frijoles con tortillas recalentadas y leche tibia y observó sin decir nada manera en que Eloísa se aseguraba que niña comiera primero, manera en que ella misma comía despacio racionándose como quien no sabe cuándo será próxima vez.

¿De cuánto está? preguntó él con cuidado señalando con ojos embarazo.
7 meses dijo después de momento, poco más.

¿Y anda usted sola por estos caminos con 7 meses y una niña? No lo dijo con reproche sino con preocupación genuina.
Hay cosas de las que una huye dijo ella bajando voz, que son peores que cualquier camino, Efrén no preguntó más.

El cuarto de allá tiene cama grande y chica dijo, sábanas están limpias aunque frías, ahorita les llevo brasero, puerta tiene tranca por dentro, nadie va a entrar, yo duermo aquí en catre junto al fogón.
¿Puedo preguntar una cosa? dijo Eloísa señalando cuadrito de pared, ¿la mujer y niño son…?

Mi esposa dijo Efrén y voz se puso grave, Amelia y mi hijo se llamaba como yo, Efrén también.
Hubo invierno malo dijo, el peor que se recuerda por aquí, arroyo se desbordó se llevó puente y quedamos incomunicados casi un mes, mi hijo se puso muy enfermo del pecho, se ahogaba y yo no pude cruzar a buscar médico porque agua venía brava, niño se me fue en brazos una madrugada y Amelia nunca se repuso, no de enfermedad del alma, se apagó despacio como vela en menos de un año, un día se acostó y ya no quiso levantarse, se fue detrás del niño y me dejó aquí solo con casa que yo había hecho para llenarla de vida.

Perdóneme susurró Eloísa, no debí preguntar.
No, dijo Efrén, hace 9 años que no le cuento esto a nadie porque no hay nadie a quien contárselo.

Eloísa cargó a niña dormida y llevó a cuarto, Efrén subió brasero y revisó que tranca cerrara bien.
Del otro lado Eloísa se quedó parada en oscuridad con mano en vientre escuchando pasos del hombre alejándose por corredor, por primera vez en meses no echó tranca de inmediato, solo cuando escuchó catre crujir bajo peso del hombre que se acostaba junto al fuego corrió pestillo no por miedo a él sino por costumbre amarga que dejan golpes.

Esa noche en cama grande con hija abrazada y hijo que aún no nacía moviéndose despacio dentro de ella Eloísa lloró pero por primera vez en mucho tiempo no lloró de miedo, lloró de alivio.
Amaneció despacio sobre Las Ánimas con neblina baja que se arrastra por arroyo, Efrén abrió ojos con extraña sensación de que algo había cambiado, oyó voz de niña pequeña tarareando del otro lado de casa y ruido de escoba barriendo corredor.

Se levantó y salió, Eloísa estaba en corredor con pelo recogido y mangas subidas barriendo hojas secas, niña sentada en escalón hacía trenzas a muñeca de trapo mientras Lucero se dejaba querer.
Buenos días dijo ella bajando ojos, espero que no moleste, no me gusta estar sin hacer nada, ya ordeñé vaca y puse de comer a gallinas, encontré huevos los dejé adentro.

No tenía que hacer eso dijo Efrén desarmado, ya le dije anoche respondió Eloísa con firmeza suave, no acepto caridad, si voy a comer de su mesa y dormir bajo su techo aunque sea una noche lo pago con trabajo.
Desayunaron juntos los tres con huevos que ella había recogido y café que él preparó, y por primera vez en muchos años mesa de Las Ánimas tuvo sonido que deben tener mesas: tintineo de cucharas, voz de niña pidiendo más leche, conversación torpe verdadera entre dos adultos que empezaban a dejar de ser desconocidos.

Efrén salió a revisar burro como había prometido y Eloísa lo siguió, animal estaba en corral echado y no se levantó, Efrén se agachó le pasó manos por patas revisó cascos abrió boca y cuando se enderezó tenía gesto grave.
Este burro no va a llegar al pueblo dijo sin rodeos, está viejo y acabado, lo trajo usted a fuerza de voluntad pero ya no da más, si lo echa a andar tres horas por filos se le muere en camino y se queda a pie con niña y con barriga en mitad de nada.

Eloísa miró burro y sintió suelo moverse bajo pies, no tenía dinero ni otro animal ni a dónde ir.
Se le llenaron ojos de lágrimas pero apretó dientes: entonces esperaré a que descanse un día, dos, lo que necesite y luego seguimos.

Eloísa dijo Efrén, no, lo cortó ella y ahora lágrimas se desbordaron pero eran de rabia, de impotencia, de orgullo herido: no me diga que me quede, no puedo deberle a nadie, ¿entiende? No puedo, última vez que dependí de hombre última vez que acepté que alguien me cuidara, míreme, mire cómo terminé, huyendo de madrugada embarazada con niña sin nada, así terminan mujeres que confían, prefiero morirme en camino a volver a deberle a hombre.

Efrén no se acercó, se quedó donde estaba con manos quietas a vista dándole todo espacio del mundo, y cuando habló lo hizo con suavidad que ningún hombre le había hablado en años.
Yo no le estoy pidiendo que me deba vida, no le ofrezco cuidarla como quien cuida inválida, le digo otra cosa, este rancho es grande, demasiado grande para solo hombre, hay trabajo de sobra, viña, cabras, huerto, casa que se me cae a pedazos porque no hay quien la atienda, yo no necesito criada ni mujer que me deba favores.

Yo necesito una familia, hace 9 años que esta casa está muerta y usted necesita un hogar, no de caridad, un lugar donde su niña crezca segura donde ese hijo que viene nazca bajo techo donde nadie las alcance nunca, yo le ofrezco trabajo honrado y techo honrado, usted me ofrece a mí volver a saber lo que es no comer solo, no es caridad Eloísa, es trato entre dos personas que les hace falta lo mismo pero al revés.

¿Y qué va a querer usted a cambio? preguntó ella con voz dura otra vez defensiva porque había aprendido que cosas buenas siempre tienen precio escondido, los hombres no dan nada gratis, dígame verdad ¿qué es lo que va a esperar de mí en la noche cuando niña duerma?
Nada dijo Efrén mirándola a ojos sin parpadear, no voy a esperar nada de eso nunca, ni esta noche ni ninguna, su cuarto tiene tranca y tranca es suya, yo dormiré donde he dormido siempre junto al fuego, y si algún día usted quisiera algo distinto tendría que ser porque usted lo decidiera libre sin miedo sin deberme nada.

Yo no soy Genaro Eloísa.
Ella dio paso atrás como si le hubieran dado bofetada: ¿cómo sabe ese nombre? susurró blanca como cal, yo nunca le dije ese nombre.

Lo dijo usted anoche contestó con dulzura, dormida, al otro lado de puerta la oí, estaba teniendo pesadilla y repetía Genaro no Genaro por favor, y lloraba, y yo me quedé sentado en corredor toda noche del otro lado de esa puerta no para vigilarla sino para que si ese hombre aparecía tuviera que pasar sobre mí antes de tocarla a usted o a niña.

En mitad del corral con neblina levantándose y sol asomando Eloísa se cubrió cara con manos y lloró, pero esta vez no se apartó cuando Efrén muy despacio dio solo paso hacia ella y puso apenas mano en hombro, no la abrazó, solo dejó ahí mano firme y tibia como ancla y ella no la quitó.
Se quedaron, no fue decisión de un día ni promesa solemne, fue algo que se fue asentando solo como sedimento en fondo de río.

Aquella primera mañana Eloísa dijo me quedo hasta que descanse burro, a semana burro seguía descansando y ella ya había sembrado cilantro y rábano en rincón del huerto que llevaba años baldío, a dos semanas había cosido cortinas rotas, había blanqueado pared del fogón y casa de Las Ánimas que durante 9 años había olido a soledad empezaba a oler a pan y a hierba fresca y a ropa lavada tendida al sol.

Efrén se transformaba de manera que él mismo no reconocía, se descubría silbando mientras arreaba cabras, se descubría cortando flor silvestre del camino y dejándola sin decir nada sobre mesa de cocina, se descubría inventando pretextos para volver temprano de faena solo para escuchar risa de niña resonando en corredor.
La pequeña fue primera en rendirse del todo, los niños aman rápido y sin condiciones, a pocos días ya seguía a Efrén por todo rancho como sombra montada a veces sobre sus hombros aprendiendo a llamar gallinas a reconocer huellas de coyote a ordeñar apretando despacito.

Decía señor Efrén al principio muy formal, pero una tarde mientras él la subía a grupa del alazán para dar vuelta por viña la niña sin pensarlo dijo: agárrame fuerte apá.
Se hizo silencio, la palabra se quedó flotando en aire, niña se dio cuenta de lo que había dicho se puso colorada, Eloísa se paralizó, Efrén tuvo que apretar dientes y mirar hacia horizonte porque ojos se le habían llenado de agua sin permiso.

Agarro fuerte dijo con voz espesa, no te suelto nunca.
Esa noche cuando niña ya dormía Eloísa se sentó frente a Efrén junto al fogón y por fin ella le contó no todo de golpe, se lo fue sacando de a poco.

Contó que se había casado muy joven con buen hombre, papá de niña, jornalero honrado que había muerto tres años atrás cuando se le vino encima muro de pozo que estaba cavando, que se había quedado viuda y sola con niña recién nacida, que Genaro había aparecido después con palabras dulces y promesas grandes y que ella muerta de miedo a soledad y pobreza había creído que le tendía mano, que al principio fue amable, que primer golpe vino con disculpa y ramo de flores, que segundo ya no traía flores.

Aprendió a moverse por propia casa sin hacer ruido, a adivinar humor de él por modo en que cerraba puerta, a cubrir moretones con reboso y que cuando descubrió que estaba embarazada en lugar de alegrarse sintió terror porque supo que ahora habría criatura más atrapada en infierno.
Anoche que me fui dijo con mirada perdida en brasas, él había llegado tomado, me tiró contra mesa y yo en suelo con mano en barriga sentí que niño se movía y algo dentro de mí dijo no, no a él, no a esta vida, no para mis hijos, esperé a que se durmiera junté cuatro trapos cargué a niña saqué burro sin hacer ruido y caminé toda noche sin mirar atrás, no sabía a dónde iba solo sabía de dónde huía.

Efrén escuchó todo sin interrumpir con mandíbula apretada, cuando ella terminó tardó en hablar.
Eloísa dijo le voy a prometer sola cosa y es única promesa que le voy a pedir que me crea: mientras yo respire ese hombre no la va a volver a tocar ni a usted ni a niña ni a criatura que viene, puede venir puede buscarla puede traer a quien quiera pero para llegar a usted va a tener que pasar por encima de mí y yo no me quito fácil, esta es su casa ahora y en su casa nadie le va a hacer daño nunca más.

¿Por qué es usted? preguntó con hilo de voz, ¿cómo puede tener corazón tan entero después de todo lo que perdió?
Cuando se me murieron míos dijo Efrén mirando fotografía de Amelia y niño, tuve dos caminos, uno era volverme piedra amargarme odiar al cielo y por tiempo caminé por ahí, pero un día entendí que si yo dejaba que dolor me apagara corazón entonces ellos se morían dos veces una en tierra y otra en mí, y no les quería hacer eso, así que decidí guardar amor en algún lado aunque no tuviera a quien dárselo, lo guardé 9 años y resulta que lo estaba guardando para ustedes.

Pasaron semanas y con ellas fue cambiando piel del rancho entero, viña que Efrén había dejado medio abandonada volvió a ser podada y atada con ayuda de Eloísa que resultó tener manos hábiles y paciencia de quien creció trabajando tierra, huerto se llenó de surcos verdes, gallinas mejor cuidadas empezaron a poner más, hasta burro viejo revivió con descanso y buena hierba.
Efrén se levantaba antes del amanecer como siempre pero ahora madrugadas ya no pesaban, encontraba al salir café puesto y a Eloísa amasando para tortillas del día con barriga cada vez más redonda.

La niña florecía, del silencio serio de aquella primera tarde no quedaba casi nada, ahora reía a carcajadas persiguiendo a Lucero por patio, había engordado se le habían puesto coloradas mejillas.
Entre Efrén y Eloísa algo se movía despacio con miedo de ambos lados pero se movía, se descubrían buscándose con mirada a través del patio, se rozaban manos al pasarse plato y ninguno apartaba suya tan rápido como antes, hablaban hasta tarde junto al fogón y a veces se quedaban callados largo rato en silencio tibio de quienes se sienten en casa uno con otro.

Un domingo Efrén enganchó carreta arreglada con ruedas nuevas y los llevó al pueblo, era primera vez que Eloísa salía de Las Ánimas desde llegada y lo hizo con reboso bien puesto y cabeza gacha mirando de reojo con viejo instinto de fugitiva que teme ser reconocida, pero en pueblo nadie la conocía.
Lo que sí notó fue manera en que gente miraba a Efrén con respeto y curiosidad murmurada, el ranchero viudo de Las Ánimas que no había vuelto a mirar mujer en 9 años apareciendo de pronto con mujer embarazada y niña, comadres cuchicheaban, doña Cleofas la de botica se acercó y sin más puso mano en vientre y dijo qué bendición hija ya era hora de que ese hombre volviera a tener familia.

Eloísa se permitió imaginar que aquello era real, que ella tenía derecho a esa vida, fue error permitirse imaginarlo porque sueños cuando uno ha sido pobre y golpeado son peligrosos, nos hacen bajar guardia.
Ese mismo domingo mientras compraban semilla en tienda de raya arriero recién llegado contaba novedades y soltó algo que a Eloísa se le clavó como cuchillo helado: y por allá del rumbo de San Isidro anda tal Genaro preguntando por mujer que se le fue, ofrece dinero al que dé razón, diz que su mujer embarazada con niña que se la robó otro.

A Eloísa se le cayó bolsa de semilla de manos, mundo se le vino encima, ruido de mercado se convirtió en zumbido, sintió que piernas no la sostenían.
Efrén se volteó al oír caer semilla y vio cara de ella blanca descompuesta cara del terror puro y entendió todo en segundo, se acercó rápido la tomó del brazo con firmeza pero con dulzura y sin alzar voz le dijo al oído respire estoy aquí vámonos a casa ahorita con calma no pasa nada.

Durante todo trayecto de regreso Eloísa iba abrazada a niña temblando mirando hacia atrás cada tanto como si Genaro pudiera aparecer de entre matorrales.
Ya en casa con niña dormida Eloísa habló con voz temblorosa: me encontró, anda buscándome, va a llegar aquí Efrén, es cuestión de tiempo, yo me tengo que ir, no puedo traerle desgracia a su casa, si él llega y me encuentra aquí le va a hacer daño a usted a niña, es capaz de todo, me voy mañana mismo antes del amanecer.

Efrén se puso de pie cruzó cuarto en dos zancadas y por primera vez la tomó de dos brazos con firmeza para detenerla, no con violencia con desesperación: no se va a ir a ningún lado, entiendo que le tiene pánico, entiendo que ese hombre es capaz de todo, y precisamente por eso no la voy a dejar salir sola a camino embarazada con niña para que él la agarre en despoblado donde no haya nadie que la defienda, aquí al menos no está sola, aquí estoy yo.

Eloísa temblaba entre sus manos: no quiero que le pase nada por mi culpa.
Efrén la trajo hacia pecho despacio dándole todo tiempo del mundo para apartarse si quería pero ella no se apartó, se dejó abrazar por primera vez en años por brazos que no querían hacerle daño.

Los días que siguieron fueron distintos, ternura seguía ahí pero ahora tenía debajo corriente de alerta permanente.
Efrén cambió rutinas sin decírselo a Eloísa para no asustarla más, ya no se alejaba tanto del rancho, quedaba trabajando siempre a vista de casa, había limpiado y aceitado vieja escopeta que colgaba sobre puerta y ahora dormía con ella al alcance de mano, Lucero pasaba noches suelto patrullando perímetro, y Efrén había pedido discretamente a dos peones de confianza los hermanos Rentería que se dieran vuelta por Las Ánimas.

Una noche mientras cenaban niña que a veces soltaba con crudeza inocente de niños verdades que grandes callan preguntó de pronto: papá, ¿el señor Genaro va a venir a pegarle a mi mamá otra vez?
Se hizo silencio de plomo, Efrén dejó cuchara despacio y se agachó hasta quedar a su altura: escúchame bien mi hija dijo porque lo que te voy a decir es verdad, en esta casa nadie nadie le va a volver a pegar a tu mamá nunca más, ni a ella ni a ti ni a hermanito que viene en camino, yo te lo prometo y cuando yo prometo algo lo cumplo, aquí están seguras, esta es su casa y yo cuido lo que es mío.

¿Nosotras somos tuyas? preguntó niña con ojos muy abiertos.
Efrén tragó saliva miró a Eloísa y respondió si su mamá me deja, sí con todo mi corazón.

Esa noche después de acostar a niña Eloísa no se fue a cuarto como siempre, se quedó junto al fuego con Efrén y por largo rato ninguno habló, al fin ella rompió silencio: Efrén necesito preguntarle algo y necesito que me diga verdad aunque duela.
Cuando usted dice que si yo lo dejo quiere que seamos suyas ¿lo dice por lástima? Porque si es por lástima prefiero saberlo ahora, lástima se acaba Efrén y yo no puedo volver a construir casa sobre algo que se va a acabar.

No es lástima Eloísa dijo, ojalá fuera nada más lástima sería más fácil, hace 9 años que este corazón estaba muerto y usted llegó tarde en burro medio muerto y me lo revivió sin siquiera proponérselo, ya no sé imaginarme esta casa sin usted amasando en mañana, cuando niña me dice apá siento que Dios me está devolviendo de manera que yo no entiendo algo de lo que me quitó, y cuando arriero dijo que ese hombre andaba buscándola lo primero que sentí no fue miedo por mí fue que estaba dispuesto a lo que fuera con tal de que no la volviera a tocar, y un hombre no siente eso por lástima, un hombre siente eso por amor.

Yo tengo mucho miedo Efrén confesó en susurro, miedo de creerle, miedo de que esto sea verdad y me lo quiten.
Entonces vamos a tener miedo juntos dijo Efrén, pero no la voy a dejar tenerlo sola nunca más, y muy despacio acercó su frente a la de ella y se quedaron así frente contra frente respirando mismo aire, dos sobrevivientes reconociéndose en oscuridad, no se besaron esa noche, no hacía falta.

Afuera Lucero levantó cabeza y soltó gruñido largo hacia oscuridad del camino, Efrén se puso alerta fue hasta ventana, no se veía nada solo viento moviendo viñas y luna sobre lomas, pero perro seguía gruñendo con pelo del lomo erizado mirando fijo hacia mismo punto del camino.
Genaro llegó martes a media mañana cuando sol ya estaba alto y Efrén andaba en parte de arriba de viña reparando tramo de cerca que cabras habían botado, fue peor hora posible, hombres como Genaro escogen momentos, llevaba dos días acampado en cerro observando rancho con paciencia del buitre y había elegido justo rato en que dueño estaba lejos.

Eloísa estaba en patio tendiendo ropa con niña jugando cerca del corral y Lucero echado a sombra del corredor, primer aviso fue perro se levantó de golpe con ladrido seco feroz distinto y salió disparado hacia camino.
Ella se volteó y ahí lo vio, Genaro venía a caballo entrando por portón con sombrero echado atrás y sonrisa torcida, traía camisa abierta rostro sin rasurar y en cintura bien a vista cuchillo largo, detuvo caballo en medio del patio sin prisa disfrutando terror que veía crecer en cara de mujer.

Vaya vaya dijo mirándola de arriba a abajo deteniéndose con desprecio en vientre abultado, miren nomás tanto que te busqué y mírate aquí tan cómoda en casa de otro con mi hijo en panza, creíste que te ibas a esconder para siempre Eloísa.
Lucero ladraba al caballo plantado entre Genaro y niña, hombre sacó pie del estribo y mandó patada brutal a perro que aulló y rodó por tierra, Lucero gritó niña y corrió hacia perro, y ahí está mocosa dijo Genaro, bien junta tus cosas las dos se regresan conmigo ahorita mismo.

No dijo Eloísa, palabra le salió temblando pero le salió, se puso delante de niña con brazos abiertos protegiéndola, no voy a volver contigo Genaro, ni yo ni mi hija ni este niño, mátame aquí si quieres pero no vuelvo a esa casa.
Sonrisa de Genaro se borró, ese no que ella nunca se había atrevido a decirle lo encendió, bajó del caballo de salto con cara transformada por furia y avanzó hacia ella: que no vuelves rugió, tú a mí me dices que no, yo te voy a enseñar a decirme que no desgraciada, y levantó mano.

Eloísa cerró ojos y se encogió protegiendo vientre con brazos esperando impacto conocido, pero golpe no llegó.
Llegó voz grave serena y terrible que cortó aire desde borde del patio: si le tocas un solo pelo es lo último que hace tu mano en este mundo.

Genaro se volteó, ahí a unos 20 pasos estaba Efrén, había bajado de viña corriendo al oír ladrido y gritos y ahora avanzaba despacio hacia centro del patio sin escopeta solo con dos manos vacías y cuerpo enorme interponiéndose entre peligro y familia.
Ah dijo Genaro recuperando sonrisa torcida, tú eres ranchero el que se quedó con lo que es mío, esto no es tu asunto viejo esta mujer es mía ese hijo es mío y me los llevo, hazte a un lado si no quieres salir lastimado.

Te equivocas en tres cosas dijo Efrén con voz baja casi suave lo cual hacía aún más escalofriante, primera esta mujer no es de nadie no es vaca ni tierra que se hereda es persona y decide ella, segunda ese niño que va a nacer va a nacer libre en casa donde se le va a querer, tercera te equivocas si crees que vas a salir de mi rancho con ellas, desde aquí solo sales solo o no sales.

Por instante dos hombres se midieron en silencio y Genaro que era cobarde en fondo como casi todos los que golpean mujeres vaciló, vio tamaño de Efrén y serenidad de sus ojos.
Pero orgullo y rabia pudieron más que miedo, tú lo pediste masculló y llevó mano a cuchillo.

Genaro sacó cuchillo y se lanzó, Eloísa gritó, niña se cubrió cara, pero Efrén se hizo a lado con agilidad sorprendente para tamaño, atrapó muñeca del brazo armado con mano como tenaza y con otra soltó solo golpe uno nada más en mandíbula, golpe que llevaba adentro 9 años de soledad y todo peso de hombre defendiendo lo único que le importaba en mundo, Genaro cayó como costal.

Efrén se paró sobre él sin ensañarse solo mirándolo desde arriba con desprecio helado: levántate le dijo, sube a tu caballo y vete y escúchame bien porque de esto depende tu vida, si vuelves a acercarte a esta mujer a esta niña o a este rancho si te veo otra vez en tres leguas a redonda si me entero que andas preguntando por ella te juro por memoria de mi hijo muerto que próxima vez no vas a poder ni arrastrarte, ya no soy hombre que tenga mucho que perder Genaro y esos son hombres más peligrosos, ahora vete y no mires atrás.

Genaro se levantó tambaleándose con boca ensangrentada, subió a caballo a duras penas y antes de irse volteó hacia Eloísa con mirada de odio: esto no se queda así escupió, me las vas a pagar los dos, y clavó espuelas y salió al galope levantando nube de polvo.
Patio quedó en silencio, solo se oía niña llorando abrazada a perro y respiración agitada de Eloísa, Efrén corrió hacia ellas se arrodilló las abrazó a dos al mismo tiempo.

Ya pasó les decía con voz quebrada apretándolas contra pecho, ya se fue ya pasó, pero mientras las abrazaba mirando por encima de sus cabezas nube de polvo que se alejaba sabía que no había pasado nada, un hombre como Genaro humillado delante de mujer que consideraba suya no se iba a quedar tranquilo, volvería y próxima vez no vendría de frente a plena luz, próxima vez vendría en oscuridad por espalda como vienen cobardes.

Lo que Genaro no contaba era que Efrén no estaba solo, 9 años de vivir retirado no lo habían vuelto ermitaño sin lazos, en todo ese tiempo se había ganado en valle reputación de hombre justo trabajador y de palabra de esos que prestan yunta sin cobrar que ayudan en cosecha del vecino que dan de comer al caminante, y en campo esas cosas se pagan.
Cuando corrió voz de que forastero pendenciero había ido a Las Ánimas a amenazar a mujer de don Efrén y levantarle mano a embarazada y a criatura valle entero se erizó.

Hermanos Rentería fueron primeros en llegar esa misma tarde con rifles y caballos ofreciéndose a hacer guardia, luego llegó viejo Anacleto del molino que aunque ya no estaba para peleas trajo a sus tres hijos fuertes, llegó don Filiberto con dos peones, doña Cleofas la de botica mandó decir que ella se hacía cargo de Eloísa para parto, y hasta señor cura del pueblo se apareció no con armas sino con disposición de cazar a Efrén y Eloísa en cuanto quisieran.

Eloísa que toda vida se había sentido sola en mundo miraba con lágrimas como patio de Las Ánimas se llenaba de gente dispuesta a defenderla a ella la fugitiva.
¿Por qué hacen esto por mí? preguntó esa noche al viejo Anacleto, si ni me conocen, viejo la miró por encima de taza de café: mi hija dijo aquí en campo somos pobres no tenemos ley que nos defienda, lo único que tenemos lo único es que nos cuidamos unos a otros, hoy es usted la que está en peligro mañana puede ser mi nieta, un hombre que le pega a mujer preñada es enfermedad y enfermedades si no se cortan a tiempo se riegan.

Esa noche con patio custodiado y Lucero recuperado montando guardia Efrén y Eloísa se sentaron por fin a solas junto al fuego agotados por día terrible.
Hoy me di cuenta de una cosa dijo Eloísa mirando brasas: ya no estoy sola, toda mi vida creí que no le importaba a nadie que estaba sola contra mundo y hoy vi patio lleno de gente que ni me conoce dispuesta a defenderme, y te vi a ti pararte delante de ese hombre sin sola arma nada más con cuerpo dispuesto a morir por nosotras, nadie había hecho eso por mí Efrén, nadie en toda mi vida, ya no tengo miedo de decírtelo, yo también te quiero.

Efrén la miró y aquel hombre grande curtido que había enfrentado asesino esa misma mañana sin que le temblara voz sintió que se quebraba algo dentro de pura felicidad, le tomó manos: entonces cásate conmigo dijo, no mañana no cuando pase todo esto, ahora que venga Padre que ya está aquí que sea esta misma semana, quiero que cuando ese niño nazca nazca con mi apellido si tú me lo permites, quiero que niña cuando me diga apá lo diga con todo derecho del mundo y no como cariño prestado, quiero que si a mí me pasa algo defendiéndolas ustedes queden dueñas de esta tierra con papeles con nombre sin que nadie las pueda echar nunca.

Eloísa lloró, pero por fin después de tantas lágrimas de miedo y dolor estas eran otras, eran lágrimas limpias, y con voz temblorosa junto al fuego que calentaba casa que ya era hogar de ambos dijo palabra más difícil y hermosa: sí.
Afuera grillos cantaban, hombres hacían guardia, niña dormía y dentro de Eloísa hijo que estaba por venir dio patadita suave como si él también hubiera escuchado que por fin iban a tener hogar.

Se casaron cuatro días después sábado por tarde bajo nogal grande que sombreaba patio de Las Ánimas, no fue boda de ricos con vestidos de seda y música de banda, fue boda de campo humilde y verdadera por eso misma más hermosa.
Eloísa llevaba vestido claro que doña Cleofas y mujeres del pueblo habían arreglado ensanchándolo para que entrara sobre vientre de 8 meses y en pelo en lugar de velo corona de florecitas silvestres que niña había juntado esa mañana.

Efrén se puso única camisa buena que tenía guardada en baúl desde hacía años sin ocasión de usarla, y cuando la vio a ella caminar hacia nogal del brazo del viejo Anacleto que se ofreció a entregarla porque ella no tenía padre, a aquel hombre grande se le llenaron ojos y no le importó que lo vieran.
Señor cura los casó con palabras sencillas, habló de que amor verdadero no es que no tiene heridas sino que sana heridas del otro, habló de que familia no la hace sangre sino voluntad de cuidarse.

Pero hubo momento en ceremonia que nadie olvidaría, cuando cura terminó de casarlos Efrén no se dio vuelta enseguida, en lugar se agachó buscó entre gente a niña que estaba paradita con muñeca de trapo mirándolo todo con ojos grandes y la llamó: ven mi hija.
Hoy me casé con tu mamá dijo, pero yo no me quiero casar nada más con ella, yo también te quiero adoptar a ti si tú me dejas, quiero ser tu papá no el prestado el de verdad el que te va a cuidar toda vida el que te va a llevar del brazo el día que te cases el que va a estar orgulloso de ti pase lo que pase, ¿tú quieres que yo sea tu papá?

Niña con barbilla temblándole soltó muñeca le echó dos bracitos al cuello y dijo al oído pero lo suficientemente fuerte para que todos oyeran: sí apá, yo ya te escogí desde primer día que vi tu perrito, y patio entero se deshizo en lágrimas.
Esa tarde hubo fiesta modesta pero fiesta al fin, mujeres habían cocinado hombres trajeron música de guitarra y acordeón y por primera vez en 9 años de casa de Las Ánimas salieron risas y baile hasta bien entrada noche.

Ya de madrugada cuando invitados se habían ido y niña dormía rendida Efrén no se acostó, se sentó en corredor con escopeta a velar, Eloísa salió envuelta en reboso y se sentó a su lado: no va a venir esta noche dijo suave ven a descansar es tu noche de bodas, lo sé dijo Efrén pero no puedo dormir sabiendo que anda cerca, descansa tú yo velo.
¿Sabes qué es lo más raro de todo Efrén? dijo ella: después de tantos años de dormir con miedo al lado de hombre esta es primera noche de mi vida que voy a dormir tranquila justamente porque hay hombre despierto cuidándome, nunca pensé que esas dos cosas hombre y tranquilidad pudieran caber en misma frase, tú me devolviste eso.

Genaro volvió nueve noches después y volvió como vuelven cobardes en oscuridad con luna tapada por nubes cuando creyó que guardia se había relajado y que pueblo había vuelto a sus asuntos, pero no volvió solo y no volvió a discutir, traía consigo a dos hombres de peor calaña pagados y traía en alforjas algo mucho peor que cuchillo: lata de petróleo y yesca.
No venía a llevarse a Eloísa, había cruzado en rencor línea que separa hombre malo del monstruo, venía a quemar rancho con todos adentro, si no podía tenerla no la iba a tener nadie.

Pero Genaro cometió error de siempre de los que menosprecian gente sencilla, creyó que estaban desprevenidos, no sabía que Efrén desde boda no había bajado guardia sola noche, no sabía que hermanos Rentería seguían turnándose para rondas, y sobre todo no contaba con Lucero, perro los olió antes de que llegaran a portón, su ladrido rompió noche furioso inconfundible ladrido del peligro.

Efrén que dormía vestido y con escopeta al alcance ya estaba de pie antes de terminar de despertar, se asomó por ventana y vio a luz de farol tres siluetas acercándose y brillo aceitoso de lata que uno empezaba a vaciar contra pared de madera del establo.
No había tiempo: ¡Eloísa! gritó Efrén, ¡levántate saca a niña por atrás hacia arroyo, corre! y salió a patio disparando al aire para espantarlos y dar alarma.

Estruendo de escopeta retumbó en valle, tres hombres sorprendidos se dispersaron, uno de pagados al ver que no era trabajo fácil soltó lata y salió corriendo hacia caballos, pero Genaro ciego de odio y otro maleante sacaron armas.
Lo que siguió fueron minutos de confusión y terror, se oyeron disparos, Efrén se parapetó tras pozo protegiendo con cuerpo línea entre atacantes y casa donde aún estaban su mujer y hija saliendo, establo empezó a arder por petróleo derramado y resplandor de llamas iluminó patio con luz roja temblorosa.

Efrén logró abrir corral para que caballo y cabras no murieran quemados, y en ese momento expuesto Genaro le disparó, bala pegó en hombro, Efrén cayó de rodillas con grito ronco escopeta resbalándose de manos, Genaro viéndolo caído avanzó hacia él con arma en alto y cara iluminada por incendio transformada en máscara de odio puro: te lo dije jadeó, te dije que me las ibas a pagar primero tú y luego voy por ella, levantó arma para rematarlo.

Pero no contó con dos cosas, primera fue Lucero, perro que había estado atacando a segundo maleante se lanzó de pronto sobre Genaro cerrándole dientes en brazo del arma con toda furia de animal que defiende a su gente, Genaro gritó tiro se desvió al cielo.
Segunda fueron hombres del valle, disparos y resplandor del incendio se veían desde lejos y en campo cuando arde rancho del vecino todos sacuden, se oyó tronar galope de varios caballos por camino, eran hermanos Rentería y don Filiberto y hijos de Anacleto que llegaban rifle en mano.

En cuestión de minutos patio de Las Ánimas se llenó de hombres, segundo maleante se rindió al instante tirando arma, Genaro con perro colgándole del brazo y media docena de rifles apuntándole se vio acorralado solo, pero incluso acorralado hombre así todavía es peligroso porque ya no le importa nada.
Con último esfuerzo desesperado se quitó perro de encima y volteó hacia casa donde acababa de ver salir recortada contra luz de puerta silueta de Eloísa que había puesto a niña a salvo con doña Cleofas junto al arroyo y había vuelto incapaz de dejar solo a Efrén, ojos de Genaro se encendieron con idea final y demencial, levantó arma hacia ella: si no eres mía alcanzó a gritar.

Nunca terminó frase porque Efrén herido sangrando de rodillas en tierra había alcanzado escopeta caída y con último resto de fuerza con brazo bueno con mano temblorosa pero corazón firme como piedra hizo lo único que hombre puede hacer cuando amenazan a lo que ama: disparó.
Estruendo fue último de noche, Genaro se quedó instante de pie con expresión de sorpresa como si no pudiera creer que muerte hubiera venido por él, luego arma se le cayó de mano y cayó de espalda sobre tierra del patio que había venido a incendiar y ya no se levantó.

Se hizo silencio enorme roto solo por crepitar de establo en llamas, Eloísa corrió atravesó patio entre humo y se dejó caer de rodillas junto a Efrén que se desplomaba lentamente perdiendo fuerza: ¡Efrén, Efrén no mírame no te me vayas no ahora por Dios no ahora que apenas empezamos!
Lloraba apretándole herida del hombro tratando de detener sangre, doña Cleofas que de partera y curandera sabía más que muchos médicos se arrodilló junto a Efrén rasgó camisa examinó herida a luz de farol y dijo palabras que Eloísa necesitaba oír: bala pasó de lado no tocó hueso ni pulmón perdió sangre pero va a vivir, este hombre es fuerte como roble va a vivir mija.

Pesadilla por fin había terminado, a precio pero había terminado, nunca más volvería a proyectar sombra sobre aquella familia.
Efrén tardó tres semanas en volver a ponerse de pie del todo y fueron tres semanas más extrañas de su vida porque por primera vez en 9 años no era él quien cuidaba sino el cuidado, Eloísa con vientre enorme se movía por casa día y noche atendiéndolo, le cambiaba vendas le daba caldo a cucharadas le acomodaba almohadas, y él aprendió algo nuevo y difícil para hombre orgulloso: dejarse querer.

El valle no los abandonó, Rentería levantaron establo nuevo mejor que quemado en dos domingos de faena colectiva, mujeres del pueblo se turnaban para traer comida y niña convertida en enfermera se sentaba junto a cama de su papá con muñeca de trapo y contaba historias inventadas.
El niño nació madrugada de otoño con viñas ya cargadas de uva y aire oliendo a mosto, doña Cleofas atendió parto con Eloísa apretando mano de Efrén que ya caminaba aunque con brazo aún en cabestrillo, y cuando por fin llanto de criatura llenó casa que 9 años había estado en silencio aquel hombre grande y curtido rompió a llorar como niño, era varón sano fuerte de buen pulmón.

Doña Cleofas envolvió y se lo puso en brazos a Efrén no a madre primero sino a él porque vieja sabía leer corazones, y Efrén sostuvo a aquel bebé que no llevaba su sangre hijo de otro hijo del hombre que había querido matarlos y lo miró largamente y en esa carita arrugada no vio nada de Genaro, vio solo a niño, a su niño.
¿Cómo le vamos a poner? preguntó Eloísa agotada y feliz, si tú me dejas me gustaría ponerle como mi hijo el que se me fue dijo Efrén con voz temblando, para que ese nombre vuelva a andar por esta casa pero esta vez con vida larga por delante.

Los años pasaron sobre Las Ánimas como pasan estaciones llenando casa, bebé aprendió a caminar persiguiendo a Lucero por mismo patio donde una vez hubo fuego, niña que ya no era tan niña creció fuerte y risueña y jamás ni sola vez dudó de que aquel hombre fuera su padre verdadero porque padre es el que cría, el que cuida, el que está.
Efrén les enseñó a montar a podar viña a leer huellas del monte a distinguir cielo de lluvia, y tardes que antes habían sido su enemigo silencioso se volvieron su hora favorita hora en que se sentaban todos en corredor a ver caer sol sobre lomas, rancho prosperó, vino de Las Ánimas se hizo conocido en región.

Efrén vivió muchos años más rodeado de familia que atardecer llegó a su cerca pidiendo solo pasar noche, vio a su hija casarse y la llevó del brazo hasta altar cumpliendo promesa que le hizo arrodillado en tierra el día de su boda, vio a su hijo convertirse en hombre de bien, y cuando le llegó hora muchos inviernos después se fue en paz en su cama con mano de Eloísa entre suyas y hijos y nietos alrededor sin ese vacío terrible con que había vivido tantos años, se fue sabiendo que había llenado casa al fin que no moría solo.

Dicen los que aún viven en aquel valle que en tardes de otoño cuando sol se derrama dorado sobre viñas de Las Ánimas todavía se siente en aire de ese rancho algo que no todos lugares tienen: paz honda de casa que fue rescatada del silencio por amor, porque al final aquel ranchero solitario tenía razón cuando tendió mano a desconocida temblorosa en su cerca, él necesitaba una familia ella necesitaba un hogar, y destino que a veces es cruel pero a veces sabe lo que hace los cruzó en mismo camino para que se salvaran el uno al otro.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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