“NO TENGO DÓNDE VIVIR CON MIS HIJOS”, ME DIJO. YO LLEVABA DIECIOCHO AÑOS SIN ABRIRLE LA PUERTA A NADIE
LA MUJER AL OTRO LADO DEL PORTÓN
—Usted no tiene quien la cuide y yo no tengo dónde vivir con mis hijos.
La desconocida lo dijo frente a mi portón, con un bebé en brazos y una niña descalza a su lado. Estuve a punto de echarle encima el bastón. No porque hubiera mentido, sino porque había visto en unos minutos lo que yo llevaba dieciocho años escondiendo.
—No necesito que me cuiden —le respondí.
La niña levantó la mirada hacia mí. Tenía unos seis años, los huaraches rotos y los labios resecos. No pidió agua. Eso fue lo que más me molestó: parecía haber aprendido que pedir no servía de nada.
La mujer se llamaba Leonor Carrasco. Había llegado al Rancho El Sauzal con un burro gris, un colchón enrollado, una olla y dos costales. El pequeño que sostenía contra el pecho se llamaba Julián; su hija, Matilde.
Su esposo había muerto tres meses antes al caer del techo de un granero. Aquella mañana, don Casiano Barragán había sacado sus pertenencias del jacal donde vivían. Necesitaba la vivienda para otro peón.
—Sé ordeñar, sembrar y reparar cercas —me dijo Leonor—. También puedo ocuparme de la casa. No le pido salario. Solo un rincón del granero para mis hijos.
—Busque a su familia.
—No tengo a quién acudir.
Había escuchado esas palabras antes, en mi propia voz, después de enterrar a mi marido. Desde entonces me había prometido no volver a decirlas.
—Váyase a la parroquia —le ordené.
—Ya fui. El padre nos dio dos tortillas.
—Entonces vuelva mañana.
Leonor miró el cielo. El sol estaba desapareciendo detrás de los cerros de San Luis Potosí. Sujetó mejor al bebé, pero no discutió.
—Dormiremos junto a la cerca. Saldremos con el primer sol.
Entré en la casa y puse la tranca. Preparé café, calenté una tortilla y me senté a la mesa. Había cuatro sillas. Durante dieciocho años, solo había usado una.
Desde la ventana vi a Leonor acomodar el colchón contra un poste. Sentó a Matilde encima para apartarla de la tierra fría y se quitó el rebozo para envolver al bebé. El burro se quedó cerca de ellas.
Podía abrir la puerta. Había comida suficiente para cuatro. También tenía el antiguo cuarto de mis hijos, cerrado desde hacía años.
Me comí la tortilla sin apartar la vista de la ventana.
A las tres de la madrugada comenzó a llover.
Primero pensé en el colchón mojándose. Después vi en mi memoria los pies de Matilde. Finalmente escuché al bebé llorar, un sonido débil que la lluvia casi borraba.
Me levanté apoyándome en el bastón. La cadera me dolía tanto que tuve que detenerme dos veces antes de alcanzar el corredor.
—¡Mujer! —grité.
Leonor se incorporó de inmediato. La niña estaba pegada a ella bajo el rebozo empapado.
—¡Abra el portón!
—No tiene candado —respondí.
Leonor miró la hoja de madera. Había pasado toda la noche delante de una entrada que podía abrir empujándola. No había intentado hacerlo.
Quise decirle que entrara, pero las palabras se me atoraron. Hacía dieciocho años que nadie dormía bajo mi techo.
Levanté la tranca de la casa y señalé el granero.
—Pueden pasar la noche ahí.
Leonor tomó las riendas del burro. Matilde quiso bajar del colchón, pero sus piernas temblaron al tocar el suelo. La madre avanzó con el bebé en un brazo, jaló al animal con el otro y dejó que la niña se sujetara de su falda.
Cuando llegaron a mi lado, descubrí que Julián ya no lloraba.
Su cabecita descansaba contra el hombro de Leonor, demasiado quieta.
—¿Cuándo comió por última vez? —pregunté.
Leonor no contestó enseguida.
Y entonces comprendí que las dos tortillas de la parroquia no habían alcanzado para tres.
PARTE 2: TRES TAZONES EN LA MESA
Encendí el fogón antes de que Leonor pudiera responder. Puse agua a calentar y saqué el poco caldo de frijoles que había guardado para la mañana.
—La niña primero —dije.
—El bebé…
—A él le toca leche. Tengo una cabra.
Leonor abrió la boca, tal vez para darme las gracias. Le señalé una silla antes de que lo hiciera.
Matilde sostuvo el tazón con ambas manos. Sorbió demasiado rápido y se quemó la lengua, pero no soltó la cuchara. Leonor esperó a que su hija comiera antes de probar lo suyo. Yo fingí no darme cuenta.
Cuando ordeñé a la cabra, la lluvia seguía cayendo. Leonor quiso acompañarme, pero la mandé de vuelta junto al fuego. Preparé la leche para Julián y la observé mientras se la daba poco a poco. Al cabo de un rato, el niño movió los dedos, buscó el alimento y comenzó a beber.
Solo entonces pude respirar con calma.
—Se quedan hasta que pare la lluvia —dije.
Leonor alzó los ojos.
—Entiendo.
—No he ofrecido nada más.
—Entiendo eso también.
Al amanecer, me despertó un sonido que no oía desde hacía años: alguien barriendo el corredor. Leonor ya había secado sus pertenencias, dado agua al burro y limpiado las hojas que el viento había amontonado frente a la casa.
—Le dije que podía quedarse una noche, no que se adueñara del rancho.
Dejó la escoba contra la pared.
—El agua se estaba metiendo por debajo de la puerta. Si no la retiraba, iba a pudrir la madera.
Miré el charco que había apartado hacia el patio. Tenía razón. Eso tampoco me gustó.
Durante el desayuno le mostré el granero, el pozo, la huerta pequeña y la cerca del corral. Había lugares donde el alambre llevaba meses caído. Yo podía señalar cada desperfecto, pero ya no podía agacharme a repararlo.
—Tres días —le dije—. Después decidiré si hay trabajo para usted.
Leonor asintió sin sonreír.
A media mañana la encontré ajustando la cerca. Matilde recogía los trozos de alambre que caían al suelo. La niña se detuvo al verme y escondió las manos detrás de la espalda.
—Se va a cortar —le dije.
Leonor revisó sus dedos enseguida.
—Le dije que solo juntara los palos.
—Yo quise ayudar —murmuró Matilde.
Tenía el gesto serio de su madre, pero cuando le di un pedazo de pan, se le iluminó la cara. Lo partió antes de comer y guardó una mitad en el bolsillo.
—Hay más en la cocina —le dije.
—Es para Julián.
—Él todavía no come pan.
—Entonces para mamá.
Me alejé sin responder. Por la tarde vi a Leonor cubrir el techo del granero con una lona vieja para que no volviera a mojarse el colchón. Cada vez que terminaba una tarea, buscaba otra. Trabajaba como si detenerse pudiera costarle el lugar.
La segunda noche les llevé dos cobijas.
—Son prestadas —advertí.
Leonor las recibió con cuidado.
—Se las devolveré limpias.
Reconocí la más pequeña en cuanto la extendió. Había pertenecido a Antonina, mi hija. Yo misma la había sacado del baúl sin mirar cuál tomaba. Al verla sobre los hombros de Matilde, sentí deseos de quitársela.
La niña acarició una de las flores bordadas.
—Qué bonita.
—Era de mi hija —dije.
Matilde dejó de tocarla.
—La cuidaré mucho.
Mi hija había muerto de fiebre a los veinticuatro años. Mi hijo Melquiades se había ahogado a los diecisiete. Después murió Nazario. Cuando el último vecino se fue de su entierro, cerré sus cuartos y aprendí a hacer sola todo lo que podía. Lo que ya no podía hacer esperaba a que el dolor pasara.
A la mañana siguiente encontré la puerta del cuarto de Antonina entreabierta.
Dejé caer el bastón contra el piso.
—¿Quién entró ahí?
Leonor apareció desde la cocina con Julián en brazos.
—Yo no —dijo.
Miré hacia el corredor. Matilde estaba de pie junto al marco, pálida, con una pequeña flor seca entre los dedos.

PARTE 3: EL CUARTO QUE HABÍA CERRADO
—Te dije que no tocaras nada —le reclamó Leonor a su hija.
Matilde apretó los dedos alrededor de la flor.
—La vi debajo de la puerta. Pensé que se había caído.
Yo había dejado aquella flor sobre la cómoda de Antonina muchos años atrás. El viento debió moverla hasta el umbral cuando abrí el baúl por las cobijas. Matilde había empujado la puerta apenas lo necesario para recogerla.
Lo entendí al ver las marcas de polvo: sus huaraches no habían cruzado al cuarto.
—Dámela —le pedí.
La niña abrió la mano. La flor se deshizo un poco al pasar a la mía.
—Perdón, doña Herminia.
—Vete con tu madre.
Leonor llevó a Matilde al granero. Yo cerré la puerta, pero me quedé del lado de adentro.
Todo estaba como lo había dejado. El vestido de Antonina colgaba de un clavo. Sobre la cama había una almohada hundida por el tiempo. No entraba allí porque temía olvidar su voz si empezaba a mover sus cosas.
Con la flor entre los dedos, recordé algo que había logrado borrar de la mayoría de mis días: Antonina nunca soportaba verme trabajar hasta lastimarme. De niña me quitaba los cántaros de las manos, aunque apenas pudiera levantarlos. De adulta seguía diciéndome que me sentara a descansar.
Yo le respondía que todavía podía sola.
Salí del cuarto antes de que Leonor me encontrara llorando.
Aquel día casi no le hablé. Al anochecer, vi que había dejado las cobijas dobladas junto a la puerta del granero.
—No tenías que devolverlas —le dije.
—No quería incomodarla más.
La frase me hizo mirar el colchón todavía húmedo por un extremo. Leonor había preferido pasar frío a volver a tocar algo que yo pudiera reclamarle.
—Quédenselas —respondí.
En los días siguientes, Matilde se mantuvo lejos de la casa. Dejaba la escoba apoyada en el corredor sin subir el escalón. Si Julián lloraba mientras Leonor trabajaba, la niña lo mecía en el granero hasta que su madre podía volver.
El tercer día llegó y no les pedí que se fueran.
Tampoco dije que podían quedarse.
Leonor reparó el tramo más bajo de la cerca. Gracias a eso pude abrirles otra vez el corral a las cabras. Después revisó una tabla floja junto al pozo. La sujetó con un clavo y me advirtió que no apoyara allí el peso.
—He sacado agua de ese pozo desde antes de que usted naciera —contesté.
—Entonces sabrá que la madera está vencida.
Me irritó que me hablara así en mi propia casa. Esperé a que se alejara, fui por el balde y lo llené para demostrarme que no necesitaba instrucciones.
La tabla resistió. Lo que no resistió fue mi cadera.
Al girar con el balde en la mano sentí un dolor agudo. El agua cayó sobre mis botas. Alcancé a sujetarme del brocal antes de perder el equilibrio.
—¡Doña Herminia!
Leonor cruzó el patio corriendo. Solté el brocal para apartarla con una mano, y ese movimiento me hizo caer de rodillas.
—No me toque.
Se quedó a un paso. Podía ver que le temblaban las manos, pero obedeció.
—Voy por su bastón —dijo.
Mientras volvía, escuché a Matilde preguntar si me había lastimado. Leonor le indicó que se quedara junto al bebé. No dejó a sus hijos solos para correr tras de mí; primero se aseguró de que estuvieran a salvo.
Me ayudó a levantarme cuando acepté darle el brazo. No habló del incidente frente a los niños. Me acompañó hasta la mecedora y puso el bastón a mi alcance.
—Tres semanas antes de que ustedes llegaran —le dije de pronto—, me caí junto al lavadero. Pasé cuatro horas en el suelo.
Leonor se quedó quieta.
—¿Pudo pedir ayuda?
—Grité hasta quedarme sin voz. No pasó nadie.
Esperaba lástima. Habría sabido defenderme de eso. Ella solo miró hacia el patio, al lugar donde yo acababa de caer.
—Por eso le hablé desde la cerca —dijo—. Vi el lavadero y el agua derramada. Pensé que tal vez le costaba cargarla.
La observé con atención. Leonor había reconocido mi dificultad desde su primer día, pero no había vuelto a mencionarla después de que yo la negara. Había empezado por arreglar la cerca, cubrir el granero y asegurar la tabla del pozo para que yo pudiera seguir haciendo mis cosas.
Aquella noche puse tres tazones sobre la mesa antes de llamarlas a cenar.
Matilde se detuvo en el umbral.
—¿Podemos entrar?
Miré la silla vacía junto a la mía.
—La comida se enfría —respondí.
La niña entró. Leonor se sentó con Julián en brazos. Durante la cena, Matilde me contó que sabía contar hasta cien. Se equivocó después del setenta y volvió a empezar sin que nadie se lo pidiera. Yo terminé corrigiéndola.
Cuando la casa quedó en silencio, llevé las manos a la cadera para levantarme. Por primera vez en dieciocho años, pensé que, si no podía hacerlo, bastaba con llamar a Leonor.
Entonces escuché un caballo detenerse frente al portón.
Desde la ventana reconocí a don Casiano Barragán.
PARTE 4: EL PRECIO DE QUEDARSE
Don Casiano no había venido a ver cómo estaban sus antiguos peones. Miró el burro bajo el cobertizo, la cerca recién compuesta y a Leonor, que salió al corredor con Julián en brazos.
—Veo que encontraste acomodo —dijo.
—Trabajo aquí —respondió ella.
Casiano me observó como si esperara que yo la contradijera. Todavía no habíamos acordado nada. Leonor llevaba más de una semana reparando el rancho y durmiendo con sus hijos en el granero, pero yo seguía sin haberle dado una respuesta.
—Necesito hablar con ella —me dijo él—. A solas.
—Puede hablar desde donde está.
Casiano apretó las riendas.
—Tengo libre otra vez el jacal. El hombre que iba a ocuparlo se marchó. Si Leonor vuelve, puedo darle trabajo.
Matilde apareció detrás de su madre. Al oír la palabra «jacal», miró hacia el granero. Había dormido allí con una lona sobre el techo. Por mucho que Leonor limpiara, seguía siendo un lugar para guardar costales.
—¿Y cuánto le pagará? —pregunté.
Casiano evitó mis ojos.
—Ya conoce el arreglo. Vivienda a cambio de trabajo. Podrá recoger encargos de costura en el pueblo cuando termine lo suyo.
Leonor ajustó al bebé contra su pecho.
—La última vez también dijo que podría hacer esos encargos. Después necesitaba que me quedara hasta que encerraran a los animales.
Casiano se volvió hacia ella.
—Te di techo tres meses después de la muerte de tu marido. Eso fue más de lo que estaba obligado a hacer.
—Y trabajé todos esos días.
—Hasta que necesité el jacal para otro peón.
No había amenaza en su voz. Hablaba como si mover a una madre y a sus hijos de una vivienda a otra fuera igual que cambiar animales de corral. Quizá para él lo era.
—Ahora lo vuelve a ofrecer —dije—. ¿Qué ocurrirá cuando necesite espacio otra vez?
—Eso no es asunto suyo, doña Herminia.
Tenía razón en una cosa: Leonor podía decidir sin que yo hablara por ella.
Casiano esperó su respuesta. Leonor miró a Matilde, luego el granero. Supe que estaba haciendo cuentas. Allí les caía el frío por los huecos de las tablas; allá había una casa de adobe, aunque la promesa pudiera durar solo unos días.
—Se lo diré mañana —respondió.
Casiano aceptó y se marchó antes de que oscureciera.
Durante la cena, Matilde preguntó:
—¿Vamos a regresar?
Leonor le sirvió más frijoles para ganar tiempo.
—Todavía no lo sé.
Yo habría podido resolver aquella duda con una frase. Había sitio en la casa. El cuarto de Antonina llevaba cerrado años y la cama seguía allí. Sin embargo, imaginé a Matilde entrando con sus huaraches, a Julián llorando por las noches, a Leonor moviendo los muebles para limpiarlos. Sentí el impulso de defender cada rincón.
—El granero no aguantará otro invierno sin reparar el techo —dije.
Leonor dejó la cuchara.
—Lo sé.
—Hay tablas detrás del corral.
—Mañana revisaré cuáles sirven.
Había contestado a una preocupación sobre sus hijos con una lista de trabajo. Vi cómo se le endurecía la cara y ya no supe corregirme.
Esa noche escuché pasos cerca de mi puerta. Leonor había traído el balde lleno para que yo no tuviera que ir al pozo al amanecer. Oí el agua asentarse dentro del recipiente y después sus pasos alejándose hacia el granero.
Al día siguiente me levanté antes que ellas. Fui al cuarto de Antonina y abrí la ventana. Entró aire frío. Sacudí la colcha, retiré el vestido del clavo y lo guardé en el baúl. Me senté en la cama un momento, con el corazón golpeándome el pecho.
—No estoy regalando tus cosas —murmuré.
No esperaba respuesta. Aun así, me quedé allí hasta que pude levantarme.
Cuando salí, encontré a Leonor cargando el colchón sobre el burro. Matilde recogía la olla. Casiano había enviado a un muchacho con el aviso de que necesitaba una respuesta antes del mediodía.
—Pensaba despedirme —dijo Leonor al verme.
—Todavía no han reparado el techo.
—Puedo terminarlo antes de irnos.
Me avergonzó que creyera que eso era lo que me importaba.
—Baja el colchón.
Leonor se quedó inmóvil.
—Doña Herminia…
—No voy a pedirte que trabajes por un rincón del granero. Si te quedas, tendrás pago por el trabajo del rancho y un cuarto para tus hijos.
Matilde miró hacia la casa.
—¿Adentro?
—Adentro —respondí.
Leonor no se movió. Sus ojos fueron hacia la puerta del antiguo cuarto de Antonina, visible al fondo del corredor. Comprendí lo que estaba esperando: que yo cambiara de opinión cuando los viera cruzar.
Tomé el colchón por un extremo y tiré de él para bajarlo. La cadera me dolió de inmediato, pero no lo solté.
—Ayúdame —le dije—. Tenemos que llevarlo antes de que vuelva a llover.
PARTE 5: LA PUERTA ABIERTA
Leonor sostuvo el otro extremo del colchón. Lo llevamos despacio por el corredor mientras Matilde cargaba la olla y vigilaba que el burro no nos siguiera hasta la casa. Julián iba sujeto a la espalda de su madre con el rebozo.
Al llegar al cuarto, Leonor se detuvo.
La ventana estaba abierta. Yo había puesto sábanas limpias en la cama y dejado el baúl cerrado contra la pared. Aún había cosas de Antonina allí. Podía conservarlas sin impedir que alguien más usara la habitación.
—No tiene que darnos este cuarto —dijo Leonor.
—Lo sé.
Entre las dos acomodamos el colchón en el piso para Matilde. Leonor dejó a Julián sobre la cama mientras extendía la ropa. El niño agarró una punta de la colcha con su mano pequeña. Matilde recorrió el cuarto sin tocar nada.
—Aquí no entra la lluvia —dijo.
Tuve que mirar hacia la ventana para contestar.
—No. Aquí no entra.
Antes del mediodía regresó Casiano. Salí al portón con Leonor. Ella llevaba a Julián en brazos; Matilde se quedó en el corredor, donde podíamos verla.
—¿Ya tomó una decisión? —preguntó él.
Leonor respiró hondo.
—Mis hijos y yo nos quedamos en El Sauzal.
Casiano miró detrás de nosotras, hacia el burro que todavía tenía sus costales encima.
—Pensé que solo estaba de paso.
—Eso pensé yo también —respondí.
Él se encogió de hombros. No discutió ni se disculpó. Tenía un jacal vacío y buscaría a otra persona para ocuparlo. Leonor, en cambio, ya no dependía de que él cumpliera una promesa.
Cuando se fue, me volví hacia ella.
—Debemos acordar el pago. También las tareas. No quiero que te lastimes intentando hacer todo en un día.
Leonor me miró con una mezcla de sorpresa y cansancio.
—Puedo encargarme del pozo, la huerta y los animales. Usted sabe mejor que nadie lo que necesita el rancho.
—Entonces lo decidiremos juntas.
No fue sencillo. La primera semana me molestó encontrar una taza en otro sitio. Leonor no quería sentarse hasta terminar alguna tarea más. Matilde pedía permiso incluso para tomar agua. Tuvimos que aprender a decir lo que queríamos antes de convertirlo en una pelea o en un silencio.
Un día le mostré a Matilde cómo distinguir las semillas que yo guardaba para la próxima siembra. Otro, ella me enseñó que Julián se calmaba cuando le cantaban mientras le daban de comer. Leonor reparó el techo del granero y yo insistí en pagarle por esas jornadas, aunque ya durmieran dentro de la casa.
Con el tiempo dejé de contar cuántos días llevaban allí.
Una mañana me levanté y encontré a Matilde sentada a la mesa, tratando de escribir su nombre en un pedazo de papel. Leonor preparaba el desayuno con Julián apoyado en la cadera. Ninguna de las dos se sobresaltó al verme aparecer.
Eso fue lo que me hizo detenerme.
En otro tiempo, mi salida de la habitación habría interrumpido sus voces. Aquella mañana Matilde siguió moviendo el lápiz y Leonor me preguntó si quería café. Yo serví cuatro tazones y puse el más pequeño cerca de la mano libre de Matilde.
Meses después, mientras intentaba alcanzar una jarra en la alacena, la cadera volvió a fallarme. Me sujeté de la mesa antes de caer. Leonor estaba afuera, en el corral.
Durante un instante sentí el mismo miedo que había sentido aquella tarde junto al lavadero, cuando grité cuatro horas sin que nadie llegara. Miré la puerta abierta de la cocina y llamé:
—¡Leonor!
—¡Voy! —contestó desde el patio.
Dejé la jarra donde estaba. Leonor entró, me ofreció el brazo y esperó a que yo me apoyara. Matilde apareció detrás de ella con Julián de la mano.
—Estoy bien —les dije—. Solo necesito sentarme un momento.
Matilde arrimó mi silla. Leonor me llevó agua. Julián, que apenas comenzaba a caminar, se sujetó de mi falda hasta que lo alcé a mi lado.
Por la tarde salí al corredor. El portón seguía sin candado, igual que la noche en que Leonor y sus hijos habían esperado bajo la lluvia. Matilde estaba allí, enseñándole a Julián a empujarlo sin lastimarse los dedos.
—Abuela Herminia —me llamó—, ¿lo dejamos abierto?
Miré el camino y después la mesa que alcanzaba a ver desde la puerta de la casa. Leonor estaba poniendo los platos para la cena.
—Sí —respondí—. Déjalo abierto.