Pagó dos monedas de cobre por una esclava “sin valor”; no tenía ni idea de que acababa de comprar a la mujer más peligrosa del mundo.

PARTE 3

La mujer desmontó como si fuera dueña del suelo que pisaba.

Sus ojos recorrieron a Kratos, luego al subastador, y finalmente se posaron en Atenea, donde se detuvieron durante más tiempo.

—Kratos —dijo con frialdad.

“Recibiste mi entrega.

—Tu forma de entregar —repitió con voz monótona y fría.

“Yo pagué por esos vagones.

Tenía compradores.

Me has costado mucho dinero, y un poco de dignidad, que valoro muchísimo más.

Se presentó simplemente como Shirley, y mientras estudiaba la garganta desnuda e inmaculada de Athena, su sonrisa se tornó mucho más peligrosa que la simple crueldad.

—Eres la sanadora del Clan del Pantano —dijo lentamente.

“El hueco.

Había oído rumores.

Me preguntaba si eras tú.

“Sé cómo me llamaba mi clan”, dijo Atenea.

“Hueco. “

Shirley rió, pero su risa carecía por completo de calidez.

“Oh, niño, no.

Tu linaje es más antiguo que el de cualquier lobo de este país.

Vuestro pueblo era aquello para lo que los lobos fueron creados para cazar.

Vuestros antepasados ​​podían entrar en un campo de batalla y deshacer la corrupción misma, y ​​los hombres que libraban esas guerras dependían de que esa corrupción permaneciera exactamente donde estaba.

Tu clan no te exilió por no haberte convertido.

Te exiliaron porque alguien les pagó, hace generaciones, para que olvidaran lo que realmente eres.

”😲

Ella levantó la mano.

En ella brillaba una hoja delgada y curva del color del mercurio, y Kratos se quedó rígido junto a Atenea.

Reconoció esa aleación de inmediato.

Lo había forjado él mismo.

—Sujétala —ordenó Shirley.

Lo que siguió se desarrolló en medio de una vorágine de violencia y caos.

Kratos luchó contra dos jinetes a la vez, rompiéndole la muñeca a uno y clavándole la rodilla en el pecho al otro.

Un tercer jinete rodeó a Atenea, y ella, sin pensarlo dos veces, le lanzó una linterna encendida a la cara, haciéndolo caer al suelo envuelto en llamas y gritando.

El subastador salió corriendo presa del pánico y, en medio de la confusión, fue abatido por su supuesto salvador.

Entonces Shirley fue a buscar a Atenea personalmente.

Un último jinete atrapó a Kratos por detrás, clavándole una espada profundamente en el muslo, haciéndolo caer de rodillas, y levantó el brazo para darle el golpe final.

Atenea se movió antes incluso de comprender que se estaba moviendo.

Recorrió la distancia que los separaba en un instante, con una rapidez que no le correspondía a su cuerpo habitual, interponiéndose entre la hoja que descendía y el cuello expuesto de Kratos.

Y de sus palmas abiertas surgió algo que jamás había invocado en su vida: no fuego, no luz, sino quietud.

Un eco silencioso que se extendía hacia afuera, y donde tocaba la hoja del jinete, el arma simplemente se detenía en el aire, congelada como si hubiera golpeado la superficie de un estanque inmóvil e increíblemente profundo.

🌊

El silencio se extendió por el patio como una sombra que pasa sobre un terreno abierto.

Las bisagras oxidadas se desmoronaron.

Las vigas podridas cedieron.

Y la herida en la pierna de Kratos se cerró ante sus ojos, una oscura corrupción que brotaba de su carne como tinta extraída de una tela.

La espada de mercurio de Shirley —la misma que Kratos había forjado nueve años antes— se desafiló, se oscureció y adquirió un tono gris ceniza en su mano.

Aun así, se abalanzó, clavando el arma moribunda en el corazón de Atenea.

Se hizo añicos contra su pecho como una vieja pieza de cerámica, y Shirley cayó de rodillas entre los fragmentos rotos, dejándose llevar por la inercia.

Ella levantó la vista, su compostura finalmente se quebró.

—El regalo no volverá a quedarse en silencio —advirtió, con la voz temblorosa.

“Serás un faro.”

Vendrán a por ti.

Una y otra y otra vez.

”

Atenea la miró sin triunfo, sin piedad.

—Lo sé —dijo simplemente.

Los jinetes restantes huyeron en la oscuridad, abandonando a su ama.

Shirley intentó levantarse, intentó alcanzar a su caballo, pero en vez de eso se desplomó; la misma corrupción que había llevado oculta bajo su cuello durante años finalmente se deshizo en su interior, deshecha por la misma quietud que había salvado la vida de Kratos.

Ella no volvió a levantarse.

🕊️

—Se ha ido —dijo Kratos en voz baja, de pie junto a Atenea, ahora ilesa y firme.

“Lo sé.

”

¿Estás bien?

—No —admitió Atenea.

“Pero lo seré.”

”

No prometió arreglarlo.

Simplemente extendió la mano.

Ella lo tomó.


En la séptima noche —la noche de la vieja luna que llama, la noche destinada a quemar el pasado— encendieron una hoguera sobre una piedra plana situada sobre el campamento, donde los árboles se abrían hacia el cielo.

Norwood, el hermano de Athena, estaba a su lado, con una mano apoyada en el hombro del pequeño Ren; ambos seguían vivos porque dos desconocidos se habían negado a marcharse.

Entre las llamas cayeron los fragmentos rotos de la espada de Shirley, el remache arrancado de la garganta robada de su hermano y una pequeña ramita de tomillo seco que Kratos había llevado en su alforja sin explicar jamás por qué.

Atenea pronunció los nombres de todos los que había perdido: su madre, su tía, la mujer que le había enseñado a curar, incluso el herrero que le había puesto el collar por primera vez, y finalmente, en voz baja, el nombre de la mujer que acababa de intentar matarla.

Ella no pronunció el nombre de Kratos.

Él se dio cuenta.

No preguntó por qué.

En cambio, ella se volvió hacia él a la luz del fuego, le tomó la mano y apoyó la palma de su mano contra la de él.

Ni la mordedura de un lobo.

No es una afirmación grabada en la piel.

Dos personas que habían cargado con una ausencia durante toda su vida, y que finalmente decidieron plasmar esas ausencias una al lado de la otra.

—Yo forjé el metal que se llevó a tu lobo —dijo en voz baja, apoyando la frente contra la de ella.

“Lo diré de nuevo cada año en esta noche, mientras me permitas estar en tu círculo.

”

—Lo sé —susurró Atenea.

“Puedes pararte dentro.”

”

El pequeño Ren, que observaba solemnemente desde el otro lado del fuego, se acercó sigilosamente y presionó la palma de su mano contra el dorso de la mano de ella —el gesto de ” aquí estoy “— y Atenea rió por primera vez en más de un año.

Una pequeña risa.

Pero real.

💛

Aquel frío lugar en su pecho donde antes latía su corazón no se calentó esa noche.

Nunca lo sería del todo.

Pero dejó de llamarlo ausencia.

Ella lo llamó profundidad.

Y, finalmente, fue enteramente suya.

Si esta historia te conmovió, deja un comentario ❤️abajo y etiqueta a alguien que necesite recordar que ser llamado “inútil” por las personas equivocadas a menudo significa que vales más de lo que jamás podrán comprender.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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