“Señor, Me Pidió que me Fuera al Terminar el Mes… Pero sus Hijos me Piden que me Quede”
“Señor, Me Pidió que me Fuera al Terminar el Mes… Pero sus Hijos me Piden que me Quede”

La maleta pesaba más de lo que Remedios Altamirano esperaba, no por la ropa que era poca, sino por todo lo que había metido adentro sin querer.
Tres meses de madrugadas frías levantándose antes que el gallo, olor a leche tibia que ya conocía de memoria, risa de Camila cuando le trenzaba el cabello frente al espejo roto del corredor y pasos cortos y torpes de Toñito golpeando piso de tierra cada vez que corría hacia ella gritando, Reme, Reme, ya desperté.
Todo eso no cabía en ninguna maleta pero igual lo cargaba igual le dolía en brazos como si tuviera peso real.
Eran las 6 de la mañana del último día de mayo, sol apenas comenzaba a asomar por detrás de lomas del rancho Los Álamos, esa franja de luz anaranjada que Remedios había aprendido a amar porque era primera cosa hermosa que veía cada día antes de que comenzara trabajo.
Luz entraba por entre árboles del potrero como si alguien la filtrara con cuidado y bañaba lomos de vacas que dormitaban junto a cerca de madera vieja.
Rancho olía a pasto mojado a boñiga fresca a leña encendida olía a hogar, y eso era precisamente lo que más le dolía porque ese hogar nunca había sido suyo y en unas horas tendría que dejar de fingir que lo era.
Remedios tenía 42 años aunque a veces su cuerpo sentía el doble, era mujer de estatura mediana de manos anchas y callosas que contaban mejor que cualquier documento su historia de trabajo duro.
Cabello negro abundante y rizado lo llevaba recogido siempre en chongo informal del que escapaban mechones rebeldes que enmarcaban cara morena de pómulos pronunciados y ojos oscuros que tenían característica extraña de parecer tristes incluso cuando sonreían.
Había aprendido muy joven que vida no le iba a regalar nada y esa lección se le había grabado en cuerpo de maneras que ningún espejo podía ocultar.
Llegó al rancho Los Álamos tres meses antes en últimos días de febrero cuando frío todavía pellizcaba por mañanas y caminos de tierra estaban lodosos por lluvias tardías del invierno.
Había llegado a pie con esa misma maleta que ahora sostenía después de caminar casi 4 km desde crucero donde camión de pasajeros la había dejado, no tenía a dónde ir.
Tenía papel doblado en bolsillo de su delantal con dirección y nombre escrito con letra apresurada: Rancho Los Álamos. Preguntar por don Severino Peralta. Necesita ayuda con los niños.
Se lo había dado señora Refugio su vecina en pueblo de donde venía dos días antes de que Remedios tuviera que salir de ahí con lo que pudo cargar.
Lo que señora Refugio no le dijo era que don Severino Peralta era hombre que cargaba su propio peso invisible, viudo de 48 años que había perdido a su esposa Dolores 18 meses atrás de enfermedad que se la fue llevando despacio cruelmente como agua que orada piedra.
Un hombre que ahora vivía solo con sus dos hijos Camila de 8 años y Antonio al que todos llamaban Toñito de cinco en ese rancho que antes había sido lleno de risas y que ahora sonaba a hueco a silencio llenado a medias con mugido de vacas y llantos nocturnos de niños que todavía soñaban con su mamá.
Remedios había tocado puerta de casa de madera esa tarde de febrero con corazón encogido y manos entumecidas de frío.
Don Severino abrió la miró de arriba a abajo con esa expresión seria que nunca le abandonaba del todo, escuchó en silencio lo que ella dijo y después de momento largo en que Remedios sintió que la iban a mandar de vuelta al camino él se hizo a un lado y dijo: Pase, mañana ve si puede con los niños, si puede hablamos de sueldo.
No hubo contrato no hubo papeles, hubo estufa de leña, habitación pequeña al fondo de casa con catre y cobija de lana y dos niños que esa primera noche la observaron desde umbral de cocina como si ella fuera animal raro al que no sabían si acercarse o no.
Al día siguiente Toñito le llevó piedra, era piedra pequeña gris perfectamente redonda, la puso en mesa frente a Remedios durante desayuno y dijo muy serio: Te la regalo porque me caes bien.
Y Remedios que llevaba meses sin que nadie le dijera algo así tuvo que girar cara hacia ventana para que niño no la viera llorar.
Desde ese día tres meses habían pasado como pasan cosas buenas demasiado rápido y dejando demasiada huella.
Pero ahora era último día de mayo y don Severino Peralta le había dicho hace exactamente dos semanas con esa voz suya que no subía ni bajaba de tono: Señorita Remedios al terminar mes ya no voy a necesitar sus servicios, le agradezco lo que hizo por mis hijos, nada más sin explicación sin porqué que ella pudiera sostener en manos y examinar, solo esas palabras frías cayendo en cocina caliente como piedras en agua quieta.
Y ahora ahí estaba ella maleta en mano en patio del rancho Los Álamos con sol anaranjado de 6 de mañana pintándole cara esperando que llegara hora razonable para irse sin hacer escándalo.
Fue entonces cuando escuchó pasos pequeños apresurados descalzos sobre tierra del patio, Camila llegó primero con cabello suelto todavía enredado de almohada en camisón ojos hinchados de quien lloró antes de dormir y volvió a llorar al despertar.
Detrás de ella Toñito que todavía no había terminado de ponerse tirantes del pantalón y los traía colgando también descalzo también con cara de haber pasado mala noche.
Los dos se aferraron a ella al mismo tiempo Camila por cintura Toñito por rodillas y dos dijeron casi al unísono con honestidad aplastante que solo tienen niños: Reme no te vayas, por favor no te vayas.
Remedios cerró ojos, maleta se le resbaló poco de mano y en ese momento sin necesidad de girar cabeza sintió que alguien más estaba en patio alguien que la miraba desde porche de madera alguien que llevaba sombrero y chaleco y que se había quedado quieto muy quieto como si él también estuviera esperando algo que todavía no sabía cómo pedir.
Para entender por qué don Severino Peralta le había pedido a Remedios que se fuera hay que entender primero quién era Severino Peralta, y eso no es sencillo porque hombres como él son de esos que uno puede mirar todos los días sin terminar de verlos del todo.
Severino había nacido en ese mismo rancho en esa misma casa de madera que su abuelo había construido con propias manos 80 años atrás, creció entre vacas y cercas, aprendió a montar antes que a leer y tuvo desde muy joven esa relación callada con tierra que tienen hombres que saben que van a vivir y morir en mismo lugar donde nacieron.
No era hombre de muchas palabras no porque no pensara al contrario pensaba demasiado sino porque había aprendido también muy joven que palabras mal dichas hacen daño que tarda años en sanar y prefería silencio al error.
Cuando tenía 26 años conoció a Dolores García en pueblo en fiesta patronal a la que fue de mala gana arrastrado por su compadre Eliodoro.
Dolores bailaba con alegría que Severino no había visto nunca en nadie como si música entrara por pies y le saliera por ojos, y él se quedó parado junto a pared toda noche mirándola sin atreverse a acercarse.
Fue ella la que se acercó, era así Dolores directa luminosa sin miedo al ridículo, le dijo: ¿Por qué no bailas? Y él que nunca sabía qué decir le dijo verdad: Porque estoy mirándote a usted.
Se casaron año después, 22 años vivieron juntos en rancho Los Álamos, 22 años de trabajar codo a codo de criar ganado de pelear a veces y reconciliarse siempre de enterrar a perros viejos y celebrar terneros recién nacidos de ver crecer a Camila y después a Toñito de ese amor callado y cotidiano que no se parece nada al amor de canciones pero es único que de verdad sostiene vida.
Cuando Dolores empezó a enfermarse Severino no lo quiso ver al principio, hombres como él tienen esa manera de enfrentar cosas que no quieren enfrentar trabajando más durmiendo menos mirando hacia otro lado.
Pero enfermedad de Dolores no era de las que permiten que uno mire hacia otro lado, era persistente silenciosa y sistemática, se la fue llevando en partes, primero energía luego apetito luego capacidad de caminar largas distancias luego risa fácil que tanto quería Severino aunque nunca se lo había dicho con todas palabras.
Últimos tres meses Dolores estuvo en cama casi todo tiempo, Severino aprendió a cambiar sábanas a calentar caldos a peinar a mujer sin hacerle daño a leerle en voz alta aunque le costara porque nunca había sido muy lector.
Niños aprendieron a hablar bajito dentro de casa a no correr en pasillos a besar a su mamá con cuidado como si fuera de vidrio.
Y cuando Dolores murió una mañana de agosto con cielo completamente despejado y pájaros cantando afuera sin saber que adentro mundo se acababa Severino se quedó sentado en silla junto a cama durante dos horas sin moverse con mano de ella todavía entre suyas sin llorar sin hablar sin saber qué hacer con vida entera que de repente ya no sabía para qué era.
Eso fue 18 meses antes de que Remedios llegara al rancho, 18 meses en que Severino había tratado de mantener todo funcionando, rancho ganado niños casa.
Había tenido dos mujeres antes que Remedios que vinieron a ayudar con niños y no duraron, una se fue porque trabajo era demasiado otra porque su familia la necesitaba en otro lado.
Y Severino que ya tenía corazón blindado de tanto protegerlo había decidido en algún momento que era mejor no encariñarse con gente que llegaba porque gente que llegaba siempre se iba.
Por eso cuando Remedios llegó en febrero Severino la trató con misma distancia profesional con que habría tratado a cualquiera, le daba indicaciones le pagaba puntual le agradecía trabajo con asentimiento de cabeza.
Nunca preguntó de dónde venía, nunca preguntó por qué traía esa cara de quien ha perdido algo grande, se dijo que no era asunto suyo.
Pero ranchos son espacios pequeños y vida cotidiana tiene sus propias maneras de romper distancias que uno construye.
Severino comenzó a notar cosas sin querer, notó que Remedios se levantaba antes que niños para tener desayuno listo cuando ellos llegaran a cocina, que siempre había café caliente aunque nadie se lo hubiera pedido.
Notó que Camila había vuelto a reírse de esa manera escandalosa que tenía antes de que su mamá se enfermara esa risa que Severino creía que se había perdido para siempre.
Notó que Toñito ya no se despertaba llorando por noches o si se despertaba Remedios llegaba antes que él al cuarto del niño y lo volvía a dormir con voz baja que Severino escuchaba desde su habitación como si fuera música lejana.
Notó que casa olía diferente, no a limpio siempre había estado limpia sino a habitada a viva ese olor que se fue con Dolores y que Severino había creído que no iba a volver.
Y fue precisamente por eso que le pidió que se fuera, no porque su trabajo fuera malo no porque hubiera hecho algo mal sino porque Severino Peralta un día de mediados de mayo mientras bebía café en porche al atardecer y escuchaba adentro risas de Remedios y niños jugando a algo que no alcanzaba a ver se dio cuenta de que estaba esperando ese momento todo el día.
Que rancho y trabajo y vacas y cercas todo eso que antes era suficiente para llenar día ahora solo eran tiempo que había que pasar hasta que llegara hora en que Remedios salía a colgar ropa o a llamar a niños a cenar y él podía verla aunque fuera de lejos aunque fuera de reojo.
Y eso lo asustó más que cualquier cosa que hubiera enfrentado en su vida, porque querer a alguien después de Dolores le parecía traición, traición a ella que se había ido sin querer irse, traición a sus hijos que todavía la extrañaban, traición a él mismo que se había prometido que no iba a volver a necesitar a nadie de esa manera porque ya sabía lo que costaba perderlos.
Así que le dijo que se fuera con misma voz de siempre misma cara seria de siempre mismas palabras medidas de siempre: Al terminar mes ya no voy a necesitar sus servicios.
Y no durmió bien ninguna de dos semanas que siguieron.
Esa mañana del último día de mayo cuando Severino escuchó pasos de niños corriendo hacia patio ya estaba despierto, llevaba despierto desde las 4 dando vueltas en cama mirando techo teniendo esa conversación consigo mismo que llevaba dos semanas teniendo y que nunca terminaba de ningún lado.
Se levantó se puso chaleco se caló sombrero salió al porche sin ningún plan particular o quizás sí aunque no se lo reconociera.
Vio a Camila y a Toñito cruzar patio corriendo hacia Remedios, vio como dos niños se aferraban a ella como Remedios bajaba ojos y cerraba los que los tenía como maleta le temblaba en mano.
Y Severino que había aprendido durante 48 años a quedarse quieto cuando no sabía qué hacer se quedó quieto en porche y miró.
Camila levantó cabeza y lo vio, sus ojos tenían expresión que Severino conocía bien porque era misma que había tenido Dolores cuando él hacía algo que no estaba bien no enojo sino algo peor decepción mirada de alguien que esperaba más de uno.
Papá dijo Camila sin soltar a Remedios, solo eso solo su nombre con todo lo que cabía dentro de sola palabra cuando niña de 8 años la pronunciaba así.
Severino no respondió pero tampoco se movió del porche, y Toñito que era demasiado chico para entender silencios de adultos pero suficientemente listo para saber cuándo algo estaba mal giró cabeza hacia él sin soltar a Remedios y le dijo con esa voz suya pequeña y absoluta: Papá dile que se quede, tú puedes decirle que se quede.
Remedios no levantó ojos, tenía cabeza gacha cabello escapándosele en mechones por lados de cara labios apretados de quien está haciendo esfuerzo enorme por no decir nada que no deba decirse.
Era mujer orgullosa Remedios aunque su vida no le hubiera dado muchos motivos para hacerlo, había aprendido a no pedir lo que no le ofrecían, había aprendido que dignidad era único que nadie le podía quitar si ella no se los dejaba.
Y no iba a pedirle a hombre que la dejara quedarse en su casa cuando él mismo le había dicho que se fuera aunque le doliera aunque niños lloraran aunque piedra gris y redonda que Toñito le había regalado primer día estuviera en bolsillo de su delantal porque no había podido dejarla.
Severino bajó dos escalones del porche caminó hacia ellos despacio con esa manera suya de caminar que era como todo lo que hacía sin apuro sin adorno pero sin detenerse tampoco.
Niños no se movieron, Remedios tampoco levantó cabeza, él se paró frente a ella, hubo silencio que duró solo segundos pero que se sintió mucho más largo, de esos silencios que tienen peso y textura que se pueden casi tocar.
Señorita Remedios dijo, ella levantó ojos entonces oscuros serios sin súplica, solo mirada de alguien que estaba dispuesta a escuchar lo que viniera y cargarlo con misma dignidad con que había cargado todo lo demás.
Severino buscó palabras, el que siempre prefería callarse antes que decir algo mal buscó palabras con más cuidado del que había buscado nada en mucho tiempo.
Me equivoqué dijo al fin al decirle que se fuera me equivoqué.
Remedios Altamirano había llegado al mundo en circunstancias que no le auguraban nada bueno, era tercera de siete hijos de familia de jornaleros en pueblo tan pequeño que ni en mapas de región aparecía con nombre propio solo como punto anónimo entre dos ríos que nadie había considerado importante nombrar.
Su padre trabajaba tierra de otros su madre lavaba ropa de otros y hijos desde que podían caminar aprendían a ser útiles antes de aprender a ser niños.
Remedios fue más aplicada de todos no porque fuera más inteligente aunque lo era sino porque muy pronto entendió que en familia como suya el que no era útil sobraba.
Aprendió a cocinar a los 8 años a lavar a los nueve a planchar a los 10, aprendió a curar cortadas con plantas del monte a conocer qué hierbas calmaban dolor de estómago y cuáles bajaban fiebre a cambiar pañales y a cargar bebés en cadera sin que le doliera espalda.
Aprendió todo lo que mujer pobre necesita saber para sobrevivir y lo aprendió bien.
Lo que no aprendió porque nadie se lo enseñó y vida no le dio ocasión fue a recibir, a recibir cuidado a recibir afecto a recibir clase de atención desinteresada que no viene con precio ni con condiciones, eso no lo conocía.
Y cuando alguien intentaba dárselo su primer instinto era buscar qué quería a cambio porque en su experiencia todo siempre venía a cambio de algo.
Tuvo marido, se llamaba Gilberto y durante primeros dos años pareció ser excepción a regla, era trabajador callado no tomaba demasiado, le pareció suficiente.
Pero años fueron revelando cosas que al principio estaban escondidas, costumbre de Gilberto de tomar decisiones solo sin consultarla de gastar en lo que se le antojaba sin pensar en meses difíciles de ir desapareciendo poco a poco de casa con excusas que al principio eran creíbles y con tiempo dejaron de serlo.
No tuvieron hijos, eso fue en retrospectiva misericordia que Remedios tardó años en reconocer como tal.
Cuando Gilberto se fue definitivamente con mujer más joven sin deuda que pagar sin vuelta atrás Remedios tenía 37 años y alquiler del cuarto donde vivía vencido por dos meses.
Se puso a trabajar en lo que encontró lavando ropa cocinando en fonda cuidando a viejo con demencia que vivía solo en casa grande y triste.
Fue sobreviviendo como había aprendido a sobrevivir con tenacidad silenciosa que a veces gente confunde con dureza pero que en realidad es otra cosa, es músculo que se desarrolla cuando no queda otra opción que seguir.
5 años pasó así de trabajo en trabajo de cuarto rentado en cuarto rentado sin echar raíces porque raíces cuestan y uno nunca sabe cuándo lo van a volver a arrancar.
Fue en ese periodo que aprendió a no encariñarse demasiado con lugares ni con gente a mantener distancia segura entre corazón y mundo a guardar cosas importantes pocas que tenía en fondo de maleta donde nadie pudiera verlas.
Pero niños la rompían siempre, niños nunca le habían pedido permiso para entrarle al corazón, niños llegaban con honestidad brutal y necesidades sin filtro y manera de mirar a adultos como si fueran montañas inamovibles y Remedios que se había blindado contra casi todo no tenía defensa contra eso.
Era su punto ciego su talón de aquiles grieta en pared que lo dejaba a uno entrar, por eso cuando llegó al rancho Los Álamos y vio a Camila y a Toñito mirándola desde umbral de cocina supo que estaba perdida.
No lo admitió de inmediato claro, se dijo que era profesional que haría su trabajo que mantendría distancia.
Pero Toñito le dio piedra al día siguiente y después de eso ya no hubo distancia que valiera, tres meses después esa piedra estaba en su bolsillo y Severino Peralta estaba parado frente a ella diciendo que se había equivocado.
Remedios lo miró durante momento que se sintió muy largo, lo miró de manera en que mira alguien que ha aprendido a no fiarse fácilmente de palabras que necesita ver más que palabras que busca en cara y en ojos lo que palabras por sí solas no pueden garantizar.
Lo que vio en cara de Severino no era lo que esperaba ver, no era compasión no era pena no era gesto de hombre que hace favor, era algo más difícil de nombrar, era cara de hombre que estaba asustado y que de todas maneras estaba diciendo lo que tenía que decir.
¿Por qué me pidió que me fuera? preguntó Remedios porque necesitaba saberlo porque irse sin saberlo y quedarse sin saberlo eran igualmente imposibles.
Severino miró a niños, Camila y Toñito seguían aferrados a Remedios pero habían dejado de llorar y ahora miraban a su padre con atención total que tienen niños cuando sienten que algo importante está pasando.
Camila llévate a tu hermano adentro dijo Severino. Papá. Adentro mija, les prometo que cuando entren a desayunar les cuento.
Camila midió a su padre con ojos tomó mano de Toñito y dos se fueron hacia casa con lentitud exagerada de quien obedece pero quiere dejar claro que no está de acuerdo.
Toñito giró cabeza tres veces antes de desaparecer por puerta.
Cuando se fueron Severino y Remedios se quedaron solos en patio del rancho con sol ya más alto y vacas moviéndose despacio junto a cerca y silencio de mañana envolviéndolos.
Severino se quitó sombrero lo sostuvo en manos mirándolo momento como si buscara ahí palabras que no encontraba en ningún otro lado.
Porque me empezó a importar más de lo que debía dijo al fin y eso me asustó, después de Dolores no pensé que eso volvería a pasarme, no quería que volviera a pasarme.
El silencio después de palabras de Severino era diferente al silencio de antes, antes había sido silencio tenso de espera, ahora era silencio lleno de esos que no incomodan sino que dejan pensar.
Remedios bajó maleta al suelo, no la soltó del todo la sostuvo por asa desde arriba con mano apoyada pero la bajó y ese gesto pequeño dijo más de lo que ella habría querido decir en ese momento.
Don Severino dijo y ya tono era diferente no tono de empleada que se despide sino otro tono más difícil de clasificar, yo no vine aquí buscando nada más que trabajo, eso es verdad.
Y lo que sea que usted sintió o dejó de sentir no es asunto mío mientras fue mi patrón. Lo sé dijo él, pero sus hijos continuó Remedios y aquí voz le varió apenas, sus hijos se me metieron aquí donde no los invité.
Se tocó pecho con mano libre sobre corazón, y eso sí es asunto mío porque yo no soy capaz de hacerme de cuenta que no.
Severino la miró, entonces quédese dijo y después como si necesitara ser más claro como si palabras que había dicho no fueran suficientes y supiera que con esta mujer en particular tenían que serlo, no como empleada, quédese de otra manera que todavía no sé bien cómo decirlo pero quédese.
Remedios no respondió de inmediato, miró hacia casa donde seguramente Camila y Toñito estaban pegados a ventana tratando de leer labios, miró vacas junto a cerca miró cielo que ya era azul limpio sobre lomas y luego miró a Severino Peralta que sostenía sombrero en manos con misma incomodidad de alguien que no está acostumbrado a dejar ver lo que siente pero lo está dejando ver de todas maneras.
Voy a ser honesta con usted dijo Remedios, no soy fácil, he tenido vida que me enseñó a desconfiar más de lo que conviene, no sé bonito no soy de las que saben recibir y si me quedo aquí de otra manera como usted dice va a necesitar paciencia que a lo mejor no tiene.
Tengo más paciencia que ganado dijo Severino y fue lo más cercano a chiste que Remedios le había escuchado en tres meses.
Algo cambió en cara de ella, no fue sonrisa exactamente porque Remedios no daba sonrisas fáciles, fue algo más discreto más guardado, ablandamiento alrededor de ojos ligera relajación de labios apretados, gesto de alguien que baja guardia centímetro aunque todavía no sabe si va a bajarla del todo.
Adentro de casa se escuchó golpe seguido de voz de Toñito chillando: Camila quítate no me dejas ver, y después voz de Camila diciendo: Cállate te van a oír.
Severino y Remedios se miraron y esta vez sí en cara de dos hubo algo que se parecía bastante a sonrisa aunque ninguno de dos lo habría admitido todavía.
Los días que siguieron fueron raros de manera que ninguno de dos sabía muy bien cómo manejar, Remedios se quedó pero quedarse de otra manera resultó ser cosa mucho más complicada que quedarse de empleada porque al menos siendo empleada había reglas claras: estas son tus responsabilidades, este es tu sueldo, esta es distancia que hay entre tú y demás.
Quedarse de otra manera significaba que reglas ya no eran claras que territorio no estaba definido que cada interacción cotidiana desayuno tarde en porche hora en que niños se dormían y adultos se quedaban solos tenía ahora peso diferente carga de posibilidad que antes no existía.
Severino no sabía cortejar o mejor dicho había sabido hace 22 años con Dolores pero eso era otro tiempo y él era otro hombre y Dolores era mujer completamente diferente a Remedios.
Con Dolores todo había sido fácil y luminoso desde principio como caminar por camino ya hecho, con Remedios era como abrir camino en monte cerrado, había que ir despacio con cuidado sin suponer que lo que funcionaba en tramo iba a funcionar en siguiente.
Lo que hizo porque era lo que sabía hacer fue ser útil.
Empezó a aparecer en cocina por mañanas sin que nadie lo llamara a veces a traer leña a veces a arreglar gancho de alacena que llevaba semanas colgando torcido a veces sin razón aparente solo a servirse café y quedarse parado junto a ventana mientras Remedios preparaba desayuno.
No decía mucho pero estaba y Remedios que había aprendido a leer presencia de personas mejor que sus palabras fue notando eso.
Leña apareció cortada antes de que ella la fuera a buscar, cerco del gallinero que amenazaba con caerse amaneció reparado miércoles sin que nadie lo hubiera pedido, tejido de silla mecedora del porche donde a veces se sentaba por tardes apareció remendado con hilo que no era exactamente mismo color pero estaba bien hecho.
Un jueves por tarde Severino llegó del potrero con ramo de flores silvestres flores de monte moradas y amarillas de esas que no tienen nombre elegante pero que huelen a campo abierto, las traía en mano con naturalidad forzada de alguien que ha ensayado gesto y de todas maneras lo hace torpe.
Se las entregó a Remedios sin decir nada solo las vi y pensé que a lo mejor las quería y después se fue a lavar botas como si nada.
Remedios las puso en vaso con agua en centro de mesa de cocina, Camila las vio y sonrió de esa manera que tienen niñas de 8 años cuando entienden cosas de adultos que se supone que no deberían entender todavía.
No dijo nada pero esa noche cuando Remedios la estaba peinando antes de dormir le preguntó: Reme ¿a ti te gustan las flores? Me gustan dijo Remedios, ¿Y te gusta quedarte aquí?
Remedios siguió peinando cuatro cepilladas lentas antes de responder: Sí Camila me gusta quedarme aquí.
Niña se quedó callada momento pensando: Bueno dijo al fin con solemnidad de quien cierra trato importante, porque a nosotros nos gusta que te quedes, Toñito desde su cama al otro lado del cuarto con ojos ya medio cerrados añadió sin que nadie le hubiera preguntado: Y a papá también.
Hubo silencio breve, Toñito duerme dijo Camila. Ya sé pero era verdad.
Remedios terminó de peinar a Camila la arropó apagó lámpara pequeña y salió al corredor, se quedó parada momento en oscuro con cepillo en mano mirando hacia patio donde luna ya estaba alta y llena y pintaba de plata lomos de vacas dormidas y cerca vieja y tejado de madera de casa donde había decidido quedarse sin saber bien todavía qué era lo que eso significaba.
Adentro en cuarto del fondo había hombre que tampoco dormía todavía y que también miraba por ventana misma luna también sin saber muy bien qué era lo que quedarse de otra manera iba a significar, pero por primera vez en 18 meses ese no saber no le parecía amenazante, le parecía con todo y miedo que todavía cargaba algo muy parecido a esperanza.
Hubo inevitablemente día difícil no día de pleito eso vino después con propias complicaciones sino día de los que revelan de los que abren costuras de gente y dejan ver lo que hay adentro.
Fue martes de principios de junio caluroso y seco cuando Severino llegó al mediodía de revisar cercas del potrero más lejano y encontró a Remedios sentada en escalones del porche con cara entre manos.
No lloraba, Remedios no lloraba fácil y cuando lloraba procuraba que nadie la viera pero estaba sentada con postura de alguien que está cargando algo muy pesado en cuerpo que ya no puede más.
Y Severino que era observador aunque no lo pareciera lo vio en manera en que tenía hombros y espalda.
Se sentó a su lado, no preguntó nada porque ya había aprendido que Remedios no respondía a preguntas directas cuando estaba así, solo se sentó y esperó.
Niños estaban adentro durmiendo siesta, rancho estaba quieto, pasaron varios minutos antes de que Remedios hablara.
Hoy en mañana cuando fui al pueblo a comprar lo de despensa dijo me encontré a señora Amparo.
Severino conocía a señora Amparo, conocía también lo que era señora Amparo tipo de persona que en todos pueblos existe guardiana del qué dirán la que lleva y trae noticias y las condimenta a su gusto antes de repartirlas.
¿Qué dijo? preguntó aunque ya podía imaginar. Que yo era arrimada que vine aquí a clavarme de sus hijos para quedarme con rancho, pausa, y otras cosas que no valen pena repetir.
Severino no respondió de inmediato, miró hacia potrero hacia vacas hacia horizonte que a esa hora del mediodía era franja blanca de calor.
¿Y usted qué le dijo? preguntó al fin. Nada dijo Remedios, me fui porque si le decía algo le iba a decir demasiado.
Severino asintió despacio, señora Amparo lleva 20 años opinando de mi vida dijo, opinó cuando me casé con Dolores porque ella era del pueblo y yo del rancho, opinó cuando Dolores se enfermó dijo que era porque yo no la cuidaba bien, opinó cuando murió dijo que me había quedado con herencia de ella.
Hizo pausa breve, no le he prestado atención en 20 años no voy a empezar ahora.
Remedios lo miró, es más fácil decirlo cuando uno es de aquí dijo cuando a uno se le conoce de siempre, yo soy forastera la que llegó con maleta y sin historia conocida.
Tiene historia dijo Severino, nada más que no todo mundo la conoce todavía.
Fue momento extraño ese no dramático no emotivo en sentido exagerado de palabra, solo dos personas sentadas en escalones de porche en calor del mediodía diciéndose cosas sencillas que sin embargo tenían mucho dentro.
¿Le molesta lo que dice gente? preguntó Remedios, ¿De usted? ¿De que mujer como yo esté aquí? Severino tardó en responder pero no porque no supiera respuesta, tardó porque quería decirla bien.
Me molesta que le hagan daño a usted dijo, lo demás no.
Remedios miró hacia patio momento largo luego volvió a mirar hacia delante, soy mujer complicada don Severino dijo, no como advertencia sino como declaración de honestidad, tengo cicatrices que no se ven y que a veces sangran en momentos menos convenientes, no sé recibir sin dudar, no sé confiar sin miedo, me cuesta trabajo creer que algo bueno no tiene trampa.
Yo también soy complicado dijo Severino, tengo dos hijos que extrañan a su mamá y que a veces se enojan conmigo sin motivo porque soy el que está, tengo rancho que me come tiempo y tengo hábito de callarme cosas cuando debería decirlas que ya vio que hace daño.
Lo vi dijo Remedios sin rencor solo constatando. No lo voy a volver a hacer dijo Severino y eso sí lo dijo mirándola.
Camila cumplió 9 años el 15 de junio, era primer cumpleaños de niña que se celebraba con algo parecido a alegría desde que Dolores murió.
Año anterior Severino había comprado pastel en pueblo y habían comido en silencio tres alrededor de mesa sin canciones sin globos con peso invisible que tienen fechas importantes cuando persona que más falta hace no está.
Este año fue diferente, fue diferente porque Remedios empezó a prepararlo cinco días antes, no con grandes aspavientos no era su estilo sino de manera callada y sistemática como hacía todo.
Un día preguntó a Camila qué color le gustaba más, morado Reme definitivamente morado, otro día le preguntó qué quería comer, tamales pero los de rajas no los de puerco.
Otro día fue al pueblo y volvió con rollo de papel crepé morado y flores de papel que compró en papelería y comenzó a decorar comedor por noches cuando niños ya dormían.
Severino la encontró una noche a las 11 haciendo flores de papel en mesa de cocina con manos manchadas de tinte morado y concentración de alguien que está haciendo algo que le importa.
¿No duerme? preguntó sin poder evitar tono que sonaba más a ternura que a pregunta. Después dijo Remedios sin levantar ojos del papel, siéntese que hay café.
Severino se sirvió café y se sentó al otro lado de mesa, estuvo rato mirándola trabajar. ¿Sabe hacer eso? le preguntó, no muy bien dijo Remedios, pero Camila no va a notar defectos, va a ver color morado y se va a emocionar igual.
Severino miró flores que ya estaban hechas, no eran perfectas, tenían pétalos poco desiguales y alambre del centro asomaba en algunas pero eran abundantes y vistosas y definitivamente moradas. Se ven bien dijo, son aceptables dijo Remedios.
Trabajaron en silencio rato, luego Severino sin planearlo preguntó: ¿A usted le festejaban cumpleaños de chica?
Pregunta era personal del tipo que Remedios no respondía fácilmente pero era tarde y había café caliente y flores de papel morado en mesa y quizás por eso quizás por algo en tono de él que no exigía sino que preguntaba nomás respondió.
Una vez dijo, cuando cumplí 8 años mi mamá me hizo pastel de piloncillo, no teníamos para más pero lo hizo, pausa breve, me lo comí solo yo no alcanzó para todos, me sentí culpable todo día.
Severino la miró, ¿Por qué culpable? Porque éramos siete y solo yo tenía pastel.
Hubo silencio, y después preguntó Severino. Después nada, ya no hubo más pasteles, lo dijo sin dramatismo como quien describe clima, mi mamá se enfermó año siguiente y entre gastos y hermanos chicos fechas dejaron de celebrarse.
Severino no dijo nada pero algo en su cara cambió algo muy sutil del tipo de cambio que sucede cuando uno entiende de golpe algo que antes solo intuía.
Día del cumpleaños de Camila comedor amaneció decorado con todo papel crepé y flores moradas, había letrero que decía Feliz cumpleaños Camila en letras grandes que Toñito había pintado con mucho esfuerzo y poca letra pero mucho amor.
Había tamales de rajas que Remedios había empezado a preparar desde día anterior, había pastel comprado en pueblo sí porque hornear pasteles no era lo de Remedios con betún morado.
Camila entró al comedor por mañana y se quedó parada en puerta con ojos muy abiertos, ¿Todo esto es para mí? preguntó. Todo dijo Remedios desde cocina.
Camila corrió a abrazarla con fuerza desproporcionada que tienen niños que abrazan con todo cuerpo y Remedios que tenía manos en masa de tamales la abrazó de vuelta como pudo con codos y pensó que si pudiera elegir momentos de su vida que valía pena guardar este iría en lista.
Severino la miró desde umbral de cocina, ella levantó ojos y lo vio y en cara de él había algo que ella había estado aprendiendo a leer en estas semanas, gratitud sí pero también otra cosa más personal que no era exactamente para ella sino con ella por ella de ella.
Mirada de alguien que está empezando a entender que lo que tiene delante es algo que vale pena no dejar ir.
El primer pleito fue en julio y fue por cosa que en retrospectiva era pequeña pero que en momento sintió enorme.
Severino llegó de trato de ganado con vecino don Próculo y anunció en cena que semana siguiente vendría don Próculo con su familia a comer al rancho que había quedado en invitarlos.
Lo anunció como anunciaba todo como hecho consumado sin consultar sin preguntar si era posible o conveniente o si alguien más en casa tenía algo que decir al respecto.
Remedios lo escuchó, terminó de cenar lavó platos acostó a niños y cuando Severino llegó al corredor a sentarse en mecedora como hacía algunas noches ella estaba de pie junto a varanda con brazos cruzados y expresión que Severino ya había aprendido a reconocer como señal de que venía conversación seria.
¿Me va a decir algo? preguntó él porque era mejor preguntarlo que esperar. ¿Cuántas personas viene familia de don Próculo? dijo Remedios, él señora y creo que cuatro hijos, seis personas más nosotros cuatro, 10 personas, pausa, consultó conmigo antes de invitarlos.
Severino frunció ligeramente ceño, usted cocina muy bien. No es sobre si puedo cocinar para 10 lo cortó Remedios, no alzó voz, no la alzaba nunca cuando discutía pero eso de alguna manera lo hacía más serio, es sobre si me importa algo mi opinión en esta casa don Severino, sobre si soy cocinera o soy lo que usted dijo que quería que fuera.
Severino se quedó callado, tiene razón dijo al fin. Lo sé dijo Remedios, lo que no sé si eso lo tiene claro usted.
Hubo silencio incómodo de esos que no se resuelven rápido, no lo tengo tan claro como debería admitió Severino y eso viniendo de él que no admitía cosas fácilmente tuvo su peso.
Llevo mucho tiempo haciendo cosas a mi manera que no es siempre mejor, todos hombres que conozco hacen eso dijo Remedios y en tono había algo que no era exactamente amargura pero se le acercaba.
No todos dijo Severino, y luego después de momento, los invito o les digo que otro día.
Remedios lo miró, invítelos dijo, pero próxima vez me pregunta primero. Próxima vez le pregunto primero.
No se dieron mano ni nada solemne, pero algo se acomodó esa noche en mecánica de dos, algo pequeño pero estructural como cuando se ajusta bien tornillo que llevaba flojo y de repente cosa entera queda firme.
Comida con don Próculo y su familia fue éxito, señora de don Próculo que se llamaba Hortensia y era mujer de esas que van al grano sin preámbulos le dijo a Remedios en cocina mientras ayudaba a servir: Hacía mucho que no veía a Severino con esa cara.
¿Qué cara? preguntó Remedios. De estar en su casa dijo Hortensia, antes cuando venía al rancho de nosotros siempre tenía cara de estar pensando en otra parte, ahora no.
Remedios no respondió, pero cuando volvió al comedor con charola y vio a Severino en cabecera de mesa hablando con don Próculo con Toñito trepado en su rodilla y Camila a su lado contando algo con mucha gesticulación tuvo que admitir que Hortensia tenía razón.
Severino Peralta en su propia mesa con su gente alrededor tenía cara de estar exactamente donde quería estar y eso de alguna manera que Remedios todavía no podía nombrar del todo también era algo de ella.
Agosto trajo consigo temporada de lluvias y también algo que ninguno de dos había planeado, conversación sobre pasado que llevaban semanas evitando.
Fue noche de lluvia fuerte de esas que en rancho retumban en techo de lámina y hacían que casa entera sonara como tambor, niños llevaban dormidos dos horas, luz de cocina estaba encendida y Remedios y Severino estaban sentados a mesa con tazas de té escuchando llover.
Cuénteme de Dolores dijo Remedios, fue pregunta que Severino no esperaba no porque fuera irrazonable sino porque nadie se la había hecho directamente nunca.
Gente en pueblo hablaba de Dolores con él en torno a bordes con cuidado como quien evita tocar moretón, Remedios se la preguntó de frente mirándolo sin rodeos.
¿Por qué quiere saber? preguntó Severino. Porque fue importante para usted, porque sus hijos la quieren, porque si voy a estar aquí de verdad necesito saber que fue real y no solo adivinar.
Severino miró su taza de té momento y empezó a hablar, habló de Dolores con honestidad lenta de quien no habla de algo hace mucho tiempo y cuando por fin lo hace palabras salen cuidadosas pesadas de verdad.
Habló de cómo bailaba de cómo discutían de cómo ella tenía costumbre de silvar mientras cocinaba aunque silvaba desafinado y eso lo volvía loco, de cómo cuando Camila nació Dolores lloró de felicidad tres días seguidos, de cómo en últimos meses cuando ya no podía levantarse de cama le pedía a Severino que abriera ventana para poder escuchar pájaros afuera.
Habló durante media hora más de lo que Remedios lo había escuchado hablar en todos meses juntos.
Cuando terminó hubo silencio que era diferente a todos silencios anteriores, era silencio de después de decir algo verdadero cuando aire de habitación parece poco diferente.
Era mujer muy buena dijo Remedios. Era dijo Severino y en esa sola sílaba había duelo entero ya pasado ya cargado pero presente todavía de manera en que siempre están presentes personas que amamos aunque ya no estén.
Yo tuve marido dijo Remedios entonces y voz le cambió no de tristeza sino de algo más complejo de esa mezcla de vergüenza y dolor y alivio que tiene contar algo que se ha callado mucho tiempo, no fue bueno no fue violento ni nada así pero tampoco fue bueno, me fue haciendo pequeña poco a poco de esas maneras que no dejan marca visible pero sí dejan.
Severino la escuchó sin interrumpir.
Cuando se fue pensé que lo que sentía era alivio, y era alivio sí pero también era vergüenza porque había estado ahí tanto tiempo aguantando y no sabía bien por qué había aguantado, pausa, creo que fue porque no sabía que podía ser diferente que podía haber algo diferente.
¿Y ahora? preguntó Severino con cuidado.
Remedios lo miró, lluvia seguía cayendo en techo rítmica constante y cocina estaba cálida y luz era suave y niños dormían adentro y afuera rancho olía a tierra mojada.
Ahora estoy aprendiendo dijo.
Septiembre llegó con días más cortos y noches más frías y con ellos llegó también señora Esperanza, señora Esperanza era tía de Dolores mujer de 70 años que vivía en pueblo a 3 horas de distancia y que cada tanto aparecía en rancho a ver a niños que eran sus únicos parientes cercanos por parte de su sobrina.
Era pequeña de huesos finos con cabello completamente blanco recogido en chongo apretado y tenía esa manera que tienen algunos viejos de mirar a personas como si les estuvieran leyendo contenido sin necesidad de palabras.
Llegó jueves por tarde sin avisar que era su costumbre, Severino la recibió en porche con respeto de siempre, niños corrieron a abrazarla y señora Esperanza entró a cocina donde Remedios estaba preparando cena y la miró durante momento largo sin decir nada.
Remedios la miró de vuelta, no se intimidaba fácilmente, usted es la que cuida a niños dijo señora Esperanza al fin. Soy Remedios dijo Remedios, ya sé cómo se llama dijo vieja, tomó asiento en silla junto a ventana que era claramente silla donde tomaba asiento siempre, he oído hablar de usted, cosas buenas o malas según quién hable dijo Remedios sin dejar de estirar masa para tortillas.
Vieja soltó risita breve que fue como si invierno se diera momento, según quien habla sí coincidió, hizo pausa, Camila me dijo que usted le hizo flores de papel para su cumpleaños moradas. Le gustan cosas moradas, a Dolores también le gustaban cosas moradas.
Fue dicho sin acusación solo como dato pero Remedios soltó masa y la miró directamente.
Señora dijo no soy Dolores, no tengo intención de serlo, no puedo serlo y no querría aunque pudiera.
Señora Esperanza la miró, ¿Y qué es usted entonces? Soy mujer que está aquí ahora dijo Remedios que quiere a esos niños y que está aprendiendo a querer también a su padre.
Última parte le costó decirla pero la dijo.
Señora Esperanza no respondió de inmediato, miró hacia ventana hacia patio donde se escuchaban voces de niños jugando con Severino afuera.
Dolores era mi sobrina y yo la quería muchísimo dijo al fin sin mirar a Remedios todavía, pero Dolores se fue y esos niños están aquí y ese hombre está aquí, ahora sí giró cara, ¿Sabe lo que hacía falta en este rancho antes de que usted llegara? ¿Qué? Que alguien volviera a hacer tortillas a mano.
Y dicho esto se levantó de silla tomó pedazo de masa y empezó a estirarla junto a Remedios como si llevara años haciéndolo.
No dijo nada más del tema esa noche no hacía falta.
Los niños lo preguntaron en octubre, fue Camila la que habló porque Camila era mayor y más directa de dos aunque Toñito había sido quien había dicho idea primero en privado con lógica contundente de niños pequeños.
Lo preguntaron tarde de sábado cuando cuatro estaban en porche Severino en mecedora Remedios con costura en manos Camila sentada en escalones y Toñito trepado en barandal que Severino le había dicho mil veces que no trepara.
¿Ustedes dos se van a casar? preguntó Camila, no hubo manera de no escucharlo porque tarde estaba quieta y pregunta fue dicha con voz normal sin vergüenza.
Remedios dejó de coser, Severino se detuvo en movimiento de mecedora. Camila empezó Severino, es que Toñito y yo hablamos dijo Camila con imperturbabilidad de quien tiene argumento preparado y Toñito dijo que si Reme es como nuestra mamá entonces usted debería casarse con ella porque así es como funciona.
Yo dije eso confirmó Toñito desde barandal con mucha dignidad, bájate de ahí dijo Severino. Primero contesta.
Hubo silencio en que Remedios miraba costura y Severino miraba a sus hijos y afuera sol de tarde iluminaba patio con luz de octubre que es dorada y suave.
Esas son cosas de adultos dijo Severino, nosotros somos parte de familia dijo Camila, entonces también son cosas nuestras.
Era difícil discutirle eso a niña de 9 años con ese nivel de claridad argumentativa.
Remedios dejó costura en regazo, Camila dijo tú entiendes que yo no soy su mamá que no puedo serlo, sé que no eres su mamá dijo Camila sin dudar, mi mamá es mi mamá y ya no está, pero tú eres tú y estás aquí y eso también vale.
A Remedios se le tensó algo en garganta, vale mucho dijo con voz que salió más baja de lo que pretendía.
Entonces dijo Toñito que había bajado del barandal sin que nadie se diera cuenta y estaba ahora sentado en escalón junto a Camila: ¿Se casan o no?
Severino miró a Remedios, Remedios miró a Severino, eso dijo Severino despacio es algo que tu papá todavía tiene que hablar con Remedios pero te prometo que lo va a hablar.
¿Cuándo? preguntó Toñito. Toñito dijo Camila jalándolo del brazo, vente adentro, pero quiero saber adentro.
Y niños entraron aunque Toñito se asomó dos veces por puerta antes de desaparecer definitivamente.
Severino y Remedios se quedaron solos en porche, tiene dos hijos muy directos dijo Remedios, los dos son de Dolores en eso dijo Severino.
Hizo pausa, Remedios. Dígame, no soy hombre de rodillas ni de discursos ya lo sé pero sí soy hombre de palabra y cuando digo algo lo cumplo, otra pausa, entonces le digo: Quiero que se quede, no de arrimada no de empleada no de ninguna de esas cosas que dice señora Amparo, quiero que se quede como mujer de esta casa si usted quiere.
Remedios lo miró durante momento largo, buscó en su cara como siempre que él decía algo importante trampa condición precio escondido, no encontró ninguno solo encontró a hombre de 48 años serio y callado y torpe para palabras que sostenía sombrero en manos y la miraba con honestidad desarmante que tenía cuando bajaba guardia.
Quiero dijo Remedios.
Y afuera desde ventana de cocina se escuchó voz de Toñito gritando: Dijeron que sí Camila, seguida de golpe que probablemente fue él cayendo del banquito donde estaba parado para alcanzar ventana.
Se casaron en diciembre en rancho con poca gente y mucha comida, no hubo ceremonia grande, hubo juez que llegó del pueblo señora Esperanza de testigo por parte de Dolores que en eso quiso estar presente compadre Eliodoro de testigo por parte de Severino y niños que iban vestidos de domingo y que se comportaron bien hasta momento del pastel en que Toñito metió dedo sin permiso y Camila lo delató inmediatamente.
Remedios no usó vestido blanco porque dijo que ya no era edad ni ocasión, usó uno azul oscuro que le había traído señora Esperanza de mercado con encaje en cuello y cabello recogido con flores pequeñas que Camila le puso con mucha seriedad y mucha fijación de horquillas.
Severino usó ropa del domingo y se había afeitado con más cuidado del habitual lo cual era lo más cerca que llegaba a formalidad.
Cuando juez terminó de leer lo que tenía que leer y dijo lo que tenía que decir Severino le tomó mano a Remedios, sus manos eran mismo tipo grandes trabajadas callosas manos que conocían trabajo y no se avergonzaban de él.
¿Tiene algo que decirle? preguntó juez a Severino que era de los que les gustaba dar espacio a esas cosas.
Severino miró a Remedios, le dije que no soy hombre de discursos dijo, lo sé dijo ella, pero sí le voy a decir esto, pausa breve de esas que tienen peso, a cuando llegó aquí yo tenía rancho que funcionaba y casa que no, ahora tengo dos cosas.
Remedios no respondió, pero en cara de ella que era de caras que no dan sonrisas fáciles ni emociones baratas hubo algo que valía más que cualquier respuesta, cara de alguien que por fin después de mucho tiempo y muchos caminos y maleta llena de cosas que pesaban sin ser ropa había llegado a lugar que era de verdad suyo.
Compadre Eliodoro lloró, señora Esperanza no lloró pero estuvo cerca, Toñito preguntó si ya podían comer, Camila lo hizo callar pero solo a medias porque ella también quería saber lo del pastel.
Y rancho Los Álamos que en agosto había olido a tierra mojada y a posibilidad en diciembre olía a tamales y a flores de mesa y a leña encendida y a niños corriendo adentro y afuera y a dos adultos que habían aprendido tarde y con trabajo que amor después de pérdida no es traición sino continuación.
Años después cuando Camila ya era grande y Toñito ya estudiaba en ciudad y rancho Los Álamos había crecido en tierras y en ganado y en historia que acumula todo lugar donde vive gente que se quiere, Camila le preguntó a su madrastra porque así la llamaba con ese nombre que tiene más peso del que parece qué había sentido esa mañana de mayo cuando su papá le dijo que se había equivocado.
Era domingo por tarde y dos estaban en porche, Camila ya de mujer hecha Remedios con cabello que empezaba a tener primeras hebras grises pero con mismos ojos oscuros de siempre y mismas manos anchas y callosas que habían aprendido tantas cosas desde aquella primera mañana en rancho.
¿Qué sentí? repitió Remedios pensando, sí cuando te dijo que se había equivocado al pedirte que te fueras.
Remedios miró hacia patio hacia vacas junto a cerca hacia sol que se iba yendo despacio por detrás de lomas hacia atardecer que en rancho Los Álamos siempre había sido primera cosa hermosa del día siguiente que ya empezaba a asomar.
Miedo dijo al fin, sentí miedo porque cuando algo bueno aparece después de mucho tiempo sin cosas buenas lo primero que sientes no es alegría es miedo, miedo de que no sea real, miedo de que sí sea real y de todas maneras se te vaya.
Camila la escuchó y luego preguntó, luego ustedes dos estaban ahí aferrados a mí con todo lo que tenían.
Remedios sonrió esa sonrisa suya que no era frecuente y por eso valía doble, y me acordé que yo también había llegado aquí aferrada a lo que tenía que vida no me había dado mucho pero sí me había dado eso saber agarrarme cuando tenía que agarrarme.
¿Y te agarraste? Me agarré.
Camila se quedó callada momento luego dijo: Yo creo que mi mamá estaría contenta.
Remedios la miró, sí, sí porque ella quería a mi papá y quería a Toñito y a mí y quería que estuviéramos bien, pausa breve, y estamos bien.
Adentro de casa se escuchó voz de Severino llamando a cenar y ladrido del perro y sonido inconfundible de Toñito que había venido ese fin de semana del pueblo discutiendo algo con mucho énfasis por teléfono mientras bajaba escaleras.
Remedios y Camila se levantaron y rancho Los Álamos en esa tarde de domingo de muchos años después del primer día de mayo siguió oliendo a lo que siempre había olido cuando estaba vivo de verdad a tierra y a ganado y a leña y a clase de felicidad callada y cotidiana que no se parece en nada a canciones pero es única que de verdad sostiene vida entera.