“SI DOMAS ESE CABALLO, EL RANCHO ES TUYO” — SE BURLÓ EL HACENDADO… Y ELLA ACEPTÓ

— Si domas ese caballo, te doy mi hacienda — dijo don Everardo, y el corral entero se rió con él.
La mujer del morral no se rió. Miró al animal negro que se paraba en dos patas y dijo una palabra muy bajo. El caballo paró la oreja. Nadie lo vio. El polvo estaba alto y los hombres estaban ocupados riéndose.
Don Everardo Cifuentes era el dueño del Palenque y el dueño de la risa del valle. Hombre grande, voz que llenaba un corral, sombrero claro echado atrás. Contaba bien. Un hombre que hace reír a 50 manda sobre 50.
Esa mañana estaba mostrando la caballada a dos compradores de Villa Herrera. Los llevó a los corrales del frente, donde estaba lo bueno, y después al corral del fondo.
— Ahí está mi vergüenza — dijo —. Y me costó más que todo lo que acaban de ver.
El caballo estaba parado en el rincón contra la tranca, cabeza baja, crin negra tapándole la cruz. No comía. Miraba de lado sin mover el cuerpo, como mira un animal que ya aprendió que lo que viene siempre viene por el mismo lado.
— Tres domadores. Tres. El de Villa Herrera duró menos que un estornudo. El del norte aguantó dos vueltas y se fue caminando chueco. Y el otro ni bajó del alambrado.
— Véndalo — dijo un comprador.
— ¿A quién? Ya lo sabe el valle entero.
Fue ahí cuando notaron a la mujer. Estaba del otro lado del alambrado, quieta, con morral de lona al hombro y botas blancas de polvo. Camisa remangada, pelo trenzado. No era mirona, estaba leyendo al caballo.
— ¿Se le ofrece algo? — dijo el caporal, don Marciano, el único que no se reía por costumbre.
— Trabajo. Me dijeron en el pueblo que aquí falta gente para la caballada.
Don Everardo se dio vuelta despacio como quien encuentra un regalo.
— Me llamo Otilia Sarmiento. Sé manejar caballada.
— Todos saben manejar caballada. Hasta mi sobrino sabe y no distingue una yegua de una carreta.
— ¿De dónde viene?
— De Rincón Hondo.
— ¿Y allá qué hacía?
— Cuidaba tropilla.
— ¿Tropilla de quién?
Ella tardó en decidir si decía verdad completa.
— Nuestra. Ya no está.
Don Everardo se volteó hacia los compradores buscando público.
— Miren nomás. Viene a pedirme trabajo con caballos una señora que perdió los suyos.
Otilia no bajó ojos.
— Deme el corral del fondo.
El valle se quedó sin ruido. Hasta el viento pareció esperar.
— ¿Sabe qué hay en el corral del fondo?
— Sí, lo estoy viendo. Ese animal tumbó a tres hombres.
— ¿Y usted qué me va a cobrar por el milagro?
— Jornal, el mismo de los demás, y un lugar donde dormir.
Y ahí don Everardo hizo lo que hacía siempre que una conversación se ponía seria: la convirtió en chiste y el chiste en apuesta. Se subió al segundo travesaño del alambrado, se sacó sombrero y lo levantó para que lo vieran desde la casa grande.
— ¡Escuchen todos! Esta señora dice que sabe de caballos y quiere el corral del fondo. ¡Se lo doy! ¡Se lo doy con una condición!
Hizo la pausa. Siempre hacía la pausa.
— ¡Si domas ese caballo, te doy mi hacienda!
Fue un rugido. La gente se dobló de risa. Un peón se agarró del alambre para no caerse.
— ¡Toda! ¡La casa, la tierra, el ganado y hasta el perro! ¡Delante de todos lo digo!
Otilia esperó a que se les acabara.
— ¿Delante de todos lo dice?
— Delante de todos.
— ¿Y hasta cuándo?
— Hasta la feria grande, aquí en el Palenque, como todos los años. Viene el valle entero a mirar caballos.
— Está bien.
Ella se agachó, pasó por debajo del alambre y entró al terreno de la hacienda con morral colgando como quien entra a su casa después de viaje largo.
Caminó derecho al corral del fondo, no abrió tranca. Se sentó en el suelo del lado de afuera, espalda contra poste y morral entre piernas.
El caballo levantó cabeza, la miró largo, dio un paso, después otro. Después se paró en dos patas, giró en el aire y se fue al otro rincón bufando.
Le dieron cuarto del galpón viejo, el que se usaba para guardar aparejos rotos. Tenía catre, ventana sin vidrio y olor a cuero guardado. Otilia barrió, colgó morral de un clavo.
Dentro traía tres cosas: muda de ropa, sudadero de lana doblado gastado en medio, de esos que ya tomaron forma de un lomo, y un cencerro de bronce chico abollado de un lado, con badajo amarrado con tiento para que no sonara en camino.
Lo sacó, lo miró en palma y lo volvió a guardar. Todavía no.
PARTE 2: LA COSTUMBRE Y EL NOMBRE
Al otro día empezó trabajo, y trabajo empezó como empiezan todos, con gente mirando. Isidro y Palemón se turnaban para pasar por el fondo con cualquier pretexto.
— ¿Ya lo domó?
— Todavía no.
— Avísenos, que queremos ver como el patrón se muda.
Ella no contestaba. Lo que hacía en corral del fondo no se parecía a nada que hubieran visto.
No entraba con soga, no entraba con palo, los primeros días ni entraba. Se sentaba afuera con espalda contra poste y se ponía a hacer cosas. Remendaba cincha, trenzaba tiento, comía, se quedaba callada.
Al tercer día don Marciano se paró junto a alambrado con brazos cruzados.
— ¿Y así se doma?
— Así se empieza. Yo no lo voy a domar.
— ¿Cómo que no? Usted apostó.
— El patrón apostó. Yo dije que estaba bien. No es lo mismo. Domar es que un animal haga lo que uno quiere porque no le queda otra. Eso se logra en tres días y se pierde en tres meses. Yo quiero otra cosa.
— ¿Qué cosa?
— Que se acostumbre.
— ¿Cuánto tarda la costumbre?
— Lo que tarde.
La primera vez que Otilia entró al corral fue de mañana temprano, con aire fresco y casa grande dormida. Abrió tranca, entró, cerró atrás y se quedó parada junto a poste con manos abajo y vista en suelo. No lo miró de frente.
El caballo se sacudió, resopló y salió trotando pegado al alambrado dando vueltas con cola alta. Ella no se movió. Dio nueve vueltas. Otilia las contó. A la décima el trote se hizo más corto y en la doceava paró de golpe y la miró. Otilia bajó cabeza y se dio media vuelta. Se fue caminando despacio hacia tranca, dándole espalda entera, que es cosa más difícil de hacer y única que sirve.
Del otro lado del corral, don Everardo estaba parado en corredor de casa grande con taza en mano mirando.
Al día siguiente Otilia empezó a hablarle al caballo. No como se le habla a animal, como se le habla a alguien que está en otra pieza. Contaba que hacía calor, que cincha del zaino estaba mal cocida.
Y una de esas mañanas, sin cambiar tono, en medio de frase cualquiera, dijo una palabra distinta: “Botón.”
Animal levantó cabeza tan rápido que se oyó aire. Se quedó con dos orejas para adelante, tieso, mirándola desde otro lado del corral, y después muy despacio dio tres pasos y se paró otra vez temblándole cuero del hombro.
— Ahí estás — dijo bajito —. Ahí estás.
Don Marciano se acordaba de haber visto al animal parar oreja el primer día cuando ella dijo algo desde otro lado del alambrado en medio de ruido de todos y nadie le hizo caso. Un caballo no para oreja por palabra cualquiera, la para por palabra que ya oyó antes.
Rincón Hondo era pedazo de ladera con casa de adobe, corral de palo a pique y agua de vertiente que bajaba todo año. No daba para vivir, daba para no irse. Ahí Otilia había crecido cuidando tropilla ajena y una propia chica de siete yeguas.
Su madre manejaba manada con cencerro amarrado al pescuezo de la madrina, una zaina vieja y mansa. Ese era todo secreto del oficio. La madrina anda con cencerro, tropilla anda detrás de madrina. Potrillos nacen oyendo ese ruido y creen que ese ruido quiere decir agua, sombra, comida.
El potrillo negro nació una noche de agua. Nació chico y torcido y se paró tarde. Madre de Otilia dijo que no iba a servir. Otilia tenía pocos años y se lo llevó al corral de la casa y lo crió de mano. Se le pegaba a falda cuando tendía ropa, cuando barría. Un día su madre la vio salir con animalito atrás pisándole talones y se rió.
— Parece un botón cosido a tu ropa — dijo. Y ese fue el nombre.
La cicatriz vino invierno siguiente. Hubo temporal de viento que tumbó dos postes del alambrado del fondo y dejó alambre tirado en pasto, enroscado, invisible bajo agua. Potrillo se enredó de noche. Otilia lo encontró de madrugada, quieto, sin fuerza, con alambre pasado por encima de cruz y por detrás del codo del lado izquierdo.
Le costó toda mañana sacarlo con tenaza vieja y le habló todo el tiempo sin parar. Después vinieron meses de curación.
Herida cerró como cierran esas cosas cuando no hay quien las cosa bien. Dejó lonjadura levantada del ancho de dos dedos cruzándole la cruz y bajando por costado, justo por donde pasa la cincha. Cuando le creció crin de vuelta, crin la tapó entera.
Nadie que lo mirara podía adivinar que ahí abajo había camino de piel que ya no era piel. Y él nunca dejó que nadie le tocara ese lado.
Vino invierno malo. Faltó su madre primero. Después faltó pasto, faltaron cuentas, maíz, arriendo del potrero de abajo, techo que había que levantar antes de lluvias. Quedaron siete yeguas, la zaina vieja y potro negro ya crecido que todavía no estaba domado, porque ella lo quería hacer despacio y vida no le dio despacio.
Fue a feria de Villa Herrera a vender lo que se pudiera. Llevó siete yeguas por delante y potro atrás, atado. El que compraba se llamaba Sixto Palomares y tenía costumbre de mirar tropilla entera y señalar lo mejor.
— Las yeguas no me sirven. Ese sí.
— Ese no está en venta.
— Todo está en venta cuando hace frío.
Le ofreció por potro más de lo que daban por siete yeguas juntas. Con eso alcanzaba para maíz, arriendo y techo. Con yeguas no alcanzaba para nada.
Otilia se quedó parada mirando suelo de feria. Después dijo que sí.
Le pidió una sola cosa y Sixto le dijo que sí a todo, porque los que compran dicen que sí a todo antes de pagar.
— Que lo aparejen siempre del lado derecho y que la cincha se la corran un poco atrás porque tiene cicatriz vieja bajo la crin.
— Sí, sí — dijo Sixto contando billetes.
Ella le dio ronzal en mano y se fue caminando sin voltear, porque si volteaba se lo iba a quitar de vuelta y no iba a haber techo. Esa noche desamarró cencerro del pescuezo de la zaina y lo guardó en morral. Y no volvió a sonar en muchos años.
Las yeguas se fueron después de a una, como se va todo cuando ya se rompió orden. Dos por arriendo, una por maíz, otras por lo que fuera cayendo. La zaina fue última.
Después atrancó puerta, se echó morral al hombro y salió a trabajar por jornal en corrales ajenos, en cosechas ajenas, en tropillas ajenas. Y en cada feria a la que llegaba preguntaba lo mismo, con cara de no estar preguntando nada importante: ¿no ha pasado por aquí un negro con cicatriz debajo de la crin?
Todo eso estaba adentro de mujer que ahora se sentaba en suelo de corral ajeno en el Palenque.
PARTE 3: DONDE LE DUELE
La mañana que confirmó lo que ya sabía fue una mañana común. El caballo la dejaba entrar. Ya no daba vueltas. Se quedaba parado en rincón y la miraba trabajar.
Otilia estaba juntando bosta con horquilla, dándole espalda cuando lo oyó acercarse. Se quedó quieta, sintió aire caliente de hocico en hombro, después en pelo. Después animal apoyó frente apenas contra su espalda y se quedó así respirando fuerte como se apoya alguien muy cansado.
Soltó horquilla despacio, levantó mano izquierda sin voltearse y le pasó dedos por pescuezo, subiendo hasta cruz, metió mano bajo crin y ahí estaba dura, levantada, del ancho de dos dedos cruzando y bajando.
Se le apretó pecho. Tuvo que agarrarse de horquilla y quedarse doblada.
Y el caballo no se movió. Y eso fue peor.
— Perdóname — dijo. Fue única vez que lo dijo en voz alta hasta noche que va a venir.
Se enderezó, se limpió cara con antebrazo y salió del corral caminando derecho hacia galpón de aparejos.
En galpón encontró lo que buscaba y lo que no quería encontrar. Encontró cincha con la que habían tratado de aparejarlo, angosta de cuero duro, con hebilla marcada en último ojal. La habían apretado hasta ahí tres veces por lo menos. No por maldad, por ignorancia, que a veces hace mismo trabajo. Un hombre que quiere subirse a caballo que se mueve, aprieta.
Ahí estaba apuesta entera. No en ánimo del animal, en dos dedos de cuero mal puestos tres veces.
Esa misma tarde Otilia empezó a trabajar en serio. Buscó en galpón cincha ancha de lana de las que se usan para cargar y no para montar, y la limpió. Sacó sudadero de su morral, el viejo, el que ya tenía forma de lomo, y fue a casa grande a pedir permiso.
— Quiero que nadie entre a ese corral. Nadie, ni a mirar por tranca.
— Ah, no, eso sí que no. Yo aposté delante del valle. Si le tapo corral, van a decir que la ayudé.
— No le pido que lo tape, le pido que no entren. Porque cada vez que alguien se para en esa tranca, animal deja de aprender y se pone a cuidarse.
— Está bien. Que no entren, pero mirar miran.
— Que miren de lejos.
Nabor se le apareció al otro día. Peón joven callado, de esos que hacen trabajo de dos y no cuentan ninguno. Llegó al corral con carretilla vacía y se quedó sin excusa.
— Yo la ayudo.
— No necesito ayuda.
— Sí necesita. Lo del agua y comida se lo están haciendo mal a propósito. Y Isidro le tira maíz al barro para que usted lo junte con mano.
— ¿Y usted por qué me dice eso?
— Porque el domador del norte se subió a ese caballo y yo estaba abajo aguantándole cabeza y sentí una cosa.
— ¿Qué cosa?
— Que temblaba antes. Antes de que se le subieran. Cuando le pasaban cincha.
Otilia no contestó enseguida.
— ¿Sabe lavar una cincha?
— Sí.
— Entonces sí necesito ayuda.
Trabajaron juntos desde ese día y Nabor aprendió más en esas semanas que en todos años que llevaba en casa. Aprendió que aparejo no se tira encima, se apoya. Se apoya primero doblado, después medio abierto, después entero y entre una cosa y otra pasan días enteros en que uno no hace nada más que apoyar y sacar. Aprendió que sudadero se pone doblado en cuatro sobre cruz y que aparejo se corre un palmo atrás de donde todo mundo lo pone. Aprendió que cincha ancha de lana reparte apretón en toda panza en vez de clavarlo en un dedo de cuero.
Al principio caballo se fue para atrás con primer roce del sudadero. Después dejó que se lo apoyaran. Después dejó que se lo dejaran puesto mientras ella barría. El día que aceptó aparejo entero sin cincha, Nabor lloró porque se le habían llenado ojos y no quería que ella lo viera.
En corral de al lado había otros siete. Eran los apartados, animales que en algún momento habían tirado a alguien o no se dejaban aparejar o se habían puesto duros de tanto que los apuraron. En el Palenque los juntaban ahí y vendían por lote cuando pasaba tratante a precio de desecho.
— Esos ya no — dijo Nabor —. Esos se van con primero que dé algo.
— Ninguno de esos es malo.
Afuera valle se estaba divirtiendo. En tienda de Cañada Larga se abrió libro. Palemón anotaba en parte de atrás de hoja de fiado. Gente apostaba pesos, gallinas, día de trabajo. Cuenta iba 30 a uno contra mujer.
En el Palenque don Everardo empezó a dormir mal. Se levantaba de noche y salía a corredor y se quedaba mirando fondo donde no se veía nada y le venía a cabeza misma frase que él mismo había gritado subido a alambrado: Toda. La casa, la tierra, el ganado y hasta el perro.
La lana la fue a comprar ella misma a Cañada Larga. Fue caminando. En tienda estaba libro pegado con dos tachuelas en pared de atrás. Arriba con letra grande: la mujer y el negro.
Cuando Otilia entró tienda se cayó y después habló toda junta.
— ¿Y de verdad cree que va a ganar hacienda? — le preguntó tendero sin burla, con curiosidad honesta.
— No, yo creo que voy a subirme al caballo. La hacienda es cosa del patrón.
Simón, muchacho flaco de galpón, le sacó atado de hombro y se lo cargó.
— Yo lo puse a usted. En libro puse mis dos jornales. Palemón se rió y me los anotó igual.
— Si pierdo, se los pago yo.
— No, si le pago yo, entonces no aposté. Aposté.
En hacienda don Everardo estaba dejando de dormir en serio. Una de esas noches se levantó y caminó hasta allá sin lámpara, con botas sin abrochar, y llegó a alambrado del corral del fondo.
Otilia estaba adentro sentada en tierra, espalda contra poste, y caballo estaba echado, echado con patas dobladas, cuerpo entero en suelo, a cuatro pasos de persona.
Don Everardo se quedó agarrado de alambre. Un caballo no se echa delante de nadie. Se echa cuando cree que nada lo va a agarrar mientras se levanta. En toda su vida entre animales, don Everardo había visto eso muy pocas veces.
— ¿Cuánto lleva así?
— Cuatro noches.
— ¿Usted duerme aquí a veces?
— Porque de noche no hay nadie mirándolo y aprende más en una noche que en tres días.
Don Everardo se sentó en travesaño de abajo del lado de afuera.
— ¿De dónde sacó esa manera?
— De mi madre.
— ¿Sabe cuánto pagué por ese caballo? Nadie lo sabe ni en mi propia casa. Lo compré porque Sixto me dijo que era mejor animal que iba a pasar por este valle en mucho tiempo y yo quería ser el que lo tuviera, ni siquiera para montarlo, para tenerlo. Y me salió un animal que no deja que le pongan mano.
Otilia lo miró y por primera vez desde que llegó le habló como a persona.
— Ese animal no es su vergüenza. Es resultado de que nadie le preguntó nada. Como casi todo.
Don Everardo no dijo nada por rato. Después se levantó y volvió a ser el que era.
— Si lo doma, le doy hacienda.
— Ya lo dijo, delante de todos.
Se fue caminando en oscuridad, tropezando con piedra.
Sixto volvió a buscarla dos días después y esa vez no sonrió.
— Le subo oferta. El doble, el triple. Váyase. Le doy para pasaje y algo más. Nadie se entera.
— ¿Y por qué haría eso?
— Porque si usted lo doma, alguien va a preguntar cómo y de ahí a preguntar de dónde salió hay un paso. Y a mí me conviene que ese caballo siga siendo del norte.
— ¿Qué le dijo al patrón?
— Lo que se dice, criadero del norte. Papeles y todo.
— Es mentira.
— Es venta — se encogió de hombros —. Y usted no puede probar nada porque en aquella feria no hubo papel ninguno. Hubo mujer con frío y hombre con plata.
Se fue silbando. Otilia se quedó agarrada de alambre apretando tan fuerte que le quedaron marcas en manos.
Desde esa mañana Otilia dejó de trabajar solo para caballo. Empezó a trabajar contra un hombre, y ese apuro le llegó al animal por aire.
Aún así avance vino. Una mañana quieta, sin nadie mirando. Caballo estaba parado en medio del corral con sudadero doblado en cuatro sobre cruz y aparejo encima corrido un palmo atrás. Otilia pasó cincha ancha por debajo de panza, levantó, prendió en primer ojal flojísima. Animal se puso duro. Otilia le puso mano abierta en pescuezo y no la movió.
— Botón.
Caballo soltó aire, un solo resoplido largo de esos que salen de muy abajo y con aire se le fue cuerpo entero para abajo y bajó cabeza hasta mitad y se quedó parado con cincha puesta por primera vez desde que llegó a hacienda.
Al segundo ojal llegaron 4 días después, al tercero dos días más tarde. Cada vez cincha quedaba poco más firme.
Otilia empezó a apoyarle antebrazo sobre lomo, después peso de pecho. Después una mañana se colgó entera de cruz con pies en aire y caballo dio dos pasos con ella colgando y se paró. Ya estaba. Faltaba poco, faltaban días, no semanas. Faltaba mañana tranquila, sin gente, con aire fresco y montarlo caminando en vez de montarlo parado. Faltaba sobre todo no apurarse y valle entero estaba apurado por ella.
En tienda de Cañada Larga cuenta había bajado de 30 a uno a 12 a uno porque Palemón había ido a mirar de lejos y había contado lo del aparejo puesto.
PARTE 4: LA FERIA
El día que todo se cayó empezó bien. Llegó gente temprano. Venían compradores de Villa Herrera, tratante del sur, vecinos con hijos y media Cañada Larga.
Don Everardo salió a corredor recién peinado, camisa limpia y sonrisa que se puso como sombrero.
— ¡Adelante! ¡Hay café en la cocina!
Sacaron caballos buenos a corral grande, los hicieron trotar. Se habló de precios y en algún momento alguien preguntó por el negro.
— Ese no se vende — dijo don Everardo —. Dicen que lo están amansando.
— Yo lo vi con aparejo puesto — dijo Palemón —. Con aparejo y todo, patrón. Se lo juro.
Se hizo silencio raro. Don Everardo hizo lo único que sabía hacer cuando se sentía mirado.
— ¡Que le pongan aparejo a un burro también! Y no por eso es caballo fino.
Se rió, se creció.
— Miren, para que quede claro, ese animal que ven ahí es sangre del norte, de criadero, papeles y todo. Lo trajo aquí don Sixto, que está presente y no me deja mentir.
Sixto levantó mano con sonrisa buena.
— Y por eso yo pagué lo que pagué y lo volvería a pagar.
Señaló hacia fondo con barbilla.
— Lo que pasa es que señora que está allá atrás cree que a animal así se le entra a puro cariño. Y no es su culpa. Ella viene de tropilla que se le acabó en el cerro.
Fue ahí. Otilia estaba parada junto a tranca del corral grande con balde en mano. Dejó balde en suelo.
— Ese caballo no es del norte — dijo. No gritó. Pero hay voces que en patio lleno pesan más que grito y la de ella pesó.
Se dieron vuelta todos.
— Ese caballo nació en Rincón Hondo en una noche de agua y lo crié de mano. Se llama Botón. Se enredó en alambre de chico y tiene cicatriz debajo de la crin del lado izquierdo que le cruza la cruz y le baja por donde pasa la cincha. Por eso no se deja aparejar. Y yo se lo vendí a ese hombre — señaló a Sixto sin apuro — por lo que costaba un techo.
Nadie respiró. Sixto bajó mano muy despacio.
— ¿Tiene papel? ¿Tiene testigo?
— No.
— Y entonces me está diciendo verdad — dijo ella —, y usted sabe que es verdad.
Sixto se rió bonito, sin ruido, moviendo cabeza. Y ahí Otilia entendió que había perdido, porque el que se ríe primero pone tono de lo que sigue.
— Señores, yo entiendo, de veras que entiendo, una mujer sola, un caballo caro, una apuesta grande. Yo también quisiera que ese animal fuera mío. Lo que sí les digo es que ahora me explico por qué el pobre negro está como está. Si alguien lo maleó de chiquito con esas mañas de casa y después lo soltó al mundo, no es raro que salga así.
Se oyó murmullo que le daba razón a él.
— Usted mintió — dijo Otilia — y usted vendió — dijo Sixto. Y eso la partió por mitad delante de todos, porque era cierto.
Don Everardo estaba parado en corredor con taza en mano y taza le temblaba apenas. Y no era rabia, era miedo. Porque si aquella mujer decía verdad, entonces él había pagado por potro criado en ladera de adobe más de lo que valía ladera entera delante de estos mismos hombres. Y le había contado a todo mundo historia del criadero del norte con boca llena.
— ¡Se acabó! — dijo don Everardo fuerte —. ¡Se acabó la apuesta! ¡Y se acabó la señora! ¡En mi casa no se le falta respeto a mis invitados!
— Yo no le falté respeto a nadie.
— ¡Usted acusó a hombre de ladrón delante de 20 personas! ¡Mi caballo con papeles comprado y pagado! ¡Y usted es una peona que llegó a pie!
Se hizo silencio feo.
— Junte sus cosas. Mañana temprano se va.
Y después se volteó hacia Sixto.
— Y usted lléveselo hoy mismo si quiere. No lo quiero ver más.
— ¿Por cuánto?
— Por lo que sea.
Lo intentaron esa misma tarde. Trajeron carreta grande hasta tranca del fondo y armaron manga con palos. Entraron cuatro hombres, le echaron dos sogas. Otilia estaba del otro lado del alambrado y no podía hacer nada porque don Marciano la tenía agarrada del brazo, no por maldad.
— No entre, señora. Si entra, la sacan a usted y le hacen peor a él.
Caballo se paró en dos patas, rompió palo de manga, se metió a rincón con hogas colgando y se quedó ahí temblando entero.
Se les hizo de noche. Sixto dijo que mañana con luz y que trajeran cabestro de los buenos. Se fueron.
Quedó corral vacío y oscuro y animal en rincón con dos sogas colgando. Otilia se soltó y caminó hasta tranca.
— Botón — dijo. Caballo no levantó cabeza y eso fue lo peor que le pasó en vida, más que invierno malo, más que feria de Villa Herrera.
Se sentó en suelo con espalda contra poste y se tapó cara con dos manos.
— Tenía razón y aún así hice daño.
Don Marciano siguió parado a tres pasos.
— La verdad dicha con rabia se parece mucho a mentira.
Casa grande apagó luces temprano. Otilia entró al corral cuando ya no quedaba ruido en hacienda. No llevó lámpara. Cerró tranca atrás y se quedó parada junto a poste como primer día.
El caballo estaba en rincón de cara al alambre con dos sogas colgando. No se movió. Pasó mucho rato.
— Yo te vendí — dijo Otilia —. No fue Sixto. Sixto compró, yo vendí. Te llevé a esa feria en ronzal que te puse yo. Te di en mano de hombre y me fui caminando. Y no volteé porque si volteaba me quedaba. Y si me quedaba, se caía techo.
Dio un paso.
— Yo no vine a ganarme hacienda. Vine a buscarte. Llevo años yendo de feria en feria preguntando por un negro con cicatriz debajo de la crin. Cuatro veces llegué tarde. La quinta te encontré parado en rincón con cabeza baja y todo mundo diciendo que estabas loco. Y no estabas loco. Estabas esperando que alguien te preguntara dónde te duele.
Caballo caminó hasta ella, le apoyó frente en pecho, pesada, y se quedó así. Otilia le puso dos manos en cara y lloró sin ruido.
Cuando terminó le sacó sogas, las tiró afuera del corral del otro lado del alambre. Después le pasó mano bajo crin del lado izquierdo, siguiendo lonja dura de dos dedos de ancho hasta abajo, y animal se quedó quieto.
— Mañana nos vamos. De un modo o de otro.
Salió cerca de amanecer y encontró a tres personas esperándola sentadas en suelo contra pared de galpón. Doña Jacinta tenía olla envuelta en trapo. Nabor tenía manos entre rodillas. Simón se había quedado dormido con cabeza contra pared.
— Coma. No me discuta — dijo Jacinta —. El patrón me quitó cocina por tres días y a este le quitaron jornal de semana.
— Lo siento.
— No lo sienta. Hace muchos años que en esta casa no pasaba nada y ahora pasó algo.
Nabor levantó cara.
— Está listo. El caballo. Está listo. Lo sabe usted y lo sé yo. Falta que se le suba encima y nada más. Y ellos se lo van a llevar hoy con cabestro de fierro.
— Ya no hay apuesta, Nabor.
— Sí hay — dijo voz detrás.
Don Marciano estaba parado en esquina del galpón con sombrero puesto y cara de no haber dormido.
— Sí hay apuesta. El patrón la hizo subido a un alambrado con sombrero en mano, gritando que lo oyera todo mundo, y puso plazo hasta la feria grande. Y la feria grande es hoy.
— Me echó de la hacienda.
— La echó anoche. La feria es de día. Y en feria del Palenque entra valle entero, señora. Cualquiera entra. Hasta gente que patrón echó.
— Si hago esto y sale mal, usted pierde trabajo.
— Si no lo hace, lo pierdo igual. Nada más que sin haber hecho nada.
La feria del Palenque empezaba con luz y para mediodía ya estaba llena. Ese año más temprano que nunca. Llegaron carretas desde antes de aclarar. Llegó gente de Cañada Larga a pie. Ataron caballos en todo alambrado del frente.
Don Everardo salió al corredor recién peinado, camisa limpia y sonrisa que se puso como sombrero.
— ¡Adelante! ¡Hay café en la cocina!
Los hombres de Sixto llegaron a tranca del corral del fondo con carreta grande y cabestro nuevo. Otilia estaba parada del lado de adentro.
Se juntaron cinco, después 10. Después medio valle apretado contra alambrado del fondo, mirando a mujer parada delante de tranca con morral cruzado al pecho. Don Everardo llegó abriéndose paso.
— ¿Qué es esto?
— Es la feria — dijo don Marciano detrás —. Usted la abrió.
— Yo la eché anoche.
— Anoche — dijo don Marciano señalando —. Con sombrero levantado, dijo hasta la feria grande. Aquí hay como 100 personas que lo oyeron y mitad tiene plata puesta en tienda.
Se levantó rumor.
— ¡Lo oímos! ¡Toda la hacienda y hasta el perro!
Y ahí se rieron, pero se rieron de él. Fue primera vez en vida de don Everardo que risa le pasó por encima en vez de salir de sus manos.
— Que haga lo que quiera — dijo al fin y le salió chico.
Otilia abrió tranca y no sacó soga. Entró al corral, cerró atrás y se quedó dándole a valle entero la espalda.
Metió mano en morral. Silencio. 100 personas apretadas contra alambrado y ni ruido.
Sacó cencerro, lo levantó a altura de cara y lo movió una vez. Sonó bronce viejo, chico, sin importancia. Se oyó hasta camino.
Caballo negro cruzó corral entero de un solo movimiento y se paró delante de ella con pecho al aire y cabeza baja, y le metió hocico en mano cerrada.
Alguien soltó aire fuerte.
— Botón — dijo Otilia y abrió tranca de par en par. Salió caminando ella primero sin voltearse, con cencerro en mano derecha, sonando cada dos pasos. Caballo salió detrás, suelto, sin soga, sin cabestro.
Salió del corral en que había estado encerrado tantos meses y caminó por medio de patio de hacienda, pegado al hombro de mujer. Gente se abrió sola para atrás, como se abre agua.
Cruzaron todo patio así. Otilia se paró en claro que quedaba entre corral grande y galpones, donde todos podían ver, y caballo se paró con ella. Nabor llegó con aparejo y sudadero doblado y se los dejó en suelo.
Ella no se apuró, puso sudadero doblado en cuatro sobre cruz y lo acomodó con palma. Levantó aparejo, lo apoyó y lo corrió un palmo atrás de donde lo pone todo mundo.
— Ahí no va — dijo alguien.
— Ahí va — dijo ella sin levantar cabeza. Pasó cincha ancha de lana por debajo, levantó, prendió flojísima en primer ojal. Caballo soltó aire. Esperó. Segundo ojal. Esperó otra vez. Tercero.
Después se volteó hacia alambrado, hacia toda esa gente amontonada con sombreros en mano.
— Vengan a ver una cosa. Usted — señaló a uno de hombres de Sixto, el que traía cabestro —. Usted lo aparejó tres veces. Venga.
Hombre miró a su patrón. Sixto no le devolvió mirada. Entonces vino.
Otilia le levantó crin al caballo con dos manos del lado izquierdo y sostuvo en alto.
— Toque.
Hombre estiró mano y puso en cruz del animal. Se quedó quieto. Después movió dedos hacia abajo siguiendo y le cambió cara.
— Ahí, dos dedos de ancho. Le cruza cruz y le baja por donde ustedes le pasaban cincha. Se lo hizo alambre cuando era chico y yo se lo saqué con tenaza en pasto mojado.
— ¿Y por qué no se ve? — preguntó hombre con voz rara.
— Porque le creció crin encima.
Se apartó y habló para alambrado.
— A este animal no le pasa nada en cabeza, le pasa en cuero. Ustedes le apretaban dos dedos de cuero duro justo encima de lonja que ya no siente como piel, y hasta último ojal, porque así les enseñaron. Y cuando se paraba en dos patas decían que era malo. Un animal que se defiende no es animal malo, es animal al que nadie le preguntó nada.
Después se volteó y agarró borde de aparejo con mano izquierda. No se subió parada, le puso pie en estribo caminando, dio dos pasos con él, se levantó y pasó pierna sin golpear nada y quedó arriba mientras caballo seguía andando, porque animal que camina no sabe que lo montaron.
Caballo dio tres pasos más y se paró solo. Se acabó mundo de verdad. Se acabó ruido. 100 personas mirando caballo parado en patio con mujer encima y ninguna soga en ninguna parte.
— Se subió — dijo niño desde hombros de su padre muy fuerte.
Y entonces vino parte que en Cañada Larga se cuenta todavía y que nadie había pedido, porque montarlo era ganar apuesta y ella no había ido por apuesta.
Otilia le dio vuelta despacio y salió a trote corto por portón del frente hacia potrero grande, donde estaba suelta toda caballada del Palenque. La gente corrió a alambrado del frente.
La vieron entrar a potrero a paso. La vieron cruzar hasta medio. La vieron levantar mano. Sonó bronce.
Al principio no pasó nada. Después una yegua vieja levantó cabeza. Después otra. Después manada entera del Palenque se puso en marcha detrás de caballo negro montado por mujer que iba haciendo sonar cencerro cada dos pasos.
Entraron por portón a paso, sin gritos, sin sombreros agitados, sin cuatro hombres a caballo corriendo por costados. Sin polvo casi porque nadie iba apurado.
— En toda mi vida no he visto entrar caballada así — dijo hombre de Villa Herrera en voz baja.
Cruzaron patio de hacienda en fila, tranquilos entre gente, y se metieron solos al corral grande, uno atrás de otro.
Otilia se agachó desde caballo y cerró tranca con mano.
Fue don Marciano el que empezó. Se sacó sombrero. Nada más eso. Un hombre viejo parándose derecho y sacándose sombrero en medio de patio, y detrás de él se lo sacaron todos. No hubo gritos ni aplausos. Hubo 100 personas descubriéndose cabeza en silencio, que es cosa más ruidosa que puede pasar en valle chico.
Don Everardo Cifuentes estaba parado en corredor de su casa, solo, con camisa limpia, mirando como su caballada entera se metía al corral detrás de ruido de bronce abollado que no valía ni jornal. Y ahí entendió lo que había apostado.
Bajó tres escalones del corredor y cruzó propio patio con toda gente abriéndose para dejarlo pasar. Se paró delante de caballo negro, miró animal que estaba quieto, respirando parejo, con cincha ancha puesta.
— Bájese — dijo.
Otilia se bajó por lado derecho despacio y quedó parada al lado de cabeza del caballo con riendas flojas y cencerro colgando.
Don Everardo se sacó sombrero.
— Se lo dije delante de todos y se lo pago delante de todos. La hacienda es suya, el Palenque es suyo, yo junto mis cosas hoy.
Nadie aplaudió. Fue silencio de esos que pesan, porque gente entiende cuando lo que está mirando es de verdad.
— No la quiero — dijo Otilia.
Se levantó rumor que fue creciendo hasta hacerse ruido.
— ¿Cómo que no la quiere? ¡Se la está dando, señora! ¡Agárrela!
A don Everardo se le apretó mandíbula.
— Usted ganó. Yo pago lo que debo.
— Ya sé que paga. No la quiero.
— ¿Por qué no?
Otilia le pasó mano por pescuezo al caballo que había parado oreja con ruido de gente y esperó a que se acomodara.
— Porque yo no vine por su hacienda. Vine por lo que usted no supo cuidar. Porque hacienda que se pierde en mañana no es de nadie. No la levanté. No sé de dónde sale agua, ni qué potrero se anega. Me la llevo hoy y en dos años se cae sola.
— Entonces, ¿qué quiere?
— Dos cosas. El caballo.
Don Everardo miró animal.
— El caballo es suyo.
— Y los siete del corral de los apartados.
Se oyó risa suelta en fondo de puro nervio y se apagó sola.
— Los apartados. Señora, esos no valen nada. Se venden por lote a precio de desecho. Están mañosos.
— Ya sé lo que están. Le estoy ofreciendo hacienda entera y yo le estoy pidiendo siete caballos que usted iba a regalar.
— Se los doy — dijo don Everardo —. Dios santo.
— Falta una cosa. Dijo dos, esta no se la pido, se la doy.
Se volteó hacia alambrado, hacia toda gente amontonada con sombreros en mano y levantó voz para que llegara hasta camino.
— Don Everardo Cifuentes apostó su hacienda delante de ustedes y hoy me la ofreció delante de ustedes. Yo digo que apuesta está pagada con caballo y con siete. Y el que diga después que este hombre no cumplió palabra va a estar mintiendo y yo lo voy a desmentir donde sea.
Nadie dijo nada. Y don Everardo Cifuentes, que era dueño del Palenque y dueño de risa del valle, se quedó parado en medio de patio con sombrero en mano, perdonado en público por peona que había llegado a pie.
Fue mucho peor que perder hacienda. Perder hacienda lo habría hecho hombre grande. Le habrían dado mano toda vida. Habrían contado en villa que don Everardo pagó lo que dijo y se fue a pie. En cambio se quedó con todo. Y le quedaron encima ciento y pico de personas que habían visto que era ella la que decidía.
De Sixto Palomares nadie se acordó hasta rato después. Lo buscaron con ojos y ya no estaba en corredor. Estaba junto a su carreta dándole vueltas a correa que no necesitaba.
Fue uno de compradores de Villa Herrera el que se le acercó.
— Don Sixto. Los papeles de la azabache. ¿Cuáles papeles? Los del criadero.
— Esos papeles quedaron en casa. Yo que voy a andar cargando papeles en feria.
— Tráigalos. ¿Para qué?
— Para nada — dijo comprador y le palmeó brazo —. Para verlos.
Sixto siguió sonriendo rato más y después dejó de sonreír. Y en valle chico eso alcanza.
Hombre del cabestro, el que le había tocado cicatriz al caballo, estaba parado a costado con cosa colgando de mano.
— Yo se la toqué. Está ahí. Es vieja. Ese animal se enredó de chiquito y lo curó alguien que sabía.
— Cállese — dijo Sixto.
— Ya lo dije.
Sixto Palomares subió a su carreta, agarró riendas y se fue del Palenque antes de que terminara feria, sin comprar ni vender un solo animal, que era primera vez que le pasaba en muchos años.
Otilia salió del Palenque al final de tarde, cuando feria ya se estaba deshaciendo. Salió a pie adelante con cencerro en mano. Detrás iba caballo negro suelto y detrás de él iban siete apartados en fila, tranquilos, como si toda vida hubieran sabido caminar detrás de ruido.
Se le juntó gente en alambrado para verla salir. Un hombre que ni la conocía se sacó sombrero cuando pasó.
En tienda de Cañada Larga esa misma noche Palemón descolgó hoja de pared y pagó lo que había que pagar, refunfuñando, porque mayor parte se la debía a muchacho que había puesto dos jornales. Simón no aceptó dinero. Pidió que se lo cambiaran por otra cosa y lo que pidió fue tan raro que se lo dieron sin discutir. Pidió que volvieran a pegar hoja en pared con nombres y todo y que no la despegaran más. Ahí estuvo años.
Nabor la alcanzó en primera curva del camino corriendo con atado a espalda.
— Voy con usted.
— No tengo con qué pagarle.
— Ya sé.
— Yo estaba abajo aguantándole cabeza a ese animal y sentí que temblaba y lo dije. Y se rieron. Y usted es única persona en todo este valle que no se rió. Voy con usted.
— Agarre la punta — dijo y le dio cencerro.
Doña Jacinta le mandó al otro día con carro de leche olla con tapa, dos frascos y carta que le había escrito tendero porque ella no sabía escribir. Carta decía tres renglones, que se cuidara, que avisara cuando tuviera casa y que en esa cocina por primera vez en muchos años se había cocinado con ventanas abiertas.
Don Marciano no fue a despedirla. Se quedó en Palenque, donde había estado siempre. Pero esa temporada, cuando llegó tiempo de aparejar potros nuevos, mandó traer del pueblo cinchas anchas de lana y las mandó cortar en tiras, no dio ninguna explicación.
Don Everardo siguió contando sus chistes. Los contaba igual de bien. Tenía mismo tiempo, misma pausa, misma manera de levantar sombrero. Lo que cambió fue lo que pasaba después. Antes cuando contaba algo, gente se reía y se quedaba mirándolo para ver si venía otro. Ahora gente se reía y en momentito que sigue a risa, cuando todavía nadie ha empezado a hablar, alguno miraba para otro lado. Eso es todo. Nadie le faltó respeto. Le siguieron comprando caballos, dando mano, invitando y él siguió teniendo Palenque, casa, tierra, ganado y perro. Pero hombre que vive de que se rían con él aprende rápido a distinguir dos clases de risa. Y desde ese año en adelante, don Everardo escuchó las dos.
Rincón Hondo estaba como lo había dejado, que en casa de adobe quiere decir peor. Se había caído media pared del fondo. Corral de palo a pique estaba comido por abajo. Vertiente seguía bajando igual, porque agua es lo único que no se ofende cuando uno se va. Tardaron resto de temporada en levantar lo que se podía. Nabor hizo pared, Otilia hizo corral. Ocho caballos anduvieron sueltos en ladera todo ese tiempo, engordando, sin que nadie les pidiera nada. Y ahí pasó lo que ella esperaba sin decírselo a nadie. Siete apartados empezaron a andar detrás de la zaina. Primero fueron dos, después cuatro. Una tarde Otilia salió al corral y estaban ocho juntos en ladera en una sola mancha y negro adelante con cabeza alta mirando hacia casa.
El primero que llegó a pedirle favor fue hombre de otra ladera con yegua que no se dejaba tocar orejas. Vino de tarde con sombrero en mano avergonzado.
— Déjela aquí. ¿Cuánto le debo? Cuando venga a buscarla, arreglamos.
Volvió a tres semanas y yegua se dejaba poner ronzal como si nunca hubiera tenido problema. Hombre se puso a llorar en corral y después anduvo contándolo por todos lados. Después vinieron otros. Nunca se puso letrero, nunca se le llamó de ninguna manera. Gente decía la de Rincón Hondo. Y con eso alcanzaba.
Le llevaban animales que nadie quería, los que habían tirado a alguien, los que se ponían duros al aparejarlos. Ella los tomaba todos. Cobraba poco y parejo, lo mismo a rico que a pobre.
Un señor de villa en carreta buena vino por negro. No está en venta. Dijo número igual, mucho. Más de lo que don Everardo había pagado en su día.
— ¿Para qué lo quiere?
— Para tenerlo.
— Ese ya lo tuvo alguien así. Le costó tres domadores y una hacienda.
— Ese animal aprendió una sola cosa en toda vida y le costó cara. Aprendió que si se queda quieto y alguien le pone mano encima, no le va a doler. Y yo no le voy a enseñar otra vez lo contrario para que usted lo tenga parado en corral bonito.
Señor se subió a carreta y se fue, y en villa anduvo contando que en Rincón Hondo había mujer que no sabía lo que tenía.
Simón llegó al año siguiente con atado y cara sucia del camino. No pidió permiso. Se paró en portón y dijo que venía a trabajar y que si no lo dejaban se sentaba afuera hasta que lo dejaran. Se quedó.
Fue con él que Otilia terminó de pagar lo que debía. Estaban los dos en corral, atardecer, sacándole aparejo al negro. Muchacho ya lo hacía solo y bien.
— Simón, yo lo vendí. A don Sixto. Hace años en feria de Villa Herrera. Se lo vendí yo con mis manos. Necesitaba techo y lo vendí. Y todo lo que le pasó después me lo debe a mí, no a los que lo apuraron.
Simón se quedó callado largo.
— Entonces está pagado. Usted lo vendió y usted lo trajo. Está pagado. Lo otro que le queda es andar cargándolo y eso ya no le sirve a él para nada.
Esa noche colgó cencerro en portón del corral. No se lo puso a ningún animal. Lo amarró con tiento a poste de izquierda, a altura de mano, del lado de adentro, donde le pega agua cuando llueve y sol cuando hay sol. Cualquiera que entre lo puede tocar, cualquiera lo puede hacer sonar. Y cuando alguno de casa lo mueve, tarde para llamar a manada. En ladera se levanta una cabeza y detrás de esa cabeza se levantan todas demás y bajan solas sin que nadie las corra por camino que ya se saben.
— El fierro manda una vez — les decía Otilia a los que llegaban —. El cencerro manda todos los días.
Y también les decía esto, que es lo que más se repite todavía en esa comarca:
— Un caballo no se doma, se acostumbra. A la fuerza uno se sube una vez, con costumbre se sube toda la vida.
Y esto otro que decía menos y más bajo, y solamente cuando le traían animal al que ya le habían puesto nombre de malo:
— Un animal que se defiende no es un animal malo, es un animal al que nadie le preguntó nada.
El azabache se hizo viejo en esa ladera, gordo y tranquilo, dormitando al sol y nunca más en su vida volvió a saber lo que era una cincha mal puesta.
Don Everardo no volvió nunca a Rincón Hondo, ni mandó razón, ni pidió disculpas, pero cada tanto llegaba animal difícil desde Palenque, traído por peón que decía que lo mandaba caporal, y peón traía siempre pago completo por adelantado y siempre de más.
Del valle todavía se cuenta aquella mañana. Se cuenta en tienda, en ferias, a muchachos cuando empiezan a trabajar con caballada y creen que apretar es saber y todos cuentan lo mismo y todos se equivocan en lo mismo porque dicen que una peona le ganó una hacienda a un hacendado.
No fue eso lo que pasó. Aquella mañana un hombre se rió y ofreció una hacienda y ella se llevó un caballo.