“SÚBETE A MI CARRETA”, DIJO EL VAQUERO DE LA MONTAÑA — CUANDO ME VIO EMBARAZADA, CON UNA RUEDA ROTA Y CINCO RIFLES APUNTÁNDOME DESDE LA CRESTA
El hombre que apareció cuando ya no me quedaban fuerzas
La mula debió caer una milla antes.
Yo también.
Cada hueso de mi cuerpo me pedía que me sentara junto al camino y dejara que el mundo siguiera sin mí.
Pero llevaba un hijo dentro.
Así que seguí caminando.
Me llamo Abigail Mercer.
Tenía veintiséis años, estaba embarazada de casi siete meses y era viuda desde hacía once.
Mi esposo, Daniel, había muerto de neumonía en Nebraska después de tres semanas tosiendo sangre sobre pañuelos que yo lavaba aun cuando sabía que nunca volverían a estar realmente limpios.
Lo enterré junto a la iglesia donde habíamos prometido bautizar a nuestros futuros hijos.
Una semana después descubrí que estaba embarazada.
Durante un tiempo pensé que aquello era crueldad.
Después entendí que era lo único que me obligaba a levantarme por las mañanas.
Daniel me había dejado una concesión de tierras.
No era una fortuna.
Era papel.
Una descripción hecha de su puño y letra sobre un valle más allá de Eagle Ridge.
**Buena agua. Tierra fértil. Madera suficiente para una casa.**
Ésas fueron sus palabras.
Vendí casi todo para llegar.
La vaca.
El arado.
Parte de mis muebles.
La vajilla que mi madre había traído desde Europa.
Compré una carreta usada y una mula llamada Bess que tenía más paciencia que fuerza.
Y partí.
No porque fuera valiente.
Porque quedarme significaba observar a otros hombres despedazar la vida de Daniel en una subasta.
Aquella mañana llevaba horas arrastrándome por una subida pedregosa.
Una de las ruedas traseras se había partido.
La había atado con cuerda y una tabla.
Duró menos de una hora.
Ahora se arrastraba.
Bess jadeaba.
Yo tenía las manos abiertas por la cuerda.
El sol me quemaba la nuca.
Me detuve.
Apoyé una mano sobre mi vientre.
El bebé se movió.
—Mamá —susurré.
Era ridículo.
Yo era mamá.
Pero algunas palabras salen de una parte de nosotros que nunca crece.
Tragué saliva.
—Vamos a lograrlo.
No sabía que, en la cresta sobre mí, cinco hombres me observaban.
Eso lo descubriría después.
El primero en verlos fue Elias.
Lo escuché antes de verlo.
Ruedas.
Cascos.
El crujido de una carreta pesada bajando entre pinos.
Levanté la cabeza.
Un hombre salió del bosque conduciendo un carro de carga.
Era grande.
No gordo.
Fuerte.
Hombros anchos.
Barba de varios días.
Camisa gris remangada.
El sol había convertido su rostro en algo más cercano al cuero que a la piel.
Un caballo castaño oscuro corría junto a él sin cuerda.
El hombre me vio.
Después vio mi rueda.
Después me miró a mí.
Pero no se detuvo ahí.
Sus ojos subieron hacia la cresta.
Cambió.
No sé explicarlo mejor.
Un segundo antes era un desconocido viendo a una mujer con problemas.
Al siguiente era un hombre que ya sabía exactamente cuánto peligro había en el aire.
Detuvo la carreta.
—Señora.
Su voz fue baja.
—Necesita subirse a mi carreta ahora mismo.
Me quedé mirándolo.
—Mi mula…
Ya estaba bajando.
—Me la llevo.
—Mis cosas.
—Las que importen.
—Todas importan.
Me miró.
—Entonces decida cuáles valen que le disparen por ellas.
El miedo me llegó demasiado tarde.
—¿Quién?
No respondió.
Corrió hacia Bess.
La soltó de mi carreta con una rapidez que me hizo comprender que sabía más de animales y cargas de lo que yo aprendería en toda una vida.
La ató detrás de la suya.
Después tomó mi baúl.
Mis mantas.
Un saco de herramientas.
Y la caja de madera.
Cuando tocó aquella caja, lo detuve.
—Cuidado.
Sus ojos fueron a los míos.
—¿Qué hay?
—Documentos.
No preguntó más.
La colocó bajo el asiento.
Entonces escuché algo.
Una piedra cayendo desde arriba.
Elias miró hacia la cresta.
—Ahora.
Me tomó del brazo.
No me arrastró.
Me sostuvo.
Hay diferencia.
Me ayudó a subir.
—Soy Elias.
—Abigail.
—Muy bien, Abigail.
Tomó las riendas.
—Agárrese.
—¿De qué?
—De algo que esté más firme que su carreta.
Los caballos arrancaron.
La carreta pesada saltó hacia adelante.
Y entonces cinco rifles dispararon casi al mismo tiempo.
El primer proyectil atravesó la lona detrás de nosotros.
El segundo arrancó una astilla del lateral.
Grité.
Elias no.
—¡Abajo!
Me empujó hacia el piso del carro.
El bebé se movió con violencia.
Me cubrí el vientre.
—¿Quiénes son?
—Hombres que no quieren testigos.
Otro disparo.
El caballo castaño que corría libre se acercó al costado de la carreta.
Elias silbó.
El animal cambió de dirección como si entendiera palabras.
Los disparos seguían.
—¡Nos están alcanzando!
—Lo sé.
—Eso no me tranquiliza.
—No era para tranquilizarla.
De pronto giró las riendas.
La carreta abandonó el camino principal.
Entramos entre pinos.
Las ramas golpearon los laterales.
La mula chilló detrás.
Escuché caballos.
Venían tras nosotros.
—¡Más rápido!
—Si voy más rápido aquí, nos volcamos.
—Entonces haga algo.
Elias me miró.
Y, en una situación que no tenía nada de gracioso, sonrió.
—Por fin una orden útil.
Le entregó las riendas a una sola mano y sacó un rifle de debajo del asiento.
—¿Sabe usar esto?
—No.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Así no intentará dispararme por accidente.
Apoyó el rifle sobre su hombro.
Miró atrás.
Disparó.
Uno de los perseguidores gritó.
No vi si cayó.
—¿Mató a alguien?
—Espero que no.
Eso me sorprendió.
—¿Por qué?
—Los muertos no dicen quién los mandó.
Aquella frase fue la primera señal de que Elias no era simplemente un ranchero que había aparecido en el momento correcto.
Había hecho aquello antes.
—¿Quién es usted?
—Hoy, un hombre con una carreta.
—¿Y ayer?
Me miró.
—Más complicado.
Los árboles se cerraron.
El terreno descendía.
El ruido de los perseguidores empezó a alejarse.
Entonces Elias dirigió la carreta hacia una pared rocosa.
Creí que habíamos quedado atrapados.
—¿Qué hace?
—Confíe en mí.
—Lo conozco desde hace tres minutos.
—Entonces confíe en los hombres que disparan si lo prefiere.
Antes de que pudiera responder, vi una abertura entre las rocas.
Un sendero estrecho.
La carreta apenas cabía.
Entramos.
Las paredes de piedra se cerraron a ambos lados.
Después de unos doscientos metros apareció una pequeña depresión rodeada de pinos.
Un corral.
Una cabaña de troncos.
Un establo.
Elias detuvo la carreta.
—Baje.
Mis piernas no funcionaron.
Intenté ponerme de pie.
El mundo se inclinó.
Lo último que sentí fue una mano fuerte sujetándome antes de que mi cabeza golpeara la madera.
Cuando desperté estaba sobre una cama.
Una manta me cubría.
Durante un segundo creí estar en Nebraska.
Después recordé.
Los disparos.
La carreta.
El desconocido.
Me incorporé.
—Despacio.
Elias estaba sentado junto a la puerta.
Tenía el rifle sobre las piernas.
—¿Dónde estoy?
—En mi casa.
—¿Cuánto tiempo?
—Unas dos horas.
Me llevé las manos al vientre.
—El bebé.
—Se ha estado moviendo.
Lo miré.
—¿Cómo sabe?
Por primera vez pareció incómodo.
—Usted hablaba dormida.
—¿Qué dije?
—Que dejara de patear.
Me relajé.
Afuera estaba oscureciendo.
—¿Los hombres?
—No encontraron la entrada.
—¿Quiénes eran?
Elias no respondió.
—Usted los conocía.
—Conozco su clase.
—Eso no es lo mismo.
Se puso de pie.
—Coma.
Había sopa.
Pan.
Agua.
No tenía hambre.
Comí todo.
Después de un rato, pregunté:
—¿Dónde está mi caja?
—Debajo de la mesa.
Miré.
Ahí estaba.
Intacta.
—Gracias.
—¿Es la concesión?
Mi cuchara se detuvo.
—¿Cómo sabe?
Elias se maldijo en silencio.
Lo vi.
—¿Cómo sabe lo que llevo?
—No sabía qué había hasta que usted dijo documentos.
—Eso no responde.
Guardó silencio.
—Elias.
—He visto otras carretas.
Sentí frío.
—¿Qué otras?
Se acercó a la ventana.
—Durante dos años han desaparecido viajeros en ese tramo.
—¿Desaparecido?
—Familias pequeñas. Hombres solos. Una pareja de Minnesota.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
—Algunos traían dinero.
Otros herramientas.
Otros documentos de tierra.
Miré mi caja.
—¿Están robando concesiones?
—A veces.
—¿Quién?
Elias respiró.
—Virgil Cain.
El nombre no significaba nada para mí.
—¿Quién es?
—El hombre en la cresta.
—¿Y por qué no lo arrestan?
Elias soltó una risa sin humor.
—Primero tendrían que encontrar suficientes cuerpos.
—¿Cuerpos?
Me miró.
—Señora Mercer, usted no fue la primera carreta que Virgil Cain decidió que no llegaría a su destino.
Mi estómago se cerró.
—¿Y usted?
—¿Yo qué?
—¿Por qué sabe tanto?
Durante varios segundos sólo escuchamos el viento.
Entonces Elias dijo:
—Porque hace cuatro años mi hermano tomó el mismo camino que usted.
—¿Qué le pasó?
—Nunca llegó.
Y ahí entendí que Elias no había salido de aquellos pinos por casualidad.
Llevaba mucho tiempo esperando a Virgil Cain.
—
## PARTE 2 — El valle que Daniel me dejó escondía algo más que tierra
Dormí poco.
Cada vez que cerraba los ojos escuchaba disparos.
A la mañana siguiente encontré a Elias reparando mi rueda.
No preguntó si quería seguir.
Simplemente la arreglaba.
—No voy a regresar.
Me miró.
—No dije que fuera a hacerlo.
—Pensó que quizá después de los disparos renunciaría.
Volvió a martillar.
—Sería una decisión razonable.
—¿Y usted suele ser razonable?
—Casi nunca.
Me senté cerca.
—Entonces no me pida que lo sea.
El martillo se detuvo.
—¿Cuánto falta para su tierra?
Saqué el mapa.
Daniel había dibujado referencias.
Eagle Ridge.
Un arroyo.
Una formación de piedra semejante a una silla.
Elias se acercó.
Observó el mapa.
Y su cara cambió.
—¿Qué?
—¿De dónde sacó su marido esto?
—Lo compró mediante concesión antes de enfermar.
—¿A quién?
—A un hombre llamado Hollis Crane.
Elias cerró los ojos.
—¿Lo conoce?
—Conocía.
—¿Murió?
—Sí.
Aquella respuesta se estaba volviendo demasiado común.
—¿Cómo?
—Accidente.
—¿Qué clase?
—Su caballo regresó sin él.
Sentí un escalofrío.
—¿Cain?
—No pude probarlo.
Me señaló una parte del mapa.
—Este valle tiene agua todo el año.
—Daniel lo escribió.
—Y un paso que atraviesa Eagle Ridge.
—¿Eso importa?
—Mucho.
Se sentó frente a mí.
—La mayoría de las rutas comerciales tienen que rodear la sierra. Ese paso acorta varios días.
—Entonces ¿por qué nadie lo usa?
—Porque la tierra ha estado dividida, disputada y mal registrada durante años.
—Mi concesión es legal.
—Puede ser.
Su forma de decirlo me molestó.
—Lo es.
—No estoy diciendo que no.
—Parece.
—Estoy diciendo que Virgil Cain se ha dedicado a reunir reclamaciones sobre esa zona.
—¿Reunir?
—Robar.
La palabra quedó clara.
—Mata viajeros, toma documentos y después aparecen reclamaciones vendidas a hombres que trabajan para él.
Recordé la cresta.
Cinco rifles.
Mi caja.
—¿Entonces sabía que yo venía?
—Probablemente.
—¿Cómo?
—Los pueblos hablan. Las oficinas también.
—Daniel murió hace once meses.
—Si solicitó la concesión antes, puede haber registros.
Miré el papel.
—¿Por qué le importa tanto ese valle?
Elias señaló el paso.
—Ganado.
Madera.
Mineros.
Caravanas.
Controlar ese paso significa cobrar por cada cosa que atraviese.
—Daniel nunca habló de eso.
—Quizá no lo sabía.
Eso me tranquilizó y entristeció al mismo tiempo.
Daniel había imaginado un hogar.
Otros veían un peaje.
—¿Y su hermano? —pregunté.
Elias no respondió de inmediato.
—Thomas llevaba títulos de propiedad para dos familias.
—¿También hacia Eagle Ridge?
—Sí.
—Entonces Cain lo mató.
Elias apretó la mandíbula.
—Creo que sí.
—Pero no sabe.
—No.
—¿Qué encontró?
—Su caballo.
—Nada más.
—Un trozo de camisa cerca de un barranco.
Miró hacia las montañas.
—Y una bala.
—¿De Cain?
—Del mismo calibre que usan sus hombres.
No era prueba.
Lo sabía.
Él también.
—¿Qué piensa hacer conmigo? —pregunté.
La pregunta lo sorprendió.
—¿Con usted?
—No puedo quedarme aquí.
—Puede hasta que nazca.
Casi me reí.
—Faltan meses.
—La cabaña no se va a mover.
—Yo sí.
—Señora Mercer…
—Abigail.
Suspiró.
—Abigail, cinco hombres intentaron matarte ayer.
—Precisamente por eso quiero terminar.
—Eso no tiene sentido.
—Sí lo tiene.
Me puse de pie.
—Vendí todo.
Crucé medio país.
Enterré a mi esposo.
Dejé una tumba atrás porque él escribió que había un lugar donde nuestro hijo podía crecer.
Si regreso ahora, ¿a dónde voy?
Elias se quedó callado.
—No tengo casa en Nebraska.
—Puedes empezar en otra parte.
—Eso es exactamente lo que estoy intentando.
Me miró.
La dureza de su cara cambió apenas.
—Daniel era importante para ti.
—Sí.
—¿Y esa tierra era su sueño?
Negué.
—Nuestro.
Aquello pareció decidir algo.
—Entonces iremos.
—¿Nosotros?
—Yo conozco la montaña.
—No puedo pagarle.
—No te cobré.
—No quiero caridad.
—Yo tampoco estoy ofreciendo.
Fruncí el ceño.
—Entonces ¿qué quiere?
Señaló la concesión.
—Quiero saber por qué Virgil Cain está dispuesto a matar por ese valle.
—Eso no es muy tranquilizador.
—No intento tranquilizarte.
Sonreí a pesar de mí misma.
Durante tres días nos preparamos.
Elias reforzó mi carreta, pero insistió en que viajáramos en la suya.
Guardamos mis cosas.
Bess empezó a recuperarse.
Yo ayudé cuanto pude.
Una tarde vi a Elias abrir un cajón.
Dentro había una camisa doblada.
Vieja.
Manchada.
—¿De Thomas?
Cerró el cajón.
—Sí.
—Lo siento.
—No sirve de mucho.
—Lo sé.
—Entonces no lo digas.
Me molestó.
—La gente me dijo lo mismo cuando murió Daniel.
Me miró.
—¿Qué?
—Nada servía.
Comida.
Oraciones.
Palabras.
Pero igual agradecí que lo intentaran.
Elias bajó los ojos.
—Lo siento.
—Gracias.
Fue la primera vez que nos hablamos sin parecernos dos animales defendiendo territorio.
Partimos al amanecer del cuarto día.
Elias conocía senderos que no aparecían en mi mapa.
Durante horas casi no hablamos.
Al mediodía encontramos algo.
Una carreta.
O lo que quedaba.
Estaba volcada en una hondonada.
Quemada.
Elias desmontó.
—Quédate aquí.
—No.
—Abigail.
—Si Virgil Cain quiso esconder esto, también me corresponde saber qué hace con gente como yo.
Bajé.
Encontramos hierro doblado.
Madera quemada.
Un zapato pequeño.
Mi garganta se cerró.
—¿Una familia?
—Probablemente.
Elias siguió buscando.
De pronto se arrodilló.
Sacó algo de debajo de una tabla.
Una placa metálica.
La limpió con el pulgar.
**T. HALE FREIGHT CO.**
Se puso pálido.
—¿Qué?
—Thomas trabajó para Hale.
—¿Ésta era su carreta?
—No lo sé.
Después encontró una hebilla.
La sostuvo.
Su mano empezó a temblar.
—Elias.
—Era de mi hermano.
No dijo nada más.
Yo tampoco.
Después de cuatro años había encontrado la primera cosa que convertía su sospecha en certeza.
Thomas había muerto allí.
Elias se quedó arrodillado.
Quise tocarle el hombro.
No lo hice.
Él había sabido cuándo sostenerme.
Yo todavía estaba aprendiendo cuándo una persona necesitaba sostén y cuándo sólo necesitaba no estar sola.
Esperé.
Finalmente dijo:
—Los voy a matar.
—No.
Giró.
—¿Qué dijiste?
—Que no.
Se puso de pie.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí.
—Mató a mi hermano.
—Y si vas solo a dispararle, quizá mueras tú.
—No me importa.
—A mí sí.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Elias se quedó inmóvil.
Yo también.
Miré hacia otro lado.
—Me importa porque necesito llegar al valle.
—Claro.
Su voz cambió.
Sabía que no era toda la verdad.
Yo también.
Continuamos.
Al atardecer, Elias encontró huellas.
Cinco caballos.
Nos estaban siguiendo.
Y esta vez no estaban esperando arriba de una cresta.
Estaban a menos de una hora detrás.

## PARTE 3 — La noche en que Elias me contó por qué vivía solo en la montaña
Elias abandonó el sendero.
Entramos en terreno alto.
Piedra.
Pino.
Nieve vieja escondida en las sombras.
A cada hora el aire era más frío.
—No podemos seguir mucho —dije.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Hay una vieja estación de tramperos más arriba.
—¿Segura?
—No.
—Magnífico.
—Pero tiene paredes.
Llegamos justo antes de que oscureciera.
Era una construcción de troncos, medio hundida.
Sin puerta.
Elias metió la carreta entre árboles y cubrió las ruedas con ramas.
Encendimos un fuego pequeño dentro.
No podíamos permitir humo alto.
Me dolía la espalda.
El bebé no dejaba de moverse.
Elias lo notó.
—¿Todo bien?
—Sí.
—Dices eso como alguien que no está bien.
—Estoy embarazada, cansada y cinco asesinos nos siguen. No sé qué parte quiere que mejore primero.
Sonrió.
—Eso suena mejor.
—¿Mejor?
—Cuando estás asustada te vuelves demasiado educada.
Me reí.
Fue raro.
Casi olvidaba cómo sonaba mi propia risa.
Cenamos carne seca y café.
Después Elias sacó la hebilla de Thomas.
—¿Cómo era? —pregunté.
Me miró.
—¿Thomas?
—Sí.
—Más listo que yo.
—Eso no parece difícil.
Me lanzó una mirada.
—Y hablaba demasiado.
—Entonces seguro me habría caído bien.
Sonrió.
—Probablemente.
Silencio.
—¿Por qué llevaba títulos de tierra?
—Trabajaba con una compañía de carga. A veces llevaba papeles para colonos porque no confiaban en el correo.
—¿Sabía lo de Cain?
—Me escribió.
Sacó una hoja doblada del bolsillo interior.
Estaba gastada de tanto abrirla.
No me la dio.
Sólo leyó:
—“Hay un hombre aquí comprando tierras con demasiada facilidad. Algunos propietarios desaparecen antes de firmar.”
Levantó la vista.
—Ésa fue su última carta.
—¿Por qué no lo buscó de inmediato?
—Lo hice.
—¿Y?
—Seguí una pista mala.
—¿Quién se la dio?
—Un hombre de Cain.
Entendí.
—Lo alejaron.
—Tres días.
Cuando regresé, Thomas ya había desaparecido.
—Entonces usted ha estado esperando desde entonces.
—Sí.
—¿Para vengarse?
—Al principio.
—¿Y ahora?
Miró la hebilla.
—No sé.
Afuera crujió una rama.
Elias apagó el fuego de inmediato.
Silencio.
Caballos.
Él me indicó el rincón más oscuro.
—No hagas ruido.
—¿Y usted?
—Voy afuera.
—No.
—Abigail.
—Cinco contra uno.
—Cinco contra dos.
Me miró.
—No sabes disparar.
—Puedo aprender rápido.
Me dio un revólver pequeño.
—Apunta al centro.
—¿Centro de qué?
—Del hombre.
—Eso sí lo entendí.
Salió.
Yo me quedé junto a una abertura.
Escuché a los jinetes.
—Sabemos que estás ahí, Boone.
Me quedé inmóvil.
Boone.
No Cain.
Elias respondió desde la oscuridad.
—Entonces vengan.
Una voz rio.
—Virgil quiere a la mujer viva.
Mi sangre se congeló.
—¿Y a mí? —preguntó Elias.
—Tú ya sabes.
Disparo.
Después todo ocurrió demasiado rápido.
Destellos.
Caballos.
Gritos.
Yo vi a un hombre acercarse al costado de la cabaña.
Apunté.
Mis manos temblaban.
Disparé.
Fallé.
El hombre giró hacia mí.
Volví a disparar.
Esta vez cayó.
No sé dónde le di.
No quise saber.
Elias apareció y me empujó hacia abajo cuando otra bala atravesó la pared.
—¡Sal por atrás!
—No sin usted.
—¡Ahora!
Le obedecí.
Corrí hacia los árboles.
Bess tiraba de su cuerda.
Escuché dos disparos más.
Después silencio.
Esperé.
—¡Elias!
Nada.
Regresé.
Lo encontré junto a la cabaña.
Sentado.
Una mano sobre el costado.
Había sangre.
—No.
Corrí.
—No, no, no.
—No es tan grave.
—Está sangrando.
—Eso suele pasar con balas.
—Cállese.
Levanté la camisa.
El proyectil había rozado el costado.
Profundo.
Pero no había atravesado el abdomen.
—Necesita un médico.
—Necesitamos movernos.
—No puede.
—Cain sabe dónde estamos.
—¿Cuántos quedan?
—Dos escaparon.
Eso significaba que volverían.
Limpié la herida.
Elias apretó los dientes.
—¿Dónde aprendiste?
—Daniel se cortó una pierna con una guadaña una vez.
—¿Sobrevivió?
Mi mano se detuvo.
Elias cerró los ojos.
—Lo siento.
—Sí.
Terminé el vendaje.
—Tiene fiebre antes de que amanezca, se termina este viaje.
—No.
—No es una discusión.
—Mi casa está más cerca que un médico.
—Su casa está atrás.
—Hay otro lugar.
—¿Dónde?
—En el valle.
Lo miré.
—¿Mi valle?
—Cerca.
—¿Tiene una cabaña allí?
—Thomas y yo construimos una hace años.
—¿Por qué no dijo nada?
—Porque no sabía si su tierra era la misma.
Saqué el mapa.
Lo abrió.
Señaló.
Su dedo quedó justo dentro de la concesión de Daniel.
Mi respiración se detuvo.
—Su cabaña está en mi tierra.
—Parece.
—¿Usted vive ahí?
—A veces.
—¿Desde cuándo?
—Antes de que Daniel comprara la concesión.
—Entonces puede reclamarla.
—No quiero tu tierra.
—¿Cómo sé eso?
Me miró.
—Porque si la quisiera, ayer habría dejado que Cain te matara y habría tomado tus papeles.
No pude discutir.
Entonces añadió:
—Y porque Thomas murió intentando llevar a dos familias títulos de esa misma zona.
Todo se conectó.
—¿Su hermano sabía del paso?
—Sí.
—¿Y Cain?
—También.
Elias respiró con dolor.
—Creo que Daniel compró una de las últimas concesiones que Cain necesitaba.
—¿Para qué?
—Control completo del paso.
Sentí que el bebé se movía.
Daniel jamás lo había sabido.
Había comprado una granja.
Sin querer, había comprado la única pieza que un asesino necesitaba.
—Entonces no va a parar.
—No.
—Aunque le dé los papeles.
Elias negó.
—No deja testigos.
Miré el arma en mis manos.
Yo había pasado meses temiendo dar a luz sola.
De pronto entendí que primero tenía que asegurarme de vivir lo suficiente para hacerlo.
—Entonces llegamos al valle —dije.
Elias intentó ponerse de pie.
Se tambaleó.
Lo sostuve.
—Pero esta vez yo conduzco.
Me miró horrorizado.
—Eso podría matarnos.
—Cain también.
—Buena observación.
Y mientras salía el sol, conduje una carreta entre montañas por primera vez en mi vida con un vaquero herido a mi lado y dos asesinos siguiéndonos.
Extrañamente, nunca me había sentido menos indefensa.
—
## PARTE 4 — Lo que Virgil Cain realmente quería de mí
Llegamos al valle la tarde siguiente.
Lo reconocí antes de que Elias dijera nada.
Dos paredes montañosas se abrían hacia una extensión verde.
Un arroyo claro cruzaba la parte baja.
Había pinos altos.
Praderas.
Tierra oscura.
Y al fondo, una pequeña cabaña.
Lloré.
No pude evitarlo.
Daniel había tenido razón.
Era hermoso.
—Abigail.
Me limpié la cara.
—Estoy bien.
Elias miró el valle.
—Así que éste era el sueño.
—Sí.
—Buen sueño.
Lo ayudé a entrar a la cabaña.
Había polvo.
Herramientas.
Dos catres.
Un fogón.
Thomas todavía estaba allí en pequeñas cosas.
Una taza con una T marcada.
Un cuchillo.
Un abrigo viejo.
Elias lo miró.
—No he venido en dos años.
—¿Por qué?
—Después de encontrar la bala, no podía estar aquí.
Lo acosté.
Durante dos días cuidé su herida.
La fiebre llegó.
Luego bajó.
Cain no apareció.
Eso era peor.
Elias lo sabía.
—Está esperando.
—¿Qué?
—Que bajemos la guardia.
El tercer día encontré algo dentro de la caja de Daniel.
Una carta que yo nunca había visto.
Estaba escondida bajo el fondo.
Reconocí su letra.
**Abby, si algo sucede antes de que lleguemos, pregunta por Thomas Boone o Elias Boone. El señor Crane dijo que conocen el paso y que pueden ayudar a demostrar los linderos. No confío completamente en los agentes que manejan estas concesiones. Guarda el original contigo.**
Me senté.
—Elias.
Se acercó.
Le di la carta.
La leyó.
—Daniel sabía nuestros nombres.
—Parece.
—Thomas debió conocerlo.
—¿Cuándo?
Pensó.
—Quizá en Fort Kearny. Thomas pasó por Nebraska meses antes de desaparecer.
La idea me estremeció.
Daniel y Thomas habían estado conectados antes de que cualquiera de nosotros lo supiera.
No era un secreto fantástico.
Era algo más triste.
Dos hombres haciendo planes que nunca vivirían para terminar.
—Entonces Daniel sospechaba algo.
—No de Cain necesariamente.
Elias volteó la carta.
—Pero Crane sí.
—Y Crane murió.
—Sí.
Aquel mismo día Elias me llevó a una elevación.
Desde allí se veía la entrada del paso.
—Mira.
Había postes.
Restos de una vieja caseta.
—¿Qué era?
—Punto de cobro.
—¿Legal?
—No.
—Cain.
—Sí.
—¿Cuánto tiempo?
—Años.
—¿Y nadie lo detuvo?
—La frontera es grande. La ley llega tarde.
Recordé a los viajeros muertos.
—Entonces si obtiene mi concesión…
—Puede reclamar ambos lados del acceso, controlar agua y cerrar el paso a quienes no paguen.
—¿Y después?
—Venderlo.
—¿A quién?
—Compañías de ganado. Tal vez ferrocarril algún día.
No importaba exactamente.
El patrón era suficiente.
Cain había estado matando personas por futuro.
Esa noche escuchamos un disparo.
No hacia nosotros.
Al aire.
Elias se levantó.
—Llegó.
Virgil Cain estaba al otro lado del arroyo.
Cinco hombres habían empezado.
Ahora eran tres.
Él y dos sobrevivientes.
—Abigail Mercer —gritó—. No necesito matarte.
Elias rio bajo.
—Eso es nuevo.
—Quiero los papeles.
No respondí.
—Te dejaré ir.
Elias me miró.
—Está mintiendo.
—Lo sé.
Cain continuó:
—El valle no significa nada para ti. Tu marido está muerto.
Mi cuerpo se endureció.
—No respondas —susurró Elias.
Pero yo salí al porche.
—¡Sí significa!
Elias maldijo.
Cain estaba a unos cien metros.
—Mujer necia.
—¿Mataste a Hollis Crane?
Silencio.
—¿Quién te contó eso?
—Entonces sí.
Cain rio.
—No sabes nada.
—Mataste a Thomas Boone.
Elias apareció detrás de mí.
Cain dejó de reír.
—Ah.
—Aquí estoy —dijo Elias.
—Siempre fuiste difícil de matar.
—Igual que tu ego.
Cain levantó un papel.
—Tengo reclamaciones sobre casi todo este valle.
—Casi —respondí.
—Dame la tuya.
—No.
—Te doy dinero.
—No.
—Te doy paso seguro.
—No.
—Tienes un hijo en el vientre.
Sentí que Elias se tensó.
Cain sonrió.
—Eso cambia a las mujeres.
Mi miedo subió como agua helada.
Pero no retrocedí.
—También cambia lo que una mujer está dispuesta a defender.
Su sonrisa desapareció.
—Última oportunidad.
—No.
Cain disparó.
Elias me tiró al suelo.
La batalla comenzó.
Ellos tenían mejores posiciones al principio.
Nosotros conocíamos el terreno.
Elias había preparado escondites años atrás con Thomas para cazar.
Nos movimos entre árboles y piedras.
Yo recargaba.
Elias disparaba.
Después uno de los hombres rodeó la cabaña.
Lo vi.
Tomé mi revólver.
No dudé esta vez.
—¡Elias!
El hombre giró.
Disparé.
Cayó.
Cain gritó algo.
El otro hombre corrió hacia los caballos.
Elias le disparó a la silla, no al hombre.
El caballo se espantó.
El jinete quedó a pie.
—¡Ríndete! —gritó Elias.
El hombre soltó el rifle.
Cain no.
Corrió hacia el paso.
Elias fue detrás.
—¡No!
No me escuchó.
Lo seguí.
Llegamos a la cresta donde el paso se estrechaba.
Cain tenía a Elias apuntado.
—Tu hermano suplicó menos.
Elias se detuvo.
Eso era lo que Cain quería.
Rabia.
Una decisión mala.
Yo ya había visto esa expresión.
—Elias.
No volteó.
Cain sonrió.
—Thomas entendió demasiado tarde que los hombres con papel creen que las líneas en un mapa significan algo.
—Lo mataste.
—Le ofrecí irse.
—Mientes.
—Como quieras.
Elias levantó el rifle.
Cain hizo lo mismo.
—¡No! —grité.
Ambos dudaron una fracción.
Suficiente.
El hombre que se había rendido apareció detrás de nosotros.
—¡Cain!
Virgil giró.
Su propio hombre tenía las manos arriba.
—¡Ya basta! Voy a hablar.
Cain disparó hacia él.
Elias disparó al mismo tiempo.
La bala de Elias golpeó a Cain en el hombro.
Virgil cayó.
Vivo.
Gritando.
Furioso.
Elias caminó hasta él.
Le quitó el arma.
Cain escupió.
—Mátame.
Elias lo miró.
Durante años había esperado ese momento.
—No.
Cain se rio.
—Cobarde.
Elias negó.
—Mi hermano merece que todos sepan lo que hiciste.
Lo atamos.
El hombre que se rindió se llamaba Lewis Brand.
Y tenía mucho que contar.
Carretas desaparecidas.
Papeles robados.
Propiedades revendidas.
Hollis Crane.
Thomas.
Doce viajes.
Quizá más.
De pronto nuestra palabra ya no era sólo nuestra.
Teníamos un testigo.
Y Virgil Cain seguía vivo para escuchar cómo su secreto empezaba a salir.
—
## PARTE 5 — La tierra a la que llegué sola y el hogar que no esperaba encontrar
Virgil Cain fue llevado a Fort Ellis.
Lewis Brand declaró a cambio de consideración sobre su propia sentencia.
Encontraron dos fosas cerca del camino donde Elias me había rescatado.
Después encontraron otras.
Nunca identificaron a todos.
Thomas Boone sí estaba entre ellos.
Elias lo enterró en el valle.
No en el lugar de la fosa.
En una colina desde donde podía verse el paso.
Yo estuve a su lado.
—Le habría gustado —dije.
—Se quejaría de que la subida es demasiado larga.
—Entonces sí me habría caído bien.
Elias sonrió.
La investigación sobre las concesiones tardó meses.
Pero la mía resistió.
La firma.
Los sellos.
La carta de Daniel.
Los registros de Crane.
Todo estaba en orden.
Por primera vez desde que salí de Nebraska, alguien me dijo sin condiciones:
—Esta tierra es suya, señora Mercer.
Lloré.
Después corregí al funcionario.
—Nuestra.
Puse una mano sobre mi vientre.
Mi hijo nació seis semanas después.
No en un hospital.
No hubo tiempo.
Una tormenta cerró el paso.
Elias estaba en la cabaña.
Yo desperté antes del amanecer con un dolor distinto a todos.
—Elias.
Se incorporó.
—¿Qué?
—Creo que…
Otro dolor me dobló.
Su cara perdió todo color.
—No.
—¿No qué?
—Todavía no.
A pesar del dolor, casi me reí.
—Explícaselo al bebé.
Elias estuvo más asustado que durante el tiroteo con Cain.
—Necesitamos una partera.
—La más cercana está a horas.
—Puedo ir.
Lo agarré de la camisa.
—Si sales por esa puerta, te disparo.
—No puedes disparar mientras…
Grité.
—Bien. Me quedo.
Mi hijo nació al mediodía.
Elias siguió instrucciones peor de lo que conducía una carreta.
Pero sobrevivimos los tres.
Cuando escuché el primer llanto, todo lo que había contenido desde la muerte de Daniel salió de mí.
Lloré.
Reí.
Besé la cabeza del bebé.
—Hola.
Era pequeño.
Rojo.
Furioso.
Perfecto.
Elias estaba sentado en el suelo junto a la cama.
Parecía haber envejecido diez años.
—¿Está bien?
—Sí.
—¿Tú?
—Sí.
—Gracias a Dios.
Lo miré.
—¿Quieres cargarlo?
Sus ojos se abrieron.
—No.
—¿No?
—Es muy pequeño.
—También lo era yo cuando me subiste a tu carreta.
—Tú pesabas más.
—Elias.
Extendió los brazos.
Le entregué al niño.
Lo sostuvo como si fuera un cartucho de dinamita.
—¿Cómo se llama?
Miré a mi hijo.
Durante meses había pensado que debía llamarlo Daniel.
Como si repetir el nombre pudiera devolverme algo.
Pero Daniel no necesitaba que yo congelara el futuro para honrarlo.
—Thomas Daniel Mercer —dije.
Elias me miró.
—Abigail.
—Tu hermano ayudó a proteger esta tierra antes de que yo llegara.
—No tienes que…
—Ya decidí.
Sus ojos se llenaron.
Miró al bebé.
—Hola, Thomas.
Dos años después había una casa.
No la cabaña.
Una casa.
Pequeña.
Madera del valle.
Techo fuerte.
Un porche.
Un establo.
Una mesa construida por Elias y ligeramente torcida porque jamás admitió que medir dos veces era buena idea.
Bess murió vieja y gorda después de pasar sus últimos meses comiendo más de lo que trabajaba.
La enterramos cerca del manzano.
Thomas aprendió a caminar persiguiendo gallinas.
Elias siguió viviendo en su cabaña durante el primer año.
Eso es lo que ambos decíamos.
En realidad, cada semana pasaba más tiempo en mi casa.
Arreglaba cercas.
Partía leña.
Cenaba.
Leía junto al fuego.
Thomas empezó a llamarlo “Eli” antes de aprender a decir bien mi nombre.
Una noche, cuando el niño tenía casi dos años, encontré a Elias en el porche.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir fingiendo que no vives aquí?
Me miró.
—Tengo una cabaña.
—Con dos mantas y una taza.
—Es una buena taza.
—Tienes seis camisas en mi habitación.
—Cinco.
—Una está lavándose.
—Entonces técnicamente cinco.
Me senté junto a él.
El valle estaba oscuro.
Las montañas parecían paredes protectoras.
—Tengo miedo —dije.
No preguntó de qué.
Eso era algo que siempre había sabido hacer bien.
Esperar.
—Amé a Daniel.
—Lo sé.
—Todavía lo amo.
—Lo sé.
—No quiero que lo que venga después convierta lo anterior en una mentira.
Elias miró hacia el campo.
—Mi hermano murió hace años.
—Sí.
—Si me río ahora, no significa que no lo extraño.
Lo miré.
—No es lo mismo.
—No.
—Pero se parece.
Silencio.
—Abigail, nunca te voy a pedir que dejes de amar a un muerto para hacer espacio para mí.
Mi garganta se cerró.
—¿Y qué vas a pedir?
Por primera vez vi al hombre que podía enfrentarse a cinco rifles quedarse sin palabras.
Finalmente dijo:
—Que me dejes quedarme donde ya estoy.
Sonreí.
—Eso fue terrible.
—No practiqué.
—Se nota.
—¿Es un no?
Lo miré.
Después miré nuestra casa.
Mi hijo dormido dentro.
La tierra que Daniel había encontrado.
La cerca que Elias había levantado.
Las montañas donde Thomas descansaba.
—No.
La cara de Elias cayó.
Me reí.
—No es un no.
—Eso fue cruel.
—Un poco.
Nos casamos en primavera.
Sin fiesta grande.
Sin discursos.
Sólo algunas familias del valle, un predicador y Thomas intentando comerse flores.
Nunca llamé a Elias mi salvador.
No porque no hubiera salvado mi vida aquel día.
Lo hizo.
Si no hubiera salido de los pinos, Virgil Cain habría tomado mis documentos y probablemente habría dejado mi cuerpo en una tumba sin nombre.
Pero contar la historia sólo así sería injusto.
Porque Elias también llegó al borde de convertirse en otro hombre consumido por la muerte.
Yo fui quien le recordó que matar a Cain no devolvería a Thomas.
Él me enseñó a sobrevivir en la montaña.
Yo le enseñé que sobrevivir no era suficiente.
Nos encontramos cuando ambos estábamos cargando muertos.
Daniel.
Thomas.
Dos futuros que se habían roto.
Y, sin planearlo, construimos algo encima de ellos.
No para borrar lo anterior.
Para continuar.
A veces camino hasta la parte alta del valle y veo el antiguo paso.
Ya nadie cobra por cruzarlo.
Las familias pueden utilizarlo.
Los rancheros pasan con ganado.
Los comerciantes con carretas.
De vez en cuando aparece un viajero cansado preguntando si está muy lejos el próximo pueblo.
Elias siempre les da agua.
Yo siempre termino dándoles comida.
Una tarde, muchos años después, Thomas me preguntó cómo había conocido a su padrastro.
Elias estaba arreglando una rueda cerca del establo.
Lo escuchó.
—Tu madre estaba intentando destruir una carreta —dijo.
—¡Estaba rota!
—Eso dije.
Thomas rio.
—¿Y luego?
Miré a Elias.
Él me miró.
Y durante un segundo volví a verme en aquel camino.
Veintiséis años.
Viuda.
Embarazada.
Cubierta de polvo.
Agarrada a una cuerda.
Convencida de que estaba sola.
—Luego apareció un hombre y me dijo que subiera a su carreta.
—¿Y tú subiste?
—No inmediatamente.
Elias soltó una carcajada.
—Discutió.
—Tenía mis cosas.
—Cinco rifles le apuntaban y estaba preocupada por un baúl.
—Era un buen baúl.
Thomas rio.
—¿Y tenías miedo?
Pensé antes de responder.
—Muchísimo.
—Pero seguiste.
—Sí.
—¿Por qué?
Miré el valle.
La casa.
Mi esposo.
Mi hijo.
Y recordé una frase que dije cuando nadie estaba escuchando.
Vamos a lograrlo.
—Porque a veces tener miedo y rendirse son dos cosas completamente diferentes.
Thomas pareció pensar en eso.
Después salió corriendo.
Elias se acercó.
—¿Un buen baúl?
—Todavía lo tenemos.
—Porque yo lo cargué.
—No arruines la historia.
Me rodeó la cintura.
Apoyé la cabeza contra su hombro.
Aquel día en la montaña creí que Elias había salido de los árboles para salvarme.
Con los años comprendí que la verdad era más hermosa.
Él me encontró cuando yo ya llevaba meses salvándome sola.
Sólo necesitaba que alguien apareciera en el momento exacto y dijera:
**Súbete a mi carreta.**
Y yo necesitaba tener todavía suficiente esperanza para hacerlo.