Todo empezó con un par de pelos en la espalda de mi hijo. Nadie me creyó… hasta que una curandera me dijo que eso no era vello humano.
El hombre peludo del monte
Mi hijo tenía apenas cuatro años cuando noté algo extraño.
Mientras lo bañaba, vi una pequeña línea de vello oscuro creciendo justo sobre su columna vertebral.
Al principio no me preocupé.
Pensé que era algo normal. Quizá hereditario. Quizá una de esas características que aparecen en algunos niños y desaparecen con el tiempo.
Le pasé la mano por la espalda y sentí aquellos pelos suaves bajo mis dedos.
—Mira nada más —le dije sonriendo—. Ya estás creciendo.
Él se rio y siguió jugando con el agua.
No tenía idea de que aquella pequeña línea sería el comienzo de la peor experiencia de mi vida.
Mi hijo se llamaba Mateo.
Tenía cuatro años, era delgado, inquieto y hablaba hasta por los codos. Desde que aprendió a caminar parecía tener energía para correr todo el día. Le gustaban los animales, los cuentos de monstruos y dormir con una pequeña manta azul que su abuela le había regalado.
Su padre decía que Mateo había heredado mi imaginación.
Yo decía que había heredado su terquedad.
Éramos una familia normal.
Vivíamos en una comunidad pequeña, cerca de una zona de monte donde todavía había caminos de tierra, barrancas y árboles tan viejos que nadie sabía quién los había plantado.
Nuestra casa quedaba en las afueras del pueblo.
No era una casa grande.
Tenía dos habitaciones, una cocina pequeña, un patio con algunas plantas y un cuarto de baño que mi esposo había construido años atrás.
Detrás de la casa comenzaba el terreno baldío.
Más allá estaba el monte.
Durante el día no tenía nada de especial.
Por las noches era diferente.
Mi madre siempre decía que no era bueno andar por ahí después de que oscurecía.
Yo nunca le hice mucho caso.
Hasta que nació Mateo.
Cuando vi aquel vello en su espalda, se lo comenté a mi esposo.
—Seguro es hereditario —me dijo.
—¿Tú tienes algo parecido?
Se rio.
—No.
—Entonces, ¿de quién lo heredó?
—De algún antepasado peludo.
Me hizo reír.
Aquella noche no pensé más en el asunto.
Pero una semana después, mientras bañaba nuevamente a Mateo, volví a mirar su espalda.
Los pelos habían crecido.
No mucho.
Quizá un centímetro.
Pero eran más oscuros.
Y lo más extraño era que estaban perfectamente alineados.
Comenzaban justo debajo de la nuca y bajaban por el centro de su espalda.
Como una línea dibujada con lápiz.
Le pregunté si le picaba.
—No.
—¿Te duele?
—No.
—¿Seguro?
—Sí, mamá.
Le toqué la piel.
Nada.
No había manchas.
No había heridas.
No había inflamación.
Solo aquella línea de vello.
Decidí esperar.
Pasaron otras dos semanas.
Entonces empecé a preocuparme.
El vello había aumentado considerablemente.
Ya no parecía una pequeña línea.
Ahora eran mechones finos y oscuros.
Compré unas tijeras y pensé en cortarlos.
Pero cuando acerqué la mano, Mateo se estremeció.
—No.
—Solo voy a cortarlos un poquito.
—No me los cortes.
Su reacción me sorprendió.
—¿Por qué?
Mateo se quedó callado.
—El señor se enoja.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué señor?
El niño señaló hacia la ventana.
—Ese.
Miré.
No había nadie.
Solo el patio oscuro.
—¿Quién?
Mateo frunció el ceño.
—El señor peludo.
Me reí nerviosamente.
—¿Es un amigo imaginario?
Él negó con la cabeza.
—No.
—Entonces, ¿dónde está?
Mateo señaló otra vez.
—Afuera.
Cerré la ventana.
Aquella noche dormí mal.
Al día siguiente llevé a Mateo al médico.
El pediatra examinó su espalda y frunció ligeramente el ceño.
—Puede ser una variante del crecimiento del vello —me explicó.
—¿Pero es normal que aparezca así?
—No es lo más común, pero no necesariamente significa algo malo.
—Está creciendo muy rápido.
—Vamos a observarlo.
Le hicieron algunos estudios.
Los resultados no mostraron nada preocupante.
Después visitamos a un dermatólogo.
Luego a otro especialista.
Todos decían prácticamente lo mismo.
No había infección.
No había lesión.
No había una alteración evidente.
No había explicación para la velocidad con la que crecía el vello.
—Podría ser genético —me dijo uno de ellos.
—¿Genético de quién?
El médico se encogió de hombros.
—A veces simplemente ocurre.
Quise creerle.
De verdad quise.
Durante varios días intenté convencerme de que todo estaba bien.
Pero entonces comenzaron las noches.
La primera vez que ocurrió fue alrededor de las tres de la madrugada.
Escuché a Mateo reír.
Abrí los ojos.
Mi esposo dormía a mi lado.
La casa estaba completamente oscura.
Volví a escuchar la risa.
Venía del cuarto de Mateo.
Me levanté.
Caminé por el pasillo.
La puerta estaba entreabierta.
La empujé lentamente.
Mateo estaba sentado en su cama.
Miraba fijamente una esquina de la habitación.
Sonreía.
—Mateo.
No respondió.
—¿Qué haces despierto?
Entonces pareció escucharme.
Giró la cabeza.
—Estoy hablando.
—¿Con quién?
Señaló la esquina.
No había nada.
—Con él.
Encendí la luz.
Mateo cerró los ojos por el brillo.
—No apagues la luz —dijo.
—¿Por qué?
—Porque no le gusta.
Sentí que el corazón me latía más rápido.
—¿A quién?
Mateo volvió a mirar la esquina.
—Al señor.
Me acerqué.
No había nada.
Revisé debajo de la cama.
Abrí el armario.
Miré detrás de las cortinas.
Nada.
—No hay ningún señor.
Mateo sonrió.
—Sí hay.
—¿Dónde?
—Ahí.
—¿Qué te dice?
El niño respondió tranquilamente:
—Que pronto voy a ser igual que él.
Aquella frase me dejó paralizada.
—¿Igual cómo?
Mateo se tocó la espalda.
—Peludo.
No pude dormir el resto de la noche.
Al día siguiente le conté todo a mi esposo.
Él intentó quitarle importancia.
—Es un niño.
—Pero dice que ve a alguien.
—Quizá tuvo una pesadilla.
—Estaba despierto.
—Los niños imaginan cosas.
Quise creerlo.
Hasta que lo escuché nuevamente.
Tres noches después.
Mateo estaba sentado en la cama.
Miraba la misma esquina.
Esta vez no sonreía.
Parecía estar escuchando atentamente.
—¿Qué te dijo?
Mateo me miró.
—Dice que tú sabes dónde está.
—¿Dónde?
—En el monte.
No volví a dormir.
Fue entonces cuando recordé algo que mi madre me había contado años atrás.
Una historia que siempre pensé que era una superstición.
Hablaba de un hombre que vivía en el monte.
No era exactamente un hombre.
Según ella, los ancianos del pueblo lo llamaban de distintas maneras.
El Hombre del Monte.
El Peludo.
El Guardián.
Algunos decían que era un espíritu.
Otros aseguraban que era una criatura que había vivido allí desde antes de que existiera el pueblo.
Y había una historia que todos repetían.
La de los niños marcados.
Según la leyenda, algunas criaturas del monte elegían a los recién nacidos.
No para llevárselos.
Para marcarlos.
La marca aparecía en la espalda.
Una línea de pelo oscuro.
Mi madre nunca me contó qué sucedía después.
Quizá porque no quería asustarme.
O quizá porque tampoco lo sabía.
Le pregunté por teléfono.
—Mamá, ¿has escuchado alguna vez hablar de un niño marcado por el Hombre del Monte?
Hubo silencio.
Un silencio demasiado largo.
—¿Por qué preguntas eso?
—Por Mateo.
Mi madre respiró profundamente.
—¿Qué le pasa?
Le expliqué lo del vello.
No respondió inmediatamente.
Finalmente dijo:
—Llévalo con alguien que sepa de esas cosas.
—¿Con quién?
—Con una curandera.
Yo no era una persona que creyera fácilmente en esas cosas.
Pero ya no sabía qué hacer.
Mi madre me dio el nombre de una anciana que vivía en un pueblo a varias horas de distancia.
Según ella, había ayudado a familias con problemas que los médicos no podían explicar.
Fuimos al día siguiente.
La casa de la curandera era pequeña.
Tenía paredes viejas y un techo de lámina.
Del techo colgaban ramos de hierbas.
Había frascos con ruda, copal, salvia y otras plantas que no reconocí.
En una esquina había varias veladoras.
Y junto a ellas, una pequeña imagen de la Virgen rodeada de humo de incienso.
La mujer se llamaba Doña Aurelia.
Era muy anciana.
Tenía el cabello completamente blanco.
Cuando nos abrió la puerta, miró primero a mi esposo.
Después a mí.
Y finalmente a Mateo.
Su expresión cambió.
—Pasa —dijo.
Entramos.
No preguntó por qué habíamos ido.
No preguntó nuestros nombres.
Solo señaló una silla.
—Que el niño se dé la vuelta.
Mateo obedeció.
Le levanté la camisa.
Doña Aurelia vio la espalda.
De inmediato dejó caer el rosario que tenía entre las manos.
El sonido de las cuentas golpeando el suelo me hizo estremecer.
La anciana se agachó lentamente para recogerlo.
Pero no apartaba los ojos de Mateo.
—¿Desde cuándo? —preguntó.
—Hace unas semanas.
—¿Cuándo comenzó a crecer?
Le expliqué.
Ella cerró los ojos.
—¿Habla con alguien?
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
—¿Cómo sabe eso?
No respondió.
—¿Qué le dice? —preguntó.
Le conté.
Doña Aurelia palideció.
—¿Te dijo que pronto será como él?
Asentí.
La mujer se persignó.
—Dios nos proteja.
Mi esposo dio un paso adelante.
—Señora, ¿qué significa esto?
Ella lo miró.
—Significa que no debieron esperar tanto.
—¿Esperar qué?
Doña Aurelia se acercó a Mateo.
Pero no lo tocó.
—¿Desde cuándo escucha al hombre del monte?
No pude responder.
—Desde hace unas semanas.
La anciana negó lentamente con la cabeza.
—No.
—¿Qué?
—Desde antes.
—¿Cómo puede saberlo?
—Porque él ya lo conoce.
Mateo levantó la mirada.
—Sí.
Doña Aurelia retrocedió.
—¿Lo ves ahora?
El niño señaló detrás de ella.
La anciana no se giró.
—No mires —me dijo.
—¿Qué?
—No mires donde está señalando.
Mi esposo quiso voltearse.
Ella le gritó:
—¡No!
Nos quedamos inmóviles.
Doña Aurelia tomó un recipiente con copal.
Encendió una pequeña brasa.
El humo comenzó a llenar la habitación.
Después empezó a rezar.
No entendí todas las palabras.
Era una mezcla de oraciones conocidas y frases antiguas.
Pasó el humo alrededor de Mateo.
Primero sobre su cabeza.
Después sobre sus brazos.
Cuando llegó a su espalda ocurrió algo extraño.
El humo no subió.
Bajó.
Directamente hacia la línea de vello.
Como si algo invisible estuviera absorbiéndolo.
Doña Aurelia dejó de rezar.
—No puede ser.
Mi esposo retrocedió.
—¿Qué sucede?
La anciana tomó más copal.
Lo colocó cerca de la espalda del niño.
El humo volvió a descender.
Mateo comenzó a sonreír.
—Ya llegó.
Doña Aurelia lo miró.
—¿Quién?
Mateo respondió con una voz diferente.
No parecía la voz de un niño.
Era grave.
Ronca.
Lenta.
—No la molestes.
Doña Aurelia dejó caer el recipiente.
El copal se desparramó por el suelo.
Mateo continuó hablando.
—Ella ya me lo prometió.
Sentí que las piernas me fallaban.
—¿Qué prometí? —pregunté.
Mateo me miró.
Pero sus ojos parecían distintos.
—Que me dejarías volver.
—¿Volver de dónde?
El niño inclinó la cabeza.
Y sonrió.
—De donde me encontraste.
No entendí.
Nunca había encontrado a Mateo en ningún lugar extraño.
Había nacido en un hospital.
O eso creía.
Doña Aurelia me tomó del brazo.
—Tenemos que irnos.
—¿Qué?
—Ahora.
—¿Por qué?
—Porque ya sabe que estamos aquí.
—¿Quién?
La anciana miró hacia la puerta.
—Él.
Todas las veladoras se apagaron al mismo tiempo.
La habitación quedó completamente oscura.
Mateo soltó una carcajada.
Doña Aurelia me empujó hacia la puerta.
—Salgan.
—¿Y usted?
—No miren atrás.
—Pero—
—¡No miren atrás!
Salimos.
Subimos al automóvil.
Mi esposo arrancó.
Durante varios minutos ninguno habló.
Mateo iba sentado en el asiento trasero.
Parecía dormido.
Yo no dejaba de mirar el espejo.
La casa de Doña Aurelia desapareció detrás de nosotros.
Entonces escuché tres golpes.
Toc.
Toc.
Toc.
Venían del maletero.
Mi esposo miró por el retrovisor.
—¿Qué fue eso?
Otro golpe.
Toc.
Toc.
Toc.
Mateo abrió los ojos.
—Ya viene.
—¿Quién?
—El señor.
Mi esposo aceleró.
Cuando llegamos a casa, revisamos el automóvil.
No había nada.
Pero aquella noche sucedió algo peor.
Mientras acostaba a Mateo, levanté su camisa.
El vello ya no estaba solo sobre la columna.
Había comenzado a extenderse hacia los hombros.
Me quedé inmóvil.
Parecía una sombra oscura bajo su piel.
—Mamá.
Mateo habló desde la cama.
—¿Sí?
—¿Por qué estás llorando?
No me había dado cuenta de que estaba llorando.
—Porque te quiero mucho.
Él sonrió.
—Yo también.
Luego añadió:
—Pero él te quiere más.
No dormí.
A la mañana siguiente llevé a Mateo nuevamente al médico.
Los resultados seguían normales.
El especialista examinó su espalda.
—Es sorprendente.
—¿Qué?
—El crecimiento.
—¿Puede detenerse?
—No lo sé.
—¿Puede ser peligroso?
El médico dudó.
—No tenemos evidencia de que lo sea.
—Entonces, ¿por qué está creciendo así?
No respondió.
Me senté frente a él.
—Doctor, mi hijo dice que habla con alguien.
El médico suspiró.
—Los niños pueden tener amigos imaginarios.
—Dice que es un hombre.
—Puede ser parte de su imaginación.
—Dice que vive en el monte.
El médico sonrió con incomodidad.
—Quizá ha escuchado alguna historia.
Quise gritar.
En lugar de eso, me levanté.
—Gracias.
Pero antes de salir, el médico dijo:
—Señora.
Me detuve.
—Si observa cualquier cambio neurológico, pérdida de sensibilidad, debilidad muscular o dificultad para caminar, tráigalo inmediatamente.
Asentí.
No sabía entonces lo importante que sería esa advertencia.
Los días siguientes fueron cada vez peores.
Mateo dejó de jugar.
Pasaba horas sentado frente a la ventana.
Miraba hacia el monte.
A veces sonreía.
A veces hablaba.
Yo nunca escuchaba una segunda voz.
Pero él sí.
—¿Qué te dice? —preguntaba.
—Nada.
—¿Está ahí?
—Sí.
—¿Dónde?
—Detrás de ti.
Nunca me daba la vuelta.
Una noche escuché pasos en el patio.
Pensé que era mi esposo.
Pero él estaba en la cocina.
Los pasos rodearon la casa.
Lentos.
Pesados.
Crujía la tierra bajo algo que parecía caminar descalzo.
Mi esposo tomó un palo.
—Voy a salir.
—No.
—¿Por qué?
—No sé.
Los pasos se detuvieron frente a la ventana de Mateo.
Mateo comenzó a reír.
Mi esposo se quedó inmóvil.
—¿Lo escuchas?
Asentí.
Entonces una sombra apareció detrás de la cortina.
Era demasiado alta.
Demasiado ancha.
Parecía la silueta de un hombre.
Pero tenía los hombros cubiertos de algo que parecía pelo.
La sombra permaneció quieta durante varios segundos.
Después desapareció.
Mi esposo abrió la puerta.
No había nadie.
Solo encontramos huellas.
Grandes.
Descalzas.
Y completamente cubiertas de barro.
Pero había algo extraño.
Las huellas no entraban desde el monte.
Comenzaban justo frente a la ventana.
Y terminaban en la pared.
Como si aquello hubiera llegado caminando desde dentro de la casa.
Fue entonces cuando decidimos marcharnos.
Pensamos llevar a Mateo con mi hermana.
Pero antes de salir, sucedió algo que cambió todo.
Mateo intentó caminar hacia la cocina.
Dio dos pasos.
Se detuvo.
—Mamá.
—¿Qué?
—Mis piernas.
Se cayó.
Corrí hacia él.
No podía ponerse de pie.
Lo llevamos al hospital.
Los médicos realizaron pruebas.
No encontraron una causa clara.
Al principio pensaron que podía ser un problema muscular.
Después neurológico.
Pero los estudios no explicaban nada.
Mateo podía mover las piernas.
Podía sentirlas.
Simplemente decía que algo le impedía caminar.
Mientras permanecíamos en el hospital, ocurrió algo que nunca olvidaré.
A las tres de la mañana, Mateo abrió los ojos.
Miró hacia la esquina.
Sonrió.
Y dijo:
—Ya casi.
Yo estaba sentada junto a él.
—¿Qué cosa?
—Ya casi termina.
—¿Qué termina?
Me miró.
—Mi piel.
Sentí frío.
Le levanté la camisa.
El vello había avanzado hasta la parte superior de sus hombros.
Y en el centro de su espalda había aparecido una nueva línea.
Más gruesa.
Más oscura.
Parecía formar la silueta de algo.
Una especie de árbol.
Le tomé una fotografía.
No sabía por qué.
Quizá porque necesitaba demostrarme que aquello era real.
Al día siguiente llevé la fotografía a Doña Aurelia.
La anciana la miró durante mucho tiempo.
Después comenzó a llorar.
—¿Qué es? —pregunté.
—La puerta.
—¿La puerta hacia dónde?
—Hacia él.
Me quedé callada.
Doña Aurelia se levantó con dificultad.
—Escúchame.
—Sí.
—Cuando tu hijo nació, ¿hubo alguna complicación?
Recordé.
El parto había sido difícil.
Mateo nació casi sin llorar.
La enfermera tardó varios segundos en hacerlo reaccionar.
—Sí.
La anciana me miró fijamente.
—¿Dónde nació?
Le dije el nombre del hospital.
Ella cerró los ojos.
—No.
—¿Qué?
—¿Dónde ocurrió realmente?
No entendí.
—En el hospital.
—Antes.
Intenté recordar.
Y entonces algo regresó a mi memoria.
Una imagen.
La noche anterior al parto.
Había comenzado a sentir contracciones mientras estábamos visitando a mis suegros.
Mi esposo había salido a buscar ayuda.
Yo estaba sola.
La lluvia había comenzado.
Y durante unos minutos había estado en el patio.
Recuerdo haber mirado hacia el monte.
Recuerdo haber escuchado un sonido.
Un silbido.
Después nada.
—¿Qué pasó? —preguntó Doña Aurelia.
Le conté.
La anciana palideció.
—Te escuchó.
—¿Quién?
—El hombre del monte.
—Pero yo no lo vi.
—No necesitaba que lo vieras.
—¿Qué tiene que ver con mi hijo?
Doña Aurelia se acercó.
—Hay cosas que no nacen cuando nacen los niños.
No entendí.
—Algunas esperan.
—¿Qué esperan?
—Que la madre tenga miedo.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque el miedo abre puertas.
Me quedé en silencio.
La anciana tomó un puñado de sal.
—Cuando tu hijo nació, ¿lloró?
—Después de unos segundos.
—¿Y antes?
Negué con la cabeza.
—Eso significa que algo estuvo allí primero.
No quería escuchar más.
—¿Cómo lo salvamos?
Doña Aurelia me miró.
—Hay una forma.
—Dígame.
—Tienes que regresar al lugar donde comenzó.
—¿Al hospital?
—No.
Miró hacia el monte.
—Al lugar donde escuchaste el silbido.
No quería hacerlo.
Pero era mi hijo.
Regresamos esa misma noche.
Mi esposo quiso acompañarnos.
Doña Aurelia insistió en ir también.
Llegamos cerca de la medianoche.
El monte estaba completamente silencioso.
No había grillos.
No había viento.
Ni siquiera se escuchaban perros en las casas cercanas.
Mateo estaba en una silla de ruedas.
Doña Aurelia llevaba un pequeño bolso con hierbas, sal, copal y velas.
Caminamos hasta el lugar.
Reconocí el árbol.
Era exactamente donde había estado aquella noche.
—Aquí —dije.
Doña Aurelia se arrodilló.
Encontró algo enterrado bajo las hojas.
Era un pequeño objeto envuelto en tela.
Lo sacó.
Era una pulsera de hospital.
La misma que Mateo había llevado al nacer.
Me quedé helada.
—¿Cómo llegó aquí?
Doña Aurelia no respondió.
Desenvolvió la tela.
Había algo más.
Un pequeño mechón de cabello.
Cabello oscuro.
De bebé.
Mi esposo retrocedió.
—Eso es imposible.
Doña Aurelia negó con la cabeza.
—No es imposible.
—¿Qué significa?
—Que alguien tomó una parte de él.
Mateo comenzó a llorar.
—Mamá.
Me acerqué.
—Aquí estoy.
—Tengo frío.
Lo abracé.
Entonces escuchamos un silbido.
El mismo sonido que había escuchado años atrás.
Largo.
Profundo.
Provenía del monte.
Doña Aurelia se puso de pie.
—Ya llegó.
Una figura apareció entre los árboles.
Al principio pensé que era un hombre.
Después lo vi mejor.
Era demasiado alto.
Su cuerpo estaba cubierto de pelo oscuro.
Los brazos le llegaban casi hasta las rodillas.
Su rostro parecía humano, pero los ojos brillaban bajo la sombra.
No caminaba.
Parecía deslizarse.
Mateo comenzó a sonreír.
—Es él.
Yo lo abracé con fuerza.
La criatura se detuvo.
—Devuélvemelo —dijo Doña Aurelia.
La figura inclinó la cabeza.
—No es tuyo.
La voz parecía venir de todos los árboles.
—Es mío.
Mi esposo me tomó de la mano.
Quise correr.
Pero Mateo habló.
—Mamá.
—¿Qué?
—No tengas miedo.
La criatura dio un paso.
El suelo tembló ligeramente.
—Tú me lo prometiste —dijo.
Yo no recordaba haber prometido nada.
Entonces comprendí.
No había sido una promesa con palabras.
Había sido algo más antiguo.
Algo que yo había hecho sin saberlo.
Aquella noche, antes de que Mateo naciera, había pedido desesperadamente que alguien salvara a mi hijo.
Había dicho:
“Que alguien lo cuide.”
Quizá algo había escuchado.
Doña Aurelia comenzó a rezar.
La criatura gritó.
El viento se levantó de repente.
Las ramas comenzaron a golpear unas contra otras.
Las velas se apagaron.
Mateo comenzó a llorar.
El vello de su espalda empezó a moverse.
No por el viento.
Se movía solo.
Como si miles de pequeños insectos caminaran debajo de su piel.
Grité.
Doña Aurelia arrojó el copal al suelo.
El humo subió.
Esta vez no bajó.
La criatura retrocedió.
Doña Aurelia levantó el rosario.
—No puedes llevártelo.
La figura respondió:
—Ya me pertenece.
—No mientras ella lo ame.
La criatura se quedó inmóvil.
Doña Aurelia me miró.
—Dile que no.
—¿Qué?
—Dile que tu hijo no le pertenece.
Miré aquella figura.
Estaba aterrorizada.
Pero abracé a Mateo.
—No te pertenece.
El viento se detuvo.
—No te pertenece —repetí.
La criatura dio otro paso.
Mateo apretó mi mano.
—Mamá.
—Estoy aquí.
—Dile que me deje.
Lo miré.
—Déjalo.
La criatura abrió la boca.
Su grito no parecía humano.
Los árboles se estremecieron.
Mateo se desmayó.
Y el mundo quedó en silencio.
Cuando desperté, estaba amaneciendo.
Mi esposo estaba junto a mí.
Doña Aurelia estaba sentada cerca.
Mateo dormía sobre una manta.
Su espalda estaba limpia.
No había pelo.
Solo quedaba una pequeña cicatriz vertical.
Los médicos nunca pudieron explicar cómo desapareció.
Tampoco pudieron explicar cómo volvió a caminar.
Unas semanas después, Mateo caminaba normalmente.
Nunca volvió a hablar del hombre del monte.
Nunca volvió a mirar las esquinas de su habitación.
Y el vello no regresó.
Pero antes de morir, Doña Aurelia me dio un último consejo.
—No vuelvas a ese lugar.
—Nunca.
—Y si algún día tu hijo vuelve a escuchar el silbido…
La miré.
—¿Qué hago?
La anciana apretó mi mano.
—No respondas.
Han pasado muchos años desde entonces.
Mateo ya es adulto.
Tiene su propia vida.
Nunca le conté todos los detalles de aquella noche.
Solo le dije que cuando era pequeño tuvo un problema extraño en la piel.
Él cree que es cierto.
O eso quiero pensar.
Porque algunas noches, cuando estoy sola, todavía escucho un silbido a lo lejos.
Siempre ocurre después de la medianoche.
Siempre viene desde la dirección del monte.
Y hace unos meses ocurrió algo que me hizo recordar todo.
Encontré una fotografía vieja.
Era aquella que había tomado en el hospital.
La fotografía de la espalda de Mateo.
La amplié.
Miré cuidadosamente.
Y entonces vi algo que nunca había notado.
En el reflejo oscuro de la ventana detrás de la cama aparecía una figura.
Alta.
Cubierta de pelo.
Observando a mi hijo.
Pero eso no fue lo peor.
Lo peor fue que, detrás de aquella figura, había otra.
Una segunda sombra.
Mucho más pequeña.
Parecía la silueta de un niño.
Y entonces comprendí algo que todavía me cuesta aceptar.
Quizá el Hombre del Monte nunca quiso llevarse a Mateo.
Quizá estaba esperando que yo cumpliera una promesa mucho más antigua.
Quizá solo necesitaba que mi hijo creciera.
Porque aquella noche, cuando observé la fotografía por última vez, noté algo extraño.
En la espalda de Mateo, justo donde había desaparecido el vello, la pequeña cicatriz había vuelto a abrirse.
Y desde ella comenzaba a crecer un solo pelo oscuro.
Largo.
Grueso.
Perfectamente recto.
Desde entonces no he vuelto a dormir con la ventana abierta.
Y cada vez que escucho aquel silbido en la distancia, hago lo único que me enseñó Doña Aurelia.
No respondo.
No miro hacia el monte.
Y, sobre todo, nunca digo el nombre de mi hijo en voz alta.
Porque algunas noches, cuando el viento sopla desde los árboles, puedo escuchar una voz grave detrás de mi casa.
Una voz que parece venir de muy lejos.
Pero que cada vez suena más cerca.
—Ya casi está listo.
Y después escucho una segunda voz.
Más joven.
Más familiar.
La voz de mi hijo.
Susurrando desde algún lugar detrás de la ventana:
—Mamá…
—Él dice que ya puedo volver.