«Una mujer sola no puede con un rancho», me dijeron mientras mi pozo de 100 años estaba seco y mis últimas vacas apenas podían mantenerse en pie. Yo me negué a vender, aunque cada día llegaban nuevas ofertas para que abandonara la tierra de mi padre. Entonces un forastero examinó el terreno y me dijo algo que cambió todo: aquella agua no había desaparecido por la sequía, alguien la había desviado. Y el único hacendado río arriba era justamente el hombre que llevaba meses intentando comprarme.
—Una mujer sola no puede con un rancho, señorita. Don Casimiro todavía le paga algo antes de que esto no valga ni el polvo —me dijo su capataz mientras, detrás de él, una de mis vacas intentaba levantarse y volvía a caer junto al abrevadero vacío.
Me llamo Maricela y, a mis 38 años, acababa de heredar El Ojo de Agua, el rancho donde habían vivido 4 generaciones de mi familia. Mi padre, Serapio, murió convencido de que aquella tierra me sostendría como lo había sostenido a él. Pero 4 meses después, el pozo que jamás había fallado estaba seco, me quedaban 23 reses de casi 200 y debía dinero hasta por el alimento.
—Dígale a su patrón que el rancho no se vende —respondí.
El hombre sonrió como quien escucha a una niña hacer berrinche y se fue levantando polvo.
Esa tarde bajé el cubo al pozo por costumbre. Subió vacío. Tenía las palmas abiertas de tanto jalar la cuerda cuando un desconocido se detuvo frente al portón con un caballo retinto.
—¿Cuánto tiempo lleva seco?
—¿Y a usted qué le importa?
Se quitó el sombrero.
—Me llamo Elpidio Mondragón. Busco el camino a Villa Serena. Pero antes de perderme aprendí a buscar agua.
Fortunato, el antiguo peón de mi padre, casi me arrastró aparte cuando le ofrecí al forastero café y un catre.
—Niña, los desesperados son negocio para los charlatanes. No le dé ni 1 peso.
No se lo di. Tampoco Elpidio lo pidió.
A la mañana siguiente recorrió el patio, tocó la tierra, revisó las encías del ganado y preguntó por el cauce que bajaba de la sierra. Le conté que la sequía llevaba 2 años, pero nuestro pozo había resistido hasta que, de pronto, en pocas semanas se vino abajo. También le hablé de Casimiro Pizarro, dueño de la hacienda San Cristóbal, aguas arriba, que había comprado 5 ranchos después de que sus pozos se secaran.
Elpidio dejó la taza sobre la mesa.
—Una sequía mata un pozo despacio. Lo suyo se apagó demasiado rápido.
Sentí frío aunque ya pegaba el sol.
Caminamos hasta el lindero norte. Él llevaba una horqueta de mezquite, pero miraba más el terreno que la vara: los mezquites verdes, la humedad retenida bajo ciertas piedras, la pendiente. Al llegar a la cerca de San Cristóbal se agachó y hundió los dedos en el suelo.
Del otro lado, la tierra estaba más verde. Más arriba brillaba un bordo nuevo que yo había visto muchas veces sin entenderlo.
Elpidio se incorporó muy despacio.
—Aquí corría la vena que alimentaba su pozo.
—¿Corría?
Me miró directo.
—Sí. Ya no corre. Y esto no lo hizo el cielo, Maricela. Alguien le cortó el agua desde arriba.
PARTE 2
No quise creerlo hasta que vi lo que siempre había tenido enfrente: el bordo de San Cristóbal retenía agua mientras nuestros potreros se rajaban como barro cocido.
—Voy con el juez —dije.
Elpidio negó con la cabeza.
—El juez come en la mesa de Casimiro. Si le avisa que ya entendió, sólo le da tiempo de cerrarle otra puerta.
Me ardió la cara de coraje.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Le agradezco que me deje morir despacito?
—No. Buscamos agua que no controle.
Durante 3 días caminamos la parte más pobre del rancho. Fortunato seguía llamándolo “el zahorí”, medio en burla, aunque cada tarde le servía café sin que nadie se lo pidiera.
Elpidio no trabajaba como un brujo. Leía grietas, raíces, desniveles, tipos de piedra. La horqueta era apenas una costumbre vieja entre sus manos. Al tercer día, en una hondonada llena de huizaches donde ni las vacas entraban, se detuvo.
Se arrodilló, apartó grava y respiró como si acabara de correr.
—Aquí.
—¿Está seguro?
—Hay una corriente profunda. No es la misma que desviaron. Viene de otro lado de la sierra.
Me dejé caer junto a él y hundí las manos en aquella tierra horrible. Quise reír, llorar y desconfiar al mismo tiempo.
Entonces escuchamos caballos.
Casimiro Pizarro llegó con 2 hombres. Traía sombrero fino, montura nueva y esa sonrisa educada que siempre me daba más miedo que un grito.
—Maricela, hija, vine a darte una última oportunidad. Te pago bien. Te vas a Guadalajara, te compras una casita y dejas de sufrir.
—Mi casa está aquí.
Sus ojos bajaron a la tierra removida y luego a la horqueta rota de Elpidio.
—Un rancho sin agua es un cementerio —dijo—. Y este lugar nunca volverá a tenerla.
Elpidio no respondió. Sólo rozó con la punta de la bota las 2 piedras con las que había marcado el sitio.
Casimiro lo vio.
Por primera vez dejó de sonreír.
—Piénsalo rápido —me dijo antes de girar el caballo—. Los favores se acaban.
Cuando se alejaron, Elpidio recogió el pico de Fortunato y me lo puso en las manos.
—Ya sabe que encontramos algo.
No podía permitir que el miedo decidiera por mí otra vez.
Miré las 2 piedras, luego el polvo que dejaban los jinetes.
—Entonces empezamos hoy.
El primer golpe del pico rebotó en la tierra dura.
Y entendí que ya no estaba tratando de salvar una herencia: estaba defendiendo mi derecho a decidir qué hacer con mi propia vida.
PARTE 3
Cavamos desde el amanecer. Elpidio bajaba al hoyo con el pico; Fortunato y yo sacábamos la tierra en cubetas. A los 5 días, mis ampollas ya se habían abierto y convertido en callos. El viejo dejó de decir “charlatán” y empezó a decirle a Elpidio:
—Compadre, esa pared hay que entibarla antes de que nos aplaste.
A veces me sorprendía riéndome al escucharlos discutir. La casa seguía medio vacía y mis vacas seguían flacas, pero otra vez había voces en El Ojo de Agua.
Hasta que topamos con una laja maciza.
Elpidio golpeó durante horas. La barreta apenas sacaba chispas.
—El agua está abajo —dijo, exhausto—, pero con estas herramientas tardaremos semanas.
—Las vacas no tienen semanas —murmuré.
Fortunato se quedó mirando la roca.
—Los viejos calentaban la laja con fuego y luego le echaban agua fría. El cambio la revienta.
Nadie habló.
Para sacar agua necesitábamos gastar agua.
La única que quedaba estaba en una aguada lodosa de la loma. Si la vaciábamos y la piedra no cedía, las reses se quedarían sin su última bebida.
Miré el charco, luego el pozo.
—Háganlo.
Fortunato abrió la boca.
—Niña…
—Todo. No pienso ver morir el rancho gota por gota por miedo a apostar lo último.
Esa noche prendimos una hoguera dentro del pozo y la alimentamos con mezquite, tablas de un corral viejo y 2 sillas rotas. Cuando la piedra estuvo ardiente, vaciamos de golpe 2 barricas de agua lodosa.
El vapor salió como un animal furioso.
Luego escuché el crujido.
—¡Otra! —gritó Elpidio desde abajo.
Volcamos la segunda barrica.
La laja se partió.
Por unos segundos no hubo nada. Sentí que había condenado a mis animales por una corazonada ajena.
Entonces oí a Elpidio.
—¡Maricela!
Me asomé.
Su voz temblaba.
—Está entrando agua.
Bajé de rodillas. Del fondo subía un murmullo pequeño, limpio, imposible de confundir. Al rato el nivel comenzó a cubrir la piedra partida.
Fortunato se quitó el sombrero.
Yo lloré con las manos metidas en el polvo.
Pero antes de que amaneciera, olimos humo.
La casa estaba ardiendo.
Corrí loma arriba hasta que el calor me obligó a detenerme. Vi caer el corredor donde mi madre colgaba macetas. Vi quebrarse una ventana que mi abuelo había puesto. Vi desaparecer el retrato de mi padre detrás de una llamarada.
—Esto no empezó solo —dijo Elpidio.
No teníamos pruebas de quién lo había hecho. Sólo sabíamos que nuestra hoguera se había visto desde San Cristóbal y que Casimiro sabía que estábamos buscando agua.
Me quedé frente a las ruinas hasta que salió el sol. Después me limpié la ceniza de la cara.
—Quemaron lo de arriba —dije—. Lo de abajo no pudieron tocarlo.
Al día siguiente saqué el primer cubo lleno del pozo nuevo.
El agua estaba fría.
Primero bebieron las vacas. Sobrevivieron 18.
Después bebimos nosotros.
Esa noche dormimos junto al pozo. Fortunato roncaba envuelto en una cobija chamuscada. Elpidio estaba sentado en el brocal, acariciando una pulsera de cuero que nunca se quitaba.
—¿Era de alguien? —pregunté.
Tardó en responder.
—De mi esposa. Remedios.
Me contó que años atrás, durante otra sequía, él se había ido lejos a buscar agua para un pueblo que pagaba bien. Remedios estaba por dar a luz y le pidió que no se fuera. Él creyó que volvería a tiempo.
No volvió.
Cuando regresó, ella y el bebé habían muerto.
—Desde entonces ayudo a cualquiera que me llame —dijo—. Como si cada pozo pagara un pedacito de lo que debo.
No intenté decirle que aquello no dolía ni que debía olvidarlo.
Le tomé la mano.
—Si quiere honrarla, deje de castigarse. Ella no necesita que usted se quede solo para siempre. Necesita, si me permite decirlo, que lo que vivieron haya servido para hacerlo mejor, no para enterrarlo en vida.
Elpidio lloró en silencio.
Y yo entendí algo: él había llegado para encontrar mi agua, pero también llevaba años buscando una razón para volver a quedarse en algún sitio.
La noticia del pozo corrió por el llano.
Primero llegó una familia que había vendido su rancho a Casimiro.
—Le ayudamos a levantar la casa —me ofrecieron—. Sólo déjenos traer a beber a nuestros animales.
Después llegaron un albañil, 2 carpinteros, mujeres con tortillas, frijol, semillas y gallinas.
Yo repetí las palabras de mi padre:
—El agua no se vende. El que tenga sed, que venga.
Con el pozo, el rancho empezó a respirar. Con la gente, también yo.
Y con cada pared de adobe que levantábamos, Elpidio encontraba una excusa nueva para no ensillar a Lucero.
Creí que lo peor había pasado hasta que una tarde llegó un abogado.
Traía un documento: según él, mi padre había pedido años atrás un préstamo enorme a Casimiro y había dejado El Ojo de Agua como garantía, incluyendo cualquier fuente de agua presente o futura.
—Tiene 15 días para desalojar —dijo.
Miré la firma.
Era idéntica a la de mi padre.
Sentí que me faltaba el aire.
—Es falsa.
—Eso tendrá que probarlo.
Cuando se fue, Fortunato pidió ver el papel. Lo sostuvo tan cerca de sus ojos que casi lo tocó con la nariz.
—¿Qué fecha dice?
Se la leí.
El viejo levantó la cabeza.
—No puede ser.
—¿Por qué?
—Porque ese mes tu padre tenía la mano derecha quebrada.
El recuerdo me cayó encima. Un caballo lo había tumbado cerca del corral. Durante semanas comió con la izquierda y maldecía porque no podía ni abrocharse la camisa.
—Don Aniceto —dijo Fortunato—. El huesero de Villa Serena. Él se la compuso y apuntaba cada trabajo en un cuaderno.
Fuimos a buscarlo.
Don Aniceto ya estaba muy viejo, pero conservaba sus libretas en una caja de lata. Pasamos páginas amarillentas hasta encontrar el nombre de mi padre, la fecha y 3 palabras que me hicieron temblar: “mano derecha quebrada”.
La supuesta firma perfecta era del mismo mes.
Teníamos la verdad.
Nos faltaba hacerla imposible de esconder.
Esperamos la fiesta de San Isidro, cuando en Villa Serena se reunían el juez, el notario, los ganaderos, el cura y casi todas las familias del rumbo.
Llegué con el documento en una mano y el cuaderno de don Aniceto en la otra.
Me temblaban las piernas. La voz también me tembló al principio.
—Soy Maricela, hija de Serapio, de El Ojo de Agua. Y quiero que todos escuchen lo que se está haciendo con nuestras tierras.
Casimiro estaba junto al juez.
Conté lo del agua desviada. Conté cómo sus compradores aparecían cuando los ranchos se quedaban secos. Dije que mi casa había ardido la noche en que encontramos un pozo que él no controlaba, aclarando que yo no podía probar quién encendió el fuego. Después levanté el contrato.
—Esto sí puedo probar que es mentira.
Casimiro soltó una carcajada.
—Está firmado ante notario.
—Dice que mi padre firmó con la derecha este mes.
Hice pasar a don Aniceto.
El anciano abrió su cuaderno.
—Ese mismo mes le entablillé la mano derecha a Serapio. Aquí está la fecha. Aquí está mi letra. El hombre no podía firmar ni bonito ni feo.
El murmullo se convirtió en voces.
Entonces pasó lo que Casimiro nunca había previsto: otros comenzaron a hablar.
Un ranchero contó cómo su aguada se secó después de la construcción del bordo. Otro dijo que vendió bajo presión. Otro señaló un canal nuevo en San Cristóbal.
El juez miró alrededor y comprendió que ya no estaba frente a 1 mujer sola.
Declaró suspendido el desalojo, anuló provisionalmente el documento y ordenó investigar la falsificación y el desvío del agua. Meses después, un peritaje confirmó la firma apócrifa y las autoridades obligaron a corregir parte del desvío que afectaba a los predios vecinos. Sobre el incendio nunca conseguimos una prueba suficiente para culpar a nadie, y aprendí a no llamar justicia a lo que sólo deseo creer.
Casimiro no perdió todas sus tierras ni desapareció como villano de corrido. Perdió algo que para un hombre como él quizá dolía más: la obediencia automática de la gente. Sus acuerdos empezaron a revisarse, varios vecinos reclamaron por la vía legal y el juez dejó de sentarse tan cómodo a su mesa.
Yo conservé El Ojo de Agua.
La casa volvió a levantarse, más pequeña. Planté otra bugambilia junto al corredor.
Un año después, bajo el mezquite grande, Elpidio y yo nos casamos. Fortunato lloró más que yo y luego juró que era porque le había entrado tierra al ojo.
Elpidio no dejó de buscar agua. Cuando algún rancho lo necesitaba, salía con Lucero y su vieja horqueta de mezquite. La diferencia era que ahora regresaba.
Siempre regresaba.
Yo tampoco volví a bajar un cubo vacío por costumbre. Cada mañana lo hacía por agradecimiento.
A veces, al escuchar el golpe del agua contra el metal, recuerdo aquel primer cubo abollado que subía sólo polvo y pienso en todo lo que creí perdido: la tierra, la casa, la confianza, hasta el derecho a decidir mi futuro.
Ahora el cubo sube lleno.
Y cuando un vecino llega sediento, lo primero que hago es acercárselo.
Porque mi padre tenía razón en algo que ni la sequía, ni el miedo, ni un hombre poderoso pudieron cambiar: el agua puede esconderse, pueden desviarla y hasta intentar adueñarse de ella, pero mientras alguien tenga el valor de cavar y otro tenga la decencia de compartir, la tierra todavía puede volver a dar vida.