Viuda y Embarazada, Fue Expulsada de Su Rancho… Pero el Viejo Ranchero Despreciado la Acogió

Viuda y Embarazada, Fue Expulsada de Su Rancho… Pero el Viejo Ranchero Despreciado la Acogió

 

 

 

En San Rafael de las Encinas había un hombre al que todos evitaban. Los niños cambiaban de acera cuando lo veían, las mujeres bajaban la voz cuando pasaba y los hombres llevaban años llamándolo amargado, extraño y peligroso. Lo curioso era que ninguno de ellos sabía realmente quién era. Porque la mañana en que una viuda embarazada fue expulsada de sus tierras, todo el pueblo decidió mirar hacia otro lado, todos menos él.

Ercilia Samudio nació en Tulancingo en el año de 1920, hija de un jornalero que murió de fiebre antes de que ella cumpliera los 5 años, y de una mujer que bordaba manteles para las casas ricas del pueblo y que nunca se quejó de nada en voz alta, nunca, ni siquiera cuando se le enfermaron las manos de tanto trabajo y tuvo que bordar con los nudillos hinchados, porque no había otra manera de comer.

De su madre, Ercilia heredó las manos fuertes, anchas, con las palmas marcadas por el trabajo desde los 12 años y la postura, una espalda recta que no se doblaba hacia adentro, aunque el peso fuera mucho.

A los 19 años conoció a Esteban Montiel en una feria patronal de San Rafael de las Encinas, a donde había ido con una prima a vender bordados. Esteban era 7 años mayor que ella, heredero de un rancho pequeño que su padre había trabajado toda la vida con sus propios huesos, hombre tranquilo y honesto que no prometía cosas que no podía cumplir. Se casaron al año siguiente.

Vivieron 9 años en el rancho La Encarnación, que no era grande ni próspero, pero era de ellos. Cada clavo, cada viga, cada surco abierto en la milpa con las manos de Esteban. Tuvieron dos hijos que murieron antes del primer año, uno de convulsiones, otro de una infección que ningún médico llegó a tiempo de atender. Y esa pérdida los unió de una manera que las personas que no han perdido un hijo juntos no pueden entender del todo.

Cuando Esteban cayó con la fiebre en mayo de 1948, Ercilia pensó al principio que sería lo mismo que otras fiebres que él había tenido, fuertes, pero pasajeras. Duró tres días sin bajar. Al cuarto día empezó a delirar. Al sexto murió en su cama con la mano de Ercilia entre las suyas y los ojos abiertos mirando el techo de vigas.

Ercilia no supo que estaba embarazada hasta dos semanas después de enterrarlo. Se lo dijo la partera, doña Refugio. Y Ercilia recibió la noticia sentada en el borde de la cama que había compartido con Esteban durante 9 años, mirando el piso de tierra apisonada, con las manos quietas sobre las rodillas, sin llorar. No era que no quisiera llorar, era que no sabía si podía permitírselo todavía. Había demasiadas cosas que atender primero.

Los documentos llegaron al decimoquinto día del luto. Los entregó un hombre que Ercilia no conocía, con traje oscuro y sombrero, que tocó a la puerta del rancho al mediodía y extendió los papeles con la misma expresión neutral de quienes entregan facturas. Le explicó con voz cuidadosa, casi amable, que el señor Prudencio Garmendia lamentaba profundamente la muerte del señor Montiel y que no quería causar ninguna molestia adicional en periodo de duelo, pero que los documentos acreditaban una deuda de larga data que Esteban había contraído con el señor Garmendia hacía más de 12 años y que el rancho figuraba como garantía de esa deuda.

Ercilia leyó los papeles dos veces. Tenían las firmas en orden, tenían los sellos correspondientes, tenían fechas y números que parecían correctos. También tenían la firma de Esteban con una caligrafía que Ercilia conocía mejor que la propia. Había visto a su marido escribir durante 9 años. Aquella firma se parecía a la suya de la misma manera que una copia se parece al original cuando quien la hizo tenía talento suficiente para copiar la forma sin poder copiar el peso. Fue lo primero que pensó: este papel lo firmó alguien que estudió cómo firma Esteban, no Esteban mismo. Pero pensar eso y probarlo eran dos cosas completamente distintas.

Durante los siguientes 20 días, Ercilia buscó ayuda con una persistencia que no venía de la esperanza, sino de la negativa a detenerse antes de haber intentado todo.

Fue al ayuntamiento. El secretario municipal la recibió con amabilidad, revisó los documentos y le dijo que los papeles parecían estar en regla y que para impugnarlos necesitaría contratar un abogado.

Fue a buscar al único abogado de San Rafael, el licenciado Pedraza, que la recibió con una cortesía excesiva. Le explicó después de revisar los documentos durante 15 minutos, que el caso era complejo, que los honorarios iniciales duplicaban todo el dinero que Ercilia tenía y que, dijo esto mirando hacia la ventana, el señor Garmendia era un hombre con muchos recursos y muchas conexiones en el estado y que él personalmente no estaba en posición de asumir casos que lo pusieran en conflicto con él.

Fue a hablar con el párroco. El padre Abundio la escuchó con paciencia, rezó con ella, le dio una estampita de San Judas Tadeo y le dijo que iba a rezar por ella.

Fue con tres vecinos que habían sido amigos de Esteban. Uno le dijo que lo sentía mucho, pero que no podía meterse en eso. Otro no le abrió la puerta. El tercero la recibió, escuchó todo y al final dijo que lo pensaría. Y ella supo que eso significaba que no.

Al trigésimo día llegó el aviso formal. Tenía 10 días para desalojar el rancho La Encarnación. Prudencio Garmendia no vino en persona. Mandó al mismo hombre del traje oscuro, que esta vez trajo también a dos trabajadores que esperaron afuera.

En esos 10 días, Ercilia hizo lo que pudo. Vendió los animales que tenía, tres vacas, un burro, 23 gallinas, a precios de urgencia. Guardó en una maleta pequeña la ropa que cabía, el rosario de su madre, dos fotografías de Esteban y un cuaderno de registros que había encontrado entre las cosas del escritorio de su marido. Un cuaderno que no reconocía, que no tenía el nombre de Esteban escrito en ningún lado, que estaba lleno de números y anotaciones con una letra pequeña y apretada que no era la de Esteban. Lo metió en la maleta sin saber por qué.

El décimo día, con la maleta en la mano y el rosario entre los dedos y el sol de agosto cayendo sobre San Rafael de las Encinas como una sentencia, Ercilia Samudio salió del rancho donde había vivido 9 años y comenzó a caminar por la brecha de tierra seca hacia ningún lugar conocido. El pueblo la vio pasar y ninguna puerta se abrió.


Baltazar Treviño tenía 51 años en el verano de 1948 y hacía 14 que vivía solo en el rancho El Mezquite Viejo. Su esposa Carmen había muerto de parto en 1934 junto con el hijo que esperaban. Baltazar tenía 37 años entonces y era un hombre que todavía creía en las cosas que la vida dice que van a suceder.

Después de Carmen, el rancho siguió. Los animales siguieron, la tierra siguió necesitando trabajo, Baltazar siguió levantándose antes del amanecer porque el trabajo no esperaba. Pero algo se había ordenado de manera diferente adentro.

Durante el primer año había intentado seguir viviendo como antes, la misa del domingo, el café con los vecinos en la tienda del pueblo. Pero el mundo social del pueblo le resultaba ahora de una estrechez particular. Las preguntas de cuándo iba a buscar otra esposa le llegaban con una intención de ayuda que él no podía recibir.

Así que fue dejando de ir. Primero la misa, luego el café, luego los actos. Y el pueblo, con la consistencia que tienen los pueblos pequeños, fue llenando el espacio que él dejaba con interpretaciones: que era huraño, que era amargo, que era raro. Baltazar dejó que lo hicieran. No era que no le doliera la soledad, era que había aprendido que la soledad del rancho era una compañía más honesta.

El rancho era silencioso, pero no vacío. Tenía su propio ruido: el viento entre los mezquites, los zanates en la mañana, el mugido de las reses en el potrero.

Los vecinos lo evitaban. Los niños le gritaban cosas cuando pasaba por la brecha. Baltazar no se detenía, seguía su camino con el mismo paso de siempre.

Hasta la mañana de agosto de 1948, en que estaba reparando una cerca en el límite oriental del rancho y vio venir por la brecha una figura con una maleta pequeña y algo que sostenía contra el vientre con la mano izquierda.

Desde la distancia no se veía bien el detalle, solo la figura, la maleta, el paso particular de alguien que está caminando porque tiene que seguir caminando, no porque sepa a dónde va.

Baltazar siguió trabajando, puso el siguiente poste, lo afianzó y volvió a mirar. La figura se había acercado lo suficiente para que pudiera ver que era mujer, joven, con un vestido azul que el sol había decolorado en los hombros y con algo en la manera de caminar, algo en esa espalda recta que no cedía aunque el cuerpo claramente estaba cansado.

Había visto a gente cargando cosas pesadas toda la vida. Pero esto era diferente. Esta mujer cargaba algo que no estaba en la maleta. La dignidad no es una cosa que se vea fácilmente. Es más bien algo que se percibe, como se percibe cuando el aire va a cambiar antes de que llegue la lluvia.

Eso era lo que Baltazar estaba viendo: una mujer que había perdido todo y que, sin embargo, caminaba con la espalda recta como si el mundo no tuviera derecho a doblarla.

La mujer llegó a la altura del portón del rancho y se detuvo. No lo miró de inmediato. Miró primero la cerca que él estaba reparando con ojos de quien sabe lo que es una cerca bien puesta. Luego lo miró a él. Tenía los ojos oscuros, muy quietos, las mejillas hundidas del cansancio. Las manos las vio Baltazar cuando ella soltó un momento la maleta. Eran manos de trabajo, anchas en la palma, con los nudillos marcados. Y el vientre, apenas visible pero inconfundible, embarazada, sola, sin a dónde ir.

Baltazar supo todo eso en los primeros cinco segundos sin que ella dijera nada.

  • ¿Viene de San Rafael? – preguntó.
  • Vengo del rancho La Encarnación – dijo ella. La voz era tranquila, sin dramatismo, solo un hecho.

Baltazar asintió despacio. Conocía el rancho. Conocía a Esteban Montiel.

Miró la maleta, miró el rosario, miró las manos y la postura y tomó una decisión con la misma sencillez con que tomaba todas las decisiones.

  • En la casa hay un cuarto que no usa nadie – dijo – si lo necesita.

No fue una pregunta, tampoco fue exactamente una afirmación. Fue la manera en que los hombres que no hacen discursos dicen las cosas importantes.

Ercilia lo miró un momento largo.

  • No tengo con qué pagar – dijo.
  • No le estoy cobrando – respondió Baltazar y se volvió a poner el sombrero y regresó a la cerca.

Doña Melchora llevaba 17 años en El Mezquite Viejo. Había llegado como cocinera en 1931, viuda ella también. Cuando Baltazar llegó con Ercilia esa tarde, doña Melchora estaba en la cocina pelando chiles. Levantó los ojos, los bajó, siguió pelando, no hizo preguntas.

Baltazar dijo: “Le vamos a preparar el cuarto del fondo. Viene cansada.” Doña Melchora asintió. Le preparó el cuarto, le llevó agua caliente, le puso en la mesa un plato de frijoles con epazote y tortillas recién hechas y un vaso de agua fresca de limón, sin decir nada.

Ercilia se sentó en el borde de la cama, una cama limpia con colcha de cuadros azules y miró el plato durante un momento muy largo por dentro. Luego abrió la maleta, sacó el rosario y lo puso sobre la mesita de noche, sacó el cuaderno desconocido y lo guardó debajo del colchón. Comió y esa noche, por primera vez desde la muerte de Esteban, durmió sin despertarse.

Los primeros días en El Mezquite Viejo fueron días de una cortesía cuidadosa. Baltazar salía antes del amanecer. Volvía al mediodía para comer y regresaba al trabajo. Ercilia se integró al ritmo de la casa con la naturalidad silenciosa de alguien que ha trabajado toda la vida.

Al tercer día le preguntó a doña Melchora qué podía hacer y doña Melchora, que había esperado esa pregunta, le señaló el lavadero, la huerta pequeña, los pollos. No hubo instrucciones formales, hubo simplemente dos mujeres organizando el trabajo.

Baltazar notó los cambios sin comentarlos. La huerta estaba limpia de malas hierbas, el corredor aparecía barrido, las gallinas tenían agua fresca dos veces al día. No dijo nada, pero empezó a notarla. La notaba en la huerta, arrodillada entre los surcos. La notaba en la mesa al mediodía, comiendo en silencio, sin el silencio incómodo de quien no tiene qué decir, sino el silencio cómodo de quien no necesita llenar el aire con palabras. Era un silencio parecido al suyo.

La primera vez que Ercilia le habló de Esteban fue a los 12 días. Fue por la tarde en el corredor, cuando Baltazar afilaba una hoz y el sol empezaba a bajar.

No fue una conversación planeada. Baltazar preguntó sin mirarla cómo había sido el rancho donde vivía. Y Ercilia empezó a hablar de La Encarnación y sin querer empezó a hablar de Esteban. Habló sin dramatismo, pero las manos que cosían se fueron poniendo más lentas hasta quedar quietas.

Baltazar dejó de afilar. No dijo nada durante un momento. Luego dijo: “Carmen murió en el 34, ella y el niño”. Fue todo lo que dijo. Ercilia lo miró, asintió despacio. No hizo falta decir nada más.

Fue al decimoctavo día. Ercilia estaba en la huerta sacando malas hierbas sin guantes y se cortó con algo enterrado en la tierra. No fue profundo, pero sangró. Baltazar la vio desde el otro lado del patio. Cruzó sin apresurarse y se detuvo frente a ella. Extendió la mano sin decir nada.

Ercilia dudó un segundo, luego extendió la mano. Baltazar la tomó con cuidado por la muñeca y por los dedos, como si fuera algo que podía romperse, y revisó el corte.

  • Hay agua oxigenada en la casa – dijo.
  • No se necesita – respondió ella.
  • Pues sí se necesita – dijo él.

Y la llevó a la cocina. Baltazar limpió el corte, le puso un trozo de tela limpia atada con un nudo sencillo. Sus manos, grandes, ásperas, se movieron con una delicadeza particular.

El contacto duró menos de dos minutos, pero Ercilia sintió el calor de esas manos mucho después.

En San Rafael de las Encinas, la noticia de que Ercilia Samudio estaba viviendo en El Mezquite Viejo llegó a todos antes de que pasara la primera semana. En los pueblos pequeños la información viaja de boca en boca, adquiriendo en cada transmisión pequeñas adiciones que al final construyen una versión que no es exactamente lo que pasó.

Las habladurías empezaron suaves: que qué raro que el viejo Treviño de repente abriera su casa a una desconocida, que quién sabe qué estaría esperando a cambio, que la pobrecita de la viuda no había tardado mucho en encontrar dónde caer.

Los que hablaban fuerte eran los que habían visto lo mismo que todos. Una mujer que salió del pueblo con una maleta y que ahora vivía en el rancho de un hombre solo. Con eso construían arquitecturas enteras.

Doña Melchora escuchaba. Iba a la tienda cada semana y escuchaba lo que la gente decía con la habilidad de quien ha aprendido a volverse invisible.

Cuando las habladurías llegaron a oídos de Ercilia, fue a través de una mujer del pueblo que fue al rancho a comprar huevos. Y se lo dijo con esa voz bajita de quien entrega malas noticias y disfruta haciéndolo.

Ercilia escuchó en silencio. Contó los huevos, los envolvió en periódico, dio el cambio exacto. Cuando la mujer se fue, cerró el portón y se quedó parada en el patio. No fue la humillación lo que le pegó. Era la injusticia de que el único hombre que había tenido la decencia de ayudarla estuviera siendo manchado por haberlo hecho.

Fue a buscar a Baltazar a los corrales.

  • Están hablando – dijo Ercilia sin rodeos.
  • ¿De qué?
  • De usted y de mí, de que esto no está bien visto.

Baltazar dejó la pata del animal, se incorporó despacio.

  • ¿Y usted qué piensa? – dijo.

Había en esa pregunta algo que no esperaba. No era la pregunta de alguien que quería defenderse, sino de alguien que le importaba genuinamente lo que ella pensara.

  • Si tuviera dónde ir, no estaría dando molestias – dijo al fin.
  • No es molestia – dijo él.

Se volvió al animal.

  • Si está preocupada por lo que dicen, eso es asunto suyo. Lo que hacemos aquí es asunto mío.

Esa noche, en la cocina, mientras doña Melchora apagaba el fogón, Baltazar le dijo en voz baja: “Si vuelve esa señora a comprar huevos, dígale que no hay.”

El cuaderno apareció en la conversación una noche de septiembre. Llevaban casi seis semanas en el rancho. Doña Melchora había empezado a tejerle algo a Ercilia y Baltazar le había traído de la tienda, sin mencionarlo como regalo, tela para coser ropa de bebé.

Esa noche, Ercilia sacó el cuaderno de debajo del colchón y lo puso sobre la mesa del comedor después de la cena.

  • Lo encontré entre las cosas de Esteban, pero no es su letra.

Baltazar tomó el cuaderno, lo abrió. Era un registro de transacciones, fechas, nombres, números, anotaciones de propiedades, descripciones de terrenos, linderos, medidas.

  • Este cuaderno tiene nombres que conozco – dijo finalmente -. El rancho Los Tepetates, el terreno de los Aguirre en la Loma Norte, la huerta de los Villanueva, la milpa de los Cienfuegos.
  • Los Cienfuegos – dijo Ercilia -. Ellos tuvieron que salir del pueblo hace cuánto, ¿8 años?
  • 10 – dijo doña Melchora desde su silla.

Baltazar cerró el cuaderno despacio.

  • ¿De dónde salió esto? – preguntó.
  • Estaba entre el escritorio de Esteban, detrás de unos papeles del rancho, en un lugar donde no era obvio que hubiera nada. Esteban descubrió algo – dijo Ercilia -. Eso creo – dijo Baltazar.

Y alguien quería encontrar este cuaderno antes de que usted lo encontrara.

El silencio que siguió fue de otro tipo.

  • Garmendia – dijo Ercilia. No fue pregunta. Baltazar asintió una sola vez.

Fue sola en el burro que Baltazar le ofreció sin hacer preguntas. Llevaba el cuaderno en el rebozo contra el pecho con el rosario de su madre encima. Fue a buscar al licenciado Cándido Salmerón.

El licenciado Salmerón era un hombre de 62 años que había ejercido como notario en San Rafael durante más de tres décadas y que actualmente no ejercía nada formalmente porque la edad y un problema en las rodillas lo habían retirado.

El licenciado Salmerón la recibió en su biblioteca. Leyó el cuaderno en silencio durante 40 minutos. Cuando terminó, se quitó los lentes y los limpió con movimientos lentos.

  • ¿Sabe usted qué tiene aquí? – dijo.
  • Tengo una idea – dijo Ercilia.
  • Esto – dijo el licenciado poniendo la mano sobre el cuaderno – es el registro privado de todas las operaciones de Prudencio Garmendia en los últimos 20 años. Las que sí son legales y las que no lo son, especialmente las que no lo son. Hay aquí al menos 15 transacciones de propiedades que fueron transferidas a Garmendia mediante documentos que, si este registro es auténtico, fueron falsificados.
  • Mi marido – dijo el licenciado con voz más baja – debió haber llegado a este cuaderno de alguna manera. No sé cómo, pero lo encontró.
  • Y alguien se dio cuenta de que lo encontró y por eso murió – dijo Ercilia.

El licenciado la miró durante un momento.

  • Eso no puedo afirmarlo – dijo -. Lo que sí puedo afirmar es que si este cuaderno llega a las autoridades correctas, Prudencio Garmendia tiene un problema muy serio.
  • ¿Hay autoridades correctas para eso?
  • Hay que encontrarlas. No están aquí en San Rafael, tampoco están en Pachuca. Habría que ir más arriba.

Salió de la casa del licenciado Salmerón con el cuaderno de vuelta en el rebozo. En el camino de regreso a El Mezquite Viejo, Ercilia sintió por primera vez desde la muerte de Esteban algo que no era exactamente esperanza, sino la sensación de tener en las manos algo que importaba.

La primera ola llegó a mediados de septiembre. Dos hombres que Ercilia no conocía aparecieron en la brecha frente al portón del rancho un martes por la mañana. No bajaron de los caballos, solo se quedaron ahí parados durante el tiempo suficiente para que Baltazar los viera. Luego se fueron sin decir nada. Solo estar ahí, que era suficiente.

Esa noche en el corredor, Baltazar le contó al mayordomo, un hombre de 55 años llamado Zacarías que llevaba 30 en el rancho, lo que había pasado con el cuaderno.

Zacarías escuchó en silencio. Cuando Baltazar terminó, dijo: “Garmendia ya sabe.”

  • Ya sabe – confirmó Baltazar.
  • ¿Y qué va a hacer?
  • Primero va a intentar asustar – dijo Baltazar -. Luego va a intentar comprar. Si ninguna de las dos cosas funciona, va a intentar otra cosa.
  • ¿Y nosotros?
  • Nosotros vamos a seguir aquí – dijo Baltazar.

La segunda aparición fue tres días después. La tercera vez, cinco días después, fue diferente. La barda oriente del rancho amaneció derribada en un tramo de 20 metros, con los postes sacados y el alambre cortado. No fue viento, no fue animal, fue trabajo de manos, hecho de noche.

Baltazar lo revisó en silencio. Llamó a Zacarías. Los dos se pusieron a reparar el daño sin decir nada hasta que estuvo reparado.

Esa tarde Ercilia lo encontró afilando alambre en el patio.

  • Esto es por mí – dijo.
  • Es por el cuaderno. El cuaderno llegó conmigo.
  • El cuaderno llegó porque usted tuvo el buen juicio de traerlo – dijo Baltazar -. No es lo mismo.
  • ¿No le da miedo?
  • El miedo lo conozco – dijo finalmente -. Cuando murió Carmen tuve mucho miedo. Miedo a que el tiempo no alcanzara. Un hombre que manda a sus trabajadores a tirar bardas de noche para asustar a una mujer embarazada, ese tipo de cosa no me da miedo, me da otra cosa.
  • ¿Qué cosa?
  • Claridad – dijo Baltazar.

La segunda ola llegó en forma de visita. Prudencio Garmendia se presentó en El Mezquite Viejo un jueves por la mañana de la última semana de septiembre, solo, sin los hombres de los caballos. Era un hombre de 60 años, bien vestido para ser campo, con sombrero fino y botines que costaban lo que un trabajador ganaba en un mes.

Baltazar lo recibió en el patio, no lo invitó a pasar.

  • Don Baltazar – dijo Garmendia – tiempo sin verlo por el pueblo.
  • No frecuento el pueblo – dijo Baltazar.
  • Quería hablarle de un asunto delicado. La mujer que está hospedando aquí, la viuda de Montiel. Es una situación que puede complicarle la vida.
  • ¿Cómo se resuelve fácil? – preguntó Baltazar.
  • La señora necesita irse a un lugar apropiado. Yo mismo puedo ayudarle a encontrar algo.

Baltazar lo miró durante un momento.

  • Venga por ella usted mismo – dijo – si puede. La voz no tenía nada agresivo. Era solo la misma voz de siempre, tranquila y directa.
  • Don Baltazar – dijo Garmendia bajando la voz – hay un cuaderno que esa mujer tiene en su poder. Si me ayuda a recuperarlo, le garantizo que no habrá ningún problema para usted ni para el rancho.
  • ¿Y si no le ayudo? – dijo Baltazar.

Garmendia lo miró un momento largo.

  • Eso sería una lástima – dijo. La voz era completamente amable. Eso era lo más peligroso de ella.
  • Que le vaya bien, don Baltazar.

Hubo una tarde entre la visita de Garmendia y la tercera ola, que Baltazar no estaba en el rancho. Había ido con Zacarías al pueblo de Cardonal. Doña Melchora estaba en el mercado. Ercilia estaba sola en El Mezquite Viejo, en la cocina.

Escuchó el portón. Fue al patio. Era Prudencio Garmendia, solo a caballo.

Ercilia no retrocedió, se quedó parada en el centro del patio, a 10 metros del portón, con las manos limpias, con la espalda recta.

Garmendia bajó del caballo.

  • Señora Samudio – dijo con voz suave – la he visto resistir. La admiro, señora. De verdad. Pero hay cosas que la resistencia no puede cambiar – siguió con voz casi amable -. Usted sola, con un hijo en camino, en un rancho prestado. ¿Hasta cuándo puede depender de la caridad ajena?
  • No es caridad – dijo Ercilia.
  • Yo le ofrezco algo mejor. El cuaderno que tiene, devuélvamelo. Y yo a cambio le otorgo una compensación justa, dinero suficiente para instalarse en otra parte.
  • Ese cuaderno no me pertenece a mí – dijo Ercilia – le pertenece a las familias cuyos nombres están ahí escritos.
  • Señora – dijo Garmendia – piénselo bien. Usted no tiene a nadie. Su marido murió. Si algo le llegara a pasar, y en el campo pasan cosas, ese niño que espera no tendría a nadie. No fue amenaza directa, nunca lo era con él.

Ercilia completó la imagen y en el segundo que siguió sintió algo que no era miedo, sino claridad.

  • Solo váyase – dijo Ercilia. Una sola palabra, limpia, sin adornos.
  • Señora…
  • Váyase de este rancho – dijo Ercilia -. La voz no subió de tono, pero ganó en peso -. Y no vuelva cuando no está don Baltazar, porque la próxima vez que llegue solo, lo voy a recibir con el rifle de la casa y a llamar a gritos a los vecinos del cerro.

Fue la primera vez en toda la conversación que Garmendia no tenía una respuesta inmediata. Se puso el sombrero, fue al portón, desató el caballo y se subió.

  • Se va a arrepentir – dijo sin perder la compostura.
  • Usted primero – dijo Ercilia.

Se quedó parada en el centro del patio con la espalda recta hasta que el ruido del caballo se perdió. Cuando ya no se escuchaba nada más, Ercilia fue a la cocina, se sentó en el banco y por primera vez en muchas semanas sacó el rosario y lo rezó completo.

Cuando Baltazar volvió esa noche, ella le contó todo sin omitir nada. Baltazar escuchó en silencio.

  • ¿Y qué le dijo usted? – preguntó.
  • Que se fuera – dijo Ercilia.

Baltazar asintió, se levantó, fue al corredor, se paró mirando hacia el campo oscuro.

  • Mañana vamos con el licenciado Salmerón. Hay que apurar esto.

El licenciado Salmerón explicó con calma que el proceso federal podía acelerarse si llegaban también testimonios de las familias afectadas.

  • ¿Y las familias van a hablar? – preguntó Baltazar.
  • Depende – dijo el licenciado – depende de que vean que alguien dio el primer paso. La gente que ha sido amedrentada no habla sola, habla cuando alguien ya habló y el mundo no se cayó encima.

En el camino de regreso, Ercilia le dijo a Baltazar:

  • Necesito ir a ver a los Cienfuegos.
  • Los conoce.
  • Los conocía antes de que los corrieran. La señora Cienfuegos y yo éramos vecinas en el lavadero. Sé dónde están viviendo ahora. En el rancho de un sobrino en Ixmiquilpan. Son dos días de viaje.
  • Yo la llevo – dijo al fin Baltazar.

El viaje a Ixmiquilpan tomó dos días. Doña Melchora se quedó en el rancho con Zacarías.

La señora Cienfuegos, una mujer de 60 años, pequeña, con manos que habían trabajado tierra toda la vida, recibió a Ercilia con los ojos que primero no reconocían y luego reconocían demasiado.

Ercilia le habló del cuaderno, le habló del licenciado Salmerón, le habló de lo que estaba en movimiento.

La señora Cienfuegos escuchó con las manos quietas sobre el bordado. Cuando Ercilia terminó, miró hacia el campo.

  • Llevamos 10 años creyendo que no había nada que hacer – dijo.
  • Había – dijo Ercilia -. Solo hacía falta el cuaderno.

La señora Cienfuegos asintió despacio y dijo que hablaría con su marido y que le mandaría recado al licenciado Salmerón esa semana.

En el camino de regreso, Baltazar conducía el carro sin hablar. Y Ercilia iba a su lado mirando el campo de octubre.

  • Gracias – dijo Ercilia en algún momento.
  • No hay por qué – dijo Baltazar.

La tercera ola llegó a principios de octubre y fue la más peligrosa. La noche del 7 de octubre alguien intentó entrar al rancho. Zacarías los escuchó primero. Llevaba dormido en el corredor desde la visita de Garmendia, con el machete cerca. Despertó a Baltazar. Eran dos hombres que habían saltado la barda sur.

Lo que siguió no fue una pelea larga. Fue ruido, gritos, un disparo al aire que hizo Baltazar con el rifle que siempre guardaba cargado en el armario de su cuarto. Un disparo hacia arriba, no a nadie, suficiente para que los dos hombres salieran del rancho más rápido de lo que habían entrado.

Ercilia se quedó en el umbral de su cuarto durante todo el tiempo con el cuaderno contra el pecho y el rosario en la mano y la espalda recta sin moverse.

Cuando pasó todo y Baltazar cruzó el patio de regreso, la vio ahí parada.

  • ¿Está bien?
  • Estoy bien – dijo ella. Y era verdad, la voz no temblaba.
  • Esto no puede seguir así – dijo Ercilia.
  • No – coincidió Baltazar -. Hay que terminar esto. Hay que ir a Pachuca.

La mañana antes de salir para Pachuca, Ercilia sacó de la maleta el rosario y lo puso sobre la mesita de noche. Luego sacó el cuaderno de debajo del colchón y lo envolvió en una tela y lo metió en el fondo de la maleta. Pensó en Esteban, en las manos de Esteban escribiendo, en la manera en que siempre había sido honesto, aunque la honestidad le costara.

Pachuca en octubre de 1948 era una ciudad que todavía cargaba la arquitectura del porfiriato en sus edificios del centro y la modernidad incómoda del México posrevolucionario en sus calles.

El licenciado Salmerón no pudo ir. Las rodillas no le permitían el viaje, pero había escrito tres cartas: una para su colega en el Registro Agrario Federal, una para el juez de distrito, una para el periódico estatal. Había también preparado un documento con su análisis del cuaderno firmado y con su sello notarial.

Fueron Baltazar, Ercilia y Zacarías. El viaje en camión tomó 4 horas. Ercilia fue callada la mayor parte del tiempo, mirando por la ventana. Llevaba el cuaderno en la maleta que sostenía sobre las rodillas, el rosario en el bolsillo del delantal, el vientre que en octubre ya era visible.

En algún momento, cuando el camino se puso malo y el camión sacudió con fuerza, la mano de Baltazar encontró el asiento entre los dos y se quedó ahí. Ercilia miró esa mano, luego puso la propia encima y las dos manos se quedaron así en el asiento entre los dos.

No se dijeron nada.

En Pachuca fueron primero al Registro Agrario. El colega del licenciado Salmerón era un hombre de 40 años con lentes que cuando leyó el cuaderno levantó los ojos.

  • ¿De dónde viene esto? – preguntó.
  • De entre las cosas de mi marido difunto – dijo Ercilia.
  • Esto es serio – dijo finalmente.

Fueron después al periódico. El periodista que los recibió, joven con saco viejo y entusiasmo de quien todavía cree que las palabras pueden cambiar cosas, leyó los documentos con los ojos que se iban abriendo poco a poco.

  • ¿Cuántas familias? – preguntó.
  • En el cuaderno hay 15 – dijo Ercilia -. Pero el licenciado Salmerón cree que pueden ser más.

Salieron del periódico cuando el sol ya bajaba. Zacarías fue a ver lo del camión de regreso. Baltazar y Ercilia se quedaron parados en la banqueta.

  • Y ahora – dijo Ercilia.
  • Ahora esperamos – dijo Baltazar.

La nota en el periódico de Pachuca salió 15 días después. No era la primera página, pero era la página 3 con el titular que decía: “Denuncian falsificación de documentos en caso de tierras en municipio de San Rafael”.

En San Rafael de las Encinas la nota llegó con el camión de las 10 de la mañana. Para las 12 todo el pueblo la había leído.

Prudencio Garmendia se enteró antes. Esa tarde, a las 4, se presentó en El Mezquite Viejo con tres hombres. Llegó al portón y dijo en voz alta que quería hablar con la señora Samudio.

Baltazar salió al portón, detrás de él salió Zacarías y salió también un hombre que Garmendia no esperaba ver ahí, el licenciado Cándido Salmerón, que había llegado esa mañana en el camión de las 9 con sus rodillas malas y un portafolio de papeles.

  • Garmendia – dijo Baltazar.
  • Treviño – dijo Garmendia – esto no tiene por qué seguir si la mujer devuelve lo que se llevó.
  • La señora Samudio no se llevó nada – dijo Baltazar -. Encontró lo que su marido guardó. Ese cuaderno ya está en Pachuca – dijo Baltazar – en el Registro Federal y en el periódico y en el juzgado. Tres copias en tres lugares distintos. No hay nada que recuperar.
  • Va a arrepentirse – dijo Garmendia. La voz ya no tenía cordialidad.
  • Es posible – dijo Baltazar – pero esta mujer se queda aquí y el rancho de su marido le va a ser devuelto y las familias que usted sacó de sus tierras van a tener que ver sus casos revisados. Eso ya está en movimiento y usted lo sabe.

Garmendia miró a Baltazar, miró al licenciado Salmerón, miró a Zacarías y luego dijo muy despacio:

  • Esto no ha terminado.
  • Para usted ha terminado – dijo Baltazar sin enojo, solo la afirmación.

Garmendia le dio la vuelta al caballo. Cuando el sonido de los caballos se perdió en la brecha, el licenciado Salmerón metió el pañuelo en el bolsillo y dijo: “Bueno.”

Baltazar se volvió hacia el corredor donde Ercilia estaba parada y la miró durante un momento sin decir nada. Luego cruzó el patio y se sentó en el banco de piedra del corredor. Y ella se sentó a su lado. Los dos miraron hacia el campo.

Lo que siguió tomó tiempo. Las cosas importantes siempre toman tiempo. El juez de distrito abrió el caso en noviembre. El Registro Agrario Federal envió un inspector a San Rafael en diciembre. El licenciado Salmerón presentó el análisis del cuaderno y tres familias del pueblo, los Cienfuegos, los Aguirre, los Villanueva, presentaron sus propios testimonios con la valentía que se tiene cuando alguien ya dio el primer paso.

En enero de 1949, el juzgado emitió una suspensión de la transferencia del rancho La Encarnación mientras se investigaba la autenticidad de los documentos de deuda. En febrero, el inspector del Registro Agrario presentó su informe.

En marzo, el hijo de Ercilia Samudio nació en El Mezquite Viejo con doña Melchora como partera y Baltazar esperando en el corredor con el sombrero en las manos durante las tres horas más largas que recordaba. Zacarías estuvo con él durante esas tres horas, sentado también en el corredor en silencio.

Doña Melchora salió con el niño envuelto en la tela de la cocina. Baltazar se levantó, lo miró, un niño pequeño, rojo, con los puños apretados. Doña Melchora se lo puso en los brazos sin preguntar si quería cargarlo. Baltazar lo recibió con las manos que sabían hacer todo menos esto.

Las manos que tensaban alambre, que afilaban herramientas, sostuvieron a Nazario con una delicadeza que no requería instrucciones.

Lo llamaron Nazario. Nazario Treviño Zamudio. Ese nombre que combinaba los dos apellidos fue la primera cosa que Ercilia propuso y Baltazar aceptó sin que mediara ninguna conversación larga.

  • Si le parece bien – dijo Ercilia.
  • Me parece muy bien – dijo Baltazar.

En abril de 1949, el juzgado de Hidalgo dictaminó la nulidad de los documentos de deuda de Esteban Montiel por falsificación probada. El rancho La Encarnación volvió a Ercilia Samudio. Prudencio Garmendia enfrentó proceso por fraude en ocho de las 15 transacciones documentadas en el cuaderno. Los otros siete casos estaban siendo investigados.

En San Rafael de las Encinas, la noticia del fallo llegó un martes por la mañana con el camión de las 10. Lo que pasó en el pueblo esa tarde fue algo que los que lo vivieron recordarían durante mucho tiempo, no porque fuera escandaloso, sino porque fue exactamente lo contrario. Fue un silencio que hablaba. Las personas que durante meses habían hablado mal de Ercilia y de Baltazar se encontraron esa tarde sin mucho que decir.

En mayo, Ercilia fue al rancho La Encarnación por primera vez desde que la habían sacado. Fue sola la primera vez. Necesitaba ir sola. Caminó por los cuartos, la cocina, el corredor, la habitación donde Esteban había muerto, con las manos tocando las paredes. El rancho estaba descuidado, pero no destrozado.

En la habitación donde Esteban había muerto, se detuvo más tiempo. Pensó en Esteban, no con el dolor agudo de los primeros meses, sino con algo más parecido a la gratitud.

Se paró en el centro del patio y miró hacia la sierra. Sacó el rosario, lo sostuvo entre los dedos un momento largo.

  • Ya – dijo en voz baja. No era para nadie en particular. O era para Esteban o era para la mujer que había caminado por esta misma brecha 9 meses antes con la maleta en la mano.

Guardó el rosario en el bolsillo del delantal y volvió a El Mezquite Viejo.

Baltazar estaba en el corredor cuando llegó, sentado con las cuentas del rancho. Levantó los ojos cuando escuchó el portón. La miró llegar a través del patio. Había algo en la manera en que ella cruzaba ese patio que Baltazar miró sin pretender que no miraba. Hacía meses que había dejado de fingir que no la veía.

Ella llegó y se sentó en el banco a su lado sin decir nada por un momento. El niño dormía adentro con doña Melchora.

  • ¿Cómo está? – preguntó Baltazar. Hablaba del rancho.
  • Necesita trabajo – dijo Ercilia -. Mucho trabajo.
  • El trabajo lo conocemos – dijo Baltazar.

Y en esas cuatro palabras estaba dicho lo que tenía que decirse, de la manera en que lo dicen los hombres que no hacen discursos y las mujeres que no necesitan que se los hagan.

El sol siguió bajando, las encinas siguieron siendo encinas. Nazario Treviño Zamudio dormía adentro con los puños cerrados. Y en el corredor de El Mezquite Viejo, con el campo extendiéndose hasta donde llegaba la vista y las cuentas del rancho sobre la mesa, dos personas que habían llegado a la segunda mitad de su vida creyendo que lo mejor ya había pasado, descubrieron que el pasado no es nunca la medida de lo que puede seguir llegando.

El rancho El Mezquite Viejo siguió igual que siempre. Los mezquites, los corrales, el corredor con el banco de piedra, el fogón de doña Melchora, el silencio, que ahora no era el mismo silencio de antes, porque tenía adentro el llanto de Nazario cuando despertaba y los pasos de Ercilia por el patio temprano en la mañana.

Y a veces en las noches de octubre, cuando el frío llegaba desde la sierra, la voz muy baja de dos personas hablando de cosas pequeñas, del rancho, del niño, del trabajo que venía, en el corredor con el campo oscuro enfrente y las estrellas sobre las encinas y toda la vida todavía por delante.

Disclaimer: This story is fictional and created for entertainment purposes only. Any names, characters, places, or events are fictitious or used fictitiously. No real person or organization is intended to be portrayed.

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