Vivo sola… los ladrones no me dejan dormir. Necesito un hombre que me proteja, dijo la viuda
Vivo sola… los ladrones no me dejan dormir. Necesito un hombre que me proteja, dijo la viuda

El sol se estaba muriendo detrás de las lomas cuando Serafina Villalobos escuchó los cascos de un caballo acercándose por el camino de tierra.
Estaba en la tranquera de su rancho, Las Golondrinas, con un jarro de barro lleno de agua que acababa de sacar del pozo.
Serafina tenía 42 años y llevaba tres viviendo sola.
Su esposo Camilo había muerto hacía tres años embestido por un toro bravo en el corral y desde entonces ella cargaba sola 60 cabezas de ganado, el molino, el pozo y una tierra que habían levantado tres generaciones.
Con los meses los peones se fueron, los hombres del pueblo la rondaron queriendo su tierra y ella los echó a todos.
Aprendió a arrear ganado, a curar heridas, a dormir con la escopeta al lado de la cama y se hizo dura para no confiar en nadie.
Desde hacía unas semanas le robaban ganado de noche.
Ya le faltaban nueve reses, encontraba la cerca cortada con algo filoso y huellas de varios hombres, salía a disparar al aire pero era una sola y tenía miedo de que una noche entendieran que no había quién la defendiera.
El jinete se detuvo frente a la tranquera, era un hombre solo con sombrero calado y hombros caídos por cansancio, montando un alazán con las patas cubiertas de polvo.
Se llevó dos dedos al ala del sombrero, buenas tardes señora, dijo con voz ronca, vengo de largo y traigo al animal muerto de sed, ¿sería tan amable de dejarme sacar un poco de agua de su pozo?
Serafina lo miró de verdad, tenía cara curtida por el sol, barba de varios días, ojos castaño oscuro hundidos por agotamiento, no eran ojos de mala persona, eran ojos de alguien que había perdido algo.
Sin decir palabra le extendió el jarro de barro, agua fresca recién sacada, tenga, empiece por usted, del animal me encargo yo.
El hombre bajó del caballo con movimiento lento y rígido de hombre molido, bebió despacio al principio y después con ansia cerrando los ojos.
Dios se lo pague señora, dijo devolviéndole el jarro.
Y ahí fue cuando Serafina lo hizo, algo que llevaba semanas apretado en la garganta se le soltó de golpe.
Vivo sola, dijo, vivo sola repitió con voz temblorosa, en este rancho no hay nadie más que yo, mi marido murió hace 3 años y desde entonces cargo esto sola, desde hace unas semanas cada noche vienen ladrones, vienen de noche y me roban el ganado, ya me llevaron nueve reses.
Yo salgo con la escopeta y disparo al aire y grito pero soy una sola y ellos son varios, y una de estas noches van a entender que no hay quien me defienda y no sé qué va a pasar conmigo.
Hubo silencio, el molino chirrió, Serafina se secó los ojos avergonzada de haberse mostrado débil ante un desconocido.
Y con la poca dignidad que le quedaba dijo lo que tenía atragantado, necesito un hombre que me proteja aunque sea unos días, no tengo mucho que ofrecer pero tengo un cuarto donde puede dormir, comida caliente y le pagaría lo que pueda, usted parece hombre de trabajo y yo ya no puedo más sola.
El forastero se quedó callado largo rato, miró el rancho, la casa humilde con corredor, el molino, los potreros.
Me llamo Nicanor señora, dijo por fin en voz baja, y hace mucho que no tengo a nadie a quién proteger.
No dijo que sí pero tampoco se subió al caballo y se fue.
Nicanor desencilló el alazán con lentitud de hombre al que le duele todo, mientras lo hacía Serafina lo observaba desde el corredor, había algo en la manera en que trataba al animal, no lo tironeaba, le pasaba la mano por el cuello sudado con suavidad y le hablaba bajito.
Camilo hablaba así con los animales.
¿De dónde viene usted Nicanor? De ninguna parte señora, dijo, y de todas, hace 4 años que ando de camino, un tiempo estuve por el norte, después trabajé en estancias por lado del río, de ahí para acá he ido de rancho en rancho donde me den trabajo por unos días.
¿Por qué no se queda en ningún lado? Porque quedarse duele señora, dijo, uno se queda en un lugar y le empieza a agarrar cariño a la gente, a la tierra, y yo ya no quiero cariño a nada, el cariño es lo que te destroza cuando lo pierdes.
¿Qué perdió usted Nicanor? El hombre se sentó en el borde del abrevadero con sombrero entre manos, tenía un rancho chico, lo había levantado con su padre, a los 38 se casó.
Rosalía se llamaba, era la mujer más buena que pisó esta tierra, nos casamos y fueron los mejores años de mi vida, ella cantaba mientras cocinaba.
Al año quedó embarazada, yo le armé una cuna con mis propias manos, le lijaba la madera para que quedara suave para el niño.
Llegó la hora del parto y algo salió mal, la comadrona no pudo, mandé a buscar médico al pueblo pero llegó tarde, los perdí a los dos esa noche, a Rosalía y al niño, los enterré juntos en el mismo cajón porque no tuve corazón para separarlos.
Después ya nada me importó, el rancho se vino abajo, vino una sequía brava, se me murió casi todo el ganado, el banco me quitó la tierra, la tierra de mi padre, donde estaba enterrada Rosalía, hay otra familia viviendo en esa casa y no puedo ni ir a ponerle una flor porque me correrían a tiros.
Así que ando de camino para no pensar.
A Serafina se le llenaron ojos de lágrimas, yo perdí a mi marido hace 3 años, dijo, un toro lo mató en un resbalón, 19 años juntos y se fue en un abrir y cerrar de ojos, y tampoco pude tener hijos, sé lo que es acostarse cada noche en una cama que era de dos, sé lo que es levantarse y acordarse otra vez cada mañana.
Parece que Dios nos junta a los rotos señora, dijo él, Serafina lo corrigió suave, me llamo Serafina.
Va a tener hambre, dijo ella cambiando de tema, voy a calentar algo, puede dormir en el cuarto que era de los peones, mañana hablamos de lo demás.
Serafina la detuvo cuando se iba, todavía no le dije que sí a lo de protegerla, lo sé dijo ella, no lo estoy obligando.
Nicanor giró el sombrero entre manos, hace 4 años que ando huyendo de tener algo que cuidar, dijo despacio, y hace 4 años que me muero por dentro de tanto no tener nada, a lo mejor Dios me trajo por este camino por algo, me quedo Serafina, me quedo a protegerla, no sé cuánto no le prometo para siempre, pero mientras esos hombres anden rondando su ganado aquí voy a estar.
Esa primera noche Nicanor no durmió, Serafina le calentó guiso de carne con papas y cenaron casi en silencio bajo luz amarilla de lámpara de querosén, era la primera vez en 3 años que no comía sola.
Después de cenar Nicanor agarró su rifle Winchester viejo pero bien cuidado y se fue a sentar en el corredor de cara a los potreros oscuros, usted dijo que vienen de noche, pues de noche los voy a estar esperando, vaya a dormir Serafina, duerma tranquila por una vez, esta noche hago guardia yo.
Serafina se metió a su cuarto, se acostó vestida por costumbre con escopeta al lado y se quedó mirando techo escuchando ruidos de la noche, escuchaba el chirrido del molino y el crujido de la silla del corredor cuando Nicanor se movía, esos ruidos en lugar de asustarla la tranquilizaban.
Y por primera vez en semanas se durmió profundo.
Cerca de medianoche Nicanor escuchó ruidos que no eran naturales, crujido de pasto, resoplido nervioso de caballo ajeno, chasquido metálico de tenaza cortando alambre, venía del potrero del fondo.
Apagó cigarro, se puso de pie sin hacer ruido y avanzó agachado entre sombras hasta esconderse detrás del pesebre, desde ahí los vio, eran tres hombres en oscuridad trabajando en silencio junto a la cerca cortada, uno vigilaba con rifle mientras otros dos arreaban despacio dos vacas hacia un boquete tapándoles cabeza con poncho.
Tenían un carro esperando del otro lado en el monte, Nicanor levantó rifle, tenía el tiro, podía voltear al del rifle antes de que supiera de dónde venía disparo.
Puso dedo en gatillo, apuntó al pecho y entonces el viento le trajo un pedazo de conversación.
Apúrense dijo el del rifle en voz angustiada, que ya casi amanece y los chicos no comieron ayer, con estas dos aguantamos la semana, no podemos volver otra vez, es muy peligroso, ojalá hubiera trabajo honesto que buscar, contestó el otro que le decían Isidro, ojalá hermano pero no lo hay, y mis hijos tienen hambre, yo prefiero ir al infierno por ladrón que verlos morir de hambre.
Nicanor bajó rifle despacio, entendió que no eran cuatreros de oficio, eran padres hambrientos robando comida para hijos.
Se levantó en toda su altura y con rifle bajo apuntando al suelo salió a la luz de la luna, suelten a las vacas dijo con voz firme, los tres se congelaron, el del rifle Isidro giró apuntándole y por un segundo el aire se llenó de tensión que podía terminar en muerte.
Tranquilo dijo Nicanor sin levantar rifle, no vine a matar a nadie, podría haberles disparado hace rato desde atrás del pesebre sin que se dieran cuenta y no lo hice, ¿sabes por qué? Porque te escuché, escuché lo que dijiste de tus hijos.
¿Quién es usted? La viuda vive sola, aquí no hay hombres, desde hoy sí, dijo Nicanor, desde hoy hay un hombre, y ese hombre te está diciendo que sueltes esas vacas y te vayas y que no vuelvas más.
Pero antes escúchame bien Isidro, yo también perdí un hijo, el mío ni siquiera llegó a nacer, así que sé lo que es eso que te carcome por dentro, y por eso en lugar de matarte te voy a hacer una oferta, suelten las vacas y váyanse esta noche con manos vacías, pero mañana cuando salga sol tú vuelves Isidro solo sin rifle y hablas con la dueña de este rancho como hombre no como ladrón.
Porque a lo mejor aquí hay trabajo honesto para un hombre que sabe manejar ganado, y a lo mejor es mejor ganarse el pan a la luz del día que robarlo en oscuridad arriesgando el pellejo.
¿Por qué haría usted eso por nosotros? Preguntó Isidro, somos ladrones, Nicanor lo miró largo, porque una vez yo también estuve donde estás tú, dijo, con todo perdido y sin saber cómo seguir, y nadie me tendió una mano, y me pasé 4 años pudriéndome por dentro, no quiero que a tus hijos les toque un padre podrido como quedé yo.
Isidro bajó rifle, soltaron las vacas que trotaron de vuelta al potrero aliviadas, los tres hombres se fueron en silencio y antes de desaparecer Isidro se detuvo, voy a volver mañana, se lo juro, voy a volver, y se perdió en la noche.
Nicanor volvió al corredor, se sentó de nuevo con rifle sobre piernas y veló resto de noche mientras adentro Serafina dormía profunda y en paz.
Serafina despertó con luz del sol dándole en la cara, había dormido de verdad profundo sin sobresaltos, se levantó apurada y salió al corredor, Nicanor estaba ahí dormido vencido por fin por cansancio con sombrero caído sobre cara y rifle cruzado.
No lo despertó, entró a cocina avivó fuego y puso a hervir café, y mientras agua se calentaba salió a mirar potreros, necesitaba contar ganado.
Caminó hasta potrero del fondo con corazón en la boca, el ganado estaba completo, las contó dos veces para estar segura, estaban todas, pero la cerca estaba cortada, el alambre tajado limpiamente y había huellas de hombres.
Volvió a la casa con ceño fruncido, Nicanor ya estaba despierto, ¿vinieron anoche? Dijo ella sin saludar, cortaron la cerca del fondo, vi las huellas pero no se llevaron nada, ¿qué pasó Nicanor?
Nicanor le contó todo, cómo los había tenido en la mira, lo que oyó de los hijos con hambre, cómo bajó rifle y les ofreció que volvieran a hablar como hombres.
Serafina sintió sangre subírsele a cara, ¿usted hizo qué? Dijo con voz temblando, los dejó ir a los hombres que me han robado nueve reses, a los que me tienen sin dormir muerta de miedo, y encima invitó a uno a volver a mi rancho a darle trabajo.
Yo le pedí que me protegiera, le pedí un hombre que me defendiera de esos ladrones no un hombre que se pusiera del lado de ellos.
Nicanor no la interrumpió, esperó a que soltara toda la rabia, tiene razón dijo Serafina levantó vista sorprendida, tiene todo derecho a estar furiosa siguió él, es su ganado es su vida, y yo tomé decisión que no me correspondía sin consultarla, eso estuvo mal y le pido perdón.
Pero déjeme decirle una cosa, anoche yo tenía el tiro, podía matar a ese hombre Isidro y a nadie le habría importado, pero cuando lo escuché hablar de sus hijos hambrientos algo me detuvo, no fue bondad nada más fue egoísmo también, porque yo perdí un hijo, si yo mato a un padre esta noche si dejo cinco criaturas sin papá ¿con qué cara voy a pararme frente a Dios el día que me toque?
Estos hombres no son bandidos Serafina, son padres desesperados, a un hombre así matarlo no arregla nada, deja cinco huérfanos y un problema igual, ¿sabe qué sí arregla? Darle una salida, un hombre que puede ganarse el pan honestamente no vuelve a robar de noche.
Se quedaron en silencio, Serafina recordaba a su propio padre, en inviernos de hambre de su niñez casi a punto de hacer lo mismo, un hombre bueno al que la pobreza casi empujó a lo que no debía.
¿Cómo se llama? Preguntó de pronto en voz baja, ¿cómo dijo que se llama? Isidro, ¿y usted cree que va a venir de verdad? No sé respondió él, a lo mejor sí a lo mejor no, pero si viene si tiene valor de venir a la luz del día sin armas a dar la cara después de haber robado, entonces ese es un hombre que todavía tiene honra y merece oportunidad.
Serafina suspiró hondo, voy a servir café, dijo, si ese hombre viene lo escucho, no prometo nada más, lo escucho y después decido yo, en mi rancho decido yo Nicanor que le quede claro, clarísimo dijo él.
Isidro llegó cerca del mediodía, venía a pie despacio con sombrero en la mano en lugar de en la cabeza señal de respeto y sin ningún arma a la vista, venía tan asustado como ella.
Se detuvo a unos metros del corredor apretando sombrero con fuerza que se le pusieron blancos nudillos, buenos días dijo con voz apenas audible y mirando a Serafina directo con coraje que le costaba toda el alma, señora yo soy el hombre que le ha estado robando el ganado.
Vengo a dar la cara, vengo a pedirle perdón y vengo porque este hombre me dijo anoche que a lo mejor usted tenía trabajo honesto para mí, pero antes necesito que sepa que lo que hice está mal y que cada res es una piedra en el alma.
Serafina lo estudió, era joven de unos treinta y tantos pero con cara envejecida por penurias, flaco con ropa remendada y botas sin suela.
¿Cuántos hijos tiene? Le preguntó seca, cinco señora respondió, el mayor tiene 10 años la menor apenas dos y mi mujer está mala del pecho desde último parto y no puede casi levantarse, vivíamos de jornal en estancia de los Mendoza pero cuando vino seca cerraron y echaron a todos los peones, busqué trabajo por todos lados se lo juro por mis hijos.
Caminé pueblos enteros y no hay nada, un hombre aguanta hambre pero cuando es su hijo el que llora de hambre en la noche usted no tiene que darle, perdóneme señora, un hombre hace cosas que no debe cuando ve a sus hijos con hambre, no lo justifico solo se lo explico.
Se hizo silencio pesado, míreme Isidro dijo Serafina, lo que hizo estuvo mal muy mal, me robó pan de la boca, me tuvo semanas sin dormir muerta de miedo en mi propia casa, eso no se lo voy a decir bonito, me hizo daño.
Isidro bajó cabeza, pero siguió ella y voz se le suavizó apenas, yo también tuve hambre alguna vez de niña sé lo que es, y sé lo que es ver a un padre bueno a punto de quebrarse, así que no soy quién para tirarle primera piedra.
Esto es lo que va a pasar, le voy a dar trabajo, este rancho necesita brazos, hace 3 años que lo cargo yo sola y no puedo más, le voy a pagar lo justo no mucho porque no tengo mucho pero lo justo y honesto, y con eso le va a dar de comer a sus hijos sin tener que robar.
Pero le pongo condición y es sagrada, nunca más me roba, ni a mí ni a nadie, el día que me entere que volvió a robar aunque sea huevo se acabó, en este rancho se come del trabajo no del robo.
Estamos dijo Isidro y se puso a llorar ahí parado apretando sombrero, que Dios la bendiga señora, le juro por vida de mis hijos que no se van a arrepentir.
Ya no jure tanto dijo Serafina incómoda, cumpla que es más difícil que jurar, vaya a traer a su familia, los otros dos hombres que andaban con usted si quieren trabajo honesto también que vengan a hablar.
Isidro se secó lágrimas con antebrazo, se acercó tomó mano de Serafina entre suyas ásperas y se la besó como se besa mano a santa, usted es un ángel señora.
Y se fue caminando de vuelta por camino pero esta vez con cabeza en alto, Nicanor a su lado la miraba con admiración, me equivoqué con usted dijo en voz baja, ¿en qué? Anoche pensé que le iba a costar perdonar, pensé que era mujer dura, y lo es, es dura pero es clase de dureza que envuelve algo blando como cáscara de nuez, poca gente perdona así Serafina, Rosalía era así.
Serafina sintió rubor y entró rápido a casa con corazón golpeándole, va a hacer falta más comida en esta casa con tanta gente nueva, voy a ver qué hay en despensa.
En una semana Las Golondrinas volvió a tener vida, Isidro cumplió palabra, volvió al día siguiente con su familia entera, su mujer Aurora pálida y flaca con tos que le sacudía pecho y sus cinco hijos de ojos grandes y ropas remendadas.
Detrás vinieron también los otros dos que robaban con él, uno se llamaba Gervasio callado y fuerte como roble, el otro más joven apenas muchacho de 18 años al que decían Tobías huérfano de padre y madre.
Serafina les dio trabajo a los tres, el rancho tenía sitio de sobra y faltaban manos.
Les acondicionaron galpón grande del fondo que Camilo había pensado usar para grano, los hombres lo limpiaron le taparon goteras le pusieron ventanas y en pocos días quedó casa humilde pero digna, Aurora se instaló en cuarto más abrigado y Serafina que sabía de hierbas empezó a prepararle infusiones para el pecho.
Poco a poco tos de Aurora fue cediendo y una tarde Serafina la oyó cantar mientras remendaba ropa y se quedó parada escuchando, hacía mucho que en Las Golondrinas no cantaba una mujer.
Y en medio de todo ese renacer estaba Nicanor, Nicanor se había quedado, tomó riendas del trabajo con naturalidad que maravillaba a Serafina, organizó a hombres, repartió tareas, arregló cosas que llevaban años descompuestas, amansó dos potros que Camilo había dejado sin domar, reparó molino que sacaba poca agua.
Pero lo que más le llegaba a Serafina no era cómo trabajaba sino cómo era con la gente, lo veía con niños de Isidro enseñándoles a montar con paciencia infinita, con Tobías huérfano tratándolo casi como hijo enseñándole oficio sin humillarlo, con animales hablándoles bajito curándolos.
Serafina que había jurado no volver a mirar a hombre con otros ojos se descubría mirando a Nicanor escondida desde ventana de cocina con atención que la asustaba.
Una tarde mientras apilaban leña junto a fogón de afuera Nicanor se detuvo, ¿sabe una cosa Serafina? Hacía 4 años que no dormía una noche entera, desde que perdí a Rosalía me acostaba y ahí empezaba a dar vueltas, y estos últimos días no sé qué tiene este lugar pero duermo, duermo como no dormía hace años, como si acá adentro algo se hubiera aflojado.
A mí me pasa lo mismo dijo ella en voz baja, desde que usted llegó duermo, antes me pasaba noches con escopeta muerta de miedo, ahora me acuesto y sé que no estoy sola y me duermo.
Se hizo silencio entre los dos, el sol se ponía naranja igual que aquella primera tarde, Nicanor la miró, Serafina lo miró y por instante ninguno dijo nada, hubo en silencio algo que los dos sintieron y ninguno se atrevió a nombrar.
Fue Serafina la que rompió momento, se agachó rápido a juntar más leña con corazón golpeándole, se está haciendo tarde, voy a poner cena, y se fue casi corriendo hacia casa dejando a Nicanor solo junto a fogón mirando cómo se alejaba.
Esa noche los dos se acostaron pensando en el otro y los dos le hablaron en silencio a sus muertos, Serafina a Camilo, Nicanor a Rosalía, los dos pidieron perdón por lo que empezaban a sentir.
El domingo Serafina hizo algo que no hacía desde muerte de Camilo, subió a la loma, bajo algarrobo grande estaba enterrado su marido junto a padres de él, solía subir todos los domingos a hablarle pero había dejado de ir porque cada visita la dejaba destrozada.
Se sentó en tierra junto a cruz de madera que ella misma había clavado 3 años atrás y se quedó silencio arrancando yuyos secos, desde ahí arriba se veía todo el rancho, la casa, el molino, los potreros, el galpón donde vivía familia de Isidro, y chiquito abajo junto al corral a Nicanor domando potro.
Ay Camilo suspiró, vieras cómo está el rancho, está lleno de gente otra vez, hay niños corriendo por donde vos y yo quisimos que corrieran y nunca pudimos, están cercas arregladas, molino saca agua como en tus mejores tiempos.
Y hay un hombre Camilo, las lágrimas le empezaron a caer despacio, hay un hombre y no sé qué me pasa, vos sabes que después de que te fuiste cerré la puerta con llave y tiré llave lejos, no dejé entrar a nadie.
Pero este hombre Camilo es distinto, no vino a buscar mi tierra, vino a pedir agua y se quedó a cuidarme sin pedirme nada a cambio, es bueno como eras vos, y perdió lo mismo que perdí yo, perdió a su mujer, perdió a su hijo antes de nacer, perdió su tierra, está tan roto como yo.
Y cuando lo miro siento algo que creía muerto con vos, y me da culpa como si te estuviera traicionando.
El viento sopló fuerte y hojas del algarrobo susurraron, Serafina cerró ojos, decime qué hago viejo, susurró, no hubo respuesta, claro los muertos no contestan con palabras, pero poco a poco mientras viento le secaba lágrimas y sol le calentaba espalda algo dentro se fue calmando.
Se acordó de cómo era Camilo de bondadoso de poco egoísta, y supo con certeza que Camilo jamás habría querido verla morir sola de tristeza, que un hombre que la había amado de verdad querría verla vivir, querría verla reír otra vez aunque fuera con otro.
Vos siempre fuiste mejor que yo Camilo murmuró con sonrisa triste entre lágrimas, y sé lo que me dirías, viví mujer no te quedes muerta conmigo, vos todavía estás viva, viví.
Se levantó de tierra se sacudió pollera y le puso mano sobre cruz tibia por sol, gracias viejo por 19 años y por esto también, descansa tranquilo yo voy a estar bien.
Y bajó de la loma con corazón más liviano, abajo cuando llegó al corral Nicanor había terminado con potro y estaba dándole agua, la miró venir y entendió de dónde venía, fui a ver a mi marido dijo Serafina sin que él preguntara, allá arriba en la loma, hacía casi un año que no subía.
¿Y cómo está? Preguntó Nicanor en serio sin ironía, bien dijo ella, está bien y me dio permiso, ¿permiso de qué? Preguntó Nicanor, pero Serafina no contestó solo lo miró un momento más y después se dio vuelta y caminó hacia casa.
Esa noche por primera vez Nicanor también subió en pensamiento a hablar con su muerta, se sentó afuera bajo estrellas y le habló a Rosalía en silencio, le contó de Serafina, le pidió perdón, y la señal le vino igual, en recuerdo de bondad de Rosalía, de lo mucho que ella habría querido que él fuera feliz.
Viví Nicanor le pareció oír con voz dulce de ella, yo ya descanso, vos todavía no, viví por los dos.
Pero la paz duró tres semanas, después llegaron ellos, porque cuando un rancho que se moría de pronto vuelve a florecer eso se nota, se corre voz por comarca, Las Golondrinas resucitó, empezó a decirse en el pueblo, la viuda consiguió peones y rancho está mejor que nunca, y esa noticia no siempre llega a oídos correctos.
Los que llegaron una tarde no eran como Isidro, eso Nicanor lo supo apenas los vio, eran cinco hombres a caballo bien montados bien armados con manera de andar de los que viven de quitarle a demás, al frente venía uno grandote de barba negra y ojos como dos piedras con dos revólveres al cinto y rifle cruzado, le decían el Cuervo y él y su gente asolaban región robando ganado a gran escala extorsionando ranchos.
Nicanor estaba en el corral cuando los vio venir, en un instante entendió todo, le gritó a Tobías que avisara a los otros hombres y con paso firme fue a pararse en medio del patio entre recién llegados y casa donde estaba Serafina, puso su cuerpo entre peligro y ella.
El Cuervo detuvo caballo a pocos metros y lo miró de arriba a abajo con desprecio, buenas dijo con sonrisa que no tenía nada de buena, busco a dueña de este rancho, me dijeron que es viudita sola aunque veo que ya no está tan sola, ¿y vos quién sos? El nuevo marido.
Soy el que cuida este rancho dijo Nicanor con voz tranquila, ¿qué se le ofrece? Serafina había salido al corredor con escopeta en mano aunque le temblaba, los hombres de Isidro fueron apareciendo también uno por uno, Isidro, Gervasio, joven Tobías cada uno con lo que tenía a mano, pala, hacha, viejo revólver.
El Cuervo miró alrededor contando, les voy a explicar cómo son cosas por acá para que no haya malentendidos, todos los ranchos de esta comarca me pagan a mí una cuota por mes, a cambio yo no les quemo casa no les robo ganado y no les pasa nada, le dicen protección, la viudita se atrasó porque estaba pobre y no valía pena cobrarle.
Pero ahora veo que rancho está próspero de nuevo así que vengo a cobrar atrasado y poner al día cuenta, van a ser 20 cabezas de ganado ahora mismo y de ahí en más cinco por mes, y si alguno tiene problema con eso posó mano sobre culata de revólver lo arreglamos ahora mismo.
Se hizo silencio mortal, Serafina sintió que se le doblaban rodillas, 20 cabezas era casi mitad de lo que quedaba y cinco por mes era ruina segura.
Pero Nicanor no se achicó, este rancho no le paga a usted ni a nadie dijo y su voz sonó calma pero dura como hierro, esta señora ya pagó bastante en la vida, no le va a dar ni una res.
El Cuervo se rió, ah no, ¿y quién lo va a impedir? ¿Vos con este puñado de peones muertos de hambre? Yo dijo Nicanor, y le voy a decir algo para que se vaya pensando en camino de vuelta.
Yo anduve muchos años por muchos lados y vi muchos como usted, hombres que creen que porque tienen dos revólveres y costumbre de asustar viudas y pobres son dueños de tierra, y sabe qué les pasa a todos tarde o temprano, que se cruzan con alguien que ya no le tiene miedo a nada, con alguien que ya lo perdió todo y no tiene nada que perder.
Y esa clase de hombre señor es más peligroso que hay, porque a hombre que ya está muerto por dentro no lo asusta usted con muerte, lo miró a ojos sin pestañar, yo soy esa clase de hombre y le juro por lo que más quise en este mundo que ya está bajo tierra que el día que usted le toque un pelo a esta mujer o a esta gente no va a haber lugar en comarca donde se pueda esconder de mí.
El aire se podía cortar, los cinco del Cuervo tenían manos cerca de armas, los seis del rancho también, un solo movimiento y aquello se convertía en masacre, el Cuervo miraba a Nicanor y por instante algo pasó por sus ojos de piedra que se parecía a duda, porque sabía distinguir al que fanfarronea del que dice verdad, y ese hombre parado en medio del patio no estaba fanfarroneando.
Pero un hombre como Cuervo no podía dejarse ver acobardado delante de su gente, se enderezó en montura escupió a un lado y dijo tenés agallas viejo, te las voy a reconocer, tiró de riendas para girar caballo, pero agallas no paran balas, te doy tres días, tres días para que junten 20 cabezas y las tengan listas, vuelvo el jueves, y si no está ganado miró a Serafina con sonrisa que le heló alma, si no está ganado vuelvo con más hombres y entonces no me llevo solo 20 vacas me llevo todo, y a viudita también.
Y se fueron cinco al galope levantando nube de polvo dejando rancho paralizado por miedo, cuando polvo se asentó Serafina bajó del corredor con piernas temblando y se acercó a Nicanor, van a volver dijo con voz quebrada, el jueves, y si no les damos ganado van a matarnos a todos, Nicanor esa gente mata, he oído hablar del Cuervo, quemó un rancho entero el año pasado con familia adentro, ¿qué vamos a hacer?
Nicanor la miró y en su cara no había miedo, había determinación fría de hombre que ha estado en guerra y sabe pelear, no Serafina dijo, no nos van a masacrar porque no los vamos a esperar como corderos, tenemos tres días y en tres días un hombre que sabe lo que hace puede preparar muchas cosas, esos hombres pelean como matones confiados seguros de que nadie se les planta.
Nunca pelearon contra gente organizada que los espera que conoce terreno, confía en mí, ya defendí cosas antes y esta vez tengo por qué pelear, esta vez tengo mucho por qué pelear, y al decir eso miró a Serafina de manera que a ella no le quedó duda de qué era ese mucho por lo que estaba dispuesto a jugarse vida.
Los tres días siguientes Las Golondrinas se convirtió en fortaleza, Nicanor no durmió casi, con experiencia de años que Serafina no le conocía, después él le contaría que de joven había peleado en revueltas del norte que sabía de emboscadas y defensas.
Organizó a todos, a hombres les repartió tareas, cavaron zanjas en puntos por donde tendrían que entrar caballos, reforzaron casa taparon ventanas dejando solo troneras para disparar, juntaron todas las armas que había, Winchester de Nicanor, escopeta de Serafina, viejo revólver de Isidro, rifle oxidado que apareció en galpón y que Nicanor limpió.
Preparó sorpresas, cuerdas tendidas a altura del pecho de jinete entre árboles del camino para desmontar a los que entraran al galope, montón de leña seca empapada en querosén lista para prender y hacer barrera de fuego, ganado encerrado en potrero más lejano protegido.
A las mujeres y niños Nicanor los mandó lejos, Aurora mujer enferma de Isidro y cinco niños los envió con Tobías a casa de un compadre de Isidro en otro extremo de comarca a un día de camino.
Serafina sin embargo se negó a irse, este es mi rancho le dijo a Nicanor cuando le pidió que se fuera, mi marido mi suegro mi abuelo todos están enterrados en esa loma, yo no me voy a esconder mientras otros dan vida por mi tierra, yo peleo, sé disparar, mi padre me enseñó de chica, me quedo Nicanor y no lo discuta que en mi rancho decisiones las tomo yo o ya se le olvidó.
Está bien dijo por fin, pero va a estar en casa en posición más protegida disparando desde troneras, y me va a jurar una cosa Serafina, que si cosas se ponen feas si ve que estamos perdiendo usted no se hace heroína, usted agarra caballo bueno y sale de acá y se salva.
No le juro nada dijo ella, le juro que voy a pelear con todo lo que tengo, es lo único que le puedo jurar, y usted haga lo mismo, y los dos vamos a estar vivos el viernes para discutir esto de nuevo, ¿trato?
Nicanor sintió nudo en garganta, levantó mano y en gesto que lo sorprendió a él mismo le acomodó a Serafina mechón de pelo que se le había salido del moño rozándole apenas mejilla con dedos ásperos, fue gesto pequeño brevísimo pero cargado de todo lo que no se habían dicho, trato dijo él con voz ronca, los dos vivos el viernes.
Y la noche del miércoles última antes de que llegara Cuervo cuando ya estaba todo preparado y hombres descansaban por turnos Serafina y Nicanor se quedaron solos en corredor mirando estrellas sabiendo que tal vez era última noche que las miraban.
Nicanor dijo Serafina después de largo silencio, si mañana si a mí me pasa algo quiero que sepa una cosa, no le va a pasar nada dijo él, déjeme hablar insistió ella.
Quiero que sepa una cosa, estos 3 años yo estuve muerta, muerta por dentro, trabajaba comía dormía pero estaba muerta, y usted llegó a pedir agua y me devolvió a la vida, en pocas semanas usted me devolvió ganas de vivir que creía perdidas para siempre, y sea lo que sea que pase mañana quería que lo supiera.
A mí me pasa lo mismo dijo Nicanor, yo también estaba muerto Serafina, 4 años muerto andando por caminos como fantasma, y usted me trajo de vuelta con su valentía con su bondad, yo no sé si merezco sentir esto otra vez, me da culpa me da miedo pero lo siento, lo siento por usted Serafina y no me importa si es pronto si es indebido si los muertos nos miran, lo siento.
Se quedaron así tomados de mano en oscuridad dos almas rotas que se habían encontrado en peor y mejor momento, no se besaron no hacía falta, había algo más grande que beso en esas dos manos entrelazadas, había promesa de dos personas que después de haberlo perdido todo habían encontrado razón para querer vivir y al día siguiente iban a pelear con uñas y dientes no solo por rancho sino por posibilidad apenas nacida de ser felices otra vez.
El jueves llegó con amanecer y con amanecer en horizonte aparecieron jinetes, esta vez no eran cinco, Cuervo había cumplido amenaza, eran más de una docena, venían al trote en formación levantando polvo más de 12 hombres armados hasta dientes, y a Serafina mirándolos desde tronera con escopeta en manos sudadas se le encogió corazón.
Pero Nicanor había preparado bien las cosas, dejó que jinetes entraran por camino confiados arrogantes, los dejó meterse justo entre árboles donde noche anterior hombres habían tendido cuerdas a altura del pecho, y cuando primera fila galopaba entre árboles Nicanor dio orden y Gervasio y otro peón tensaron cuerdas de golpe.
Tres jinetes salieron volando de monturas arrancados de cuajo y cayeron aparatosamente, dos quedaron sin sentido y uno con brazo quebrado antes de que resto entendiera qué pasaba.
Nicanor prendió barrera de leña empapada en querosén que cruzaba camino y pared de fuego se levantó de golpe partiendo en dos al grupo de atacantes con caballos espantados por llamas.
Ahora gritó Nicanor y hombres del rancho cada uno desde su posición protegida abrieron fuego no a lo loco como Nicanor les había enseñado, apuntando respirando eligiendo blanco, Serafina disparó su escopeta desde tronera y volteó a jinete que se acercaba a casa, Isidro parapetado detrás de brocal del pozo tumbó a otro.
La sorpresa el fuego las cuerdas el terreno todo lo que Nicanor había preparado empezó a dar fruto, los atacantes que esperaban rebaño de corderos asustados se encontraron con defensa feroz y organizada y el desconcierto los llenó de pánico.
Pero eran muchos y eran duros y el Cuervo rugiendo de rabia desde atrás los reagrupó, la pelea se volvió encarnizada, balas silbaban por todas partes, se astillaba madera, relinchaban caballos.
Gervasio cayó herido en pierna, un peón recibió balazo en hombro, del otro lado también caían hombres del Cuervo pero seguían viniendo y de a poco por número empezaban a ganar terreno acercándose a casa.
Y entonces pasó lo que Nicanor más temía, el Cuervo viendo que casa era corazón de defensa ordenó a tres de sus hombres rodearla por atrás por lado del corral donde defensa era más débil.
Serafina disparando desde tronera del frente no los vio venir por detrás pero Nicanor sí, salió de su parapeto y corrió a campo abierto expuesto a todas las balas cruzando patio a toda carrera hacia parte de atrás de casa gritando nombre de Serafina para advertirle, una bala le rozó brazo otra le pasó junto a cabeza, no se detuvo.
Llegó a parte de atrás justo cuando primero de los tres hombres pateaba puerta trasera y entraba apuntándole a Serafina por espalda, Nicanor disparó, el hombre cayó, los otros dos giraron hacia Nicanor y dispararon, Nicanor alcanzó a voltear a uno más pero tercero le acertó.
Serafina que se había dado vuelta al oír tiros a su espalda vio con horror como Nicanor recibía balazo en costado cómo se doblaba cómo caía de rodillas, pero antes de caer del todo con últimas fuerzas levantó rifle y disparó una vez más y tercer hombre se desplomó a pies de Serafina.
¡Nicanor! Gritó Serafina con grito que le desgarró garganta y alma, corrió hacia él que se había desplomado con mano apretada contra costado camisa empapándose de rojo.
No no no repetía ella apretándole herida con manos tratando de contener sangre que se escapaba entre dedos, no te me vayas, no te me vayas vos también, Nicanor mírame quédate conmigo.
Nicanor abrió ojos, estaba pálido pero la miró y hasta intentó sonreír, le dije susurró con voz apagada, le dije que los dos íbamos a estar vivos el viernes, todavía es jueves, aguanto.
Cállate no hables guarda fuerzas lloraba Serafina rasgando su propia falda para hacer vendaje apretándoselo contra herida, no te vas a morir, no te lo permito, ¿me oís? No te lo permito, ya perdí a un hombre en esta tierra y no voy a perder a otro.
Y afuera como si cielo hubiera escuchado desesperación de Serafina la batalla empezó a cambiar, porque hombres del Cuervo al ver caer a tantos suyos empezaron a flaquear y en ese momento por camino apareció ayuda.
Tobías el muchacho al que Nicanor había mandado lejos con mujeres no se había quedado escondido, había ido al pueblo, había juntado a hombres de otros ranchos que también sufrían al Cuervo, ranchos hartos de pagar cuotas y vivir con miedo.
Y volvía ahora al frente de más de 20 hombres armados dispuestos a terminar de una vez por todas con el Cuervo, cuando Cuervo vio llegar esa polvareda de jinetes entendió que estaba perdido, trató de huir pero ya no había a dónde, los hombres de los ranchos hartos de años de abuso lo rodearon, y ese día en Las Golondrinas terminó reinado de terror del Cuervo.
Pero a Serafina arrodillada en suelo con Nicanor desangrándose entre brazos victoria le importaba menos que nada, lo único que importaba era que ese hombre no se muriera.
Nicanor no se murió pero estuvo cerca muy cerca, la bala le había entrado en costado y se le había alojado adentro y perdió tanta sangre que cuando por fin llegó médico del pueblo traído a todo galope por Isidro lo encontró blanco como papel ardiendo en fiebre.
El médico le sacó bala ahí mismo en mesa de cocina con Serafina sosteniéndole mano y rezando todas las oraciones que sabía y algunas que inventó en momento, y después vino lo peor, la fiebre, tres días y tres noches de fiebre en las que Nicanor deliró llamó a Rosalía habló con muertos se debatió entre este mundo y otro.
Y en esos tres días y noches Serafina no se movió de su lado, no durmió no comió casi, se sentó junto a cama y le puso paños fríos en frente, le dio agua gota a gota cuando podía tragar, le cambió vendajes, le habló sin parar aunque él no la oyera, porque había oído que a los que están entre vida y muerte les hace bien oír voz que los llama de vuelta.
Le habló de todo del rancho de los niños de los planes que harían cuando se curara, le contó de su vida de Camilo de su niñez, le rogó que se quedara, no me hagas esto le susurraba de noche con cabeza apoyada en borde de cama agotada deshecha, no me hagas vivir para conocer al hombre que me devolvió vida y perderlo enseguida.
Y al tercer día cuando Serafina ya casi no tenía esperanzas cuando médico había dicho esa mañana que si fiebre no cedía esa noche ya no habría nada que hacer sucedió el milagro, la fiebre se dio, de madrugada Nicanor empezó a sudar a chorros el sudor el que rompe fiebre y su respiración se hizo más pareja y cara recuperó poco de color.
Y al amanecer cuando primera luz entraba por ventana Nicanor abrió ojos claros limpios sin fiebre y lo primero que vio fue a Serafina dormida a medias con cabeza apoyada en borde de cama tomándole mano incluso en sueño, Serafina dijo con hilo de voz, ella se despertó de golpe lo miró vio ojos lúcidos cara serena y entendió que había vuelto que estaba vivo.
Y se echó a llorar pero esta vez de alegría, lloró y rió a la vez y le tomó cara entre manos y le besó frente mejillas y hasta se atrevió por fin a rozarle apenas labios con suyos en beso que era mitad promesa y mitad plegaria cumplida, volviste susurró, volviste gracias Dios mío volviste.
No me iba a ir dijo Nicanor débil pero con sonrisa, le prometí que íbamos a estar los dos vivos, un hombre cumple lo que promete.
Nicanor tardó semanas en recuperarse del todo, semanas en las que Serafina lo cuidó como no había cuidado a nadie, en las que rancho entero se volcó a atenderlo, porque todos lo querían porque todos sabían que ese hombre había arriesgado vida por defenderlos.
Isidro se hizo cargo del rancho mientras Nicanor sanaba y lo hizo con dedicación de hijo agradecido, los niños de Isidro le hacían dibujos y le llevaban flores del campo.
Y en esas semanas de convalecencia entre curación y charla lo que había nacido entre ellos terminó de florecer, porque cuando uno ha estado a punto de perder algo aprende por fin a valorarlo sin miedo.
Una tarde ya casi recuperado Nicanor estaba sentado en corredor mirando atardecer y Serafina se sentó a su lado, el sol se ponía detrás de lomas como aquella primera vez.
Serafina dijo Nicanor tengo que decirle una cosa y hace días que le doy vueltas, cuando llegué acá hace unos meses yo era hombre muerto, andaba de camino para no detenerme porque detenerme era acordarme y acordarme era no aguantar, le dije que no quería tener nada que cuidar porque tener algo es poder perderlo.
Y míreme ahora, tengo rancho que cuidar, tengo gente que quiero como si fuera familia y la tengo a usted, tengo todo lo que juré no volver a tener porque tenerlo dolía demasiado, y le voy a confesar algo Serafina, duele saber que un día uno de los dos va a faltar, como me faltó Rosalía como le faltó su Camilo, duele saber que amar es arriesgarse a perder.
Pero ¿sabe qué aprendí en esta tierra? Que vivir sin amar por miedo a perder eso duele más, eso es estar muerto en vida, y yo ya no quiero estar muerto en vida, yo quiero vivir con usted aunque duela aunque asuste, quiero vivir.
Serafina tenía ojos llenos de lágrimas, yo también Nicanor dijo, yo también quiero vivir con usted.
Y esa tarde bajo mismo sol naranja que los había juntado los dos viudos rotos los dos sobrevivientes se abrazaron sin culpa y sin miedo, sabiendo por fin que sus muertos no los miraban con reproche sino con sonrisa serena de los que quieren desde donde están que los que dejaron atrás sean felices.
Se casaron en primavera, fue boda humilde en capilla del pueblo sin lujos pero llena de gente que de verdad importa, Isidro fue padrino, Aurora ayudó a Serafina a arreglarse a peinarse pelo con flores del campo y lloró más que novia.
Gervasio ya repuesto de herida y joven Tobías héroe que había traído ayuda del pueblo estaban ahí emocionados, vinieron también rancheros de comarca los que habían peleado juntos contra Cuervo porque en aquella batalla se habían hecho hermanos y ahora se cuidaban unos a otros.
Serafina caminó hacia altar con vestido sencillo que había sido de su madre y cuando vio a Nicanor esperándola afeitado con camisa limpia con esos ojos castaños ya no apagados sino encendidos de alegría serena sintió que corazón se le llenaba de manera que creía imposible a los 42 años.
Y se besaron ante Dios y ante gente que los quería.
Las Golondrinas se convirtió en uno de los ranchos más prósperos de comarca, las 60 cabezas maltrechas que quedaban cuando llegó Nicanor se volvieron 120 y después 200, compraron más tierras, construyeron casas nuevas para familias, pero no rancho próspero como de ricos egoístas sino rancho donde nadie pasaba hambre donde había trabajo y comida para el que llegara necesitado.
Donde puerta estaba siempre abierta para caminante cansado porque Serafina y Nicanor no habían olvidado de dónde venían, no habían olvidado hambre soledad desesperación, y habían jurado que mientras ellos tuvieran nadie que llegara a su puerta se iría con manos vacías.
Muchas veces en años que siguieron llegó a tranquera algún caminante cansado polvoriento a pedir poco de agua y siempre Serafina o Nicanor salían a recibirlo con jarro lleno y lo hacían pasar y le daban de comer y ofrecían techo por noche.
Pasaron los años muchos años y fueron años buenos de esos que Dios regala a gente que ha sufrido mucho como para compensar todo lo que les debía, Serafina y Nicanor envejecieron juntos en Las Golondrinas, envejecieron despacio y en paz viendo crecer a hijos de Isidro como si fueran nietos propios, viendo prosperar tierra.
Serafina nunca tuvo hijos de su propia sangre, fue única pena que le quedó, pero un día ya mayor sentada en corredor viendo atardecer con Nicanor rodeada de todos esos niños que ya eran hombres y mujeres y de hijos de esos niños que la llamaban abuela Sera se dio cuenta de que Dios a su manera le había dado más hijos de los que jamás habría podido parir.
Le había dado familia entera elegida y ganada a fuerza de amor.
¿En qué piensa señora Villalobos? Le preguntó Nicanor esa tarde usando apellido de soltera como broma cariñosa tomándole mano arrugada con mano igual arrugada, pienso en que fui muy feliz Nicanor dijo Serafina mirando sol que se ponía detrás de lomas, el mismo sol de siempre.
Pienso en que vida me quitó mucho pero me devolvió más de lo que me quitó, pienso en que si aquella tarde no le hubiera dado ese jarro de agua si me hubiera dejado ganar por miedo y me hubiera metido a casa a trancar puerta como quería mi cabeza me habría perdido todo esto, toda esta vida todos estos años con usted toda esta familia.
Y pienso en que a veces felicidad de toda una vida depende de un solo gesto de bondad, de abrirle puerta a desconocido en lugar de cerrársela, de tender mano en lugar de esconderla.
Nicanor le besó mano arrugada, fue el mejor jarro de agua de mi vida dijo, y Serafina apoyó cabeza en hombro de su marido, los niños jugaban en patio, el molino giraba despacio, el ganado pastaba en potreros verdes y el sol se ponía naranja y hermoso detrás de las lomas de Las Golondrinas.
Un rancho que un día había sido lugar de soledad y de miedo y que el amor nacido de un simple jarro de agua ofrecido a desconocido había convertido en lugar de vida de familia y de paz.