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“Necesito una esposa para mañana”, dijo el hombre de la montaña — Ella susurró una sola pregunta.

La nieve empezó a caer antes de que abandonaran el último farol del pueblo.

Y cada copo parecía una advertencia enviada por la misma Sierra Madre.

Mariana apenas podía respirar por las costillas rotas, pero no soltó el brazo de Julián Armenta mientras el caballo avanzaba entre el lodo congelado y los callejones vacíos.

Detrás de ellos, la cantina El Alacrán seguía iluminada.

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Parecía una boca abierta observándolos desaparecer hacia la oscuridad.

Nadie salió a detenerlos.

Nadie quiso quedar atrapado entre Ezequiel Cobo y el hombre de la montaña.

Porque en Durango existían dos clases de muerte.

La rápida.

Y la que dejaba Cobo cuando alguien lo humillaba.

Julián montaba en silencio.

No hacía preguntas.

No intentaba tocarla.

No fingía ser amable.

Y eso aterraba más a Mariana que cualquier promesa romántica.

Porque los hombres peligrosos eran fáciles de detectar.

Pero los hombres silenciosos podían esconder cualquier monstruo bajo la piel.

Subieron por un camino estrecho donde las ruedas de las carretas jamás llegaban.

El viento golpeaba los pinos como si algo enorme respirara entre ellos.

Mariana miró hacia atrás una última vez.

El pueblo había desaparecido.

Solo quedaba oscuridad.

Y la sensación brutal de haber cortado el último hilo que la unía al mundo conocido.

Después de casi una hora, Julián habló por primera vez desde la boda.

—Todavía puedes arrepentirte.

Ella soltó una risa amarga.

—¿Y volver para que me entreguen como ganado?

Él no respondió enseguida.

—No soy un buen hombre para vivir cerca.

La frase quedó flotando entre ambos como humo frío.

Mariana observó el rifle colgado en su espalda.

Las cicatrices en sus manos.

La manera en que sus ojos recorrían cada sombra del bosque.

No parecía un hombre.

Parecía un sobreviviente.

Y los sobrevivientes siempre escondían cadáveres detrás de los recuerdos.

—No necesito un buen hombre —susurró ella—. Necesito uno más peligroso que Cobo.

El caballo siguió avanzando.

Y por primera vez en años, Mariana sintió algo peor que miedo.

Esperanza.

Abajo, en el pueblo, Ezequiel Cobo terminaba de cenar cuando Darío Barragán irrumpió sangrando por la boca.

El banquero levantó lentamente la vista.

La mesa estaba llena de carne, vino francés y papeles del ferrocarril.

Un lujo obsceno en medio de un pueblo donde los niños dormían con hambre.

—¿Dónde está Mariana?

Darío tragó saliva.

Y por primera vez desde que trabajaba para Cobo, tuvo miedo de responder.

—Se casó.

Silencio.

Ni el reloj se atrevió a sonar.

Cobo dejó el cuchillo sobre la mesa.

—Repítelo.

—Con Julián Armenta.

El golpe llegó tan rápido que Darío cayó contra la pared.

Cobo se levantó lentamente.

Elegante.

Frío.

Perfectamente peinado.

Parecía más un político que un criminal.

Y quizá por eso era todavía peor.

—¿El salvaje de Los Venados?

Darío asintió.

—Lo amenazó delante de todos. Dijo que si usted pisa su montaña, lo enterrará.

Ezequiel empezó a reír.

Pero no era una risa humana.

Sonaba vacía.

Podrida.

—Entonces la niña cree que encontró un monstruo más grande para esconderse detrás.

Se acercó a la ventana.