PART 2: Cuando mi cuñado llegó al cortijo para echarme por segunda vez, él sonreía mientras yo aún dormía entre paredes agrietadas. “Esta casa ni siquiera es tuya”, me dijo. No discutí: saqué el contrato que anulaba su jugada y cerré la puerta delante de él. Años después, mi hija regresó con unas cartas devueltas donde alguien había escrito una sola palabra sobre mí: “Fallecida”.
El día que Amalia Vega encontró una caja de hierro bajo la tierra, todavía llevaba en el bolsillo la carta…